V
REGRESO A FELSENHEIM - VIAJE DE LA ISABEL A LA BAHÍA DE LAS PERLAS - UN SALVAJE - UNA CRIATURA HUMANA - JENNY MONTROSE - NAUFRAGIO DE LA DORCAS - DOS AÑOS EN LA ROCA HUMEANTE - RELATO DE FRITZ.
Fácilmente se comprenderá la inquietud experimentada por monsieur Zermatt pensando en los peligros que su hijo iba a correr. Como no era posible ni detenerle ni reunirse con él, la chalupa tuvo que continuar su camino hacia el cabo de la Esperanza Perdida.
De vuelta a Felsenheim, monsieur Zermatt no quiso decir aún nada, a sus hijos ni a su mujer, de la excursión emprendida por Fritz. Hubiera sido causar inútiles inquietudes y crear vanas esperanzas. No habló más que de una exploración por la costa del litoral del oeste. Sin embargo, al cabo de tres días el ausente no había regresado, y monsieur Zermatt, muy ansioso, resolvió ir en busca de él.
El 20 de abril, al alba, aparejó la Isabel. Con provisiones para el viaje, llevaba a bordo al padre, a la madre y a sus tres hijos.
El viento no era muy favorable; venía del sudeste. Por la tarde la pinaza rodeó las rocas de la arcada y entró en la bahía de las Perlas.
Monsieur Zermatt ancló junto al banco de ostras, en la desembocadura del río, donde se veían los restos del antiguo campamento. Todos se preparaban a desembarcar cuando Ernest gritó:
– ¡Un salvaje! ¡Un salvaje!
En efecto; al oeste de la bahía, entre los islotes maniobraba una canoa.
Hasta entonces no había motivo para suponer que la Nueva Suiza estuviese habitada. En previsión de un ataque la Isabel se puso a la defensa, con los cañones cargados y los fusiles prestos a hacer fuego. Pero cuando el salvaje se hubo acercado a algunos cables, exclamó Jack:
– ¡Es Fritz!
Era él, solo en su kayak. Por la mucha distancia no había podido reconocer la piragua, que no esperaban encontrar en aquellos parajes, y avanzaba con prudencia, habiendo tomado la precaución de ennegrecer su rostro y manos.
Reunido con su familia, besó a su madre y hermanos, no sin mancharles algo las mejillas, y llevó aparte a su padre.
– He logrado mis propósitos —dijo.
– ¿Cómo…? ¡La inglesa de la Roca Humeante!
– Está allí… En un islote de la bahía de las Perlas —respondió Fritz—. Os tomé por salvajes y no quise exponerla.
Sin decir nada a su mujer ni a sus hijos, monsieur Zermatt dirigió la pinaza hacia el islote situado cerca del litoral, al oeste de la bahía. Al aproximarse pudieron distinguir un bosquecillo de palmeras, vecino a la playa, y en él una barraca al estilo hotentote.
Todos desembarcaron. Fritz disparó un pistoletazo al aire, y un joven bajó ágilmente de un árbol, entre cuyas ramas estaba oculto.
No tardó en ser conocido el misterio. Aquella criatura humana, la primera que los náufragos del Landlord encontraban después de diez años, no era un hombre, sino una joven de veinte años a lo más, vestida con traje de marinero. Era Jenny Montrose, la joven inglesa de la Roca Humeante.
Madame Zermatt, Ernest, Jack y François supieron entonces cómo Fritz había conocido la situación de aquella infortunada sobre un islote volcánico, más allá de la bahía de las Perlas, y cómo había contestado a su escrito con otro que la joven no había de recibir, pues el albatros no volvió a la Roca Humeante.
¡Cómo pintar la acogida que se hizo a Jenny Montrose, y la ternura con que madame Zermatt la estrechó en sus brazos! En espera de que ella refiriese su historia, Jenny sabía ya por Fritz la de la Nueva Suiza y la de los náufragos del Landlord.
La pinaza abandonó en seguida la bahía de las Perlas con toda la familia, aumentada con la joven inglesa. Todos hablaban el inglés y el alemán lo bastante para entenderse. ¡Qué muestras de afecto fueron prodigadas por una y otra parte durante este viaje de regreso! Jenny acababa de encontrar un padre, una madre, unos hermanos. Monsieur y madame Zermatt, Fritz, Ernest, Jack y François llevaban una hija y una hermana, respectivamente, a su casa de Felsenheim.
La Isabel conducía algunos utensilios fabricados por Jenny y llevados a bordo por el kayak desde la Roca Humeante. Era natural que la pobre abandonada quisiera conservar estos objetos, que representaban para ella tantos recuerdos.
Además, la Isabel llevaba también dos seres vivos, dos fieles compañeros, de los que la joven no hubiera podido separarse: un cormorán adiestrado para la pesca y un chacal domesticado, que, seguramente, haría buena pareja con el de Jack.
Desde su partida la Isabel fue favorecida por viento fresco, que permitió usar su velamen. El tiempo era tan seguro, que monsieur Zermatt no pudo resistir el deseo de hacer escala en los diversos establecimientos de la Tierra Prometida, conforme se presentaban, cuando la pinaza hubo doblado el cabo de la Esperanza Perdida.
El primero fue Prospect-Hill, situado sobre la verde colina, de donde la vista se extendía hasta Falkenhorst. Allí pasaron la noche, y hacía mucho tiempo que Jenny no había reposado con tan apacible sueño.
Fritz y François habían partido al alba con el kayak, a fin de prepararlo todo en Felsenheim para recibir a la joven inglesa.
Tras ellos la pinaza se dio a la mar e hizo escala en el islote de la Ballena, donde pululaban los conejos. Monsieur Zermatt quiso que Jenny fuera la propietaria de aquel islote, presente que ella recibió con gratitud.
Desde este punto los pasajeros de la Isabel hubieran podido hacer el camino por tierra, visitando la granja de Waldegg y la casa aérea de Falkenhorst; pero monsieur y madame Zermatt deseaban dejar a Fritz el placer de conducir allí a su nueva compañera.
La pinaza continuó, pues, siguiendo el litoral hasta la desembocadura del arroyo de los Chacales. Cuando tocaba en la entrada de la bahía del Salvamento, fue recibida con tres salvas, disparadas por la batería del islote del Tiburón. Al mismo tiempo Fritz y François izaban el pabellón blanco y rojo en honor de la joven.
Contestada esta salva por los dos cañones de la pinaza, monsieur Zermatt arribó en el momento en que Fritz y François desembarcaban del kayak. Reunida la familia, subió por la playa para llegar a Felsenheim.
¡Qué admiración experimentó Jenny al penetrar en la fresca y verde galería, y al ver la disposición y el mueblaje de las diversas habitaciones! Esta admiración creció al ver la mesa preparada por Fritz y su hermano, la vajilla de loza, las tazas de bambú, los platos de nuez de coco, las copas de huevos de avestruz, junto a los utensilios de origen europeo, provenientes del Landlord. La comida se componía de pescado fresco, ave asada, jamón de pécari y varias frutas, que la hidromiel y el vino de Canarias regaron agradablemente.
El puesto de honor fue reservado a Jenny Montrose, entre monsieur y madame Zermatt. De los ojos de la joven brotaron nuevas lágrimas de ternura y alegría cuando sobre una banderola, adornada con flores, colocada sobre la mesa, leyó estas palabras:
«¡Viva Jenny Montrose! ¡Bendita sea su llegada al domicilio del Robinsón suizo!»
Entonces la joven refirió su historia.
Jenny era la única hija del mayor William Montrose, oficial de la armada de las Indias, donde, aún muy niña, había seguido a su padre de guarnición en guarnición. Huérfana de madre a la edad de siete años, fue educada con solicitud paternal, de forma que pudiera sostener las luchas de la vida si su único sostén llegaba a faltarle. Fue instruida en todo lo que una joven debe saber, formando gran parte su educación los ejercicios corporales, principalmente la equitación y la caza, para los cuales mostraba disposiciones poco comunes a su sexo.
A mediados del año 1812, el mayor Montrose, nombrado coronel, recibió orden de volver a Europa a bordo de un barco de guerra encargado de repatriar a los veteranos de la armada indoinglesa. Llamado para mandar un regimiento en expedición lejana, todas las probabilidades eran que él no regresaría sino para recibir su retiro. De aquí la necesidad para su hija, joven de diecisiete años, de volver a su país natal, al lado de su tía, hermana del coronel, la que habitaba en Londres. Allí esperaría el regreso de su padre, que descansaría al fin de las fatigas de una vida por completo consagrada al servicio de las armas.
Como Jenny no podía embarcarse en el barco destinado para el transporte de las tropas, el coronel la confió, con la asistencia de una doncella, a un amigo suyo, el capitán Greenfield, que mandaba la Dorcas. Este navío partió algunos días antes que el que debía conducir al coronel.
La travesía fue mala desde el principio: al salir del golfo de Bengala, tempestades que se desencadenaron con violencia extraordinaria; después persecución por una fragata francesa, que obligó a la Dorcas a buscar refugio en el puerto de Batavia.
Cuando el enemigo abandonó aquellos parajes la Dorcas se hizo a la mar de nuevo, dirigiéndose al cabo de Buena Esperanza. El mal tiempo hizo difícil la navegación. Los vientos contrarios se mantuvieron con persistencia extraordinaria. La Dorcas tuvo que apartarse de su camino por efecto de una furiosa tempestad que venía del sudeste. Durante una semana el capitán Greenfield no pudo conocer su posición. Por último, sin que hubiera podido decir a qué parajes del océano Indico le había arrojado la tempestad, su navío, una noche, chocó contra un escollo.
A alguna distancia se alzaba una costa desconocida. La tripulación, arrojándose en una chalupa, procuró llegar a aquélla. Jenny Montrose, su doncella y algunos pasajeros se embarcaron en otro bote. El navío se hundía y era menester abandonarlo pronto.
Media hora después la segunda chalupa naufragaba, mientras la primera desaparecía entre las tinieblas.
Cuando Jenny se recobró del síncope que había sufrido se halló en una playa, donde el oleaje la había depositado, siendo probablemente la única sobreviviente del naufragio de la Dorcas.
¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que la chalupa se hundió en la mar? La joven no podía decirlo. Verdadero milagro fue que conservara fuerzas bastantes para arrastrarse hasta una gruta, donde, después de haber comido algunos huevos, se durmió.
Al levantarse secó al sol el traje de hombre con que se había vestido en el momento del naufragio, para tener más libres los movimientos, y en uno de los bolsillos del mismo había un eslabón de metal, con el que pudo procurarse fuego.
En una excursión a lo largo de las playas del islote no vio a ninguno de sus compañeros. Sólo restos del navío, algunas piezas de madera, que Jenny utilizó como combustible.
Era tal la energía física y moral de aquella joven, y el poder de su educación, casi viril, que la desesperación no entró en su alma. Organizó su instalación en la gruta. Algunos clavos arrancados de los restos de la Dorcas fueron sus únicas herramientas. Diestra de manos, y poseyendo el espíritu de la invención, supo fabricar diversos objetos de primera necesidad. Consiguió hacer un arco, y construir flechas, para dedicarse a la caza de pelo y pluma, bastante abundante en aquella parte de la costa, y subvenir a su diario sustento; y domesticó a algunos animales, entre ellos el chacal y el cormorán, que jamás la abandonaron.
En el centro del islote, al que el mar había arrojado a la náufraga, alzábase una gran montaña volcánica, cuyo cráter vomitaba vapores y llamas. Después de haber trepado hasta su cúspide, a un centenar de toesas sobre el nivel del mar, Jenny no consiguió distinguir ninguna tierra en el horizonte.
La Roca Humeante, de unas dos leguas de circunferencia, no presentaba hacia el este más que un estrecho valle, por el que se deslizaba un diminuto río Algunos árboles de variadas especies, al abrigo de los malos vientos, la cubrían con su espeso ramaje. Sobre uno de ellos estableció Jenny su morada, como lo había hecho la familia Zermatt en Falkenhorst.
La caza en los alrededores del valle, la pesca en el río por medio de anzuelos, fabricados con clavos; los frutos de algunos árboles y varias cajas de conservas y barriles de vino arrojados al litoral durante los dos o tres días que siguieron al naufragio permitieron a Jenny añadir algo a las raíces y moluscos con que al principio se había alimentado.
¿Cuánto tiempo vivió así Jenny Montrose en la Roca Humeante?
Al principio no se dio cuenta del tiempo que transcurría. Sin embargo, recordando ciertos hechos y uniendo algunos datos pudo establecer un cálculo bastante aproximado de los meses transcurridos desde la pérdida de la Dorcas. Unos dos años y medio pensaba que había durado su estancia en el sitio indicado, y no se equivocaba.
Durante este largo tiempo, ni un solo día dejó la joven de interrogar con la mirada al horizonte. ¡Jamás una vela se destacó sobre el fondo del cielo! Cuando éste estaba despejado, desde lo más alto de la isla le parecía distinguir tierra en dirección este… Mas ¿cómo franquear la distancia que de ella la separaba? ¿Qué tierra era?
A aquella latitud de la zona intertropical el frío no era temible, pero Jenny sufrió bastante en la estación de las lluvias. Refugiada en el fondo de la gruta, de donde no podía salir para pescar o cazar, la cuestión de la alimentación era difícil. Felizmente, con huevos, muy abundantes entre las rocas, y con moluscos, amontonados al pie de la gruta, y con las frutas conservadas para aquel período, su existencia quedó asegurada.
Más de dos años habían transcurrido cuando tuvo la idea —una inspiración del cielo— de atar a la pata de un albatros, del que se había apoderado, un escrito que daba a conocer su abandono sobre la Roca Humeante. No podía indicar el sitio en que ésta se encontraba. Así que dio libertad al pájaro, éste tendió el vuelo hacia el nordeste; y… ¿qué probabilidad existía de que volviese a la Roca Humeante?
Transcurrieron algunos días sin que el pájaro apareciera. La tenue esperanza que la joven había puesto en aquella tentativa, desvanecíase poco a poco. Sin embargo, no quiso entregarse a la desesperación. Puesto que el socorro que aguardaba no venía por aquel camino, vendría por otro.
Tal fue la relación que Jenny hizo a la familia Zermatt. Durante ella más de una vez corrieron lágrimas, pues era imposible oírla sin conmoverse. ¡Cuántos besos prodigó Betsie a su nueva hija para secar el llanto que ésta vertía!
Quedaba por saber cómo Fritz había descubierto la Roca Humeante.
Ya se ha dicho que cuando la chalupa salió de la bahía de las Perlas, Fritz, que la precedía en su kayak, previno a su padre, por medio de una carta, de su intención de ir en busca de la joven inglesa. Así es que, después de pasar la arcada, en vez de seguir la costa al este, se alejó en sentido opuesto. El litoral estaba sembrado de arrecifes y bordeado de enormes rocas. A lo lejos se amontonaban algunos árboles tan hermosos como los de Waldegg o Eberfurt. Numerosos ríos iban a verter sus aguas en el fondo de pequeñas bahías. La costa del noroeste no se parecía a la que se desarrollaba entre la bahía del Salvamento y la bahía de los Nautilos.
El calor, muy intenso durante esta primera jornada, obligó a Fritz a desembarcar para buscar un poco de sombra. Tomó algunas precauciones, pues varios hipopótamos que estaban en la desembocadura de los ríos hubiesen fácilmente hecho pedazos el kayak.
Después de llegar a la orilla de un bosque espeso, Fritz arrastró su barca al pie de un árbol, y, lleno de fatiga, durmióse con profundo sueño.
Al siguiente día continuó su navegación hasta las doce de la mañana. En la escala que a esta hora hizo, el atrevido joven tuvo que rechazar la acometida de un tigre, al que hirió en el lomo, mientras el águila pretendía sacar los ojos a la fiera. Dos pistoletazos le hicieron caer muerto.
¡Pero qué disgusto para Fritz! El águila, con el vientre abierto por un zarpazo del tigre, no respiraba. Fue preciso enterrar a la pobre Blitz en la arena, y Fritz volvió a embarcarse, inconsolable por haber perdido a su fiel compañera de caza.
Este segundo día había sido empleado en seguir los contornos del litoral. Ningún vapor lejano indicaba la presencia de la Roca Humeante La mar estaba serena. Fritz resolvió alejarse a fin de ver si alguna humareda se alzaba al horizonte del sudoeste. Lanzó, pues, su kayak en esta dirección. Su pequeña vela se hinchaba con el fresco viento que venía de tierra. Después de horas de navegación, se aprestaba a cambiar de rumbo cuando creyó entrever un ligero vapor… Entonces Fritz olvidó sus fatigas, la ansiedad que su prolongada ausencia causaría en Felsenheim, los riesgos que tenía que correr tan lejos en alta mar. Con la ayuda de los remos el kayak voló por la superficie de las olas. Una hora después se encontraba a seis cables de una isla dominada por un monte volcánico, del que salían humo y llamas. La parte oriental de la isla parecía árida. Rodeándola Fritz, vio que estaba cortada por la desembocadura de un río. El kayak fue arrastrado al fondo de una estrecha ensenada y depositado en la arena. A la derecha se abría una gruta, a cuya entrada una criatura humana dormía profundamente. ¡Con qué emoción contempló Fritz a la pobre abandonada! Era ésta una joven de diecisiete o dieciocho años, vestida con traje de grosera tela proveniente de la vela de un navío, pero limpio y no mal hecho. Sus facciones eran encantadoras; su rostro, de infinita dulzura. Fritz no se atrevía a despertarla, a pesar de que al despertar la esperaba la salvación. Al fin la joven abrió los ojos. La presencia de un extraño le hizo lanzar un grito de sorpresa y de espanto. Fritz la tranquilizó con un gesto, y le dijo en inglés:
– Nada temáis, miss… No trato de haceros daño alguno. Vengo a salvaros. Y antes de que ella pudiera responderle, él refirió cómo un albatros había caído en sus manos, y que el animal llevaba un escrito en que se pedía auxilio para la inglesa de la Roca Humeante. Añadió que algunas leguas al este había una tierra donde vivía una familia de náufragos. Entonces, después de haberse arrodillado para dar gracias a Dios, la joven tendió a Fritz sus manos y le expresó su reconocimiento. En seguida refirió su historia a grandes rasgos, e invitó a Fritz a visitar su miserable alojamiento. Fritz aceptó a condición de no emplear mucho tiempo en la visita, pues deseaba conducir a la inglesa cuanto antes a Felsenheim.
– Mañana —respondió ella—. Mañana partiremos, Fritz. Dejadme pasar esta noche en la Roca Humeante, puesto que jamás volveré a verla.
– Mañana, pues —respondió el joven. Y uniendo a las provisiones de Jenny las que el kayak llevaba, ambos hicieron una comida, durante la cual se refirieron su extraordinaria historia. Después de rezar sus oraciones, Jenny se retiró al fondo de la gruta, mientras Fritz se acostaba a la entrada como un fiel perro guardián. Al día siguiente, al amanecer, fueron embarcados en el kayak los objetos que Jenny no quería abandonar, sin olvidar su cormorán y su chacal. La joven, que se había puesto su traje de hombre, tomó asiento en la popa de la barca. La vela fue izada, hicieron funcionar los remos, y una hora después los últimos vapores de la Roca Humeante se perdían en el horizonte.
Fritz contaba con hacer directamente el camino al cabo de la Esperanza Perdida; pero el kayak, cargado con excesivo peso, chocó contra una roca y hubo necesidad de hacer en él algunas reparaciones. Fritz entró, pues, en la bahía de las Perlas, y condujo a su compañera a un islote donde la pinaza fue a recogerla.
Tal fue el relato de Fritz.
La vida siguió su curso habitual, tanto en Falkenhorst como en Felsenheim, vida aún más feliz desde que Jenny Montrose formaba parte de aquella honrada y laboriosa familia. Transcurrían los días muy ocupados con el cuidado de las granjas y el de los animales. Al presente, una hermosa fila de árboles frutales se extendía desde el arroyo de los Chacales hasta Falkenhorst. Se hermoseó Waldegg, Zuckertop, Eberfurt y Prospect-Hill. ¡Qué horas más deliciosas pasaban en esta quinta, formada con cañas de bambú, al estilo de los chalets suizos! Desde la cúspide de la colina la mirada podía extenderse, por una parte, sobre una gran porción de la Tierra Prometida, y por otra, sobre un horizonte de ocho a nueve leguas, limitado por la línea del cielo y del agua.
Llegó la estación de las lluvias, que el mes de junio trajo en gran abundancia. Fue preciso dejar Falkenhorst para volver a Felsenheim. Eran siempre dos o tres meses bastante penosos; tristes sobre todo por la continuidad del mal tiempo. Algunas excursiones a las granjas, exigidas por el cuidado de los animales, algunas cacerías que llevaban a Fritz y a Jack a los alrededores de Felsenheim… A esto se reducían las ocupaciones.
Sin embargo, aquella familia no permanecía ociosa. Los trabajos adelantaban bajo la dirección de madame Zermatt. Jenny la ayudaba aportando toda su ingeniosa actividad de anglosajona, que difería del método suizo, algo más rutinaria. La joven estudiaba la lengua alemana con monsieur Zermatt, y la familia la inglesa, que Fritz habló corrientemente al cabo de algunas semanas. ¿Cómo no había de hacer progresos con una profesora cuyas lecciones le eran tan agradables?
No se lamentaban, pues, mucho de los largos días de la estación lluviosa. La presencia de Jenny daba a las veladas un nuevo encanto. Nadie manifestaba deseos de retirarse a su cuarto. Madame Zermatt y Jenny trabajaban en la costura, a no ser cuando la joven, que poseía voz encantadora, accediendo de buen grado a las instancias de la familia, cantaba algo. Aprendió varias de esas canciones helvéticas, de esas melodías de las montañas que no envejecen. ¡Y qué entusiasmo producían al salir de su boca! Tras la música venía la lectura confiada a Ernest, y parecía que la hora del reposo llegaba siempre demasiado pronto.
Seguramente en este ambiente de familia, monsieur Zermatt, su mujer y sus hijos eran tan felices como es posible serlo. Verdad que los temores del porvenir, la eventualidad de que la salud faltase, y en fin, el recuerdo de su país turbaban a veces esta dicha. Además, a Jenny se le oprimía el corazón cuando pensaba en su padre. Desde hacía más de dos años el coronel Montrose debía de estar de regreso en Londres, donde en vano esperaba a su hija. Del navío que debía llevarla allí, la Dorcas, no se tenían noticias, y lo presumible era que hubiera naufragado en algún ciclón de las Indias. En fin, ¿puede ser completa la dicha de los que viven en el aislamiento, sin relaciones con sus semejantes? ¿Qué eran, en suma, los habitantes de la Nueva Suiza sino los náufragos del Landlord?
Ya se sabe qué inesperado acontecimiento había modificado tan profundamente aquella situación.