7
SE SEPARAN LOS CARTÓGRAFOS
Unos disparos hicieron que el corpulento Marcial despertase sobresaltado bajo el chamizo de la embarcación. Apartó el mosquitero, se cubrió precipitadamente con la camisa y sin esperar calzarse las botas se precipitó en la parte donde sabía reposaba su «sobrino».
El muchacho también había despertado y con cierta alarma indagó:
– ¿Qué pasa, Marcial?
– No lo sé; pero al oír disparos temí que… a ti…
– Tranquilízate, hombre. ¡No me pasa nada!
– Sí, eso. ¡Encima ríñeme! No hago más que des vivirme por protegerte, y tú…
– Yo agradezco tu interés, Marcial. Pero a veces…
– A veces…, ¿qué? ¡Vamos, dilo!
– Que a veces te pasas.
– Lo dices por esos dos jóvenes, ¿verdad?
– Admite que anoche no estuviste muy cortés con ellos.
– En cambio, tú sí. ¡Demasiado! Les invitaste a llevarlos en nuestra embarcación.
– Oíste que perdieron su piragua.
– ¡Lo oí! Pero bien podían viajar en la otra. De no adelantarte tú, seguro que don Felipe y sus. amigos les habrían invitado a ir en la suya.
– No habrá ningún peligro. No han descubierto quién soy.
– ¡Pero yo sí lo sé! ¡Y me inquieta que lo descubran!
– Eres un gruñón, Marcial. Deja de discutir y averigua quién ha disparado y por qué.
Fuera del chamizo que les servía de camarote, Marcial observó que en la vecina embarcación los tres geógrafos también se habían despertado bruscamente. Lo anunciaban las escasas ropas que vestían y don Felipe le gritó:
– ¿Ha oído esos disparos?
– Sí… Parece que es en la jungla, algo lejos.
– Eso calculé yo —intervino don Miguel.
En aquel instante apareció el mestizo Vélez por la popa, informando:
– Tranquilos, señores. ¡No pasa nada!
– ¿Y esos disparos? —insistió Marcial.
– Deben ser sus amigos, esos dos franchutes. Se levantaron muy temprano, para ir a cazar.
Unos minutos después, se acercaban a la orilla con aire muy satisfecho Jacques Helloch y su amigo Germán Paterne. Su botín de caza consistía en dos «ángeles», un «zuro» —palomas silvestres—, así como dos pécaris y un saíno, además de un «capuchino», uno de los monos pequeños y comestibles de aquellos territorios.
Lo dejaron todo junto a los rescoldos del fuego de la noche anterior, aunque el buen humor de Jacques Helloch le hizo lanzar más hacia la orilla el «capuchino» gritándole con aire festivo al ex militar:
– ¡Ahí tiene, Marcial! Lo cacé para usted.
Todos sonrieron divertidos empezando a bajar de las embarcaciones, pero Marcial con repugnancia exclamó:
– ¿Un mono?
– Es un «capuchino».
– ¡Cómaselo usted!
– ¿Qué dice, hombre? Le aseguro que bien guisado ofrece a los gourmets un excelente regalo para el paladar.
– ¡Pues no lo quiero!
– Usted se lo pierde, amigo. El mismo Chaffanjón ha escrito en su libro que un «capuchino» vaciado y asado a fuego lento, según la costumbre de los indios, resulta muy apetitoso. ¡Un manjar escogido!
Sin dejar de festejar la broma del joven cartógrafo, el muchachito remachó:
– Es cierto, Marcial. Yo también lo leí en el libro del explorador Chaffanjón.
Molesto por sentirse el blanco de todos, el ex sargento insistió:
– Repito que no lo quiero. Me comeré una de esas palomas.
Mientras el mestizo Vélez y algunos nativos se aprestaban a preparar el desayuno, don Felipe dijo a los dos cazadores:
– Han sido ustedes muy amables, al molestarse en proporcionarnos carne fresca.
– Es lo menos que podíamos hacer; anoche nos invitaron ustedes.
Mirándoles con los ojos muy brillantes por la admiración que sentía, el joven muchacho comentó:
– ¿Pero es que ustedes no se cansan nunca? ¡Han debido levantarse muy temprano!
– Ser explorador y perezoso no es compatible, Juan —dijo Jacques—. Te lo digo por experiencia.
La charla se hizo animada y general durante el desayuno, para al poco las dos embarcaciones proseguir el viaje Orinoco arriba. Por cierto que el terreno, al ir ganando altura, presentaba aspectos muy diferentes. No era ya la inmensidad de planicies que se esparcían hasta el horizonte, sino que se perfilaban las montañas. Parecían una especie de cordilleras ribereñas que contrastaban con los llanos de la ribera derecha.
Entre estos cerros podían distinguirse los de Carichana, caprichosamente dibujados en medio de una región llena de lujuriosa verdosidad. Por la tarde, cuando la ribera derecha se convirtió en plana, las embarcaciones tuvieron que tomar el rumbo de la izquierda a fin de remontar el raudal de Cariben, único paso que el río ofrece en este sitio.
Al este se abrían esas extensas playas de tortugas, tan fructuosamente explotadas en otra época; pero esta explotación mal dispuesta y conducida sin cuidado, entregada a la avidez desordenada de los indígenas, no tardaría en producir, seguramente, la total destrucción de los quelonios. Cierto es que las tortugas habían ido abandonando ya, poco a poco, las playas de aquella parte. También Cariben, muy bien situado a poca distancia del Meta —uno de los más grandes afluentes del Orinoco— ha perdido toda su importancia; ahora era un pueblecito que terminaría descendiendo al rango de aldeúcha del Medio Orinoco.
Durante este largo recorrido, el receloso Marcial se vio obligado a bajar la guardia más de una vez, aprovechándose el muchacho para acercarse a los dos jóvenes cartógrafos y charlar con ellos. Jacques sonrió agradeciendo aquella prueba de amistad, poniéndose a decir:
– ¿Y ustedes qué harán, si en San Fernando no encuentran informes sobre tu padre?
– Subir hasta la misión del padre Esperante.
– ¿Hasta Santa Juana?
– Sí… ¡No puedo desistir, después de haber llegado hasta aquí!
– ¡Pero es peligroso, muchacho! Ya les dije que los quivas andan soliviantados.
– Oí que los agita un portugués, un evadido de Cayena.
– ¡Razón de más! Ese bandido es un asesino.
La mano amistosa de Jacques Helloch se posó en el hombro del joven muchacho, para pedir:
– Juan… Creo que deberías pensarlo mejor y…
En aquel instante, como llovido del cielo, una vez más se presentó Marcial. Daba la sensación que le molestaba que alguien hablase con su sobrino y su excusa fue:
– Vamos, Juan, no debe darte tanto tiempo el sol. ¡No estas acostumbrado a este clima!
Jacques vio cómo lo llevaba bajo el chamizo, cuando la voz de Germán sonó a su espalda al decir:
– ¿Qué? ¿Dándole vueltas al misterio del muchacho?
– La verdad, Germán. ¡Cada vez me intriga más!
– ¡Y dale! ¿Qué nos importa, si su tío le mima tanto?
– ¿Mimar? Lo que ocurre es que no le deja casi hablar. Se diría que teme que el chico diga algo que no les interesa.
Al fin fueron acercándose al poblado de Atures, donde los dos jóvenes cartógrafos franceses desembarcarían para alquilar una piragua, al objeto de proseguir con su misión. En otra época, los pasajeros hubieran descubierto en aquel sitio una población próspera y animada, habitada por indígenas activos y con un movimiento comercial en aumento. Pero por muy distintas causas todo había cambiado mucho y Atures no contaba con más de una docena de casas, habitadas por unos cuantos indios que acudieron al muelle como un enjambre de moscas hambrientas, para ver lo que podían conseguir de aquellas dos embarcaciones.
El momento de la despedida había llegado y el joven muchacho dejó hablar a su corazón, al decir a los dos cartógrafos:
– Siento que tengan que seguir sus exploraciones sobre el río. Me habría gustado que… Adivinando su apuro, sonriente Jacques Helloch extendió su mano amistosa al apuntar:
– ¡Quién sabe! Tal vez volvamos a encontrarnos en San Fernando.
– ¿Ustedes creen? —preguntó el joven, con la esperanza en sus vivaces ojos.
– ¿Por qué no? —animó a su vez Germán—. Lo más difícil de nuestro trabajo está hecho; ahora sólo se trata de unas simples comprobaciones y al terminar iremos allí.
Don Felipe también se despidió, manifestando:
– Créanme que fue un encuentro poco agradable al principio por todo lo que pasó, pero que luego ustedes han sabido hacerlo muy ameno.
– Les deseamos suerte en su trabajo —dijo don Miguel.
– Y nosotros a ustedes, don Varinas.
– ¡Ah, amigos! Cuando nos volvamos a ver, estaremos celebrando mi triunfo.
– ¡O el mío! —volvió a terciar don Miguel.
– ¿Y por qué no el mío? —retó don Felipe—. Yo les demostraré a mis dos tenaces colegas… ¡Que el Orinoco es el Orinoco, y no el Guaviare ni el Atabapo!
– ¡Narices! —estalló una vez más don Varinas, que perdía los estribos cada vez que se discutía aquel tema—. El Atabapo es el río que…
– ¡Por favor, amigos! —pidió calma Germán—. Ustedes tienen prisa y nosotros también.
– Es cierto —recordó Jacques—. Debemos encontrar una piragua que nos sirva.
El mestizo Vélez ya empezaba a lanzar la vela de la embarcación secundado por sus marineros, cuando precipitadamente una vez más la mano del joven muchacho se extendió al decir:
– Adiós, Jacques… Que tengan suerte, Germán. ¡Les prometo que no les olvidaré!
– ¡Vamos, vamos! —apremió Marcial.
Las dos embarcaciones continuaron remontando la corriente fluvial y, mudamente, con los ojos clavados en una de ellas, Jacques alzó el brazo desde lejos continuando silenciosa la despedida. Fue preciso que Germán le tocase en la espalda al indicar al melancólico amigo:
– ¿Piensas seguir toda la vida aquí, Jacques?
– Tienes razón, Germán; tenemos que seguir con lo nuestro.
Las dos piraguas siguieron la navegación normal, aunque varias horas después tuvieron que utilizar muy hábilmente el velamen para maniobrar por la corriente que poco a poco fue haciéndose más impetuosa y rápida. Era debido a que varios ríos vertían por allí sus aguas torrenciales sobre el ancho Orinoco, lo que permitió demostrar al mestizo Vélez y al patrón de la otra embarcación que eran hombres que conocían muy bien su oficio.
Gracias a la brisa, las barcas pudieron contornear las rocas de Nericawa, aunque lo consiguieron con mucha habilidad y no pocas dificultades; el peligro estaba en que una embarcación, cogida inopinadamente por la fuerte corriente, fuese arrojada contra los escollos, donde inevitablemente se destrozaría.
Después de haber sorteado los peligros del raudal del afluente Aji, los marineros no fueron menos dichosos en el paso del raudal del Castillito, el último que puede estropear la navegación del río subiendo a San Fernando. Con el natural disgusto Marcial advirtió que Vélez no se había engañado en sus predicciones; el viento caía y las velas no podían vencer casi la corriente. Sólo a veces, cuando venían fuertes ráfagas de viento húmedo y caliente, las embarcaciones ganaban la marcha habitual.
Era evidente que el estado atmosférico amenazaba verse perturbado en plazo breve. Al sur, nubes grises con tintes fuliginosos inundaban el horizonte; el sol, que a la hora de su culminación pasaba el cenit, no tardaría en desaparecer tras la espesa cortina de vapores.