Aventuras de tres rusos y tres ingleses en el África austral

Capítulo XII

Una estación al gusto de sir John

Por fin, el calculador ruso había sido encontrado. Cuando se le preguntó cómo había vivido durante aquellos cuatro días, no supo decirlo. ¿Había tenido conciencia de los peligros que así corría? No era probable. Cuando se le contó el incidente de los cocodrilos, no quiso creerlo y tomó la cosa por una broma. ¿Había pasado hambre? Tampoco. Se había alimentado de cifras, y tan bien alimentado, que había descubierto ese error en su tabla de logaritmos.

En presencia de sus colegas, Mathieu Strux, por amor propio nacional, no quiso dirigir ningún reproche a Nicolas Palander; pero, en privado, hay motivos para creer que el astrónomo ruso recibió una severa reprimenda de su jefe, y que se le invitó a no dejarse arrastrar más por sus estudios logarítmicos.

Las operaciones se reanudaron de inmediato. Durante algunos días, los trabajos marcharon convenientemente. Un tiempo claro y despejado favorecía las observaciones, tanto en la medida angular de las estaciones como en las distancias cenitales. Se añadieron nuevos triángulos a la red, y sus ángulos quedaron rigurosamente determinados mediante observaciones múltiples.

El 28 de junio, los astrónomos habían obtenido geodésicamente la base de su decimoquinto triángulo. Según sus cálculos, este triángulo debía abarcar el tramo de la meridiana comprendido entre el segundo y el tercer grado. Para completarlo, quedaba por medir los dos ángulos adyacentes, tomando la mira de una estación situada en su vértice.

Allí se presentó una dificultad física. El país, cubierto de matorral hasta donde alcanzaba la vista, no se prestaba en absoluto al establecimiento de las señales. Su pendiente general, bastante acusada de sur a norte, dificultaba, no la instalación, sino la visibilidad de los pilones.

Un único punto podía servir para el establecimiento de un reverbero, pero a gran distancia. Era la cima de una montaña de mil doscientos a mil trescientos pies, que se alzaba a unas treinta millas hacia el noroeste. En estas condiciones, los lados de este decimoquinto triángulo tendrían, pues, longitudes superiores a las veinte mil toesas, longitudes que en ocasiones se han llevado al cuádruple en diversas mediciones trigonométricas, pero que los miembros de la comisión anglo-rusa aún no habían alcanzado.

Tras madura discusión, los astrónomos decidieron el establecimiento de un reverbero eléctrico sobre aquella altura, y resolvieron hacer un alto hasta que la señal estuviera instalada. El coronel Everest, William Emery y Michel Zorn, acompañados de tres marineros y de dos bosquimanos dirigidos por el foreloper, fueron designados para dirigirse a la nueva estación, con el fin de instalar la mira luminosa destinada a una operación nocturna. La distancia era, en efecto, demasiado grande para aventurarse a observar de día con suficiente certeza.

La pequeña tropa, provista de sus instrumentos y de sus aparatos transportados a lomos de mulas, y abastecida de víveres, partió en la mañana del 28 de junio. El coronel Everest no contaba con llegar hasta el día siguiente a la base de la montaña, y por poco que la ascensión presentara alguna dificultad, el reverbero no podría instalarse, como muy pronto, hasta la noche del 29 al 30. Los observadores, que permanecían en el campamento, no debían, pues, buscar antes de treinta y seis horas al menos la cima luminosa de su decimoquinto triángulo.

Durante la ausencia del coronel Everest, Mathieu Strux y Nicolas Palander se entregaron a sus ocupaciones habituales. Sir John Murray y el bosquimano batieron los alrededores del campamento, y mataron algunas piezas pertenecientes a la especie de los antílopes, tan variada en las regiones del África austral.

Sir John añadió incluso a sus hazañas cinegéticas el «acoso» de una jirafa, hermoso animal, raro en las comarcas del norte, pero común en medio de las llanuras del sur. La caza de la jirafa está considerada por los entendidos como «un bello deporte». Sir John y el bosquimano dieron con una manada de veinte ejemplares, muy huraños, a los que no pudieron acercarse a menos de quinientas yardas. Sin embargo, al separarse del grupo una jirafa hembra, los dos cazadores resolvieron acosarla. El animal emprendió la huida al trotecillo, dejándose ganar terreno de buen grado; pero cuando los caballos de sir John y del bosquimano se hubieron acercado sensiblemente, la jirafa, retorciendo la cola, se puso a huir con excesiva rapidez. Hubo que perseguirla durante más de dos millas. Por fin, una bala, que le fue enviada al hueco del hombro por el rifle de sir John, la derribó de costado. Era un magnífico ejemplar de la especie, «caballo por el cuello, buey por los pies y las patas, camello por la cabeza», como decían los romanos, y cuyo pelaje rojizo estaba moteado de blanco. Aquel singular rumiante no medía menos de once pies de altura desde el nacimiento del casco hasta el extremo de sus pequeños cuernos, revestidos de piel y de pelo.

Durante la noche siguiente, los dos astrónomos rusos tomaron algunas buenas alturas de estrellas, que les sirvieron para determinar la latitud del campamento.

La jornada del 29 de junio transcurrió sin incidentes. Se esperó la noche siguiente con cierta impaciencia para fijar la cima del decimoquinto triángulo. Llegó la noche, una noche sin luna, sin estrellas, pero seca, y que ninguna niebla enturbiaba, noche muy propicia, por consiguiente, para la marcación de una mira lejana.

Se habían tomado todas las disposiciones preliminares, y el anteojo del círculo repetidor, apuntado durante el día hacia la cima de la montaña, debía enfilar rápidamente el reverbero eléctrico, en caso de que la distancia lo hubiera hecho invisible a simple vista.

Así pues, durante toda la noche del 29 al 30, Mathieu Strux, Nicolas Palander y sir John Murray se turnaron ante el ocular del instrumento… pero la cima de la montaña permaneció inadvertida, y ninguna luz brilló en su extremo más alto.

Los observadores dedujeron de ello que la ascensión había presentado dificultades serias, y que el coronel Everest no había podido alcanzar la cima del cono antes del final del día. Aplazaron, pues, su observación a la noche siguiente, sin dudar de que el aparato luminoso hubiera sido instalado durante la jornada.

Pero ¡cuál no sería su sorpresa cuando, aquel 30 de junio, hacia las dos de la tarde, el coronel Everest y sus compañeros, cuyo regreso nada hacía presagiar, reaparecieron en el campamento!

Sir John corrió al encuentro de sus colegas.

– ¡Usted, coronel! —exclamó.

– Nosotros mismos, sir John.

– ¿Es, pues, inaccesible la montaña?

– Muy accesible, al contrario —respondió el coronel Everest—, pero bien guardada, se lo aseguro. Por eso venimos a buscar refuerzos.

– ¡Cómo! ¿Indígenas?

– Sí, indígenas de cuatro patas y de melena negra, que se han devorado uno de nuestros caballos.

En pocas palabras, el coronel relató a sus colegas su viaje, que se había desarrollado a la perfección hasta la base de la montaña. Aquella montaña, se comprobó entonces, solo era franqueable por un contrafuerte del sudoeste. Pues bien, precisamente en el único desfiladero que conducía a ese contrafuerte, una manada de leones había establecido su «kraal», según la expresión del foreloper. En vano trató el coronel Everest de desalojar a aquellos formidables animales; insuficientemente armado, tuvo que batirse en retirada, tras haber perdido un caballo al que un magnífico león había roto el espinazo de un zarpazo.

Semejante relato no podía sino enardecer a sir John Murray y al bosquimano. Aquella «montaña de los Leones» era una estación por conquistar, estación por lo demás absolutamente necesaria para la continuación de los trabajos geodésicos. La ocasión de medirse con los más temibles individuos de la raza felina era demasiado buena para no aprovecharla, y la expedición se organizó de inmediato.

Todos los sabios europeos, sin exceptuar al pacífico Palander, querían tomar parte en ella; pero era indispensable que algunos permanecieran en el campamento para la medición de los ángulos adyacentes a la base del nuevo triángulo. El coronel Everest, comprendiendo que su presencia era necesaria para el control de la operación, se resignó a quedarse en compañía de los dos astrónomos rusos. Por otra parte, no había motivo alguno que pudiera retener a sir John Murray. El destacamento, destinado a forzar los accesos a la montaña, se compuso, pues, de sir John, de William Emery y de Michel Zorn, a cuyas instancias sus jefes habían tenido que ceder, luego del bosquimano, que no habría cedido su puesto a nadie, y por último de tres indígenas cuyo valor y sangre fría conocía Mokoum.

Tras estrechar la mano a sus colegas, los tres europeos, hacia las cuatro de la tarde, abandonaron el campamento, y se internaron bajo el matorral, en dirección a la montaña. Espolearon rápidamente sus caballos, y a las nueve de la noche habían salvado la distancia de treinta millas.

Llegados a dos millas del monte, pusieron pie en tierra y organizaron su vivac para la noche. No se encendió ninguna hoguera, pues Mokoum no quería atraer la atención de los animales a los que deseaba combatir a pleno día, ni provocar un ataque nocturno.

Durante aquella noche, los rugidos resonaron casi sin cesar. Es, en efecto, durante la oscuridad cuando estos temibles carniceros abandonan su guarida y se lanzan en busca de alimento. Ninguno de los cazadores durmió, ni siquiera una hora, y el bosquimano aprovechó aquel insomnio para darles algunos consejos que su experiencia hacía valiosos.

– Señores —les dijo con tono perfectamente sereno—, si el coronel Everest no se ha equivocado, mañana tendremos que vérnoslas con una manada de leones de melena negra. Esas fieras pertenecen, pues, a la especie más feroz y más peligrosa. Procuraremos mantenernos bien preparados. Les recomiendo evitar el primer salto de estos animales, que pueden franquear, de un brinco, de dieciséis a veinte pasos. Fallado su primer golpe, rara vez repiten. Hablo por experiencia. Como regresan a su guarida al despuntar el día, es allí donde los atacaremos. Pero se defenderán, y se defenderán bien. Les diré que, por la mañana, los leones, bien hartos, son menos feroces, y tal vez menos valientes; es cuestión de estómago. Es también cuestión de lugar, pues son más tímidos en las regiones donde el hombre los acosa sin cesar. Pero aquí, en país salvaje, tendrán toda la ferocidad de lo salvaje. Les recomendaré también, señores, calcular bien las distancias antes de disparar. Dejen que el animal se acerque, no hagan fuego sino sobre seguro, y apunten al hueco del hombro. Añadiré que dejaremos nuestros caballos atrás. Estos animales se espantan ante la presencia del león y comprometen la seguridad de su jinete. Combatiremos a pie, y confío en que no les faltará la sangre fría.

Los compañeros del bosquimano habían escuchado en silencio la recomendación del cazador. Mokoum había vuelto a ser el hombre paciente de las cacerías. Sabía que el asunto sería grave. Si bien es cierto que el león no suele arrojarse sobre el hombre que pasa sin provocarlo, su furia se eleva, al menos, hasta el mayor grado en cuanto se siente atacado. Es entonces una fiera terrible, a la que la naturaleza ha dado la agilidad para saltar, la fuerza para destrozar, la cólera que la hace formidable. Por ello, el bosquimano recomendó a los europeos que conservaran la sangre fría, y sobre todo a sir John, que a veces se dejaba arrastrar por su audacia.

– Dispare a un león —le dijo—como dispararía a un perdigón, sin más emoción. ¡Todo está en eso!

Todo está en eso, en efecto. Pero ¿quién puede responder, cuando no está curtido por la costumbre, de conservar la sangre fría ante un león?

A las cuatro de la madrugada, los cazadores, después de haber atado sólidamente sus caballos en medio de un espeso matorral, abandonaron el lugar del alto. El día aún no despuntaba. Algunos matices rojizos flotaban en las brumas del este. La oscuridad era profunda.

El bosquimano recomendó a sus compañeros que revisaran sus armas. Él y sir John Murray, armados cada uno con una carabina de retrocarga, no tuvieron más que deslizar en la recámara el cartucho de culote de cobre, y probar si el expulsor funcionaba bien. Michel Zorn y William Emery, portadores de rifles rayados, renovaron los fulminantes que la humedad de la noche podía haber dañado. En cuanto a los tres indígenas, iban provistos de arcos de áloe que manejaban con gran destreza. Más de un león, en efecto, había caído ya bajo sus flechas.

Los seis cazadores, formando un grupo compacto, se dirigieron hacia el desfiladero cuyos accesos habían reconocido la víspera los dos jóvenes sabios. No pronunciaban palabra, y se deslizaban entre los troncos del bosque, como los pieles rojas entre la maleza de sus bosques.

Pronto la pequeña tropa llegó a la angosta garganta que formaba la entrada del desfiladero. En este punto comenzaba aquel pasadizo, excavado entre dos murallas de granito, que conducía a las primeras laderas del contrafuerte. Era en este pasadizo, hacia la mitad del recorrido aproximadamente, en un tramo ensanchado por un desprendimiento, donde se encontraba la guarida ocupada por la manada de leones.

El bosquimano tomó entonces las siguientes disposiciones: sir John Murray, uno de los indígenas y él debían avanzar solos, deslizándose por las aristas superiores del desfiladero. Esperaban llegar así cerca de la guarida, y contaban con desalojar a las temibles fieras, de manera que las empujasen hacia el extremo inferior del desfiladero. Allí, los dos jóvenes europeos y los dos bosquimanos, apostados al acecho, debían recibir a los fugitivos a flechazos y tiros de fusil.

El lugar se prestaba excelentemente a esta maniobra. Allí se alzaba un enorme sicomoro que dominaba todo el matorral circundante, y cuyas múltiples horquetas ofrecían un puesto seguro al que los leones no podrían llegar. Se sabe, en efecto, que estos animales no han recibido, como sus congéneres de la raza felina, el don de trepar a los árboles. Unos cazadores, así apostados a cierta altura, podían esquivar sus saltos y dispararles en condiciones favorables.

La maniobra peligrosa debía, pues, ser ejecutada por Mokoum, sir John y uno de los indígenas. Ante la observación que hizo William Emery al respecto, el cazador respondió que no podía ser de otro modo, e insistió en que no se introdujera ninguna modificación en su plan. Los jóvenes se rindieron a sus razones.

El día empezaba entonces a despuntar. La cima extrema de la montaña se encendía como una antorcha bajo la proyección de los rayos solares. El bosquimano, tras haber visto a sus cuatro compañeros instalarse en las ramas del sicomoro, dio la señal de partida. Sir John, el indígena y él reptaron pronto a lo largo de una senda caprichosamente sinuosa por la pared derecha del desfiladero.

Estos tres audaces cazadores avanzaron así durante unos cincuenta pasos, deteniéndose a veces y observando el estrecho pasadizo que iban remontando. El bosquimano no dudaba de que los leones, tras su excursión nocturna, hubieran regresado a su guarida, ya fuera para devorar en ella su presa, ya para descansar. Quizá incluso pudiera sorprenderlos dormidos, y acabar rápidamente con ellos.

Un cuarto de hora después de haber franqueado la entrada del desfiladero, Mokoum y sus dos compañeros llegaron ante la guarida, en el desprendimiento que les había sido indicado por Michel Zorn. Allí se agazaparon en el suelo y examinaron el cubil.

Era una excavación bastante ancha, cuya profundidad no se podía calcular en aquel momento. Restos de animales, montones de huesos, disimulaban su entrada. No había lugar a confusión: era el refugio de los leones señalado por el coronel Everest.

Pero en aquel momento, contrariamente a la opinión del cazador, la caverna parecía desierta. Mokoum, con el fusil amartillado, se dejó deslizar hasta el suelo, y, reptando sobre las rodillas, llegó hasta la entrada de la guarida.

Una sola mirada, rápidamente lanzada al interior, le mostró que estaba vacía.

Esta circunstancia, con la que no contaba, le hizo modificar de inmediato su plan. Sus dos compañeros, llamados por él, se reunieron con él en un instante.

– Sir John —dijo el cazador—, nuestra caza no ha regresado a su cubil, pero no puede tardar en aparecer. Me figuro que haremos bien en instalarnos en su lugar. Más vale ser sitiados que sitiadores con semejantes bribones, sobre todo cuando la plaza cuenta con un ejército de socorro a sus puertas. ¿Qué opina Su Señoría?

– Pienso como usted, bosquimano —respondió sir John Murray—. Estoy bajo sus órdenes y le obedezco.

Mokoum, sir John y el indígena penetraron en la guarida. Era una gruta profunda, sembrada de huesos y de carnes ensangrentadas. Tras comprobar que estaba absolutamente vacía, los cazadores se apresuraron a barricar su entrada por medio de grandes piedras que hicieron rodar no sin esfuerzo, y que amontonaron unas sobre otras. Los intersticios dejados entre estas piedras fueron taponados con ramaje y matojos secos de los que estaba cubierta la parte socavada del desfiladero.

Este trabajo solo exigió unos minutos, pues la entrada de la gruta era relativamente estrecha. Luego, los cazadores se situaron detrás de su barricada, horadada de troneras, y esperaron.

Su espera no fue de larga duración. Hacia las cinco y cuarto, un león y dos leonas aparecieron a cien pasos de la guarida. Eran animales de gran tamaño. El león, sacudiendo su melena negra y barriendo el suelo con su temible cola, llevaba entre los dientes un antílope entero, al que sacudía como un gato habría hecho con un ratón. Aquella pesada presa no le pesaba en sus poderosas fauces, y su cabeza, aunque cargada pesadamente, se movía con una soltura perfecta. Las dos leonas, de pelaje amarillo, lo acompañaban dando brincos.

Sir John —Su Señoría lo ha confesado desde entonces— sintió que su corazón latía con violencia. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, su frente se arrugó, y sintió una especie de miedo convulsivo al que se mezclaban el asombro y la angustia; pero esto no duró, y pronto volvió a ser dueño de sí mismo. En cuanto a sus dos compañeros, estaban tan tranquilos como de costumbre.

Sin embargo, el león y las dos leonas habían presentido el peligro. Al ver su guarida barricada, se detuvieron. Menos de sesenta pasos los separaban de ella. El macho lanzó un rugido ronco, y, seguido de las dos leonas, se arrojó a un matorral situado a la derecha, un poco por debajo del lugar donde los cazadores se habían detenido al principio. Se veía distintamente a aquellas temibles fieras a través de las ramas: sus flancos amarillos, sus orejas erguidas, sus ojos brillantes.

– Ahí están los perdigones —murmuró sir John al oído del bosquimano—. A cada uno el suyo.

– No —respondió Mokoum en voz baja—, la nidada no está completa, y la detonación espantaría a los demás.

– Bosquimano, ¿está seguro de su flecha a esta distancia?

– Sí, Mokoum —respondió el indígena.

– Pues bien, al flanco izquierdo del macho, ¡y revíentele el corazón!

El bosquimano tensó su arco, y apuntó con gran atención a través de la maleza. La flecha partió silbando. Estalló un rugido. El león dio un salto y volvió a caer a treinta pasos de la caverna. Allí quedó inmóvil, y se pudieron ver sus afilados dientes, que resaltaban sobre sus fauces rojas de sangre.

– ¡Bien, bosquimano! —dijo el cazador.

En ese momento, las leonas, abandonando el matorral, se precipitaron sobre el cuerpo del león. A sus formidables rugidos, otros dos leones, entre ellos un viejo macho de garras amarillas, seguido de una tercera leona, aparecieron en la revuelta del desfiladero. Bajo el efecto de una espantosa furia, su melena negra, erizándose, los hacía parecer gigantescos. Parecían haber adquirido el doble de su volumen ordinario. Saltaban lanzando rugidos de una intensidad increíble.

– ¡A las carabinas, ahora! —exclamó el bosquimano—, ¡y disparémosles al vuelo, ya que no quieren posarse!

Estallaron dos detonaciones. Uno de los leones, alcanzado por la bala explosiva del bosquimano en el nacimiento de los riñones, cayó fulminado. El otro león, al que sir John había apuntado, con una pata rota, se precipitó hacia la barricada. Las leonas furiosas lo habían seguido. Aquellos terribles animales querían forzar la entrada de la caverna, y no podían dejar de conseguirlo si una bala no los detenía.

El bosquimano, sir John y el indígena se habían retirado al fondo de la guarida. Los fusiles habían sido recargados rápidamente. Uno o dos disparos afortunados, y las fieras acaso caerían inanimadas, cuando una circunstancia imprevista vino a hacer terrible la situación de los tres cazadores.

De pronto, un espeso humo llenó la caverna. Uno de los tacos, caído en medio de la maleza seca, la había incendiado. Pronto una cortina de llamas, avivada por el viento, quedó tendida entre los hombres y los animales. Los leones retrocedieron. Los cazadores ya no podían permanecer en su refugio sin exponerse a asfixiarse en pocos instantes.

Era una posición terrible. No había que vacilar.

– ¡Afuera! ¡Afuera! —exclamó el bosquimano, que ya se ahogaba.

Al instante, la maleza fue apartada a culatazos, las piedras de la barricada fueron rechazadas, y los tres cazadores, medio ahogados, se precipitaron afuera en medio del torbellino de humo.

El indígena y sir John apenas habían tenido tiempo de reconocer su situación, cuando ambos fueron derribados, el africano por un topetazo, el inglés por un coletazo, de las leonas aún ilesas. El indígena, alcanzado de lleno en el pecho, quedó inmóvil en el suelo. Sir John creyó tener rota la pierna, y cayó de rodillas. Pero en el momento en que el animal volvía sobre él, una bala del bosquimano lo detuvo en seco, y, al topar con un hueso, estalló en su cuerpo.

En ese momento, Michel Zorn, William Emery y los dos bosquimanos, apareciendo en la revuelta del desfiladero, llegaron muy a propósito para tomar parte en el combate. Dos leones y una leona habían sucumbido a los mortales impactos de las balas y las flechas. Pero los supervivientes, las otras dos leonas y el macho, cuya pata había sido destrozada por el disparo de sir John, seguían siendo temibles. Sin embargo, los rifles rayados, manejados por mano firme, cumplían en ese momento su cometido. Una segunda leona cayó, alcanzada por dos balas en la cabeza y en el flanco. El león herido y la tercera leona, dando entonces un salto prodigioso y pasando por encima de la cabeza de los jóvenes, desaparecieron en la revuelta del desfiladero, saludados por última vez con dos balas y dos flechas.

Sir John lanzó un hurra triunfal. Los leones estaban vencidos. Cuatro cadáveres yacían en el suelo.

Todos se apresuraron a acudir junto a sir John Murray. Con la ayuda de sus amigos, pudo levantarse. Su pierna, por fortuna, no estaba rota. En cuanto al indígena a quien había derribado el topetazo, volvió en sí al cabo de unos instantes, no habiendo sido más que aturdido por aquel violento empujón. Una hora más tarde, la pequeña tropa había regresado al matorral donde estaban atados los caballos, sin haber vuelto a ver a la pareja fugitiva.

– Y bien —dijo entonces Mokoum a sir John—, ¿está Su Señoría satisfecho de nuestros perdigones de África?

– Encantado —respondió sir John, frotándose la pierna contusionada—, ¡encantado! Pero ¡qué cola tienen, mi digno bosquimano, qué cola!

[Nota 1] En la medición de la meridiana de Francia prolongada hasta Formentera, Arago, de Desierto a Campvey, midió en su decimoquinto triángulo un lado de 160.904 metros, desde la costa de España hasta la isla de Ibiza.

Sürgöny

Feladóhivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

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