Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XX

HUELLAS EN LA NIEVE

L día 4 de julio se pasó en medio de una niebla muy espesa. El camino del Norte no se pudo seguir sino con las mayores dificultades, siendo a cada instante preciso el compás náutico para verificarlo. Por fortuna, no sobrevino durante la oscuridad más accidente que el haber perdido Bell sus snow- shoes, que se rompieron contra el borde cortante de una roca.

– A fe mía –dijo Johnson–, yo me figuraba que después de haber frecuentado el Mersey y el Támesis estábamos curados de espantos en materia de nieblas, pero veo que me engañaba.

– Pues bien –respondió Bell–, deberíamos encender antorchas, como suele hacerse en Londres o en Liverpool.

– ¿Por qué no? –replicó el doctor–. La idea es buena; no se alumbraría mucho el camino, pero al menos se vería al guía y seguiríamos mejor la línea recta.

– Pero ¿cómo lo haríamos –dijo Bell– para procurarnos antorchas?

– Con estopa empapada en espíritu de vino y puesta en un extremo de nuestros palos.

– Bien pensado –respondió Johnson–; y es cosa que puede hacerse, desde luego.

Un cuarto de hora después, la comitiva volvía a emprender su marcha al resplandor de las antorchas en medio de la húmeda oscuridad.Pero aunque se seguía mejor la línea recta, no por eso se andaba más de prisa, y los tenebrosos vapores no se disiparon hasta el 6 de julio, en cuya época se enfrió la atmósfera, y un viento del Norte bastante fuerte se llevó toda aquella niebla como los harapos de una túnica destrozada.

El doctor fijó inmediatamente la posición, y vio que los viajeros, durante la niebla, no habían andado por término medio más que 8 millas diarias.

El 6 se trató de ganar el tiempo perdido, y se partió muy de madrugada. Altamont y Bell formaron la vanguardia, sondeando el terreno y procurando levantar la caza. Duck les acompañaba. El tiempo, con su asombrosa movilidad, se había puesto muy claro y muy seco, y aunque los guías se hallaban a dos millas del trineo, el doctor no perdía de vista ninguno de sus movimientos.

Quedó asombrado viéndoles detenerse de repente y tomar una actitud de sorpresa. Parecía que miraban ansiosamente a lo lejos como si interrogasen al horizonte.

Después, agachándose, examinaban con atención y se levantaban sorprendidos. Bell, al parecer, quería seguir adelante, pero Altamont le contuvo.

– ¿Qué están haciendo? –dijo el doctor a Johnson.

– Los examino como vos, señor Clawbonny

– respondió el viejo marino–, y no comprendo sus ademanes.

– Habrán encontrado huellas de animales – dijo Hatteras.

– No puede ser –contestó el doctor.

– ¿Por qué?

– Porque Duck ladraría.

– Huellas son, sin embargo, lo que observan.–Adelante –dijo Hatteras–. Pronto sabremos a qué atenernos.

Johnson excitó a los perros, los cuales tomaron un trote más rápido.

Veinte minutos después, los cinco viajeros estaban reunidos, y Hatteras, el doctor y Johnson participaban de la sorpresa de Bell y Altamont.

En efecto, huellas de hombres, visibles, incontestables y frescas, como si fuesen de la víspera, se veían diseminadas por la nieve.

– Son esquimales –dijo Hatteras.

– En efecto –respondió el doctor–, he aquí las impresiones de sus abarcas.

– ¿Lo creéis? –dijo Hatteras.

– Es indudable.

– ¿Qué me decís de esta pisada? –repuso Altamont, indicando una huella varias veces repetida.

– ¿Esta pisada?

– ¿Os parece que es de un esquimal?

El doctor miró atentamente y quedó atónito. La impresión de un zapato europeo con sus clavos, su suela y su tacón, estaba profundamente marcada en la nieve. No había duda; un hombre, un extranjero había pasado por allí.

– ¡Europeos aquí! –exclamó Hatteras.

– Evidentemente –dijo Johnson.

– Y, sin embargo –dijo el doctor–, es el hecho tan improbable que es preciso pensarlo más de una vez antes de decidirse.

El doctor examinó de nuevo las pisadas y las volvió a examinar, y se vio obligado a reconocer su origen extraordinario.

No quedó más asombrado el héroe de Daniel de Foe cuando encontró la huella de un pie en la arena de su isla; pero lo que él experimentó fue miedo, y lo que experimentaba Hatteras era despecho. ¡Un europeo tan cerca del Polo!

Se siguió adelante para reconocer aquellas huellas, que se repetían en un trayecto de un cuarto de milla, mezcladas con otras de abarcas y mocasines, y luego continuaban hacia el Oeste. –No –respondió Hatteras–. Vámonos...

Fue interrumpido por una exclamación del doctor, que encontró en la nieve un objeto aún más convincente, acerca de cuyo origen no podía caber duda. Era el objetivo de un anteojo de bolsillo.

– ¡Ahora –dijo– no se puede ya dudar de la presencia de un extranjero en esta tierra!

– ¡Adelante! –exclamó Hatteras.

Y con tanta energía pronunció esta palabra, que todos le siguieron. El trineo volvió a emprender su marcha un momento interrumpida.

Todos examinaban el horizonte con ansiedad, todos menos Hatteras, a quien animaba una cólera sorda y no quería ver nada. Sin embargo, como se corría el riesgo de tropezar con un grupo de viajeros, era menester tomar precauciones. Era en verdad una gran desgracia verse precedido en aquel camino ignorado. El doctor, sin experimentar la cólera de Hatteras, no dejaba de sentir cierto despecho a pesar de su filosofía habitual. Altamont parecía también vejado, y Johnson y Bell murmuraban entre dientes palabras amenazadoras.

– Paciencia –dijo al fin el doctor–; hagamos de tripas corazón.

– Preciso es confesar –dijo Johnson, sin que Altamont le oyese– que sería mala suerte hacer un viaje «1 Polo, y encontrar el sitio tomado.

– Y, sin embargo– respondió Bell–, no cabe la menor duda...

– Ninguna –replicó el doctor–. Yo me devano los sesos para explicarme la aventura, y aunque me parece improbable, imposible, tengo que rendirme a la evidencia. Aquel zapato no habría dejado huella sobre la nieve sin hallarse en el extremo de una pierna, y sin que esta pierna estuviese unida a un cuerpo humano. Si fuesen esquimales, pase, ¡pero un europeo!–El hecho es –respondió Johnson– que si encontramos que nos han cogido las camas en la posada del extremo del mundo, el chasco será solemne.

– Muy solemne –respondió Altamont.

– En fin, allá veremos –dijo el doctor.

Y se siguió la marcha.

Aquel día pasó sin que ningún hecho nuevo confirmase la presencia de extranjeros en aquella parte de Nueva América, y los viajeros establecieron su campamento para pasar la noche.

Habiendo saltado al Norte un viento bastante fuerte, fue preciso buscar para la tienda un abrigo seguro en una hondonada. El cielo estaba amenazador; prolongadas nubes surcaban el aire con mucha rapidez, besando casi la tierra, y la vista podía difícilmente seguirlas en su desenfrenado curso. Algunas veces, jirones de aquellas nubes se arrastraban por el suelo, y no sin grandes dificultades podía la tienda resistir los embates del huracán.

– Mala noche se prepara –dijo Johnson, después de cenar.

– No será fría, pero será estrepitosa – respondió el doctor–. Tomemos precauciones y aseguremos la tienda con grandes piedras.

– Tenéis razón, señor Clawbonny; si el huracán se nos llevase nuestro abrigo de lienzo,

Dios sabe dónde lo alcanzaríamos.

Se tomaron las más minuciosas precauciones para conjurar aquel peligro, y los viajeros, fatigados, procuraron dormirse.

Pero no les fue posible. La tempestad se había desencadenado y se precipitaba del Sur al Norte con una incomparable violencia. Las nubes se desparramaban por el espacio como el vapor fuera de una caldera que acababa de reventar; los últimos aludes, a impulsos del hura-cán, caían al fondo de los valles, y los ecos les contestaban con sordas repercusiones; la atmósfera parecía ser teatro de un combate a muerte entre el aire y el agua, dos elementos formidables en sus cóleras, y sólo el fuego faltaba a la batalla.

El oído sobreexcitado percibía en la confusión general de los ruidos particulares, no el rumor que acompaña la caída de los cuerpos pesados, sino el chasquido claro de los cuerpos que se rompen. Se oían distintamente sonidos claros y tersos, como los dei acero que se rompe, en medio de los mugidos prolongados de la tempestad.

Estos últimos se explicaban naturalmente por los aludes que los torbellinos retorcían, pero el doctor no sabía a qué atribuir los otros.

Aprovechándose de los instantes de silenciosa ansiedad, durante los cuales parecía que el huracán tomaba aliento para soplar con más violencia, los viajeros se daban cuenta unos a otros de sus respectivas suposiciones.

– Se producen choques –decía el doctor–, como si hubiese un combate entre los icebergs y los icefields.

– Sí –respondió Altamont–. Diríase que la corteza de la tierra salta toda entera. ¿Oís?

– Si estuviésemos cerca del mar –añadía el doctor– creería verdaderamente en un rompimiento de los hielos.

– En efecto –respondió Johnson–, este ruido no tiene otra explicación.

– ¿Habremos llegado a la costa? –dijo Hatteras.–No sería imposible –respondió el doctor–.

Oíd –añadió después de un chasquido sumamente violento–, ¿no se diría que tenemos cerca una dislocación de los hielos? Muy posible es que estemos cerca del océano.

– Sí así fuese –repuso Hatteras–, no vacilaría en lanzarme por entre los campos de hielo.

– ¡Oh! –exclamó el doctor–. Una tempestad semejante ha de haber quebrantado necesariamente los hielos. Mañana veremos. Lo que es esta noche, si hay alguno que viaje, le compadezco con toda mi alma.

El huracán duró diez horas sin interrupción, y ninguno de los huéspedes de la tienda pudo cerrar los ojos, pues pasaron toda la noche profundamente inquietos.

En efecto, en circunstancias como aquellas, cualquier incidente nuevo, una tempestad, un alud, podía ocasionar retrasos graves. El doctor hubiera querido salir de la tienda para reconocer el estado de. la atmósfera; pero ¿cómo aventurarse estando el viento tan desencadenado?

Afortunadamente, al amanecer se apaciguó el huracán y se pudo salir de la tienda, la cual había resistido valerosamente. El doctor, Hatteras y Johnson se dirigieron a una colina que tendría unos trescientos pies de elevación, y con bastante facilidad se encaramaron por ella.

Sus miradas se pasearon entonces por un país metamorfoseado, compuesto de rocas vivas, de agudos picos y completamente desprovisto de hielo. Aquello era el verano que sucedía de improviso al invierno expulsado por la tempestad; la nieve, cortada por el huracán como por una hoja afilada, no había tenido tiempo de convertirse en agua, y aparecía la tierra con toda su aspereza primitiva.

Pero hacia el Norte se dirigieron rápidamente las miradas de Hatteras, y allí el horizonte parecía bañado en negros vapores.

– Aquellos vapores oscuros –dijo el doctor– podrían muy bien ser producidos por el océano. –Tenéis razón –respondió Hatteras–, el mar debe de estar allí.

– Aquel color es el que nosotros llamamos el blinck del agua libre –dijo Johnson.

– Precisamente –repuso el doctor.

– ¡Pues bien, al trineo –exclamó Hatteras–; y marchemos a este nuevo océano!

– Eso os alegra el corazón –dijo Clawbonny al capitán.

– Sí, por cierto –respondió éste con entusiasmo– ¡Antes de muy poco habremos alcanzado el Polo! Y a vos, mi querido doctor,

¿no os hace feliz esta perspectiva?

– ¡ Oh! ¡ A mí me hace todo feliz, y principalmente la felicidad de los otros!

Los tres ingleses volvieron a la hondonada, y, preparado el trineo, se levantó el campo.

Volvióse a emprender la marcha, temiendo todos encontrar de nuevo las huellas del día anterior; pero durante el resto del camino no se presentó ningún rastro de extranjeros ni indígenas. Tres horas después, los viajeros llegaban a la costa.

– ¡ El mar! ¡ El mar! –clamaban todos a la vez. –¡ Y el mar libre! –gritó el capitán.

Eran las diez de la mañana.

En efecto, el huracán había barrido el mar polar; los témpanos, quebrantados y removidos, se agitaban en todas direcciones; los mayores, formando icebergs, acababan de «levar el ancla», según la expresión de los marinos, y flotaban en el mar libre. El campo había sido rudamente asaltado por el viento y una capa de láminas delgadas, de granizo y de polvo de hielo estaba esparcido por los peñascos circundantes. Lo poco que quedaba del icefield al nivel de la playa, parecía podrido; en las rocas, donde se estrellaban las olas, verdeaban anchas algas marinas y racimos de uvas o lechugas de mar.El océano se extendía más allá del alcance de la vista, sin que ninguna isla, ninguna tierra nueva, limitase el horizonte.

La costa, en el Este y el Oeste, formaba dos cabos, que en suave pendiente iba a perderse en medio de las olas. El oleaje se rompía en su extremidad, y una ligera espuma se agitaba a impulsos del viento como una blanca sábana.

Así moría la tierra de Nueva América en el océano polar, sin convulsiones, tranquila y ligeramente inclinada. Se redondeaba en forma de bahía muy abierta y constituía una ensenada de herradura limitada por los dos promontorios.

En el centro, una roca saliente formaba un ancón natural abrigado por tres lados, que penetraba en la tierra por el ancho lecho de un río, el cual era el camino ordinario de las nieves licuadas después del invierno, y que en aquella ocasión era un torrente.

Hatteras, después de darse cuenta de la configuración de la costa, resolvió hacer en aquel mismo día los preparativos de marcha: echar al mar la falúa, desmontar el trineo y conservarlo para las excursiones sucesivas.

Todos los preparativos podían ocupar el resto del día. Se levantó, pues, la tienda, y después de una comida abundante empezóse a trabajar. Entre tanto, el doctor cogió sus instrumentos para orientarse y levantar el plano hidrográfico de una parte de la bahía.

Hatteras activaba el trabajo, porque tenía mucha prisa en partir, deseando pisar la tierra firme y coger la delantera, en el caso de que llegase al mar un grupo de hombres.

A las cinco de la tarde Johnson y Bell podían ya cruzarse de brazos. La falúa se balanceaba graciosamente en el pequeño ancón, con el palo erguido, arriado el foque y cargado el trinquete. A ella se habían transportado las provisiones y las partes desmontadas del trineo, no quedando más para embarcar al día siguiente que la tienda y algunos avíos del campamento.

El doctor, a su vuelta, halló terminados todos los aprestos. Viendo la falúa tranquila y al abrigo de los vientos, pensó en dar un nombre a la rada, y propuso el de Altamont.

La proposición se admitió sin discutirse, y a todos pareció perfectamente justa.

La rada fue, en consecuencia, llamada Puerto Altamont.

Según los cálculos del doctor, se halla situado a los 87° 05' de latitud, y 118° 35' de longitud al oriente de Greenwich, es decir, a menos de 3 grados del Polo. Los viajeros habían salvado una distancia de 200 millas desde la bahía Victoria hasta Puerto Altamont.

Sürgöny

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