Las aventuras del capitán Hatteras. El desierto de hielo

CAPÍTULO PRIMERO

EL INVENTARIO DEL DOCTOR

Era un audaz designio el que había concebido el capitán Hatteras de elevarse hasta el Norte y de reservar a Inglaterra, su patria, la gloria de descubrir el Polo boreal del mundo. Aquel valiente marino acababa de hacer cuanto era posible dentro de los límites de las facultades humanas. Después de haber luchado por espacio de nueve meses contra las corrientes y contra las tempestades, después de haber quebrantado montañas de hielo y destrozado bancos, después de haber luchado contra los fríos de un invierno sin precedentes en las regiones hiperbóreas, después de haber resumido en su expedición los trabajos de sus predecesores y comprobado y rehecho, si así puede decirse, la historia de los descubrimientos polares, después de haber conducido su bergantín, el For- ward, más allá de los mares conocidos, en fin, después de haber cumplido la mitad de la mi-sión que se había impuesto, veía sus grandes propósitos súbitamente trastocados. La traición o, por mejor decir, el desaliento de su tripulación, abatida por las durezas de las pruebas y la criminal locura de algunos excitadores, le dejaban en una espantosa situación: de dieciocho hombres que se embarcaron en el bergantín, no quedaban más que cuatro, abandonados sin recursos y sin buque a más de 2.500 millas de su país.

La explosión del Forward, que acababa de volar delante de ellos, les arrebataba los últimos medios de existencia.

Sin embargo, el valor de Hatteras no disminuyó en presencia de aquella catástrofe. Los compañeros que le quedaban eran los mejores de su tripulación, eran verdaderos héroes.

Había hecho un llamamiento a la energía y a la ciencia del doctor Clawbonny, al celo y adhesión de Johnson y de Bell y a su misma fe en su propia empresa, atreviéndose a hablar de esperanzas en aquella situación desesperada.

Sus intrépidos camaradas no fueron sordos a sus insinuaciones, y tenían un pasado de hombres resueltos que respondía de su denuedo futuro.

El doctor, después de las enérgicas palabras del capitán, quiso darse exacta cuenta de la situación, y dejando a sus compañeros parados a quinientos pasos del desmenuzado buque, se dirigió hacia el teatro de la catástrofe.

Del Forward, de aquel buque construido con tanto esmero, de aquel bergantín tan querido, no quedaba ya nada. Témpanos removidos, restos informes, ennegrecidos, calcinados, barras de hierro retorcidas, pedazos de cable que ardían aún como mechas de artillería, y a lo lejos, algunas espirales de humo arrastrándose sobre el campo de hielo, atestiguaban la violencia de la explosión. El cañón del alcázar o castillo de proa, echado a la distancia de algunas toesas, estaba tendido a lo largo sobre un témpano como sobre una cureña. El piso estaba sembrado de fragmentos de todo género en un radio de cien toesas: la quilla del bergantín yacía sobre un montón de hielo, y los icebergs, derretidos en parte por el calor del incendio, habían ya recobrado su dureza de granito.

El doctor pensó entonces en su gabinete devastado, en sus colecciones perdidas, en sus instrumentos hechos pedazos, en sus libros quemados, reducidos a cenizas. ¡Tantas riquezas, irremplazables en su mayor parte, destruidas! Contemplaba con los ojos húmedos aquel inmenso desastre, pensando, no ya en el porvenir, sino en la irreparable desgracia que tan directamente le afectaba.

Muy pronto acudió Johnson a su lado. El semblante del viejo marino llevaba impresas las huellas de sus últimos padecimientos. Sin duda había tenido que luchar contra sus compañeros rebeldes para defender el buque confiado a su cuidado.

El doctor le tendió una mano que el contramaestre apretó tristemente.

– ¿Qué va a ser de nosotros, amigo mío? – dijo el doctor.

– ¿Quién es capaz de adivinarlo? – respondió Johnson.

– ¡Sobre todo –repuso el doctor–, no nos entreguemos a la desesperación, y seamos hombres!–Sí, señor Clawbonny –respondió el viejo marino–, tenéis razón; en el mundo de los grandes desastres deben tomarse las grandes resoluciones; nos hallamos en un atolladero;

pensemos en salir de él a fuerza de perseverancia. –¡Pobre buque! –dijo suspirando el doctor–.

Yo le había tomado cariño, le amaba como se ama el hogar doméstico, como la casa en que se ha pasado toda la vida, y no queda de él un pedazo del cual se sepa lo que ha sido.

– ¡Quién diría, señor Clawbonny, que este conjunto de vigas y de tablas había echado raíces en nuestro corazón!

– ¿Y la lancha? –preguntó el doctor, buscándola en torno suyo con ávidas miradas–.

¿No se ha podido librar tampoco de la destrucción?–Sí, señor Clawbonny. Shandon y los demás que nos han abandonado la llevaron consigo.–¿Y el bote?

– ¡Hecho trizas! Mirad todo lo que de él queda, unos cuantos pedazos de hojalata todavía calientes.

– ¿No tenemos, pues, más que el halkett- boat? (1).

– Sí, gracias a la buena idea que tuvisteis de llevárosla en vuestra excursión.

– Poca cosa es –dijo el doctor.

1 Canoa de caucho, hecha a manera de vestido, y que se hincha a voluntad.

– ¡Miserables traidores que han huido! – exclamó Johnson–. ¡Así el cielo les dé su merecido!–Johnson –respondió apaciblemente el doctor–, no olvidemos que el dolor les ha sometido a pruebas muy duras. ¡Sólo los mejores saben permanecer buenos en la desgracia que hace sucumbir a los débiles! ¡Compadezcamos a nuestros compañeros de infortunio y no les maldigamos!

Después de estas palabras, el doctor guardó algunos instantes de silencio, y paseó por los alrededores una mirada inquieta.

– ¿Qué se ha hecho del trineo? –preguntó Johnson.

– A una milla de aquí le hemos dejado.

– ¿Bajo la custodia de Simpson?

– ¡No, mi buen amigo Johnson! El pobre Simpson ha sucumbido a la fatiga.

– ¿Muerto? –exclamó el contramaestre, sorprendido.

– ¡Muerto! –respondió el doctor.

– ¡Bienaventurado! –dijo Johnson–. ¡Y quién sabe, sin embargo, si no debiéramos nosotros envidiar su suerte!

– Pero si hemos dejado un muerto –repuso el doctor–, traemos, en cambio, un moribundo.

– ¿Un moribundo?

– Sí, el capitán Altamont.

El doctor refirió en pocas palabras al contramaestre la historia del encuentro.

– ¡Un americano! –dijo Johnson reflexionando. –Sí, todo nos induce a creer que Altamont es un ciudadano de la Unión. Pero ¿qué buque es ese Porpoise, que evidentemente ha naufragado? ¿Qué venía a buscar a estas regiones?–Venía a perecer –respondió Johnson–, a arrastrar a la muerte a su tripulación, como a todos aquellos a quienes su audacia conduce bajo cielos semejantes. Pero al menos, señor Clawbonny, habréis alcanzado el objeto de vuestra excursión.

– ¡El criadero de carbón! –respondió el doctor. –Sí –dijo Johnson.

El doctor movió tristemente la cabeza.

– ¡Nada! –dijo el viejo marino.

– ¡Nada! ¡Los víveres nos han faltado, y nos ha rendido la fatiga! ¡Ni siquiera hemos ganado la costa indicada por Edward Belcher!

– Así, pues –repuso el viejo marino–, ¿no hay nada de combustible?

– ¡No!

– ¿Ni víveres?

– ¡Tampoco!

– ¡Ni hay buque para volver a Inglaterra!

El doctor y Johnson callaron. No había valor bastante para mirar frente a frente una situación tan terrible.

– ¡En fin –repuso el contramaestre–, nuestra situación al menos es franca! ¡Sabemos a qué atenernos! Pero vamos a lo más preciso; la temperatura es glacial; es menester construir una casa de nieve.

– Sí –respondió el doctor–, con el auxilio de Bell será cosa fácil; después iremos a buscar el trineo; nos traeremos al americano, y hablaremos de todo con Hatteras.

– ¡Pobre capitán! –dijo Johnson, que hallaba medios de olvidarse de sí mismo–. ¡Cuánto debe de sufrir!

El doctor y el contramaestre volvieron a donde estaban sus compañeros.

Hatteras permanecía en pie, inmóvil, con los brazos cruzados, según su actitud habitual, mudo y mirando fijamente el espacio. Su semblante había recobrado su firmeza acostumbrada. ¿En qué pensaba aquel hombre extraordinario? ¿Se preocupaba de su situación desesperada o de sus proyectos frustrados? ¿Pensaba retroceder, viendo que todo, hombres y elementos, conspiraba contra su tentativa?

Nadie hubiera podido conocer su pensamiento, que no se traslucía exteriormente.

Su fiel Duck estaba junto a él, desafiando a su modo una temperatura que había descendi-do a 32° bajo cero (–36° centígrados).

Bell, tendido sobre el hielo, no hacía ningún movimiento, parecía un ser inanimado; su insensibilidad podía costarle la vida, y corría el riesgo de quedar enteramente helado.

Johnson le sacudió vigorosamente, le frotó con nieve, y, no sin trabajo, consiguió sacarle de su estado de embotamiento.

– ¡Ea, Bell, valor! –le dijo–. No te dejes abatir, levántate; vamos a hablar juntos de la situación, y necesitamos un abrigo. ¿Has olvidado tal vez cómo se hace una casa de nieve? ¡Ven a ayudarme, Bell! ¡He aquí un iceberg que está pidiendo que lo ahuequen! ¡Trabajemos! El trabajo nos dará lo que aquí no debe faltarnos: valor y corazón.

Bell, algo alentado por estas palabras, se dejó dirigir por el viejo marino.

– Entretanto –repuso éste–, el señor Clawbonny se tomará la molestia de ir a buscar el trineo, y volverá con él y con los perros.

– Estoy pronto a partir –respondió el doctor–, y dentro de una hora estaré aquí de vuelta. –¿Le acompañáis vos, capitán? –añadió Johnson dirigiéndose a Hatteras.

Éste, aunque abismado en sus reflexiones, había oído la pregunta del contramaestre, pues le respondió con voz dulce:

– No, amigo mío, si el doctor se quiere tomar la molestia de ir solo... Es preciso que antes que concluya el día se tome una resolución definitiva, y tengo necesidad de estar solo para reflexionar. Id. Haced lo que juzguéis conveniente para salir del paso en estos momentos.

Yo pienso en el porvenir.

Johnson volvió hacia donde estaba el doctor.

– Es singular –le dijo–, el capitán parece que ha olvidado toda su cólera; nunca su voz me había parecido tan afable.

– Eso significa que ha recobrado su sangre fría –contestó el doctor–. Creedme, Johnson; es muy capaz de salvarnos a todos.

Dichas estas palabras, el doctor se encapuzó lo mejor que pudo, y, apoyándose en un palo con punta de hierro, emprendió el camino en dirección al lugar donde había dejado el trineo, en medio de una bruma que la luna volvía casi luminosa.

Johnson y Bell empezaron inmediatamente su obra. El viejo marino excitaba con sus palabras al carpintero, que trabajaba en silencio; no había nada que construir, sino que ahuecar un gran témpano; el hielo, muy duro, volvía muy penoso el uso del cuchillo, pero en cambio su dureza aseguraba la solidez del albergue, y muy pronto Johnson y Bell pudieron trabajar a cubierto en su cavidad, echando fuera lo que quitaban de la masa compacta.

Hatteras andaba de cuando en cuando algunos pasos, y se detenía de pronto. Evidentemente, no quería llegar al sitio en que había sido destruido su desgraciado bergantín.

El doctor, tal como lo había prometido, estuvo pronto de vuelta. Traía a Altamont tendido sobre el trineo y envuelto en los pliegues de la tienda. Los perros groenlandeses, flacos, extenuados, hambrientos, podían apenas tirar y roían sus correas. Tiempo era ya de que todos, hombres y animales, tomasen algún alimento y se permitiesen algún descanso.

En tanto que se iba agrandando la cavidad en el hielo, el doctor, husmeando de un lado a otro, tuvo la buena suerte de hallar una pequeña estufa que la explosión había casi respetado, y cuyo torcido tubo pudo fácilmente enderezarse. El doctor cargó con ella dándose aires de triunfo. A las tres horas la casa de hielo era habitable, y se colocó en ella la estufa, llenándola de astillas. Ardió al momento, y esparció alrededor un calor benéfico.

El americano fue introducido en el albergue y se le tendió en el fondo, sobre mantas.

Los cuatro ingleses se colocaron alrededor del fuego, y bien o mal les dieron vigor las últimas provisiones del trineo, un poco de galleta y té caliente.

Hatteras no decía una palabra, y todos respetaban su silencio.

Terminada la comida, el doctor hizo señal a Johnson de que le siguiese.

– Ahora –le dijo– vamos a hacer el inventario de lo que nos queda. Es preciso que conozcamos exactamente el estado de nuestras riquezas, que se hallan esparcidas en el mayor desorden. Se trata de juntarlas. Puede nevar de un momento a otro, y, si tal sucediese, nos sería imposible encontrar luego el menor resto del buque.

– Así, pues, no perdamos tiempo – respondió Johnson–. Víveres y leña, he aquí lo que tiene para nosotros una importancia inmediata.

– Pues bien, busque cada cual por su lado – respondió el doctor–, de manera que recorramos todo el radio de la explosión; debemos empezar por el centro y luego ensanchar gradualmente los círculos que describamos.

Los dos compañeros se trasladaron inmediatamente al lecho de hielo que había ocupado el Forward, y a la luz dudosa de la luna examinaron con cuidado los restos del buque. Aquello fue una verdadera caza a la que el doctor se entregó con la pasión y casi con el placer de un cazador, palpitándole el corazón con fuerza cuando descubría alguna caja casi intacta. Desgraciadamente, estaban en su mayor parte vacías y sus restos diseminados por el campo de hielo.La violencia de la explosión había sido considerable. Muchos objetos no eran más que polvo y ceniza. Las grandes piezas de la máquina yacían distantes unas de otras, retorcidas y fracturadas; las paletas de la hélice, rotas, arrojadas a veinte toesas del buque, penetraban profundamente en la nieve endurecida; los cilindros estaban doblados, y habían sido arrancados de sus quicios; la chimenea, hendida de arriba abajo y de la que colgaban aún algunos trozos de cadena, aparecía medio aplastada bajo un enorme témpano; los clavos, las escarpias, la armazón de hierro del gobernalle, las planchas del forro, todo el metal del bergantín estaba esparcido a lo lejos como una verdadera metralla.

Pero aquel hierro, que hubiera hecho la fortuna de una tribu de esquimales, no era de ninguna utilidad en aquellas circunstancias. Lo que principalmente convenía hallar eran víveres, y víveres hallaba el doctor muy pocos.

«La cosa no marcha –se decía–; es evidente que la despensa, situada cerca de la santabárbara, ha quedado enteramente destruida por la explosión, y lo que no ha sido quemado debe de estar reducido a moléculas imperceptibles.

Mal anda el negocio. Si Johnson no ha sido más afortunado que yo, no sé lo que va a ser de nosotros.»

Sin embargo, ensanchando el círculo de sus investigaciones, el doctor llegó a recoger como cosa de quince libras de pemmican, y cuatro botellas de barro, que arrojadas a lo lejos sobre una nieve blanda, habían escapado de la destrucción y contenían cinco o seis pintas de aguardiente.

Más lejos recogió dos paquetes de granos de codearía, que venían de molde para compensar la pérdida del zumo de limón, tan propio para combatir el escorbuto.

Al cabo de dos horas, el doctor y Johnson se reunieron y se participaron recíprocamente sus descubrimientos, que respecto de víveres eran desgraciadamente poco importantes, reduciéndose a algunos pedazos de carne salada, unas cincuenta libras de pemmican, tres sacos de galleta, una pequeña cantidad de chocolate, aguardiente y unas dos libras de café que se recogieron sobre el hielo, grano tras grano.

No se hallaron mantas, ni coys, ni vestidos.

Evidentemente, el incendio los había devorado.

En resumen, el doctor y el contramaestre recogieron los víveres estrictamente necesarios para tres semanas, consumiéndolos de una manera insuficiente para vigorizar a personas extenuadas. Así, pues, a consecuencia de circunstancias desastrosas, Hatteras, después de haber carecido de carbón, estaba en vísperas de carecer de alimentos.

En cuanto al combustible suministrado por los restos del buque, los pedazos de su arboladura y de su casco, podía durar unas tres semanas, y aun así el doctor, antes de destinarlo a calentar la casa de hielo, quería que Johnson le dijese si con aquellos informes despojos se podría reconstruir un buque pequeño, o por lo menos una lancha.

– No, señor Clawbonny –le respondió el contramaestre–, no hay que pensar en eso, no hay una pieza de madera intacta de la que se pueda sacar partido; todo lo que hay no sirve más que para calentarnos algunos días, y después...

– ¿Después, qué? –dijo el doctor.

– ¡Después, Dios dirá! –respondió el bravo marino.

Terminado el inventario, el doctor y Johnson fueron a buscar el trineo. Engancharon a él los pobres perros rendidos de fatiga, volvieron al teatro de la explosión, cargaron aquellos restos tan escasos, pero tan preciosos, y los condujeron cerca de la casa de hielo. Después, medio helados, se sentaron junto a sus compañeros de infortunio.

Sürgöny

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