Robur el conquistador

Capítulo II

Donde los miembros del Weldon Institute disputan sin llegar a ponerse de acuerdo

Y el primero que diga lo contrario…

-¡Eso es! ¡Pero ya lo creo que lo dirá, si hay ocasión de decirlo!

-¡A pesar de nuestras amenazas!

-¡Tened cuidado con lo que decís, Bat Fyn!

-¡Y vos también, Uncle Prudent!

-¡Insisto en que la hélice no debe estar a popa!

-¡Nosotros también! ¡Nosotros también!... -gritaron cincuenta voces, unidas en un común acuerdo.

-¡No! ¡Debe estar a la proa! -gritó Phil Evans.

-¡A proa! - afirmaron otras cincuenta voces con energía tan firme como las otras.

-¡Jamás nos pondremos de acuerdo! ¡Jamás!

-¡Jamás! ¡Jamás!

-Entonces, ¿para qué disputamos?

-¡Esto no es disputa! ¡Es discusión!

Nadie lo hubiera creído al oír aquellas respuestas, reproches y vociferaciones que se cruzaban en el salón de sesiones hacía ya un cuarto de hora.

Este salón, en realidad, era el más espacioso del Weldon Institute, un club célebre entre todos los establecidos en Walnut Street en Filadelfia, Estado de Pennsylvania de los Estados Unidos de América.

La víspera, a propósito de la elección de un farolero, había ocurrido en la ciudad manifestaciones públicas, mítines estrepitosos y golpes de ambas partes. De todo esto resultó una efervescencia que no se había calmado aún, y de la que sin duda procedía la sobreexcitación de que habían dado prueba los miembros del Weldon Institute. Y, sin embargo, era tan solo una reunión de globistas que discutían la cuestión, siempre palpitante, aún en aquella época, de la dirección de los globos.

Esto ocurría en una ciudad de Estados Unidos, cuyo desarrollo rápido fue superior al de Nueva York, Chicago, Cincinnati y San Francisco; una ciudad que, sin embargo, no tiene puerto; ni es un centro minero de hulla o de petróleo, ni una aglomeración manufacturera, ni el final de una serie de vías férreas; una ciudad mayor que Berlín, Manchester, Edimburgo, Liverpool, Viena, San Petersburgo, Dublín; una ciudad que tiene un parque en el cual cabrían juntos los siete parques de la capital de Inglaterra; una ciudad, en fin, que cuenta en la actualidad con más de un millón doscientas mil almas, y se dice la cuarta ciudad del mundo; después de Londres, París y Nueva York.

Filadelfia es casi una ciudad de mármol, con sus casas de hermoso aspecto, y sus establecimientos públicos que no conocen aún rival. El más importante de cuantos colegios hay en el Nuevo Mundo es el colegio Girard, y está en Filadelfia. El puente de hierro más grande del Globo es el colocado sobre el río Schuylkill, y está en Filadelfia. El templo más hermoso de la francmasonería es el Templo Masónico, y está también en Filadelfia. En fin, el mayor club de los partidarios de la navegación aérea estaba en Filadelfia. Y de haberle querido visitar aquella noche del 12 de junio, tal vez hubiese hallado algún placer.

En aquel gran salón se agitaban, se esforzaban, gesticulaban, hablaban, discutían, disputaban, todos con el sombrero en la cabeza, un centenar de globistas, bajo la alta autoridad de un presidente, acompañado de un secretario y de un tesorero. No eran ingenieros de profesión, no; eran solamente aficionados a todo lo concerniente con la aerostática, pero aficionados furiosos, y en particular, enemigos de todos aquellos que querían oponer a los globos aerostáticos, aparatos más pesados que el aire; máquinas volantes, buques aéreos u otra cosa parecida. Que estos infelices hallasen algún día la manera de dirigir los globos, era quizá posible. Pero de momento, lo cierto era que el presidente tenía por entonces bastante que hacer con dirigir aquellas gentes.

El tal presidente muy conocido en Filadelfia, era el famoso Uncle Prudent. Prudent era su apellido: En cuanto al calificativo de Uncle, que en inglés quiere decir tío, no tenía nada de particular en los Estados Unidos, en donde se puede ser tío sin tener ni sobrinos ni sobrinas. Se dice uncle allá, como en otras partes se dice padre, a las personas que no han hecho jamás obras de paternidad.

Uncle Prudent era personaje de consideración, y a pesar del apellido, era conocido por su valor. Muy rico, lo que no está de más, ni siquiera en los Estados Undidos. Y claro que lo era, puesto que poseía una gran parte de las acciones del Niágara Falls. Por entonces se fundó en Buffalo una sociedad de ingenieros para la explotación de las cataratas. Un negocio magnífico. Los siete mil quinientos metros cúbicos que el Niágara provee cada segundo, producen siete millones de caballos de vapor. Esa fuerza enorme, distribuida entre las fábricas establecidas en un radio de quinientos kilómetros, producía anualmente una economía de quince millones de francos, de los cuales una parte entraba en las cajas de la Sociedad, y en particular en los bolsillos de Uncle Prudent. Además era soltero, vivía sencillamente y no tenía como personal doméstico más que a su criado Frycollin, que no merecía, ciertamente estar al servicio de un amo de tanto valor. Existen tales anomalías.

Que Uncle Prudent tuviera amigos, ya que era rico, era muy normal; pero también contaba con enemigos, puesto que era presidente del club; entre otros, como también es muy natural, todos los que envidiaban su buena posición. Entre los más acérrimos se puede citar al secretario del Weldon Institute.

Era éste Phil Evans, muy rico también, como que dirigía la Walton Watch Company, una compañía de relojes muy importante, que hacía cada día quinientas operaciones mecánicas y expende productos comparables a los mejores de Suiza. Phil Evans hubiera podido considerarse uno de los hombres más felices del mundo, y hasta de Estados Unidos, a no ser por la posición de Uncle Prudent. Como él, tenía cuarenta y cinco años; como él, una salud a toda prueba; como él, un valor indiscutible; como él, poco amigo de trocar las ventajas del celibato por las ventajas problemáticas del matrimonio. Eran dos hombres hechos perfectamente para entenderse, pero que no se entendían; y ambos, hay que decirlo, tenían un carácter de lo más difícil: el uno fogoso, Uncle Prudent, el otro flemático, Phil Evans.

¿Y a qué razón se debía que Phil Evans no fuera nombrado el presidente del club? Las votaciones habían sido iguales para Uncle Prudent y para él. Veinte veces habíase hecho el escrutinio, y veinte veces la mayoría había sido para el uno y para el otro. Situación difícil que hubiera podido durar mucho más que la vida de los candidatos.

Uno de los miembros del club propuso entonces un medio para desempatar los votos: fue Jem Cip, el tesorero del Weldon Institute. Jem era vegetariano decidido, o mejor dicho, era uno de aquellos vegetarianos, esos enemigos de toda alimentación animal, de todos los licores fermentados, medio brahmán, medio musulmán, un rival de los Niewman; de los Pitman, de los Warz, de los Davie, que han ilustrado la secta de los chiflados inofensivos.

En esta vez, Jem Cip fue apoyado por otro miembro del club, William T. Forbes, director de una gran fábrica, en que se produce la glucosa con los trapos viejos por el tratamiento del ácido sulfúrico, y por tanto, el azúcar. Era un hombre acreditado el tal William T. Forbes, padre de las encantadoras solteronas, miss Dorotea, o Dolle, y miss Martha, o Mat, como se las llamaba generalmente, y que daban el tono a la mejor sociedad de Filadelfia.

Resultó pues, que se decidió en nombrar al presidente del Club al «punto medio», según la proposición de Jem Cip, apoyada por William T. Forbes y algunos más.

En verdad, este modo de elección podría aplicarse en todos los casos en que se trata de elegir al más digno, y muchos americanos de buen sentido trataban ya de emplearla en el nombramiento del presidente de la República de Estados Unidos.

Sobre dos tableros pulcramente blancos se trazó una línea negra. La longitud de cada una de aquellas líneas se había determinado idéntica, pues se había determinado con la misma exactitud que si se hubiera tratado de la base del primer triángulo en un trabajo de triangulación. Hecho esto, y los dos tableros colocados con igual luz en medio del salón de sesiones, los dos contrincantes cogieron cada uno una aguja muy fina, y marchando simultáneamente hacia el tablero que a cada cual le tocaba. Aquel de los rivales que plantara su aguja más cerca del medio de la línea, sería proclamado presidente del Weldon Institute. No hay que decir que la operación debía hacerse de una vez, sin marca, sin tanteos, solo con la seguridad de la mirada. Tener el compás en el ojo, según dicen vulgarmente en Francia, era indispensable.

Uncle Prudent ensartó su aguja al mismo tiempo que Phil Evans plantaba la suya. Después se midió para decir cuál de los dos contrincantes se había acercado más al punto medio.

¡Oh prodigio! Había sigo tan grande la precisión de los dos operadores, que las medidas no presentaron ninguna diferencia. Si no estaban exactamente en el medio matemático de la línea, no era más que una distancia insensible para las dos agujas.

Por lo tanto, hubo gran apuro en la asamblea.

Felizmente, uno de los miembros, Truk Milnor, insistió para que las mediciones se volvieran a hacer, utilizando una regla graduada con los procedimientos de la máquina micrométrica de Perreaux, por la cual se puede dividir el milímetro en mil quinientas partes. Esta regla, dando quince centésimas de milímetro trazadas por medio de una punta de diamante, sirvió para medir de nuevo la distancia; se leyeron las divisiones por medio de un microscopio, y se tuvieron los resultados siguientes:

Uncle Prudent se había aproximado del punto medio a menos de unos seis quince centésimas de milímetro; y Phil Evans, a menos de nueve quince centésimas.

Y allí tenemos la razón de por qué Phil Evans sólo fue nombrado como secretario del Weldon Institute, mientras que Uncle Prudent fue proclamado presidente del club.

Una diferencia de tres quince centésimas de milímetro fue lo suficiente para que Phil Evans profesara a Uncle Pnident uno de esos odios que por ser latentes, no lo son menos feroces.

Por entonces, desde las experiencias comenzadas en el último cuarto del siglo XIX, la cuestión de la dirección de los globos había progresado algún tanto. Las barquillas provistas de hélices propulsoras iban atadas en 1852 a los globos aerostáticos de una forma longitudinal. Henry Giffard, en 1872; Dupuy de Lôme, en 1883; los hermanos Tissandier, en 1884; los capitanes Krebs y Renard habían obtenido algunos resultados que había que tener en cuenta. Pero si esas máquinas sumergidas en un espacio más pesado que ellas, maniobrando, por el empuje de una hélice, sesgando con la línea del viento, atravesando una brisa contraria para volver a su punto de partida, se habían, por lo tanto, realmente dirigido, lo habían logrado solamente gracias a circunstancias enteramente favorables.

En vastas salas cerradas y cubiertas, ¡perfectamente! En una atmósfera tranquila, ¡pase todavía! Pero, en suma, nada práctico se había conseguido. Contra un viento de molino (ocho metros por segundo), las tales máquinas se hubieran quedado casi estacionarias; contra una brisa fresca (diez metros por segundo), hubieran andado hacia atrás; contra una tempestad (de veintiocho a treinta metros por segundo), hubieran sido arrastradas como pluma; en medio de un huracán (cuarenta y cinco metros por segundo), hubieran quizá corrido el riesgo de ser destrazadas; por último, con uno de esos ciclones que pasan de los cien metros por segundo, no se hubiera encontrado ni siquiera un fragmento.

Era, pues, cosa probada que todavía, después de las ruidosas experiencias de los capitanes Krebs y Renard, si los globos aerostáticos habían conseguido un poco más de velocidad, era sólo lo bastante para mantenerse en una brisa sencilla; y por tanto, era imposible usar en la práctica hasta entonces ese modo de locomoción aérea.

Sea como quiera, al lado del problema de la dirección de los globos aerostáticos, es decir, de los medios empleados para darles una velocidad apropiada, la cuestión de los motores había hecho progresos definitivamente más rápidos. Las máquinas de vapor de Henry Giffard, el empleo de la fuerza muscular de Dupuy de Lome, habían sido sustituidos poco a poco por los motores eléctricos. Las baterías con bicromato de potasa formando elementos montados en tensión, de los hermanos Tissandier, dieron una velocidad de cuatro metros por segundo. Las máquinas dinamoeléctricas de los capitanes Krebs y Renard, produciendo una fuerza de doce caballos, consiguieron la velocidad de unos seis metros y medio por término medio.

Y entonces, en esa vía del motor, los ingenieros y electricistas habían tratado de aproximarse lo más posible a ese desideratum que se ha podido llamar «un caballo de vapor dentro de una caja de reloj». Así es que, poco a poco, los efectos de la pila cuyo secreto se habían guardado los capitanes Krebs y Renard fueron alcanzados y superados, y después de ellos, los aeronautas habían usado motores cuya ligereza aumentaba al mismo tiempo que la potencia.

Era esto bastante para estimular a los convencidos de que era posible utilizar los globos dirigibles. Y sin embargo; muchas personas de buen sentido se resistían a admirar su aprovechamiento. En efecto, si el globo aerostático encuentra un punto de apoyo en el aire, es que pertenece al centro en que se sumerge por completo. En tales condiciones, ¿de qué modo su masa, que favorece tanto a las corrientes de la atmósfera, podría resistir a vientos medianos, por potente que fuera su propulsor?

No había dado, pues, un paso la cuestión, pero esperaban resolverla empleando aparatos de gran dimensión.

Y es el caso que en esa lucha de los inventores en busca de un motor potente y ligero, los yanquis eran los que más se habían acercado al famoso desideratum. Un aparato dinamoeléctrico, basado en el empleo de una nueva pila, cuya composición, era todavía un misterio, había sido comprado a su inventor, un químico de Boston, hasta entonces ignorado. Cálculos hechos con sumo cuidado, diagramas levantados con la mayor exactitud, habían demostrado que con ese aparato, accionando una hélice de conveniente dimensión, se podrían obtener translaciones de dieciocho a veinte metros por segundo.

¡Hubiera sido verdaderamente magnífico!

-¡Y no es raro! - había añadido Uncle Prudent, al remitir al inventor, en cambio de un recibo en debida forma, el último pago de cien mil dólares, precio de su invención.

Inmediatamente el Weldon Institute puso manos a la obra.

Cuando se trata de alguna experiencia de la que se puede obtener alguna utilidad práctica, el dinero sale con gusto de los bolsillos yanquis. Los fondos afluyeron, sin que hubiera necesidad de constituir siquiera una sociedad por acciones. Trescientos mil dólares fueron en seguida a llenar las cajas del club. Se comenzaron los trabajos bajo la direcciém del más célebre aeronauta de los Estados Unidos, Harry W. Tinder, inmortalizado por tres de sus asensiones, entre otras mil: la una, durante la cual se había elevado a doce mil metros más alto que Gay-Lussac, Coxwel, Crocé-Spinelli, Tissandier, Glaisher1; la otra, durante la cual había atravesado todo el territorio de Estados Unidos, de Nueva York a San Francisco, dejando atrás por muchos centenares de metros, los itinerarios de los Nadar, de los Godard y de muchos otros, sin contar ese tal John Wise; que había hecho un millón ciento cincuenta millas desde San Luis hasta el condado de Jefferson; la tercera en fin, que había terminado por una caída espantosa a mil quinientos pies, y que no sufrió más que una pequeña torcedura del pie, mientras que Pilâtre de Rozier, menos feliz que él, a pesar que cayó de setecientos pies, quedó muerto instantáneamente.

En el día que comienza esta historia, ya se podía juzgar la forma con que el Weldon Institute había llevado las cosas. En los tallares Turner, en Filadelfia, levantábase un enorme globo aerostático cuya solidez se iba aprobar comprimiendo aire bajo fuerte presión. Y ciertamente aquel globo merecía llamarse, entre todos, el globo monstruo.

En efecto: ¿qué medía el Gigante de Nadar? Seis mil metros cúbicos. ¿Qué medía el globo Giffard, de la Exposición del año 1878? Veinte mil metros cúbicos con dieciocho metros de radio. Comparad aquellos dos globos aerostáticos con la máquina aérea del Weldon Institute, cuyo volumen se cifraba en unos cuarenta mil metros cúbicos, y se comprenderá que Uncle Prudent y sus colegas tuvieran derecho a sentirse llenos de orgullo.

Aquel globo, no estando destinado a explorar las más altas capas de la atmósfera, no se llamaba Excelsior, calificativo que es demasiado sublime para los ciudadanos de Estados Unidos. ¡No! Se llamaba sencillamente Go ahead, que quiere decir: ¡Adelante! y sólo le faltaba justificar su nombre obedeciendo a todas las maniobras de su capitán.

Entonces la máquina dinamoeléctrica estaba completamente terminada, según el sistema de la patente de invención sacada por el Weldon Institute. Se podía presumir que antes de seis semanas el Go ahead volaría a través del espacio.

Ya hemos visto, sin embargo, que todas las dificultades de la mecánica no estaban todavía resueltas. Muchas sesiones habían sido consagradas para discutir, no la forma de la hélice ni de sus dimensiones, sino la cuestión de saber si se colocaría a popa del aparato, como lo habían efectuado los hermanos Tissandier, o a proa, como lo habían hecho los capitanes Krebs y Renard. Está de más añadir que en aquella discusión los partidarios de los dos sistemas habían llegado hasta las manos. La facción de los de «proa» igualó al número de los de «popa». Uncle Prudent, cuyo voto era decisivo en el caso de empate; Uncle Prudent, educado sin duda en la escuela del célebre profesor Buridan, no había llegado a pronunciarse todavía.

Por tanto no había posibilidad de entenderse ni de poner la hélice en su sitio. Todo eso podía durar aún mucho tiempo, a no ser que el Gobierno mediara en la cuestión. Pero en Estados Unidos es sabido que al Gobierno no le gusta entrometerse en los asuntos privados, ni mezclarse en los que no le importa. Y hace muy bien.

En este estado se hallaban las cosas, y esa sesión del 13 de junio hacía esperar, que no iba a acabar nunca, o mejor dicho que terminaría en medio del más espantoso tumulto, injurias recíprocas, puñetazos, sucediéndose a las injurias; los bastonazos sucediéndose a los puñetazos; los tiros de revólver, sucediéndose a los bastonazos, cuando a las ocho y treinta y siete hubo una interrupción.

El ujier del Weldon Institute, fría y tranquilamente, como un policeman en medio de las borrascas de un mitin, se aproximó a la mesa del presidente y le acercó una tarjeta. Esperaba las órdenes que Uncle Prudent quisiera darle.

Uncle Prudent hizo resonar la trompa de vapor que empleaba como campanilla presidencial; pero ni la campana del Kremlin, que pesa ciento sesenticinco toneladas, le hubiera servido de nada... El tumulto continuó. Entonces el presidente se descubrió y logró el silencio, gracias a ese medio extremo.

-¡Una comunicación! - dijo Uncle Prudent, cuando hubo cogido un polvo de rapé de la tabaquera, de la que jamás se separaba.

-¡Hablad! ¡Hablad! - gritaron noventa y nueve voces, acordes por casualidad sobre este punto.

-Un extranjero mis queridos colegas, pide permiso para ser introducido en nuestro salón de sesiones.

-¡Jamás! - dijeron todos los presentes a una voz.

-Desea probaros, según parece -siguió diciendo Uncle Prudent-, que creer en la dirección de los globos, es creer en la más absurda de las utopías.

Una carcajada se dejó oír al escuchar esta declaración.

-¡Que pase! ¡Que pase!...

¿Cómo se llama ese personaje singular? -preguntó el secretario Phil Evans.

-Robur -contestó Uncle Prudent.

-¡Robur!... ¡Robur!... -gritó toda la asamblea.

Y si se había efectuado tan rápidamente el acuerdo sobre este nombre singular, era porque el Weldon Institute contaba descargar sobre aquel que lo llevaba toda su exasperación.

La tempestad habíase calmado de momento, aparentemente al menos. Además, ¿de qué modo podríase calmar una tempestad en un pueblo que nos manda hasta Europa dos o tres veces por mes esas borrascas de las que tan sobradas está?

Note

  1. En 1957, un aeronauta norteamericano alcanzó los 31.000 m.; y posiblemente para estas fechas, este dato resulte ya anticuado. ↩

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

0 parole · tariffa: 0 kreuzer (i punti diventano STOP)