El pais de las pieles · Parte 2
XVI
EL DESHIELO
Dos horas más tarde entraban todos de nuevo en el fuerte Esperanza. Al siguiente día, 10 de marzo, el sol alumbró primero aquella parte del litoral que antes formaba la porción occidental de la isla. El cabo Bathurst apuntaba ahora al Sur, en vez de señalar, como hasta entonces, al Norte. La joven Kalumah, que conocía este fenómeno, había tenido razón; y si el sol no se había equivocado, la brújula tampoco había sufrido error.
Así, pues, la orientación de la isla Victoria habíase alterado de nuevo y de un modo más completo. Desde el momento en que se desprendió de la costa americana, había dado media vuelta sobre sí misma, juntamente con el campo de hielo que la rodeaba. Este movimiento sobre su propio eje demostraba que el campo de hielo no se hallaba ya ligado al continente, que se había desprendido del litoral, y que, por consiguiente, el deshielo no tardaría en presentarse.
– En todo caso —dijo el teniente Hobson a Paulina Barnett—, este cambio de frente tiene forzosamente que sernos favorable. El cabo Bathurst y el fuerte Esperanza se han vuelto ahora hacia el Sur, es decir, hacia el punto más próximo al continente, y ahora, la gran barrera de hielos, que sólo habría dejado un paso difícil y estrecho a nuestra embarcación, no se interpone ya entre el continente americano y nosotros.
– ¿De suerte que todo va bien? — preguntó Paulina Barnett, sonriendo.
– Todo va bien, señora — respondió Jasper Hobson que había acertadamente advertido las consecuencias del cambio de orientación de la isla.
Del 10 al 21 de marzo no ocurrió ningún incidente; pero ya empezó a presentirse la llegada de la nueva estación. Manteníase la temperatura entre 43° y 53° Fahrenheit (6º y 10° centígrados sobre cero). La rotura de los hielos tendía a hacerse de una manera súbita bajo la influencia del deshielo. Abríanse nuevas grietas, por las que se precipitaba el agua, que se esparcía sobre la superficie del campo. Según la expresión de los balleneros, estas grietas eran otras tantas heridas por las que se desangraba el campo de hielo. El estruendo de los témpanos al quebrarse recordaba las detonaciones de la artillería de grueso calibre. Una lluvia bastante templada que cayó durante varios días contribuyó a activar el deshielo de la superficie del mar.
Las aves que habían abandonado la isla errante al comienzo del invierno, empezaron a regresar a ella en gran número. Marbre y Sabine mataron no pocas de ellas, algunas de las cuales traían aún en el cuello el mensaje que el teniente y la viajera confiáranles algunos meses atrás. Volvieron a verse también bandadas de cisnes blancos que atronaban el aire con sus ruidosas trompetas. En cuanto a los cuadrúpedos, carnívoros y roedores, seguían frecuentando, como de costumbre, las proximidades de la factoría como verdaderos animales domésticos.
Todos los días, a no ser que lo, privase el estado del firmamento, tomaba el teniente Hobson varias alturas de sol. A veces Paulina Barnett, que se había hecho muy hábil en el manejo del sextante, le ayudaba o reemplazaba en estas observaciones. Era de suma importancia, en efecto, conocer las más insignificantes alteraciones que experimentasen la latitud o longitud de. la isla. La grave cuestión de las dos corrientes estaba siempre pendiente, e importaba mucho saber si, después del deshielo, sería arrastrada la isla hacia el Norte o hacia el Sur, siendo ésta la constante preocupación de Jasper Hobson y Paulina Barnett.
Conviene advertir que esta valerosa mujer daba siempre muestras de una energía muy superior a su sexo. Sus compañeros veíanla desafiar las fatigas, los temporales, las lluvias y las nieves, realizando reconocimientos en diversos lugares de la isla, aventurándose a través del campo de hielo, ya casi descompuesto, y empuñando después, a su regreso, las riendas de la casa, y prodigando sus cuidados y consejos, secundada siempre activamente por Madge.
Paulina Barnett había contemplado cara a cara y con sereno valor el porvenir, no dejando jamás traslucir los temores que de vez en cuando la asaltaban y ciertos presentimientos que no podía alejar de su alma. Seguía siendo la mujer animosa y confiada que el lector conoce ya, y nadie hubiera sido capaz de adivinar bajo su constante buen humor las vivas preocupaciones que sin cesar la asaltaban. Jasper Hobson sentía por ella una admiración sin límites.
Tenía también en Kalumah una entera confianza, y solía guiarse a menudo por el instinto natural de la joven, de la misma manera que el cazador se guía por el instinto de su perro. Kalumah, que era inteligente además, se hallaba familiarizada con todos los incidentes y fenómenos de las regiones polares. A bordo de un ballenero habría reemplazado con ventaja al ice-master, ese piloto a quien se confía especialmente la dirección de la nave a través de los hielos. Kalumah iba diariamente a reconocer el estado del campo de hielo, y el ruido solo de los icebergs que a lo lejos se rompían, dábale a conocer los progresos de la descomposición. Jamás, por otra parte, pie más seguro que el suyo habíase posado sobre el hielo. El instinto decíale cuándo éste, carcomido por su parte inferior, presentaba un punto de apoyo demasiado frágil, y por eso caminaba sin vacilación alguna a través del campo de hielo completamente agrietado.
Del 20 al 30 de marzo hizo el deshielo extraordinarios progresos. Llovió con abundancia, circunstancia que facilitó y activó la disolución de los témpanos. Era de esperar que en breve se dividiera el campo de hielo, y tal vez no transcurriesen quince días sin que el teniente Hobson, aprovechando las aguas libres, pudiese lanzar su buque a través de los hielos. No era hombre que vacilase, y mucho menos cuando existía el temor de que la isla pudiese ser arrastrada hacia el Norte, a poco que la corriente de Kamchatka dominase la de Behring.
– Pero eso no es de temer —decía con frecuencia Kalumah—. Los témpanos de hielo no suben jamás hacia el Norte, sino que descienden hacia el Sur, que es donde está el peligro. ¡Allí precisamente! — añadía, señalando con la mano hacia el lugar por donde se extendía el inmenso océano Pacífico.
Kalumah lo aseguraba de un modo terminante. Jasper Hobson conocía su opinión bien firme y decidida sobre este particular, pero estaba tranquilo; porque no consideraba como un peligro que la isla fuese a perderse en las aguas del Pacífico. Antes que esto ocurriese, todo el personal de la factoría habríase embarcado a bordo de su embarcación, y el trayecto que tendrían que recorrer para llegar a uno de los dos continentes sería necesariamente corto, toda vez que el estrecho forma un verdadero embudo entre el cabo Oriental, en la costa asiática, y el del Príncipe de Gales, en la americana.
Así, pues, se comprenderá fácilmente con .qué atención sería preciso vigilar los menores movimientos de la isla, y la necesidad de determinar su situación diariamente, a menos que lo privase el estado del firmamento. A partir de aquella época, el teniente y sus compañeros adoptaron todas las precauciones necesarias en previsión de un embarque próximo y tal vez precipitado.
Como es de suponer, los trabajos especiales relativos a la explotación de la factoría, tales como la caza, el cuidado de las trampas, etc., fueron abandonados por completo. Los almacenes estaban abarrotados de pieles, la mayoría de las cuales no se podrían salvar. Holgaban, pues, cazadores y laceros. En cuanto al maestro carpintero y sus peones, habían acabado la embarcación, y, en tanto no llegaba el momento de botarla al agua, cuando el mar estuviese libre, ocupáronse en consolidar la casa principal del fuerte que, durante el deshielo, se vería expuesta tal vez a sufrir una presión considerable por parte de los témpanos del litoral, si el cabo Bathurst no les oponía un obstáculo suficiente. Aplicáronse a las paredes fuertes puntales de madera, y en el interior de las habitaciones instaláronse verticalmente varios pies derechos con objeto de multiplicar los puntos de apoyo de las vigas del techo. La casa, cuyas partes firmes fueron reforzadas por medio de jabalcones y arbotantes, quedó entonces en estado de resistir grandes pesos, porque había quedado, por decirlo así, blindada. Estos diversos trabajos dieron fin en los primeros días de abril, y pronto hubo ocasión de comprobar no sólo su utilidad, sino su oportunidad.
Entretanto, los síntomas de la nueva estación hacíanse cada día más patentes. Aquella primavera era singularmente precoz, porque sucedía a un invierno extraordinariamente benigno para las regiones polares. Ya aparecían en los árboles algunos tímidos brotes, y la corteza de los salces, abedules y madroños hinchábanse en muchos sitios al impulso de la savia deshelada. Los musgos matizaban de color verde pálido las laderas de las colinas bañadas por el sol; pero no producirían muy abundante cosecha, porque los roedores, apiñados en las proximidades del fuerte y ávidos de alimento, apenas los dejaban brotar.
Si alguien en aquellos momentos sintióse desgraciado, fue sin disputa alguna el cabo Joliffe, encargado, como es sabido, de cuidar los plantíos de su esposa. En otras circunstancias, sólo habría tenido que defender contra los picos de los pájaros sus sembrados de acederas y coclearias. Un simple maniquí hubiera bastado para espantar a las voraces aves, y con mayor razón el mismo cabo; pero, ahora, conjurábanse con aquéllas todos los roedores y rumiantes de la fauna ártica. El invierno no les había alejado; el instinto del peligro reteníales en las proximidades de la factoría y los renos, las liebres polares, las ratas almizcleras, musarañas, martas, etc., se burlaban de las amenazas del cabo Joliffe. El pobre hombre no podía atender a todo, y, mientras defendía un extremo de su sementera, le devoraban el otro.
Es cierto que hubiera sido mucho más acertado el abandonar a aquellos numerosos enemigos una cosecha que no sería posible utilizar, toda vez que la factoría tendría que ser abandonada antes de poco, siendo éste también el consejo que daba la viajera al terco cabo cuando a cada momento venía a lamentarse con ella; pero él no pasaba por eso.
– ¡Tanto trabajo perdido! —repetía—. ¡Abandonar un establecimiento como éste, cuando empieza a dar su fruto! ¡Sacrificar estos plantíos que mi mujer y yo hemos sembrado!... ¡Ah, señora! ¡A veces me salta la idea de dejarla a usted partir, en compañía de los otros, y de quedarme aquí con mi esposa! Tengo la seguridad de que la Compañía no tendría invonveniente en cedernos esta isla que se halla en tan próspero estado...
Al escuchar semejante sarta de despropósitos, Paulina Barnett no podía contener la risa, y enviaba al cabo con su esposa, quien había hecho desde mucho tiempo atrás dejación de sus acederas, coclearias y demás antiescorbúticos en lo sucesivo inútiles.
Conviene añadir aquí que la salud de todos los invernantes, hombres y mujeres, era excelente. Las enfermedades, al menos, habíanles respetado. Hasta el niño se había repuesto del todo y se desarrollaba de un modo maravilloso bajo el benéfico influjo dé la primavera.
Durante los días 2, 3, 4 y 5 de abril continuó el deshielo francamente. El calor era sensible, pero el tiempo estaba cubierto. Llovía con frecuencia a gruesas gotas. El viento soplaba del Sudoeste y venía cargado de las cálidas moléculas del continente. Pero con la atmósfera cargada de brumas fue imposible realizar ninguna observación. A través de tan opaca cortina no era posible ver el sol, ni la luna, ni las estrellas; circunstancia lamentable, pues importaba mucho observar los menores movimientos de la isla Victoria.
En la noche del 7 al 8 de abril fue cuando puede decirse que comenzó verdaderamente el deshielo. Por la mañana, el teniente Hobson, Paulina Barnett, Kalumah y el sargento Long trasladáronse a la cumbre del cabo Bathurst, y observaron cierta modificación en la gran barrera polar, la cual se había partido casi por su centro, y formaba dos partes distintas, pareciendo como si la porción superior tratase de elevarse hacia el Norte.
¿Sería, por ventura, la influencia de la corriente de Kamchatka que se dejaba sentir? ¿Iba a tomar la isla errante aquella dirección? Fácil es adivinar cuan terribles serían las inquietudes del teniente y sus compañeros. Su suerte podía decidirse en pocas horas, porque, si la fatalidad les arrastraba hacia el Norte, algunos centenares de millas más, costaríales gran trabajo llegar al continente en una embarcación tan pequeña como era la de ellos.
Por desgracia, no tenían los invernantes medio alguno de apreciar el valor y la naturaleza del desplazamiento que se estaba produciendo. Sin embargo, se pudo comprobar que la isla no se movía aún, por lo menos en la misma dirección que el gran banco, toda vez que el movimiento de éste era sensible. Parecía, pues, probable que una parte del campo de hielo se había separado y subía hacia el Norte, en tanto qué el que envolvía la isla permanecía estacionado.
Por lo demás, este desplazamiento de la alta barrera de hielos no había modificado en modo alguno las ideas de la joven esquimal. Kalumah sostenía que el arrastre de los témpanos se efectuaría hacia el Sur, y que el gran banco mismo no tardaría en experimentar la influencia de la corriente de Behring. Dibujó con una ramita en la arena la disposición del estrecho, a fin de que la comprendiesen mejor, y, después de haber trazado Ja dirección de la expresada corriente, afirmó que, al seguirla la isla, se aproximaría a la costa americana. No hubo forma de hacer que se apease de esta idea, y, verdaderamente, renacía la confianza al oir a la inteligente indígena expresarse con tan gran convencimiento.
Esto no obstante, los días 8, 9 y 10 de abril parecieron quitar la razón a Kalumah; porque, durante ellos, la porción septentrional del gran banco se alejó más y más hacia el Norte. Él deshielo se operaba en gran escala y con grandísimo estrépito. La dislocación efectuábase en todos los puntos del litoral con ensordecedor estruendo. Era materialmente imposible entenderse al aire libre. Resonaban incesantemente formidables detonaciones, comparables a las continuas descargas de potente y numerosa artillería. A media milla de la playa, en todo el sector dominado por el cabo Bathurst, comenzaban a elevarse ya los témpanos los unos sobre los ortos. El gran banco se había quebrado ya entonces en pedazos numerosos que formaban otras tantas montañas y se dirigían hacia el Norte. Por lo menos, éste era el movimiento aparente de los icebergs. Jasper Hobson, sin decírselo a nadie, sentía cada vez más inquietud, sin que le tranquilizasen las manifestaciones de Kalumah. Hacíale constantes objeciones, que la esquimal refutaba con gran convencimiento. Por fin, en la mañana del día 11 de abril, mostró el teniente a Kalumah los últimos icebergs que iban a desaparecer por el Norte, y acosóla de nuevo con argumentos que los hechos hacían al parecer irrefutables.
– ¡Pues, no! ¡no! —respondió la joven, más convencida que nunca—. ¡No! ¡no es el gran banco el que se remonta hacia el Norte! ¡Somos nosotros los que descendemos hacia el Sur!
¡Quién sabe si tendría razón Kalumah!
Respuesta tan categórica sorprendió a Jasper Hobson extraordinariamente. Era, en efecto, posible que el desplazamiento del gran banco fuese sólo aparente, y que, por el contrario, la isla Victoria, arrastrada por el campo de hielo, navegase a la deriva hacia el estrecho. Empero aunque esta deriva existiese, no podía ser comprobada, ni había medio de apreciar su importancia, porque no era posible calcular las coordenadas geográficas del lugar en que se hallaban.
En efecto, el tiempo no sólo se mantenía cubierto e impropio para toda clase de observaciones astronómicas, sino que, por desgracia, un fenómeno peculiar de las regiones polares obscureció la atmósfera aún más, restringiendo en absoluto el campo de la visión.
En el preciso momento del deshielo, había descendido la temperatura varios grados, y una niebla muy densa no tardó en envolver todos aquellos parajes del océano Glacial; pero no una niebla ordinaria. La superficie del suelo cubrióse de una costra blanca muy distinta de la escarcha, que no es más que un vapor acuoso que se congela después de su precipitación. Las partículas sutiles que componían esta niebla adheríanse a los árboles, a los arbustos, a las paredes del fuerte, a todo lo que sobresalía, formando en poco tiempo sobre todos estos objetos una espesa capa erizada de fibras prismáticas o piramidales, cuyas puntas hallábanse orientadas en la dirección del viento.
Jasper Hobson reconoció en seguida este meteoro cuya aparición han observado con frecuencia balleneros e invernantes en las regiones polares al llegar la primavera.
– No es niebla —dijo a sus compañeros—, es un frost-rime, un humo helado, un vapor denso que se mantiene en estado de absoluta congelación.
Pero, niebla o humo helado, no era menos lamentable la aparición de este meteoro; porque ocupaba una altura de cien pies, por lo menos, sobre el nivel del mar, y era su opacidad tan completa, que, a tres pasos de distancia, no podían distinguirse dos personas.
Grande fue la contrariedad que experimentaron los invernantes. Parecía como si la Naturaleza no hubiera querido ahorrarles ninguna penalidad. En el momento mismo en que se producía el deshielo, en que iba la isla errante a quedar libre de los lazos que la encadenaban desde tantos meses atrás, y en que sus movimientos debían ser vigilados con mayor escrupulosidad, venía aquella niebla a impedir toda observación.
Este estado de cosas prolongóse durante cuatro días. La frost-rime no se disipó hasta el día 15 de abril, durante cuya mañana la desgarró, aniquilándola, una fuerte brisa del Sur.
El sol volvió a brillar. Jasper Hobson requirió sus instrumentos; tomó una serie de alturas, y halló que la situación de la isla errante era la siguiente:
Latitud: 69° 57'.
Longitud: 179° 33'.
Kalumah tenía razón. La isla Victoria, arrastrada por la corriente de Behring, derivaba hacia el sur.