Segunda patria

XXVIII

PARTIDA PARA FALKENHORST - EL CANAL - INQUIETUD - EL CORRAL DEVASTADO - LA MORADA AÉREA - EN LA CIMA DEL ÁRBOL - DESESPERACIÓN -

UNA HUMAREDA SOBRE FELSENHEIM - ¡ALERTA!

Al día siguiente, a las siete, después de un almuerzo compuesto de los restos de la víspera con el aditamento de la despedida —un vaso de vino de palma—, Fritz y sus compañeros abandonaron Eberfurt.

Llenos de impaciencia, se proponían andar en menos de tres horas las tres leguas que les separaban de la granja de Falkenhorst.

Porque, efectivamente, hacia Falkenhorst, y no sin razón, decidió Fritz dirigirse.

Existía otro camino: el que unía la granja de Waldegg, al extremo del lago de los Cisnes, pero hubiera alargado la jornada. Lo más corto era caminar en línea recta hacia Falkenhorst, de donde se bajaría a Felsenheim, siguiendo la hermosa avenida que bordeaba la ribera hasta la desembocadura del arroyo de los Chacales.

– Posible es —dijo Fritz— que nuestras familias estén actualmente instaladas en su casa aérea…

– Y si así es —añadió Jenny—, tendremos el placer de abrazarlas una hora antes…

– Y tal vez antes —respondió Dolí—, si tenemos la buena suerte de encontrarlas en el camino…

– ¡Con tal que no estén veraneando en Prospect-Hill! —observó François—. Entonces nos veríamos obligados a subir hasta el cabo de la Esperanza Perdida…

– ¿No es desde ese cabo —pregunto el capitán Gould—, desde el que monsieur Zermatt debe espiar la llegada de la Licorne?

– Ese es capitán —respondió Fritz—, y como la corbeta ha debido de terminar sus reparaciones, no puede tardar en estar a la vista de la isla…

– Sea lo que sea —dijo el contramaestre—, en mi opinión, lo mejor que podemos hacer es partir… Sí en Falkenhorst no hay nadie, iremos a Felsenheim; y si aquí tampoco hay nadie, iremos a Prospect-Hill o a otra parte… Pero… ¡andando…!

Los utensilios de cocina y los útiles para el cultivo no faltaban en Eberfurt, pero Fritz había buscado inútilmente armas y municiones de caza. Cuando su padre y hermanos iban a la granja llevaban sus fusiles, pero por prudencia nunca los dejaban allí. Por lo demás, desde el momento en que ni los tigres, ni los leones, ni las pantera podían franquear el desfiladero de Cluse, no había temor de atravesar el distrito de la Tierra Prometida. Seguramente el viaje ofrecía más peligros entre el pico Jean Zermatt y el valle de Grünthal. Un sendero propio para carros —¡cuántas veces había pasado por el de monsieur Zermatt, arrastrado por los búfalos y el onagro!— aparecía entre los campos cultivados y en plena vegetación y los verdes macizos de árboles. La prosperidad de aquel suelo regocijo a los ojos, y el capitán Gould, el contramaestre, James y Suzan Wolston que por vez primera veían aquella región, estaban maravillados. ¡Sí…! ¡Los colonos podían emigrar a ella, pues bastaría para alimentar a centenares de ellos, como la isla a miles…!

Tras hora y media de marcha, y casi en la mitad del camino de Eberfurt a Falkenhorst hizo alto durante unos minutos ante un río cuya existencia no conocía.

– Esto es nuevo… —dijo.

– Ciertamente —respondió Jenny—. No recuerdo que hubiera un río en este sitio…

– ¡Este río mas bien parece un canal! —hizo observar el capitán Gould.

En efecto un canal hecho por la mano del hombre.

– Tenéis razón capitán —dijo Fritz—, mister Wolston habrá tenido la idea de derivar las aguas del arroyo de los Chacales, con objeto de alimentar el Lago de los Cisnes y mantener el nivel de éste durante la estación cálida, lo que permite regar los alrededores de Waldegg…

Como se sabe, Fritz no se engañaba.

– Sí —continuó François—. Debe de ser vuestro padre, querida Doll, quien ha tenido esta idea y la ha puesto en práctica…

Tampoco François se engañaba.

– ¡Oh! —dijo Doll—. En mi opinión, algo habrá contribuido a esta obra vuestro hermano Ernest…

– Sin duda. Nuestro sabio Ernest —añadió Fritz.

– Y ¿por qué no el intrépido Jack y también monsieur Zermatt? —preguntó el capitán Gould.

– ¡Entonces, toda la familia! —dijo riendo Jenny.

– Sí… ¡Las dos familias que ahora no forman más que una! —respondió Fritz.

El contramaestre intervino, según su costumbre, con una observación de las mas justas.

– Si aquel o aquellos que han construido este canal —dijo— han hecho bien, aquel o aquellos que permiten que sea atravesado arrojando sobre él un puentecillo, merecen también elogios… Pasemos, pues, y continuemos nuestro camino.

Franqueado el puentecillo, entraron en la parte más espesa del bosque, del que salía el riachuelo que vertía sus aguas cerca de Falkenhorst, un poco mas abajo del islote de la Ballena.

Para ser verídicos, conviene advertir que Fritz y François, con el oído alerta, buscaban percibir algún lejano ladrido o algún escopetazo… ¿Qué hacía Jack, el furioso cazador, si no cazaba en tan hermosa mañana? Precisamente la caza se levantaba en todas direcciones, huía por entre las matas y se dispersaba de árbol en árbol… De tener fusiles, los dos hermanos hubieran hecho doble golpe varias veces. Les parecía que el pelo y la pluma no habían sido nunca abundantes en el distrito.

Sus compañeros demostraban verdadera sorpresa.

Pero, salvo el piar de los pajarillos, el canto de las perdices y avutardas, y a veces los rugidos de los chacales, no se percibía el ruido de detonación alguna ni el ladrido del perro en persecución de la caza.

Verdad que Falkenhorst se encontraba aún a una legua larga, y bien podía suceder que la familia estuviera instalada todavía en Felsenheim.

Pasado el río de Falkenhorst, siguióse por la orilla derecha hasta la entrada del bosque, al extremo del cual se alzaba el gigantesco nopal, cuyas ramas bajas soportaban la casa aérea. Medía hora era suficiente para atravesar dicho bosque.

Probablemente ni madame ni monsieur Zermatt, ni Ernest ni Jack, ni mister Wolston, ni su mujer ni su hija debían de estar en Falkenhorst. Parecía imposible que ya no se hubieran encontrado huellas que indicasen su presencia… ¿Turco, Falb, Braun, no hubieran sentido la proximidad de sus amos? ¿No hubiesen anunciado con alegres ladridos la vuelta de los ausentes?

Profundo silencio reinaba bajo los grandes árboles, silencio que no dejaba de producir vaga inquietud. Cuando Fritz miraba a Jenny, leía en los ojos de ésta un sentimiento de ansiedad, que realmente no tenía justificación. François, presa de excitación nerviosa, iba y volvía sobre sus pasos.

Todos sentían lo mismo. Dentro de diez minutos estarían en Falkenhorst… ¿Diez minutos…? ¿No era como si ya hubieran llegado?

– Seguramente —dijo el contramaestre, que pretendía que los espíritus reaccionasen— nos veremos obligados a descender por vuestra hermosa avenida de árboles hasta Felsenheim… Un retraso de una hora… esto es todo… ¿Y qué vale después de tan larga ausencia…?

Se apresuró el paso… Algunos instantes después aparecieron la orilla del bosque y el gigantesco nopal en medio del corral, cerrado con una empalizada que limitaba un seto vivo.

Fritz y François corrieron a la puerta colocada en mitad del seto.

Esta puerta estaba abierta, y se pudo notar que había sido medio arrancada de sus goznes.

Los dos hermanos penetraron en el corral deteniéndose junto al estanque central.

La casa estaba desierta.

Del corral y de los establos no se escapaba ningún ruido, por más que las vacas, cameros y aves fueran sus huéspedes durante el verano. Bajo los cobertizos y en gran desorden, que contrastaba con tos cuidadosos hábitos de madame Zermatt, mistress Wolston y su hija, veíanse diversos objetos, cajas, instrumentos de cultivo, etcétera.

François corrió a los establos…

No contenían más que algunas brazadas de hierba seca en los pesebres.

¿Era que aquellos animales habían forzado las puertas del cercado? ¿Erraban por el campo? No… Puesto que ni uno de ellos había sido visto en los alrededores de Falkenhorst… Después de todo, podía ser que, por una u otra razón, hubieran sido llevados a otras granjas; y sin embargo, esta explicación no satisfacía a nadie.

Como se recordará, la granja de Falkenhorst comprendía dos pisos: el uno, dispuesto entre las ramas del nopal y el otro entre las raíces que formaban arco en su base. Sobre éstas, y construidas con cañas de hambres que sostenían el techo, había una terraza con barandilla; terraza que cubría varios cuartos, separados por tabiques fijados en las raíces, y bastante espaciosos para que cupiesen las dos familias.

Este primer piso estaba tan silencioso como los artejos del corral.

– ¡Entremos! —dijo François con alterada voz.

Siguiéronle los demás… De todas las bocas se escapó un grito… Palabra no pudo pronunciarla ninguno… Los muebles estaban derribados, las sillas; y mesas tiradas… los cofres abiertos… la ropa blanca sobre el suelo, los utensilios por los rincones. Parecía como sí la casa hubiera sido entregada al pillaje… De las reservas de víveres que generalmente había en Falkenhorst nada quedaba. En el almiar, ni rastro de heno… En la bodega, vacíos los barriles de vino, cerveza y licores. Ni un arma, a excepción de una pistola cargada, que el contramaestre recogió y se puso en el cinto; y sin embargo en Falkenhorst se dejaban siempre carabinas y fusiles durante la época de la caza.

Fritz, François, Jenny… todos quedaron aterrados ante el inesperado desastre… ¿Había sucedido lo mismo en las demás granjas, y únicamente la de Eberfurt había quedado libre del pillaje…? ¿Y quiénes eran los que lo habían realizado…?

– Amigos míos —dijo el capitán Gould—. Ha sucedido una desgracia, pero tal vez no es tan grande como parecéis temer…

Nadie respondió. Fritz, François y Jenny tenían el corazón herido… Después de poner la planta en la Tierra Prometida, cuando la alegría se desbordaba de su alma… ¿qué encontraban en Falkenhorst…? ¡La ruina y el abandono…!

¿Qué había sucedido? ¿La Nueva Suiza había sido invadida por una banda de esos piratas, tan numerosos en aquella época en el océano Indico, donde las islas Andamán y Nicobar les ofrecían seguro refugio? ¿La familia había podido abandonar a tiempo Felsenheim, retirándose a alguna otra parte del distrito y hasta huir de la isla? ¿Habían caído en manos de los piratas o habían sucumbido procurando defenderse?

En fin; última pregunta: ¿el suceso había acaecido algunos meses antes, algunas semanas o algunos días, y hubiera sido posible evitarlo, de llegar la Licorne en el plazo fijado?

Jenny se esforzaba por contener sus lágrimas, mientras que Suzan y Doll sollozaban. François quería lanzarse en busca de su padre, de su madre, de sus hermanos, y fue menester que Fritz le contuviera. Harry Gould y el contramaestre, después de haber salido varias veces de la casa para visitar la empalizada, habían vuelto sin haber visto nada que pudiera aclarar las dudas de todos.

Preciso era, no obstante, tornar alguna resolución. ¿Convenía permanecer en Falkenhorst y esperar allí los acontecimientos, o era preferible bajar a Felsenheim sin saber a qué atenerse? ¿Convendría efectuar un reconocimiento dejando a Jenny, a Doll y a Suzan Wolston al cuidado de James, mientras que Fritz, François, Harry Gould y John Block iban a la descubierta, ya por la avenida del litoral ya a través del campo?

En todo caso era menester salir de aquella incertidumbre, aunque la verdad de los hechos robase la última esperanza.

Y Fritz respondió indudablemente al sentimiento general cuando dijo:

– Procuremos llegar a Felsenheim…

– Y partamos… —exclamó François.

– Yo os acompañaré —declaró el capitán Gould.

– Y yo también —añadió John Block.

– Sea —respondió Fritz—; pero james quedará con Jenny. Doll y Suzan, que estarán seguras en lo alto de Falkenhorst…

– Subamos todos primero —propuso John Block—, y desde arriba tal vez veremos algo…

Era lo más indicado antes de hacer exploraciones por fuera. Desde la cima del nopal la mirada se extendía por una parte de la Tierra Prometida y de la mar en su parte este, y abrazaba también unas tres leguas del litoral comprendido entre la bahía del Salvamento y el cabo de la Esperanza Perdida.

– ¡Arriba! ¡Arriba! —respondió Fritz al oír la proposición del contramaestre.

El piso, establecido entre las ramas del árbol, había escapado a la devastación gracias al espeso ramaje del nopal que lo ocultaba a las miradas. La puerta que daba acceso a la escalera que subía por el interior del tronco no mostraba señales de violencia, siendo, por lo demás, poco visible en el fondo de la última habitación.

François hizo saltar la cerradura de la puerta.

En pocos instantes todos subieron por la escalera, alumbrados por las rendijas del tronco, llegando al balcón circular resguardado por una cortina de hojas.

Fritz y François se apresuraron a penetrar en el interior de la primera habitación.

Ni ésta ni las contiguas presentaban señal de desorden. Los lechos estaban en buen estado; los muebles en su sitio. Esto confirmaba que los bandidos no habían podido descubrir la puerta de abajo. El piso, se repite, no había sido advertido por estar oculto entre las ramas del nopal y ser espesísimo el follaje.

Jenny visitó con Doll y Suzan aquellas alcobas que tanto conocía y que varias veces había habitado con la familia.

Verdaderamente parecía que madame Zermatt y mistress Wolston lo habían ordenado todo la víspera. Se encontró carne, fiambre, harina, arroz, conservas, líquidos para una semana, conforme a la costumbre seguida lo mismo en Falkenhorst que en las granjas de Waldegg, Eberfurt. Prospect-Hill y Zuckertop.

Verdad que en aquella situación nadie pensaba en la cuestión de víveres. Lo que preocupaba, lo que desesperaba, era el abandono en que se encontraba Falkenhorst, en pleno verano, y el pillaje de que los compartimientos del corral habían sido teatro.

Vueltos al balcón, Fritz y el contramaestre se izaron hasta las ramas superiores del nopal, a fin de dominar con la vista el mayor espacio posible.

Al norte se desarrollaba la línea de la costa que terminaba en el cabo de la Esperanza Perdida, en la colma donde se elevaba Prospect-Hill. Pero en esta dirección la mirada era detenida por los macizos, y no podía pasar de la granja de Waldegg. Nada sospechoso se advirtió.

Al oeste, más allá del canal que ponía en comunicación el arroyo de los Chacales y el lago de los Cisnes, se extendía la comarca regada por el río de Falkenhorst, cuyo puentecillo habían atravesado Fritz y sus compañeros. Comarca tan desierta como la que se desarrollaba al oeste hasta el desfiladero de Cluse.

Al levante se alargaba el vasto brazo de mar comprendido entre el cabo de la Esperanza Perdida y el cabo del Este, tras el cual aparecía la bahía de la Licorne, No se veía una sola vela, ni una embarcación a lo largo del litoral. Nada más que la extensión líquida, de la que emergía al nordeste el escollo sobre el que, en otro tiempo, naufragó el Landlord.

Cuando las miradas se volvieron al sur no pudieron distinguir a distancia de una legua más que la entrada de la bahía del Salvamento, junto al baluarte que protegía la casa de Felsenheim.

Verdad que de esta casa y de sus dependencias nada se percibía, a excepción de la cima verde de los árboles del huerto, y, subiendo al oeste, la línea luminosa que indicaba el curso del arroyo de los Chacales.

Fritz y John Block descendieron al balcón después de diez minutos consagrados a este primer examen. Utilizando el catalejo que monsieur Zermatt dejaba siempre en Falkenhorst, habían mirado atentamente en dirección a Felsenheim y al litoral.

A nadie vieron… Era de creer que las dos familias no estaban en la isla.

Era posible que monsieur Zermatt y los suyos hubiesen sido conducidos por los salteadores a alguna granja de la Tierra Prometida, y aun quizás a otra parte de la Nueva Suiza. Sin embargo, a esta hipótesis hizo Harry Gould una objeción a la que hubiera sido difícil responder:

– Esos salteadores, sean los que sean —dijo—, han debido venir por mar y acostar en la bahía del Salvamento. Pero no hemos visto ninguna de sus embarcaciones… De aquí que hay que suponer que han partido de nuevo… Llevándose tal vez…

Nadie osó responder al capitán… Lo más grave era que Felsenheim no parecía tampoco habitado… Desde la cima del árbol no se veía humareda alguna sobre las plantaciones del huerto.

Harry Gould emitió entonces la idea de la posibilidad de que las dos familias hubiesen abandonado voluntariamente la Nueva Suiza en vista de que la Licorne no había llegado en la época fijada.

– ¿Y cómo? —preguntó Fritz, que hubiese querido asirse a esta esperanza.

– A bordo de un navío llegado a estos parajes —respondió Harry Gould—. Ya en alguno de los que han debido ser enviados de Inglaterra, ya en otro cualquiera al que los azares de la navegación hayan conducido a vista de la isla…

Esta explicación era admisible en cierto modo. Pero ¡cuántas razones había para que el abandono de la Nueva Suiza no fuera debido a esta circunstancia!

Fritz dijo entonces:

– No hay que dudar… Exploremos…

– ¡Vamos! —respondió François. En el momento en que Fritz se disponía a bajar, Jenny le detuvo diciendo:

– ¡Una humareda! Me parece distinguir una humareda que se eleva sobre Felsenheim. Fritz tomó el catalejo, y dirigiéndolo al sur miró durante un minuto. Jenny tenía razón. Una columna de humo, visible entonces, se distinguía sobre las rocas que por la parte de atrás limitaban Felsenheim.

– ¡Allí están! ¡Allí están! —gritó François—. Ya debiéramos estar a su lado. Nadie lo dudó. Había tal necesidad de asirse a una esperanza, que todo fue olvidado… la soledad de los alrededores de Falkenhorst, el pillaje del corral, la ausencia de los animales domésticos, los establos vacíos, el piso bajo devastado… todo. Sin embargo, la razón volvió a algunos; por lo menos al capitán y al contramaestre… Evidentemente el humo que se percibía indicaba que en aquel momento había gente en Felsenheim… ¿pero quién era esta gente? ¿No serían los salteadores…? De aquí la conveniencia de acercarse con toda prudencia… Quizá lo mejor sería no seguir la avenida que descendía al arroyo de los Chacales. Caminando a campo través, de macizo en macizo, había probabilidades de llegar al fin sin ser descubiertos. En fin, todos se disponían ya a abandonar la morada aérea cuando Jenny dijo, bajando el catalejo que acababa de pasear por la parte de la bahía:

– Y la prueba de que las dos familias están allí… de que no han abandonado la isla, es que el pabellón flota sobre el islote del Tiburón. Así era la verdad… Aún no se había visto aquel pabellón blanco y rojo, que no obstante se desplegaba sobre la batería… ¿Pero daba esto la seguridad de que monsieur Zermatt, mister Wolston, sus mujeres y sus hijos no hubiesen abandonado la isla? ¿Es que por costumbre el pabellón no flotaba siempre en aquel sitio? No se discutió sobre este punto… Antes de una hora todo se explicaría en Felsenheim.

– ¡Partamos! ¡Partamos! —repetía François, y se dirigió a la escalera.

– ¡Esperad! ¡Esperad! —dijo de pronto el contramaestre en voz baja. Se le vio subir por el balcón en la parte que daba a la bahía del Salvamento. Después de separar las hojas, pasó por entre ellas su cabeza y la retiró precipitadamente.

– ¿Qué hay? —preguntó Fritz.

– Los salvajes —respondió John Block.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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