Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral

Capítulo VI

Donde se termina de conocerse

La escolta, al mando del bosquimano, se componía de cien hombres. Estos indígenas eran todos bosquimanos, gente laboriosa, poco irritable, poco pendenciera, capaz de soportar grandes fatigas físicas. Antaño, antes de la llegada de los misioneros, estos bosquimanos, mentirosos e inhospitalarios, no buscaban sino el asesinato y el saqueo, y aprovechaban habitualmente el sueño de sus enemigos para masacrarlos. Los misioneros han modificado en parte estas costumbres bárbaras; pero, sin embargo, estos indígenas son todavía más o menos saqueadores de granjas y ladrones de ganado.

Diez carretas, semejantes al vehículo que el bosquimano había conducido hasta las cataratas de Morgheda, formaban el material rodante de la expedición. Dos de estas carretas, especie de casas ambulantes, ofrecían cierta comodidad, y debían servir de campamento a los europeos. El coronel Everest y sus compañeros iban así seguidos de una vivienda de madera, de suelo seco, bien cubierta con una lona impermeable, y provista de diversas literas y utensilios de aseo. En los lugares de acampada, era otro tanto de tiempo ahorrado para levantar la tienda, puesto que la tienda llegaba ya montada.

Una de estas carretas estaba destinada al coronel Everest y a sus dos compatriotas, sir John Murray y William Emery. La otra estaba habitada por los rusos, Mathieu Strux, Nicolas Palander y Michel Zorn. Otros dos vehículos, dispuestos según el mismo modelo, pertenecían, uno a los cinco ingleses, y el otro a los cinco rusos, que formaban la tripulación del Queen and Tzar.

Huelga decir que el casco y la máquina de la lancha de vapor, desmontados en piezas y cargados en una de las carretas de la expedición, seguían a los viajeros a través del desierto africano. Los lagos son numerosos en el interior de este continente. Algunos podían existir en el trayecto que eligiese la comisión científica, y su lancha le prestaría entonces grandes servicios.

Las demás carretas transportaban los instrumentos, los víveres, el equipaje de los viajeros, sus armas, sus municiones, los utensilios necesarios para la triangulación proyectada, tales como pilones portátiles, postes de señal, reverberos, caballetes necesarios para la medición de la base, y, por último, los objetos destinados a los cien hombres de la escolta. Los víveres de los bosquimanos consistían principalmente en «biltongue», carne de antílope, de búfalo o de elefante, cortada en largas tiras, que, secada al sol o sometida a la acción de un fuego lento, puede conservarse de este modo durante meses enteros. Este modo de preparación ahorra el empleo de la sal, y es muy seguido en las regiones donde falta este mineral tan útil. En cuanto al pan, los bosquimanos contaban con sustituirlo por diversas frutas o raíces, las almendras del cacahuete, los bulbos de ciertas especies de mesembriantemos, tales como el higo indígena, castañas, o la médula de una variedad de zamia, que lleva precisamente el nombre de «pan de cafre». Estos alimentos, tomados del reino vegetal, debían renovarse por el camino. En cuanto al alimento animal, los cazadores de la tropa, manejando con notable destreza sus arcos de madera de aloe y sus azagayas, especie de largas lanzas, debían batir los bosques o las llanuras y abastecer a la caravana.

Seis bueyes, originarios de El Cabo, de patas largas, hombros altos, cuernos grandes, iban uncidos a la lanza de cada carreta con arneses de piel de búfalo. Así arrastrados, estos pesados vehículos, toscas muestras de la carretería primitiva, no debían temer ni las cuestas ni los atolladeros, y podían desplazarse con seguridad, si no con rapidez, sobre sus ruedas macizas.

En cuanto a las monturas destinadas al servicio de los viajeros, eran esos pequeños caballos de raza española, de capa negra o grisácea, que fueron importados a El Cabo desde las regiones de la América meridional, animales dóciles y valientes que gozan de gran estima. Se contaba también, entre la tropa de cuatro patas, con media docena de «cuagas» domesticadas, especie de asnos de patas finas, de formas rollizas, cuyo rebuzno recuerda el ladrido del perro. Estas cuagas debían servir durante las expediciones parciales que exigieran las operaciones geodésicas, y transportar los instrumentos y utensilios adonde las pesadas carretas no hubieran podido aventurarse.

Como excepción, el bosquimano montaba con una gracia y una destreza notables un animal magnífico que suscitaba la admiración de sir John Murray, gran conocedor. Era una cebra cuyo pelaje, rayado de bandas pardas transversales, era de una belleza incomparable. Esta cebra medía cuatro pies a la cruz, siete pies desde el hocico hasta la cola. Desconfiada, arisca por naturaleza, no habría soportado otro jinete que Mokoum, quien la había sometido a su uso.

Algunos perros de esa especie medio salvaje, impropiamente llamados a veces «hienas cazadoras», corrían a los flancos de la caravana. Recordaban, por su forma y sus largas orejas, al braco europeo.

Tal era el conjunto de esta caravana, que iba a adentrarse en los desiertos de África. Los bueyes avanzaban tranquilamente, guiados por el «jambox» de sus conductores, que los picaba en el costado, y era un espectáculo curioso el de esta tropa desplegándose a lo largo de las colinas en su orden de marcha.

¿Hacia dónde se dirigía la expedición después de abandonar Lattakou?

– Vayamos todo derecho —había dicho el coronel Everest.

En efecto, en ese momento, el coronel y Mathieu Strux no podían seguir una dirección determinada. Lo que buscaban antes de comenzar sus operaciones trigonométricas era una vasta llanura, regularmente allanada, para establecer allí la base del primero de esos triángulos, cuya red debía cubrir la región austral de África en una extensión de varios grados.

El coronel Everest explicó al bosquimano de qué se trataba. Con la desenvoltura de un sabio para quien todo ese lenguaje científico es familiar, el coronel habló al cazador de triángulos, ángulos adyacentes, base, medición de meridiana, distancias cenitales, etc. El bosquimano le dejó hablar durante unos instantes; luego, interrumpiéndolo con un gesto de impaciencia:

– Coronel —respondió—, no entiendo nada de sus ángulos, de sus bases, de sus meridianas. Ni siquiera comprendo en modo alguno lo que va usted a hacer en el desierto africano. Pero, después de todo, eso es cosa suya. ¿Qué es lo que me pide? ¿Una hermosa y vasta llanura, bien recta, bien regular? Pues bien, vamos a buscársela.

Y a la orden de Mokoum, la caravana, que acababa de dejar atrás las colinas de Lattakou, volvió a descender hacia el sudoeste. Esta dirección la llevaba un poco más al sur de la aldea, es decir, hacia esa región de la llanura regada por el Kuruman. El bosquimano esperaba encontrar, a la altura de ese afluente, una llanura favorable a los proyectos del coronel.

El cazador adoptó, desde ese día, la costumbre de mantenerse a la cabeza de la caravana. Sir John Murray, bien montado, no se apartaba de él, y, de vez en cuando, una detonación informaba a sus colegas de que sir John estaba trabando conocimiento con la caza africana. El coronel, por su parte, del todo absorto, se dejaba llevar por su caballo, y pensaba en el porvenir de una expedición semejante, verdaderamente difícil de dirigir en medio de estas comarcas salvajes. Mathieu Strux, ora a caballo, ora en carreta, según la naturaleza del terreno, no abría los labios con frecuencia. En cuanto a Nicolas Palander, tan mal jinete como pueda serse, marchaba las más de las veces a pie o se recluía en su vehículo, y allí se sumía en las más profundas abstracciones de las matemáticas superiores.

Si, durante la noche, William Emery y Michel Zorn ocupaban cada uno su propia carreta, al menos, de día, la marcha de la caravana los reunía. Estos dos jóvenes estrechaban cada día una amistad más íntima, que los incidentes del viaje habían de cimentar aún más. De etapa en etapa, cabalgaban juntos, conversando y discutiendo. A menudo se alejaban, ora apartándose a los flancos de la expedición, ora adelantándola en varias millas, cuando la llanura se extendía hasta perderse de vista ante su mirada. Eran libres entonces, y como perdidos en medio de aquella naturaleza salvaje. ¡Cómo hablaban de todo, excepto de ciencia! ¡Cómo olvidaban las cifras y los problemas, los cálculos y las observaciones! Ya no eran astrónomos, contempladores de la bóveda estrellada, sino dos colegiales escapados, felices de atravesar los espesos bosques, de recorrer las llanuras infinitas, de respirar aquel aire grande, cargado de penetrantes aromas. Reían, sí, reían como simples mortales, y no como gente grave, que hace su compañía habitual de cometas y demás esferoides. Si nunca se reían de la ciencia, sonreían a veces al pensar en aquellos austeros sabios que no son de este mundo. Ninguna malicia había en todo esto, por lo demás. Eran dos excelentes naturalezas, expansivas, amables, entregadas, que contrastaban singularmente con sus jefes, más envarados que severos, el coronel Everest y Mathieu Strux.

Y precisamente estos dos sabios eran a menudo objeto de sus comentarios. William Emery, por medio de su amigo Michel Zorn, iba conociéndolos.

– Sí —dijo aquel día Michel Zorn—, los he observado bien durante nuestra travesía a bordo del Augusta, y, por desgracia, me veo obligado a admitirlo, estos dos hombres están celosos el uno del otro. Si el coronel Everest parece mandar en jefe nuestra expedición, mi querido William, Mathieu Strux no por ello deja de ser su igual. El gobierno ruso ha establecido claramente su posición. Nuestros dos jefes son tan imperiosos el uno como el otro. Además, se lo repito, hay entre ellos celos de sabios, los peores de todos los celos.

– Y la que menos razón tiene de ser —respondió William Emery—, pues todo se relaciona en el campo de los descubrimientos, y cada uno de nosotros se beneficia de los esfuerzos de todos. Pero si sus observaciones son justas, y tengo motivos para creer que lo son, mi querido Zorn, es una circunstancia lamentable para nuestra expedición. Necesitamos, en efecto, un entendimiento absoluto para que una operación tan delicada tenga éxito.

– Sin duda —respondió Michel Zorn—, y mucho me temo que ese entendimiento no exista. Juzgue usted un poco nuestro desconcierto si cada detalle de la operación, la elección de la base, el método de los cálculos, el emplazamiento de las estaciones, la verificación de las cifras, provoca cada vez una discusión nueva. O mucho me equivoco, o preveo no pocas disputas cuando llegue el momento de cotejar nuestros dobles registros, y de anotar en ellos observaciones que nos habrán permitido apreciar hasta las cuatrocientas milésimas de toesa.

– Me asusta usted, mi querido Zorn —respondió William Emery—. Sería penoso, en efecto, haberse aventurado tan lejos y fracasar por falta de concordia en una empresa de este género. Quiera Dios que sus temores no se hagan realidad.

– Eso deseo, William —respondió el joven astrónomo ruso—; pero, se lo repito, durante la travesía presencié ciertas discusiones sobre métodos científicos que prueban una obstinación inconcebible en el coronel Everest y en su rival. En el fondo, percibía en ellas una mezquina envidia.

– Pero esos dos señores no se separan nunca —observó William Emery—. No se les sorprendería jamás al uno sin el otro. Son inseparables, más inseparables que nosotros mismos.

– Sí —respondió Michel Zorn—, no se separan mientras dura el día, pero no cruzan diez palabras. Se vigilan, se espían. Si el uno no logra anular al otro, trabajaremos en condiciones verdaderamente deplorables.

– Y en su opinión —preguntó William con cierta vacilación—, ¿a cuál de estos dos sabios desearía usted…?

– Mi querido William —respondió Michel Zorn con gran franqueza—, aceptaré lealmente como jefe a aquel de los dos que sepa imponerse como tal. En esta cuestión científica, no aporto prejuicio alguno, ningún amor propio nacional. Mathieu Strux y el coronel Everest son dos hombres notables. Ambos se equivalen. Inglaterra y Rusia deben beneficiarse por igual del resultado de sus trabajos. Poco importa, por tanto, que esos trabajos sean dirigidos por un inglés o por un ruso. ¿No es usted de mi opinión?

– Por completo, mi querido Zorn —respondió William Emery—. No nos dejemos, pues, distraer por prejuicios absurdos, y, dentro de nuestras posibilidades, empleemos ambos nuestros esfuerzos en pro del bien común. Quizá nos sea posible desviar los golpes que se asesten los dos adversarios. Por lo demás, su compatriota, Nicolas Palander…

– ¡Ese! —respondió riendo Michel Zorn—, no verá nada, no oirá nada, no entenderá nada. Calcularía por cuenta de Theodoros, con tal de calcular. ¡No es ni ruso, ni inglés, ni prusiano, ni chino! Ni siquiera es habitante del globo sublunar. Es Nicolas Palander, eso es todo.

– No podría decir lo mismo de mi compatriota, sir John Murray —respondió William Emery—. Su Señoría es un personaje muy inglés, pero también es un cazador decidido, y se lanzará más fácilmente tras las huellas de una jirafa o de un elefante que a una discusión de métodos científicos. No contemos, pues, más que con nosotros mismos, mi querido Zorn, para amortiguar el contacto incesante de nuestros jefes. Es inútil añadir que, ocurra lo que ocurra, seguiremos siempre franca y lealmente unidos.

– ¡Siempre, ocurra lo que ocurra! —respondió Michel Zorn, tendiendo la mano a su amigo William.

Entretanto, la caravana, guiada por el bosquimano, seguía descendiendo hacia las regiones del sudoeste. Durante la jornada del 4 de marzo, al mediodía, llegó al pie de aquellas largas colinas boscosas que venía siguiendo desde Lattakou. El cazador no se había equivocado; había conducido a la expedición hacia la llanura. Pero esta llanura, todavía ondulada, no podía prestarse a los primeros trabajos de la triangulación. La marcha hacia delante no se interrumpió, pues. Mokoum retomó la cabeza de los jinetes y las carretas, mientras que sir John Murray, William Emery y Michel Zorn se adelantaban en una punta de avanzada.

Hacia el final de la jornada, toda la tropa llegó a una de esas estaciones ocupadas por los granjeros nómadas, esos «boors» a quienes la riqueza de los pastos fija durante algunos meses en ciertos lugares. El coronel Everest y sus compañeros fueron acogidos hospitalariamente por este colono, un holandés, jefe de una numerosa familia, que, a cambio de sus servicios, no quiso aceptar ninguna clase de compensación. Este granjero era uno de esos hombres valerosos, sobrios y trabajadores, cuyo escaso capital, inteligentemente empleado en la cría de bueyes, vacas y cabras, se convierte pronto en una fortuna. Cuando el pasto se agota, el granjero, como un patriarca de los tiempos antiguos, busca un manantial nuevo, praderas jugosas, y reconstituye su campamento en otras condiciones más favorables.

Este granjero indicó muy oportunamente al coronel Everest una amplia llanura, situada a una distancia de quince millas, vasta extensión de terreno llano que debía convenir a la perfección a las operaciones geodésicas.

Al día siguiente, 5 de marzo, la caravana partió desde el alba. Se marchó toda la mañana. Ningún incidente hubiera alterado la monotonía de este paseo, si John Murray no hubiese abatido de un balazo, a mil doscientos metros, un curioso animal, de hocico de buey, de larga cola blanca, y cuya frente estaba armada de cuernos puntiagudos. Era un ñu, un buey salvaje, que al caer dejó escapar un sordo gemido.

El bosquimano quedó maravillado al ver caer muerta en el acto a la bestia, alcanzada con tal precisión a pesar de la distancia. Este animal, de unos cinco pies de altura, proporciona por lo común una notable cantidad de carne excelente, tanto que los ñus fueron especialmente recomendados a los cazadores de la caravana.

Hacia el mediodía se llegó al emplazamiento señalado por el granjero. Era una pradera sin límites hacia el norte, y cuyo suelo no presentaba ningún desnivel. No podía imaginarse terreno más favorable para la medición de una base. Así pues, el bosquimano, tras examinar el lugar, volvió junto al coronel Everest, y le dijo:

– La llanura que pedía, coronel.

[Nota 1] Dos centésimas de milímetro.

Sürgöny

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