El secreto de Maston

CAPÍTULO V

ANTE TODO, ¿SE PUEDE ADMITIR QUE HAYA

HULLERAS CERCA DEL POLO NORTE?

Lo primero que se les ocurrió a las gentes dotadas de sentido común fue:

– Pero, ¿puede haber yacimientos de hulla en el Polo?

A cuya pregunta, gentes no menos sensatas, contestaban a su vez:

– ¿Y por qué no?

Como sabemos, las capas de carbón se extienden por debajo de la tierra hacia todas partes. En algunas regiones de Europa abundan más que en otras. América puede considerarse como la mejor provista, si bien también se encuentran con abundancia en África, Asia y Oceanía.

Se han descubierto yacimientos carboníferos en todas las partes de la Tierra y en todas las capas geológicas. En los terrenos más antiguos se halla la antracita: en los superiores, la hulla; en los terrenos secundarlos, la estipita, y el lignito en los terrenos terciarlos. Se calcula que la Tierra contiene mineral suficiente para abastecernos a todos durante centenares de años.

Actualmente la cifra total que se extrae anualmente en todo el mundo asciende a cuatrocientos millones de toneladas, de las cuales solamente Inglaterra produce ciento sesenta millones de toneladas. Pero con las exigencias de la industria, este consumo irá continuamente en aumento. A pesar de que la electricidad substituya ya en muchas cosas al vapor, siempre será necesaria a su vez la hulla para la producción de esta fuerza.

El estómago industrial no está nunca saciado de carbón. Podríamos decir que la industria es un animal «carbonífero» que exige una continua alimentación.

Además, el carbón no se usa sólo como materia combustible, sino que es también la substancia telúrica que la Ciencia convierte en una diversidad de productos de varía utilidad. Mediante las correspondientes transformaciones en los laboratorios, se puede teñir, azucarar, aromatizar, vaporizar, purificar, calentar, alumbrar y adornar, produciendo el diamante. Es más útil aún que el hierro. Este metal sí que puede decirse que es inagotable, ya que forma parte de la composición del globo terrestre.

En realidad, podemos considerar que la Tierra es una bola de hierro, más o menos carburada, en estado de fluidez incandescente y recubierta por silicatos líquidos. Todos los demás metales que entran en la composición de nuestra Tierra, lo son en proporciones ínfimas.

Si podemos asegurar que el abastecimiento de hierro es perpetuo, no podemos decir lo mismo de la hulla, muy al contrario. Los sabios que se preocupan del porvenir, aún cuando sea tan lejano que ni ellos mismos puedan alcanzarlo, deberían preocuparse en buscar yacimientos de carbón en todas partes donde la naturaleza, siempre previsora, los haya distribuido en épocas pasadas.

Pero en todas partes existen personas que se complacen en denigrar, ya sea por envidia o por malevolencia, y también hay quien contradice todo lo que le dicen, por el solo placer de llevar la contraria.

– ¡Muy bien! –decían éstos–. Pero ¿por qué habría de haber carbón en el Polo Norte?

– ¿Por qué? –contestaron los partidarios del presidente Barbicane–. Pues porque es lógico que en la época de las formaciones geológicas no existía diferencia de temperatura entre el Ecuador y los dos Polos, ya que, según la teoría de Blandet, el volumen del sol era considerable. Mucho tiempo antes de la aparición del hombre, cuando la tierra estaba sometida solamente a la acción permanente del sol y la humedad, las regiones septentrionales del globo estaban cubiertas de bosques inmensos.

Todos los periódicos y revistas adictos a la Sociedad publicaban continuamente miles de artículos hablando de lo mismo, tanto científicamente como de una manera más amena. Todos aquellos bosques que las grandes convulsiones de los primeros tiempos de la tierra habían atraído hasta lo más profundo de sus entrañas, no hay duda que se habían transformado en hulleras por la acción del tiempo, del agua y del fuego central. Por esto no era del todo inadmisible la hipótesis de que el casquete polar cubriría ricos yacimientos de hulla, capaces de salir al primer golpe de pico del minero.

Además, existían una serie de hechos innegables. Los espíritus positivos, aquellos que son incapaces de sentar una base sobre simples conjeturas, no podían negarlos, pues eran de tal naturaleza que permitía esperar encontrasen distintas clases de carbón en las regiones boreales.

Pocos días después, el señor Donellan y su secretario estaban sentados en un oscuro rincón de la taberna Dos Amigos.

– ¿Será posible que este Barbicane tenga razón? –exclamaba Dean Toondrik.

– ¡Es más que posible! –le contestó Donellan–. ¡Me temo que sea cierto!

– ¡Entonces la explotación de las regiones polares representa una gran seguridad!

– ¡Con toda seguridad! –contestó el mayor–. América del Norte posee extensos yacimientos de este mineral y continuamente se están descubriendo otros nuevos; ¿por qué no quedarían todavía otros de más importantes por descubrir, señor Toondrik? Las tierras árticas son la continuación del continente americano. Sobre todo Groenlandia es exactamente una prolongación de América, puesto que está unida a ella.

– Igual que una cabeza de caballo, cuya forma tiene, está unida al cuerpo del animal –terminó el secretario.

– Debo añadir –continuó éste– que el profesor Nordenskiold, en sus exploraciones del territorio de Groenlandia, descubrió formaciones sedimentarias, comprendiendo areniscas y esquistos, con mezcla de lignito, encerrando una gran cantidad de plantas fósiles. En el distrito de Disko, solamente, el danés Stoénstrup descubrió sesenta y un yacimientos, en los cuales pueden apreciarse huellas vegetales, restos irrecusables de aquella esplendorosa vegetación que antaño cubría toda la parte superior de la Tierra.

– ¿Y más arriba? –preguntó Dean Toondrik.

– Más arriba o más al Norte –replicó Donellan– la presencia de la hulla es tan palpable, que sólo agachándote puedes cogerla. Y si este carbón se encuentra tan a la superficie en estas comarcas, ¿no podemos presumir, con toda seguridad de acertar, que los yacimientos de carbón deben penetrar hasta las últimas profundidades de la tierra?

No podemos negarle la razón al señor Donellan. Era un conocedor a fondo de todas las cuestiones referentes a formaciones geológicas en el Polo boreal, y el más intransigente en tratar de ello. Seguramente habría podido hablar durante mucho tiempo sobre la materia, si no se hubieran dado cuenta de que los parroquianos de la taberna se habían puesto a escucharle. Por ello, tanto él como Dean Toondrik creyeron debían mostrarse más prudentes y reservados, después de que el primero declarase:

– ¿No ha notado usted una cosa muy extraña, señor Donellan?

– ¿Cuál?

– Que en este asunto lo más indicado parece que debería ser que los explotadores del negocio fuesen ingenieros o por lo menos marinos, ya que se trata de efectuar una exploración del Polo Norte en busca de sus terrenos hulleros, y en cambio los dirigentes son todos artilleros.

– ¡Es verdad! –contestó el comandante–. ¡Es una cosa verdaderamente curiosa y sorprendente!

Entretanto, los periódicos continuaban discutiendo sobre el mismo tema.

El Pall Mall Gazette publicaba unos artículos muy violentos, intrigado por las altas esferas comerciales de Inglaterra, que se mostraban contrarias a la North Polar Practical Association, y preguntaba a grandes titulares: «¿Yacimientos? ¿Qué clase de yacimientos?»

E inmediatamente le contestaba el Daily-News, de Charleston, acérrimo partidario del presidente Barbicane: «¿Qué clase de yacimientos? Pues primero que todo los que descubrió el capitán Nares en 1875-76, en el grado ochenta y dos de latitud, así como los estratos que demuestran la existencia de una flora miocena, rica en álamos, hayas, avellanos y coníferas».

El New York Witness también se ponía del lado de los americanos, diciendo: «Ya durante los años 1881 al 1884 la expedición del teniente Greely a la bahía de Lady Franklin descubrió una capa de carbón muy cerca del fuerte Conger, en la caleta Watercourse. También el doctor Pavy afirmó muy acertadamente que esas regiones contienen depósitos carboníferos, que la naturaleza, siempre previsora, es posible que haya acumulado en esta parte de la Tierra, para que algún día pueda combatir el frío en aquellas regiones heladas.

Comprenderéis muy bien que, al citarse hechos tan verídicos y concluyentes como los que mencionamos, los adversarios del presidente Barbicane no encontraban motivos que alegar contra las afirmaciones autorizadas de los descubridores americanos. Por esto los partidarios de «¿Por qué ha de haber yacimientos?» tenían que retirarse ante sus contrarios, los partidarios de «¿Por qué no ha de haberlos?». Y como sí los había, y seguramente en una extensión y cantidad muy apreciable, la empresa americana iba ganando adeptos. No había duda de que el subsuelo polar contenía cantidades inmensas del precioso combustible, en lo más recóndito de sus entrañas donde antaño la vegetación crecía tan exuberante.

Pero al ver que carecían de base para combatir la existencia de los yacimientos hulleros, cuya existencia era ya un hecho real, los detractores, entonces, se desquitaban, atacando al bando contrario por otro lado.

El comandante Donellan, que iba en cabeza de los antiamericanos, aprovechaba las menores ocasiones para desacreditar la empresa. Un día que se hallaba reunido con varios miembros del Gun Club precisamente en una sala del mismo, Donellan promovió una discusión con su presidente Barbicane, en el curso de la cual le espetó:

– ¡Muy bien! ¡Admito que existan yacimientos hulleros en el Polo Norte! ¡Incluso lo afirmo! Pero, vamos a ver, ¡id a explorar el terreno adquirido!

– Precisamente esto es lo que pensamos hacer –contestó tranquilamente Impey Barbicane.

– Me gustará veros pasar el paralelo ochenta y cuatro, que nadie ha podido ni se ha atrevido a traspasar!

– ¡Nosotros lo pasaremos!

– ¿Y pretendéis llegar al mismo Polo Norte?

– ¡ Llegaremos!

El presidente del Gun Club contestaba con tanta seguridad y sangre fría, estaba tan convencido de realizar lo que prometía, que incluso los más reacios empezaron a vacilar en sus creencias. Veían que tenían ante sí a un hombre de las más altas cualidades, que no había perdido fuerza, vigor ni seguridad con los años, que conservaba la serenidad y la sangre fría sin perder la calma ni la seriedad, exacto como un cronómetro, atrevido pero concentrado, arriesgado, pero no temerario, desplegando sus ideas para la realización perfecta de las empresas más osadas.

El comandante Donellan experimentaba unos furiosos deseos de saltar sobre su adversario y estrangularlo, al verlo tan frío y seguro de sí mismo. Pero el presidente Barbicane era tan fuerte en lo moral como en lo físico, y su cuerpo era capaz de aguantar los más rudos golpes, con la misma firmeza que su espíritu aguantaba los ataques de sus rivales y envidiosos enemigos.

Entonces, viendo que no había manera de atacar por ningún lado la empresa que se proponía realizar la nueva sociedad, los adversarios de la misma adoptaron el sistema de tomárselo a chacota, gastando las más furibundas bromas contra el presidente Barbicane, burlándose de sus proyectos, que tachaban de absurdos y ridículos. En muchos periódicos europeos, y muy especialmente en la Gran Bretaña, que no sabía conformarse con su derrota en aquella lucha en la que la libra esterlina se había visto vencida por el dólar, empezaron a salir toda clase de caricaturas.

¡Ah! ¡Un americano afirmaba que llegaría hasta el Polo boreal! ¡Ah! ¡Afirmaba que sería el primero en poner el pie donde ningún ser humano habíase atrevido a ponerlo todavía! ¡Ah! ¡ Izaría la bandera de los Estados Unidos de América en el único punto de la Tierra que permanece inmóvil eternamente, mientras ésta gira en su movimiento continuo!

Y con toda esta historia, los caricaturistas tenían tema para rato.

No sólo en los periódicos, sino que incluso en los escaparates de las principales librerías y quioscos de periódicos más importantes de todas las capitales de Europa, se exhibían caricaturas y dibujos del presidente Barbicane, en las más diversas actitudes y usando de los medios más extravagantes para alcanzar la zona del Polo Norte.

En uno se veía al sabio americano rodeado de todos los miembros del Gun Club, que provisto de un pico estaba cavando un túnel submarino que atravesaba los bancos de hielo del Polo para salir al centro mismo del eje.

En otro, en caricaturas muy parecidas, se veía a Barbicane, J. T\ Maston y el capitán Nicholl descendiendo en el tan cacareado punto del Polo Norte, por medio de un globo, y, después de ímprobos esfuerzos, se llevaban un pedazo de carbón de media libra de peso. Una cantidad que encontraban en el famoso yacimiento de las regiones polares.

El célebre periódico inglés Punch también las emprendía contra los americanos. En una caricatura veíase a J. T. Maston arrastrado por la atracción del Polo y quedando pegado al suelo debido al garfio de hierro.

Pero el sabio matemático no era hombre para tomarse a broma las burlas sobre sus desgracias físicas, y tenía temperamento demasiado violento para no indignarse contra las ofensas inferidas a su persona. No hay que decir que la señora Evangelina Scorbitt participaba de su justa indignación.

En La Linterna Mágica, periódico de Bruselas, publicaban una caricatura representando a Impey Barbicane con todos los miembros de la Sociedad, cubiertos con trajes incombustibles, muy atareados en medio de un fuego inmenso. Pretendíase que habían derramado cantidades enormes de alcohol sobre el mar helado, a fin de fundir los hielos del Océano glacial y abrirse paso hasta el centro del Polo, convirtiendo la zona polar un enorme ponche ardiendo.

De entre todas las caricaturas que aparecieron, la que obtuvo más éxito fue una que publicó un periódico francés, el Charivari. En ella se veía el interior de una ballena, muy bien amueblado y decorado, en medio del cual, Impey Barbicane y J. T. Maston se hallaban jugando al ajedrez, en espera de llegar a la meta de su viaje. Como moderno Jonás, tanto el presidente como el secretario, se habían sacrificado haciéndose engullir por una ballena, que pasando por debajo de los bancos de hielo, los conduciría hasta el inaccesible Polo Norte.

Al contrario de J. T. Maston, el célebre director de la Sociedad no se preocupaba lo más mínimo por los excesos de imaginación de que daban prueba los periodistas. El iba haciendo su trabajo, dejando que entretando los demás se rieran, burlaran y ridiculizaran su obra.

Tal como se había acordado en el Consejo de la Sociedad, los nuevos propietarios del territorio federal abrieron una suscripción de su dominio. Las acciones, a cien dólares cada una, fueron solicitadas en casi su totalidad por americanos de los treinta y ocho Estados federales, tanto era el crédito de que disfrutaba el presidente Barbicane y compañía.

– ¡Mejor, mucho mejor! –exclamaban al saberlo los partidarios de la North Polar Practical Association–. ¡Así la empresa será totalmente americana!

En fin, la sociedad presidida por Barbicane gozaba de tan buen crédito; todos los americanos tenían tanta fe en la realización de las promesas de los dirigentes de la Empresa; creían tanto en la existencia de yacimientos hulleros y no dudaban de la posibilidad de explotarlos, que el capital de la sociedad quedó suscrito por tres veces.

Tuvieron que reducirse las suscripciones, y el día 16 de diciembre quedó definitivamente establecido el capital social, en la suma de quince millones de dólares, que habían entrado en caja hasta la fecha.

Era una cantidad casi tres veces mayor que la suscrita por el Gun Club con motivo de la gran aventura experimental de lanzar un cohete a la Luna.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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