El faro del fin del mundo

VI

EN LA BAHÍA DE ELGOR.

La operación de reflotamiento había pues plenamente logrado el éxito. Pero todo no estaba terminado. Faltaba mucho para que la goleta tuviera entera seguridad en esta ensenada excavada en el litoral del cabo San Bartolomé. Estaba allí demasiado expuesta al oleaje de alta mar y a las tempestades del noroeste. En la época de las fuertes mareas de equinoccio, no habría podido ni siquiera permanecer veinticuatro horas en esta escala.

Kongre no lo ignoraba. Así, su intención era abandonar la ensenada, con la marea bajante del día siguiente, de la que contaba aprovechar para remontar en parte el estrecho de Le Maire.

Antes, sin embargo, era indispensable completar la visita del navío, verificar el estado de su casco en el interior. Aunque se tuviera la certeza de que no hacía agua, podía sin embargo ocurrir que, si no su forro, al menos su armazón hubiera sufrido por el encallamiento, y que fuera necesario proceder a reparaciones con vistas a una travesía bastante larga.

Kongre puso enseguida a sus hombres manos a la obra, a fin de desplazar el lastre que llenaba la bodega hasta la altura de las varengas de babor y de estribor. No sería, por otra parte, obligado desembarcarlo, lo que ahorraría tiempo y fatiga, sobre todo el tiempo, del que importaba mostrarse avaro, en la situación poco segura en que se encontraba la Maule.

Los hierros viejos, que constituían el lastre, fueron primero trasladados de proa a popa en la bodega para permitir examinar la parte anterior del vaigraje.

Este examen fue cuidadosamente hecho por Kongre y Carcante, ayudados por un chileno, llamado Vargas, que había trabajado antiguamente como carpintero en los astilleros de construcción de Valparaíso y conocía bien este oficio.

En toda la porción comprendida entre la proa y la carlinga del palo trinquete, no se constató ninguna avería. Varengas, armazón, forro estaban en buen estado; clavados con cobre, no se resentían del choque del encallamiento sobre el banco de arena.

El lastre empujado hacia proa, el casco fue encontrado igualmente intacto desde el palo trinquete hasta el palo mayor. Los puntales no estaban ni doblados ni deformados, y la escala que daba acceso a la escotilla central no había sido desplazada.

Se ocuparon entonces del último tercio de la bodega comprendiendo el fondo de la bóveda hasta el codaste.

Había allí una avería de alguna importancia. Si no existía vía de agua, el armazón de babor acusaba un hundimiento sobre una longitud de un metro y medio. Este hundimiento debía provenir de una colisión contra una cabeza de roca, antes de que la goleta hubiera sido lanzada sobre el banco de arena. Si el forro no había cedido enteramente, si la estopa había permanecido en su sitio, lo que había impedido al agua introducirse en la bodega, esta avería no presentaba por ello menos una cierta gravedad, y un marino debía preocuparse por ello con razón.

Una reparación se imponía pues en el momento de hacerse de nuevo a la mar, a menos que se hubiera tratado de una muy corta travesía con tiempo calmado. Por otra parte, era probable que esta reparación requiriera toda una semana, admitiendo que se tuvieran los materiales y las herramientas necesarios para el trabajo.

Cuando Kongre y sus compañeros supieron a qué atenerse, maldiciones justificadas en las circunstancias en que se encontraban sucedieron a los hurras que habían saludado el reflotamiento de la Maule. ¿Es que la goleta iba a quedar fuera de uso?... ¿Es que no podrían por fin abandonar la Isla de los Estados?...

Kongre intervino diciendo:

– La avería es grave en efecto… En su estado actual, no tendríamos que contar con la Maule, que, con mal tiempo, correría el riesgo de abrirse… ¡Y hay centenares de millas que recorrer antes de alcanzar las islas del Pacífico!... Sería arriesgarse a zozobrar en ruta. Pero esta avería es reparable, y la repararemos.

– ¿Dónde? —preguntó uno de los chilenos que no ocultaba su inquietud.

– No1 aquí, en todo caso —declaró uno de sus compañeros.

– No —respondió Kongre con tono resuelto—. En la bahía de Elgor.

En cuarenta y ocho horas, la goleta podía, en efecto, franquear la distancia que la separaba de la bahía. No tendría más que bordear el litoral de la isla, sea por el sur, sea por el norte. En la caverna donde se había dejado todo lo que provenía del pillaje de los restos, el carpintero tendría a su disposición la madera y las herramientas que necesitaría esta reparación. Aunque hubiera que permanecer en escala quince días, tres semanas, la Maule permanecería allí. La buena estación debía aún durar dos meses y, al menos, cuando Kongre y sus compañeros abandonaran la Isla de los Estados, sería a bordo de un navío que, sus averías reparadas a fondo, ofrecería toda seguridad.

Por lo demás, Kongre siempre había tenido la intención, al abandonar el cabo San Bartolomé, de pasar algún tiempo en la bahía de Elgor. A ningún precio habría querido perder los objetos de todo tipo, dejados en la caverna, cuando los trabajos del faro obligaron a la banda a refugiarse en el otro extremo de la isla. Así,2 sus proyectos no serían modificados más que en cuanto a la duración de la escala, que se prolongaría más allá de lo que él hubiera deseado.

La confianza regresó pues, y se hicieron los preparativos de manera a poder partir en la pleamar del día siguiente.

En cuanto a la presencia de los guardianes del faro, no era motivo para inquietar a esta banda de piratas. En algunas palabras, Kongre expuso sus proyectos a este respecto.

– Antes de la llegada de esta goleta —dijo a Carcante, tan pronto como estuvieron solos—, estaba decidido a retomar posesión de la bahía de Elgor. Mis intenciones no han cambiado. Solamente, en lugar de llegar por el interior de la isla, evitando ser vistos, llegaremos por mar, abiertamente. La goleta irá a fondear en la cala… se nos acogerá allí sin sospechar nada… y…

Un gesto que Carcante no malinterpretó completó el pensamiento de Kongre. Y, en verdad, todas las probabilidades de éxito estarían adquiridas para los proyectos de este miserable. A menos de un milagro, ¿cómo Vásquez, Moriz y Felipe escaparían al destino que los amenazaba?...

La tarde fue consagrada a los preparativos de la partida. Kongre hizo volver a colocar el lastre y se ocupó del embarque de las provisiones, de las armas y otros objetos traídos al cabo San Bartolomé.

La carga se efectuó con rapidez. Desde la partida de la bahía de Elgor —y eso databa de más de un año— Kongre y sus compañeros se habían alimentado principalmente de sus reservas, y no quedaba más que una escasa cantidad que fue depositada en el pañol. En cuanto a la ropa de cama, los vestidos, los utensilios, las materias de oro y plata, la cocina, el rancho de la tripulación, el camarote de popa y la bodega de la Maule los recibieron, esperando el material todavía almacenado en la caverna a la entrada de la bahía.

En resumen, se hizo tal diligencia que, hacia las cuatro de la tarde, esta carga estaba a bordo. La goleta habría podido inmediatamente zarpar, pero Kongre no se preocupaba de navegar, durante la noche, a lo largo de un litoral erizado de arrecifes. No sabía siquiera si tomaría o no el estrecho de Le Maire para elevarse a la altura del cabo San Juan. Eso dependería de la dirección del viento. Sí, si rolaba al sur, y no, si se mantenía en el norte y tendía a refrescar. En este caso, le parecería preferible pasar al sur de la isla, lo que aseguraría a la Maule el abrigo de la tierra. Por lo demás, cualquiera que fuera la ruta elegida, esta travesía, a su estima, no debía durar más de una treintena de horas, comprendida la escala durante la noche.

Llegada la tarde, ninguna modificación del estado atmosférico se había producido. Ninguna bruma al ponerse el sol, y tal era la pureza de la línea del cielo y del agua que un rayo verde atravesó el espacio, en el instante en que el disco desaparecía detrás del horizonte.

Había pues apariencia de que la noche sería calma, y lo fue en efecto. La mayoría de los hombres la habían pasado a bordo, unos en el rancho, otros en la bodega. Kongre ocupaba el camarote del capitán Pailha a la derecha, y Carcante el del segundo a la izquierda de la cámara.

En varias ocasiones, vinieron a cubierta a observar el estado del cielo y del mar, asegurarse de que, incluso en pleamar, la Maule no corría ningún riesgo, y que nada retrasaría la partida del día siguiente.

En efecto, la salida del sol fue soberbia. A esta latitud, es raro verlo aparecer por encima de un horizonte tan nítido.

Desde la primera hora, Kongre desembarcó con el bote, y, a través de un estrecho barranco, casi al comienzo del cabo San Bartolomé, ganó la arista del acantilado.

Desde esta altura, su mirada pudo recorrer un vasto espacio de mar sobre las tres cuartas partes de la brújula. Al este solamente encontraba las masas montañosas que se elevan entre el cabo San Antonio y el cabo Kempe.

El mar, calmo en la región del sur, estaba bastante agitado a la entrada del estrecho, porque el viento tomaba fuerza y tendía a refrescar.

Por lo demás, ni una vela, ni una humareda mar adentro, y, sin duda, la Maule no cruzaría ningún navío durante su corta travesía hasta el cabo San Juan.

Desde esta altura, podía ver una vasta zona.

La decisión de Kongre fue tomada al instante. Temiendo con razón que soplara viento fresco, y deseoso ante todo de no fatigar la goleta, exponiéndola a los oleajes del estrecho, siempre duros durante el cambio de marea, se decidió a bordear la costa meridional de la isla, y a ganar la bahía de Elgor doblando los cabos Kempe, Webster, Several y Diegos. Que fuera por el sur o por el norte, la distancia era aproximadamente igual por otra parte.

Kongre descendió, regresó a la playa, se dirigió hacia la caverna, constató que ningún objeto había sido olvidado allí. Nada delataría pues la presencia de una tropa de hombres en el extremo oeste de la Isla de los Estados.

Eran un poco más de las siete. La marea bajante, que comenzaba ya, favorecería la salida de la cala.

El ancla fue enseguida vuelta a levar al pescante, luego se izó la trinqueta y el foque, que, con esta brisa del nordeste, debían bastar para empujar la Maule fuera de los bancos.

Kongre sostenía la caña, mientras Carcante vigilaba a proa. Diez minutos, no hizo falta más para liberarse del sembrado de arrecifes y la goleta no tardó en sentir un poco de balanceo y cabeceo.

A la orden de Kongre, Carcante hizo establecer el trinquete y la cangreja que es la vela mayor en el aparejo de una goleta, luego izar la gavia a tope. Estas velas amuradas y cazadas, la Maule puso rumbo al sudoeste a un largo, a fin de doblar la punta extrema del cabo San Bartolomé.

En media hora, la Maule hubo contorneado sus rocas. Orzó entonces del todo y tomó dirección hacia el este, de manera a ceñir el viento al máximo. Pero este favorecía su marcha, bajo el abrigo de la costa meridional de la isla, que el buque mantenía a tres millas a barlovento.

Entretanto, Kongre y Carcante pudieron reconocer que este ligero navío se comportaba bien a todos los rumbos. Ciertamente, durante la buena estación, no se correría ningún peligro aventurándose en los mares del Pacífico, después de haber dejado atrás las últimas islas del archipiélago magallánico.

Quizás Kongre habría podido llegar a la entrada de la bahía de1 Elgor por la tarde, pero prefería detenerse en un punto cualquiera del litoral antes de que el sol hubiera desaparecido detrás del horizonte. No forzó pues la vela, no se sirvió ni del juanete de proa, ni de la escandalosa del palo mayor, y se contentó con una media de cinco a seis millas por hora.

Durante esta primera jornada, la Maule no encontró ningún navío, y la noche iba a caer cuando vino a hacer escala al este del cabo Webster, habiendo efectuado aproximadamente la mitad de su travesía.

Allí se amontonaban enormes rocas y se elevaban los más altos acantilados de la isla. La goleta fondeó a un cable de la orilla en una ensenada cubierta por la punta; un buque no habría estado más tranquilo al fondo de un puerto e incluso en una dársena. Ciertamente, si el viento rolaba al sur, la Maule habría estado muy expuesta en aquel lugar, donde el mar, cuando es levantado por las tempestades polares, es tan violento como en las proximidades del cabo de Hornos.

¡Pero el tiempo parecía deber mantenerse con brisa del nordeste, y la suerte continuaba favoreciendo los proyectos de Kongre y de los suyos!

La noche del 25 al 26 de diciembre fue de las más calmas. El viento, que había caído hacia las diez de la noche, se levantó al acercarse el día hacia las cuatro de la mañana.

Desde las primeras luces del alba, Kongre tomó sus disposiciones para zarpar. Se restableció el velamen, permanecido sobre sus cargaderas durante la noche. El cabrestante levó el ancla a la serviola, y la Maule se puso en marcha.

El cabo Webster se prolonga unas cuatro a cinco millas en el mar, de norte a sur. La goleta tuvo pues que remontar para reencontrar la costa que corre hacia el este hasta la punta Several, sobre una longitud de unas veinte millas aproximadamente.

La Maule reanudó su marcha en las mismas condiciones que la víspera, tan pronto como hubo recalado en el litoral donde reencontró aguas tranquilas bajo el abrigo de los altos acantilados.

¡Qué costa horrible y más espantosa aún que la del estrecho! Amontonamiento de bloques enormes y de un equilibrio inestable, pues numerosas de estas masas atascaban las playas hasta las marcas extremas de la marea, prodigiosa extensión de arrecifes negruzcos, que no dejaban un lugar libre, donde, no ya un navío de pequeño tonelaje sino una simple embarcación hubiera podido atracar. ¡Ni una cala que fuera abordable, ni un banco de arena, sobre el cual hubiera sido posible poner el pie! Y no era sino la monstruosa muralla que la Isla de los Estados oponía a los terribles oleajes venidos de los parajes antárticos.

La goleta filaba bajo vela media, a menos de tres millas del litoral. Kongre, no conociendo esta costa, temía con razón acercarse demasiado. Por otra parte, no queriendo fatigar la Maule, se mantenía en medio de las aguas tranquilas que no habría encontrado más mar adentro de la tierra.

Hacia las diez, llegado a la entrada de la bahía Blossom, no pudo sin embargo evitar completamente el oleaje. El viento, embocando el golfo que se ahonda profundamente en las tierras, levantaba el mar en largas olas que la Maule recibía por el través gimiendo. Kongre dejó portar, a fin de doblar la punta que limita la bahía por el lado oriental, luego, franqueada esta punta, ciñó el viento al máximo, y, amura de babor, hizo un bordo hacia alta mar.

Kongre había tomado la caña él mismo, y, las escotas cazadas a tope, ceñía el viento lo más posible. Fue solamente hacia las cuatro de la tarde que estimó haber ganado bastante a barlovento para alcanzar su objetivo de un solo bordo. Virando entonces por redondo, cambió sus amuras y puso francamente rumbo a la bahía de Elgor, quedándole la punta Several en ese momento a cuatro millas en el noroeste.

Desde esta distancia, la costa mostraba su entero desarrollo hasta el cabo San Juan.

Al mismo tiempo, detrás de la punta Diegos, aparecía la torre del Faro del Fin del Mundo que Kongre veía por primera vez. Con el catalejo encontrado en el camarote del capitán Pailha, pudo incluso distinguir a uno de los guardianes que, apostado sobre la galería, observaba el mar. Debiendo permanecer el sol durante tres horas todavía por encima del horizonte, la Maule estaría ciertamente fondeada antes de la noche.

Fue en ese momento cuando la goleta fue «razonada» por dos hombres.

Era cierto que la goleta no había podido escapar a las miradas de los guardianes, y que su llegada a las aguas de la Isla de los Estados era señalada ahora. Mientras Vásquez y sus camaradas la habían visto poner rumbo a alta mar, debían pensar que se dirigía hacia las Malvinas. Pero, desde que ceñía el viento amurada a estribor, no podían dudar de que buscara entrar en la bahía.

Poco importaba, por otra parte, a Kongre, que la Maule hubiera sido vista, ni siquiera que se le supusiera la intención de hacer escala. Eso no modificaría en nada sus proyectos.

Para su extrema satisfacción, este final de la travesía iba a efectuarse en condiciones bastante favorables. El viento venía un poco más del este. Manteniendo sus velas cazadas planas, listas para flamear, la goleta remontaba sin tener que correr bordos para doblar la punta Diegos.

Era una muy feliz circunstancia. Quizás, en el estado de su casco, no habría podido soportar una serie de viradas que la hubieran fatigado, y ¿quién sabe si una vía de agua no se habría declarado antes de la llegada a la cala?

Es incluso lo que ocurrió. Cuando la Maule no estaba más que a dos millas de la bahía, uno de los hombres que acababa de bajar a la bodega, subió gritando que el agua penetraba allí por una fisura del forro.

Era precisamente en aquel lugar del casco donde el armazón había cedido al choque de una roca. Si el forro había aguantado hasta entonces, acababa de entreabrirse, pero solamente sobre una longitud de algunas pulgadas.

En suma, esta avería no presentaba una muy seria importancia. Desplazando el lastre, Vargas logró sin demasiada dificultad tapar la vía de agua por medio de un tapón de estopa.

Pero, se comprende, sería indispensable repararse con cuidado. En el estado en que la había dejado su encallamiento en el cabo San Bartolomé, la goleta no habría podido, sin correr a una pérdida cierta, afrontar los mares del Pacífico.

Eran las seis, cuando la Maule se encontró a la entrada de la bahía de Elgor, a la distancia de una milla y media. Kongre hizo entonces aferrar las velas altas de las que podía ahora prescindir. No se conservaron más que la gavia, el foque grande y la cangreja. Bajo este velamen, la Maule alcanzaría sin dificultad el fondeadero de la cala al fondo de la bahía de Elgor, bajo el mando de Kongre, quien, se repite, conocía perfectamente la ruta a seguir y habría podido servir de práctico.

Por otra parte, hacia las seis y media de la tarde, un haz de rayos luminosos fue proyectado sobre el mar. El faro acababa de ser encendido, y el primer navío cuya marcha iba a iluminar a través de esta bahía era una goleta chilena, caída en manos de una banda de piratas.

Eran cerca de las siete, y el sol declinaba detrás de los altos picos de la Isla de los Estados, cuando la Maule dejó por estribor el cabo San Juan. La bahía se abría ante ella. Kongre entró en ella viento en popa.

Kongre y Carcante, al pasar delante de las cavernas, pudieron asegurarse de que sus orificios no parecían haber sido descubiertos bajo el amontonamiento de piedras y la cortina de matorrales que los obstruían. Nada había pues señalado su presencia en esta parte de la isla, y reencontrarían el producto de sus rapiñas en el estado en que lo habían dejado.

– Esto va bien —dijo Carcante a Kongre cerca del cual se mantenía a popa.

– ¡Y irá mejor aún dentro de un rato! —respondió Kongre.

En veinte minutos como máximo, la Maule hubo ganado la cala donde debía echar el ancla.

Es en ese instante que recibió la voz de dos hombres que acababan de descender del rellano a la playa.

Felipe y Moriz estaban allí. Preparaban su chalupa para subir a bordo de la goleta. En cuanto a Vásquez, se encontraba de servicio en la cámara de guardia.

Cuando la goleta hubo llegado al medio de la cala, su cangreja y su gavia estaban ya cargadas y no llevaba más que su foque grande que Carcante hizo arriar.

En el momento en que el ancla era dejada caer al fondo, Moriz y Felipe saltaron sobre la cubierta de la Maule.

Enseguida, a una señal de Kongre, el primero fue golpeado de un hachazo en la cabeza y cayó. Simultáneamente dos tiros de revólver abatieron a Felipe cerca de su camarada. En un instante, ambos estaban muertos.

A través de una de las ventanas de la cámara de guardia, Vásquez había oído los disparos, y visto el asesinato de sus camaradas.

La misma suerte le estaba reservada, si se apoderaban de su persona. Ninguna piedad era de esperar de estos asesinos. ¡Pobre Felipe, pobre Moriz, no había podido hacer nada para salvarlos, y permanecía allá arriba, espantado por este horrible crimen cumplido en algunos segundos!

Después del primer momento de estupor, recuperó su sangre fría y evaluó rápidamente la situación. Había que escapar a toda costa a los golpes de estos miserables. Quizás ignoraban su existencia, pero era de suponer que, terminadas las maniobras de fondeo, varios de entre ellos tendrían la idea de subir al faro y, sin duda, ¿con la intención de apagarlo y de hacer la bahía impracticable, al menos hasta el día?...

Sin dudar, Vásquez abandonó la cámara de guardia y se precipitó por la escalera al alojamiento de la planta baja.

No había un instante que perder. Se oía ya el ruido de la chalupa que desatracaba de la goleta e iba a poner en tierra a algunos hombres de la tripulación.

Vásquez tomó dos revólveres que pasó por su cinturón, puso algunas provisiones en un saco que echó sobre su hombro, luego salió del alojamiento, descendió rápidamente el talud del recinto, y, sin haber sido visto, desapareció en medio de la oscuridad.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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