Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO IX

EL FRÍO Y EL CALOR

ATTERAS y Johnson aguardaban con H cierta inquietud a los tres cazadores. Estos se hallaban en sus glorias dentro de una habitación caliente y cómoda. La temperatura, llegada la noche, había bajado considerablemente, de modo que el termómetro, expuesto al aire libre, marcaba 32° bajo cero (–31° centígrados).Los recién llegados, rendidos de fatiga y casi helados, no podían con su alma. Afortunadamente las estufas estaban encendidas, y el hornillo no aguardaba más que los productos de la caza. El doctor se convirtió en cocinero y se puso a asar algunas chuletas de loba marina.

A las nueve de la noche, los cinco convidados se sentaban a la mesa, delante de una buena cena.–A fe mía –dijo Bell–, que a riesgo de pasar por un esquimal, he de decir muy alto que la cena es lo mejor que tiene una invernada, y que delante de ella, cuando se nos presenta, no debemos andarnos con escrúpulos ni dengues.

Como todos los convidados tenían la boca llena, ninguno pudo responder inmediatamente al carpintero, pero el doctor le dio a entender con su actitud que participaba de sus opiniones. Las chuletas de loba marina fueron halladas excelentes, y si no se las declaró tales, fueron ávidamente devoradas, lo que valía más que todas las declaraciones del mundo.

Al llegar los postres, el doctor preparó el café como tenía por costumbre, pues no confiaba nunca a nadie el cuidado de destilar el magnífico brebaje. Lo hacía en la misma mesa, en una cafetera de espíritu de vino, y lo servía hirviendo. Para él era necesario, para no conside-rarlo indigno de pasar por su gaznate, que le abrasase la lengua. Aquella noche lo tomó a una temperatura tan elevada, que sus compañeros no pudieron imitarle.

– Vais a incendiaros, doctor –dijo Altamont.

– No hay cuidado –respondió el interpelado. –Por lo visto, tenéis el paladar forrado de cobre –replicó Johnson.

– Nada de eso, amigos, y os aconsejo que sigáis mi ejemplo. Hay personas, en cuyo número me cuento, que beben el café a la temperatura de ciento treinta y un grados (+ 55° centígrados).

– ¡Ciento treinta y un grados! –exclamó Altamont–. ¡Ni la mano podría soportar un calor semejante!

– Evidentemente, Altamont, porque la mano no puede tolerar más allá de 122° (+ 50° centígrados) en el agua, pero el paladar y la lengua son menos sensibles que la mano, y resisten temperaturas que ésta no podría resistir.

– Me dejáis atónito –dijo Altamont.

– Pues voy a convenceros.

Y el doctor, cogiendo el termómetro del salón, sumergió la esfera en su taza de café hirviendo, aguardó a que el instrumento no marcase más que 131° (+55° centígrados) y se tomó de un sorbo el benéfico licor con una satisfacción evidente.

Bell quiso imitar resueltamente al doctor y se abrasó la lengua.

– Falta de costumbre –dijo el doctor.

– Clawbonny –repuso Altamont–, ¿podríais decirnos cuáles son las más altas temperaturas que el cuerpo humano es capaz de arrostrar?

– Muy fácilmente –respondió el doctor–, es cosa experimentada, y hay acerca del particular hechos curiosos. Uno o dos me vienen a la memoria, y os probarán que uno se acostumbra a todo, hasta a no cocerse donde se cocería un bistec. Cuéntase de algunas jóvenes ocupadas en el horno de la ciudad de La Rochefoucauld, en Francia, que podían permanecer diez minutos dentro del horno, hallándose éste a la temperatura de 300° (+ 132° centígrados), es decir, a una temperatura que excedía en 89° a la del agua hirviendo, en tanto que en torno suyo se asaban perfectamente carne y patatas.

– ¡Qué mujeres! –exclamó Altamont.

– He aquí otro ejemplo que no puede ponerse en duda. En 1774, nueve compatriotas nuestros, Fordyce, Banks, Solander, Blagdin,

Home, Nooth, lord Seaforth y el capitán Philips, soportaron una temperatura de 295° (+ 128° centígrados), en tanto que junto a ellos se cocían huevos y un roast-beef.

– ¡Y eran ingleses! –dijo Bell, con cierto sentimiento de orgullo.

– Sí, Bell –respondió el doctor.

– ¡Oh! Algo más hubieran hecho si hubiesen sido americanos –dijo Altamont.

– Se hubieran asado –dijo el doctor riendo.

– ¿Y por qué? –respondió el americano.

– Como no se han sometido a la prueba, por consiguiente la gloria es de mis compatriotas.

Añadiré otro hecho, que sería increíble si se pudiese, dudar de la veracidad de los testigos.

El duque de Ragusa y el doctor Jung, francés el uno y austríaco el otro, vieron a un turco meterse en un baño cuya temperatura era de 170° (+ 78° centígrados).

– Me parece –dijo Johnson– que eso no equivale a lo de las jóvenes del horno y a lo de nuestros compatriotas.

– Perdonad –respondió el doctor–; hay mucha diferencia entre sumergirse en el aire caliente o en el agua caliente; el aire caliente determina una transpiración que resguarda la carne, al paso que en el agua hirviendo, el cuerpo no transpira, y se quema. Así es que el límite extremo de temperatura prescrita para baños no es, en general, más que de 107° (+42° centígrados). Necesario era, pues, que el tal turco fuese un hombre muy extraordinario para sobrellevar un calor semejante.

– Señor Clawbonny –preguntó Johnson–,

¿cuál es, pues, la temperatura habitual de los seres animados?

– Varía según su naturaleza –respondió el doctor–. Las aves son los animales de más elevada temperatura, y entre ellas las más notables son el ánade y la gallina, cuyo calor pasa de 110° (+43° centígrados), al paso que el halcón, por ejemplo, no llega más que a los 104° (+40° centígrados), y vienen en segundo lugar los mamíferos, entre ellos los hombres. La temperatura de los ingleses es, en general, de 101° (+37° centígrados).

– Estoy seguro de que el señor Altamont va a reclamar algún grado más para los americanos –dijo Johnson riendo.

– Algunos hay que queman –dijo Altamont–; pero como yo no les he colocado nunca un termómetro en el tórax ni debajo de la lengua, nada seguro puedo decir acerca del particular.

– La diferencia –respondió el doctor– no es sensible entre los hombres de razas distintas, cuando se hallan colocados en idénticas circunstancias, aunque sea diferente su género de alimentación; y añadiré que la temperatura humana es casi la misma en el Ecuador y en el Polo.–Así, pues –dijo Altamont–, ¿nuestro calor propio es el mismo aquí que en Inglaterra?

– Sin diferencia perceptible –respondió el doctor–. En cuanto a los demás mamíferos, su temperatura es, en general, algo superior a la del hombre. A la de éste se acercan mucho la del caballo, la de la liebre, la del elefante, la de la marsopa y la del tigre; pero el gato, la ardilla, el ratón, la pantera, el carnero, el toro, el perro, el mono, el macho cabrío y la cabra, alcanzan a 103°, y, por último, el más favorecido de todos, que es el cerdo, pasa de 104° (+40° centígrados).

– Lo que es humillante para nosotros –dijo Altamont.

– Vienen después los anfibios y los peces, cuya temperatura varía mucho según la del agua. La serpiente no alcanza más que a los 86° (+30° centígrados), la rana 70° (+25° centígrados), y el tiburón otros tantos en agua que tiene un grado y medio menos. En fin, los insectos tienen, al parecer, la misma temperatura del agua y del aire.

– Lo que me decís me parece muy curioso – dijo Hatteras, que no había tomado aún la palabra–, y os doy las gracias, doctor, por haber puesto vuestra ciencia a nuestra disposición;

pero hablamos aquí como si tuviésemos que desafiar los calores de la zona tórrida. ¿No sería más oportuno hablar del frío, saber a qué estamos expuestos y cuáles han sido las temperaturas más bajas observadas hasta ahora?

– Es verdad –respondió Johnson.

– Nada es más fácil –repuso el doctor–. Y acerca del particular puedo decir algo.

– Ya lo creo –dijo Johnson–, vos lo sabéis todo,

– Amigos míos, yo no sé más que lo que me han enseñado otros, y cuando haya hablado sabréis tanto como yo. He aquí lo que puedo deciros respecto del frío y de las bajas temperaturas que Europa ha experimentado. Se cuentan varios inviernos memorables, y parece que los más rigurosos se han sometido a un regreso periódico cada cuarenta y un años, a poca diferencia, regreso que coincide con la mayor apariencia de las manchas del sol. Os citaré el invierno de 1364, en que el Ródano se heló hasta Arles; el de 1408, en que el Danubio se heló en todo su curso y los lobos atravesaron el Cattegat a pie enjuto; el de 1509, durante el cual el Adriático y el Mediterráneo se solidificaron en Venecia, en Séte y en Marsella, y el 10 de abril se heló también el Báltico; el de 1608, que hizo perecer en Inglaterra todo el ganado; el de 1789, en que el Támesis se heló hasta Gravesend, a 6 leguas de Londres; el de 1813, del que conservan los franceses tan terribles recuerdos, y, en fin, el de 1829, el más precoz y el más largo de los inviernos del siglo XIX. Eso en cuanto a Europa.–Pero aquí, más allá del círculo polar, ¿qué grado de temperatura puede alcanzarse? – preguntó Altamont.

– Creo, en verdad –respondió el doctor–, que hemos experimentado los mayores fríos que se hayan observado nunca, pues el termómetro de alcohol señaló un día 72° bajo cero (– 58° centígrados), y si mis recuerdos son exactos, las más bajas temperaturas reconocidas hasta hoy por los viajeros árticos son sólo de 61° en la isla de Melville, 65° en Puerto Félix y 70° en Fort Reliance (–56'7° centígrados).

– Sí –dijo Hatteras–, nos ha detenido un rudo invierno..., por desgracia.

– ¿Os ha detenido? –preguntó Altamont, mirando de hito en hito al capitán.

– En nuestro viaje al Oeste –se apresuró a decir el doctor.

– Así, pues –dijo Altamont volviendo a la conversación–, ¿el máximo y el mínimo de temperaturas arrostradas por el hombre ofrecen una diferencia de unos doscientos grados?

– Sí –respondió el doctor–, un termómetro expuesto al aire libre y al abrigo de toda reverberación no se eleva nunca más de 135° sobre cero (+57° centígrados), ni en los grandes fríos desciende nunca debajo de los 72° (–58° centígrados). Ya veis, pues, camaradas, que sabemos a qué atenernos.

– Sin embargo –dijo Johnson–, si el sol se extinguiese de repente, ¿no quedaría la tierra sumida en un frío más considerable?

– El sol no se extinguirá –respondió el doctor–, pero aunque se extinguiese, no es de creer que la temperatura descendiese más abajo del frío que os he indicado.

– Es cosa curiosa.

– Ya sé yo que en otro tiempo se admitían millares de grados para los espacios situados fuera de la atmósfera, pero estos grados se han rebajado mucho después de los experimentos del sabio francés Fourrier, el cual ha probado que si la tierra estuviese colocada en un medio desprovisto de todo calor, la intensidad del frío que observamos en el Polo no sería mucho más considerable, ni habría entre la noche y el día formidables diferencias de temperatura.

No hace, por consiguiente, más frío a algunos millones de leguas de aquí que aquí mismo.

– Decidme, doctor –preguntó Altamont–,

¿no es más baja la temperatura de América que la de los restantes países del mundo?

– Sin duda, pero no os envanezcáis por ello

– respondió el doctor riendo.

– ¿Y cómo se explica este fenómeno?

– Se ha procurado explicar, pero de una manera poco satisfactoria. Se le ocurrió a Halley que habiendo un cometa chocado en otro tiempo oblicuamente con la tierra, varió la posición de su eje de rotación, es decir, de sus polos, y según él, el Polo Norte, situado en otro tiempo en la bahía de Hudson, se encontró trasladado más al Este, y las comarcas del antiguo Polo, heladas por espacio de tanto tiempo, con-servan un frío considerable, sin que hayan podido aún calentarlas largos siglos de sol.

– ¿Y vos admitís está teoría?

– No puedo admitirla, porque lo que es verdad para la costa oriental de América, no lo es para la occidental, cuya temperatura es más elevada. ¡No! Es preciso comprobar que hay líneas isotérmicas diferentes de los paralelos terrestres, he aquí todo.

– ¿Sabéis, señor Clawbonny –dijo Johnson–, que .da gusto hablar del frío en las circunstancias en que nos hallamos?

– Tenéis razón, amigo Johnson, porque casi estamos en aptitud de llamar la práctica en auxilio de la teoría. Estas comarcas son un vasto laboratorio en que se pueden hacer curiosos experimentos sobre las bajas temperaturas, pero importa mucho que seáis siempre circunspectos y prudentes. Si alguna parte de vuestro cuerpo se hiela, frotadla inmediatamente con nieve para restablecer la circulación de la sangre; si os acercáis al fuego, tened cuidado, porque podríais quemaros las manos o los pies sin apercibiros de ello, en cuyo caso sería necesario recurrir a amputaciones, y debemos procurar a toda costa no dejar nada nuestro en las comarcas boreales. Ahora, amigos míos, creo que haríamos muy bien en pedir al sueño algunas horas de descanso.

– Tenéis razón –respondieron los compañeros del doctor.

– ¿Quién está de guardia junto a la estufa?

– Yo –respondió Bell.

– Pues bien, amigo mío, procurad alimentar bien el fuego, porque esta noche hace un frío de todos los diablos.

– Estad tranquilo, señor Clawbonny; mucho frío hace, y, sin embargo, ya lo veis, el cielo parece un incendio.

– Sí –respondió el doctor, acercándose a la ventana–. ¡Una aurora boreal de las más espléndidas! ¡Qué magnífico espectáculo! No me cansaría nunca de contemplarlo.

En efecto, el doctor admiraba incesantemente aquellos fenómenos cósmicos, que apenas llamaban la atención de sus compañeros, porque él tenía observado que a su aparición precedían siempre perturbaciones de la aguja imantada, y preparaba acerca del particular observaciones destinadas al Weather Book (7).

En tanto que Bell vigilaba la estufa, se echaron todos en su coy respectivo y durmieron tranquilamente.

7 Libro del Tiempo, que publicaba el almirante Fitz-Roy, donde se consignaban todos los fenómenos meteorológicos.

Sürgöny

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