El pais de las pieles · Parte 1

IX

UNA TEMPESTAD EN EL LAGO

El viejo lobo de mar aguardaba con cierta impaciencia el regreso de sus pasajeros.

En efecto, hacía ya próximamente una hora que el tiempo había cambiado. El aspecto del cielo, que se había modificado de repente, no podía menos de inquietar a un hombre acostumbrado a consultar los vientos y las nubes. El sol, obscurecido por una espesa bruma, presentaba el aspecto de un disco blanquecino, sin brillo ni esplendor. La brisa había cesado, pero, por la parte del Sur, escuchábase el tempestuoso rugir de las olas. Estos síntomas, precursores de un cambio ya muy próximo del estado de la atmósfera, habíanse manifestado con esa rapidez peculiar de las latitudes elevadas.

– ¡Partamos, mi teniente, partamos en seguida! —exclamó el anciano Norman, mirando con aire inquieto las brumas suspendidas sobre su cabeza—. ¡Partamos sin perder un instante! Hay grandes amenazas en el aire.

– En efecto —respondió Jasper Hobson—, el aspecto del cielo no es ya el mismo. No nos habíamos dado cuenta de este cambio, señora.

– ¿Teme usted que sobrevenga alguna tempestad? — preguntó la viajera, dirigiéndose a Norman.

– Sí, señora —respondió el viejo marino—; las tempestades del lago del Gran Oso son terribles. El huracán desencadénase en él lo mismo que en pleno Atlántico. Estas repentinas brumas no presagian nada bueno. Sin embargo, es muy posible que la borrasca no estalle hasta dentro de tres o cuatro horas, y de aquí a entonces, habremos llegado ya al fuerte Seguridad. Pero partamos sin dilación, porque el bote correría peligro al lado de estas rocas que se ven a flor de agua.

El teniente no podía discutir con Norman sobre asuntos en que no era tan entendido como su interlocutor. El viejo lobo de mar era, por otra parte, un hombre acostumbrado desde hacía mucho tiempo a estas travesías del lago; era preciso, pues, confiar en su experiencia. Paulina Barnett y Jasper Hobson se embarcaron.

Sin embargo, en el momento de ir a largar las amarras e izar la vela, Norman, cual si experimentase cierto presentimiento, murmuró estas palabras:

– ¡Quién sabe si sería mejor esperar! Jasper Hobson, que las oyó, miró al viejo marino, que ya había tomado asiento junto a la caña del timón. Si hubiese estado solo no habría titubeado en partir; pero la presencia de Paulina Barnett exigía que obrase con más prudencia. La viajera comprendió la vacilación de su compañero.

– No se preocupe usted de mí, señor Hobson —le dijo—; proceda usted en todo como si yo no me encontrase a su lado. Supuesto que este experimentado marinero cree conveniente el partir, partamos sin demora.

– ¡Dios sobre todo! —respondió Norman, largando las amarras—, y volvamos al fuerte por el camino más corto.

El bote se puso en marcha; pero, durante una hora, adelantó poco camino. La vela, apenas hinchada por brisas variables, que cambiaban de dirección a cada instante, chocaban sin cesar contra el palo. La bruma se espesaba por momentos. La embarcación comenzaba a sentir los efectos de una mar gruesa y tendida, precursora de próximo cataclismo. Los dos pasajeros permanecían silenciosos, en tanto que el viejo marino trataba de penetrar, con su perspicaz mirada, la espesura de la niebla; y, con la escota en la mano, manteníase alerta, preparado a largarla si alguna racha de viento huracanado le acometía de improviso.

Hasta entonces, sin embargo, los elementos no habían entrado en lucha, y todo habría marchado a pedir de boca si el bote hubiera caminado con la velocidad apetecida. Pero, al qabo de una hora de viaje, no se habían apartado aún ni diez millas del campamento de los indios. Además, algunas brisas de tierra le habían distanciado de la orilla más de lo conveniente, y ya entonces, debido a la suciedad de la atmósfera, la costa no se distinguía apenas; lo cual constituía un gran peligro si el viento se fijaba al Norte, porque aquella frágil embarcación, en extremo sensible a la deriva y muy poco a propósito para ceñir el viento, corría riesgo de verse arrastrada hacia el centro del lago.

– Apenas caminamos — dijo el teniente Hobson al anciano Norman.

– Apenas, mi teniente —respondió el marino—. La brisa no quiere fijarse, y, cuando se decida a hacerlo, temo desgraciadamente que sea donde no nos convenga. En este caso — añadió, señalando hacia el Sur con la mano—, podría suceder muy bien que viésemos el fuerte Franklin antes que el fuerte Seguridad.

– Pues bien —observó bromeando la señora Paulina Barnett—, si así sucede, habremos dado un paseo más largo, con lo cual no perderíamos nada. Este lago del Gran Oso es magnífico, y merece, en verdad, ser visitado de Norte a Sur. Supongo, Norman, que de ese fuerte Franklin se puede siempre volver.

– Desde luego, si se ha logrado llegar a él

– dijo el viejo marino—. Pero no son raras en este lago las tempestades que duran quince días, y, si nuestra mala suerte nos empujase hasta las orillas del Sur, no me atrevería a prometer al señor Hobson que pudiera encontrarse de regreso en el fuerte Seguridad antes de un mes.

– Si es así, pongámonos en guardia — respondió Jasper Hobson—; porque semejante retraso podría comprometer nuestros proyectos. Proceda con prudencia, amigo mío, y, si fuere necesario, procure usted ganar cuanto antes la orilla Norte del lago. La señora Paulina Barnett me parece que no retrocederá ante la perspectiva de un viaje de veinte o veinticinco millas por tierra.

– Aunque quisiera volver a la costa Norte, no me sería ya posible, mi teniente —respondió Norman—. Obsérvelo usted mismo. El viento tiene tendencia a fijarse en ese lado. Todo lo que puedo intentar es mantener la proa al Nordeste, y, si no arrecia el viento demasiado, espero que caminaremos bastante.

Pero, a eso de las cuatro y media, formalizóse la tempestad, resonando algunos silbidos en las capas elevadas del aire. El viento, a quien el estado de la atmósfera mantenía en las capas superiores,, aún no soplaba sobre la superficie del lago; pero esto no podía tardar .mucho.

Oíanse los gritos de las aves asustadas, que cruzaban a través de la bruma. Después, repentinamente, desgarróse la niebla dejando ver gruesos nubarrones bajos, de perfiles caprichosos y como dislocados, verdaderos filones de vapor, violentamente empujados hacia el Sur. Los temores del viejo marino habíanse confirmado. El viento soplaba del Norte, y no tardaría en adquirir la fuerza del huracán, descendiendo sobre el lago.

– ¡Cuidado! — gritó Norman, cazando la escota para poner la proa al viento por medio del timón.

Por fin llegó la ráfaga. El bote se tumbó sobre un costado primero, y se enderezó después, saltando sobre la cresta de una ola. A partir de este momento creció la marejada lo mismo que en el mar. En aquellas aguas, relativamente poco profundas, las olas, al chocar pesadamente sobre el fondo del lago, rebotaban en seguida a una prodigiosa altura.

– ¡Ayudadme! ¡ayudadme! — gritó el viejo marino, tratando de arriar rápidamente la vela.

Jasper Hobson y la misma Paulina Barnett trataron de ayudar a Norman, pero sin conseguirlo, porque se hallaban muy poco familiarizados con la maniobra de una embarcación.

Norman no podía abandonar el timón, y, como la driza se encontraba enredada en la garganta del mástil, la vela no descendía. El bote amenazaba hundirse a cada instante, y ya los golpes de mar reventaban sobre su costado. El cielo se ensombrecía más y más. Una lluvia fría, mezclada con nieve, caía a torrentes, y el huracán redoblaba su furor, cubriendo de siniestra espuma las crestas de las olas.

– ¡Cortad! ¡cortad la driza! — gritó el lobo de mar, entre los rugidos de la tempestad.

Jasper Hobson, a quien el viento había descubierto la cabeza, cegado por la lluvia, apoderóse del cuchillo de Norman y cortó la driza, que se hallaba tiesa como una cuerda de guitarra. Pero el cabo mojado no corría por la garganta de la polea, y la verga quedó embicada en el extremo del palo.

Norman quiso entonces huir delante de la tempestad; correr hacia el Sur, ya que no podía mantenerse con la proa al viento; correr, aunque la maniobra fuese extremadamente peligrosa, en medio de aquellas olas cuya velocidad era muy superior a la de la embarcación; correr, aunque tuviese que ser irremisiblemente arrastrado hasta las costas meridionales del lago del Gran Oso.

Jasper Hobson y su animosa compañera se daban cuenta perfecta del peligro que les amenazaba. La frágil embarcación no podría resistir largo tiempo los embates de las embravecidas olas. Sería destrozada o se iría a pique. Las vidas de los que iban dentro estaban en manos de Dios.

Sin embargo, ni el teniente ni Paulina Barnett se entregaron a la desesperación. Agarrados a las bancadas, mojados de pies a cabeza por las olas y la lluvia, ateridos por el frío, azotados por las rachas de viento, miraban a través de la niebla, sin divisar tierra alguna. A un cable de distancia del bote se confundían por completo las nubes con las aguas. Después interrogaban sus ojos al viejo marinero, el cual, con los dientes apretados, y oprimiendo con crispadas manos la caña del timón, trataba todavía de seguir ciñendo el viento. Pero arreció de tal modo la violencia del huracán, que la embarcación no pudo seguir navegando en aquella forma. Las olas que chocaban contra sus amuras la habrían desbrozado sin remedio. Ya sus primeros forros comenzaban a desligarse, y cuando caía con todo su peso en los senos de las olas, parecía que no iba a levantarse jamás.

– ¡Es preciso correr a toda costa! — murmuró el viejo marino.

Y, metiendo toda la caña a la banda y arriando casi en banda la escota, hizo virar el bote en redondo, que quedó con la proa al Sur. Henchida entonces la vela con violencia, arrastró la embarcación con rapidez vertiginosa. Pero las imponentes olas caminaban con mayor velocidad, haciendo muy peligrosa aquella corrida en popa. Rompían sobre el coronamiento del bote y penetraban en su interior, amenazando inundarlo, siendo preciso achicar sin descanso el agua para que no zozobrase.

A medida que avanzaban hacia la parte más ancha del lago, alejándose de la costa, crecía la violencia del mar. No había allí cortinas de árboles, ni sucesión de colinas, ni abrigo alguno contra el desencadenado huracán. Durante algunos claros, debidos al desgarramiento de las brumas, entreveíanse enormes icebergs, que rodaban como boyas bajo la acción de las olas, empujados también hacia la parte meridional del lago.

Eran las cinco y media. Ni Norman ni Jasper Hobson podían calcular el camino recorrido, ni tampoco la dirección que habían llevado. No eran ya dueños de su embarcación, y se hallaban abandonados a los caprichos de la tempestad.

En aquel preciso momento, a cien pies de distancia de la popa del bote, elevóse una ola enorme, coronada de blanca cresta. Por delante de ella, la desnivelación de la supeficie líquida formaba como una especie de sima. Todas las pequeñas ondulaciones intermedias habían desaparecido, aplastadas por el viento. El agua presentaba un color negro en aquel móvil abismo, a cuyo fondo, cada vez más profundo, iba descendiendo el bote. La gran ola avanzaba dominando a todas las otras. Acercábase a la embarcación amenazando aplastarla. Norman la vio venir, por haber vuelto la cara. Jasper Hobson y Paulina Barnett la miraron también con los ojos desmesuradamente abiertos, esperando el momento en que se precipitase sobre ellos y sin poderla sortear.

Por fin se desplomó sobre el bote con espantoso estrépito, cubriendo por completo su popa. Sobrevino un choque espantoso. Escapóse un grito terrible de los labios del teniente y de su compañera, al verse sepultados bajo aquella montaña líquida, y debieron creer que había llegado el momento de irse a pique.

El bote, casi lleno de agua, volvió a flotar, sin embargo... ¡pero el viejo marino había desaparecido!

Jasper Hobson lanzó un grito de desesperación. Paulina Barnett miróle sobresaltada.

– ¡Norman! — exclamó el teniente, mostrándole, vacío, el lugar que ocupaba el marino en la popa. —¡Desdichado! — murmuró la viajera. Jasper Hobson y ella se habían puesto de pie, corriendo el riesgo de ser despedidos fuera de la embarcación, que saltaba sobre las olas; pero no vieron nada. No se oyó ningún grito, ni voz alguna que demandara socorro, ni ningún cuerpo flotando sobre la blanca espuma... El viejo lobo de mar había hallado la muerte entre las olas.

Jasper Hobson y Paulina Barnett se dejaron caer nuevamente sobre las bancadas. Solos a bordo, de ellos exclusivamente dependía su propia salvación. Pero ni el teniente ni su compañera conocían el manejo de las embarcaciones, y, en tan comprometidas circunstancias, hasta el más consumado marino se habría visto en gran aprieto. El bote era juguete de las olas. La vela, henchida por el huracán, lo arrastraba con velocidad increíble. ¿Cómo podría Jasper Hobson detenerle en su loca carrera?

¡Era una situación espantosa para aquellos desdichados, sorprendidos por la tempestad dentro de una frágil barquilla, que no sabían gobernar!

– ¡Estamos perdidos! — exclamó el teniente. —Nada de eso, señor Hobson —respondió la valerosa Paulina Barnett—. Ayudémonos nosotros primero, que el Cielo vendrá en nuestra ayuda después.

Jasper Hobson comprendió entonces lo que valía aquella animosa mujer, cuya suerte compartía en aquellos momentos. Lo más urgente era arrojar del interior del bote aquella masa de agua que amenazaba hundirlo. Otro golpe de mar podría acabarlo de llenar en el instante menos pensado, y entonces se iría a pique sin remedio. Era conveniente, además, que la embarcación se encontrase boyante para que se pudiese elevar fácilmente sobre las crestas de las olas, a fin de que el peligro de zozobrar fuese menor.

Jasper Hobson y Paulina Barnett vaciaron, pues, con presteza, aquel agua que, por su movilidad, constituía un peligro. No fue esto fácil tarea, porque a cada momento, embarcaba alguna ola, y era preciso estar siempre con el achicador en la mano. La viajera encargóse principalmente de este trabajo, mientras su compañero empuñaba la caña del timón y dirigía el bote lo mejor que le era da,do, corriendo por delante del viento.

Para colmo de peligro, la noche, o si no la noche, ya que en esta latitud y en esta época del año dura algunas horas, la obscuridad, por lo menos, era cada vez mayor. Las nubes bajas, mezcladas con la bruma, formaban una densa niebla, apenas iluminada por una luz difusa.

No se veía nada a una distancia de dos largos de bote, el cual se hubiera hecho astillas si hubiese tropezado contra algún hielo flotante, que podía surgir inopinadamente; y, a aquella velocidad, no habría medio de evitar el encuentro.

– ¿No tiene usted confianza en sí mismo, señor Hobson? — preguntó Paulina Barnett durante un recalmón.

– No, señora —respondióle el teniente—; debe usted estar preparada para cualquier acontecimiento.

– Ya lo estoy — respondió sencillamente la animosa mujer.

En aquel momento escuchóse un ensordecedor estrépito. La vela, desgarrada por el viento, huyó cual blanco vapor. El bote, impulsado por la velocidad adquirida, prosiguió todavía su carrera durante algunos instantes; detúvose después, y las olas lo agitaron como un cascarón de nuez. Jasper Hobson y Paulina Barnett se consideraron perdidos. Sentíanse sacudidos de una manera espantosa, arrojados de sus bancadas, contusionados, heridos. No había a bordo ni un mal pedazo de tela con que improvisar una vela.

Los dos infortunados apenas si se divisaban uno al otro en medio de aquella niebla espesísima, de aquellos abundantes chubascos de agua y nieve. No podían oírse tampoco, y permanecieron así por espacio de una hora, esperando a cada instante la muerte, y encomendándose a la Providencia, que era la única que podía salvarlos.

¿Cuánto tiempo erraron aún, zarandeados por las embravecidas olas? Ni el teniente Hobson ni Paulina Barnett hubieran podido decirlo, cuando hubo de producirse un choque extraordinariamente violento.

El bote acababa de estrellarse contra un enorme iceberg; un inmenso bloque flotante de hielo, de paredes resbaladizas y empinadas, en las cuales no hubiera encontrado la mano sitio alguno donde asirse.

A consecuencia de este choque, que no había podido ser evitado, entreabrióse la proa de la embarcación y empezó a penetrar en ella el agua a torrentes.

– ¡Nos hundimos! ¡nos hundimos! — gritó el teniente Hobson.

En efecto, el bote se sumergía, y el agua llegaba ya a la altura de las bancadas.

– ¡Señora! ¡señora! —exclamó Jasper Hobson—. Aquí estoy... ¡No me separaré de su lado!

– Eso no, señor Jasper —exclamó Paulina— . Solo, podrá usted salvarse... ¡Juntos, pereceremos ambos! ¡Apártese de mí! ¡Déjeme sola!

– ¡Jamás! —exclamó Jasper Hobson.

Pero apenas acabó de pronunciar estas últimas palabras, cuando la embarcación, sacudida por un nuevo golpe de mar, se fue a pique.

Ambos desaparecieron en el remolino causado por el hundimiento de la embarcación; pero, pocos instantes después, volvieron a la superficie. Jasper Hobson nadaba vigorosamente con un brazo, y sostenía a su compañera con el otro. Pero era evidente que su lucha contra las embravecidas olas no podría durar largo tiempo, y que perecería juntamente con la que quería salvar.

En aquel momento llamaron su atención ciertos sonidos extraños. No eran gritos de asustadizas aves, sino voces humanas que llamaban. Jasper Hobson, haciendo un esfuerzo supremo, elevóse sobre las olas y lanzó en torno suyo una rápida mirada; pero nada logró descubrir en medio de la densa niebla.

Los gritos, sin embargo, seguían escuchándose más próximos cada vez. ¿Quiénes eran los audaces que así osaban acudir en su auxilio? Pero, quienesquiera que fuesen, llegarían demasiado tarde. Embarazado por sus propios vestidos se sentía arrastrado hacia el fondo con aquella infeliz mujer a quien no podía ya sostener con la cabeza fuera del agua.

Entonces, impulsado por un postrer instinto, lanzó el teniente un grito desgarrador, y desapareció debajo de una enorme ola.

Pero Jasper Hobson no se había engañado. Tres hombres que voltejeaban por el lago, habían acudido en su auxilio al presenciar el naufragio. Aquellos hombres, los únicos que podían desafiar con algunas probabilidades de éxito el embate del agua enfurecida, navegaban en las únicas embarcaciones capaces de resistir aquella tempestad. Eran tres esquimales, sólidamente atados cada uno a su kayak.

El kayak es una larga piragua, levantada por sus dos extremidades, formada por un armazón extraordinariamente ligero, sobre el cual se extienden pieles de foca bien cosidas con nervios de vaca marina. La parte superior del kayak se halla también recubierta de piel en toda su longitud, excepto en su parte céntrica, donde lleva una abertura. Por ella se introduce el esquimal, y, atando su chaqueta impermeable al borde que forma la piel en torno del orificio, queda formando una sola pieza con su embarcación, en la cual no puede entrar ni una sola gota de agua.

El kayak es flexible y ligero; insumergible, camina siempre sobre las crestas de las olas, y, aunque un golpe de mar llegue a tumbarlo, lo endereza con facilidad el siguiente; de suerte que puede sostenerse incólume en lugares donde el embate de las olas destrozaría irremisiblemente otras embarcaciones.

Los tres esquimales llegaron a tiempo al lugar del naufragio, guiados por el último grito de desesperación que había lanzado el teniente. Jasper Hobson y Paulina Barnett, medio asfixiados ya, sintieron, sin embargo, que una mano vigorosa los extraía del abismo. Pero, en medio de aquella obscuridad, no podían reconocer a sus salvadores.

Uno de los esquimales cogió al teniente y lo colocó atravesado sobre su embarcación; otro hizo lo mismo con Paulina Barnett, y los tres kayaks, hábilmente empujados por finas palas de seis pies de longitud, avanzaron rápidamente en medio de las olas.

Media hora más tarde, los dos náufragos eran depositados sobre una playa de arena, a tres millas más abajo del fuerte Providencia.

¡El viejo lobo de jnar era el único que faltaba!

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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