Segunda patria

VII

EL PRIMER DÍA DEL AÑO - PASEO A FALKENHORST - PROYECTO DE CAPILLA - PROPOSICIONES DE VIAJE - DISCUSIÓN - LA PINAZA EN ESTADO DE NAVEGAR - PARTIDA EL 15 DE MARZO.

El 1 de enero cambiáronse mutuas felicitaciones entre las familias Zermatt y Wolston. Una y otra se hicieron algunos regalos de más valor moral que real, de esas nonadas que el tiempo transforma en recuerdos. También hubo enhorabuenas y apretones de mano desde el alba de ese día, fiesta en todas partes, en que el año nuevo:

Se presenta en el teatro

Incierto del porvenir

Como ha dicho un poeta.

Verdad que aquella vez el tal día se distinguía de los doce de los años que le habían precedido desde la llegada de los náufragos a la playa de Zeltheim. Hubo franca alegría, en la que Jack tomó principal parte con el entusiasmo que en todo ponía.

Monsieur Zermatt y mister Wolston se abrazaron. Los antiguos amigos —que como tales era justo calificarles— habían ya podido apreciarse y quererse en su vida común. El primero tuvo para Annah caricias de padre, y el segundo trató a Ernest y a Jack como si fueran hijos suyos. Lo mismo sucedió con las dos madres, que confundieron a sus respectivos hijos en los mismos besos.

Annah Wolston debió sentirse conmovida con los cumplimientos que Ernest le dirigió. No se habrá olvidado que este joven era algo aficionado a la poesía. Ya en una ocasión, y con motivo del honrado pollino, después del encuentro con la monstruosa boa, había compuesto un epitafio en recuerdo de aquél, en versos bastante correctos. Ahora, en honor de la joven invocó a las musas, que le sirvieron de maravilla, y el rostro de Annah se coloreó cuando el joven discípulo de Apolo la felicitó por haber recobrado la salud merced a los purísimos aires de la Tierra Prometida.

– ¡La salud y la dicha! —respondió ella abrazando a madame Zermatt.

Aquel día, que era viernes, fue celebrado como domingo, dirigiendo oraciones de gratitud al Todopoderoso, cuya divina bondad se invocó en favor de los ausentes, y manifestando profundo reconocimiento por los beneficios recibidos.

Después, Jack exclamó:

– ¿Y nuestras bestias?

– ¿Cómo… nuestras bestias? —preguntó monsieur Zermatt.

– Sí… Turco, Falb, Braun, nuestros búfalos Sturm y Brummer, nuestro onagro Leichtfuss, nuestros asnos Pfeil, Flink, Rash, nuestro chacal Coco, nuestra avestruz Brausewind, nuestro mono Knips 11…, en fin, todos nuestros buenos amigos de dos y de cuatro patas…

– Vamos, Jack —dijo madame Zermatt—. No tendrás la pretensión de que tu hermano les dedique unos versos.

– No seguramente, madre; y no creo que esos bravos bichos sean sensibles a la rima… Pero merecen que se les desee feliz año y se les dé doble ración y lecho fresco.

– Jack tiene razón —dijo mister Wolston—, y es natural que hoy nuestras bestias…

– ¡Sin olvidar al cormorán y al chacal de Jenny! —interrumpió Annah.

– Bien dicho, hija mía —añadió mistress Wolston—. Los protegidos de Jenny tendrán su parte en el agasajo.

– Y puesto que hoy es el primer día del año para todos —dijo madame Zermatt

– , pensemos en aquellos que nos han abandonado y que seguramente piensan en nosotros.

Y las dos familias dedicaron cálido recuerdo a los queridos pasajeros de la Licorne.

Las fieles bestias fueron tratadas como se merecían, sin que se les economizara ni el azúcar ni las caricias.

No era aquel día propio para trabajar. Así es que monsieur Zermatt propuso un paseo a pie hasta Falkenhorst, una legua de camino, sin gran fatiga, a la sombra de la hermosa alameda, que unía la morada de verano con la de invierno. El tiempo era soberbio; el calor, fuerte. Pero la doble hilera de árboles no dejaba paso a los rayos solares. Sería una agradable excursión a lo largo del litoral con la mar a la derecha y la campiña a la izquierda.

A las once partieron, para poder permanecer toda la tarde en Falkenhorst, de donde regresarían para la hora de la comida.

Las familias Zermatt y Wolston no habían habitado aquel año ni en Waldegg, ni en Prospect-Hill, ni en Eberfurt, porque estas granjas necesitaban obras de ampliación, que se emprenderían al regreso de la Licorne. Era de suponer que la llegada de nuevos colonos modificaría el dominio actual de la Tierra Prometida.

Después de haber franqueado el cercado de la huerta y el arroyo de los Chacales por el puente de la Familia, los paseantes siguieron por la calle bordeada de árboles frutales, que habían adquirido desarrollo tropical. No había prisa, pues con una hora bastaba para llegar a Falkenhorst. Los perros Braun y Falb, autorizados para seguir a sus amos, saltaban en torno de éstos. Por todas partes, los campos de maíz, cebada, avena, trigo, yuca y patata mostraban sus riquezas. La segunda cosecha prometía ser abundante, sin hablar de la que reservaban las tierras del norte, regadas por las derivaciones del lago de los Cisnes.

– ¡Qué buena idea la de haber utilizado el agua del arroyo de los Chacales, que hasta ahora se perdía sin provecho, puesto que la mar no tenía necesidad de ella! — dijo Jack a mister Wolston.

Los expedicionarios se detenían cada doscientos o trescientos pasos, y durante estas paradas la conversación se animaba. Annah recogía con gran placer algunas de las hermosas flores, cuyo perfume embalsamaba la avenida. Centenares de pájaros saltaban entre las ramas, cargadas de frutos y hojas. La caza cruzaba rápidamente entre la hierba: liebres, conejos, gallos silvestres, ortegas y becadas. Ernest y Jack no habían obtenido permiso para llevar sus fusiles, y parecía que los volátiles lo comprendían. Se había ido a pasear, no a cazar.

– Pido —había dicho al partir madame Zermatt, apoyada en su pretensión por Annah—, pido que hoy no se intente nada contra esos inofensivos bichos.

Ernest, en quien la afición cinegética no era muy grande, contestó de buena gana; pero Jack se hizo de rogar. Salir sin su fusil, al que consideraba como parte de sí mismo, era como si saliese sin un brazo o una pierna.

– Puedo llevarlo, aunque no lo use —había dicho—. Me comprometo a no disparar aunque se me presente a veinte pasos una bandada de perdices.

– No seríais capaz de mantener vuestra promesa, Jack —respondió la joven—. Con Ernest no habría peligré, pero con vos sí.

– Pero ¿y si se presentase alguna fiera, pantera, oso, tigre, león…? Los hay en la isla.

– No en Tierra Prometida, Jack —había replicado madame Zermatt—. Vamos… Accede a nuestras súplicas. Te quedan trescientos sesenta y cuatro días en el año.

– ¿Es bisiesto al menos?

– No —dijo Ernest.

– ¡Qué lástima!

Una hora después, las dos familias se detuvieron al pie de Falkenhorst. Antes de nada, monsieur Zermatt se aseguró de que el cercado que encerraba a los animales de corral estaba en buen estado. Ni los monos ni los jabalíes se habían entregado a sus habituales instintos de robo. Jack no hubiera tenido ocasión de ejercer el derecho de represalias en aquellos merodeadores. Los paseantes descansaron en la terraza semicircular construida sobre las raíces del enorme árbol, y que, por estar cubierta de una mezcla de resina y alquitrán, era impermeable. Se refrescaron allí con hidromiel, y luego, subiendo por la escalerilla interior, llegaron a la plataforma, a cuarenta pies del suelo.

¡Qué dicha experimentaba allí la familia Zermatt! Aquello era su primer nido, al que se unían tantos recuerdos… Con sus dos balcones, su doble piso, sus habitaciones, cubiertas con un techo de cortezas bien unidas, su ligero mueblaje, el nido se había convertido en una encantadora y fresca casa. Pero, al presente, no sería más que un sitio de parada. En Prospect-Hill se harían instalaciones más espaciosas. Sin embargo, monsieur Zermatt conservaría el antiguo «nido del halcón» todo el tiempo que el árbol lo sostuviera entre sus ramas, y hasta que, aniquilado por los años, se cayera de viejo.

Por la tarde, hablando en el balcón, mistress Wolston propuso lo siguiente. Muy devota y de sentimientos religiosos muy arraigados, nadie se sorprendió de que se expresase de esta forma:

– He admirado con frecuencia, y aún admiro, todo cuanto habéis hecho en este rincón de vuestra isla. Felsenheim, Falkenhorst, Prospect-Hill, vuestras granjas, vuestras plantaciones, vuestros campos… Todo ello indica tanta inteligencia como ánimos para el trabajo… Pero he preguntado a madame Zermatt por qué faltaba una cosa…

– ¿Una capilla? —respondió en seguida Betsie—. Tenéis razón…, y debemos al Todopoderoso esta muestra de gratitud.

– Más que una capilla…, ¡un templo! —exclamó Jack—. ¡Un monumento con soberbio campanario! ¿Cuándo comenzaremos, padre? Los materiales no faltan. Mister Wolston hará los planos. Nosotros los ejecutaremos.

– Pero —respondió sonriendo monsieur Zermatt—. Si en la imaginación veo el templo, no veo el pastor… el predicador…

– Lo será François a su regreso —dijo Ernest.

– Y entretanto, no os inquiete eso, monsieur Zermatt —respondió mistress Wolston—. Nos contentaremos con rezar en nuestra capilla.

– Mistress Wolston… Vuestra idea es excelente, y es preciso no olvidar que bien pronto vendrán nuevos colonos. Así, durante el vagar de la estación lluviosa la estudiaremos… Buscaremos sitio conveniente.

– Me parece —dijo entonces madame Zermatt—, que si Falkenhorst no ha de servirnos ya de casa, sería más fácil transformarlo en capilla aérea.

– ¡Y nuestras plegarias estarían ya a mitad del camino del cielo, como diría nuestro querido François! —añadió Jack.

– Resultaría algo lejos de Felsenheim —respondió monsieur Zermatt—. Me parece preferible erigir la capilla en la vecindad de nuestra principal habitación, en torno a la cual se agruparán poco a poco las nuevas casas… En fin, lo repito… Estudiaremos este proyecto.

Durante los tres o cuatro meses que duró la buena estación se practicaron trabajos urgentes, y del 15 de marzo a fines de abril no hubo día de descanso. Mister Wolston no economizaba su esfuerzo; pero no podía reemplazar a Fritz y a François en la labor de hacer provisión de hierba en las granjas para asegurar el alimento durante el invierno. Entre carneros, cabras y cerdos, habría actualmente un centenar en Waldegg, Eberfurt y Prospect-Hill, y los establos de Felsenheim no hubiesen bastado para alojar este rebaño. La dificultad no era tan grande tratándose del averío, al que en el mal tiempo se le ponía en el corral, donde no faltaban los cuidados a los pollos, a las avutardas y pichones. Los gansos y ánades podrían volar sobre la mar, situada a dos tiros de fusil. Únicamente las bestias de tiro, asnos, búfalos y vacas, no dejaban Felsenheim. De este modo, aun prescindiendo de la caza y de la pesca, abundantes desde abril a septiembre, sólo con los productos del corral la alimentación estaba asegurada.

El 15 de marzo, y durante ocho días, los trabajos en el campo no exigían el concurso de todos. No había pues, inconveniente en destinar esta semana a alguna excursión fuera de los límites de la Tierra Prometida. Así se trató entre las dos familias, dando cada uno su opinión sobre el caso.

Mister Wolston no coniza más que la parte que se extendía entre el arroyo de los Chacales y el cabo de la Esperanza Perdida, comprendiendo las granjas de Waldegg, Eberfurt, Zuckertop y Prospect-Hill.

– Y me asombra, mi querido Zermatt —dijo un día—, que en el espacio de doce años, ni vos ni vuestros hijos hayáis procurado penetrar en el interior de la Nueva Suiza…

– ¿Y para qué, Wolston? —replicó monsieur Zermatt—. Pensad que, cuando ocurrió el naufragio del Landlord y fuimos arrojados a esta costa, mis hijos eran muy niños e incapaces, por tanto, para ayudarme en una exploración… Mi mujer tampoco hubiera podido acompañarme, y habría sido gran imprudencia dejarla sola.

– ¡Sola con François, que no tenía más que cinco años! —añadió madame Zermatt—. Además no habíamos perdido la esperanza de ser recogidos por algún barco.

– Ante todo —continuó monsieur Zermatt—, se trataba de subvenir a nuestras necesidades, permaneciendo cerca del navío hasta retirar de éste todo cuanto pudiera sernos útil. En la desembocadura del arroyo de los Chacales teníamos agua dulce, en la orilla izquierda campos propios para el cultivo, y, no lejos, excelentes plantaciones. Después, la casualidad nos hizo descubrir la morada sana y segura de Felsenheim… ¿Debíamos perder el tiempo en satisfacer nuestra curiosidad?

– Además, alejarnos de la bahía del Salvamento —hizo observar Ernest—, ¿no era exponernos a encontrarnos con los indígenas como los de las Andamán y los de las Nicobar, del océano índico, que tienen tan feroz reputación?

– En fin —añadió monsieur Zermatt—, cada día traía una nueva ocupación que la necesidad no nos permitía dejar de cumplir. Cada nuevo año nos imponía los trabajos del año precedente. Además, los hábitos adquiridos, la costumbre del bienestar, nos hicieron echar raíces, por decirlo así, en este sitio… Ésta es la razón por la que no lo hemos abandonado. De este modo han transcurrido los años… y parece que llegamos ayer… ¿Qué queréis, mi querido Wolston? Nos encontrábamos bien aquí, y no hemos pensado que fuera prudente ir a buscar otro sitio mejor.

– Todo eso es muy lógico —respondió mister Wolston—; pero en lo que a mí se refiere, confieso que no hubiera podido resistir durante tantos años el deseo de explorar la comarca al sur… al este… al oeste…

– Porque vos tenéis sangre inglesa —respondió monsieur Zermatt—, y vuestros instintos os arrastran a viajar. Pero nosotros somos suizos, pacíficos y sedentarios, que no abandonan sus montañas sin gran pena… Gentes que gustan de permanecer en sus casas, y sin las circunstancias que nos han obligado a abandonar Europa…

– Protesto, padre —replicó Jack—, protesto en lo que a mí se refiere. Por suizo que yo sea, me hubiera gustado recorrer el mundo.

– Tú eres digno de ser inglés, mi querido Jack —declaró Ernest—, y yo no te censuro por tener ese ansia de locomoción. Por lo demás, creo que mister Wolston tiene razón. Es necesario que practiquemos un reconocimiento completo en la Nueva Suiza.

– Que es una isla del océano índico, como ahora sabemos —añadió mister Wolston—. Y será conveniente que esa exploración se efectúe antes del regreso de la Licorne.

– ¡Cuándo padre quiera! —exclamó Jack, dispuesto siempre a lanzarse a nuevos descubrimientos.

– Ya hablaremos de eso después de la mala estación —declaró monsieur Zermatt

– . Yo no me opongo a un viaje al interior… Reconozcamos, no obstante, que hemos sido favorecidos llegando a esta costa sana a la vez que fértil… ¿Existe otra que valga lo que ella?

– ¿Quién sabe? —respondió Ernest—. Es cierto que cuando hemos doblado el cabo del Este para ganar la bahía de la Licorne, no hemos visto más que un litoral de rocas desnudas, peligrosos arrecifes y playas arenosas. Pero más allá, descendiendo al sur, es probable que la Nueva Suiza presente mejor aspecto.

– La manera de saberlo —dijo Jack—, es dar la vuelta a esta tierra con nuestra pinaza.

– Pero —insistió mister Wolston— si no habéis ido en la parte este más que hasta la bahía de la Licorne, habéis seguido las costas del norte en gran extensión.

– Sí… En unas quince leguas —respondió Ernest—. Desde el cabo de la Esperanza Perdida hasta la bahía de las Perlas.

– Y ni aun hemos tenido la curiosidad de visitar la Roca Humeante —exclamó Jack.

– ¡Un islote árido que Jenny no ha mostrado nunca deseo de volver a ver! —dijo Annah.

– En suma —concluyó monsieur Zermatt—, lo más útil será explorar los territorios que se avecinan con la bahía de las Perlas hasta la costa, pues más allá se suceden verdes praderas, colinas accidentadas, campos de algodoneros… bosques…

– Donde se recolectan trufas —dijo Ernest.

– ¡Ah, goloso! —exclamó Jack.

– Trufas, en efecto —respondió riendo monsieur Zermatt—, y donde también se encuentra quien las desentierre…

– Sin olvidar las panteras y los leones —dijo Betsie.

– Bien: de todo eso resulta —declaró mister Wolston— que para aventurarse a una u otra parte será preciso tomar precauciones. Pero puesto que nuestra futura colonia tendrá necesidad de extenderse más allá de la Tierra Prometida, paréceme preferible practicar el reconocimiento por el interior en vez de hacerlo por la mar.

– Y antes del regreso de la corbeta —añadió Ernest—. En mi opinión lo mejor será franquear el desfiladero de Cluse, atravesar el valle de Grünthal, elevándonos hasta las montañas que se ven desde Eberfurt.

– ¿No os han parecido muy alejadas? —preguntó mister Wolston.

– Sí… Unas quince leguas —respondió Ernest—, y no se distingue más que su azulado perfil en el horizonte.

– Estoy segura de que Ernest ha formado ya un plan de viaje —dijo Annah Wolston sonriendo.

– Lo confieso, Annah —respondió el joven—, y tengo gran impaciencia por conseguir formar un mapa exacto de nuestra Nueva Suiza.

– Mis queridos amigos —dijo entonces monsieur Zermatt—. Voy a manifestaros mis proyectos para comenzar a satisfacer los deseos de mister Wolston.

– Aceptado desde luego —respondió Jack.

– Espera, impaciente. Antes de que los trabajos de la segunda cosecha nos reclamen, transcurrirán unos doce días, y si os parece bien dedicaremos la mitad de ellos a visitar la parte de la isla que limita la ribera del este.

– ¿Y mientras los hombres van a esa excursión, madame Zermatt, Annah y yo nos quedaremos solas en Felsenheim? —dijo mistress Wolston con disgusto.

– De ningún modo, mistress Wolston —respondió monsieur Zermatt—. Iremos todos a bordo de la pinaza.

– ¿Cuándo partimos? —exclamó Jack—. ¿Hoy?

– ¿Por qué no ayer? —respondió riendo monsieur Zermatt.

– Puesto que ya hemos reconocido el interior de la bahía de las Perlas —dijo Ernest—, a mi juicio lo mejor es seguir la ribera de levante. La pinaza se dirigiría directamente a la bahía de la Licorne y continuaría hacia el sur. Tal vez descubriríamos la desembocadura de un río cuyo curso procuraríamos seguir.

– Es una excelente idea, Ernest —afirmó monsieur Zermatt—. A menos que no fuese preferible dar la vuelta a la isla —hizo observar mister Wolston.

– ¿La vuelta a la isla? —respondió Ernest—. Sería menester más tiempo del que disponemos, pues en nuestra primera excursión al valle de Grünthal no se distinguía más que el azulado perfil de las montañas en el horizonte.

– De eso precisamente importa tener conocimiento preciso —insistió mister Wolston.

– ¡Y lo que deberíamos saber desde hace mucho tiempo! —declaró Jack.

– En fin, es cosa convenida —concluyó monsieur Zermatt—, y tal vez ese litoral presente la desembocadura de un río por el que sea posible seguir, si no con la pinaza, al menos con la canoa.

Aceptado el proyecto, se fijó la partida para treinta y seis horas después, lo que no era mucho para los preparativos. En primer lugar, era preciso poner la Isabel en estado de hacer el viaje, y al mismo tiempo dejar dispuestas las provisiones para el sustento de los animales domésticos durante una ausencia que circunstancias imprevistas podían prolongar.

La faena era, pues, larga, para todos. Mister Wolston y Jack se ocuparon en visitar la pinaza, que estaba anclada en el fondo de la ensenada. No había navegado desde su viaje a la bahía de la Licorne. Había que hacer en ella algunas reparaciones, y mister Wolston entendía de este asunto. La navegación no era para él cosa nueva, y además se podía contar con Jack, el intrépido sucesor de Fritz, que manejaba la Isabel como el kayak. Y hasta sería preciso reprimir su ardor, que podría arrastrarle a alguna imprudencia.

Monsieur Zermatt y Ernest, madame Zermatt, mistress Wolston y Annah, encargados de aprovisionar los establos y el corral, lo hicieron con gran cuidado. Nada faltaría a los búfalos, al onagro, asnos, vacas y al avestruz. Se aseguraría igualmente la alimentación a los pollos, gansos, ánades, al cormorán de Jenny, a los de£ chacales, al mono y a los perros. Solamente irían a la expedición Braun y Falb, pues en el curso de ella podría presentarse ocasión de cazar, si la pinaza hacía escala en algún punto de la costa.

Claro es que estas disposiciones exigieron una visita a las granjas de Waldegg, Eberfurt, Zuckertop y Prospect-Hill, donde estaban repartidos los diversos animales; pero con ayuda del carro en las treinta y seis horas todo estuvo terminado.

Realmente no había tiempo que perder. Las cosechas tocaban a su madurez. La recolección no podía retrasarse más de doce días. No había duda de que la pinaza estaría de vuelta antes de esta época.

En la noche del 15 de marzo se llevaron a bordo una caja de conserva, un saco de harina, un barril de hidromiel, un tonel de vino de palma, cuatro fusiles, cuatro pistolas, pólvora, balas y proyectiles en cantidad suficiente para las dos piezas de la Isabel, mantas, ropa blanca, vestidos, blusas de hule y utensilios de cocina.

Dispuesto todo para la marcha, no restaba más que aprovechar, al alba, el viento que vendría de tierra y remontar hacia el cabo del Este.

Después de una noche tranquila, a las cinco, las dos familias embarcaron en compañía de los dos perros, que saltaban alegremente.

Cuando los pasajeros hubieron ocupado sus puestos en el puente, la canoa fue izada a popa. Después, dispuestos la cangreja, el trinquete y el foque, colocado monsieur Zermatt en el timón, y mister Wolston y Jack en las escotas, la pinaza se puso en movimiento, y pasado el islote del Tiburón, no tardó en perder de vista las alturas de Felsenheim.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

0 parole · tariffa: 0 kreuzer (i punti diventano STOP)