CAPÍTULO IX
UNA CUESTIÓN DE DERECHO
EL día 22 de mayo el Seamew arribó de madrugada a Ponta Delgada, capital de San Miguel, su última escala en las Azores.
Con una extensión de 770 kilómetros cuadrados y con cerca de 127.000 habitantes, es esta isla la más importante del archipiélago, y la capital, con sus 17.000 almas, es la cuarta ciudad del reino de Portugal. Protegida al Este y al Oeste por dos cabos, la Ponta Delgada, que le da su nombre, y la Ponta Galé, un dique de 850 metros de largo acaba de hacer aún más segura su rada, suficiente para cien buques.
Entre este dique y la orilla fue donde atracó el Seamew, en medio de muchos otros barcos de vela y de vapor. Al Norte se alzaba Ponta Delgada, de seductor aspecto, con sus casas blancas y simétricamente dispuestas. Por todas partes se descubrían, perdiéndose poco a poco en un océano de jardines magníficos, que sirven de una verde aureola a la ciudad.
La mayor parte de los pasajeros habían permanecido acostados hasta muy tarde y por eso no se quiso bajar a tierra durante la mañana. Tres días completos estaban consagrados a la isla de San Miguel y debiendo ser ampliamente suficiente cuatro o cinco horas para recorrer Ponta Delgada, no había por qué apresurarse.
No sin algunas protestas fue, sin embargo, adoptada esta decisión. Algunos manifestaron un muy vivo descontento, y no es necesario decir que Saunders y Hamilton fueron de los más enojados. ¡ Otra vulneración del programa!
¡Aquello resultaba ya verdaderamente intolerable. Acudieron con sus quejas a la administración. La administración respondió que aquellos señores eran libres de bajar a tierra, si el corazón se lo pedía. Replicó Saunders que debían bajar todos con el administrador y el intérprete, y, por supuesto, a expensas de la agencia. Aconsejóle entonces Thompson que tratara de persuadir a sus compañeros, terminando la entrevista en un tono bastante agrio.
Tan sólo, en suma, dos pasajeros desembarcaron durante la mañana: la indómita pareja de recién casados, que viajaba a su manera.
Thompson creyó estar seguro de no volverles a ver hasta la hora misma de la partida.
En cuanto a Saunders y Hamilton, tuvieron que tascar el freno. Con cuatro o cinco de sus compañeros, tan desagradables casi como ellos mismos, ocuparon sus ocios en un cambio de amables comentarios.
No era muy numeroso aquel grupo de oposición; existía, sin embargo, y Thompson vióse obligado a hacer constar que sus adversarios hacían prosélitos. Por primera vez, una escisión leve, pero real, separaba a los huéspedes del Seamew en dos campos muy desiguales, por fortuna. El motivo era fútil, pero parecía que todos los precedentes agravios volvían a la memoria y se juntaban para dar, sin razón, mayores proporciones al incidente actual.
Thompson se remitió al porvenir.
Después del almuerzo, cuando las embarcaciones hubieron depositado a todo el mundo sobre el muelle –salvo al irreconciliable Johnson–, se procedió, bajo la dirección de Roberto, a la visita de la ciudad en correcta formación, lo que parecía anunciar la concordia.
De este modo se visitaron las iglesias y conventos que encierra Poma Delgada: y bajo la obsesión de las campanas, agitadas sin cesar, se recorrieron hasta la noche sus calles sucias y estrechas.
¡Qué decepción! Las casas, tan blancas de lejos, aparecían de cerca feas y desteñidas. Por el centro de la calle innumerables cerdos, enormes en su mayor parte, y por medio de los cuales era preciso abrirse paso, se paseaban a sus anchas. ¿Y aquel cinturón de verdosos jardines? Altas murallas los ponían al abrigo de las miradas. Apenas si por encima de su cresta se percibía de cuando en cuando la cima de esos rosales blancos o camelias, que en San Miguel alcanzan comúnmente la talla de un gran árbol.
Este aburridísimo y monótono paseo disgustaba y contrariaba a ojos vistas a los pasajeros del Seamew. El anuncio del regreso fue, por ende, muy bien acogido.
La columna, al volver a bajar la cuesta, no avanzaba ya en el orden admirable que hasta entonces había sido respetado. Era, indudablemente, muy grande el respeto a la disciplina para que aquellos calmosos ingleses tuvieran el atrevimiento de faltar abiertamente a ella de un solo golpe, pero dejábase ya sentir un evidente cansancio. Varios intervalos separaban ya entre sí las filas, algunas de las cuales habían aumentado ilegalmente en perjuicio y detrimento de las otras. Había algunos rezagados. Veíalo Thompson y suspiraba.
Al llegar a la orilla del mar los turistas hubieron de experimentar gran sorpresa. En el muelle bullía una muchedumbre numerosa, de la que partían irritados clamores. Alzábanse los puños en son de amenaza. Dos partidos se hallaban evidentemente en presencia uno de otro cambiando injurias previas y prontos a transformarlas en golpes. ¿Iba a comenzar de nuevo el alboroto de Tercera?
Thompson, y en pos de él todos los pasajeros, habíanse detenido indecisos. Imposible el llegar a los botes de a bordo a través de la multitud, que impedía el acceso. Quedaban las embarcaciones del país, y, cierto, habíalas en abundancia en el puerto, pero lo que faltaba eran marineros. En torno de los turistas ni un alma. Toda la vida y la agitación hallábanse concentradas frente al Seamew; allí era donde la alborotada muchedumbre parecía hallarse a punto de entablar una lucha, cuyas causas se desconocían.
De pronto dio Thompson un grito. Seis embarcaciones acababan de separarse del muelle y, acompañadas por los aullidos de la multitud, se alejaban a fuerza de remos en dos grupos distintos; tres, parecían querer dar caza a las otras. En todo caso, dirigíanse seguramente hacia el Seamew, y en vista de la experiencia hecha en Tercera acerca del carácter y modo de ser violento de los azorianos, había que abrigar serios temores por el navío. En el colmo de la agitación Thompson se paseaba arriba y abajo del muelle.
Pronto tomó su partido. Halando sobre el cabo que sujetaba uno de los botes más próximos, lo atrajo hacia sí embarcándose resueltamente, arrastrando consigo a Roberto, a quien acompañaban Roger y los Lindsay.
En un instante fue largado el cabo, recogida el ancla y, bajo el impulso de los cuatro navegantes, el bote se dirigió rápidamente hacia el amenazado buque.
Electrizados con este ejemplo, los otros pasajeros se apresuraron a imitarle. Algunas embarcaciones se llenaron, los hombres empuñaron los remos, tan familiares a la mayor parte de los ingleses, y cinco minutos después una escuadra en miniatura turbaba las aguas del puerto con el choque de sus remos.
Al acercarse Thompson al costado del Sea- mew se tranquilizó en parte. Los seis botes sospechosos pertenecían, en efecto, a dos campos opuestos, y su antagonismo aportaba a los sitiados un inesperado socorro. Cada vez que uno de ellos intentaba un movimiento hacia delante, un bote del partido opuesto se ponía de través o hacía imposible la aproximación a la escala, guardada además por un docena de marineros.
– ¿Qué es, pues, lo que aquí ocurre, capitán? –preguntó Thompson, sofocado, saltando sobre cubierta.
– No sé nada, señor –respondió flemáticamente el interpelado capitán.
– ¿Cómo, capitán? ¿No sabe usted nada de lo que ha podido originar esa agitación?
– Absolutamente nada, señor. Estaba yo en mi camarote cuando Mr. Flyship llegó a prevenirme que una muchacha había subido a bordo y que algunos grupos, en amenazadora actitud, se reunían en el muelle. Ignoro si uno de esos hechos se deriva del otro, porque me ha sido totalmente imposible el comprender ni una palabra de la condenada jerigonza de la rapaza.
– ¿Y qué ha hecho usted, capitán, de esa muchacha?
– Está en el salón, caballero,
– Allá voy –dijo Thompson con énfasis, como si hubiera corrido a la muerte–, entretanto continúe vigilando el buque del que es responsable, capitán.
El capitán, por toda respuesta, sonrió en sus barbas con un aire desdeñoso.
La situación, por lo demás, no parecía muy crítica. Los pasajeros habían atravesado sin esfuerzo ni molestias las líneas de los beligerantes. Unos tras otros subían a bordo. El Seamew podía sufrir largo tiempo sin daño un bloqueo tan mal guardado.
En suma; era evidente que si, por motivos desconocidos, el Seamew tenía enemigos en la isla de San Miguel, poseía también, por razones igualmente ignoradas, sólidas alianzas, cuyo concurso, actualmente al menos, bastaba para su defensa.
Thompson y Roberto penetraron en el salón. Según anunciara el bravo capitán, encontraron allí a una jovencita literalmente desplomada sobre un diván, la cara oculta entre las manos y sollozando desconsolada. Al oír llegar a los dos hombres alzóse vivamente, y, haciendo un modesto saludo, dejó ver una encantadora fisonomía, que expresaba en aquel momento la más cruel confusión.
– Señorita –dijo Roberto–, una especie de sublevación rodea a este buque. ¿Podría usted decirnos si esa convulsión popular está de alguna suerte relacionada con su presencia aquí?
– ¡Ay, señor, ya lo creo! –respondió la joven, deshaciéndose en lágrimas.
– En este caso, señorita, tenga usted la bondad de explicarse. Su nombre, en primer término.
– Thargela Lobato.
– ¿Y por qué –volvió a decir Roberto–, por qué la señorita Lobato ha venido a bordo?
– ¡Para ser protegida contra mi madre! – respondió resueltamente la joven azoriana.
– ¡Contra su madre!
– Sí, es una mujer perversa... Y después...
– ¿Y después? –insistió Roberto.
– Y después –murmuró la joven Thargela cuyas mejillas se pusieron color de púrpura–, después... a causa de Joaquín Salazar.
– ¿Joaquín Salazar? –replicó Roberto–.
¿Quién es ese Joaquín Salazar?
– Mi novio –contestó Thargela, cubriéndose la cara con las manos.
Retorcióse Roberto el bigote, con un gesto de contrariedad y fastidio. Aquel asunto iba tomando un aspecto ridículo. ¿Qué hacer con aquella joven? Según observó Thompson con impaciencia, no habían ido ellos a San Miguel para proteger los amores de las muchachas contrariadas en sus inclinaciones. Roberto juzgó, no obstante, que con un poco de moral bastaría para calmar aquella loca cabecita.
– Veamos, veamos, hija mía –dijo Roberto con tono bondadoso y protector–, es menester que vuelva usted a su casa: usted, sin duda, no ha reflexionado en que es una mala acción rebelarse contra su madre.
Thargela se enderezó vivamente.
– ¡Ella no es mi madre! –gritó con voz ronca y con las mejillas pálidas por una súbita cólera– . Yo soy una niña abandonada y entregada a esa miserable mujer, cuyo nombre llevo a falta de otro que unir al de Thargela. Y, además, aun cuando ella fuese mi madre, no tendría el derecho de separarme de Joaquín.
Y, desplomándose sobre la banqueta,
Thargela prorrumpió de nuevo en amargo llanto.
– Todo esto es muy bonito, mi querido señor –dijo Thompson a Roberto–; pero, al fin y al cabo, por triste que sea la situación de esta muchacha, nada nos interesa y nada podemos hacer en su obsequio. Hágaselo usted comprender así. Es tiempo de que tenga término ya esta comedia.
Pero a las primeras palabras que pronunció Roberto para explicar su impotencia, alzó Thargela su rostro, iluminado por una alegría triunfante.
– ¡Usted puede, usted puede hacerlo...! ¡Esa es la ley! –decía.
– ¿La ley? –dijo Roberto.
Mas en vano repitió la pregunta bajo mil diversas formas. La ley estaba en su favor;
Thargela lo sabía, y no sabía más que eso.
Además, si aquellos señores ingleses querían informarse mejor, ¿por qué no llamaban a Joaquín Salazar? No estaba lejos. Él lo sabía todo y él contestaría a todas las preguntas.
Sin esperar respuesta, Thargela arrastrando a Roberto sobre cubierta, le llevó a babor y le mostró, con una sonrisa que iluminó todo su semblante, a un robusto mancebo junto a la barra de una de las embarcaciones beligerantes.
– ¡Joaquín Joaquín! –llamó Thargela.
A aquel grito contestaron vociferaciones.
En cuanto al timonel, dando un golpe de barra, se acercó al Seamew y saltó sobre cubierta, en tanto que su embarcación volvía al teatro de la lucha.
Era en verdad un hermoso muchacho, de aspecto franco y decidido. Su primer cuidado, tan pronto puso el pie en el buque, fue el de alzar a Thargela en sus brazos y darle a la faz del cielo y de la tierra un par de sonoros besos que hicieron aumentar los alaridos en los dos campos contrarios. Cumplido ese deber, un animado coloquio se entabló entre ambos novios, y después, por fin, volviéndose Joaquín hacia los pasajeros, que contemplaban la escena con curiosidad, les agradeció en términos de gran nobleza el auxilio que querían prestar a su querida Thargela.
Roberto tradujo con toda fidelidad.
Thompson no pudo reprimir un gesto de contrariedad. ¡Vaya un diplomático el muchacho aquél! ¿No le comprometía ahora delante de la tripulación y de los pasajeros?
Joaquín, no obstante, continuaba su improvisada arenga. Lo que había dicho Thargela era exacto. La ley de las Azores permitía a los muchachos casarse a su gusto, empleando el medio que ella había adoptado. Bastaba abandonar, con ese fin, la casa de los padres para escapar a su autoridad y para caer bajo la del juez, obligado entonces, si a ello era requerido, a dar la autorización anhelada. Cierto que Joaquín no conocía los pormenores de esa ley, pero podía ir en el acto a casa del corregidor que ilustraría a aquellos caballeros ingleses, tanto sobre el valor moral de la mujer Lobato como sobre los derechos de su pupila Thargela y del novio de esta última. Y si se le preguntaba el porqué de haber escogido Thargela al Seamew como refugio más bien que la casa de un amigo, era sencillamente porque los pobres no tienen amigos: además, la mujer Lobato, semihechicera, semiprestamista, tenía a merced suya, ya por temor, ya por interés, la mitad del pueblo, según lo probaba la actual manifestación. En tierra firme Thargela hubiera corrido el riesgo de ser recuperada. A bordo del Seamew, bajo la salvaguardia del noble pueblo inglés, no había, con toda seguridad, de ocurrir lo mismo.
Terminada su arenga, el hábil orador se detuvo.
Su rasgo final había sido de efecto. La joven azoriana pudo ver la prueba de ello en el cambio de actitud de Sir Hamilton. Sin conocerle, se había acercado a convencer a aquel personaje, cuyo traje y apostura le designaron ante ella como el más principal de sus oyentes.
Hamilton había perdido su frialdad; hasta había llegado a aprobar con una señal de cabeza la conclusión del discurso.
Thompson, indeciso, lanzaba miradas furtivas a derecha e izquierda.
– ¿Qué piensa usted de todo esto, capitán? – dijo.
– ¡ Hum! –dijo el capitán haciéndose modestamente a un lado.
Mas, a sus espaldas, el fiel Artimón se hallaba en su puesto.
– Vos que sois un gentleman inglés –dijo a aquel viejo amigo–, ¿rechazaríais a una mujer, señor?
– ¡Hum! –dijo a su vez Thompson, deslizando hacia los pasajeros una mirada incierta.
– ¡A fe mía, caballero! –dijo Alice Lindsay, avanzando valerosamente fuera del círculo de sus compañeros–, creo yo que, sin prejuzgar nada, podría, cuando menos, hacerse lo que propone ese joven; es decir, ir a casa del corregidor, que nos indicará nuestro deber.
– ¡Hágase, pues, según usted desea, Mrs.
Lindsay! –dijo Thompson–. La agencia nada puede negar a sus clientes.
Sonaron bravos. Era indudable que la joven pareja había hecho la conquista de los pasajeros del Seamew. Tan sólo Hamilton dejó de unir los suyos a aquellos aplausos. Fenómeno sorprendente: su actitud, correcta siempre, había vuelto de súbito a ser glacial. Habiendo en cierto modo tomado la dirección una ciudadana americana, el negocio había cesado en seguida de interesarle. Aquello, en lo sucesivo, era una cosa que habían de arreglar entre sí dos pueblos inferiores: portugueses y americanos.
Inglaterra, en su persona, nada absolutamente tenía que ver en ello.
– En todo caso, esa partida –dijo Thompson– no podrá efectuarse hasta después de comer, cuya hora debe haber pasado ya con exceso. Habrá entonces que atravesar la línea de los sitiadores. Debería usted, mi querido profesor, someter el caso a ese muchacho.
– Yo me encargo de ello –declaró Joaquín, una vez enterado de la cuestión.
Aproximándose a la borda, participó a los beligerantes la resolución adoptada. Su comunicación fue acogida de diversas maneras. Pero al fin, desde el momento en que no se trataba ya de un rapto con la complicidad de extranjeros; desde el momento en que el negocio debía recibir una solución regular, no había sino someterse a ella. Los que rodeaban al Seamew se separaron inmediatamente, y cuando, una vez terminada la comida, Thompson y Roberto, en compañía de Joaquín, desembarcaron sobre el muelle, lo encontraron en una calma relativa.
Los tres compañeros llegaron al despacho del corregidor escoltados por un muy numeroso concurso de populacho. El corregidor no estaba y un agente tuvo que salir en su busca.
Pronto llegó. Era un hombre de mediana edad, calvo, con un tinte de ladrillo cocido, revelando un temperamento irascible y bilioso. Irritado sin duda, por aquella imprevista llamada, interrogó con bastante acritud a sus visitantes.
En pocas palabras púsole Roberto al corriente de los hechos y le pidió su opinión. Pero, por muy rápidamente que expusiera el negocio, había sido aún demasiado prolijo para la impaciencia del corregidor, cuyos dedos tecleaban sobre la mesa tras de que se hallaba sentado una marcha sumamente agitada.
– Mujer Lobato –contestó con estilo telegráfico–, reputación deplorable; Joaquín Salazar y Thargela, excelente. Derecho absoluto en esta última para refugiarse donde le convenga y de casarse con quien bien le pareciese, cuando yo, corregidor, lo hubiere así ordenado. Tal es la ley. Sin embargo, no puedo dar semejante orden mas que si Thargela la reclama, de viva voz, o por una demanda escrita.
– Hela aquí –dijo vivamente Joaquín, alargando una carta al corregidor.
– ¡Bien! –dijo éste cogiendo una pluma, de que hubo de servirse para trazar un conminatorio párrafo sobre una hoja impresa–. «Hoy el 22. Matrimonio el 25. Yo designo a don Pablo Terraro, iglesia de San Antonio.»
El corregidor se levantó y apoyó violentamente el dedo sobre un timbre, a cuya señal dos agentes penetraron en el despacho del magistrado.
– ¡ Señores, buenas noches! –pronunció éste, en tanto que los tres compañeros se encontraban en la calle.
– ¡ He aquí un negocio arreglado, valiente! – dijo Roberto a Joaquín–. Dentro de tres días se casará usted con Thargela.
– ¡Oh, señores, señores! ¿Cómo agradecérselo? –exclamó Joaquín, apretando efusivamente las manos de los complacientes extranjeros.
– Haciendo feliz a su mujer –dijo Roberto, riendo–. Pero, ¿qué va usted a hacer hasta el día de su boda?
– ¿Yo? –preguntó Joaquín sorprendido.
– Sí. ¿Nada teme usted de esos energúmenos de hace un rato?
– ¡Bah! –dijo con despreocupación el bravo muchacho, mostrando ambos puños–. ¡Yo tengo esto!
Y silbando alegremente una danza, perdióse en las sombrías calles de la capital de San Miguel.