Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XVII

EL DESQUITE DE ALTAMONT

L día siguiente, el doctor y sus compa- A ñeros se despertaron, habiendo pasado la noche en la más perfecta tranquilidad. El frío, sin ser intenso, les había desazonado algo antes de amanecer, pero se abrigaron bien y durmieron profundamente bajo la salvaguardia de los animales pacíficos.

COMO EL TIEMPO SEGUÍA BUENO, RE- SOLVIERON DEDICAR OTRO DÍA AL RE- CONOCIMIENTO DEL PAÍS Y A LA CAZA DE TOROS ALMIZCLADOS. PRECISO ERA PONER A ALTAMONT EN LA POSIBILI- DAD DE CAZAR UN POCO, Y SE CONVI- NO EN QUE AUN CUANDO LOS TOROS ALMIZCLADOS FUESEN LOS ANIMALES MÁS INOFENSIVOS DEL MUNDO, TEN- DRÍA EL DERECHO DE TIRARLES. ADE- MÁS SU CARNE, AUNQUE MUY IMPREG- NADA DE ALMIZCLE, FORMA UN ALI- MENTO SABROSO, Y LOS CAZADORES DESEABAN LLEVAR AL FUERTE PROVI- DENCIA ALGUNOS PEDAZOS DE AQUE- LLA CARNE FRESCA Y SALUDABLE.

Nada de particular, que digno de contar sea, ofreció el viaje en las primeras horas de la mañana. El país, hacia el Nordeste, empezaba a variar de fisonomía. Algunas prominencias, primeras ondulaciones de una comarca montuosa, hacían presagiar un terreno nuevo. Si aquella tierra de la Nueva América no formaba un continente, era, al menos, una isla importante; pero no se trataba de dilucidar este punto geográfico.

Duck corría a lo lejos, y no tardó en ventear un rebaño de toros almizclados, y luego, tomando la delantera con una rapidez suma, no tardó en desaparecer a la vista de los cazadores.

Estos se guiaron por sus ladridos, claros y distintos, cuya precipitación les hizo comprender que el leal perro había, al fin, descubierto el objeto de sus afanes.

Siguieron adelante, y, después de una hora y media de marcha, se hallaron en presencia de dos animales bastante corpulentos y un aspecto verdaderamente imponente. Aquellos singulares cuadrúpedos estaban, al parecer, asombrados de los ataques de Duck, pero no los temían.

Pacían una especie de musgo sonrosado que aterciopelaba la tierra desprovista de nieve. El doctor les reconoció fácilmente por su mediana talla, por sus cuernos muy aplastados y soldados en la base, por su falta de hocico; por la conformación de su testuz, parecido al del carnero, y por su cola muy corta. Por el conjunto de su estructura los naturalistas llaman al toro almizclado «ovibos» palabra compuesta que recuerda las dos naturalezas de animales de que participan.

Forman su pelaje una borra espesa y larga y una especie de seda de color oscuro.

Al ver a los cazadores, los animales huyeron, y los cazadores corrieron tras ellos con toda la ligereza de sus piernas.

Pero era difícil que alcanzasen a los toros unos hombres a quienes una carrera sostenida, que duró media hora, quitó casi todo el aliento.

Hatteras y sus compañeros se detuvieron jadeando.

– ¡Diablos! –dijo Altamont.

– Diablos son, sin duda –respondió el doctor, que apenas podía respirar–. De esos rumiantes sí que digo que son americanos y me parece que no tienen formada de vuestros compatriotas una idea muy ventajosa.

– Lo que prueba que somos buenos cazadores –respondió Altamont.

No viéndose ya perseguidos, los toros almizclados se detuvieron en un actitud de asombro. Era evidente que no se les podía rendir corriendo tras ellos, por lo que pensó en acorralarlos, prestándose a esta maniobra la meseta que ocupaban. Los cazadores, dejando a Duck que hostigase a los animales, bajaron por las hondonadas circundantes, de modo que pudiesen cercar la meseta. Altamont y el doctor se escondieron en una de sus extremidades, detrás de una roca, mientras Hatteras, subiendo de improviso por el extremo opuesto, debía rechazarlos.

Al cabo de media hora, cada cual ocupaba su puesto.

– Esta vez –dijo Altamont– no os opondréis a que reciba a tiros a esos cuadrúpedos...

– ¡No! Les haremos una guerra de buena ley –respondió el doctor, el cual, no obstante su apacibilidad natural, era cazador en el fondo del alma.

En este punto de la conversación, vieron agitarse a los toros almizclados, cuyos corvejones casi mordía Duck, y más lejos a Hatteras, que, lanzando grandes gritos, los impelía hacia el doctor y el americano, que se colocaron delante de aquella magnífica presa.

Entonces los toros se detuvieron, y espantándoles menos la presencia de un solo enemigo, se dirigieron a Hatteras. Éste les aguardó a pie firme, apunto al cuadrúpedo que tenía más cerca e hizo fuego, sin que su bala, hiriendo al animal en medio del testuz, le contuviese en su arremetida. El segundo tiro de Hatteras no produjo más efecto que volver más furiosos a los animales, los cuales se arrojaron contra el cazador desarmado y le derribaron en un instante.–¡Está perdido! –exclamó el doctor.

En el momento de pronunciar Clawbonny estas palabras con el acento de la desesperación, Altamont dio un paso hacia adelante para volar en socorro de Hatteras, pero se detuvo, luchando contra sí mismo y contra sus preocupaciones.

– ¡No! –exclamó–. ¡Sería una felonía!

Y se lanzó al teatro de combate con Clawbonny.

Su vacilación no había durado más que medio segundo. Pero si el doctor vio lo que pasaba en el alma del americano, Hatteras lo comprendió, y se hubiera dejado matar antes de implorar la intervención de su rival. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de darse cuenta de nada, porque Altamont apareció junto a él.

Hatteras, derribado, procuraba parar las cornadas y coces de los dos animales, pero la lucha no podía prolongarse mucho tiempo.

Iba inevitablemente a ser despedazado, cuando resonaron dos tiros. Hatteras oyó el silbido de las balas, que le rozaron casi la cabeza. –¡Valor! –exclamó Altamont, el cual, tirando el arma descargada, se precipitó contra los furiosos animales.

Uno de los toros, atravesado el corazón, cayó como herido por un rayo. El otro, en el colmo del furor, iba a despanzurrar al desgraciado capitán, cuando Altamont, colocándose enfrente, hundió entre sus mandíbulas abiertas su mano armada del cuchillo de nieve, y con la otra le hendió la cabeza de un hachazo.

Todo pasó con una rapidez tan maravillosa, que a la luz de un solo relámpago se hubiera podido ver toda la escena. El segundo toro dobló sus corvejones y cayó muerto.

– ¡Hurra! ¡Hurra! –exclamó Clawbonny.

Hatteras estaba salvado.

¡Debía, pues, la vida al hombre que detestaba más en el mundo! ¿Qué pasó en su alma en aquel instante? ¿Qué movimiento humano, que no pudo dominarse, se produjo en ella?

Hay en el corazón secretos cuyo análisis es imposible.

Lo cierto es que Hatteras, sin vacilar, se dirigió a su rival, y le dijo con voz grave:

– Me habéis salvado la vida, Altamont.

– Vos me habéis salvado la mía –respondió el americano.

Hubo un momento de silencio, y luego, Altamont añadió:

– ¡Estamos en paz, Hatteras!

– No, Altamont –respondió el capitán–;

cuando el doctor os sacó de vuestra tumba de hielo, yo ignoraba quien erais vos, y vos, sabiendo quién soy yo, me habéis salvado la vida con peligro de la vuestra.

– Porque vos sois mi semejante –respondió Altamont–, y un americano será lo que se quiera, pero no un infame, ni un cobarde.

– ¡No, es verdad! –exclamó el doctor–. ¡Es un hombre! ¡Un hombre como vos, Hatteras!

– Y como yo, participará de la gloria que nos está reservada.

– ¡La gloria de ir al Polo Norte! –dijo Altamont.

– ¡Sí! –respondió el capitán con un acento soberbio.

– ¡Lo había, pues, adivinado! –exclamó el americano–. ¿Os habéis atrevido a concebir semejante proyecto? ¡Habéis intentado alcanzar el punto inaccesible! ¡Ah! ¡Eso es magnífico! ¡Yo os lo digo, es sublime!

– ¿Pero vos –preguntó Hatteras con voz rápida– no os lanzabais, como nosotros, por el camino del Polo?

Altamont parecía vacilar en responder.

– ¿Qué decís? –preguntó el doctor.

– ¡Pues bien, no! –respondió el americano–.

¡No! i La verdad antes que el amor propio! ¡ No! Yo no he tenido la idea sublime que os ha arrastrado hasta aquí. Yo quería con mi buque salvar el paso del Noroeste. He aquí todo.

– Altamont –dijo Hatteras, tendiendo la mano al americano–, sed, pues, nuestro compañero de gloria y acompañadnos a descubrir el Polo Norte.

Los dos se apretaron la mano afectuosamente, una mano franca y leal.

Cuando se volvieron hacia el doctor, éste lloraba.

– ¡Ah, amigos míos! –murmuró, restregándose los ojos–. ¡Cómo puede mi corazón contener en este momento su alegría! ¡Ah! ¡Mis queridos compañeros! Habéis sacrificado, para reuniros en una empresa común, las miserables cuestiones de nacionalidad. Os habéis dicho que Inglaterra y América nada tienen que ver en el asunto, y que una estrecha simpatía debía unirnos contra los peligros de nuestra expedición. Si el Polo Norte se alcanza, ¿qué importará que lo hayan descubierto unos u otros? ¿Por qué rebajarnos individualmente y acordarnos de si somos americanos o ingleses, cuando podemos gloriarnos de ser hombres?

El buen doctor abrazaba a los enemigos reconciliados; no podía contener su alegría, y los dos nuevos amigos se sentían más unidos aún por la amistad que el digno hombre profesaba a los dos. Clawbonny, sin poder reprimirse, hablaba de la vanidad de las competencias, de la locura, de las rivalidades y del acuerdo tan necesario entre hombres abandonados lejos de su país. Sus palabras, sus lágrimas, sus caricias, todo salió de lo más íntimo de su corazón.

Se calmó después de haber abrazado veinte veces a Altamont y a Hatteras.

– ¡Y ahora –dijo–, manos a la obra! Puesto que como cazador no he tenido ocasión de lucirme, utilicemos alguna otra de mis aptitudes.

Y empezó a despedazar al toro, al cual llamaba «el toro de la reconciliación», pero con tanta destreza que parecía un cirujano practicando una autopsia delicada.

Sus dos compañeros le miraban sonriéndose. En pocos minutos, el hábil práctico sacó del cuerpo del animal un centenar de libras de excelente carne; la dividió en tres partes, cargando cada cual con la suya, y emprendieron los tres directamente el camino dei Fuerte Providencia.

A las diez de la noche, marchando a la claridad de los oblicuos rayos del sol, los cazadores llegaron a la Casa del Doctor, donde Johnson y Bell tenían preparada una buena cena.

Pero antes de sentarse a la mesa, el doctor exclamó con acento de triunfo, indicando a Johnson sus dos compañeros de caza:

– Amigo Johnson, salieron de aquí conmigo un inglés y un americano, ¿no es verdad?

– Sí, señor Clawbonny –respondió el contramaestre.

– Pues bien, vuelvo con dos hermanos.

Los marineros tendieron alegremente la mano a Altamont; el doctor les refirió lo que el capitán americano había hecho por el capitán inglés; y aquella noche la casa de nieve albergó a cinco hombres completamente dichosos.

Sürgöny

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