El pueblo aéreo

Capítulo XIII

El pueblo aéreo

Al día siguiente, al despertar, el foreloper y sus compañeros observaron, no sin gran sorpresa, que la oscuridad era más profunda aún en aquella parte de la selva. ¿Era de día? No habrían podido afirmarlo. Fuera como fuese, la luz que los guiaba desde hacía sesenta horas no reaparecía. Necesidad, pues, de esperar a que se mostrase para reemprender la marcha. No obstante, John Cort hizo una observación de la que sus compañeros y él dedujeron al instante ciertas consecuencias:

– Lo que cabe señalar —dijo— es que esta mañana no hemos tenido fuego y nadie ha venido durante nuestro sueño a traernos el rancho...

– Es tanto más lamentable —añadió Max Huber— cuanto que no queda nada de comer...

– Quizá —prosiguió el foreloper— eso indique que hemos llegado...

– ¿Adónde? —preguntó John Cort.

– Adonde nos conducían, ¡querido John!

Era una respuesta que no respondía a nada; pero ¿cómo ser más explícito? Otra observación: si la selva era más oscura, no parecía que fuese más silenciosa. Se oía como una especie de zumbido aéreo, un rumor desordenado, que procedía de las ramas superiores. Mirando, Khamis, Max Huber y John Cort distinguían vagamente como un ancho techo extendido a unos treinta metros por encima del suelo. Sin duda, existía a aquella altura un prodigioso entramado de ramas, sin intersticio alguno por el que se filtrase la claridad del día. Un tejado de paja no habría sido más impenetrable a la luz. Esta disposición explicaba la oscuridad que reinaba bajo los árboles. En el lugar donde los tres habían acampado aquella noche, la naturaleza del suelo estaba muy modificada. Se acabaron aquellas zarzas entreveradas, aquellos zízifos espinosos que lo obstruían fuera de la senda. Una hierba casi rasa, y ningún rumiante habría podido «pastar la anchura de su lengua». Imagínese una pradera cuya superficie jamás regarían lluvias ni manantiales. Los árboles, dejando entre sí intervalos de seis a diez metros, se asemejaban a los bajos pilares de una construcción colosal, y sus ramas debían de cubrir un área de varios miles de metros cuadrados. Allí, en efecto, se aglomeraban esos sicómoros africanos cuyo tronco se compone de una cantidad de tallos soldados entre sí; bombax de fuste simétrico, de raíces gigantescas y de una talla superior a la de sus congéneres; baobabs, reconocibles por la forma de calabaza que adoptan en su base, de una circunferencia de veinte a treinta metros, y que corona un enorme haz de ramas colgantes; palmeras dum de tronco bifurcado; palmeras deleb de tronco giboso; ceibas de tronco ahuecado en una serie de cavidades lo bastante grandes para que un hombre pudiese acurrucarse en ellas; caobas que dan piezas de un metro cincuenta de diámetro y que pueden ahuecarse en embarcaciones de quince a dieciocho metros, con una capacidad de tres a cuatro toneladas; dragos de dimensiones gigantescas; bauhinias, simples arbustos bajo otras latitudes, aquí los gigantes de esta familia de leguminosas. Imagínese lo que debía de ser el despliegue de las copas de estos árboles a unos cien metros en el aire. Transcurrió aproximadamente una hora. Khamis no dejaba de pasear la mirada en todas direcciones, al acecho de la luz conductora... ¿Y por qué habría renunciado a seguir al guía desconocido? Cierto es que su instinto, unido a ciertas observaciones, lo incitaba a pensar que se había dirigido siempre hacia el este. Ahora bien, no era en esa dirección donde discurría el curso del Ubangui, no era el camino de vuelta... ¿Adónde los había arrastrado, pues, aquella extraña luz? Puesto que no reaparecía, ¿qué hacer? ¿Abandonar aquel lugar? ¿Para ir adónde? ¿Permanecer allí? ¿Y alimentarse en ruta? Ya sentían hambre y sed...

– Sin embargo —dijo John Cort—, nos veremos obligados a partir, y me pregunto si no sería mejor ponernos en marcha de inmediato...

– ¿Hacia qué lado? —objetó Max Huber.

Era la cuestión, ¿y en qué indicio podía uno apoyarse para resolverla?

– En fin —prosiguió John Cort con impaciencia—, nuestros pies no están enraizados aquí, ¡que yo sepa! La circulación es posible entre estos árboles, y la oscuridad no es tan profunda como para que no se pueda uno orientar...

– ¡Vengan! —ordenó Khamis.

Y los tres fueron en descubierta a lo largo de medio kilómetro. Pisaban invariablemente el mismo suelo desbrozado, la misma alfombra pelada y seca, tal como habría estado bajo el cobijo de un tejado impenetrable tanto a la lluvia como a los rayos del sol. Por doquier los mismos árboles, de los que solo se veían las ramas bajas. Y siempre aquel rumor confuso que parecía caer de lo alto y cuyo origen seguía siendo inexplicable. ¿Estaba absolutamente desierto aquel sotobosque? No, y, en varias ocasiones, Khamis creyó entrever sombras deslizándose entre los árboles. ¿Era una ilusión? No sabía muy bien qué pensar. Por fin, después de media hora infructuosamente empleada, sus compañeros y él fueron a sentarse junto al tronco de una bauhinia. Sus ojos empezaban a acostumbrarse a aquella oscuridad, que, por otra parte, se atenuaba. Gracias al sol ascendente, un poco de claridad se propagaba bajo aquel techo tendido por encima del suelo. Ya se podían distinguir los objetos a una veintena de pasos. Y he aquí que estas palabras fueron pronunciadas a media voz por el foreloper:

– Algo se mueve allá abajo...

– ¿Un animal o un hombre? —preguntó John Cort mirando en aquella dirección.

– Sería un niño, en todo caso —hizo observar Khamis—, pues es de pequeña talla...

– ¡Un mono, pardiez! —declaró Max Huber. Inmóviles, guardaron silencio para no asustar a dicho cuadrumano. Si se lograba atraparlo, pues bien, pese a la repugnancia manifestada por la carne simiesca por parte de Max Huber y John Cort... Cierto es que, a falta de fuego, ¿cómo asarla o tostarla? A medida que se acercaba, aquel ser no mostraba asombro alguno. Caminaba sobre las patas traseras y se detuvo a unos pocos pasos. ¡Cuál no fue la estupefacción de John Cort y de Max Huber al reconocer a aquella singular criatura que Llanga había salvado, el protegido del joven indígena! Y estas palabras se cruzaron:

– Él... es él...

– Sin ninguna duda...

– Pero entonces, si este pequeño está aquí, ¿por qué no iba a estar Llanga?

– ¿Están seguros de no equivocarse? —preguntó el foreloper.

– Segurísimos —afirmó John Cort—, y, además, lo vamos a comprobar. Sacó del bolsillo la medalla retirada del cuello del pequeño y, sujetándola por el cordón, la balanceó como un objeto que se presenta ante los ojos de un niño para atraerlo. Apenas este hubo visto la medalla, se lanzó de un salto. ¡Ya no estaba enfermo! Durante aquellos tres días de ausencia había recobrado la salud y, al mismo tiempo, su agilidad natural. Así que se abalanzó sobre John Cort con la evidente intención de recuperar lo suyo. Khamis lo atrapó al vuelo, y entonces ya no fue la palabra «ngora» la que escapó de la boca del pequeño, sino estas palabras claramente articuladas:

– ¡Li-Maï! ¡Ngala... Ngala!

Lo que significaban estas palabras de una lengua desconocida incluso para Khamis, sus compañeros y él no tuvieron tiempo de preguntárselo. Bruscamente aparecieron otros individuos de la misma especie, de alta talla estos, de no menos de un metro setenta del talón a la nuca. Khamis, John Cort y Max Huber no habían podido reconocer si tenían que vérselas con hombres o con cuadrumanos. Resistir a una docena de aquellos silvícolas de la gran selva habría sido inútil. El foreloper, Max Huber y John Cort fueron agarrados por los brazos, empujados hacia delante, obligados a caminar entre los árboles, y, rodeados por la banda, no se detuvieron sino después de un recorrido de quinientos o seiscientos metros. En aquel punto, la inclinación de dos árboles, bastante próximos uno de otro, había permitido fijar en ellos ramas transversales, dispuestas como peldaños. Si no era una escalera, era más que una escala. Cinco o seis individuos de la escolta treparon por ella, mientras los demás obligaban a sus prisioneros a seguir el mismo camino, sin maltratarlos no obstante. A medida que se ascendía, la luz se dejaba percibir a través de las frondas. Por los intersticios se filtraban algunos rayos de aquel sol del que Khamis y sus compañeros habían estado privados desde que habían dejado el curso del río Johausen. Max Huber habría obrado de mala fe si se hubiese negado a reconocer que, decididamente, aquello entraba en la categoría de lo extraordinario. Cuando la ascensión concluyó, a unos treinta metros del suelo, ¡cuál no fue su sorpresa! Veían desplegarse ante ellos una plataforma ampliamente iluminada por la luz del cielo. Por encima se redondeaban las verdeantes copas de los árboles. En su superficie estaban alineadas, en cierto orden, chozas de adobe amarillo y follaje que bordeaban calles. El conjunto formaba un pueblo establecido a aquella altura sobre una extensión tal que no se podían divisar sus límites. Allí iban y venían una multitud de indígenas de tipo semejante al del protegido de Llanga. Su postura, idéntica a la del hombre, indicaba que tenían la costumbre de caminar erguidos, con lo que tenían derecho a ese calificativo de erectus dado por el doctor Eugène Dubois a los pitecántropos hallados en las selvas de Java, carácter antropogénico que dicho sabio considera como uno de los más importantes del intermediario entre el hombre y los simios, conforme a las previsiones de Darwin. Si los antropólogos han podido decir que los cuadrumanos más elevados en la escala simiesca, los que más se aproximan a la conformación humana, se diferencian sin embargo de ella por la particularidad de que se sirven de sus cuatro miembros cuando huyen, parecía que esta observación no habría podido aplicarse a los habitantes del pueblo aéreo. Pero Khamis, Max Huber y John Cort debieron aplazar para más adelante sus observaciones al respecto. Fuesen aquellos seres de los que debían situarse entre el animal y el hombre o no, su escolta, conversando en un idioma incomprensible, los empujó hacia una choza en medio de una población que los miraba sin asombrarse demasiado. La puerta se cerró tras ellos y se vieron lisa y llanamente encarcelados en dicha choza.

– ¡Perfecto! —declaró Max Huber—. Y lo que más me sorprende es que estos originales no parecen prestarnos atención. ¿Es que ya habrán visto hombres?

– Es posible —prosiguió John Cort—, pero queda por saber si tienen la costumbre de alimentar a sus prisioneros...

– ¡O si no tienen más bien la de alimentarse de ellos! —añadió Max Huber. Y, en efecto, puesto que, entre las tribus de África, los monbutus y otros se entregan todavía a las prácticas del canibalismo, ¿por qué aquellos silvícolas, que apenas les eran inferiores, no habrían tenido la costumbre de comerse a sus semejantes, o poco menos? En todo caso, que aquellos seres fuesen antropoides de una especie superior a los orangutanes de Borneo, a los chimpancés de Guinea, a los gorilas del Gabón, que son los más próximos a la humanidad, eso no era discutible. En efecto, sabían hacer fuego y emplearlo para diversos usos domésticos: como la hoguera del primer campamento, como la antorcha que el guía había paseado a través de aquellas sombrías soledades. Y entonces vino la idea de que aquellas llamas errantes, señaladas en la linde, podían haber sido encendidas por estos extraños habitantes de la gran selva. A decir verdad, se supone que ciertos cuadrumanos hacen uso del fuego. Así, Emin Pachá cuenta que los bosques de Msokgonie, durante las noches estivales, son infestados por bandas de chimpancés que se alumbran con antorchas y van a merodear hasta en las plantaciones. Lo que convenía igualmente señalar es que aquellos seres, de especie desconocida, estaban conformados como los humanos en lo referente a la postura y la marcha. Ningún otro cuadrumano habría sido más digno de llevar ese nombre de orangután, que significa exactamente «hombre de los bosques».

– Y además hablan... —hizo observar John Cort, después de diversas observaciones que se intercambiaron a propósito de los habitantes de aquel pueblo aéreo.

– Pues bien, si hablan —exclamó Max Huber—, es porque tienen palabras para expresarse, ¡y las que quieren decir: «¡Me muero de hambre! ¿Cuándo nos sentamos a la mesa?» no me disgustaría conocerlas! De los tres prisioneros, Khamis era el más anonadado. En su mollera, poco dada a las discusiones antropológicas, no le cabía que aquellos seres no fuesen animales, que aquellos animales no fuesen simios. Eran simios que caminaban, que hablaban, que hacían fuego, que vivían en poblados, pero al fin y al cabo simios. E incluso encontraba ya bastante extraordinario que la selva del Ubangui albergase tales especies de las que nunca se había tenido noticia. Su dignidad de indígena del continente negro se resentía de que aquellas bestias «estuviesen tan próximas a sus propios congéneres por sus facultades naturales». Hay prisioneros que se resignan y otros que no se resignan. John Cort y el foreloper —y sobre todo el impaciente Max Huber— no pertenecían a la segunda categoría. Aparte de la molestia de estar encerrado en el fondo de aquella choza, la imposibilidad de ver nada a través de sus paredes opacas, la inquietud por el futuro, la incertidumbre sobre el desenlace de esta aventura, eran motivos sobrados de preocupación. Y además el hambre los apremiaba, pues la última comida se remontaba a unas quince horas. Había, sin embargo, una circunstancia sobre la que podía fundarse alguna esperanza, vaga, sin duda: que el protegido de Llanga habitaba aquel pueblo —su pueblo natal, probablemente— y en medio de su familia, admitiendo que lo que llamamos familia existiese entre aquellos silvícolas del Ubangui.

– Ahora bien —dijo John Cort—, puesto que el pequeño fue salvado del torbellino, cabe pensar que Llanga lo fue también... No deben de haberse separado, y si Llanga se entera de que tres hombres acaban de ser traídos a este pueblo, ¿cómo no iba a comprender que se trata de nosotros? En suma, no nos han hecho ningún daño hasta ahora, y es probable que tampoco se lo hayan hecho a Llanga...

– Evidentemente, el protegido está sano y salvo —admitió Max Huber—, pero ¿lo está el protector? Nada prueba que nuestro pobre Llanga no haya perecido en el río... Nada, en efecto.

En aquel momento, la puerta de la choza, que estaba custodiada por dos robustos mozos, se abrió, y el joven indígena apareció.

– ¡Llanga... Llanga! —exclamaron a la vez los dos amigos.

– ¡Mi amigo Max... mi amigo John! —respondió Llanga, que cayó en sus brazos.

– ¿Desde cuándo estás aquí? —preguntó el foreloper.

– Desde ayer por la mañana...

– ¿Y cómo has venido?

– Me trajeron a través de la selva...

– Los que te llevaban debieron de caminar más deprisa que nosotros, Llanga...

– ¡Muy deprisa!

– ¿Y quién te llevó?

– Uno de los que me habían salvado... que los habían salvado a ustedes también...

– ¿Hombres?

– Sí... hombres... no simios... ¡no! No simios. Siempre afirmativo, el joven indígena. En todo caso, eran ejemplares de una raza particular, sin duda, afectados del signo «menos» respecto a la humanidad... Una raza intermedia de primitivos, quizá especímenes de ese género de antropopitecos que faltan en la escala animal... Y entonces, Llanga contó sumariamente su historia, después de haber besado repetidas veces las manos del francés y del americano, rescatados como él en el momento en que los arrastraba el rápido y a quienes ya no esperaba volver a ver. Cuando la balsa chocó contra las rocas, habían sido precipitados en el torbellino, él y Li-Maï...

– ¿Li-Maï? —exclamó Max Huber.

– Sí... Li-Maï... ese es su nombre... Me lo ha repetido señalándose a sí mismo: «Li-Maï... Li-Maï...»

– ¿Así que tiene un nombre? —dijo John Cort.

– Evidentemente, John... Cuando se habla, ¿no es de lo más natural darse un nombre?

– ¿Es que esta tribu, esta población, como se quiera —preguntó John Cort—, tiene uno también?

– Sí... los wagddis... —respondió Llanga—. ¡He oído a Li-Maï llamarlos wagddis! En realidad, aquella palabra no pertenecía a la lengua congoleña. Pero, wagddis o no, unos indígenas se encontraban en la orilla izquierda del río Johausen cuando se produjo la catástrofe. Unos corrieron hacia la barrera, se lanzaron al torrente en socorro de Khamis, John Cort y Max Huber; los otros en socorro de Li-Maï y de Llanga. Este, habiendo perdido el conocimiento, ya no recordaba lo que había pasado después y creía que sus amigos se habían ahogado en el rápido. Cuando Llanga volvió en sí, estaba en brazos de un robusto wagddi, el padre mismo de Li-Maï, el cual, por su parte, estaba en brazos de la «ngora», ¡su madre! Lo que cabía admitir era que, unos días antes de que Llanga lo encontrase, el pequeño se había extraviado en la selva y sus padres se habían puesto a buscarlo. Ya se sabe cómo Llanga lo había salvado, cómo, sin él, habría perecido en las aguas del río. Bien tratado, bien cuidado, Llanga fue transportado hasta el pueblo wagddiano. Li-Maï no tardó en recobrar las fuerzas, pues no estaba enfermo sino de inanición y fatiga. Después de haber sido el protegido de Llanga, se convirtió en su protector. El padre y la madre de Li-Maï se habían mostrado agradecidos con el joven indígena. ¿Acaso no se encuentra la gratitud en los animales por los servicios que se les prestan, y entonces por qué no habría de existir en seres que les son superiores? En resumen, aquella misma mañana, Llanga había sido llevado por Li-Maï ante aquella choza. ¿Por qué razón? Lo ignoraba entonces. Pero unas voces se dejaban oír, y, prestando oído, había reconocido las de John Cort y Max Huber. He ahí lo que había sucedido desde la separación en la barrera del río Johausen.

– Bien, Llanga, ¡bien! —dijo Max Huber—. Pero nos morimos de hambre, y, antes de continuar tus explicaciones, si puedes, gracias a tus protecciones influyentes... Llanga salió y no tardó en regresar con algunas provisiones: un buen trozo de búfalo asado, salado en su punto, media docena de frutos de la acacia adansonia, llamados pan de mono o pan de hombre, plátanos frescos y, en una calabaza, un agua límpida con el jugo lechoso de lutex que destila una liana de caucho de la especie «landolphia africana». Se comprenderá que la conversación quedó suspendida. John Cort, Max Huber y Khamis tenían una necesidad demasiado formidable de alimento como para mostrarse exigentes con la calidad. Del trozo de búfalo, del pan y los plátanos, no dejaron más que los huesos y las pieles. John Cort, entonces, interrogó al joven indígena, preguntándole si aquellos wagddis eran numerosos.

– ¡Muchos... muchos! He visto muchos... en las calles, en las chozas... —respondió Llanga.

– ¿Tantos como en los pueblos de Bornú o del Barguimi?

– Sí...

– ¿Y no bajan nunca?

– Sí... sí... para cazar... para recoger raíces, frutas... para buscar agua...

– ¿Y hablan?

– Sí... pero yo no entiendo... Y sin embargo... palabras a veces... palabras... que conozco... como dice Li-Maï.

– ¿Y el padre... la madre de ese pequeño?

– ¡Oh! Muy buenos conmigo... y lo que les he traído viene de ellos...

– Me urge expresarles todos mis agradecimientos... —declaró Max Huber.

– ¿Y este pueblo en los árboles, cómo se llama?

– Ngala.

– ¿Y en este pueblo hay un jefe? —preguntó John Cort.

– Sí...

– ¿Lo has visto?

– No, pero he oído que lo llamaban Msélo-Tala-Tala.

– ¡Palabras indígenas! —exclamó Khamis.

– ¿Y qué significan esas palabras?

– El padre Espejo —respondió el foreloper. En efecto, así es como los congoleños designan a un hombre que lleva gafas.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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