Agencia Thompson y Cia.

CAPÍTULO XIII

LA SOLUCIÓN DE UN ANAGRAMA

A900 kilómetros del punto más próximo de Europa, a 700 de Marruecos, a 400 del archipiélago de las Canarias, separada por 400 millas marinas de Santa María de las Azores, extiéndese Madera en una longitud de cerca de 70 kilómetros, casi en la intersección del grado 33 de latitud Norte y del grado 17 de longitud Oeste.

Imposible imaginar oasis más grandioso en el inmenso sahara del mar.

De la cadena montañosa, que alcanza su extrema cresta a 1.900 metros y corre cerca de la costa norte de la isla –de la que forma algo así como su gigantesca espina dorsal–, despréndense varios afluentes de aquel conjunto de cimas que, separadas por profundos valles de lujuriante vegetación, va a morir al mar en ásperos promontorios.

A pesar de sus rocas, a pesar de los violentos desniveles de que se halla atormentada la isla, es de aspecto dulce y suave. Un incomparable manto de verdura, suavizando los ángulos demasiado agudos, redondeando las cimas sumamente puntiagudas, cae en cascadas hasta el último límite de los promontorios.

En ningún otro punto del globo tiene la vegetación aquella energía y aquella exuberancia. En Madera, nuestros arbustos se convierten en árboles y nuestros árboles adquieren proporciones colosales. Allí, más todavía que en las Azores, se alzan unos al lado de otros los vegetales de los más diversos climas; allí prosperan las flores y los frutos de las cinco partes del mundo. Los senderos están cargados de rosas y basta inclinarse para coger fresas en medio de la hierba.

¡Qué sería, por consiguiente, aquella isla paradisíaca en el instante de su descubrimiento, cuando los árboles, relativamente jóvenes hoy, y muchas veces seculares entonces, alzasen sobre las montañas sus frondas gigantes! No era entonces la isla otra cosa que una vasta selva, sin una pulgada de tierra de cultivo, y el primer gobernador debió emplear el incendio para penetrar allí.

Cuentan las crónicas que el fuego ardió durante seis años consecutivos, y se asegura que la fecundidad del suelo proviene de aquél, tal vez necesario, acto de vandalismo.

Pero, sobre todo, a su feliz clima es al que Madera debe su espléndida vegetación. Pocos países pueden comparársele bajo este respecto.

Menos cálida en estío que las Azores, menos fría en invierno, la temperatura en sus dos estaciones extremas apenas si difiere en diez grados centígrados. Es el paraíso de los enfermos.

Por eso acuden por legiones a principios de cada invierno los enfermos, ingleses sobre todo, a pedir la salud de aquel cielo suave y azul.

Esto produce a los habitantes de Madera una suma anual de tres millones de francos; al paso que las tumbas abiertas para los que no vuelven, hacen de Madera, según una dura expresión, «el mayor de los cementerios de Londres».

En la costa meridional de la isla, a la misma orilla del mar, álzase la capital, Funchal. Un millar de buques atracan anualmente en su rada, por la que innumerables barcos de pesca cruzan, mostrando de día los puntos blancos de sus velas y sus fuegos de noche.

Apenas hubo el Seamew echado el ancla, cuando vióse rodeado de una multitud de embarcaciones conducidas por muchachos medio desnudos, cuyas vociferaciones se unían en discordante ruido. En su jerga angloportuguesa ofrecían flores y frutos, o solicitaban de los divertidos pasajeros que arrojasen alguna moneda, que ellos, sorprendentes nadadores, irían a buscar al fondo del agua.

Cuando la Sanidad concedió libre plática, aquellos menudos boteros ofrecieron sus servicios para el desembarque.

Ofertas inútiles por aquel día. Eran ya más de las cinco de la tarde, y resultaba verdaderamente demasiado avanzada la hora para emprender la visita de Funchal.

Tan sólo dos viajeros creyeron deber abandonar el buque. En aquellos dos impacientes se reconocerá al joven matrimonio que paseaba bajo todos los cielos un amor siempre igual.

Llevando cada uno de ellos un saquito, marido y mujer dirigiéronse hacia un bote, al que habían hecho una discreta señal. Fingiendo sentirse molestos, pero brillándoles, a pesar de todo, el gozo en sus ojos bajos, cruzaron rápidos y modosos por en medio de sus compañeros, cuyas miradas de simpatía les siguieron durante algún tiempo.

Los demás permanecieron a bordo.

Señalando el programa una escala de seis días completos en Funchal, no apremiaba en modo alguno el tiempo, tanto más cuanto en dicho programa no se anunciaba ninguna excursión; «26, 27, 28, 29, 30 y 31 de mayo, estancia en Funchal.»

He aquí lo que decía lacónicamente el programa.

¿Era un olvido de Thompson? ¿O bien había supuesto que la isla de Madera no encerraba ningún lugar de interés turístico? El programa no se explicaba sobre aquel punto.

Hamilton se encargó de obtener su suplemento de informaciones.

Desde su última escaramuza Thompson y él no se hablaban. Siempre atento y afectuoso, desbordando amabilidad cuando se acercaba a alguno de los pasajeros, Thompson, ante Hamilton y Saunders, aquellos dos eternos descontentos, permanecía frío y seco, aunque cortés. El baronet se hizo violencia y abordó al odioso Thompson.

– ¿Cómo es, caballero –preguntó con arrogante tono–, que no anuncia usted ninguna excursión durante los seis días de permanencia en Madera?

– Vea usted el programa, caballero – respondió secamente Thompson.

– Muy bien –dijo Hamilton, mordiéndose los labios. –¿Querrá usted decirnos, al menos, dónde piensa alojarnos?

– Vea usted el programa –respondió Thompson imperturbable.

– Pero el programa nada dice sobre el particular. Ninguna indicación, ningún nombre de hotel, nada absolutamente.

– ¿Y este buque, caballero? –objetó Thompson.–¡Cómo! –exclamó Hamilton–. ¿Tendrá usted la pretensión de mantenernos prisioneros a bordo del Seamew? ¿Es eso lo que llama usted ver Madera?

– Vea usted el programa, caballero – respondió por tercera vez Thompson, volviendo la espalda a su irascible administrado.

Mas, yendo de Escila a Caribdis, el infortunado administrador hallóse frente a un nuevo enemigo.

– Verdaderamente, caballero –dijo la voz agria de Saunders–. ¡Hay que ver el programa!

Pero su programa es una estafa. Yo apelo al criterio de todos esos señores.

Y Saunders, con un gesto circular, tomó por testigos a todos los pasajeros, que iban agrupándose en torno de los beligerantes.

– ¡Cómo! –continuó diciendo Saunders–.

¿Nada habría de curioso que mostrarnos en la isla? Después de habernos zarandeado y llevado como un rebaño por países sin habitantes y sin caminos, se atreve usted ahora a retenernos a bordo de su... de su..

Saunders vacilaba.

– De su viejo cascarón, de su infernal barco

– dijo al fin–. ¿Ahora precisamente que llegamos a un país más civilizado?

Thompson, con la mirada perdida en el firmamento, las manos en los bolsillos, agitando dulcemente un manojo de llaves, esperaba flemáticamente el final de la tormenta... Aquella actitud acabó de irritar a Saunders.

– ¡Y bien! –exclamó Saunders–. ¡Esto no quedará así!

– Perfectamente –apoyó Hamilton.

– ¡Ya veremos nosotros si hay jueces en Londres!

– Perfectamente –dijo de nuevo el baronet con energía.

– ¡ Y para empezar, yo bajo a tierra! ¡Yo me voy a un hotel. .! ¡A un hotel de primer orden, caballero...! ¡Y me instalaré en él a expensas de usted!

Saunders, al decir esto, se marchó por la escalera de los camarotes, viéndosele pronto reaparecer y llevándose su maleta, y tras llamar a un bote, dejó el buque con una altiva pero aparatosa dignidad.

Aunque no se entregaran a protestas tan vehementes, la mayor parte de los pasajeros aprobaron las anteriores. No hubo uno sólo que dejase de juzgar severamente la ligereza de la agencia Thompson, y muchos, con toda seguridad, no se limitarían a recorrer la capital de Madera.

Alice y Dolly querían recorrer también un poco la isla; así lo habían resuelto, y de aquel viaje formaría parte, naturalmente, el oficial francés.

Este último fue quien se encargó de obtener de Roberto los indispensables previos informes. A la vez, y aprovechándose de la ocasión, decidió esclarecer una duda que le atenaceaba desde hacía largo tiempo acerca del intérprete del Seamew,

– Una palabra, si usted gusta, mi querido señor –dijo, abordándole después de la comida de la tarde, no sin bosquejar una maliciosa sonrisa.

– A sus órdenes, caballero –respondió Roberto.

– La familia Lindsay y yo deseamos hacer una excursión por el interior de Madera. ¿Tendría usted la bondad de indicarnos el mejor itinerario que debemos seguir?

– ¡Yo. .! –exclamó Roberto, y a la luz de los faroles el oficial vio que enrojecía vivamente–.

¡Yo soy incapaz de ello! ¡Nada sé absolutamente acerca de la isla de Madera!

Por segunda vez dióse cuenta Roberto de que había olvidado sus deberes. Esto le desolaba y le humillaba. ¡Cuan débil voluntad tenía...!

¿Qué pensamientos le distraían así de lo que para él hubiera debido constituir lo esencial?

Al oír aquella confesión de impotencia, había parecido Roger descontento.

– ¡ Cómo! –dijo–. ¿No es usted el ciceroneintérprete de a bordo?

– En efecto –dijo Roberto con tono glacial.

– ¿Cómo es entonces que se encuentra usted en tal ignorancia acerca de la isla de Madera? Prefiriendo Roberto el silencio a una respuesta humillante, respondió con un gesto evasivo.Tomó Roger un aspecto burlón.

– ¿No será –insinuó– que no ha tenido tiempo de consultar con sus fieles libracos?

Hace mucho tiempo que el tragaluz de su camarote no aparece iluminado por las noches.

– ¿Qué insinúa usted con esto? –preguntó Roberto, cuyo rostro se había vuelto rojo púrpura.–Nada más que lo digo, ¡ pardiez!

Roberto, un tanto desorientado, no respondió. Algo de amistoso se advertía bajo el irónico tono de su interlocutor. No sabía qué hacer ni qué pensar. Pronto pudo salir de aquella embarazosa situación. Con gran sorpresa de su parte, cogióle Roger por el brazo con una familiaridad imprevista, diciéndole a boca de jarro:

– ¡Vamos, querido amigo, confiese usted!

Tan intérprete es usted como yo papá.

– No comprendo.

– Yo sí me comprendo –insistió Roger–, y eso basta. Es indudable que usted es intérprete actualmente, claro es, pero, poco más o menos como yo soy marino. Mas, ¡en cuanto a ser intérprete de profesión!

– Pero... –protestó Roberto con una media sonrisa.

– Usted cumple muy mal su oficio –afirmó Roger con energía–. Usted no dirige, usted es dirigido. Y sólo repite unas cuantas frases áridas aprendidas de antemano en cualquier guía... ¡Si eso es un cicerone...!

– Pero, en fin... –repitió Roberto.

De nuevo cortóle Roger la palabra. Con una amable sonrisa en los labios y la mano extendida, habíase plantado frente a él, diciéndole:

– No se empeñe, pues, por continuar en un incógnito que ya no lo es para mí: profesor, como mi bastón; intérprete, como mi cigarro;

está usted disfrazado, querido mío, confiéselo.

– ¿Disfrazado...?

– Sí, usted se ha metido dentro de la piel de un cicerone-intérprete, como uno se pone un traje prestado.

Roberto no sabía qué hacer. No podía dudar de que su resolución había sido buena...

Pero, ¿iba, por obstinación y por orgullo, a rechazar en su aislamiento una amistad que con tanta confianza se le ofrecía?

– Es cierto –dijo al fin.

– ¡Pardiez! –dijo tranquilamente Roger, estrechándole la mano y arrastrándole a un amistoso paseo–. Hace mucho tiempo que lo había adivinado. Un hombre distinguido reconocería a otro bajo la capa de carbón de un fogonero.

Pero ahora que ha comenzado usted, espero que continuará sus confidencias. ¿Cómo ha podido verse conducido a aceptar esta situación?

Roberto suspiró.

– ¿Sería...? –insinuó su compañero,

– Sería... ¿qué?

– ¡El amor!

– No –dijo Roberto–, la pobreza.

Roger se detuvo en seco y estrechó con las suyas la mano de su compatriota. Aquel gesto cordial fue derecho al corazón de Roberto, y le conmovió lo bastante para entregarse sin dificultad, cuando el otro añadió:

– ¡La pobreza...! Veamos, amigo mío, cuénteme usted. Dicen que descargarse de las penas representa un consuelo; y jamas hallará usted oyente mejor dispuesto. ¿Sus padres?

– Muertos.

– ¿Ambos?

– Sí. Mi madre, cuando yo tenía quince años; mi padre, hace seis meses. Hasta entonces yo había vivido la vida de todos los jóvenes ricos, hasta muy ricos; y solamente desde la muerte de mi padre...

– Sí, comprendo –dijo Roger, con tono de profunda simpatía–. Su padre era uno de esos hombres mundanos, uno de esos vividores...

– ¡Yo no le acuso! –interrumpió vivamente Roberto–. Todo el tiempo que vivió se mostró bueno para mí; su mano y su corazón los hallé siempre abiertos. Por lo demás, era muy libre de organizar la existencia a su modo. Sea como quiera, en pocos días me vi literalmente sin un céntimo. Todo lo que poseía fue a parar a manos de los acreedores de la herencia. Dos semanas después de la muerte de mi padre nada apenas me quedaba. Fue preciso entonces pensar en ganar mi sustento. Por desgracia, poco acostumbrado a las dificultades de semejante existencia, en lugar de hacer frente a la tormenta, de quedarme en París y hacer uso de mis relaciones, experimenté un necia vergüenza de mi situación. Resuelto a desaparecer, cambié de nombre y me embarqué para Londres, donde pronto vi agotarse mis últimos recursos. Por suerte obtuve una plaza de profesor y empezaba a reponerme de la sacudida, cuando hube de dejar el empleo. Me hallé otra vez sin saber qué partido tomar, pensé en ir a probar fortuna a una colonia francesa, cuando se presentó la primera oportunidad: esta ocasión se llamó Thompson. He ahí mi historia en pocas palabras.–No es alegre –declaró Roger–. Pero ¿no me ha dicho usted que había cambiado de nombre?

– Cierto.

– Y, ¿su nombre verdadero? ¿Habría indiscreción a la altura en que nos encontramos?

Sonrió Roberto con un poco de amargura.

– ¡Dios mío, he dicho ya tanto! Pídole solamente el secreto, para no hacer de mí la fábula de a bordo. Por otra parte, ya lo he confesado, por un estúpido amor propio me permití ese bautismo. No me gustaría entregar mi verdadero nombre a las burlas. Parecíame decaer, y me entretuve en inventar un nombre nuevo con el anagrama del mío.

– Así, pues, ¿en Morgand...?

– En Morgand hay Gramond. Añádale usted una partícula, que me es muy útil en este momento, y un título de marqués, que me presta incontestablemente grandes servicios, y conocerá usted mi personalidad completa.

Roger había soltado una exclamación:

– ¡ Pardiez! Bien sabía yo que le conocía. Si tiene usted alguna memoria debe recordar que nos hemos visto muchas veces, siendo niños.

Yo he tenido el honor de ser recibido en casa de su señora madre. Hasta somos, creo yo, algo parientes.

– Todo eso es exacto –reconoció Roberto–,

Yo me acordé de ello tan pronto como oí el nombre de usted.

– ¿Y ha persistido usted en su incógnito?

– ¿Para qué romperlo? –dijo Roberto–. Pero sepa, al menos, que esas circunstancias que usted ha recordado son las que me han decidido a responderle como lo he hecho.

Durante un instante ambos compatriotas se pasearon en silencio.

– ¿Y su empleo de intérprete? –preguntó bruscamente Roger.

– ¿Y bien? –dijo Roberto.

– ¿Quiere usted dejarlo? Estoy, no hay que decirlo siquiera, a su completa disposición.

– Y... ¿cómo le reembolsaría a usted? No, no, mi querido amigo. SÍ me he reducido a este estado de miseria, si he abandonado país y amigos, es precisamente por no deber nada a nadie. Y en esto pondré todo mi empeño.

– Por lo demás, tiene usted razón –dijo Roger con aire pensativo.

Largo tiempo todavía estuvieron paseando cogidos del brazo ambos compatriotas, y poco a poco se aventuró Roger sobre la pendiente de las confidencias.

Al separarse, los dos amigos de viaje habían visto caer las barreras que entre ambos existían. En lo sucesivo viajarían en el Seamew como dos amigos al menos.

Roberto recibió bienhechora impresión de aquel cambio imprevisto. Había terminado la triste soledad moral en que se viera sumido desde hacía seis meses. Intérprete para todos, ¡ de qué consuelo no le serviría la conciencia de haber reconquistado su dignidad entera a los ojos de alguno!

Entregado a esos agradables pensamientos, se abismó en el estudio de Madera y de Funchal en particular. Las inocentes burlas de Roger habíanle demostrado su necesidad. Esforzóse en recobrar el tiempo perdido, y trabajó hasta hora avanzada de la noche. De esta suerte, cuando sonó la hora de la partida, se halló dispuesto para cualquier eventualidad.

Para llegar a la orilla, distante poco más o menos una media milla, no podían emplearse los botes de a bordo. Siempre movido el mar en Funchal, era difícil el desembarco. Para la seguridad de los pasajeros era necesario el concurso de las embarcaciones del país y de marinos muy prácticos en aquella costa.

– Usted sabe, señor profesor –dijo Thompson a Roberto–, que Madera, donde todo el mundo habla inglés, es para usted una especie de respiro. Procure tan sólo estar a las once de la mañana en el «Hotel de Inglaterra» y a bordo a las ocho de la tarde, si quiere aprovecharse de la mesa común.

En pocos instantes, las embarcaciones, la de Thompson a la cabeza, llegaron a tierra. Por desdicha, los muelles estaban atestados. Era día de mercado, según dijo uno de los marineros, y el paso estaba obstruido por barcas de toda especie, y de ellas se alzaba un concierto ensordecedor. Animales apilados en aquellas barcas gruñían, balaban, mugían. Cada uno en su idioma proclamaban claramente su fastidio.

Uno tras otro íbaseles desembarcando. De embarque poco complicado, pues se reducía sencillamente a echarlos al agua, con gran acompañamiento de risas y gritos. Los pasajeros del Seamew tuvieron que bajar a tierra confundidos con aquel bullicioso tropel y bajo las miradas de un doble y desemejante público.

Indiferentes los que recibían los animales destinados al mercado; atenta la multitud elegante, compuesta en su mayoría de ingleses, que en última línea se paseaba por el dique buscando alguna cara conocida entre los recién llegados.

Por lo demás, aparte de la esperanza confusa de descubrir un amigo entre los visitantes de su isla, aquellos paseantes no podían dejar de interesarse en las maniobras del desembarque. Hay siempre en ello un pequeño instante de incertidumbre que no carece de cierto encanto, si no es para los actores.

Al llegar a una veintena de metros de la orilla, páranse los marinos que los transbordaban y esperan la onda que debe llevarlos hasta tierra, en medio de una bullente espuma que causa más susto que daño. Los marineros de Madera eligen el momento psicológico con gran habilidad, y es raro que se equivoquen.

Aquel día, no obstante, debía constituir una excepción a la regla. Detenida un poco lejos una de las embarcaciones, no fue arrastrada enteramente por la ola, que, al retirarse, la dejó en seco. Apresuráronse entonces a abandonarla sus tres ocupantes; pero, atrapados inmediatamente por una segunda ola, fueron recogidos, arrollados, empapados, en tanto que su bote se ponía quilla al sol. El baño era completo. Nada tenían que envidiar aquellos tres pasajeros a los bueyes y carneros que continuaban lanzando sus gritos lamentables.

¿Y quiénes eran aquellos tres pasajeros? Ni más ni menos que Edward Tigg, Absyrthus Blockhead y el baronet Sir George Hamilton. En el desorden de la partida, habíanse hallado reunidos para hacer juntos conocimiento con Madera de aquel modo original.

Los tres involuntarios bañistas tomaron la aventura de muy diferente manera.

Tigg, flemáticamente, tan pronto como la ola le hubo dejado en seco, se sacudió filosóficamente y se alejó, con paso tranquilo, fuera de un nuevo ataque del pérfido elemento. ¿Oyó siquiera el grito que lanzaron Miss Mary y Miss Bess Blockhead? Si lo oyó, pensó modestamente que es natural el gritar cuando uno ve rodar a su padre como un guijarro de la playa.

En cuanto a este padre, estaba espléndido.

Reíanse en torno de él; pero él reía mucho más.

Preciso fue que los maltrechos marinos, causa del percance, le arrastrasen, sin lo cual, en su gozo, hubiera esperado una segunda ducha, plantado en el sitio mismo donde recibiera la anterior. ¡Feliz naturaleza la del tendero honorario!

Si Tigg estuvo tranquilo y Blockhead gozoso, Hamilton estuvo corrido y enojado. Apenas se levantó, dirigióse hacia Thompson, sano y salvo, en medio de las risas generales que aquel intempestivo baño había desencadenado... Sin decir una palabra, mostró sus vestidos empapados a aquel a quien juzgaba el autor responsable de sus males.

Thompson comprendió que debía atenderle en aquellas circunstancias y se puso a disposición de su infortunado pasajero. Fuéle ofrecida una barca que le recondujera a bordo, donde podría cambiarse de traje, pero Hamilton rehusó en firme.

– ¡ Yo, caballero, embarcarme de nuevo en uno de esos infames botes!

El furor de Hamilton aumentaba con la presencia de Saunders. Con la mirada burlona, asistía éste a aquel movido desembarque. «¿Por qué haberme abandonado ayer? Yo, yo estoy seco», parecía decirle irónicamente al baronet.

– En ese caso, caballero –replicó Thompson–, a menos que uno de sus compañeros...

– ¡Perfectamente, perfectamente!

– interrumpió Blockhead–. Yo traeré a Sir George Hamilton todo cuanto quiera. A mí no me molesta...

¿Y qué podría molestar al bravo tendero honorario? ¡Tomar probablemente un segundo baño!No tuvo esa alegría. Su segundo viaje se efectuó sin incidente, y los vestidos del baronet llegaron secos a su destino.

Habíanse dispersado ya la mayor parte de los pasajeros. Por lo que hace a Roberto, Roger habíale acaparado en seguida.

– ¿Está usted libre? –le había preguntado.

– Por completo. Mr. Thompson acaba de darme esta buena nueva.

– En tal caso, ¿quiere usted pilotarme un poco?

– Con sumo gusto –había declarado el nuevo amigo del oficial.

Pero, al cabo de tres pasos, detúvose éste y con tono irónico exclamó:

– ¡Eh, eh! ¡Por lo menos, no vaya a extraviarme!

– Esté tranquilo –respondió alegremente Roberto, que acababa de repasar su plano de Funchal.

Y, en realidad, sólo cinco veces se equivocó en la primera media hora, con gran diversión de Roger.

Ambos viajeros habían penetrado por las callejuelas estrechas y tortuosas de Funchal.

Pero no habían andado cien metros, cuando ya habían acortado el paso; hasta se detuvieron pronto con un gesto doloroso, por el detestable piso que martirizaba sus pies; en ningún punto del globo lo hay peor; hecho de trozos basálticos de cortantes aristas, estropea los más fuertes calzados. En cuanto a aceras, no había que pensar en ellas; es un lujo desconocido por completo en Madera.

La mesa del «Hotel de Inglaterra» reunió a las once a todos los pasajeros del Seamew, excepción hecha de los jóvenes casados, siempre invisibles, y de Johnson, que seguía decididamente la misma línea de conducta que en las Azores.

¡Cuan diferente aquel almuerzo del de Fayal! Los turistas apreciaron vivamente el cambio y juzgaron que la agencia cumplía por primera vez sus promesas. Hubieran podido creerse en Inglaterra sin la confitura de patata que fabrican las religiosas del convento de Santa Clara, y que fue servida a los postres, sin haber obtenido un gran éxito, fuerza es confesarlo, entre los comensales.

Después del almuerzo, Roger acaparó de nuevo a su compatriota, declarándole que contaba en absoluto con él para conducirle a través de Funchal en compañía de la familia Lindsay.

– No obstante –añadió, llevándole aparte–, no podemos infligir a esas señoras un paseo de mucha duración. ¿No hay ningún carruaje en este país?

– Ningún carruaje sobre ruedas, al menos – respondió Roberto,

– ¡ Diablo! –dijo Roger perplejo.

– Pero hay algo mejor.

– ¿Y es...?

– La hamaca.

– ¡La hamaca...! ¡Encantador...! ¡La hamaca!

Un paseo en hamaca será delicioso. Pero ¿dónde, oh, sabio cicerone, dónde encontraremos esas bienaventuradas hamacas?

– En la plaza Chafariz –respondió Roberto sonriendo–; y, si usted quiere, voy a conducirle.

– ¿Hasta los nombres de las calles, ahora? – exclamó Roger, asombrado.

Rogando a Alice y a Dolly que tuvieran a bien esperarles, Roger siguió a su compatriota.

Pero en la calle falló la ciencia de éste. Pronto viose reducido a la humillación de preguntar por su camino.

– Yo hubiera hecho otro tanto –dijo, sin piedad, Roger–. ¿No tiene, pues, plano la guía de usted?

En la plaza Chafariz, bastante amplia y adornada con una fuente central, bullía una multitud de campesinos que acudían al mercado. Los dos franceses encontraron sin esfuerzo la estación de hamacas y alquilaron dos de aquellos agradables vehículos.

Instaladas Alice y Dolly, púsose en marcha la reducida tropa.

Llegáronse primeramente al palacio de San Lorenzo, en que se hospeda el gobernador de Madera. Después, volviendo hacia el Este, atravesaron el jardín público, muy hermoso y muy bien conservado, que se encuentra al lado del teatro de Funchal.

Tan sólo al llegar a la catedral tuvieron las señoras que abandonar sus hamacas, molestia ésta de la que pudieran haberse dispensado, toda vez que aquel edificio del siglo xv ha perdido todo su carácter a causa de las reformas sucesivas que le ha infligido la demasiada conservadora administración local.

Por lo que hace a las demás iglesias, habiendo afirmado Roberto que no merecían la pena, resolvieron abstenerse de la visita, dirigiéndose únicamente al convento de franciscanos, en el que, al decir de Roberto, se encontraba «una curiosidad.»

Para dirigirse a este convento tuvieron los turistas que atravesar toda la ciudad de Funchal. Bordeadas de casas blancas con persianas verdes y balcones de hierro, las calles se sucedían, igualmente sinuosas, huérfanas siempre de aceras y pavimentadas con despiadados guijarros. En la planta baja abríanse comercios de aspecto agradable; pero, al ver la pobreza de sus escaparates, era dudoso que el comprador menos exigente pudiera salir satisfecho. Algunos de esos comercios ofrecían a los turistas las producciones especiales de Madera; tales eran;

bordados, blondas, encajes, mueblecitos de marquetería. En azafates de mimbre se apilaban brazaletes, reducción de la eclíptica, pues en ellos se hallaban grabados los signos del Zodíaco.

De tiempo en tiempo era preciso juntarse para dejar paso a algún transeúnte que llegaba en sentido opuesto; peatones veíanse pocos.

Generalmente, en hamaca, a caballo otras veces, y seguido, en este último caso, del infatigable arriero encargado de espantar los mosquitos.

Tipo este arriero muy especial en Madera.

Nunca se deja adelantar; trota cuando trota el caballo, y galopa si el caballo galopa, y jamás pide gracia, sean cualesquiera la velocidad y la longitud de la caminata.

Otras veces el paseante se dejaba arrastrar bajo el impermeable dosel de un carro, especie de carruaje con patines que resbalan sobre las piedras pulimentadas. Tirado por bueyes, adornado de campanillas, avanza el carro con una prudente lentitud, conducido por un hombre y precedido de un niño que hace las veces de postillón.

Dos grandes bueyes uncidos De paso tranquilo y lento...

comenzó a decir Roger, adaptando el conocido verso de Boileau.

Pasean por Funchal,

Esta Inglaterra indolente..., añadió Roberto, completando la mutilación.

Poco a poco, sin embargo, iba cambiando el carácter de la ciudad. Los comercios se hacían menos numerosos, las calles más tortuosas y más estrechas, los pisos más malos. Al propio tiempo se acentuaba la subida; llegaban a los barrios pobres, cuyas casas, adosadas a la roca, dejaban ver por las abiertas ventanas su modesto mobiliario. Aquellas húmedas y sombrías moradas explicaban el porqué de hallarse la población de la isla diezmada por enfermedades que debieran ser desconocidas en aquel afortunado clima.

Los portadores de hamaca no se asustaban por lo empinado de la cuesta. Con un paso igual, seguro y fuerte, continuaban su marcha, cambiando un saludo con los transeúntes.

Por aquellos sitios ya no se veían carros;

los remplazaba el carhino, adaptado admirablemente a aquellas pendientes de montaña. A cada instante se veía pasar alguno, deslizándose a toda velocidad y dirigido por dos hombres robustos, mediante cuerdas fijas en la delantera del vehículo.

Las señoras echaron píe a tierra ante el convento de franciscanos, casi en lo alto de la subida. La curiosidad anunciada consistía en una vasta pieza que servía de capilla, con los muros incrustados de tres mil cráneos humanos. Ni el cicerone ni los guías pudieron, por otra parte, explicar el origen de aquel extraño adorno.

Contemplada suficientemente la curiosidad, volvióse a descender la cuesta, no tardando en quedarse atrás los dos peatones, incapaces de seguir a las hamacas por aquel piso, al que no le escaseaban los más injuriosos epítetos. –¡Qué horrible manera de arreglar las calles! –exclamó Roger deteniéndose–. ¿Tendría usted inconveniente en parar un instante para respirar, o, cuando menos, en disminuir la marcha?–Iba a proponérselo –respondió Roberto.

– ¡Muy bien! Y aprovecharé nuestra soledad para hacerle una súplica.

Refirió entonces Roger a su compañero que las señoras Lindsay y él habían proyectado una excursión al interior para el día siguiente. Para esa excursión sería necesario un intérprete, y Roger contaba con su nuevo amigo.

– Es muy difícil lo que usted desea –objetó Roberto.

– ¿Por qué?

– Porque yo pertenezco al conjunto de los turistas, y no a algunos tan sólo de entre ellos.

– No haremos rancho aparte –respondió Roger–. Con nosotros vendrá el que quiera. En cuanto a los demás, no tienen necesidad de intérprete en Funchal, donde todo el mundo habla inglés, y que puede visitarse en dos horas, aun incluyendo en la visita la capilla de los cráneos. Además, esto atañe a Mr. Thompson, a quien yo hablaré esta tarde.

Al final de la pendiente los dos franceses se unieron a sus compañeras detenidas por un numeroso concurso del pueblo. Una casa parecía ser el objetivo de aquella muchedumbre, de la que partían risas y exclamaciones.

Pronto se formó un cortejo, que se puso en marcha y desfiló ante los turistas, a los sones de una alegre música y de cantos de fiesta.

Roger lanzó una exclamación de sorpresa:

– Pero... pero... ¡Dios me perdone...! ¡Si esto es un entierro!

En efecto, a continuación de las primeras filas del cortejo veíase, a hombros de cuatro individuos, una especie de parihuelas, sobre las cuales se hallaba acostado durmiendo el eterno sueño un cuerpecillo, el de una niña.

Desde su puesto distinguían claramente los turistas hasta el más insignificante pormenor.

Veían la frente rodeada de blancas flores, los ojos cerrados, las manos unidas del pequeño cadáver, que de aquella suerte era llevado a la tumba en medio de una alegría general.

Imposible creer en una ceremonia de otra clase; imposible dudar de que la muchacha estuviese muerta. No era posible equivocarse al contemplar aquella frente amarilla, aquella nariz afilada, aquella rigidez de los piececitos saliendo de los pliegues de la ropa, aquella inmovilidad definitiva del ser.

– ¿Qué enigma es éste? –murmuró Roger, en tanto que la multitud desfilaba lentamente.

– Nada tiene de misterioso –respondió Roberto–. Aquí en este país, religioso y católico, se cree que los niños, hallándose limpios de toda mancha, van directamente a ocupar un sitio entre los ángeles del cielo. ¿Por qué, entonces, llorarlos? ¿No se debe, por el contrario, alegrarse de su muerte, y tanto más cuanto más se les haya amado? De ahí los alegres cánticos que han oído. Después de la ceremonia los amigos de la familia acudirán a cumplimentar a sus padres, que habrán de verse obligados a ocultar su humano e irresistible dolor.

– ¡Qué singular costumbre! –dijo Dolly.

– Sí –murmuró Alice–, singular; pero también bella, tierna, consoladora.

Apenas llegados al hotel donde habían de reunirse los turistas para volver juntos al Sea- mew, Roger presentó su demanda a Thompson.

Muy dichoso éste por desembarazarse de ese modo de bocas demasiado onerosas, no tan sólo acogió la demanda sin dificultad, sino que hizo una calurosa propaganda de aquella excursión extraoficial.

Poco numerosos fueron los que se adhirieron a la misma. ¿Por qué añadir un suplemento de gastos a un viaje tan costoso ya?

Hubo, no obstante, uno que no escatimó su aprobación, y que, sin vacilar, declaró que se unía a los excursionistas. Hasta felicitó a Roger por su idea.

– ¡Verdaderamente, querido señor –dijo con voz estentórea–, usted es quien en interés nuestro debió organizar el viaje por entero!

¿Quién hubiera podido ser aquel insolente pasajero sino el incorregible Saunders?

Electrizado por este ejemplo, adhirióse también el baronet, y Blockhead asimismo, que se declaró encantado sin más explicaciones.

Ningún otro pasajero se les unió.

– Seremos ocho –dijo Jack, con tono más sencillo y cándido del mundo.

Alice frunció las cejas y miró a su cuñado con severa sorpresa. ¿No hubiera debido mostrar más reserva en el estado de sus relaciones?

Pero Jack se había ya separado y no percibió lo que no quería percibir.

Viose Alice Lindsay obligada a esconder en sí misma su descontento, y su humor de ordinario sereno se ensombreció.

Cuando los pasajeros del Seamew, fuera de aquellos que debían participar de la excursión del siguiente día, volvieron a bordo, no pudo dejar de reprochar a Roger el haber publicado de aquella suerte sus proyectos. Excusóse Roger como mejor pudo.

– Había creído que sería útil un intérprete en el interior. Además –añadió con seriedad–,

Morgand, gracias a su conocimiento del país, podrá servirnos de guía.

– Tal vez tenga usted razón –respondió Alice–; no obstante, me disgusta un tanto, debo decírselo, que le haya usted agregado a nuestra pequeña tropa.

– ¿Y por qué eso? –preguntó Roger, sinceramente extrañado.

– Porque una semejante excursión dará por fuerza a nuestras relaciones cierto carácter de intimidad. Esto para dos mujeres es delicado cuando se trata de una persona como Morgand.

Le concedo que las apariencias son de las más favorables. Pero, en suma, es un hombre que desempeña un empleo subalterno al fin y al cabo; que no se sabe de dónde viene ni ofrece garantía, ni cuenta entre nosotros con nadie que pueda responder por él...

Roger escuchaba con sorpresa aquella exposición de principios tan extraña y desusada en labios de una ciudadana de la libre América. Alice Lindsay habíale hasta entonces revelado alguna timidez. Tomó mentalmente nota, no sin experimentar un misterioso placer, de la singular atención que una mujer tan superior a un intérprete, por su fortuna, se dignaba conceder a aquel humilde funcionario de la agencia Thompson... ¿Por qué hablaba ella de tener con él «relaciones» íntimas o no...? ¡Se inquietaba por su origen o procedencia! ¡Lamentaba que no tuviera quien por él respondiese!

– ¡ Perdón! –interrumpió–. Hay quien responde por él.

– ¿Quién, pues?

– Yo. Yo le garantizo por completo cerca de usted –dijo muy seriamente Roger, que con un amable saludo se apresuró a despedirse.

La curiosidad es la pasión dominante en las mujeres, y las últimas palabras de Roger habían excitado la curiosidad de Mrs. Lindsay.

Ya en su alcoba, no pudo conciliar el sueño;

obsesionábala el enigma que se le acababa de proponer, y, por otra parte, se sentía irritada por la falsa posición en que se hallaba con su cuñado. ¿Por qué no dejaba el buque? ¿Por qué no desistir de continuar el viaje, que nunca debió ella haber emprendido? Esta era la única solución lógica; de ese modo volvía a poner todas las cosas en su lugar. Alice se veía obligada a reconocerlo así, y, no obstante en el fondo de su alma una insuperable repugnancia oponíase callada, pero tenazmente, a aquella decisión. Abrió la ventana y dejó que acariciara blandamente su rostro la juguetona y suave brisa.

Era una noche de novilunio. Negros los cielos y negro el mar, rotas ambas negruras por algunas luces; las estrellas arriba, abajo los fuegos de los buques anclados.

Largo tiempo, agitada por confusos pensamientos, permaneció Alice soñadora ante el espacio henchido de una sombra misteriosa, en tanto que de la playa subía hasta ella el plañir eterno de las olas.

Sürgöny

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