Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO XIV

LA PRIMAVERA POLAR

os cautivos estaban libres, y manifesta- L ron su alegría dando al doctor las más expresivas gracias. El viejo Johnson sintió no poder aprovechar las pieles de los osos, que estaban quemadas e inservibles, pero este sentimiento no era de tal magnitud que influyese ostensiblemente en su humor.

Se pasó el día reparando la casa de nieve, que se había resentido mucho de la explosión.

Se la desembarazó de los témpanos hacinados por los animales y se compusieron sus paredes.

El trabajo se hizo con rapidez, al compás de las alegres canciones que cantaba el contramaestre.

Al día siguiente la temperatura mejoró mucho, y por un repentino salto de viento, el termómetro subió a 15° sobre cero (–9° centígrados). De una diferencia tan considerable se resintieron vivamente los hombres y las cosas.

La brisa del Sur aparecía acompañada de los primeros indicios de la primavera polar.

Aquel calor relativo duró algunos días. El termómetro, al abrigo del viento, señaló hasta el 31° sobre cero (–1° centígrado), y empezaron a manifestarse síntomas de deshielo.

El hielo se agrietaba. Algunos arroyos de agua salada brotaban en distintos puntos como las fuentes de un parque inglés, y algunos días después la lluvia caía abundantemente.

Un intenso vapor se elevaba de las nieves, lo que era de buen agüero, y la licuación de aquellas inmensas moles parecía próxima. El disco pálido del sol tendía a enrojecerse y trazaba espirales más prolongadas encima del horizonte. La noche duraba apenas tres horas.

Otro síntoma había no menos significativo.

Algunos ptarmigans, gansos boreales, chorlitos y ortegas regresaban a bandadas, y el aire se poblaba, poco a poco, de atronadores gritos, de los que se acordaban aún los navegantes de la última primavera. Numerosas liebres, de las cuales se cazaron muchas, aparecieron en la playa de la bahía, e igualmente los ratones árticos, cuyas madrigueras forman un sistema de alvéolos regulares.

El doctor hizo notar a sus compañeros que casi todos aquellos animales empezaban a perder el pelo o la pluma blanca del invierno para tomar su traje de verano. «Se primaverizaban», decía él, y al mismo tiempo la Naturaleza empezaba a ofrecerles su pasto en forma de musgos, amapolas, saxífragas y menudo césped. Se veía que una nueva existencia atravesaba las nieves descompuestas.

Pero con los animales inofensivos volvieron sus enemigos maléficos. Las zorras y los lobos llegaron acechando su presa, y lúgubres aullidos resonaban durante la corta oscuridad de las noches.

El lobo de aquellas comarcas es muy próximo pariente del perro; ladra como él, y ladra de un modo que hace incurrir en error a los oídos más ejercitados, a los de la misma raza canina. Hasta hay quien dice que aquellos animales se prevalen sagazmente de esta facultad para atraer a los perros y devorarlos. Este hecho fue observado en las tierras de la bahía de Hudson, y el doctor pudo verlo confirmado en Nueva América. Johnson se abstuvo de soltar a sus perros de tiro, que habrían podido caer en el lazo.

En cuanto a Duck, tenía demasiada experiencia y era demasiado listo para ponerse él mismo en la boca del lobo.

Se cazó mucho por espacio de quince días.

Abundaron las provisiones de carne fresca. Se mataron perdices, ptarmigans y hortelanos de nieve, que son un bocado delicioso. Los cazadores no se alejaban del Fuerte Providencia, porque la caza menor parecía salirles al encuentro, y animaba singularmente con su presencia aquellas playas silenciosas. La bahía Victoria tomaba un aspecto nuevo, que regocijaba los ojos.Los quince días que sucedieron a la gran refriega de los osos se emplearon en ocupaciones diversas. El deshielo hizo visibles progresos, el termómetro ascendió a 22° sobre cero (0° centígrados); los torrentes empezaban a mugir en las barrancas, y millares de cataratas se improvisaron en las laderas de las colinas.

El doctor, después de haber preparado cierta extensión de terreno, sembró en ella berros, acederas y coclearias. Veía salir de la tierra algunos verdes tallos, cuando, de repente, con una rapidez inconcebible, el frío reapareció y recobró su imperio.

En una sola noche, sobreviniendo una violenta brisa del Norte, volvió a perder el termómetro cerca de 40°, pues descendió a los 8° bajo cero (–22° centígrados). Todo quedó helado.

Aves, cuadrúpedos, anfibios, todos desaparecieron como por encanto; volviéronse a cerrar los agujeros de las focas; desaparecieron las quebrajas; el hielo recobró su dureza de granito, y las cascadas, detenidas en su caída, se convirtieron en prolongados carámbanos de cristal.

Era aquella una metamorfosis que se veía realizar; se produjo en la noche del 11 al 12 de mayo, y cuando Bell, por la mañana sacó las narices al aire libre, estuvo expuesto a quedarse sin ellas.

– ¡Oh, naturaleza boreal! –exclamó el doctor, un poco desazonado–. ¡Qué salidas de tono tienes! ¡Paciencia! Tendré que empezar otra vez mi sementera.

Hatteras tomaba las cosas menos filosóficamente, por la impaciencia con que esperaba la ocasión de proseguir sus descubrimientos.

Pero fuerza era resignarse.

– ¿Durará mucho esta temperatura? – preguntó Johnson.

– No, amigo mío, no –respondió Clawbonny–; este esfuerzo es el último del frío. Haceos cargo de que él está aquí en su casa, y no se deja desalojar sin resistencia.

– Se defiende bien –replicó Bell, frotándose la cara.

– ¡Sí! Pero yo debí haberlo previsto todo – replicó el doctor–, y no sacrificar mis granos como un ignorante, tanto más cuanto que podía, en rigor, haberlos hecho germinar junto a los hornillos de la cocina.

– ¡Cómo! –exclamó Altamont–. ¡Debíais vos haber previsto esta variación de temperatura!

– Sin duda, y sin ser adivino. Debí haber puesto mis semillas bajo la protección inmediata de San Mamerto, San Pancracio y San Servando, cuya fiesta cae en los días 11, 12 y 13 de este mes.

– ¿Vais a decirme, doctor –exclamó Altamont–, la influencia que sobre la temperatura tienen los tres santos que habéis nombrado?

– Una, muy grande, según los labradores, que los llaman «los tres santos de hielo».

– ¿Y por qué?

– Porque generalmente se produce un frío periódico en el mes de mayo, y el mayor descenso de temperatura suele ser del 11 al 13 de este mes. Es un hecho, y he aquí todo.

– Es curioso. ¿Tiene eso alguna explicación?

– preguntó el americano.

– Sí, de dos maneras: o por la interposición en esta época del año entre la tierra y el sol de un número mayor de asteroides, o, simplemente por la disolución de las nieves, que, licuándose, absorben necesariamente una cantidad mayor de calor. Las dos causas son plausibles, mas ¿se pueden admitir de una manera absoluta? Lo ignoro; pero si no estoy seguro del valor de la explicación, lo estoy de la autenticidad del hecho, y, por consiguiente, no debí comprometer mis plantaciones.

El doctor decía bien. Por una razón ú otra, el frío fue muy intenso durante el resto del mes de mayo, y tuvieron que interrumpirse las cacerías, no tanto por el rigor de la temperatura como por la falta completa de caza. Afortunadamente, no se había aún agotado, ni con mucho, la reserva de carne fresca.

Los invernadores se hallaron, pues, condenados a una nueva inacción. Por espacio de quince días, desde el 11 al 25 de mayo, su existencia monótona no ofreció más que un solo incidente, una enfermedad grave, una angina membranosa, que atacó inopinadamente al carpintero. Al ver sus amígdalas sumamente hinchadas y la falsa membrana que las tapizaba, el doctor no podía equivocar el diagnóstico de tan terrible dolencia, pero él se hallaba en su elemento, y la enfermedad, que sin duda no había contado con esto, fue rápidamente contrarrestada. El tratamiento fue muy sencillo, y el medicamento se tenía muy a mano, pues el doctor se limitó a introducir algunos pedacitos de hielo en la boca del enfermo, con lo que empezó a disminuir la hinchazón y desapareció la falsa membrana. Veinticuatro horas después,

Bell pudo levantarse.

El doctor, viendo que a todos causaba maravilla el plan curativo, respondió:

– Ése es el país de las anginas; preciso es que el remedio se halle cerca del mal.

– Bueno es el remedio, pero mejor es el médico –añadió Johnson, en cuya mente el doctor tomaba proporciones piramidales.

Durante estos nuevos ocios, el doctor resolvió tener con el capitán una conversación importante. Tratábase de hacer desistir a Hatteras de su propósito de emprender de nuevo el camino del Norte sin proveerse de una lancha, de un bote cualquiera, de un madero, de algo, en fin, con que cruzar los brazos de mar o los estrechos. El capitán, tan absoluto en sus ideas, se había formalmente pronunciado contra el uso de una embarcación construida con los restos aprovechables del buque americano.

El doctor no sabía cómo entrar en materia, y, sin embargo, importaba mucho que la cuestión se resolviese muy pronto, porque en el mes de junio llegaba la época de las grandes excursiones. En fin, después de haber reflexionado mucho tiempo, llamó un día a Hatteras aparte y, con su característica bondad, le dijo:

– Hatteras, ¿creéis que soy vuestro amigo?

– Sin duda –respondió el capitán al momento–, el mejor y tal vez el único.

– Si os doy un consejo –repuso el doctor–, un consejo que no me pedís, ¿lo juzgaréis desinteresado?

– Sí, porque sé que el interés personal no ha sido jamás vuestro móvil, pero ¿dónde queréis ir a parar con vuestras preguntas?

– Escuchad, Hatteras, aún tengo que haceros otra: ¿Me creéis un buen inglés como vos, y ambicioso De gloria para mi país?

Hatteras fijó en el doctor una mirada de sorpresa.

– Sí –respondió, procurando adivinar el objeto De su pregunta.

– Queréis llegar al Polo Norte –repuso el doctor–. Concibo vuestra ambición, de la cual participo; pero para llegar a este objeto es preciso hacer lo necesario.

– ¿Y qué? ¿Hasta ahora no lo he sacrificado todo para lograrlo?

– No, Hatteras; no habéis sacrificado vuestras repulsiones personales, y en este mismo momento os veo dispuesto a rechazar los medios indispensables para alcanzar el Polo.

– ¡Ah! –respondió Hatteras–. Aludís a esa lancha, a ese hombre...

– Veamos, Hatteras, razonemos sin pasión, con frialdad, y examinemos la cuestión bajo todos sus aspectos. La costa en que acabamos de invernar puede ser interrumpida, nada nos prueba que se prolongue seis grados más al Norte; si los datos que hasta ahora os han guiado se justifican, debemos, durante los meses de verano, hallar una vasta extensión de mar libre.

Y en presencia del Océano Ártico, desembarazado de hielos y propicio para una navegación fácil, ¿cómo lo haremos, si nos faltan los medios de atravesarlo?

Hatteras no respondió.

– ¿Queréis, pues, hallaros a algunas millas del Polo Norte sin poder llegar a él?

Hatteras había dejado caer de nuevo la cabeza entre sus manos.

– Y ahora –repuso el doctor–, examinemos la cuestión desde el punto de vista moral. Yo concibo que un inglés sacrifique su fortuna y su existencia para dar a Inglaterra una nueva gloria. Pero la circunstancia de que una lancha formada por unas cuantas tablas arrancadas a un buque americano, a una embarcación náufraga y sin valor, haya tocado la costa nueva o recorrido el Océano desconocido, ¿podrá menoscabar en lo más mínimo la honra del descubrimiento? ¿Acaso si vos mismo hubieseis encontrado en esta playa el casco de un buque abandonado habrías vacilado en serviros de él?

¿No es, por ventura, al jefe de la expedición a quien pertenece únicamente el beneficio del éxito? Y yo os pregunto si esta lancha, construida por cuatro ingleses, tripulada por cuatro ingleses, no será inglesa desde la quilla hasta la borda.

Hatteras seguía callando.

– No –dijo Clawbonny–, hablemos francamente, no es la lancha vuestra pesadilla; es el hombre.

– Sí, doctor, sí –respondió el capitán–; yo aborrezco con todo el odio de un inglés a ese americano, a ese hombre que la fatalidad ha interpuesto en mi camino...

– ¡Para salvaros!

– ¡Para perderme! Me parece que se burla de mí, que habla aquí como amo, que se figura tener entre sus manos mi destino y que ha adivinado mis proyectos. ¿No se ha quitado enteramente la máscara cuando se ha tratado de dar nombre a estas tierras nuevas? ¿Ha confesado jamás lo que venia a hacer a estas latitudes? No me quitaréis de la cabeza una idea que me mata, y es que ese hombre es el jefe de una expedición de descubrimiento enviada por el gobierno de la Unión.

– Y aun cuando así sea, Hatteras, ¿quién prueba que esa expedición trataba de llegar al Polo? América puede intentar, como Inglaterra, hallar el paso del Noroeste. De todos modos,

Altamont ignora absoluta mente vuestros proyectos, porque ni Johnson, ni Bell, ni vos, ni yo, hemos dicho delante de él una palabra acerca de ello.

– ¡Pues bien! ¡Que los ignore siempre!

– Acabará necesariamente por conocerlos, porque nosotros no podemos dejarle aquí solo.

– ¿Y por qué no? –preguntó el capitán con cierta violencia–. ¿No puede él quedarse en Fuerte Providencia?

– Él no lo consentiría, Hatteras; y, además, abandonar a ese hombre sin estar seguros de encontrarle a nuestro regreso, sería más que imprudencia, sería inhumano. Altamont irá con nosotros, es necesario que vaya. Pero, como es inútil darle ahora noticias de que carece, no le diremos nada, y construiremos una lancha destinada en apariencia al reconocimiento de estas nuevas costas.

Hatteras no podía resignarse a prohijar las ideas de su amigo, y éste aguardaba una respuesta que no obtenía.

– ¿Y si ese hombre no consintiese en el destrozo de su buque? –dijo al fin el capitán.

– En tal caso, tendríais de vuestra parte el derecho, y construiríais la lancha a pesar suyo, sin que él pudiese hacer más que tener paciencia. –¡Quiera el cielo que no consienta! – exclamó Hatteras.

– Antes de una negativa –respondió el doctor–, es necesario una petición, y de ésta yo me encargo.

En efecto, aquella misma noche, durante la cena, Clawbonny provocó una conversación sobre ciertos proyectos de excursiones durante los meses de verano, con objeto de proceder a la observación hidrográfica de las costas.

– Creo, Altamont– dijo el doctor–, que seréis de los nuestros.

– Y creéis bien –respondió Altamont–, fuerza es saber hasta dónde se extiende esta tierra de Nueva América.

Hatteras miraba fijamente a su rival.

– Y para eso– continuó Altamont– es necesario aprovechar como se pueda los restos del Porpoise. Construyamos, pues, una lancha sólida y que nos lleve lejos.

– Ya lo oís, Bell –dijo al momento el doctor– : desde mañana, manos a la obra.

Sürgöny

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