Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XXV

EL MONTE HATTERAS

ESPUÉS de esta conversación substan- D cial, cada cual acomodándose en la gruta lo mejor que pudo, concilio muy pronto el sueño. Lo conciliaron todos, a excepción de Hatteras. ¿Por qué no durmió aquel hombre extraordinario?

¿No había alcanzado, acaso, el objeto de su vida? ¿No había cumplido los atrevidos proyectos que hacían palpitar su corazón? ¿Por qué la calma no sucedía a la agitación en aquella alma ardiente? ¿No era de creer que, realizados su propósitos, Hatteras caería en una especie de abatimiento, y que sus nervios distendidos aspirarían al descanso?

Después del éxito parecía natural que se apoderase de él el sentimiento de tristeza que suele seguir a los deseos satisfechos.

Pero, no. Se mostraba más sobreexcitado.

¿No era, sin embargo, lo que le agitaba el pensamiento de la vuelta? ¿Quería ir aún más lejos? ¿Su ambición de viajero no tenía, pues, ningún límite, y hallaba el mundo demasiado pequeño, porque él había dado la vuelta a su alrededor?

Ello es que no pudo dormir. Y, sin embargo, aquella primera noche, pasada en el Polo del mundo, fue pura y tranquila. La isla estaba absolutamente inhabitada. Ni un pájaro en su atmósfera inflamada, ni un animal en su suelo de ceniza, ni un pez en sus aguas hirvientes.

Solamente, a lo lejos, los sordos ronquidos de la montaña, sobre cuya frente se erizaban melenas de humo incandescente.

Cuando Bell, Johnson, Altamont y el doctor se despertaron, no hallaron junto a sí a Hatteras. Salieron de la gruta inquietos, y vieron al capitán en pie sobre una roca. Su mirada permanecía invariablemente fija en la cima del volcán. Tenía en la mano sus instrumentos, y acababa evidentemente de fijar con toda exactitud la posición de la montaña.

El doctor le siguió y le dirigió varias veces la palabra antes de sacarle de su contemplación. En fin, el capitán pareció comprenderle.

– ¡En marcha! –dijo el doctor, que le examinaba atentamente–. ¡En marcha! Vamos a dar la vuelta alrededor de nuestra isla; todo está preparado para nuestra última excursión.

– La última –dijo Hatteras con esa entonación de voz característica de los que sueñan en voz alta–. Sí, la última, en efecto. ¡ Pero también

– añadió, con una animación suma– la más maravillosa!

Así hablaba, pasando sus dos manos por su frente, para calmar la fermentación de su cerebro.

En aquel momento, Altamont, Johnson y Bell se le agregaron; pareció entonces que Hatteras salía de su estado de alucinamiento.

– ¡Amigos, míos –dijo con voz conmovida–, gracias por vuestro valor, gracias por vuestra perseverancia, gracias por vuestros esfuerzos sobrehumanos, que nos han permitido poner el pie en esta tierra!

– Capitán –dijo Johnson–, nosotros no hemos hecho más que obedecer, y a vos corresponde toda la gloria.

– ¡No, no! –respondió Hatteras con el mayor entusiasmo–. ¡A vosotros todos, como a mí!

¡A Altamont como a todos nosotros, como al doctor mismo! ¡Oh! ¡Dejad que mi corazón se explaye en vuestras manos! ¡ No puede contener su alegría y su reconocimiento !

Hatteras estrechaba las manos de los valientes compañeros que le rodeaban. Iba, venía, no era dueño de sí mismo.

– No hemos hecho más que cumplir con nuestro deber de ingleses –decía Bell.

– Nuestro deber de amigos –respondía el doctor.

– Sí –repuso Hatteras–, pero este deber no todos han sabido cumplirlo. ¡Algunos han sucumbido! ¡Es preciso, sin embargo, perdonarles, perdonar a los que nos han hecho traición y a los que se han dejado arrastrar a la traición!

¡Desventurados! ¡Les perdono! ¿Oís, doctor?

– Sí –respondió el doctor, a quien la exaltación de Hatteras inspiraba serias inquietudes.

– Así, pues –repuso el capitán–, yo no quiero que pierdan la pequeña fortuna que habían venido a buscar tan lejos. ¡ No! ¡ No modifico en lo más mínimo mis disposiciones, y serán ricos..., si regresan un día u otro a Inglaterra!

Difícil era no conmoverse al oír el acento con que Hatteras pronunció estas palabras.

– Pero, capitán –dijo Johnson afectando buen humor–, cualquiera diría que estáis haciendo vuestro testamento.

– Tal vez –respondió gravemente Hatteras.

– Sin embargo, tenéis delante una hermosa y larga existencia de gloria –repuso el viejo marino.–¿Quién sabe? –dijo Hatteras.

A estas palabras siguió un silencio bastante largo. El doctor no se atrevía a interpretar el sentido de las últimas palabras del capitán.

Pero éste se hizo comprender luego, porque con voz precipitada, que contenía difícilmente, repuso:

– Amigos míos, escuchadme: mucho hemos hecho ya, pero aún queda mucho por hacer.

Los compañeros del capitán se miraron con profundo asombro.

– Sí, estamos en la tierra del Polo, pero no estamos en el mismo Polo.

– ¿Qué querrá decir? –preguntó Altamont.

– ¡No comprendo! –exclamó el doctor, que temía adivinar.

– ¡Sí! –añadió Hatteras con fuerza–. He dicho que un inglés pondría el pie en el Polo del mundo; lo he dicho, y un inglés lo pondrá.

– ¿Cómo? –respondió el doctor.

– Distamos aún 45 segundos del punto desconocido –repuso Hatteras, con una animación creciente–, y donde está este punto iré yo.

– ¡ Está en la cima del volcán! –dijo el doctor. –Iré.

– ¡Es un cono inaccesible!

– Iré.

– ¡Es un cráter abierto, inflamado!

– Iré.

No puede expresarse la enérgica convicción con que Hatteras pronunció estas palabras.

Sus amigos estaban atónitos. Miraban con terror la montaña que balanceaba en el aire su penacho de llamas.

El doctor volvió a tomar la palabra, insistió, apremió a Hatteras para que renunciase a su proyecto; dijo cuanto su corazón y su mente pudieron sugerirle, pasando de las súplicas a las amenazas amistosas; pero nada obtuvo del capitán, cuyo ánimo exaltado estaba sujeto a una especie de locura que podríamos llamar «locura polar».

No había más que medios violentos para detener a aquel insensato que corría a su perdición. Pero previendo que acarrearían graves desórdenes, no quiso el doctor recurrir a ellos sino en último extremo.

Esperaba, además, que imposibilidades físicas, obstáculos insuperables detendrían a Hatteras en la ejecución de su proyecto.

– Pues si queréis ir –dijo–, os seguiremos.

– ¡Sí –respondió el capitán–, hasta la mitad de la montaña! ¡No más allá! Es indispensable que llevéis a Inglaterra el testimonio que atestigüe nuestro descubrimiento...

– ¡Sin embargo...!

– Perdéis el tiempo –respondió Hatteras con un tono inquebrantable–, y puesto que no bastan los ruegos del amigo, el capitán manda.

El doctor no quiso insistir más, y algunos instantes después Ja pequeña caravana, equipada para una ascensión difícil, y precedida por Duck, se puso en marcha.

El cielo resplandecía. El termómetro marcaba 52° ( + 11° centígrados). La atmósfera se impregnaba abundantemente de la claridad particular a aquel alto grado de latitud.

Eran las ocho de la mañana.

Hatteras tomó la delantera con su valiente perro; Bell y Altamont, el doctor y Johnson le seguían de cerca.

– Tengo miedo –dijo Johnson.

– No, no hay nada que temer –respondió el doctor–, estamos nosotros aquí.

¡Singular islote! ¿Cómo copiar su fisonomía particular, que era lo imprevisto, la novedad, la juventud? Aquel volcán no debía de ser viejo, y los geólogos hubieran podido señalar a su formación una fecha reciente.

Las rocas, hacinadas unas sobre otras, no se sostenían sino por un milagro de equilibrio.

La montaña, propiamente hablando, no era más que un montón de piedras caídas de arriba. Nada de tierra, ni el menor musgo, ni el más pobre liquen, ni un vestigio de vegetación.

El ácido carbónico, vomitado por el cráter, no había tenido aún tiempo de combinarse con el hidrógeno del agua ni con el amoníaco de las nubes, para formar, bajo la acción de la luz, las materias organizadas.

Aquella isla, perdida en el mar, no se debía más que a la agregación sucesiva de las deposiciones volcánicas. Así es como se han formado varias montañas del globo; lo que han echado de su seno ha bastado para construirlas. El Etna ha vomitado ya un volumen de lava más considerable que su misma mole, y el Monte Nuovo, junto a Nápoles, fue engendrado por escorias en el corto espacio de cuarenta y ocho años.

El cúmulo de rocas de que se componía la isla de la Reina había salido evidentemente de las entrañas de la tierra. Donde estaba, se extendía en otro tiempo el mar inmenso, formado desde los primeros días de la creación por la condensación de los vapores de agua en el globo enfriado, pero a medida que se apagaron, o, por mejor decir, se taparon los volcanes del antiguo y del nuevo mundo, tuvieron que ser remplazados por nuevos cráteres ignívomos.

Se puede comparar la tierra con una vasta caldera esferoide. Bajo la influencia del fuego central se engendran cantidades inmensa* de vapores almacenados a un término de millares de atmósferas, que harían saltar el globo sin las válvulas de seguridad abiertas al exterior.

Las válvulas son los volcanes. Cuando una se cierra, otra se abre, y en el punto de los polos, donde, sin duda a consecuencia del aplastamiento, la corteza terrestre es menos gruesa, no es asombroso que un volcán se haya formado impensadamente por el levantamiento de la tierra encima de las olas.

El doctor, mientras seguía a Hatteras, notaba estas extrañas particularidades. Sus pies pisaban una lava volcánica y depósitos de piedra pómez formados de escorias, cenizas y rocas eruptivas, parecidas a los sideróxidos y granitos de Islandia.

Pero si atribuía al islote un origen casi moderno, debíase a que el terreno sedimentario no había tenido aún tiempo de formarse.

Faltaba también el agua. Si la isla de la Reina hubiese contado muchos siglos de existencia, habrían brotado en su seno fuentes termales, como en las inmediaciones de los volcanes.

Y no solamente no se encontraba en ella una molécula líquida, sino que los vapores que se elevaban de los arroyos de lava eran, al parecer, absolutamente anhidros.

– Así, pues, aquella isla era de formación reciente, y del mismo modo que había aparecido, podía desaparecer y sumergirse de nuevo en el fondo del Océano.

A medida que los viajeros subían, iba siendo más difícil la ascensión; los costados de la montaña se acercaban a ]a perpendicular, y era preciso tomar grandes precauciones para evitar los derrumbamientos. Con frecuencia, columnas de ceniza se enroscaban alrededor de los viajeros y amenazaban asfixiarles, y con frecuencia también torrentes de lava les cerraban el paso. En algunas superficies horizontales, los arroyos, enfriados y solidificados en la parte superior, dejaban que la lava hirviendo corriese bajo su costra endurecida. Los viajeros tenían que ir sorteando el terreno para no abismarse de pronto en aquellas materias en fusión.

De cuando en cuando, el cráter vomitaba pedruscos enrojecidos en el seno de los gases inflamados. Algunos de ellos estallaban en la atmósfera como bombas, y sus cascos, lanzados a larga distancia, se dispersaban en todas direcciones.

Se concibe de cuán innumerables peligros estaba rodeada aquella ascensión, y cuan loco era preciso que estuviese un hombre para intentarla.

Hatteras, sin embargo, subía con una agilidad sorprendente, y desdeñando el apoyo de su bastón con punta de hierro, trepaba sin vacilar por las más rápidas pendientes.

Llegó luego a un peñasco circular que formaba una especie de meseta de diez pies de anchura. La cercaba un río candente, después de haberse bifurcado en Ja cresta de una roca superior, sin dejar más que un paso estrecho, por el cual Hatteras se deslizó resueltamente.

Allí se detuvo, y sus compañeros pudieron alcanzarle. Pareció entonces que medía con la mirada el intervalo que tenía aún que salvar: horizontalmente, no se hallaba a más de cien toesas del cráter, es decir, del punto matemático del Polo; pero, verticalmente, tenía aún que elevarse a más de 1.500 pies.

Tres horas hacía ya que duraba la ascensión; Hatteras no parecía hallarse fatigado; sus compañeros no podían con su alma.

La cima del volcán parecía inaccesible. El doctor resolvió impedir a toda costa a Hatteras subir más alto. Trató de convencerle nuevamente, pero la exaltación del capitán llegaba ya al delirio. Durante el camino había dado todos los indicios de una locura creciente, la cual no podía sorprender a los que le conocían, a los que le habían seguido en las varias peripecias de su dramática existencia. A medida que Hatteras se elevaba encima del Océano, su sobreexcitación aumentaba; no vivía ya en la región de los hombres; creía creer con la montaña misma.

– ¡Basta, Hatteras! –le dijo el doctor–. No podemos más.

– Quedaos, pues, aquí –respondió el capitán con una voz extraña–. Yo iré más arriba.

– ¡No! ¡Lo que hacéis es inútil! ¡Aquí estáis en el Polo del mundo!

– ¡No! ¡No! ¡Más arriba!

– Amigo mío; soy yo quien os habla, soy el doctor Clawbonny. ¿No me conocéis?

– ¡Más arriba! ¡Más arriba! –repetía e] insensato.

– ¡Pues bien, no! ¡Nosotros no lo consentiremos!

Antes de concluir el doctor la frase, Hatteras, por un esfuerzo sobrehumano, pasó el río de lava y se encontró fuera del alcance de sus compañeros.

Éstos lanzaron un grito; creían que Hatteras se había abismado en el torrente de fuego;

pero el capitán había ganado el borde opuesto, seguido de su perro Duck, que no quería dejarle. Desapareció detrás de una cortina de humo, y se oyó su voz cada vez más débil y más lejana.

– ¡Al Norte! ¡Al Norte! –gritaba–. \A la cima del monte Hatteras! ¡Acordaos del monte Hatteras!

No había que esperar alcanzar al capitán.

Había veinte posibilidades contra una de caer en el torrente por donde él había pasado con la buena fortuna y la destreza que es peculiar a los locos. Era imposible evitar aquel torrente de fuego e imposible también franquearlo. En vano intentó Altamont pasarlo. Estuvo próximo a perecer queriendo cruzar el río de lava, y sus compañeros tuvieron que detenerle a pesar suyo.–¡ Hatteras! ¡ Hatteras! –gritaba el doctor.

Pero el capitán no respondió, y sólo resonaron en la montaña los ladridos de Duck, apenas perceptibles.

Hatteras, sin embargo, se dejaba ver por intervalos entre las columnas de humo y los torbellinos de ceniza. Tan pronto aparecía uno de sus brazos como su cabeza. Después desaparecía y volvía a presentarse más arriba y agarrado a las rocas. Su talla disminuía con la rapidez fantástica de los objetos que se elevan en el aire.

Media hora después, parecía ya reducido a la mitad.

Poblaban la atmósfera los sordos rumores del volcán; la montaña resonaba y roncaba como una caldera hirviendo; se sentía el estremecimiento de sus flancos. Hatteras subía incesantemente. Duck le seguía.

Hatteras ni siquiera volvía la cabeza. Se había servido de un palo como de un asta para enarbolar el pabellón inglés. Sus compañeros, azorados, no perdían uno solo de sus movimientos. Sus dimensiones se hacían poco a poco microscópicas, y Duck parecía reducido al tamaño de un ratón.

Hubo un momento en que el viento lanzó sobre ellos un inmenso velo de llamas. El doctor lanzó un grito de angustia; pero Hatteras reapareció erguido, tremolando su bandera.

El espectáculo de aquella espantosa ascensión duró más de una hora, una hora de lucha con las rocas vacilantes, con las barrancas de ceniza en que aquel héroe de lo imposible desaparecía hasta la mitad del cuerpo. Tan pronto se izaba, apuntalándose con las rodillas y la espalda contra las escabrosidades de la montaña, tan pronto, asiéndose de alguna roca viva, oscilaba al viento como una rama seca.

Llegó al fin, a la cúspide del volcán, a la abertura misma del cráter. El doctor concibió entonces la esperanza de que el desgraciado, conseguido su objeto, volvería tal vez sin tener que arrostrar más que los peligros del regreso.

Lanzó el último grito:

– ¡Hatteras! ¡Hatteras!

El grito del doctor fue tal, que conmovió al americano hasta el fondo del alma.

– Yo le salvaré –exclamó Altamont.

Después, pasando de un salto el torrente de fuego con peligro de caer en él, desapareció en medio de las rocas.

Clawbonny no había tenido tiempo de detenerle.

Sin embargo, Hatteras, llegado a la cima de la montaña, avanzaba hacia el abismo de pie en una roca ya vencida, en una roca que se desplomaba. Las piedras llovían en torno suyo.

Duck le seguía siempre. El pobre animal parecía ya arrastrado por la atracción vertiginosa del abismo. Hatteras agitaba su pabellón, que resplandecía con reflejos incandescentes, y el tono rojo del estambre se desplegaba magníficamente al soplo del cráter.

Hatteras, con una mano, tremolaba la bandera. Con la otra, indicaba en el cénit el Polo de la esfera celeste. Sin embargo, parecía vacilar. Buscaba aún el punto matemático donde se reúnen todos los meridianos del globo, en el cual, en su obstinación sublime, quería sentar el pie.

De repente, le faltó la roca. Desapareció.

Un grito terrible de sus compañeros subió hasta la cima de la montaña. ¡ Transcurrió un segundo, un siglo! Clawbonny creyó a su amigo perdido y sepultado para siempre en las profundidades del volcán. Pero Altamont estaba allí, y Duck también. El hombre y el perro habían cogido al desgraciado en el momento de ir a desaparecer en el abismo. Hatteras estaba salvado, salvado a pesar suyo, y una hora después el capitán del Forward, privado de todo sentido, descansaba en brazos de sus compañeros desesperados.

Cuando volvió en sí, el doctor interrogó su mirada con una angustia muda. Pero aquella mirada inconsciente, como la de un ciego que mira sin ver, no le respondió.

– ¡ Gran Dios! –dijo Johnson–. ¡ Está ciego!

– ¡ No! –respondió Clawbonny–. ¡ No! ¡ Mis pobres amigos, no hemos salvado más que el cuerpo de Hatteras! ¡Su alma ha quedado en la cima del volcán! ¡Su corazón ha muerto!

– ¡Loco! –clamaron consternados Johnson y Altamont.

– ¡Loco! –respondió el doctor.

Y copiosas lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron por sus mejillas.

Sürgöny

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