Capítulo X
¡Ngora!
Al día siguiente, el cielo serenado —podría decirse desempolvado por el poderoso plumero de las tormentas— redondeaba su bóveda de un azul crudo por encima de las copas de los árboles. Al salir el sol, las finas gotitas de las hojas y las hierbas se volatilizaron. El suelo, muy rápidamente secado, se prestaba a caminar por la selva. Pero no se trataba de reemprender a pie la ruta del suroeste. Si el río Johausen no se desviaba de aquella dirección, Khamis ya no dudaba de alcanzar en una veintena de días la cuenca del Ubangui.
La violenta perturbación atmosférica, sus miles de relámpagos, sus prolongados truenos, sus rayos, no habían cesado hasta las tres de la madrugada. Tras haber atracado en la ribera a través del remolino, la balsa había encontrado un cobijo. En aquel lugar se erguía un enorme baobab cuyo tronco, ahuecado por dentro, ya no se sostenía sino por la corteza. Khamis y sus compañeros, apretándose, cabrían en él. Se transportó allí el modesto material —utensilios, armas, municiones—, que no hubo de sufrir las rachas y cuyo reembarque se efectuó a la hora de la partida.
– A fe mía, ha llegado a tiempo esta tormenta —observó John Cort, que conversaba con Max mientras el foreloper disponía los restos de la caza para aquella primera comida.
Sin dejar de charlar, los dos jóvenes se ocupaban en limpiar sus carabinas, tarea indispensable después de la intensa fusilería de la víspera.
Entretanto, Llanga hurgaba entre los juncos y las hierbas en busca de nidos y huevos.
– Sí, querido John, la tormenta ha llegado a tiempo —dijo Max Huber—, ¡y quiera el cielo que esos abominables animales no se les ocurra reaparecer ahora que se ha disipado! En cualquier caso, mantengámonos en guardia.
Khamis no había dejado de temer que al despuntar el día los cuadrumanos regresasen a las dos orillas. Y de entrada se tranquilizó: no se oía ruido sospechoso alguno a medida que el alba penetraba en el sotobosque.
– He recorrido la orilla unos cien pasos y no he avistado ningún simio —aseguró John Cort.
– Es buen augurio —respondió Max Huber—, y espero emplear en adelante nuestros cartuchos en otra cosa que en defendernos de macacos. Creí que toda nuestra reserva iba a irse en ello...
– ¿Y cómo habríamos podido renovarla? —prosiguió John Cort—. No hay que contar con una segunda jaula para reabastecerse de balas, pólvora y plomo...
– ¡Eh! —exclamó Max Huber—. ¡Cuando pienso que el doctor pretendía establecer relaciones sociales con semejantes seres! ¡Bonita sociedad! En cuanto a descubrir qué términos emplean para invitarse a cenar y cómo se dan los buenos días o las buenas noches, hay que ser realmente un profesor Garner, de los que hay unos cuantos en América..., o un doctor Johausen, de los que hay unos cuantos en Alemania, y quizá incluso en Francia...
– ¿En Francia, Max?
– ¡Oh! Si se buscase entre los sabios del Instituto o de la Sorbona, se encontraría bien algún idio...
– ¡Idiota! —repitió John Cort en tono de protesta.
– Idiomógrafo —completó Max Huber— capaz de venir a las selvas congoleñas a repetir las tentativas del profesor Garner y del doctor Johausen.
– En todo caso, querido Max, si estamos tranquilos respecto al primero, que parece haber roto toda relación con la sociedad de los macacos, no ocurre lo mismo con el segundo, y mucho me temo que...
– ¡Que los babuinos u otros le hayan roto los huesos! —prosiguió Max Huber—. A juzgar por cómo nos recibieron ayer, puede juzgarse si son seres civilizados y si es posible que lo sean algún día.
– Mire, Max, me figuro que las bestias están destinadas a seguir siendo bestias...
– ¡Y los hombres también! —replicó Max Huber riendo—. No quita que lamento mucho regresar a Libreville sin traer noticias del doctor...
– De acuerdo, pero lo importante para nosotros sería haber logrado atravesar esta interminable selva...
– Ya se hará...
– Sea, ¡pero quisiera que ya estuviera hecho!
Por lo demás, el recorrido no presentaba ya sino probabilidades bastante favorables, puesto que la balsa no tenía más que abandonarse a la corriente. Aún así, convenía que el cauce del río Johausen no estuviese embarazado por rápidos, cortado por barreras, interrumpido por cascadas. Es lo que temía sobre todo el foreloper.
En aquel momento, llamó a sus compañeros para el desayuno. Llanga regresó casi al instante, trayendo algunos huevos de pato que fueron reservados para la comida del mediodía. Gracias al trozo de antílope, no habría necesidad de renovar la provisión de caza antes de la parada de mediodía.
– ¡Vaya! Se me ocurre algo —sugirió John Cort—: para no haber gastado inútilmente nuestras municiones, ¿por qué no alimentarnos de la carne de los simios?
– ¡Puaj! —hizo Max Huber.
– ¡Mire qué melindroso!
– Cómo, querido John, ¿chuletas de gorila, solomillos de gibón, piernas de chimpancé... toda una fricasé de mandriles?
– No está malo —afirmó Khamis—. Los indígenas no desdeñan una carne así a la brasa.
– Y yo la comería si hiciera falta... —dijo John Cort.
– ¡Antropófago! —exclamó Max Huber—. Comerse casi a un semejante...
– Gracias, Max...
En fin de cuentas, se abandonó a las aves de rapiña los cuadrumanos muertos durante la batalla. La selva del Ubangui poseía bastantes rumiantes y aves para que no se les hiciese a los representantes de la especie simiesca el honor de introducirlos en un estómago humano.
Khamis experimentó serias dificultades para sacar la balsa del remolino y doblar la punta.
Todos echaron una mano en aquella maniobra, que llevó cerca de una hora. Hubo que cortar jóvenes balizas, desramarlas luego para convertirlas en pértigas con las que se apartaron de la ribera. Como el remolino mantenía allí la balsa, si la banda hubiera regresado a aquella hora, no habría sido posible esquivar su ataque lanzándose a la corriente. Sin duda, ni el foreloper ni sus compañeros habrían salido sanos y salvos de aquella lucha demasiado desigual.
En suma, tras mil esfuerzos, la balsa rebasó el extremo de la punta y comenzó a descender de nuevo el curso del río Johausen.
La jornada prometía ser hermosa. Ningún síntoma de tormenta en el horizonte, ninguna amenaza de lluvia. En cambio, un aguacero de rayos solares caía a plomo, y el calor habría sido tórrido sin una viva brisa del norte, de la que la balsa se habría ayudado mucho de haber poseído una vela.
El río se ensanchaba gradualmente a medida que se dirigía hacia el suroeste. Se acabaron los túneles de verdor extendiéndose sobre su cauce, se acabaron las ramas entrelazándose de una orilla a otra. En tales condiciones, la reaparición de los cuadrumanos en ambas riberas no habría presentado los mismos peligros que la víspera. Por lo demás, no se mostraron.
Las orillas del río, sin embargo, no estaban desiertas. Numerosas aves acuáticas las animaban con sus gritos y sus vuelos: patos, avutardas, pelícanos, martines pescadores y múltiples ejemplares de zancudas.
John Cort abatió varias parejas de aquellas aves, que sirvieron para el almuerzo, junto con los huevos encontrados por el joven indígena. Además, a fin de recuperar el tiempo perdido, no se hizo alto a la hora habitual y la primera parte de la jornada transcurrió sin el menor incidente.
Por la tarde se produjo una alarma, no sin serios motivos.
Eran las cuatro aproximadamente cuando Khamis, que manejaba la espadilla a popa, pidió a John Cort que lo relevase y fue a apostarse de pie a proa.
Max Huber se incorporó, se aseguró de que nada amenazaba ni en la orilla derecha ni en la izquierda y dijo al foreloper:
– ¿Qué mira usted?
– Eso.
Y, con la mano, Khamis señalaba aguas abajo una agitación bastante violenta de las aguas.
– Otro remolino —dijo Max Huber—, o más bien una especie de maelstrom de río... Cuidado, Khamis, de no caer ahí dentro...
– No es un remolino —afirmó el foreloper.
– ¿Y qué es entonces?
A esta pregunta respondió casi al instante una especie de chorro líquido que se elevó unos tres metros por encima de la superficie del río.
Y Max Huber, muy sorprendido, exclamó:
– ¿Es que, por casualidad, hay ballenas en los ríos del África central?
– No... hipopótamos —replicó el foreloper.
Un resoplido sonoro se dejó oír en el instante en que emergía una cabeza enorme con mandíbulas armadas de fuertes defensas, y, por emplear comparaciones singulares pero justas, «un interior de boca semejante a una masa de carne de carnicería, y unos ojos comparables al tragaluz de una cabaña holandesa». Así se han expresado en sus relatos algunos viajeros particularmente imaginativos.
De estos hipopótamos se encuentran desde el cabo de Buena Esperanza hasta el vigésimo tercer grado de latitud norte. Frecuentan la mayoría de los ríos de aquellas vastas regiones, los pantanos y los lagos. Sin embargo, según una observación que se ha hecho, si el río Johausen hubiese sido tributario del Mediterráneo —lo que no era posible—, no habría habido que preocuparse de los ataques de estos anfibios, pues nunca se muestran allí, salvo en el alto Nilo.
El hipopótamo es un animal temible, aunque de carácter apacible. Por una razón u otra, cuando está sobreexcitado, bajo el imperio del dolor, en el instante en que acaba de ser arponeado, se enfurece, se precipita con furia contra los cazadores, los persigue a lo largo de las riberas, embiste contra las canoas, a las que tiene talla para volcar y fuerza para reventar, con unas mandíbulas lo bastante poderosas para cercenar un brazo o una pierna.
Ciertamente, ningún pasajero de la balsa —ni siquiera Max Huber, por enrabietado que estuviese de proezas cinegéticas— debía tener la idea de atacar a semejante anfibio. Pero quizá el anfibio quisiera asaltarlos, y si alcanzaba la balsa, si la embestía, si la aplastaba con su peso, que a veces llega a los dos mil kilogramos, si la acorneaba con sus terribles defensas, ¿qué sería de Khamis y sus compañeros?
La corriente era rápida entonces, y quizá más valía limitarse a seguirla en lugar de acercarse a una de las orillas: el hipopótamo se habría dirigido tras ellos. En tierra, es cierto, sus acometidas habrían sido más fáciles de esquivar, puesto que es inepto para moverse con rapidez con sus patas cortas y bajas, su vientre enorme que arrastra por el suelo. Tiene más de cerdo que de jabalí. Pero en la superficie del río, la balsa estaría a su merced. La haría pedazos, y, suponiendo que los pasajeros hubiesen ganado a nado las orillas, ¡qué enojosa eventualidad la de verse obligados a construir una segunda embarcación flotante!
– Intentemos pasar sin ser vistos —aconsejó Khamis—. Tumbémonos, no hagamos ruido alguno, y estemos listos para echarnos al agua si es necesario...
– Yo me encargo de ti, Llanga —dijo Max Huber.
Se siguió el consejo del foreloper, y cada cual se tumbó sobre la balsa, que la corriente arrastraba con cierta rapidez. En aquella posición, quizá hubiera posibilidad de no ser avistados por el hipopótamo.
Y fue un gran resoplido, una especie de gruñido porcino, lo que los cuatro oyeron unos instantes después, cuando las sacudidas indicaron que franqueaban las aguas agitadas por el enorme animal.
Hubo unos segundos de viva ansiedad. ¿Iba la balsa a ser levantada por la cabeza del monstruo o sumergida bajo su pesada masa?
Khamis, John Cort y Max Huber no se tranquilizaron hasta que la agitación de las aguas hubo cesado, al tiempo que disminuía la intensidad del resoplido cuyas cálidas emanaciones habían sentido al pasar. Se incorporaron entonces y ya no vieron al anfibio, que se había sumergido de nuevo en las capas profundas del río.
Ciertamente, unos cazadores acostumbrados a luchar contra el elefante, que acababan de hacer campaña con la caravana de Urdax, no habrían debido asustarse del encuentro con un hipopótamo. Varias veces habían atacado a estos animales en medio de los pantanos del alto Ubangui, pero en condiciones más favorables. A bordo de aquel frágil ensamblaje de tablones cuya pérdida habría sido tan lamentable, se comprenderán sus aprensiones, y fue una suerte que hubieran evitado las acometidas de la formidable bestia.
Por la noche, Khamis se detuvo en la desembocadura de un arroyo de la orilla izquierda. No se habría podido elegir mejor para la noche, al pie de un grupo de plataneros cuyas anchas hojas formaban cobijo. En aquel lugar, la playa estaba cubierta de moluscos comestibles, que fueron recogidos y comidos crudos o cocidos, según la especie. En cuanto a los plátanos, su sabor silvestre dejaba que desear. Afortunadamente, el agua del arroyuelo, mezclada con el jugo de aquellos frutos, proporcionó una bebida bastante refrescante.
– Todo eso estaría perfecto —dijo Max Huber— si tuviéramos la certeza de dormir tranquilamente... Por desgracia, están esos malditos insectos que no se guardarán de perdonarnos... ¡A falta de mosquitero, nos despertaremos punteados de picaduras!
Y, en verdad, es lo que habría ocurrido si Llanga no hubiera encontrado el modo de ahuyentar aquellas miríadas de mosquitos reunidos en nubes zumbantes.
Se había alejado remontando el arroyo, cuando su voz se dejó oír a corta distancia.
Khamis lo alcanzó al instante y Llanga le mostró en la playa montones de boñigas secas, dejadas por los rumiantes —antílopes, ciervos, búfalos y otros— que solían venir a abrevarse en aquel lugar.
Pues bien, mezclar esas boñigas con una hoguera llameante —lo cual produce un humo espeso de una acritud particular— es el mejor medio, y quizá el único, de ahuyentar a los mosquitos. Los indígenas lo emplean siempre que pueden y les va bien con ello.
Un instante después, un gran montón se elevaba al pie de los plataneros. Se reavivó el fuego con leña muerta. El foreloper echó varias boñigas. Una nube de humo se desprendió y el aire quedó al instante limpio de aquellos insoportables insectos.
La hoguera hubo de ser mantenida durante toda la noche por John Cort, Max Huber y Khamis, que velaron por turnos. Así pues, llegada la mañana, bien repuestos gracias a un buen sueño, reanudaron desde el amanecer el descenso del río Johausen.
Nada hay tan variable como el tiempo bajo este clima del centro de África. Al cielo despejado de la víspera sucedía un cielo grisáceo que prometía una jornada lluviosa. Cierto es que, como las nubes se mantenían en las zonas bajas, no cayó más que una lluvia fina, simple polvareda líquida, no obstante muy desagradable de recibir.
Por fortuna, Khamis había tenido una excelente idea. Las hojas de platanero, de la especie «enseté», son quizá las más grandes de todo el reino vegetal. Los negros se sirven de ellas para techar sus chozas. Solo con una docena se podía montar una especie de toldo en el centro de la balsa, atando sus pecíolos con lianas. Es lo que el foreloper había hecho antes de partir. Los pasajeros se encontraban, pues, a cubierto de aquella lluvia tenue que resbalaba sobre las hojas de enseté.
Durante la primera parte de la jornada se mostraron algunos simios a lo largo de la orilla derecha, una veintena de gran tamaño, que parecían inclinados a reanudar las hostilidades de la antevíspera. Lo más sensato era evitar todo contacto con ellos, y se logró manteniendo la balsa pegada a la orilla izquierda, menos frecuentada por las bandas de cuadrumanos.
John Cort hizo observar juiciosamente que las relaciones debían de ser raras entre las tribus simiescas de ambas orillas, puesto que la comunicación no se establecía más que por los puentes de ramaje y lianas, difícilmente practicables incluso para los simios.
Se «quemó» la parada de mediodía, y, por la tarde, la balsa no se detuvo más que una sola vez, a fin de embarcar un antílope sasabí que John Cort había abatido detrás de una maraña de juncos, cerca de un recodo del río.
En aquel recodo, el río Johausen, torciendo hacia el sureste, modificaba casi en ángulo recto su dirección habitual. Esto no dejó de inquietar a Khamis al verse así empujado hacia el interior de la selva, cuando el término del viaje se encontraba en la dirección opuesta, del lado del Atlántico. Evidentemente, no se podía dudar de que el río Johausen fuese un tributario del Ubangui, pero tener que ir a buscar esa confluencia a algunos centenares de kilómetros, en el centro del Congo independiente, ¡menudo rodeo! Afortunadamente, tras una hora de navegación, el foreloper, gracias a su instinto de orientación —pues el sol no se mostraba—, reconoció que el curso de agua retomaba su dirección primera. Estaba, pues, permitido esperar que arrastraría la balsa hasta el límite del Congo francés, desde donde sería fácil alcanzar Libreville.
A las seis y media, de un vigoroso golpe de espadilla, Khamis atracó en la orilla izquierda, al fondo de una estrecha ensenada, sombreada por las amplias frondas de un cailcedrat de una especie idéntica a la caoba de las selvas senegalesas.
Si la lluvia ya no caía, el cielo no se había despejado de aquellas brumas cuyo espesor el sol no había podido perforar. No habría que inferir de ello que la noche fuese fría. Un termómetro habría marcado entre veinticinco y veintiséis grados centígrados. El fuego crepitó pronto entre las piedras de la ensenada, y fue únicamente para las exigencias culinarias, el asado de un cuarto de sasabí. Esta vez, Llanga habría buscado en vano moluscos para variar el menú, o plátanos para endulzar el agua del río Johausen, el cual, a pesar de cierta similitud de nombre, como hizo observar Max Huber, no recordaba en modo alguno el johannisberg del señor de Metternich. En cambio, se sabría ahuyentar a los mosquitos por el mismo procedimiento que la víspera.
A las siete y media, aún no era de noche. Una vaga claridad se reflejaba en las aguas del río. En su superficie flotaban amasijos de juncos y plantas, troncos de árboles arrancados de las riberas.
Mientras John Cort, Max Huber y Khamis preparaban la dormida, amontonando brazadas de hierba seca al pie del árbol, Llanga iba y venía por la orilla, entreteniéndose en seguir aquella deriva de despojos flotantes.
En aquel momento apareció aguas arriba, a una treintena de toesas, el tronco de un árbol de mediano tamaño, provisto de todo su ramaje. Había sido partido a metro y medio por debajo de su horcadura, donde la rotura era fresca. Alrededor de aquellas ramas, las más bajas de las cuales se arrastraban por el agua, se retorcía un follaje bastante espeso, algunas flores, algunos frutos, todo un verdor que había sobrevivido a la caída del árbol.
Con toda probabilidad, aquel árbol había sido alcanzado por un rayo de la última tormenta. Desde el lugar donde se implantaban sus raíces, había caído sobre la ribera, y luego, resbalando poco a poco, libre de los juncos, atrapado por la corriente, derivaba con los numerosos restos en la superficie del río.
No hay que imaginarse que Llanga hubiese hecho o fuese capaz de hacer tales reflexiones. Aquel tronco no lo habría mirado más que los demás despojos arrastrados por el mismo movimiento, si su atención no hubiera sido atraída de un modo muy especial.
En efecto, entre los intersticios de las ramas, Llanga creyó entrever a una criatura viva que hacía gestos como para pedir socorro. En medio de la penumbra, no pudo distinguir al ser en cuestión. ¿Era de origen animal?
Muy indeciso, iba a llamar a Max Huber y a John Cort cuando se produjo un nuevo incidente.
El tronco no estaba ya más que a una cuarentena de metros, desviándose hacia la ensenada donde estaba atracada la balsa.
En aquel instante, un grito resonó, un grito singular, o más bien una especie de llamada desesperada, como si un ser humano pidiera auxilio. Luego, cuando el tronco pasó ante la ensenada, aquel ser se precipitó a la corriente con la evidente intención de ganar la orilla.
Llanga creyó reconocer a un niño, de talla inferior a la suya. Aquel niño debía de haberse encontrado en el árbol en el momento de su caída. ¿Sabía nadar? Muy mal, en todo caso, e insuficientemente para alcanzar la ribera. Visiblemente, las fuerzas le fallaban. Se debatía, desaparecía, reaparecía, y, a intervalos, una especie de cloqueo escapaba de sus labios.
Obedeciendo a un sentimiento de humanidad, sin tomarse el tiempo de avisar, Llanga se arrojó al río y alcanzó el punto donde el niño acababa de hundirse por última vez.
Al instante, John Cort y Max Huber, que habían oído el primer grito, acudieron corriendo a la orilla de la ensenada. Al ver a Llanga sosteniendo un cuerpo en la superficie del río, le tendieron la mano para ayudarlo a subir a la ribera.
– ¿Eh? Llanga —exclamó Max Huber—, ¿qué has ido a pescar ahí?
– Un niño... mi amigo Max... un niño... Se ahogaba...
– ¿Un niño? —repitió John Cort.
– Sí, mi amigo John.
Y Llanga se arrodilló junto al pequeño ser que acababa de salvar con toda certeza.
Max Huber se inclinó para observarlo más de cerca.
– ¡Eh! ¡Esto no es un niño! —declaró, incorporándose.
– ¿Qué es, entonces? —preguntó John Cort.
– Un monito... un retoño de esos abominables muequeros que nos asaltaron. ¡Y para sacarlo del agua te has arriesgado a ahogarte, Llanga!
– Un niño... sí... ¡un niño! —repetía Llanga.
– Que no, te digo, y te aconsejo que lo mandes a reunirse con su familia al fondo del bosque.
Fuera porque no creyese lo que afirmaba su amigo Max, Llanga se obstinaba en ver un niño en aquel pequeño ser que le debía la vida y que aún no había recobrado el conocimiento. Así pues, sin pretender separarse de él, lo levantó en brazos. Al fin y al cabo, lo mejor era dejarlo hacer a su antojo. Tras haberlo llevado al campamento, Llanga se aseguró de que el niño aún respiraba, lo friccionó, lo calentó, y luego lo acostó sobre la hierba seca, esperando a que abriese los ojos.
Organizada la vela como de costumbre, los dos amigos no tardaron en dormirse, mientras que Khamis permanecería de guardia hasta medianoche. Llanga no pudo entregarse al sueño. Espiaba los más leves movimientos de su protegido; tendido junto a él, le tomaba las manos, escuchaba su respiración... Y cuál fue su sorpresa cuando, hacia las once, oyó esta palabra pronunciada con voz débil: «Ngora... ngora...», ¡como si aquel niño llamase a su madre!