Agencia Thompson y Cia.

CAPÍTULO XXVIII

EN EL QUE LA EXCURSIÓN DE LA

AGENCIA THOMPSON LLEVA TRAZAS DE ADQUI- RIR INSOSPECHADAS PROPORCIONES R OBERTO Morgand siguió, con paso regular y ligero, el camino del Sur, rodeando las dunas más altas y franqueando las demás. A fin de darles valor, había disimulado algo la situación verdadera ante sus compañeros; pero no se equivocaba. Era preciso atravesar ciento sesenta kilómetros antes de llegar al radio de la influencia francesa.

Ciento sesenta kilómetros, a una marcha persistente de seis kilómetros por hora, representan tres días de viaje y de esfuerzos, a razón de diez horas diarias De andar.

Roberto resolvió hacer aquel mismo día las diez horas de marcha. Habiendo partido a las tres de la tarde, no se detendría hasta la una de la madrugada, para volver a partir al amanecer.

De esta suerte ganaría veinticuatro horas.

El sol declinaba en el horizonte. Una fresca brisa soplaba del mar, estimulando el ardor del valeroso joven, que hacía cinco horas que continuaba su marcha.

Antes de una hora se haría de noche, y la marcha entonces sería suave sobre aquella arena firme que ofrece al pie un elástico punto de apoyo.

En torno a Roberto se hallaba el desierto con toda su punzante tristeza. Ni un pájaro, ni un ser animado en aquella inmensidad que su mirada podía de tiempo en tiempo recorrer hasta el horizonte, según las expansiones y depresiones caprichosas de las dunas. Sobre aquella extensión, árida y triste, sólo algunas palmeras indicaban la vida latente de la tierra.

La tempestad había cesado y del cielo caía la majestad de la noche; todo era tranquilidad y silencio; ningún ruido, salvo el del mar que cantaba al romper sus olas en la playa.

De pronto, detúvose Roberto. Ilusión o realidad, el silbido de una bala hizo vibrar el aire a dos centímetros de su oreja, seguido de una detonación ahogada en la grandeza de aquella playa sin eco.

De un salto Roberto se volvió, y a menos de diez pasos de él, llegado hasta allí a favor del tapiz de arena que ahogara sus pasos, vio a Jack Lindsay que le apuntaba, con una rodilla puesta en tierra.

Sin perder un instante lanzóse Roberto sobre aquel asesino, sobre aquel cobarde. Un choque detuvo su impulso, un dolor vivo le mordió en la espalda, y como una masa inerte cayó hacia adelante, hundida la cara en la arena.

Realizada su obra, Jack Lindsay huyó con rapidez. Ni se tomó siquiera la molestia de ir a asegurarse de la muerte de su enemigo. ¿A qué ni para qué? En semejante desierto, muerto o herido, ¿no era lo mismo? De todas suertes, el emisario de los náufragos no llegaría a su objetivo y el socorro no acudiría.

Haber detenido al correo de sus compañeros de infortunio era algo, pero no era todo.

Para que Jack Lindsay llegara a convertirse en dueño de uno de ellos era preciso que todos cayesen en su poder.

Jack Lindsay desapareció tras las dunas, dispuesto a proseguir su obra comenzada ya.

Roberto –muerto o herido– yacía sobre la arena. Desde que cayó en aquel sitio una noche ha transcurrido; el sol ha descrito en el cielo su curva diurna, hasta su caída en el horizonte;

después una segunda noche ha comenzado, que ya se termina, toda vez que un vago resplandor enrojece el cielo por el Oriente.

Durante aquellas largas horas ni un solo movimiento ha llegado a decir si le queda a Roberto un soplo <de vida. Por otra parte, aunque viva, el sol, cruzando sobre él por segunda vez, va seguramente a señalar su último día.

Pero algo se ha movido junto al cuerpo inmóvil. Un animal se agita, araña y remueve la arena sobre la que reposa el semblante de Roberto.

Así el aire puede llegar libremente hasta los pulmones, si éstos conservan la facultad de respirar.

Roberto lanza algunos gemidos confusos e intenta luego levantarse: un cruel dolor en el brazo izquierdo le hace caer de nuevo contra el suelo.

Ha tenido, no obstante, tiempo de reconocer a su salvador.

– ¡ Artimón! –suspiró, próximo a desvanecerse de nuevo.

AI oírse llamar por su nombre. Artimón respondió con ladridos delirantes. Se multiplica, se apresura; su lengua mojada y tibia se pasea por la cara del herido, desembarazándola de la amalgama de arena y de sudor acumulada en ella.

La vida afluye ahora en el corazón de Roberto. Al propio tiempo, renace el recuerdo de las circunstancias de su caída.

Con precauciones esta vez renueva su esfuerzo, y pronto hele de rodillas; arrástrase luego hasta la orilla del mar, y la frescura del agua acaba de reanimarle.

El día avanza. A costa de mil fatigas logra entonces desnudarse y examina su herida. La bala ha venido a aplastarse en la clavícula, sin romperla, y cae a la primera tentativa. Sólo la presión violenta de un nervio ha sido la causa del espantoso dolor, y el desvanecimiento no se ha prolongado más que por la pérdida de sangre y la disminución de la respiración, producida por la arena. Con lucidez Roberto comprende todo esto y, metódicamente, venda la herida, cubriéndola con su pañuelo, que moja en agua salada. Una flexibilidad relativa ha vuelto ya al miembro herido. Si no fuera por la debilidad. Roberto estaría en situación de volver a emprender la marcha.

Es preciso vencer aquella debilidad, y Roberto procede en el acto a hacer su primera comida, que comparte con Artimón.

Pero Artimón sólo a regañadientes parece aceptar el alimento que se le ofrece. Va y viene, agitado por una evidente inquietud. Su compañero se extraña, al fin, de aquellas actitudes insólitas.

Coge al perro en sus brazos, le habla, le acaricia... y, de pronto, advierte un papel colocado en el collar del animal.

«Campamento invadido. Hechos prisioneros por los moros. – Pip.»

He ahí la terrible nueva que Roberto conoce, tan pronto como ha abierto el billete.

¡Prisioneros de los moros...! ¡También Alice, por consiguiente! ¡Y Roger, y Dolly!

En un instante ha empaquetado Roberto el resto de sus víveres. No hay tiempo que perder, debe marchar; marchará.

El alimento ingerido le ha devuelto las fuerzas, que decuplica la voluntad.

– ¡ Artimón! –llamó Roberto, presto a partir.

Pero Artimón no está allí, y Roberto, mirando en torno, no descubre más que un punto imperceptible que se aleja, disminuyendo, a lo largo del mar. Es el perro, que, cumplida su misión, marcha a dar cuenta de ella a quien tiene derecho a pedírsela. La cabeza baja, la cola entre las piernas, corre, sin una parada, sin una distracción, con toda la velocidad de sus patas hacia la idea fija, hacia el amo.

– ¡Valeroso animal! –murmura Roberto, poniéndose en marcha.

Maquinalmente echa una mirada a su reloj y advierte con sorpresa que está parado a la una y treinta y cinco... ¿De la noche o de la tarde? Recuerda, no obstante, muy bien, que le había dado cuerda poco antes del traidor ataque de Lindsay. Su pequeño corazón de acero ha debido, pues, latir durante una noche y un día enteros, y tan sólo a la siguiente noche es cuando ha cesado el tictac. Ante aquel pensamiento, siente Roberto que gotas de sudor corren por su frente. Así, pues, ¡había estado inmóvil durante cerca de treinta horas! Caído en la tarde del 9 de julio, era en la mañana del 11 cuando se había despertado. ¿Qué iba a ser de todos los que esperaban en él?

Pero esa era una nueva razón para apresurarse, y Roberto apretó el paso después de poner su reloj en hora con el sol, que indicaba aproximadamente las cinco de la mañana.

Marchó de ese modo hasta las once, concediéndose luego un breve descanso, y durmió con un sueño reparador, puesta la cabeza a la sombra de unas palmeras. Aquel sueño hízole mucho bien. Cuando despertó, a las cuatro, sintióse enérgico y fuerte como antes. Volvió a partir, y hasta las diez de la noche no se detuvo.

Llevaba andadas doce horas de marcha, durante las cuales franqueó setenta kilómetros, por lo menos.

Al día siguiente vuelve a empezar, y siempre sin detenerse. Pero este día es más duro que la víspera; la fatiga acomete al valeroso caminante. Por accesos violentos asáltale la fiebre, y su herida le hace sufrir cruelmente.

Tras su descanso a mitad del día, apenas puede volver a ponerse en marcha; va, no obstante, dejando atrás los kilómetros, cada uno de los cuales añade un suplicio al precedente.

Por fin, al crepúsculo, masas sombrías aparecen. Es la región de los gomeros. Llega Roberto a aquellos árboles, cae agotado al píe de uno de ellos y se duerme con un sueño profundo.

Al despertar, el sol se ha elevado ya sobre el horizonte. Es el día 13 de julio, y Roberto se reprocha el haber dormido tan largo tiempo. Es tiempo perdido que hay que volver a ganar.

Pero ¿cómo ganarlo con aquella debilidad que le aplasta? Sus piernas están flojas, su lengua seca, pesada su cabeza. Le devora la fiebre.

Su brazo está inmovilizado por la inflamación de la espalda... ¿Qué importa...? ¡Marchará de rodillas, si es preciso!

A la sombra del gomero donde había caído rendido la víspera, Roberto forzó a su estómago a aceptar el alimento que rechazaba. Era necesario comer para estar fuerte, y con firmeza devoró su último trozo de bizcocho y bebió su última gota de agua.

En lo sucesivo no se detendría hasta haber alcanzado el fin.

Son las dos de la tarde. Habiendo partido a las seis de la mañana. Roberto prosigue sin tregua su interminable camino. Desde hace largo tiempo comprende que se va debilitando y que apenas si avanza un kilómetro por hora... ¡No importa...! Marcha siempre resuelto a luchar mientras le quede un soplo de vida.

Pero he ahí que la lucha resulta ya imposible. Los ojos del desdichado pestañean, y todo un calidoscopio danza ante sus delicadas pupilas. Los latidos de su corazón disminuyen en fuerza y pierden su ritmo regular. El aire falta a sus pulmones. Roberto se siente resbalar poco a poco a lo largo del gomero, contra el que se ha apoyado desesperadamente.

En tal momento –es, sin duda, una alucinación de la fiebre– cree ver pasar bajo la enramada una tropa numerosa. Los fusiles brillan.

La blancura de los cascos refleja los rayos del sol.

– ¡A mí! –murmura Roberto que cae al suelo definitivamente vencido.

Aquel momento en que Roberto sucumbía de esa suerte sobre la devoradora tierra africana, era precisamente el mismo que al partir había fijado para su regreso. Los náufragos no habían olvidado la cita que les diera, y contaban las horas esperando la salvación.

Ningún cambio notable se había verificado en su situación desde que habían caído en poder de los moros. El campamento continuaba en su sitio, cerca de la Santa María.

Cuando el capitán Pip comprendió la nueva desgracia que les hería, no intentó una resistencia inútil. Dócilmente se dejó amontonar con todos los demás en un grupo confuso que rodeaba un triple círculo de Africanos armados.

Ni aun se encolerizó contra los dos marineros de guardia que al ocurrir la sorpresa tan mal habían cumplido su misión. El mal estaba hecho. ¿De qué hubieran servido las recriminaciones?

El capitán Pip se preocupó única y exclusivamente de ver si en aquella situación desesperada podría hacer algo útil por la salvación general. Ocurriósele en seguida que sería conveniente instruir a Roberto de los últimos acontecimientos, si había medio de lograrlo. Ahora bien, ese medio teníalo a su disposición el capitán, y resolvió emplearlo sin tardanza.

En la sombra, emborronó un papel y lo colocó en el collar de Artimón, sobre cuyo hocico depositó gravemente un beso. Luego, habiéndole hecho oler un objeto perteneciente a Roberto, le indicó la dirección del Sur, excitándole con la voz.

Partió Artimón como una flecha, y en menos de un segundo desapareció en la noche.

Gran sacrificio hacía con ello el pobre capitán. ¡ Exponer así a su perro! Mejor habría querido exponerse a sí mismo. No había, empero, vacilado, juzgando indispensable poner en conocimiento de Roberto unos sucesos que modificarían tal vez sus proyectos.

No importa. Las últimas horas de la noche fueron penosas para el capitán, cuyo pensamiento corría con su perro a lo largo de las playas batidas por el Atlántico.

Al ser de día se vio toda la extensión del desastre. El campamento estaba asolado, las tiendas deshechas, las cajas de la trinchera, abiertas, dejaban ver su contenido.

Todo lo que pertenecía a los náufragos hallábase reunido en un montón, que representaba en lo sucesivo el botín del vencedor.

Fuera del campamento el espectáculo era más triste todavía. Sobre la arena dos cuerpos tendidos se destacaban vivamente, y en aquellos dos cadáveres el capitán reconoció, suspirando, a los dos marineros de guardia, y a quienes se alegró entonces de no haber acusado en su interior. En medio del pecho de ambos, casi en el mismo sitio, un puñal estaba clavado hasta el mango.

En cuanto el día avanzó algo más, hubo cierta agitación entre los Africanos. Pronto uno de ellos, el cheik sin duda, se separó de los demás y se dirigió al grupo de los náufragos. El capitán salió en seguida a su encuentro.

– ¿Quién eres tú? –preguntó el cheik en un mal inglés.

– El capitán.

– ¿Eres tú el que mandas a esas gentes?

– A los marineros, sí –contestó Pip–. Los demás son pasajeros.

– ¿Pasajeros? –repitió el moro con aire indeciso–. Lleva contigo a los que te obedecen.

Quiero hablar a los demás –prosiguió tras un silencio.

Pero el capitán no se movía.

– ¿Qué quieres tú hacer de nosotros? –se atrevió a interrogar con calma.

– Pronto lo sabrás –dijo–. Vete.

El capitán, sin insistir más, obedeció la orden. Él y sus hombres formaron un grupo separado del de los turistas.

El cheik pasaba lentamente por en medio de éstos y les interrogaba con una extraña insistencia. ¿Quién era...? ¿Cómo se llamaba,..?

¿Cuál era su país...? ¿Cuál su fortuna...?

¿Habría dejado familia tras él...? Era un verdadero cuestionario que repetía sin cansarse, y al que cada uno respondía a su capricho diciendo los unos tranquilamente la verdad, amplificando otros su situación social y haciéndose otros más pobres de lo que eran en realidad.

Cuando llegó el turno a las pasajeras americanas, Roger respondió por ellas, y creyó obrar bien dándoles la mayor importancia posible. A su juicio ese era el medio mejor de salvar su existencia. Pero el cheik le interrumpió a las primeras palabras.

– No es a ti a quien hablo –dijo sin brutalidad–. ¿Son acaso mudas esas mujeres?

Roger permaneció un instante callado.

– ¿Eres tú su hermano...? ¿Su padre...? ¿Su marido?

– Esta es mi mujer –creyó poder permitirse afirmar Roger, designando a Dolly.

El moro hizo un gesto de satisfacción. – ¡Bueno! –dijo–. ¿Y ésta?

– Es su hermana. Ambas son grandes damas en su país.

– ¿Grandes damas? –insistió el moro, para quien tales palabras parecieron desprovistas de significación.

– Sí, grandes damas: reinas.

– ¿Reinas?

– En fin, su padre es un gran jefe –explicó Roger, falto ya de imágenes.

Esta última pareció producir el efecto deseado.

– Si... General, general –tradujo libremente el moro, con aire satisfecho.

– ¿Y cuál es el nombre de la hija del gran jefe? –Lindsay –respondió Roger.

– ¡Lindsay! –repitió el moro, que por una razón misteriosa parecía complacerse en la consonancia de esas sílabas–. ¡Lindsay...! ¡Bueno! – añadió, pasando Roger de Sorgues y a sus protegidas.

El prisionero siguiente no era otro que Thompson. ¡Cuan disminuido de su importancia estaba el infortunado administrador general! –¿Qué llevas tú ahí? –le preguntó el cheik bruscamente.

– ¿Aquí...? –balbució Thompson.

– Sí.. , ese saco.. ¡Trae! –mandó el moro, echando mano a la preciosa bolsa que Thompson había conservado en bandolera.

Instintivamente hizo éste un movimiento hacia atrás. Dos Africanos se lanzaron sobre él en seguida, y Thompson viose aliviado en un instante de su querido fardo, sin que se atreviese a llevar más lejos una resistencia inútil.

El cheik abrió la bolsa conquistada, y brillaron de placer sus ojos.

– ¡Bueno...! ¡Muy bueno! –exclamó.

Absolutamente aniquilado, su prisionero estaba muy lejos de ser de la misma opinión.

A continuación de Thompson, como era de suponer, Van Piperboom, de Rotterdam, mostraba su vasta corpulencia. No parecía conmovido. Tranquilamente reducía a humo enormes cantidades de tabaco, abiertos curiosamente sus pequeños ojos sobre los alrededores.

Contemplóle el cheik durante algún tiempo con una evidente admiración.

– ¿Tu nombre? –preguntó al fin. – Ik begryp niet wat... El cheik prestó oído atento.

– ¿Tu nombre? –insistió.

– Ik ben de Herr Van Piperboom mit Rotterdam

– repitió Van Piperboom, que añadió melancólicamente–: Overigens waartoe dien hit.

El cheik alzó los hombros y continuó su tarea, sin dignarse responder al gracioso saludo del incomprensible holandés.

La repetición de las mismas preguntas no le cansaba; las hacía a todos, escuchando atentamente las respuestas. Ninguno escapó a su paciente investigación.

No obstante, fuese por una inexplicable distracción, fuese de propósito deliberado, hubo uno a quien no se le interrogó, y éste era Jack Lindsay.

Alice, siguiendo con la mirada la fila de los náufragos, había tenido la sorpresa de descubrir a su cuñado. Confundido con los demás, observó con inquietud que no se le sometió a la regla común.

La ausencia real y efectiva de Jack Lindsay, su retorno, la indiferencia del cheik moro, aquel conjunto de hechos produjo en el ánimo de Alice una turbación que sólo reuniendo toda su energía alcanzó a dominar.

Terminado el interrogatorio, retirábase el cheik entre los suyos, cuando el capitán Pip le cortó audazmente el paso.

– ¿Quieres decirme tú ahora lo que piensas hacer de nosotros? –preguntóle de nuevo con una flemática calma que nada era capaz de arrebatarle.

El cheik frunció las cejas, y luego, habiendo reflexionado, movió indolentemente la cabeza.

– Sí –dijo–. A los que puedan pagar rescate les será devuelta la libertad.

– ¿Y los demás?

– ¡Los demás...!

Con un gesto señaló el moro el amplio horizonte.

– La tierra de África –dijo– necesita esclavos. Los jóvenes tienen la fuerza y los viejos la sabiduría.

Hubo entre los náufragos una explosión de desesperación. Así, pues, la muerte o la ruina: he ahí lo que les esperaba.

En medio del general abatimiento, Alice conservaba intacto un valor que fundaba en su confianza absoluta sobre Roberto. Llegaría éste a las avanzadas francesas, y a la hora señalada libraría a sus compañeros de naufragio. Sobre este punto no abrigaba la menor duda.

Indudablemente, pues, no habría sido su confianza tan completa ya si se hubiese hallado en el lugar del capitán Pip.

Hacia las ocho de la mañana, éste, con una alegría inmensa que oculto cuidadosamente, había visto volver a Artimón, cuyo regreso había pasado tan inadvertido como la partida.

Artimón, por lo demás, demostrando un instinto extraordinario, en vez de lanzarse a la carrera como un loco, había rondado largo tiempo en torno del campamento antes de deslizarse cautelosamente dentro de él.

El capitán alzó ávidamente el perro en sus brazos, y bajo la intensa emoción que le oprimía el ánimo, gratificó al inteligente animal con la misma caricia con que le confortara a la partida, y a la cual no le habituara hasta entonces.

Con una mirada habíase cerciorado de la desaparición del billete, llegado, por consiguiente a su destino, y había sacado de este hecho conclusiones favorables a los resultados de la aventura.

Una reflexión, empero, vino a amargar su alegría. Habiendo partido a la una y vuelto a las ocho de la mañana, había, por lo tanto, empleado Artimón siete horas en franquear, a la ida y a la vuelta, la distancia que separaba a los náufragos de Roberto Morgand. Éste, pues, tras día y medio de viaje, había andado treinta kilómetros a lo sumo. Hasta allí un misterio a propósito para turbar el espíritu mejor equilibrado, misterio del que el capitán no quiso dar cuenta a sus compañeros.

Éstos, reconfortados poco a poco, volvían lentamente a acariciar la esperanza que al alma humana no abandona más que con la vida, y los días 12 y 13 de julio se pasaron bastante bien.

Los moros emplearon estos días en vaciar por completo la Santa María y hasta en desmontar del buque todo lo que era desmontable, y que, constituyendo para ellos un tesoro, fue amontonado sobre la playa para ser llevado después por la tropa.

Terminóse este trabajo el 14 de julio, y los moros entonces se entregaron a una serie de preparativos que anunciaba una próxima partida.

Al día siguiente, sin duda, sería preciso abandonar la playa, si antes no habían sido libertados.

Aquel día 14 pareció muy largo a los desventurados náufragos. Según su promesa, Roberto debía hallarse de regreso desde la víspera. Aún contando con todas las dificultades de semejante viaje, el retraso comenzaba a resultar anormal. A excepción del capitán, que se había guardado de dar sus razones y dejaba que sus compañeros explorasen el horizonte del Sur, todos se manifestaban sorprendidos, y no tardaron en irritarse y acusar a Roberto. ¿Por qué, después de todo, habría de haber regresado?

Ahora que se hallaba probablemente en seguridad, hubiera sido bien necio en exponerse a semejantes riesgos.

El alma de Alice no conocía aquella ingratitud ni aquella debilidad. ¡ Roberto hacer traición! Eso no se discutía siquiera... ¿Muerto...?

Esto sí... tal vez... Pero inmediatamente algo protestaba en ella contra la posibilidad de semejante hipótesis, y encontraba más firme su confianza inquebrantable en la felicidad y en la vida.

No obstante, todo el día 14 transcurrió sin dar la razón a su optimismo, y lo mismo sucedió con la siguiente noche.

Salió el sol el 15 de julio sin que se hubiera modificado en nada la situación de los náufragos.

Al alba los moros habían cargado sus camellos, y a las siete de la mañana dio el cheik la señal de partida. Un pelotón de jinetes en la vanguardia y los demás colocados en dos filas;

fue preciso resignarse a obedecer.

Entre la doble fila de sus carceleros, prisioneros y prisioneras marchaban a pie, en una sola línea, unidos unos a otros por larga cuerda que rodeaba los cuellos y sujetaba las muñecas.

Toda evasión en aquellas condiciones era imposible, aún admitiendo que el desierto que les rodeaba no hubiera constituido una barrera suficiente.

El capitán Pip, que marchaba a la cabeza, detúvose resueltamente, y dirigiéndose al cheik:

– ¿Adonde nos lleva usted? –le preguntó con firmeza.

Por toda respuesta, el cheik alzó su látigo y golpeó a su prisionero en el rostro.

– ¡Marcha, perro! –exclamó.

El capitán, cuya sangre empezó a correr, no se movió. Con su aire flemático repitió la pregunta.

Alzóse de nuevo el látigo. Pero contemplando el enérgico rostro del que le interrogaba, y después la larga fila de los prisioneros que tenía que conducir, y cuya sublevación no habría dejado de proporcionarle serios contratiempos, bajó el cheik el arma amenazadora.

– ¡A Tombuctú! –respondió, mientras el capitán, satisfecho, consentía en emprender la marcha.

Sürgöny

Feladó-hivatal: a világháló · Rendeltetési hely: a Nautilus fedélzete

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