El faro del fin del mundo

IX

VÁSQUEZ.

Desde la llegada de la goleta al fondeadero de la bahía de Elgor, Vásquez había vivido en el litoral del cabo San Juan del que no quería alejarse. Si algún navío viniera a hacer escala en la bahía, al menos estaría él allí para darle la voz a su paso.

Lo recogerían, prevendría al capitán del peligro que corría al remontar en dirección al faro, le informaría de que una banda de malhechores eran dueños de él, y, si este capitán no tenía una tripulación suficiente para apoderarse de ellos o expulsarlos al interior de la isla, tendría tiempo de volver a alta mar.

Pero ¿qué probabilidad había de que esta eventualidad llegara a producirse, y por qué un buque, a menos de verse forzado a ello, haría escala al fondo de esta bahía apenas conocida de los navegantes?

Habría sido sin embargo la circunstancia más favorable que este navío se dirigiera hacia las Malvinas —una travesía de algunos días solamente—, las autoridades inglesas habrían sido rápidamente prevenidas de los acontecimientos de los que la Isla de los Estados acababa de ser escenario. Un buque de guerra quizás habría podido dirigirse inmediatamente a la bahía de Elgor, llegar allí antes de que la Maule hubiera vuelto a partir, destruir, hasta el último, a Kongre y los suyos, y hacer lo necesario para que el faro fuera enseguida puesto de nuevo en servicio.

«Para eso —se repetía Vásquez—, ¿habrá pues que esperar el regreso del Santa Fe?... ¡Dos meses!... Para entonces, la goleta estará lejos… y ¿dónde encontrarla en medio de las islas del Pacífico?...»

Se ve, el bravo Vásquez, olvidándose de sí mismo, pensaba siempre en sus camaradas despiadadamente masacrados, en la impunidad de la que disfrutarían quizás estos malhechores después de haber abandonado la isla, y en los graves peligros que amenazaban la navegación en estos parajes desde la extinción del Faro del Fin del Mundo.

Por otra parte, desde el punto de vista material, y a condición de que no se descubriera su refugio, estaba tranquilizado, desde su visita a la caverna de los piratas.

Esta vasta caverna se hundía profundamente en el interior del acantilado. Allí era donde la banda se había refugiado durante varios años. Allí era donde habían sido amontonados todos los restos, oro, plata, materias preciosas recogidos en el litoral con marea baja. Allí era, en fin, donde Kongre y los suyos habían pasado largos meses, viviendo, primero, de las provisiones que poseían en el momento de su desembarco, luego de las procuradas por un gran número de naufragios, varios de los cuales habían sido provocados por ellos.

De estas provisiones, Vásquez no tomó más que lo indispensable, de manera que Kongre y los otros no se dieran cuenta de nada: una pequeña caja de galleta de mar, un barril de corn-beef, un hornillo que le permitiría hacer fuego, una tetera, una taza, una manta de lana, una camisa y calcetines de repuesto, un chaquetón encerado, dos revólveres con una veintena de cartuchos, un mechero, un fanal, yesca. Tomó también dos libras de tabaco para su pipa. Por otra parte, según las palabras que había oído, las reparaciones de la goleta debían durar varias semanas, y podría renovar sus provisiones.

Conviene decir que, por precaución, encontrando la estrecha gruta que ocupaba demasiado cercana a la caverna, y temiendo ser descubierto allí, había buscado otro refugio un poco más alejado y más seguro.

Fue a quinientos pasos de allí, en el reverso del litoral, más allá del cabo San Juan, en la parte del litoral que bordea el estrecho, donde lo había encontrado. Entre dos altas rocas que contrafuertaban el acantilado, se ahuecaba una gruta cuya abertura no se podía ver. Para llegar allí, había que deslizarse a través de aquel espacio intermedio, que apenas se distinguía en medio del amontonamiento de bloques. En pleamar, el mar llegaba casi a su base, pero nunca subía lo suficiente para inundar esta cavidad cuya arena fina no contenía ninguna concha y no llevaba ningún rastro de humedad.

Se habría pasado cien veces delante de esta gruta sin sospechar su existencia, y fue por azar si Vásquez la había descubierto, algunos días antes.

Fue pues allí donde transportó los diversos objetos tomados en la caverna, y de los que iba a hacer uso.

Era raro, por otra parte, que Kongre, Carcante u otros vinieran a esta parte de la costa. La única vez que lo habían hecho, después de una segunda visita a la caverna, Vásquez los había visto cuando se detuvieron en la punta del cabo San Juan. Acurrucado al fondo del espacio intermedio, no podía ser visto, y no lo fue.

Inútil añadir que no se aventuraba jamás al exterior, sin las más minuciosas precauciones, de preferencia por la tarde, sobre todo para dirigirse a la caverna. Antes de doblar el ángulo del acantilado a la entrada de la bahía, se aseguraba de que ni el bote ni la chalupa estuvieran amarrados a lo largo de la orilla.

¡Pero cuánto le parecía interminable el tiempo en su soledad, y qué dolorosos recuerdos regresaban sin cesar a su memoria! Aquella escena de carnicería a la que había escapado, Felipe, Moriz, caídos bajo los golpes de los asesinos. ¡Un irresistible deseo le embargaba el corazón de encontrar al jefe de esta banda y de vengar con sus propias manos la muerte de sus infortunados camaradas!...

«¡No… no!... —se repetía— ¡serán castigados tarde o temprano!... Dios no permitirá que escapen al castigo… ¡Pagarán estos crímenes con su vida!...»

VASQUEZ ESCUCHO ESTAS PALABRAS, INMÓVIL, APENAS RESPIRANDO.

Olvidaba cuánto la suya pendía de un hilo, mientras la goleta estuviera de escala en la bahía de Elgor.

«Y sin embargo… —exclamaba—, ¡que no se vayan, esos miserables! ¡Que estén todavía aquí cuando regrese el Santa Fe… que el Cielo les impida volver a partir!...»

¿Se cumpliría este deseo? ¡Faltaban más de tres semanas para que el aviso pudiera ser señalado mar adentro de la isla!...

Por otra parte, la duración de esta escala no dejaba de sorprender a Vásquez. ¿Eran pues tan importantes las averías de la goleta que un mes no había bastado para su completa reparación?... El libro del faro había debido informar a Kongre sobre la fecha en la que se efectuaría el relevo. No podía ignorar que, si no se había hecho de nuevo a la mar antes de los primeros días de marzo…

Se estaba a 16 de febrero. Vásquez, devorado por la impaciencia y la inquietud, quiso saber a qué atenerse. Así, cuando el sol se hubo puesto, ganó la entrada de la bahía, y remontó la orilla norte, dirigiéndose hacia el faro.

Aunque la oscuridad fuera ya profunda, no corría por ello menos riesgo de ser encontrado si alguien de la banda hubiera venido por aquel lado. Se deslizaba pues a lo largo del acantilado con precaución, mirando a través de la sombra, deteniéndose, escuchando si se producía algún ruido sospechoso.

Vásquez tenía unas tres millas que hacer para alcanzar el fondo de la bahía. Era la dirección contraria a la que había seguido, huyendo después del asesinato de sus camaradas. No fue más visto de lo que lo había sido aquella noche.

Hacia las nueve, se detenía a doscientos pasos del recinto del faro, y, desde allí, vio algunas luces brillar a través de las ventanas del anexo. Un movimiento de cólera, un gesto de amenaza se le escaparon, al pensar que estos bandidos estaban en aquel alojamiento, en el lugar de aquellos a los que habían matado, ¡de aquel al que matarían, si caía en sus manos!

Desde el lugar donde se encontraba, Vásquez no podía ver la goleta, envuelta en sombra. Tuvo que acercarse un centenar de pasos, no pensando que hubiera peligro en hacerlo. Toda la banda estaba encerrada en el alojamiento. Nadie saldría sin duda.

Vásquez se acercó aún más. Se deslizó hasta la playa de la pequeña cala. Fue en la marea de anteayer que la goleta había sido desencallada del banco de arena. ¡Ahora, flotaba, fondeada sobre su ancla!

¡Ah! ¡Si hubiera podido, si no hubiera dependido más que de él, con qué placer habría destrozado aquel casco y la habría hundido en la cala!

Así pues las averías estaban reparadas. Sin embargo, Vásquez había hecho esta observación, que, si la goleta flotaba, faltaban al menos dos pies para que estuviera en sus líneas de flotación. Eso indicaba que no había embarcado todavía su lastre, ni su carga. Podía pues ocurrir que la partida se retrasara algunos días. Pero, ciertamente, sería el último plazo, y, en cuarenta y ocho horas quizás, la Maule zarparía, doblaría el cabo San Juan, y desaparecería en el horizonte para siempre.

Vásquez no tenía entonces más que una pequeña cantidad de víveres. Así, al día siguiente, se dirigió a la caverna a fin de renovar sus provisiones.

Apenas amanecía; pero, diciéndose que la chalupa regresaría esa mañana a llevarse todo lo que debía ser embarcado en la goleta, se apresuró, no sin tomar las mayores precauciones.

Al doblar el acantilado, no vio la chalupa, y la orilla estaba desierta.

Vásquez entró pues en la caverna.

Se encontraban allí todavía numerosos objetos, de aquellos que carecían de valor, y con los que Kongre no quería sin duda abarrotar la bodega de la Maule. Pero, cuando Vásquez buscó galletas y carne, ¡cuál fue su decepción!

¡Todos los comestibles habían sido retirados!... ¡y, en cuarenta y ocho horas, los víveres le faltarían!...

Vásquez no tuvo tiempo de abandonarse a sus reflexiones. En ese momento, se oyó un ruido de remos. La chalupa llegaba, llevando a bordo a Carcante y dos de sus compañeros.

Vásquez avanzó vivamente hasta la entrada de la caverna, y, asomando la cabeza, miró.

La chalupa atracaba entonces. No tuvo más que tiempo de arrojarse de nuevo al interior, luego de esconderse en el rincón más oscuro, detrás de un montón de velas y perchas de las que la goleta no habría podido cargarse, y que permanecerían en la caverna.

Vásquez estaba bien decidido a vender cara su vida, en caso de que fuera descubierto. El revólver que llevaba siempre en su cinturón, lo usaría. ¡Pero, él solo contra tres!...

Solo dos franquearon el orificio, Carcante y el carpintero Vargas. Kongre no los había acompañado.

Carcante sostenía un fanal encendido, y, seguido de Vargas, eligió diferentes objetos que completarían la carga de la goleta. Mientras buscaban, charlaban. El carpintero dijo:

– Aquí estamos a 17 de febrero, y es hora de partir.

– Bueno, pues partiremos —respondió Carcante.

– ¿Desde mañana?

– Desde mañana, pienso, puesto que estamos listos.

– ¡Aún será necesario que el tiempo lo permita! —observó Vargas.

– Sin duda, y parece estar un poco amenazador esta mañana… Pero se arreglará.

– Es que si nos retuvieran ocho o diez días aquí…

– Sí —dijo Carcante—, se correría el riesgo de encontrarse con su relevo…

– ¡Eso no… eso no! —exclamó Vargas—. No somos lo bastante fuertes para apresar un navío de guerra.

– ¡No, él nos apresaría a nosotros, y probablemente por los dos penoles de su verga de trinquete! —replicó Carcante, adornando su respuesta con un formidable juramento.

– En fin… —prosiguió el otro—, ¡estoy deseando estar a un centenar de millas mar adentro!

– ¡Mañana, te lo repito, mañana! —afirmó Carcante—, ¡o tendría que hacer un viento capaz de arrancar los cuernos a los guanacos!

Vásquez oía estas palabras, inmóvil, respirando apenas. Carcante y Vargas iban y venían, el fanal en la mano. Desplazaban ciertos objetos, elegían otros y los ponían aparte. A veces, se acercaban tanto al rincón donde se acurrucaba Vásquez que este no habría tenido más que extender el brazo para aplicarles su revólver sobre el pecho.

Esta visita duró media hora, Carcante llamó al hombre que había quedado en la chalupa. Este se apresuró a acudir, y echó una mano en el transporte de los bultos.

Carcante echó un último vistazo al interior de la caverna.

– ¡Lástima dejar cosas! —dijo Vargas.

– Hay que hacerlo —respondió Carcante—. ¡Ah! ¡Si la goleta tuviera trescientas toneladas!... Pero nos llevamos todo lo que hay de más precioso y tengo idea de que, allá, haremos todavía buenos negocios.

Salieron entonces, y pronto la embarcación, filando viento en popa, desapareció más allá de una punta de la bahía.

Vásquez salió a su vez, y regresó a su refugio.

Así, en cuarenta y ocho horas, no tendría ya nada que comer, y, al partir, ninguna duda al respecto, Kongre y sus compañeros se llevarían todas las reservas del faro, Vásquez no encontraría ya nada allí. ¿Cómo haría para vivir hasta el regreso del aviso, que, admitiendo que no se retrasara, no llegaría antes de una quincena de días?

La situación, se ve, era de las más graves. Ni el valor, ni la energía de Vásquez lograrían mejorarla, a menos que pudiera alimentarse de raíces desenterradas en el bosque de hayas, o de peces pescados en la bahía. Pero, para eso, era necesario que la Maule hubiera abandonado definitivamente la Isla de los Estados. Si alguna circunstancia la obligaba a permanecer todavía varios días fondeada, Vásquez moriría inevitablemente de hambre en su gruta del cabo San Juan.

La jornada avanzaba, el cielo se volvía más amenazador. Masas de nubes, espesas, lívidas, se acumulaban en el este. La fuerza del viento aumentaba a medida que rolaba a alta mar. Las rápidas ráfagas que corrían sobre la superficie del mar se cambiaron pronto en largas olas cuya cresta se coronaba de espuma, y que no tardarían en romper con estrépito contra las rocas del cabo.

Si este tiempo continuaba, la goleta no podría seguramente salir en la marea del día siguiente.

Ahora bien, con la tarde que llegaba, no se produjo ningún cambio en el estado atmosférico. Al contrario, la situación empeoró. No se trataba de una tormenta cuya duración hubiera podido limitarse a algunas horas. Un temporal se preparaba. Se veía en el color del cielo y del mar, en las nubes desgreñadas que corrían con una creciente velocidad, en el tumulto de las olas contrariadas por la corriente, en sus mugidos cuando rompían sobre los arrecifes. Un marino como Vásquez no podía equivocarse. En el alojamiento del faro, la columna barométrica había seguramente caído por debajo del grado de tempestad.

Sin embargo, a pesar del viento que rugía, Vásquez no había permanecido en su gruta. Recorría la playa, sus miradas en el horizonte que se oscurecía gradualmente. Los últimos rayos del sol, que descendía en el ocaso, no se extinguieron antes de que Vásquez hubiera visto una masa negra que se movía mar adentro.

«¡Un navío! —exclamó—, ¡un navío que parece dirigirse hacia la isla!»

Era un navío, en efecto, viniendo del este, sea para embocar el estrecho, sea para pasar por el sur.

La tormenta se desencadenaba entonces con una extraordinaria violencia. Era más que un temporal, era uno de esos huracanes a los que nada resiste y que ponen en perdición a los más potentes navíos. Cuando no tienen «escapatoria», para emplear una locución marítima, es decir, cuando tienen tierra a sotavento, es raro que escapen al naufragio.

«¡Y el faro que estos miserables no encienden! —exclamaba Vásquez—. ¡Este buque, que lo busca, no lo verá!... No sabrá que una costa está delante de él a algunas millas solamente… ¡El viento lo empuja hacia ella y vendrá a romperse sobre los escollos!...»

¡Sí! un siniestro era de temer, y que sería causado por Kongre y los suyos. Sin duda, desde lo alto del faro, habían visto este navío, que no había podido capear y se veía reducido a correr a palo seco sobre la superficie de un mar embravecido. Era demasiado cierto, a falta de poder guiarse por los destellos de este faro que el capitán buscaba vanamente en el oeste, ¡no lograría doblar el cabo San Juan, para entrar en el estrecho, ni la punta Several para pasar al sur de la isla! Antes de media hora, sería arrojado sobre los arrecifes a la entrada de la bahía de Elgor, sin haber siquiera sospechado la tierra que no había podido marcar durante las últimas horas del día.

La tempestad estaba entonces en toda su fuerza. La noche amenazaba con ser terrible, y, después de la noche, la jornada del día siguiente, pues no parecía posible que el huracán se calmara en las veinticuatro horas.

Vásquez no pensaba en regresar a su refugio y sus miradas no abandonaban el horizonte. Si ya no distinguía el navío en medio de esta profunda oscuridad, sus luces le aparecían a veces, cuando, bajo el choque de las olas, daba guiñadas tan pronto a un costado como al otro. A ese paso, era imposible que sintiera francamente la acción de su timón. Apenas si debía gobernar. Quizás, incluso, estaba desarbolado, privado de una parte de su arboladura. En todo caso, no se podía dudar de que estuviera a palo seco. En medio de esta lucha de los elementos desencadenados, bien justo si un navío habría podido conservar un tormentín.

Vásquez, desesperado ante su impotencia…

Puesto que Vásquez no veía más que luces verdes o rojas, es que aquel buque era un velero; un vapor habría mostrado la luz blanca suspendida del estay de trinquete. No tenía pues máquina que le permitiera luchar contra el viento.

Vásquez iba y venía por la playa, desesperado por su impotencia para impedir aquel naufragio. Lo que habría hecho falta, habría sido que la luz del faro se proyectara a través de aquellas tinieblas… Y Vásquez se volvía hacia el lado de la bahía de Elgor. Su mano se tendía inútilmente hacia el faro. El faro no se encendería más esta noche que las noches precedentes desde hacía casi dos meses, y el navío estaba destinado a perderse con hombres y carga sobre las rocas del cabo San Juan.

Entonces una idea vino a Vásquez. Quizás este velero podría todavía evitar la tierra si tuviera conocimiento de ella. Incluso admitiendo que le fuera imposible capear, quizás, modificando un poco su rumbo, evitaría abordar este litoral, que, en suma, del cabo San Juan a la punta Several, no mide apenas más de ocho millas. Más allá, el mar se abriría ante su proa.

Había madera, restos de naufragios, despojos de cascos sobre la playa. Transportar algunos de estos trozos sobre la punta, formar con ellos una hoguera, introducir en ella puñados de algas, prenderle fuego, dejar al viento el cuidado de avivar la llama, ¿no era pues factible?... ¿Y no sería vista esta llama por el buque, que, aunque no estuviera más que a una milla de la costa, tendría quizás todavía tiempo de evitarla?...

Vásquez se puso manos a la obra inmediatamente. Recogió varios trozos de madera, y los llevó al extremo del cabo. Las algas secas no faltaban, pues, si ventaba, la lluvia no había comenzado a caer. Luego, cuando el hogar estuvo listo, intentó encenderlo.

Demasiado tarde… Una enorme masa apareció entonces en medio de la oscuridad. Levantada por olas monstruosas, se precipitaba con una espantosa impetuosidad. Antes de que Vásquez hubiera podido hacer un gesto, llegaba como un torbellino sobre la barrera de arrecifes.

Hubo un estruendo espantoso y, breves, algunos gritos de socorro rápidamente ahogados… Luego no se oyó más que el silbido de las ráfagas y los aullidos del mar que se estrellaba contra la orilla.

Telegramma

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