Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral

Capítulo XVII

Los hacedores de desiertos

El bosquimano, tras aquel incidente de la caza del órix, mantuvo una larga conversación con el coronel Everest. En opinión de Mokoum, opinión fundada en hechos probados, la pequeña tropa era seguida, espiada y, por consiguiente, amenazada. Según él, si los makololos no la habían atacado todavía, era porque les convenía atraerla más al norte, a la misma comarca que solían recorrer sus hordas de merodeadores.

¿Convenía, pues, ante ese peligro, dar marcha atrás? ¿Debía interrumpirse la serie de aquellos trabajos, tan notablemente llevados hasta entonces? ¿Lo que la naturaleza no había podido hacer, lo harían los indígenas africanos? ¿Impedirían a los sabios ingleses cumplir su tarea científica? Era esta una grave cuestión, y que importaba resolver.

El coronel Everest rogó al bosquimano que le contara todo lo que sabía de los makololos, y esto fue, en sustancia, lo que el bosquimano le dijo.

Los makololos pertenecen a la gran tribu de los bechuanas, y son los últimos que se encuentran al avanzar hacia el ecuador. En 1850, el doctor David Livingstone, durante su primer viaje al Zambeze, fue recibido en Seshèke, residencia habitual de Sebitouané, entonces gran jefe de los makololos. Aquel indígena era un guerrero temible que, en 1824, había amenazado las fronteras de El Cabo. Sebitouané, dotado de una inteligencia notable, obtuvo poco a poco un ascendiente supremo sobre las tribus dispersas del centro de África, y logró convertirlas en un grupo compacto y dominador. En 1853, es decir, el año anterior, aquel jefe indígena murió entre los brazos de Livingstone, y le sucedió su hijo Sékélétou.

Sékélétou mostró al principio hacia los europeos que frecuentaban las orillas del Zambeze una simpatía bastante viva. El doctor Livingstone no tuvo personalmente de qué quejarse. Pero los modales del rey africano se modificaron sensiblemente tras la partida del célebre viajero. No solo los extranjeros, sino también los indígenas vecinos, se vieron particularmente vejados por Sékélétou y los guerreros de su tribu. A las vejaciones sucedió pronto el pillaje, que se ejercía entonces a gran escala. Los makololos batían el campo, principalmente en aquella comarca comprendida entre el lago Ngami y el curso del alto Zambeze. Nada más inseguro que aventurarse por aquellas regiones con una caravana reducida a un corto número de hombres, sobre todo cuando esa caravana era señalada, esperada, y probablemente destinada de antemano a una catástrofe segura.

Tal fue, en resumen, el relato que el bosquimano hizo al coronel Everest.

Añadió que creía deber decirle toda la verdad, agregando que, por su parte, seguiría las órdenes del coronel y no retrocedería si se decidía continuar la marcha hacia adelante.

El coronel Everest se reunió en consejo con sus dos colegas, sir John Murray y William Emery, y quedó decidido que los trabajos geodésicos se proseguirían de todos modos. Cerca de las cinco octavas partes del arco estaban ya medidas, y, ocurriera lo que ocurriese, aquellos ingleses se debían a sí mismos y a su país no abandonar la operación.

Tomada esta decisión, la serie trigonométrica prosiguió. El 27 de octubre, la comisión científica cortaba perpendicularmente el trópico de Capricornio, y el 3 de noviembre, tras haber concluido su triángulo cuadragésimo primero, comprobaba, mediante observaciones cenitales, que la medida de la meridiana se había incrementado en un nuevo grado.

Durante un mes, la triangulación se prosiguió con ardor sin encontrar obstáculos naturales. En aquel hermoso país, tan felizmente accidentado, cortado solo por arroyos vadeables y no por cursos de agua importantes, los astrónomos operaron con rapidez y acierto. Mokoum, siempre alerta, cuidaba de explorar la cabeza y los flancos de la caravana, e impedía que los cazadores se alejaran de ella. Sin embargo, ningún peligro inmediato parecía amenazar a la pequeña tropa, y era muy posible que los temores del bosquimano no se realizasen. Al menos, durante aquel mes de noviembre no se dejó ver ninguna banda de merodeadores, y no se volvió a encontrar rastro del indígena que había seguido tan tenazmente a la expedición desde el dolmen del bosque incendiado.

Y, sin embargo, en varias ocasiones, y aunque el peligro pareciera momentáneamente alejado, el cazador advirtió síntomas de vacilación entre los bosquimanos puestos bajo sus órdenes. No se les habían podido ocultar los dos incidentes del dolmen y de la caza del órix. Esperaban inevitablemente un encuentro con los makololos. Ahora bien, makololos y bosquimanos son dos tribus enemigas, sin piedad la una para con la otra. Los vencidos no tienen gracia alguna que esperar de los vencedores, y su corto número debía asustar precisamente a los indígenas de aquella tropa, mermada a la mitad desde la declaración de guerra. Aquellos bosquimanos se veían ya a más de trescientas millas de las orillas del río Orange, y todavía se trataba de arrastrarlos al menos doscientas millas más hacia el norte. Esa perspectiva les daba que pensar. Antes de contratarlos para aquella expedición, es verdad que Mokoum no les había ocultado la duración y las dificultades del viaje, y por cierto que eran hombres capaces de afrontar las fatigas inseparables de tal expedición. Pero, desde el momento en que a las fatigas se sumaban los peligros de un choque con enemigos encarnizados, esa circunstancia modificaba su disposición de ánimo. De ahí, quejas, lamentos, una mala voluntad que Mokoum fingía no ver ni oír, pero que aumentaba aún más su inquietud sobre el porvenir de la comisión científica.

Un hecho, en la jornada del 2 de diciembre, exacerbó aún más las malas disposiciones de aquellos supersticiosos bosquimanos y provocó, en cierta medida, una especie de rebelión contra sus jefes.

Desde la víspera, el tiempo, tan hermoso hasta entonces, se había ensombrecido. Bajo la influencia de un calor tropical, la atmósfera, saturada de vapores, indicaba una gran tensión eléctrica. Ya podía presagiarse una tormenta próxima, y las tormentas, en aquellos climas, se desarrollan casi siempre con una violencia incomparable.

En efecto, durante la mañana del 2 de diciembre, el cielo se cubrió de nubes de siniestro aspecto, en las que un meteorólogo no se habría equivocado. Eran «cúmulos» amontonados como balas de algodón, cuya masa, aquí de un gris oscuro, allá de un matiz amarillento, presentaba colores muy distintos. El sol tenía un tinte pálido. El aire estaba en calma, el calor era sofocante. El descenso barométrico, acusado desde la víspera por los instrumentos, se había detenido entonces. Ni una hoja se movía en los árboles en medio de aquella pesada atmósfera.

Los astrónomos habían observado ese estado del cielo, pero no habían creído deber interrumpir los trabajos. En ese momento, William Emery, acompañado de dos marineros, de cuatro indígenas y de una carreta, se había adelantado dos millas al este de la meridiana, con el fin de plantar un poste indicador destinado a formar el vértice de un triángulo. Se ocupaba de colocar su mira en lo alto de un montículo, cuando una rápida condensación de los vapores, bajo la influencia de una fuerte corriente de aire frío, dio lugar a un considerable desarrollo de electricidad. Casi enseguida, un granizo copioso se precipitó sobre el suelo. Fenómeno bastante raramente observado, aquellos granizos eran luminosos, y se hubiera dicho que llovían gotas de metal encendido. Del suelo directamente golpeado brotaban chispas, y de todas las partes metálicas del vehículo que había servido para transportar el material salían disparados chorros luminosos.

Pronto aquellos granizos adquirieron un volumen considerable. Era una verdadera lapidación, a la que no se podía uno exponer sin peligro. Y no ha de extrañar la intensidad de este fenómeno cuando se sepa que el doctor Livingstone vio, en circunstancias semejantes, en Kolobeng, romperse los cristales de las casas, y morir caballos y antílopes a causa de aquellos enormes granizos.

Sin perder un instante, William Emery, abandonando su trabajo, llamó a sus hombres para buscar en la carreta un refugio menos peligroso que el de un árbol en tiempo de tormenta. Pero apenas había abandonado la cima del montículo, cuando un relámpago cegador, seguido de un trueno inmediato, inflamó la atmósfera.

William Emery fue derribado, como muerto. Los dos marineros, deslumbrados por un instante, se precipitaron hacia él. Muy afortunadamente, el joven astrónomo había sido respetado por el rayo. Por uno de esos efectos casi inexplicables que presentan ciertos casos de fulguración, el fluido había, por así decirlo, resbalado a su alrededor, envolviéndolo en una capa eléctrica; pero su paso quedaba debidamente atestiguado por la fusión que había producido en las puntas de hierro de un compás que William Emery llevaba en la mano.

El joven, incorporado por sus marineros, volvió pronto en sí. Pero no había sido ni la única ni la más castigada víctima de aquel trueno. Junto al poste plantado en el montículo, dos indígenas yacían sin vida, a veinte pasos el uno del otro. Uno de ellos, cuyo sistema vital había quedado completamente desorganizado por la acción mecánica del rayo, conservaba bajo sus ropas intactas un cuerpo negro como el carbón. El otro, alcanzado en el cráneo por el meteoro atmosférico, había quedado muerto en el acto.

Así pues, aquellos tres hombres —los dos indígenas y William Emery— acababan de sufrir simultáneamente la descarga de un solo rayo de triple dardo. Fenómeno raro, pero observado alguna vez, esta trisección de un rayo, cuya separación angular es a menudo considerable.

Los bosquimanos, primero aterrados por la muerte de sus compañeros, emprendieron pronto la huida, pese a los gritos de los marineros, y a riesgo de ser fulminados por enrarecer el aire tras de sí con la rapidez de su carrera. Pero no quisieron atender a razones, y regresaron al campamento a toda la velocidad de sus piernas. Los dos marinos, tras trasladar a William Emery a la carreta, colocaron en ella los cuerpos de los dos indígenas, y se refugiaron a su vez, ya todos magullados por el golpe de los granizos que caían como una lluvia de piedras. Durante unos tres cuartos de hora, la tormenta bramó con extrema violencia. Luego empezó a amainar. El granizo cesó de caer, y la carreta pudo emprender de nuevo el camino del campamento.

La noticia de la muerte de los dos indígenas se le había adelantado. Produjo un efecto deplorable en el ánimo de aquellos bosquimanos, que no veían sin un terror supersticioso esas operaciones trigonométricas que no lograban comprender en absoluto. Se reunieron en cónclave, y algunos de ellos, más desmoralizados que los demás, declararon que no irían más adelante. Hubo un principio de rebelión que amenazaba adquirir proporciones graves. Hizo falta toda la influencia de que gozaba el bosquimano para atajar aquella revuelta. El coronel Everest tuvo que intervenir y prometer a aquella pobre gente un suplemento de paga para mantenerlos a su servicio. El acuerdo no se restableció sin trabajo. Hubo resistencias, y el porvenir de la expedición pareció seriamente comprometido. En efecto, ¿qué habría sido de los miembros de la comisión, en medio de aquel desierto, lejos de toda población, sin escolta que los protegiera, sin conductores que guiasen sus carretas? Por fin, esta dificultad quedó también resuelta, y, tras el entierro de los dos indígenas, levantado el campamento, la pequeña tropa se dirigió hacia el montículo en el que dos de los suyos habían hallado la muerte.

William Emery se resintió durante algunos días de la violenta descarga a la que había sido sometido. Su mano izquierda, que sostenía el compás, permaneció durante algún tiempo como paralizada; pero al fin aquella molestia desapareció, y el joven astrónomo pudo reanudar sus trabajos.

Durante los dieciocho días siguientes, hasta el 20 de diciembre, ningún incidente marcó la marcha de la caravana. Los makololos no aparecían, y Mokoum, aunque receloso, empezaba a tranquilizarse. Ya no se hallaban sino a una cincuentena de millas del desierto, y aquel karroo seguía siendo lo que había sido hasta entonces, una comarca espléndida cuya vegetación, sostenida todavía por las aguas vivas del suelo, no habría podido igualarse en ningún punto del globo. Cabía, pues, contar con que, hasta llegar al desierto, ni los hombres, en medio de aquella región fértil y rica en caza, ni las bestias de carga, hundidas hasta el pecho en aquellos pastos exuberantes, habrían de faltarles alimento. Pero no se contaba con los ortópteros, cuya aparición es una amenaza siempre pendiente sobre los asentamientos del África austral.

En la tarde del 20 de diciembre, una hora aproximadamente antes de la puesta del sol, el campamento había quedado organizado. Los tres ingleses y el bosquimano, sentados al pie de un árbol, descansaban de las fatigas del día y conversaban sobre sus proyectos futuros. El viento del norte, que tendía a levantarse, refrescaba un poco la atmósfera.

Entre los astrónomos se había convenido que aquella noche tomarían alturas de estrellas para calcular con exactitud la latitud del lugar. Ninguna nube cubría el cielo; la luna estaba próxima a ser nueva; las constelaciones serían resplandecientes, y, por consiguiente, aquellas delicadas observaciones cenitales no podían dejar de realizarse en las circunstancias más favorables. Así, el coronel Everest y sir John Murray se llevaron un gran desengaño cuando William Emery, hacia las ocho, levantándose y señalando hacia el norte, dijo:

– Ahí tenemos el horizonte que se cubre, y me temo que la noche no vaya a sernos tan propicia como esperábamos.

– En efecto —respondió sir John—, esa gran nube se eleva sensiblemente, y con el viento que refresca, no tardará en invadir el cielo.

– ¿Se prepara entonces una nueva tormenta? —preguntó el coronel.

– Estamos en la región intertropical —respondió William Emery—, y eso es de temer. Creo que nuestras observaciones corren gran riesgo esta noche.

– ¿Qué opina usted, Mokoum? —preguntó el coronel Everest al bosquimano.

El bosquimano observó atentamente el norte. La nube se delimitaba por una línea curva muy alargada, y tan nítida como si hubiera sido trazada con compás. El sector que recortaba por encima del horizonte presentaba un desarrollo de tres a cuatro millas. Aquella nube, negruzca como humo, presentaba un aspecto singular que llamó la atención del bosquimano. A veces, el sol poniente la iluminaba con reflejos rojizos que ella reflejaba como lo habría hecho una masa sólida, y no una aglomeración de vapores.

– ¡Una nube singular! —dijo Mokoum, sin explicarse más.

Momentos después, uno de los bosquimanos vino a avisar al cazador de que los animales —caballos, bueyes y demás— daban muestras de agitación. Corrían por el pastizal y se negaban a entrar en el recinto del campamento.

– Bueno, dejadlos pasar la noche fuera —respondió Mokoum.

– ¿Pero las fieras?

– ¡Oh! Las fieras estarán pronto demasiado ocupadas para reparar en ellos.

El indígena se retiró. El coronel Everest iba a pedir al bosquimano la explicación de aquella extraña respuesta. Pero Mokoum, tras alejarse unos pasos, pareció absorto por completo en la contemplación de aquel fenómeno cuya naturaleza sospechaba evidentemente.

La nube se acercaba con rapidez. Podía advertirse lo baja que estaba, y con seguridad su altura sobre el suelo no debía de pasar de unos centenares de pies. Al silbido del viento que refrescaba se mezclaba una especie de «rumor formidable», si es que estas dos palabras pueden acoplarse, y aquel rumor parecía salir de la nube misma.

En ese momento, y por encima de la nube, apareció un enjambre de puntos negros sobre el fondo pálido del cielo. Aquellos puntos revoloteaban de abajo arriba, sumergiéndose en medio de la masa sombría y saliendo de ella al instante. Se los habría contado por millares.

– ¡Eh! ¿Qué son esos puntos negros? —preguntó sir John Murray.

– Esos puntos negros son pájaros —respondió el bosquimano—. Son buitres, águilas, halcones, milanos. Vienen de lejos, siguen esa nube, y no la abandonarán hasta que sea aniquilada o dispersada.

– ¿Pero esa nube?

– No es una nube —respondió Mokoum, extendiendo la mano hacia la masa sombría que invadía ya un cuarto del cielo—; es una nube viva, ¡es una nube de langostas!

El cazador no se equivocaba. Los europeos iban a presenciar una de esas terribles invasiones de langostas, por desgracia demasiado frecuentes, que en una sola noche convierten el país más fértil en una comarca árida y desolada. Aquellos saltamontes, que pertenecen al género locusta, los «grylli devastatorii» de los naturalistas, llegaban así a millares de millones. ¿No han visto algunos viajeros una playa cubierta de estos insectos hasta una altura de cuatro pies y en una extensión de cincuenta millas?

– ¡Sí! —repuso el bosquimano—. Esas nubes vivas son un azote temible para los campos, ¡y quiera el cielo que no nos hagan demasiado daño!

– Pero aquí no tenemos —dijo el coronel Everest— ni campos sembrados ni pastos que nos pertenezcan. ¿Qué podríamos temer de esos insectos?

– Nada, si se limitan a pasar por encima de nuestras cabezas —respondió el bosquimano—; todo, si se abaten sobre este país que debemos atravesar. Entonces no quedará ni una hoja en los árboles ni una brizna de hierba en las praderas, y olvida usted, coronel, que si nuestro sustento está asegurado, no lo está el de nuestros caballos, nuestros bueyes, nuestras mulas. ¿Qué sería de ellos en medio de esos pastos devastados?

Los compañeros del bosquimano permanecieron en silencio. Observaban la masa animada que crecía a ojos vistas. El rumor redoblaba, dominado por los gritos de águilas y halcones que, precipitándose sobre la nube inagotable, devoraban por millares sus insectos.

– ¿Cree usted que se abatirán sobre esta comarca? —preguntó William Emery a Mokoum.

– Me lo temo —respondió el cazador—. El viento del norte las empuja directamente hacia aquí. Además, ahí tenemos el sol que desaparece. La brisa fresca del atardecer va a entorpecer las alas de estas langostas. Se abatirán sobre los árboles, sobre los matorrales, sobre las praderas, y entonces…

El bosquimano no terminó la frase. Su predicción se cumplía en ese mismo instante. En un momento, la enorme nube que rebasaba el cenit se abatió sobre el suelo. Ya no se vio más que una masa hormigueante y sombría alrededor del campamento y hasta los límites del horizonte. El propio emplazamiento del campamento quedó literalmente inundado. Las carretas, las tiendas, todo desapareció bajo aquel granizo viviente. La masa de langostas medía un pie de altura. Los ingleses, hundidos hasta media pierna en aquella espesa capa de saltamontes, aplastaban centenares a cada paso. Pero ¿qué importaba eso en medio de tal cantidad?

Y, sin embargo, no faltaban causas de destrucción para aquellos insectos. Los pájaros se arrojaban sobre ellos lanzando gritos roncos y los devoraban con avidez. Bajo la masa, unas serpientes, atraídas por aquel suculento festín, absorbían cantidades enormes. Los caballos, los bueyes, las mulas, los perros se hartaban de ellas con un contento inexpresable. La caza de la llanura, las fieras, leones o hienas, elefantes o rinocerontes, engullían en sus vastos estómagos celemines enteros de estos insectos. Por fin, los propios bosquimanos, muy aficionados a esos «camarones del aire», se alimentaban de ellos como de un maná celestial. Pero su número desafiaba todas esas causas de destrucción, e incluso su propia voracidad, pues estos insectos se devoran entre sí.

A instancias del bosquimano, los ingleses tuvieron que probar aquel alimento que les caía del cielo. Se hicieron hervir algunos millares de langostas sazonadas con sal, pimienta y vinagre, tras haberse cuidado de elegir las más jóvenes, que son verdes y no amarillentas, y por lo tanto menos correosas que sus mayores, algunas de las cuales medían cuatro pulgadas de longitud. Estas jóvenes locustas, gruesas como un cañón de pluma, largas de quince a veinte líneas, y que aún no habían depositado sus huevos, son, en efecto, consideradas por los aficionados como un manjar exquisito. Tras media hora de cocción, el bosquimano sirvió a los tres ingleses un apetitoso plato de langostas. Estos insectos, despojados de la cabeza, las patas y los élitros, exactamente como los camarones de mar, resultaron sabrosos, y sir John Murray, que comió varios centenares por su cuenta, recomendó a su gente que hiciera enormes provisiones de ellas. ¡No había más que agacharse para cogerlas!

Llegada la noche, cada cual regresó a su lecho habitual. Pero las carretas no habían escapado a la invasión. Era imposible entrar en ellas sin aplastar aquellos innumerables insectos. Dormir en tales condiciones resultaba poco agradable. Así que, puesto que el cielo estaba despejado y las constelaciones brillaban en el firmamento, los tres astrónomos pasaron toda la noche tomando alturas de estrellas. Sin duda valía más eso que hundirse hasta el cuello en aquel edredón de langostas. Además, ¿habrían podido los europeos conciliar un instante de sueño, mientras la llanura y los bosques retumbaban con los aullidos de las fieras acudidas al festín de las langostas?

Al día siguiente, el sol desbordó de un horizonte límpido y comenzó a describir su arco diurno en un cielo radiante que prometía una jornada calurosa. Sus rayos elevaron pronto la temperatura, y un sordo rumor de élitros se dejó oír en medio de la masa de langostas, que se disponían a reanudar su vuelo y llevar a otra parte sus devastaciones. Hacia las ocho de la mañana fue como el despliegue de un velo inmenso que se extendió por el cielo y eclipsó la luz del sol. Toda la comarca se ensombreció, y se hubiera podido creer que la noche reanudaba su curso. Luego, arreciado el viento, la enorme nube se puso en movimiento. Durante dos horas, con un ruido ensordecedor, pasó por encima del campamento sumido en sombras, y por fin desapareció más allá del horizonte occidental.

Pero, cuando la luz volvió a aparecer, pudo verse que las predicciones del bosquimano se habían cumplido enteramente. Ni una hoja quedaba en los árboles, ni una brizna de hierba en las praderas. Todo estaba aniquilado. El suelo aparecía amarillento y terroso. Las ramas despojadas no ofrecían ya a la vista más que una silueta desgarbada. ¡Era el invierno sucediendo al verano, con la rapidez de un cambio a la vista! ¡Era el desierto, y ya no la comarca exuberante!

Y podía aplicarse a aquellas langostas devoradoras aquel proverbio oriental que aún justifica el instinto rapaz de los otomanos: ¡La hierba ya no crece donde ha pasado el turco! ¡La hierba ya no crece donde se han abatido las langostas!

Sürgöny

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