El pueblo aéreo

Capítulo V

Primera jornada de marcha

Eran poco más de las ocho cuando John Cort, Max Huber, Khamis y el niño tomaron la dirección del suroeste.

¿A qué distancia aparecería el curso de agua que contaban seguir hasta su confluencia con el Ubangui? Ninguno de ellos habría podido decirlo. Y si se trataba del que parecía correr hacia la selva tras bordear el altozano de los tamarindos, ¿no se desviaba al este sin atravesarla? Y, en fin, ¿y si los obstáculos, rocas o rápidos, atascaban su cauce hasta el punto de hacerlo innavegable? Por otra parte, si aquella inmensa aglomeración de árboles carecía de senderos o al menos de trochas abiertas por los animales entre los matorrales, ¿cómo podrían unos peatones abrirse camino sin emplear el hierro o el fuego? ¿Encontrarían Khamis y sus compañeros, en las partes frecuentadas por los grandes cuadrúpedos, el suelo despejado, la maleza pisoteada, las lianas rotas, el paso libre?

Llanga, como un ágil hurón, corría por delante, aunque John Cort le recomendaba no alejarse. Pero cuando lo perdían de vista, su voz aguda no dejaba de hacerse oír.

– ¡Por aquí... por aquí! —gritaba.

Y los tres caminaban hacia él, siguiendo las aberturas por las que acababa de internarse.

Cuando hubo que orientarse a través de aquel laberinto, el instinto del foreloper intervino oportunamente. Además, por los intersticios de la fronda, era posible calcular la posición del sol. En aquel mes de marzo, a la hora de su culminación, ascendía casi al cénit, que, para aquella latitud, ocupa la línea del ecuador celeste.

Sin embargo, el follaje se espesaba hasta tal punto que apenas si una media luz reinaba bajo aquellos millares de árboles. En los días nublados, debía de haber casi oscuridad, y por la noche toda circulación se haría imposible. Cierto es que la intención de Khamis era hacer alto entre la noche y la mañana, elegir un cobijo al pie de algún tronco en caso de lluvia, y no encender fuego más que lo justo para cocinar la pieza cobrada por la mañana o la tarde. Aunque la selva no debía de estar frecuentada por los nómadas —y no se habían hallado rastros de los que habían acampado en la linde—, más valía no delatar su presencia con el resplandor de una hoguera. Por lo demás, unas cuantas brasas dispuestas bajo la ceniza debían bastar para la cocina, y no había nada que temer del frío en aquella época de la estación africana.

En efecto, la caravana ya había tenido que sufrir los calores al recorrer las llanuras de la región intertropical. La temperatura alcanzaba allí un grado excesivo. Al amparo de aquellos árboles, Khamis, Max Huber y John Cort estarían menos castigados, siendo las condiciones más favorables para el largo y penoso trayecto que las circunstancias les imponían. Es obvio que durante aquellas noches, impregnadas de los fuegos del día, a condición de que el tiempo estuviera seco, no había inconveniente en dormir al raso.

La lluvia: eso era lo más temible en una comarca donde todas las estaciones son lluviosas. Sobre la zona equinoccial soplan los vientos alisios, que allí se neutralizan. De este fenómeno climático resulta que, estando la atmósfera generalmente en calma, las nubes derraman sus vapores condensados en interminables aguaceros. No obstante, desde hacía una semana, el cielo se había serenado con el retorno de la luna, y, puesto que el satélite terrestre parece ejercer una influencia meteorológica, quizá se podía contar con una quincena de días que no perturbaría la lucha de los elementos.

En aquella parte de la selva, que descendía en pendiente apenas perceptible hacia las orillas del Ubangui, el terreno no era pantanoso, cosa que sin duda sería más al sur. El suelo, muy firme, estaba tapizado de una hierba alta y tupida que hacía la marcha lenta y difícil cuando la pisada de los animales no la había hollado.

– ¡Vaya! —observó Max Huber—. Es una lástima que nuestros elefantes no hayan podido embestir hasta aquí... Habrían roto las lianas, desgarrado la maleza, allanado el sendero, aplastado las zarzas...

– Y a nosotros con ellas... —replicó John Cort.

– Sin duda alguna —afirmó el foreloper—. Contentémonos con lo que han hecho los rinocerontes y los búfalos... Donde ellos han pasado, habrá paso para nosotros.

Khamis, por lo demás, conocía estas selvas del África central por haber recorrido a menudo las del Congo y del Camerún. Se comprenderá, pues, que no tuviese dificultad para responder acerca de las esencias forestales tan diversas que abundaban en esta. John Cort se interesaba por el estudio de aquellos magníficos ejemplares del reino vegetal, por aquellas fanerógamas de las que se han catalogado tantas especies entre el Congo y el Nilo.

– Y además —decía— las hay aprovechables, capaces de variar el monótono menú de la carne a la brasa.

Sin contar los gigantescos tamarindos reunidos en gran número, las mimosas de una altura extraordinaria y los baobabs elevaban sus copas a una altitud de unos cincuenta metros. A veinte y treinta metros se alzaban ciertos especímenes de la familia de las euforbiáceas, de ramas espinosas, de hojas anchas de quince a dieciocho centímetros, forradas de una corteza de sustancia lechosa, y cuya nuez, cuando el fruto está maduro, hace explosión proyectando la semilla de sus dieciséis compartimentos. Y, si no hubiera poseído el instinto de la orientación, ¿no habría podido Khamis fiarse de las indicaciones del sylphinium laciniatum, puesto que las hojas radicales de este arbusto se tuercen de manera que presentan sus caras una al este y otra al oeste?

En verdad, un brasileño extraviado bajo aquellos profundos macizos se habría creído en medio de las selvas vírgenes de la cuenca del Amazonas. Mientras Max Huber renegaba de los arbustos enanos que erizaban el suelo, John Cort no se cansaba de admirar aquellos tapices verdecientes de alta liza, donde se multiplicaban el frinión y los amomáceos, los helechos de veinte clases que era preciso apartar. Y qué variedad de árboles, unos de madera dura, otros de madera blanda. Estos últimos, como señala Stanley —Viaje en las tinieblas de África—, reemplazan al pino y al abeto de las zonas hiperbóreas. Solo con sus anchas hojas, los indígenas se construyen cabañas para un alto de algunos días. Además, la selva poseía en gran número tecas, caobas, corazones verdes, árboles de hierro, campeches de naturaleza imputrescible, copales de porte soberbio, mangos arborescentes, sicómoros que podían rivalizar con los más hermosos del África oriental, naranjos silvestres, higueras cuyo tronco era blanco como si hubiera sido encalado, colosales «mpafus» y otros árboles de toda especie.

En realidad, estos múltiples productos del reino vegetal no están lo bastante apretados para perjudicar el desarrollo de su ramaje bajo la influencia de un clima a la vez cálido y húmedo. Habría habido paso incluso para los carros de una caravana, si unos cables que medían hasta treinta centímetros de grosor no hubieran estado tendidos entre sus bases. Eran interminables lianas que se enrollaban alrededor de los fustes como marañas de serpientes. Por todas partes se entrelazaba una guirnalda de ramaje de la que no cabe hacerse idea, retorcimientos caprichosos, festones ininterrumpidos que iban de los macizos a los matorrales. ¡Ni una rama que no estuviese ligada a la rama vecina! ¡Ni un tronco que no estuviese unido por aquellas largas cadenas vegetales, algunas de las cuales colgaban hasta el suelo como estalactitas de verdor! ¡Ni una rugosa corteza que no estuviese tapizada de musgos espesos y aterciopelados sobre los que corrían millares de insectos de alas punteadas de oro!

Y de las más mínimas amalgamas de aquella frondosidad escapaba un concierto de gorjeos y ululatos, aquí gritos, allá cantos, que se esparcían de la mañana a la noche.

Los cantos eran obra de miríadas de picos que los lanzaban en trinos, gorgoritos y florituras más variados y más agudos que los de un silbato de contramaestre a bordo de un buque de guerra. ¿Y cómo no quedar ensordecido por aquel mundo alado de loros, abubillas, búhos, ardillas voladoras, mirlos, periquitos, chotacabras, sin contar los colibríes, aglomerados como un enjambre de abejas entre las altas ramas?

Los gritos eran los de una colonia simiesca, un estridente concierto de babuinos de pelo grisáceo, colobos encapuchados, grenuches de pelaje negro, chimpancés, mandriles y gorilas, los más vigorosos y temibles simios de la fauna africana. Hasta entonces, aquellos cuadrumanos, aun andando en grupos, no se habían entregado a ninguna manifestación hostil contra Khamis y sus compañeros, los primeros hombres, sin duda, que avistaban en las profundidades de aquella selva del África central. Cabía creer, en efecto, que jamás seres humanos se habían aventurado bajo aquellos macizos. De ahí que, en la grey simiesca, hubiera más curiosidad que cólera. En otras partes del Congo y del Camerún, no habría sido lo mismo. Desde hacía mucho, el hombre había hecho allí su aparición. Los cazadores de marfil, a los que centenares de bandidos, indígenas o no, prestan su concurso, no están ya para asombrar a unos simios que llevan largo tiempo siendo testigos de los estragos que cometen aquellos aventureros, y que cuestan tantas vidas humanas.

Tras una primera parada a mediodía, se hizo una segunda a las seis de la tarde. La marcha había presentado a veces dificultades reales ante inextricables redes de lianas. Cortarlas o romperlas exigía un penoso trabajo. No obstante, en una gran extensión del recorrido se abrían senderos frecuentados más particularmente por los búfalos, algunos de los cuales fueron entrevistados detrás de los arbustos, entre ellos unos onjas de gran tamaño.

Estos rumiantes no dejan de ser temibles gracias a su fuerza prodigiosa, y los cazadores deben evitar, cuando los atacan, ser embestidos por ellos. Dispararles entre los dos ojos, no demasiado bajo, para que la herida sea fulminante: es el medio más seguro de abatirlos.

John Cort y Max Huber no habían tenido aún ocasión de ejercitar su destreza contra aquellos onjas, que se habían mantenido fuera de alcance. Además, como la carne de antílope no faltaba todavía, importaba reservar las municiones. Ningún tiro debía resonar durante aquella travesía, a menos que se tratara de la defensa personal o de la necesidad de proveer a la alimentación diaria.

Fue al borde de un pequeño claro donde, llegada la noche, Khamis dio la señal de alto, al pie de un árbol que sobresalía de la arboleda circundante. A seis metros del suelo se extendía su follaje de un verde tirando a gris, entremezclado de flores de una pelusa blanquecina que caía como nieve alrededor de un tronco de corteza plateada. Era uno de esos algodones de África, cuyas raíces están dispuestas en arbotantes, y bajo las cuales es posible guarecerse.

– ¡La cama está hecha! —exclamó Max Huber—. Sin somier elástico, sin duda, ¡pero un colchón de algodón, y seremos nosotros quienes lo estrenemos!

Encendido el fuego con el pedernal y la yesca de los que Khamis estaba ampliamente provisto, aquella cena fue semejante al primer desayuno de la mañana y al segundo de mediodía. Por desgracia —pero ¿cómo no resignarse?—, falta absoluta de aquella galleta que había sustituido al pan durante la campaña. Se contentaron, pues, con las carnes a la brasa, que satisficieron el apetito en buena medida.

Terminada la cena, antes de ir a tenderse entre las raíces del algodonero, John Cort dijo al foreloper:

– Si no me equivoco, hemos caminado siempre en dirección suroeste...

– Siempre —respondió Khamis—. Cada vez que he podido avistar el sol, he calculado la ruta...

– ¿En cuántas leguas estima usted nuestras etapas durante esta jornada?

– Cuatro o cinco, señor John, y, si seguimos así, en menos de un mes habremos alcanzado las orillas del Ubangui.

– Bien —prosiguió John Cort—, ¿no es prudente contar con la mala suerte?

– Y también con la buena —replicó Max Huber—. Quién sabe si no descubriremos algún curso de agua que nos permita descender sin fatiga...

– Hasta ahora no lo parece, querido Max...

– Es que no estamos lo bastante avanzados en dirección al oeste —afirmó Khamis—, y me sorprendería mucho si mañana... o pasado mañana...

– Hagamos como si no fuéramos a encontrar un río —replicó John Cort—. Al fin y al cabo, un viaje de una treintena de días, si las dificultades no son más insuperables que durante esta primera jornada, ¡no es para asustar a unos cazadores africanizados como nosotros!

– Y, sin embargo —añadió Max Huber—, ¡mucho me temo que esta selva misteriosa esté totalmente desprovista de misterio!

– ¡Mejor, Max!

– ¡Peor, John! Y ahora, Llanga, vamos a dormir...

– Sí, mi amigo Max —respondió el niño, cuyos ojos se cerraban de sueño tras las fatigas de una larga caminata durante la cual jamás se había quedado rezagado.

Así que hubo que transportarlo entre las raíces del algodonero y acomodarlo en el mejor rincón.

El foreloper se había ofrecido a velar toda la noche. Sus compañeros no quisieron consentirlo. Se turnarían de tres en tres horas, aunque los alrededores del claro no parecieran sospechosos. Pero la prudencia mandaba estar en guardia hasta la salida del sol.

Fue Max Huber quien tomó la primera guardia, mientras John Cort y Khamis se tendían sobre el blanco plumón caído del árbol.

Max Huber, con la carabina cargada al alcance de la mano, apoyado contra una de las raíces, se abandonó al encanto de aquella noche tranquila. En las profundidades de la selva, todos los ruidos del día habían cesado. No pasaba entre las ramas más que un aliento regular, la respiración de aquellos árboles dormidos. Los rayos de la luna, muy elevada hacia el cénit, se deslizaban por los intersticios del follaje y atigran el suelo con zigzags plateados. Más allá del claro, los sotobosques se iluminaban también con el centelleo de las irradiaciones lunares.

Muy sensible a esta poesía de la naturaleza, Max Huber la saboreaba, la aspiraba, podría decirse, creyendo soñar a ratos sin estar, sin embargo, dormido. ¿No le parecía acaso ser el único ser vivo en el seno de aquel mundo vegetal?

Mundo vegetal, eso era precisamente lo que su imaginación hacía de aquella gran selva del Ubangui.

«Y —pensaba— si se quieren penetrar los últimos secretos del globo, ¿hay que ir hasta los extremos de su eje para descubrir sus últimos misterios? ¿Por qué, al precio de espantosos peligros y con la certeza de encontrar obstáculos quizá infranqueables, por qué intentar la conquista de los dos polos? ¿Qué resultaría de ello? La solución de algunos problemas de meteorología, de electricidad, de magnetismo terrestre. ¿Vale eso que se añadan tantos nombres a las necrologías de las comarcas australes y boreales? ¿No sería más útil, más interesante, en lugar de surcar los mares árticos y antárticos, explorar las áreas infinitas de estas selvas y vencer su fiera impenetrabilidad? ¡Cómo! Las hay de tales dimensiones en América, en Asia, en África, ¿y ningún pionero ha tenido hasta hoy la idea de hacer de ellas su campo de descubrimientos, ni el coraje de lanzarse a través de este desconocido? ¿Nadie ha arrancado aún a estos árboles la clave de su enigma, como los antiguos a los viejos robles de Dodona? ¿Y no habían tenido razón los mitólogos al poblar sus bosques de faunos, sátiros, dríades, hamadríades, ninfas imaginarias? Además, para ceñirse a los datos de la ciencia moderna, ¿no cabe admitir, en estas inmensidades forestales, la existencia de seres desconocidos, apropiados a las condiciones de este hábitat? En la época druídica, ¿acaso la Galia transalpina no albergaba tribus semisalvajes, celtas, germanos, ligures, centenares de tribus, centenares de ciudades y aldeas, con sus costumbres particulares, sus modos de vida propios, su originalidad nativa, en el interior de aquellos bosques cuyos límites la todopoderosa Roma no consiguió forzar sin grandes esfuerzos?»

Así cavilaba Max Huber.

Ahora bien, precisamente en aquellas regiones del África ecuatorial, ¿acaso la leyenda no había señalado seres situados en un grado inferior de la humanidad, seres casi fabulosos? ¿Acaso aquella selva del Ubangui no colindaba, al este, con los territorios reconocidos por Schweinfurth y Junker, el país de los niam-niam, aquellos hombres con cola que, a decir verdad, no poseían apéndice caudal alguno? ¿Acaso Henry Stanley, en las comarcas al norte del Ituri, no había encontrado pigmeos de menos de un metro de estatura, perfectamente constituidos, de piel lustrosa y fina, con grandes ojos de gacela, y cuya existencia entre el Uganda y la Cabinda había constatado el misionero inglés Albert Lloyd, más de diez mil, cobijados bajo las ramas o encaramados en los grandes árboles, aquellos bambustis, que tenían un jefe al que obedecían? ¿Acaso en los bosques de Ndugurubocha, tras abandonar Ipoto, no había atravesado cinco aldeas, abandonadas la víspera por su población liliputiense? ¿Acaso no se había encontrado en presencia de aquellos uambutis, batinas, akkas, bazungus, cuya estatura no sobrepasaba el metro treinta, reducida incluso, para algunos de ellos, a noventa y dos centímetros, y de un peso inferior a cuarenta kilogramos? Y, sin embargo, aquellas tribus no dejaban de ser inteligentes, industriosas, guerreras, temibles, con sus pequeñas armas, tanto para los animales como para los hombres, y muy temidas por las tribus agrícolas de las regiones del alto Nilo.

Así pues, arrastrado por su imaginación, por su apetito de cosas extraordinarias, Max Huber se obstinaba en creer que la selva del Ubangui debía de albergar tipos extraños cuya existencia los etnógrafos ni sospechaban... ¿Por qué no humanos que no tuviesen más que un ojo, como los Cíclopes de la Fábula, o cuya nariz, alargada en forma de trompa, permitiese clasificarlos, si no en el orden de los paquidermos, al menos en la familia de los proboscídeos?

Max Huber, bajo la influencia de aquellas ensoñaciones científico-fantásticas, olvidaba un tanto su papel de centinela. El enemigo habría podido acercarse sin ser señalado a tiempo para que Khamis y John Cort pudieran ponerse en estado de defensa...

Una mano se posó sobre su hombro.

– ¡Eh!... ¿qué? —hizo, sobresaltándose.

– Soy yo —le dijo su compañero—, y no me tome por un salvaje del Ubangui. ¿Nada sospechoso?

– Nada...

– Es la hora en que, según lo convenido, usted debería ir a descansar, querido Max...

– Sea, pero me sorprendería mucho que los sueños que voy a tener durmiendo valgan los que he tenido sin dormir.

La primera parte de aquella noche no había sido perturbada, y el resto no lo fue tampoco, cuando John Cort relevó a Max Huber y cuando Khamis relevó a John Cort de su guardia.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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