El secreto de Maston

CAPÍTULO III

EN EL QUE SE ADJUDICA EL POLO NORTE

POR qué se había elegido la sala ordinaria de Autions para la subasta que había de tener lugar el 3 de diciembre, cuando, por regla general, en aquel local sólo se vendían muebles, utensilios, herramientas, instrumentos, etc., o bien objetos de arte, cuadros, estatuas y antigüedades? ¿Por qué no se efectuaba ante notario o tribunal especializado en operaciones de aquella clase, ya que se trataba de la subasta de inmueble? Y ¿por qué había de venderse con un solo golpe de martillo una parte importante de la Tierra? ¿Podía compararse a un mueble aquella parte del mundo que podía decirse que era de los más inmuebles entre los inmuebles?

Pero, por ilógico que pudiera parecer, así era. El conjunto de las tierras polares se subastaría en aquellas condiciones con toda legalidad. Esta circunstancia parecía indicar que la North Polar Practical Association creía que el inmueble en cuestión era en cierta parte mueble, como si pudiera trasladarse como un objeto cualquiera. Todo esto no dejaba de intrigar a la gente más o menos dada a conjeturas perspicaces.

Pero existía un precedente, porque en aquella misma sala había sido adjudicada una parte de nuestro planeta.

Efectivamente, años atrás, fue vendida en San Francisco de California la isla Spencer, sita en el océano Pacífico, que adquirió el opulento William W. Kolderup por cuatro millones de dólares, derrotando a su contrincante J. R. Taskinar, de Estocolmo 4. Bien es verdad que se trataba de una isla habitable, cercana a la costa de California, cubierta de bosques, con corrientes de agua y con un suelo muy productivo y sólido, capaz de fructificar, y no una región indefinida, cubierta por las nieves eternas, muy difícil de franquear y que seguramente no podría ser nunca habitada. Era de suponer que el dominio polar no alcanzaría jamás un precio tan elevado.

Pero la novedad del caso había atraído a muchos curiosos aquel día, intrigados por conocer el desenlace de la puja. Era seguro que sería muy interesante seguir los pormenores de la lucha.

Naturalmente, desde que habían llegado a Baltimore, los delegados europeos se vieron constantemente rodeados de una multitud que los acribillaba a preguntas, debiendo contestar a infinidad de interviús para los periódicos. En América la opinión pública se apasiona pronto por cualquier cosa que se salga de lo corriente. Por esto enseguida se hicieron infinidad de apuestas insensatas, dividiéndose las opiniones en grupos distintos, según pertenecieran los opinantes a los Estados del Norte, del Centro, del Oeste o del Sur, pero, en definitiva, todos votaban por su propio país. Todos estaban seguros de que el Polo Norte acabaría por pertenecer a la Unión, pero, sin embargo, no dejaban de experimentar cierta inquietud. No temían ni a Rusia, ni a Suecia-Noruega, ni a Dinamarca, ni a Holanda; sus temores con sus ambiciones territoriales, dispuesta a apoderarse de todo con su proverbial tenacidad y su buena moneda. Por esto se apostaron grandes cantidades tanto a favor de América como de Gran Bretaña, como si de caballos de carreras se tratara. Por lo que se refiere a los demás países, las ofertas eran irrisorias.

A pesar de que la subasta estaba señalada para las doce del mediodía, ya desde primera hora de la mañana la multitud que se aglomeró delante del local entorpecía la circulación de Bolton Street. La gente estaba muy excitada. Los periódicos dieron la noticia de que la mayoría de las apuestas formuladas por los americanos habían sido aceptadas por los ingleses, y Dean Toondrik había hecho colocar un anuncio en la sala de Auctions, en el que se podía leer que el Gobierno de Gran Bretaña había abierto un crédito considerable al comandante Donellan. El periódico New Herald comentaba que los Lores del Almirantazgo estaban interesados en la adquisición del territorio ártico, influyendo para que pasara a formar parte de las colonias inglesas.

Pero todo eran rumores y noticias oficiosas, y nadie sabía qué podía haber de cierto en todas ellas. Lo que sí empezaban a reflexionar las gentes sensatas de Baltimore era que, si la North Polar Practical Association no contaba más que con sus propios recursos, era muy posible que Inglaterra terminara por ganar la lucha. Por esto los yanquis intentaban presionar al Gobierno de Washington para que tomara parte en la pugna. La única que parecía tomarse las cosas con calma en medio de aquella efervescencia, era la Sociedad que representaba

4 El autor se refiere a las aventuras narradas en su propia obra "Escuela de robinsones".

William S. Forster, que no daba señales de inquietud, como si estuviera de antemano convencida de su propio éxito.

A medida que se acercaba la hora, aumentaba la afluencia de gente a lo largo de la calle. Tres horas antes de abrirse las puertas, ya no era posible acercarse a la sala de ventas. Todo estaba abarrotado. Quedaban libres solamente los sitios reservados a los delegados europeos, que estaban separados por una valla para que el público no los invadiera, y pudieran seguir al menos el curso de la subasta desde un lugar donde se oyeran las ofertas.

Llegaron puntualmente los cinco delegados con Dean Toondrik, que permanecieron unidos en compacto grupo, como un batallón de soldados dispuestos a dar el asalto. Y, en efecto, ¡parecía que iban a lanzarse al asalto del Polo Norte!

En representación de los Estados Unidos de América, no se había presentado nadie más que el modesto consignatario de bacalao, cuyo rostro inexpresivo denotaba una completa indiferencia a todo cuanto le rodeaba. Parecía ausente de lo que ocurría a su alrededor, y a buen seguro que su pensamiento estaba más ocupado por el bacalao que esperaba recibir de Terranova que por la subasta que había de tener allí. ¿A quién representaba aquel hombre? ¿Quiénes eran los que estaban dispuestos a ofrecer millones de dólares por un pedazo de tierra helada? Esto era lo que intrigaba más al público en aquellos momentos.

Porque nadie hubiera podido imaginar que J. T. Maston y la señora Evangelina Scorbitt estuvieran interesados en el asunto. ¿Cómo podían adivinarlo? Ambos estaban allí, mezclados con la multitud junto con los miembros del Gun Club, los colegas de J. T. Maston. Con la apariencia de sencillos espectadores, no parecían tener más interés que los otros en aquel negocio. Incluso el propio William S. Forster no daba muestras de reconocerlos.

Naturalmente, contra la costumbre establecida en estos casos, el objeto de la subasta no estaba a la vista del público. El Polo Norte no era una cosa que pudiera pasarse de mano en mano para ser examinado por todos lados, frotado, comprobado y analizado como si se tratara de un bibelot antiguo. Y, sin embargo, era más antiguo que todo lo que había pasado por allí, anterior a la edad de hierro, a la edad de bronce, a la edad de piedra, ya que existía desde la creación del mundo.

Pero a falta del objeto en sí, detrás de la mesa del presidente había sido colocado un gran mapa de las regiones árticas, en el cual se había marcado con lápiz rojo una línea que partiendo del paralelo ochenta y cuatro, circunscribía la parte de la Tierra de cuya venta se trataba. Todo el mundo podía ver que aquella región estaba totalmente cubierta por un mar de hielo terminado en un casquete de considerable espesor. Nadie podía confundirse sobre la naturaleza de la mercancía.

Daban las doce cuando el presidente de la subasta, Andrew R. Gilmour, hizo su entrada en la sala por una puertecilla del fondo, situándose delante de su mesa. El pregonero Flint se paseaba arriba y abajo de la valla que contenía al público, como una fiera enjaulada. Tanto él como el presidente no podían disimular su contento por el importante tanto por ciento que les correspondería por la operación, ya que la venta se efectuaría con pago al contado, cash, según la fórmula americana. La cantidad íntegra sería entregada inmediatamente a los delegados de los Estados restantes que no fuesen el adjudicatario.

En aquel momento, la campana de la sala anunció a los que permanecían fuera que se abría la subasta.

¡Fue un instante solemne! No había un solo corazón en toda la ciudad que no palpitara de emoción. Un solo rumor fue extendiéndose desde Bolton Street y calles adyacentes hasta llegar a la sala.

Cuando este rumor se calmó, Andrew R. Gilmour se levantó y, paseando su mirada por encima de las cabezas del público que se apretujaba en la sala, dejó caer los lentes sobre su pecho y con voz ligeramente emocionada pronunció las siguientes palabras:

– Señores, a propuesta del Gobierno federal y con la conformidad de varios Estados de Europa y América, procederemos a la venta de un lote de inmuebles situados en la zona del Polo Norte, dentro de los límites actuales del paralelo ochenta y cuatro, con continentes, mares, estrechos, islas, islotes, bancos y todo lo que en él se comprenda, tanto en estado sólido como líquido.

Después, volvióse hacia la pared y señaló el mapa con el dedo:

– Señores, dígnense ustedes posar sus miradas en este mapa, trazado de acuerdo con los últimos descubrimientos. En él se ve que la superficie total del lote que nos ocupa es de cuatrocientas siete millas cuadradas aproximadamente. A fin de facilitar la operación de venta, se ha acordado que ésta se efectúe por milla cuadrada. Por tanto, un centavo valdrá, en números redondos, cuatrocientos siete mil centavos; y un dólar, cuatrocientos siete mil dólares. Silencio, señores, por favor.

Esta última advertencia fue motivada por el tumulto provocado por el público impaciente, que hubiera impedido que las apuestas pudiesen ser oídas claramente.

Cuando se restableció el silencio, gracias al voceador Flint, que para hacer callar a los demás vociferaba como un condenado, el presidente pudo continuar su discurso:

– Antes de empezar, creo mi deber recordar a los presentes una de las cláusulas de la subasta. Es ésta: el inmueble polar quedará adquirido definitivamente y pasará a ser propiedad del adquirente, sin que este derecho de propiedad pueda ser discutido ni impugnado, en la circunscripción actual partiendo del grado ochenta y cuatro de latitud septentrional, sean cuales fueren las modificaciones geográficas o meteorológicas que pudieran producirse en el futuro.

¡ Otra vez aquella disposición especial que provocaba la hilaridad de unos y la reflexión en otros!

Luego el presidente pronunció las palabras tan esperadas, con vibrante voz:

– Queda abierta la subasta.

Y agitando con una mano su martillo de marfil, añadió:

– Hay un comprador que ofrece diez centavos la milla cuadrada.

Diez centavos, o sea la décima parte de un dólar, equivalía a un total de cuarenta mil setecientos dólares por la totalidad del terreno polar.

Inmediatamente, aquella primera oferta fue cubierta por el representante del Gobierno danés, Eric Baldenak.

– Veinte centavos –gritó.

– Treinta centavos –dijo Jacques Jansen, por cuenta del Gobierno holandés.

– Treinta y cinco –dijo Jan Harald, hablando en nombre de SueciaNoruega.

– Cuarenta –proclamó el coronel Boris Karkov, en nombre de Rusia Estas ofertas representaban ya haber llegado a la cantidad total de ciento sesenta y dos mil ochocientos dólares por el conjunto, y estaban solamente al principio.

Debemos hacer notar que el representante de Inglaterra permanecía mudo como un pez, y ni siquiera había movido los labios.

Igualmente, el consignatario de bacalao, William S. Forster, no había hecho ningún ademán que indicara su intención de intervenir. Incluso parecía que no le interesaba absolutamente la subasta, ya que se había enfrascado en la lectura de la página financiera del Mercurial of New Found-Land.

– ¡ Cuarenta centavos la milla cuadrada! –repitió Flint con voz chillona–. ¡A cuarenta centavos!

Los cuatro colegas del comandante Donellan se miraron. La lucha no hacía más que empezar y ellos ya habían agotado sus créditos, ¿qué harían? ¿Estarían imposibilitados de pujar más?

– ¡Anímense, señores! –gritaba Andrew G. Gilmour–. ¡Ofrecen cuarenta centavos! ¿Quién da más? ¡Cuarenta centavos! El casquete polar vale mucho más.

Hacía tan bien el artículo que nadie se hubiera extrañado de oírle decir: «Garantizamos la pureza del hielo.»

Entonces el delegado danés gritó:

– ¡Cincuenta centavos!

Inmediatamente, el holandés ofreció diez centavos más.

– ¡ Sesenta centavos la milla cuadrada! –pronunció Flint–. Sesenta centavos. ¿Nadie ofrece más?

Sesenta centavos representa la nada despreciable suma de doscientos cuarenta y cuatro mil doscientos dólares.

El público acogió con un murmullo de satisfacción la nueva oferta del delegado holandés. Y, cosa rara, los más pobres, los que no poseían ni un céntimo, los pobres diablos que habían ido movidos por la curiosidad, eran los que demostraban más entusiasmo e interés en aquella lucha de dólares.

Después de la oferta de Jacques Jansen, el señor Donellan había hecho un movimiento con la cabeza en dirección a su secretario, pero éste, con un signo apenas perceptible, le había indicado que no se moviera, y el inglés continuó sin abrir boca.

William S. Forster continuaba absorto en la lectura del periódico, tomando de vez en cuando notas marginales con un lápiz.

Mientras tanto, J. T. Maston correspondía a las sonrisas que le prodigaba la señora Evangelina Scorbitt, haciendo leves inclinaciones de cabeza.

– ¡Vamos, señores, anímense...! ¡Demuestren más entusiasmo en las apuestas...! ¡Qué flojo está...! ¡Muy flojo...! ¿Nadie da más? ¿Tendremos que adjudicar a sesenta centavos? –iba diciendo Andrew R. Gilmour, haciendo dar vueltas al martillo entre sus dedos.

– ¡ Setenta centavos! –dijo el profesor Jan Harald, con voz vacilante.

– ¡Ochenta! –gritó casi al mismo tiempo el coronel Boris Karkov.

– ¡Bueno! ¡Ochenta centavos! –gritó Flint con los ojos brillantes.

Dean Toondrik hizo un gesto y Donallan, como movido por un resorte, se levantó de un salto diciendo secamente :

– ¡Cien centavos!

Con aquellas dos palabras, se comprometía a pagar cuatrocientos siete mil dólares.

Todos los que habían apostado por Inglaterra gritaron «¡hurra!» y buena parte del público repitió el grito de triunfo.

En cambio, los que habían apostado por los Estados Unidos, se quedaron mustios mirándose unos a otros con cierta desazón. ¿Cuatrocientos siete mil dólares? Era una cantidad importante para aquella desconocida región del Polo. ¡Es mucho hielo, cuatrocientos mil dólares de iceberg!

¿Pero qué pasaba con el delegado de la North Polar Practical Association que no pronunciaba una palabra, ni levantaba la cabeza de su periódico? ¿Qué esperaba para hacer su oferta? ¿Que los delegados danés, sueco, y ruso y holandés hubiesen agotado los recursos? Pues ya había llegado ese momento, porque después de los cien centavos ofrecidos por el señor Donellan, los cuatro restantes decidieron retirarse, y dejarle el campo libre.

– ¡A cien centavos la milla cuadrada! –gritó una y otra vez el presidente.

– ¡Cien centavos! ¡Cien centavos! ¡Cien centavos! –iba repitiendo Flint, haciendo bocina con sus manos.

– ¿Nadie da más? –preguntó Andrew R. Gilmour–. ¿Todos los presentes lo han oído? Vamos a adjudicar...

Y alzando el brazo agitó el martillo, mientras paseaba la vista provocativamente por encima de las cabezas que se alzaban hacia él, y el murmullo de voces se extinguía repentinamente.

– ¡Ciento veinte centavos! –exclamó entonces tranquilamente William S. Forster, sin elevar los ojos del periódico, que continuaba leyendo imperturbable.

– A la una... a las dos... –dijo.

– ¡Hip, hip, hip! –gritaban los que habían apostado fuerte por los Estados Unidos de América.

El comandante Donellan se irguió, moviendo el cuello hacia un lado y alargando los labios como el pico de un ave. Lanzó una mirada abrasadora al representante de la Compañía americana, pero el imperturbable William S. Forster no parecía darse cuenta ni demostró interés alguno por la expectación que sus palabras habían provocado.

– ¡Ciento cuarenta! –gritó Donellan.

– ¡Ciento sesenta! –dijo Forster.

– ¡Ciento ochenta! –rugió el comandante.

– ¡Ciento noventa y cinco! –contestó Forster.

Y cruzándose de brazos, parecía desafiar a los treinta y ocho Estados de la Confederación.

El silencio era tan profundo que no sólo se habría podido oír el vuelo de una mosca, sino el danzar de un microbio. Todo el mundo tenía el corazón en un hilo. Parecía como si la vida de todos los asistentes dependiera de las palabras de Donellan, que permanecía rígido e inmóvil en su sitio. En cambio, Dean Toondrik se rascaba el cogote tan nerviosamente que amenazaba arrancarse el cuero cabelludo.

Pasaron unos momentos de silencio que al público le parecieron siglos. El consignatario de bacalao seguía haciendo números al borde del periódico, que continuaba leyendo sin interrupción. ¿Habría agotado sus recursos quizá? ¿Renunciaba a apostar más? ¿Consideraba excesiva y absurda la suma de ciento noventa y cinco centavos por milla cuadrada, que representaba un total de setecientos noventa y tres mil cincuenta dólares?

– ¡Ciento noventa y cinco centavos! –repitió Andrew R. Gilmour–. Vamos a proceder a su adjudicación.

Y mientras alzaba el martillo, dispuesto a dejarlo caer sobre la mesa a la tercera advertencia, el voceador iba repitiendo: ¡Ciento noventa y cinco centavos! ¡ Ciento noventa y cinco centavos!

– ¡Que se adjudique! ¡Que se adjudique! –empezaron a gritar algunos espectadores impacientes, tratando de que el presidente se decidiera de una vez.

– ¡A la una... a las dos...! –empezó a decir éste con la mirada fija en el representante de la North Polar Practical Association, que era el blanco de todas las miradas.

Pero aquel hombre pintoresco se estaba sonando las narices con un gran pañuelo de cuadros.

J. T. Maston y la señora Scorbitt también tenían fijas en él sus miradas, y, aún cuando aparentaban indiferencia, no podían disimular completamente la profunda emoción que reflejaba sus pálidos rostros. Pero, ¿por qué no se decidía a subir la apuesta el traficante de bacalao?

Entonces William S. Forster, antes de sonarse por segunda vez con estruendo ensordecedor, pronunció con voz suave y recatada:

– ¡Doscientos centavos!

Un estremecimiento sacudió a todos los asistentes como una ola que recorriera la asamblea y los partidarios americanos redoblaron sus gritos de ¡hip, hip, hip!

El comandante Donellan se había dejado caer atrás, anonadado, junto a Dean Toondrik, tan anonadado como él. La cantidad enorme de ochocientos catorce mil dólares que ello representaba era superior al crédito de que podía disponer el representante de Gran Bretaña.

Andrew R. Gilmour, en el colmo de la euforia, gritó:

– ¡Doscientos centavos! ¡Doscientos centavos a la una... a las dos...! ¿Nadie ofrece más?

Donellan, instintivamente, se levantó de su silla y paseó su mirada por los rostros de los demás delegados, cuyos ojos parecían decirle que sólo confiaban en él para impedir que la propiedad del territorio boreal pasara en poder de los norteamericanos. Pero fue un gesto mecánico, porque el mayor sólo abrió la boca y, sin llegar a pronunciar la palabra esperada, volvió a cerrarla y cayó desplomado en su asiento. Fue el postrer esfuerzo de Inglaterra.

– ¡A las tres! ¡Adjudicado! –exclamó Andrew R. Gilmour, dando un fuerte martillazo sobre la mesa.

– ¡Hip... hip... hip...! ¡Hurra por los Estados Unidos! –gritaron todos los que habían apostado por América.

En un santiamén corrió la noticia de la adjudicación por toda la ciudad de Baltimore; después, por telégrafo, se extendió por todos los Estados y, cruzando los mares por cable, llegó hasta el último rincón de Europa.

Todos los territorios del Polo Norte comprendidos dentro del paralelo 84, eran ya propiedad firme y definitiva de la compañía North Polar Practical Association, representada por el misterioso William S. Forster.

Al procederse, al día siguiente, a la declaración de propiedad, William S. Forster anunció que la nueva propiedad debía extenderse a nombre de «Impey Barbicane», que representaba dicha Sociedad bajo la razón social de «Barbicane y Compañía.»

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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