Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo
CAPÍTULO VI
EL PORPOISE
L 24 de marzo era domingo de Ramos,
E día de gran fiesta, en que las calles de muchas aldeas y ciudades de Europa se cubren de flores y de hojas, y las campanas pueblan los aires de sonidos, y la atmósfera se llena de penetrantes perfumes.
Pero en aquel país desconsolador, ¡qué tristeza! ¡Qué silencio! ¡Nada más que un viento desapacible y áspero, y ni una hoja seca, ni un tallo de hierba!
Y, sin embargo, aquel domingo era también un día de alegría para los viajeros, porque iban a hallar al fin recursos sin los cuales estaban condenados a una muerte próxima.
Apresuraron el paso; los perros tiraron con más energía, Duck expresaba con sus ladridos su satisfacción, y la comitiva llegó luego al buque americano.
El Porpoise estaba enteramente sepultado en la nieve. No tenía ni palos, ni vergas, ni jarcias; todos sus aparejos se rompieron cuando naufragó. El buque se hallaba encajonado en un lecho de rocas completamente invisible entonces. Echado sobre un costado por la violencia del choque, tenía abierta la carena, y parecía inhabitable.
Así lo reconocieron el capitán, el doctor y Johnson, después de haber penetrado no sin trabajo en el interior del bergantín. Necesario fue quitar más de quince pies de hielo para llegar a la escotilla; pero con alegría general se vio que los animales, de los que se encontraban en el campo numerosas huellas, habían respetado el precioso depósito de provisiones.
– Si bien es verdad –dijo Johnson– que tenemos aquí combustible y municiones de boca en abundancia, este casco no nos sirve de abri-go. –Pues bien –respondió Hatteras–, es preciso construir una casa de nieve y establecernos lo mejor que podamos en el continente.
– Sin duda –respondió el doctor–; pero no nos precipitemos y hagamos las cosas en regla.
En rigor, podemos alojarnos provisionalmente en el buque, y, entre tanto, construiremos una casa sólida, capaz de protegernos contra el frío y los animales. Yo seré el arquitecto y veréis cómo me porto.
– No dudo de vuestro talento, señor Clawbonny –respondió Johnson–; instalémonos aquí de cualquier modo, y hagamos el inventario de lo que el buque contiene. No veo, desgraciadamente, ninguna hacha ni bote, y el mal estado de estos restos no nos permite pensar en ellos para construir una embarcación.
– ¿Quién sabe? –respondió el doctor–. Con reflexión y tiempo se hacen muchas cosas; pero ahora no se trata de navegar, sino de construir una morada sedentaria, por lo que propongo que no nos ocupemos por ahora de otros proyectos, y más adelante veremos.
– Es lo racional –respondió Hatteras–. Empecemos por lo que más prisa corre.
Los tres compañeros dejaron el buque, volvieron al trineo y participaron sus ideas a Bell y al americano. Bell se manifestó dispuesto a trabajar, y el americano sacudió la cabeza al saber que los restos de su buque para nada servían;
pero como esta discusión en aquel momento hubiera sido ociosa, se atuvieron todos al proyecto de refugiarse en el Porpoise, y de construir una vasta habitación en la costa.
A las cuatro de la tarde, los cinco viajeros se hallaban, bien o mal, establecidos en la cubierta. Por medio de tablones y restos de arboladura, Bell armó un entarimado casi horizontal donde colocó los coys endurecidos por el hielo y vueltos muy pronto a su estado propio con el calor de la chimenea. Altamont, apoyado en el doctor, pudo sin gran trabajo trasladarse al lugar que le estaba reservado. Al poner el pie en su buque, no pudo contener un suspiro de satisfacción que pareció de mal agüero al contramaestre.
«¡Se siente en su casa –pensó el viejo marino–, y cualquiera diría que nos convida!» El resto del día se dedicó al reposo. El tiempo tendía a variar por la influencia de las ráfagas del Oeste; el termómetro, colocado al aire libre, marcó –26° (–32? centígrados).
En resumen, el Porpoise se hallaba colocado más allá del polo del frío y en una latitud relativamente menos glacial, aunque más próxima al Norte.
Aquel día se comió cuanto quedaba del oso, con galleta que se encontró en la despensa del buque, y algunas tazas de té; y después, rendidos todos de fatiga, se durmieron profundamente.
Por la mañana, Hatteras y sus compañeros madrugaron poco. Las imaginaciones seguían la pendiente de las ideas nuevas. No les preocupaba ya la incertidumbre del día siguiente, y nadie pensaba ya más que en albergarse de una manera cómoda. Aquellos náufragos se consideraban como colonos llegados a su destino, y, olvidando los padecimientos del viaje, sólo pensaban en crearse un porvenir lisonjero.
– ¡ Uf! –exclamó el doctor desperezándose–.
Es magnífico no tener que preguntarse dónde dormirá uno por la noche y lo que comerá al día siguiente.
– Empecemos por hacer el inventario del buque –respondió Johnson.
El Porpoise había sido perfectamente equipado y abastecido para una excursión lejana.
El inventario dio las siguientes cantidades de provisiones: seis mil ciento cincuenta libras de harina, de manteca y de pasas para los pud- dings; dos mil libras de buey y cerdo salado; mil quinientas libras de pemmican; setecientas libras de azúcar y otras tantas de chocolate; una caja y media de té que pesaba noventa y seis libras;
quinientas libras de arroz; varios barriles de frutas y legumbres en conserva; abundancia de zumo de limón, granos de codearía, acederas y berros y trescientos galones de ron y de aguardiente. La santabárbara ofrecía una gran cantidad de pólvora, balas y plomo, y el carbón y la leña abundaban mucho. El doctor recogió con afán los instrumentos de física y navegación, y hasta una pila Bunsen de gran potencia, que había sido embarcada con objeto de hacer experimentos sobre la electricidad.
En resumen, las provisiones de todo género eran más que suficientes para cinco hombres por espacio de dos años, puestos a ración entera. Se desvanecían todos los riesgos de morir de hambre y de frío.
– He aquí nuestra existencia asegurada – dijo el doctor al capitán–, y nadie nos impedirá remontarnos hasta el Polo.
– ¡Hasta el polo! –respondió Hatteras, estremeciéndose.
– Sin duda –repuso el doctor–. Durante los meses de verano, ¿quién nos impedirá verificar un reconocimiento por tierra?
– ¡Por tierra, sí! Pero, ¿y por mar?
– ¿No se puede construir una lancha con las tablas del Porpoise?
– Una lancha americana, ¿no es verdad? – respondió desdeñosamente Hatteras–. Y mandada por ese americano.
El doctor comprendió la repugnancia del capitán, y no creyó oportuno llevar la cuestión más adelante. Dio, pues, a la conversación otro giro.–Ahora que sabemos a qué atenernos respecto a provisiones –repuso–, es menester construir almacenes para ellas y una casa para nosotros. Los materiales no faltan y podemos albergarnos muy cómodamente. Espero, Bell –dijo el doctor dirigiéndose al carpintero–, que vais a luciros, amigo mío. Yo, además, podré daros algunos buenos consejos.
– Estoy dispuesto, señor Clawbonny – respondió Bell–, y, si necesario fuese, me comprometería a construir con los enormes pedazos de hielo que tenemos a nuestra disposición una ciudad entera con sus casas y sus calles.
– No es necesario tanto. Sírvannos de ejemplo los agentes de la Compañía de la bahía de Hudson, que construyen fortalezas que les guarecen de los animales y de los indios. He aquí todo lo que nosotros necesitamos: atrincherarnos lo mejor posible; a un lado la habitación y al otro los almacenes, con un lienzo de muralla y dos baluartes para defendernos. Yo procuraré para el caso recordar mis estudios castrenses.
– A fe mía, señor Clawbonny –dijo Johnson–, yo no dudo de que con vuestra dirección haremos algo de provecho.
– Pues bien, amigos míos, lo primero que hay que hacer es escoger un buen solar; un ingeniero, que sabe dónde tiene la mano derecha, reconoce ante todo el terreno. ¿Venís, Hatteras?
– Apruebo cuanto vos hagáis, doctor – respondió el capitán–. Obrad, pues, a discreción, y, entretanto, yo recorreré la costa.
Altamont, demasiado débil aún para tomar parte en los trabajos, se quedó en el buque, y los ingleses se trasladaron al continente.
El tiempo estaba borrascoso y encapotado.
El termómetro marcaba al mediodía 11° bajo cero (–23° centígrados); pero como no hacía viento, la temperatura era soportable.
A juzgar por la disposición de la costa, un mar considerable, a la sazón enteramente helado, se extendía hacia el Oeste hasta perderse de vista. Estaba limitado al Este por una orilla redondeada, cortada por profundas quebrajas, y levantada súbitamente a doscientas yardas de la playa. Formaba también una vasta bahía erizada de rocas peligrosas como las que hicieron naufragar al Porpoise, y a lo lejos, en tierra firme, se levantaba una montaña, cuya elevación, según cálculos del doctor, era aproximadamente de 500 toesas. Hacia el Norte, un promontorio terminaba en el mar, después de haber cubierto una parte de la bahía. Una isla de mediana extensión, o, por mejor decir, un islote, sobresalía del campo de hielo a tres millas de la costa, de suerte que si no hubiese sido por la dificultad de entrar en aquella rada, hubiese ofrecido un fondeadero abrigado y seguro.
Había también en una escotadura de la playa un ancón muy accesible a los buques, si alguna vez llegaba a verificarse el deshielo en aquella parte del Océano Ártico. Sin embargo, según las narraciones de Belcher y de Penny, todo aquel mar quedaba libre durante los meses de verano.
A la mitad de la costa, el doctor notó una especie de meseta circular que tenía más de doscientos pies de diámetro, la cual dominaba la bahía por tres lados, estando el cuarto cerrado por un acantilado, cortado a pico, de una elevación de veinte toesas, a cuya cima no se podía llegar sino por medio' de peldaños labrados en el hielo. Aquel punto pareció propio para levantar una construcción sólida y fortificarse debidamente. La naturaleza había hecho los primeros gastos, y bastaba aprovecharse de la disposición del terreno.
El doctor, Bell y Johnson alcanzaron la meseta tallando con el hacha los témpanos, que estaban perfectamente unidos. El doctor, después de haber reconocido la excelencia del emplazamiento, resolvió librarlo de los diez pies de nieve endurecida que lo cubrían, pues era preciso edificar la habitación y los almacenes sobre una base sólida.
El lunes, martes y miércoles, se trabajó sin descanso. Apareció al fin la tierra, que estaba formada de un granito muy duro y de grano apretado, conteniendo además granates y grandes cristales de feldespato que descubrió el azadón.
El doctor dio entonces las dimensiones y el plano de la casa de nieve, que debía tener cuarenta pies de longitud, veinte de anchura y diez de altura. Estaba dividida en tres piezas o departamentos: un salón, un cuarto para dormir y una cocina. No se necesitaba más. La cocina estaba a la izquierda, el dormitorio a la derecha y el salón en medio.
Se trabajó cinco días asiduamente. Los materiales no escaseaban. Las paredes habían de ser bastante gruesas para resistir el deshielo, pues ni aun en verano quería el doctor correr el riesgo de quedarse sin abrigo.
A medida que se levantaba la casa, tomaba buen aspecto. Tenía en la fachada cuatro ventanas, de las cuales dos correspondían al salón, una a la cocina y otra al dormitorio. Los cristales eran magníficas tablas de hielo, según usanza de los esquimales, y permitían el paso a una luz suave como la que atraviesa el vidrio deslustrado.
Delante del salón, entre sus dos ventanas, había un largo corredor, a manera de galería, cubierta o colgadiza, que daba entrada a la casa, cerrándolo herméticamente una puerta sólida que había pertenecido a la cámara del Porpoise.
Cuando estuvo terminada la casa, el doctor quedó encantado de su obra. Difícil hubiera sido determinar a qué estilo de arquitectura pertenecía aquella construcción, si bien el arquitecto hubiera preferido a todo el góticosajón, tan popular en Inglaterra. Pero la solidez era lo principal, por lo que el doctor se limitó a revestir la fachada de robustos contrafuertes, macizos como pilares romanos. Encima, un tejado muy pendiente se apoyaba en la pared de granito, la cual servía igualmente para sostener los tubos de las estufas que conducían el humo fuera.
Terminada la gran obra, se procedió al arreglo del mobiliario. Se trasladaron al cuarto de dormir los coys del Porpoise, que se colocaron circularmente alrededor de una gran estufa.
En el salón, que sirvió también de comedor, se pusieron banquetas, sillas, sillones, mesas y armarios, y la cocina recibió los hornillos del buque con todos sus utensilios. Las velas tendidas en el suelo servían de tapices, y ejercían también en las puertas interiores, que no tenían otro medio de cerrarse, las funciones de mamparas.
Las paredes de la casa medían comúnmente un espesor de cinco pies, y los huecos de las ventanas parecían troneras de cañón.
Todo era de una solidez suma. ¿Qué más podía exigirse? ¡Ah! Si se hubiese ejecutado cuanto ideaba el doctor, ¡qué no se hubiera hecho con aquel hielo y aquella nieve que tan dócilmente se prestaban a todas las combinaciones! Todo el día estaba el doctor rumiando mil proyectos soberbios que no pensaba realizar, pero así volvía más divertido con los recursos de su ingenio el trabajo común.
Además, a fuer de bibliófilo, había leído un libro bastante raro de M. Kraft, titulado: «Descripción detallada de la casa de hielo construida en San Petersburgo, en enero de 1740, y de todos los objetos que contenía». Y aquel recuerdo sobreexcitaba su inventiva. Una noche, contó a sus compañeros las maravillas de aquel palacio de hielo.
– ¿No podemos –les dijo– hacer nosotros aquí lo que se ha hecho en San Petersburgo?
¿Qué nos falta? Nada, ni siquiera la imaginación.–Era un palacio de hadas, amigo mío. La casa, construida por orden de la emperatriz Ana, que, en 1840, hizo celebrar en ella los esponsales de uno de sus bufones, tenía casi las dimensiones de la nuestra; pero delante de su fachada había, puestos en sus cureñas, seis cañones de hielo, con los que, sin que reventasen, se dispararon muchos cañonazos con pólvora y bala. Había igualmente morteros que tiraban bombas de setenta libras, y por consiguiente nosotros, en caso necesario, podríamos artillarnos de una manera formidable. El bronce no está lejos y nos cae del cielo. Pero donde sobresalieron el gusto y el arte fue en el frontis del palacio, adornado con estatuas de hielo de sorprendente hermosura. La gradería exterior de la fachada estaba llena de jarrones con flores y macetas con naranjos, todo hecho de hielo, y a la derecha se levantaba un enorme elefante que durante el día arrojaba chorros de agua y durante la noche ríos de petróleo ardiendo. ¡Oh!
¡Qué casa tan completa haríamos nosotros, si quisiéramos!
– Se me figura –replicó Johnson– que animales no nos faltarán, y no por no ser de hielo serán menos interesantes.
– ¡Que vengan! –replicó el belicoso doctor–.
Sabremos defendernos contra sus ataques. Pero, volviendo a mi casa de San Petersburgo, añadiré que en su interior había mesas, tocadores, espejos, candelabros, bujías, camas, naipes y armarios con su servicio completo, todo de hielo cincelado, torneado, esculpido, en una palabra, un mobiliario al cual no faltaba nada.
– ¿Era, pues, un verdadero palacio? –dijo Bell.
– Un palacio espléndido y digno de una soberana. ¡Ah! ¡El hielo! ¡Qué bien ha hecho la Providencia en inventarlo, puesto que se presta a tantas maravillas y puede proporcionar el bienestar a los náufragos!
Se llegó al 30 de marzo sin haber hecho más que amueblar la casa de nieve. El 31 era domingo de Pascua, y este día se consagró al reposo, pasándolo todos en el salón, donde se leyó el Oficio divino y todos pudieron apreciar la buena disposición de la snov-house.
Al día siguiente se empezaron a construir los almacenes y el polvorín, en lo que se invirtieron ocho días, comprendiendo en ellos el tiempo empleado en la descarga completa del Porpoise, que no se hizo sin dificultad, pues lo bajo de la temperatura no permitía trabajar mucho tiempo. En fin, el 8 de abril, las provisiones, el combustible y las municiones se hallaban en tierra firme y perfectamente al abrigo. Los almacenes estaban situados al Norte de la meseta, y el polvorín al Sur, a unos sesenta pies de cada extremidad de la casa. Se construyó junto a los almacenes una especie de perrera para alojar a los canes groenlandeses, que fue honrada por el doctor con el nombre de Palacio de los Perros. Duck participaba de la morada común.Entonces el doctor pensó en los medios de defensa de la plaza. Bajo su dirección, se rodeó la meseta de una verdadera fortificación de hielo que la ponía a cubierto de todas las invasiones. Su altura formaba una escarpa natural, y como no tenía puntos entrantes ni salientes, era igualmente fuerte en todos sus flancos. El doctor, organizando este sistema de defensa, recordaba indeciblemente al digno tío Tobías, de Sterne, del cual tenía la dulce bondad y el apacible humor. Daba gusto verle calcular la pendiente de su escarpa interior, la inclinación del terraplén y la anchura de la trinchera. Pero este trabajo se hacía con tanta facilidad con aquella nieve complaciente, que el amable ingeniero pudo dar a su muralla de hielo hasta siete pies de grueso, y, además, como la meseta dominaba la bahía, no hubo necesidad de construir ni contraescarpa, ni talud exterior, ni glacis. El parapeto de nieve, después de rodear la meseta, seguía la muralla de la roca, y se unía con la casa por los dos lados. Aquellas obras castrenses terminaron hacia el 15 de abril. El fuerte estaba completo, y el doctor contemplaba su obra con orgullo.
Aquel recinto fortificado se hubiera, en realidad, sostenido mucho tiempo contra una tribu de esquimales, si semejantes enemigos se hubiesen encontrado por aquella latitud; pero no había en aquella costa vestigio alguno de seres humanos. Hatteras, estudiando la configuración de la bahía, no vio nunca un solo resto de las chozas que se encuentran comúnmente en los parajes frecuentados por tribus groenlandesas. Los náufragos del Forward y del Porpoise eran, al parecer, los primeros seres humanos que habían pisado aquel suelo desconocido.
Pero si los hombres no eran de temer, podían los animales ser peligrosos, y el fuerte debía poner a su pequeña guarnición a cubierto de sus ataques.