El pais de las pieles · Parte 2

XIV

LOS MESES DE INVIERNO

Jasper Hobson y sus compañeros no estuvieron de regreso en el fuerte Esperanza hasta el día 28, tras de inenarrables fatigas. Ya no podían contar más que con la embarcación, que sería imposible utilizar antes de .que transcurrieran seis meses, es decir, cuando el mar hubiese quedado otra vez ubre.

La invernada dio comienzo. Se descargaron los trineos, y se guardaron los víveres en la despensa, y las ropas, los utensilios, las armas y las pieles en los almacenes. Los perros reingresaron en las perreras y los renos domesticados en sus establos.

Tomás Black tuvo que ocuparse también en su reinstalación. ¡Estaba desesperado! El infeliz astrónomo volvió a instalar sus libros y sus cuadernos en su camarote, y, más irritado que nunca contra la fatalidad que en él se ensañaba, permaneció, como antes, absolutamente extraño a cuanto en la factoría pasaba.

Bastó un día para la reinstalación general, dando comienzo en seguida aquella existencia invernal tan poco variada y que tan espantosamente monotonía hallarían los habitantes de las grandes ciudades. Los trabajos de aguja, el repaso de la ropa, y hasta la conservación de las pieles, pues tal vez fuera posible salvar alguna parte de ellas, juntamente con la observación del tiempo, la vigilancia del campo de hielo y la lectura constituían las ocupaciones y los entretenimientos cotidianos de la desdichada colonia.

Paulina Barnett lo dirigía todo y en todo se notaba su influencia. Si a veces sobrevenía una rencilla entre aquellos sufridos soldados, que tenían el carácter agriado por las penalidades presentes y las inquietudes relativas a lo porvenir, las palabras de Paulina Barnett pronto la disipaban. La viajera ejercía un gran imperio sobre aquella buena gente, aunque sólo lo explotaba en beneficio de todos.

Kalumah le había tomado cada día más afecto. Todos, por otra parte, sentían especial cariño por la joven esquimal, que se mostraba siempre dulce y servicial. Paulina Barnett se había propuesto educarla, y todos le auguraban un buen éxito, porque su discípula era verdaderamente inteligente y sentía deseos de saber. Perfeccionóla en el estudio de la lengua inglesa y le enseñó a leer y escribir. Además, en estas materias, Kalumah encontró diez maestros que se disputaban el placer de enseñarla; porque, de todos aquellos soldados educados en las posesiones inglesas o en la misma Inglaterra, no había ni uno solo que no supiese leer, escribir y al menos las cuatro reglas.

Dióse especial impulso a la construcción de la barca, la cual quedó forrada y con cubiertas antes de fin de mes. En medio de aquellas tinieblas, Mac-Nap y sus peones trabajaban asiduamente a la luz de sus antorchas, en tanto que los otros se ocupaban en el arreglo de los almacenes de la factoría. La estación, aunque ya muy avanzada, conservábase indecisa. El frío, muy intenso a veces, no se sostenía, lo cual debía evidentemente atribuirse a la persistencia de los vientos del Oeste.

Todo el mes de diciembre transcurrió entre lluvias y nieves, con una temperatura que osciló entre 27° y 34° Fahrenheit (3º 33' bajo cero, y Io 11' sobre cero del termómetro centígrado). El gasto de combustible fue bastante moderado, a pesar de no haber ninguna razón que aconsejase su economía, pues había abundantes reservas. Con la luz, por desgracia, no sucedía lo mismo. El aceite amenzaba acabarse, por lo cual decidió Jasper Hobson que no se encendiera la lámpara más que durante algunas horas del día. Practicóse un ensayo con la grasa del reno; pero el olor que despedía esta substancia era tan insoportable, que valía más permanecer a obscuras. Suspendíanse entonces los trabajos y las horas se hacían interminables.

Presentáronse en el horizonte algunas auroras boreales y dos o tres paraselenes en las épocas de los plenilunios. Tomás Black tuvo ocasión de observar estos meteoros con minucioso cuidado; de obtener datos preciosos sobre su intensidad, su coloración, sus relaciones con el estado eléctrico de la atmósfera, su influencia sobre la aguja imantada, etc.; pero ni por un momento abandonó siquiera su cuarto. ¡Era un alma completamente extraviada!

El día 30 de diciembre pudo verse, a la claridad de la luna, que una larga línea circular de icebergs cerraba el horizonte por el Norte y el Este. Era el gran banco polar cuyas masas heladas elevábanse las unas sobre las otras. Su altura podía calcularse entre 300 y 400 pies. Aquella enorme barrera rodeaba ya la isla en los dos tercios de su circunferencia, y era muy de temer que se prolongase aún más.

El cielo permaneció sumamente despejado durante la primera semana de enero. El nuevo año de 1861 había debutado con un frío bastante intenso, bajando la columna de mercurio a 8º Fahrenheit (13° 33' centígrados bajo cero), que era la temperatura más baja de aquel extraño invierno que se había observado hasta entonces. De todos modos, el descenso era poco considerable para tan elevada latitud.

Jasper Hobson calculó nuevamente la situación de la isla, por medio de observaciones de estrellas, comprobando que no había experimentado el menor desplazamiento.

Por esta época iba a faltar el aceite, a pesar de las economías que se habían realizado; y como el sol no se dejaría ver aún hasta los primeros días de febrero, los invernantes se hallaban amenazados de quedarse en la obscuridad más completa, cuando, gracias a la joven esquimal, pudo hallarse el aceite necesario para la alimentación de las lámparas.

Era el día 3 de enero, Kalumah había ido al pie del cabo Bathurst con el fin de observar el estado de los hielos. En aquel lugar, lo mismo que en toda la parte septentrional de la isla, el campo de hielo presentábase más compacto. Los témpanos que lo constituían se hallaban más unidos, no dejando intervalos líquidos entre ellos. Su superficie, aunque muy escabrosa, aparecía toda sólida; lo cual era debido, sin duda, a que el campo de hielo, empujado hacia el Sur por el gran banco polar, había sido fuertemente comprimido entre aquél y la isla.

Sin embargo, la joven esquimal descubrió, a falta de grietas, varios agujeros redondos perfectamente marcados en la superficie del hielo, cuyo uso conocía perfectamente. Eran agujeros de focas, es decir, que por aquellas aberturas, que no dejaban cerrar, los anfibios, presos bajo la corteza sólida, salían a respirar a la superficie y a buscar, bajo la nieve, los musgos del litoral.

Kalumah sabía que los osos, durante el invierno, pacientemente apostados cerca de estos orificios, acechaban el momento en que sale del agua el anfibio, le echan la garra, lo matan y se lo llevan. Sabía también que los esquimales, no menos pacientes que los osos, esperan del mismo modo la aparición de estos animales, los enlazan por medio de un nudo corredizo, y se apoderan de ellos sin demasiado trabajo.

Ahora bien, lo que hacían los esquimales y los osos, podían practicarlo también hábiles cazadores, y, supuesto que existían los agujeros, era señal evidente que había focas que los utilizaban; y estas focas podían suministrarles aceite, y el aceite la luz que faltaba en la factoría.

Kalumah volvió al fuerte en seguida; previno a Jasper Hobson; llamó éste a Sabine y Marbre; explicóles la joven el procedimiento que los esquimales empleaban para capturar a las focas durante el invierno, y los indujo a seguirlo.

Aun no había acabado de hablar, cuando ya tenía preparada Sabine una resistente cuerda, provista de su nudo corredizo.

Jasper Hobson, Paulina Barnett, los cazadores, Kalumah y otros dos o tres soldados trasladáronse al cabo Bathurst; y, mientras las mujeres permanecían en la playa, avanzaron los hombres, arrastrándose, hasta el lugar indicado, y, provisto cada cual de una cuerda, apostáronse en acecho cada uno en las proximidades de un orificio distinto.

La espera fue bien larga. Una hora transcurrió sin que nada anunciase la aproximación de los anfibios; pero, al fin, se agitó el agua en uno de los agujeros, que Marbre vigilaba por cierto, asomando por él una cabeza armada de largos colmillos: la cabeza de una morsa. Lanzóle Marbre con maña el nudo corredizo, y tiró de la cuerda con viveza. Acudieron en su ayuda todos sus compañeros, y, no sin bastante trabajo y a pesar de su gran resistencia, el gigantesco anfibio fue extraído del agua y arrastrado sobre el hielo, donde lo remataron a hachazos.

Aquello había sido un gran triunfo. Los habitantes del fuerte Esperanza aficionáronse a esta clase de pesca, y cogieron otras morsas por igual procedimiento, las cuales proporcionaron aceite en abundancia, que, aunque de origen animal, era de calidad muy suficiente para el entretenimiento de las lámparas, y, a partir de aquella fecha, no faltó nunca la luz a los trabajadores de ambos sexos en la sala común. El frío, entretanto, no se acentuaba, permaneciendo la temperatura soportable. Si los invernantes se hubiesen hallado sobre el sólido terreno del continente, no hubieran podido menos de felicitarse por poder pasar un invierno en tales condiciones. Hallábanse además abrigados por la gran barrera de hielos contra las brisas del Norte y del Oeste, cuya influencia no experimentaban apenas, y avanzaba el mes de enero sin que marcase el termómetro nada más que algunos grados bajo cero.

Pero precisamente el resultado de una temperatura tan benigna había sido impedir que se solidificase el mar por completo alrededor de la isla. Hasta estaba comprobado que el campo de hielo no se había consolidado en toda su extensión, y que aun existían grietas, de mayor o menor importancia, que lo hacían impracticable, toda vez que ni los rumiantes ni los animales de piel fina habían abandonado la isla. Estos cuadrúpedos se habían familiarizado y amansado de una manera increíble, hasta el extremo de que parecían formar parte del contingente de animales del fuerte.

Con arreglo a las órdenes del teniente Hobson, se respetaba a estos animales, a quienes hubiera sido absolutamente inútil matar. Sólo se derribaban los renos para procurarse carne fresca y variar el alimento ordinario; pero se dejaba tranquilos a los armiños, los linces, las martas, las ratas almizcleras, los castores y las zorras que frecuentaban sin el menor temor los alrededores del fuerte. Algunos llevaban su audacia hasta penetrar en el recinto, de donde nadie trataba de echarlos.

Las martas y las zorras presentaban un magnífico aspecto con el pelo del invierno, y algunas tenían gran valor. Estos roedores, gracias a la benignidad de la temperatura, encontraban con facilidad el apetecido alimento vegetal debajo de la capa de nieve blanda y de poco espesor, y no tenían que vivir a expensas de las provisiones de la factoría.

Esperábase, no sin temor, que finalizase el invierno, en medio de una existencia extremadamente monótona, que Paulina Barnett procuraba variar por todos los medios posibles.

Un único incidente señaló tristemente el mes de enero. El día 7, el hijo del carpintero Mac-Nap fue acometido de una fiebre bien alta.. Dolores de cabeza, sed ardiente, alternativas de calor y de frío pusieron en poco tiempo a la infeliz criatura en lamentable estado.

¡Juzgúese la aflicción de sus padres y de todos sus amigos! Nadie sabía lo que hacer, pues se ignoraba qué clase de enfermedad padecía; pero, por consejo de Madge, que no se desconcertaba, y que en estos achaques era un poco entendida, fue combatido el mal con tisanas refrescantes y cataplasmas. Kalumah se multiplicaba, pasando los días y las noches al lado del niño, sin que fuese posible proporcionarle un momento de reposo.

Pero, hacia el tercer día, no hubo ya duda alguna acerca de la naturaleza de la enfermedad. Una erupción característica cubrió el cuerpo del niño. Tratábase de una escarlatina de especie maligna, que necesariamente debía producir una inflamación interna.

Es raro que los niños de un año de edad se vean atacados de este mal y con tan extraordinaria violencia; pero esto no quiere decir que no suceda a veces. El botiquín del fuerte no era, desgraciadamente, muy completo; pero Madge, que había asistido a varios enfermos de escarlatina, conocía la eficacia de la tintura de belladona, y administraba cada día una o dos gotas al enfermito, adoptándose al mismo tiempo las mayores precauciones con objeto de evitar en absoluto el contacto del aire.

El niño había sido transportado a la habitación que ocupaban sus padres. La erupción no tardó en adquirir toda la fuerza, presentándosele en la lengua, en los labios y hasta en los globos de los ojos pequeñas manchas rojas, que dos días más tarde adquirieron un maitz violado, después blanco, y cayeron, por fin, convertidas en escamas.

Entonces es cuando existe mayor necesidad de redoblar la prudencia y combatir la inflamación interior delatora del carácter maligno de la enfermedad. No se descuidó un detalle, y bien puede decirse que la pobre criatura fue admirablemente cuidada. Por eso, hacia el 20 de enero, doce días después de la invasión del mal, se pudo concebir la legítima esperanza de salvarla.

Fue un júbilo general para toda la factoría, porque aquel niño era el hijo del fuerte, el hijo del regimiento. Había nacido en aquel rudo clima y en medio de aquellos valientes, que le habían bautizado con el nombre dé Miguel Esperanza, y lo consideraban, en medio de tan rudas pruebas, como una especie de talismán que el Cielo no querría arrebatarles. Por lo que respecta a Kalumah, bien se puede afirmar que la muerte del niño le hubiera costado a ella la vida; pero Miguelito fue recobrando poco a poco la salud, con lo cual pareció que recobraban todos la esperanza.

En medio de tantas inquietudes, habíase llegado al 23 de enero. La situación de la isla Victoria no se había modificado lo más mínimo. La interminable noche cubría aún con su velo el océano Glacial. Durante algunos días nevó copiosamente, adquiriendo la nieve sobre el suelo de la isla y sobre el campo de hielo un espesor de dos pies.

El día 27 recibió el fuerte una visita inesperada. Hallándose de guardia en el frente del recinto los soldados Belcher y Pen, descubrieron, por la mañana, un oso gigantesco que se dirigía tranquilamente hacia el fuerte. Entraron en la sala común y advirtieron a Paulina Barnett ía presencia del temible carnívoro.

– ¡Ese oso no puede ser sino el nuestro! — dijo Paulina Barnett al teniente Hobson; y los dos, seguidos del sargento, de Sabine y de algunos soldados armados de fusiles, dirigiéronse a la poterna.

El oso se encontraba a 200 pasos y caminaba tranquilamente, sin vacilación, como si hubiese tenido un plan bien meditado.

– Lo reconozco, Kalumah —exclamó Paulina Barnett—. ¡Es tu oso! ¡tu salvador!

– ¡Oh! ¡no matéis a mi oso! — exclamó la joven indígena.

– No lo matarán —respondió el teniente Hobson—. Amigos míos, no le causéis ningún mal, que es probable que se marche lo mismo que ha venido.

– Pero si quiere penetrar en el recinto... — dijo el sargento Long, que tenía muy poca confianza en los sentimientos de los osos polares.

– Déjelo usted entrar, sargento —respondió Paulina Barnett—. Ese animal ha perdido toda su ferocidad. Está preso, lo mismo que nosotros, y ya sabe usted que los prir sioneros...

– No se devoran entre sí —terminó Jasper Hobson—. Es muy cierto, señora; pero con la condición de que sean de la misma especie. Pero, en fin, atendiendo la recomendación de usted, le perdonaremos la vida, limitándonos a defendernos si nos ataca. Creo, sin embargo, prudente que entremos en la casa. No conviene tentar a las fieras.

Como el consejo era bueno, todos entraron en la casa, cerrando después las puertas, pero dejando abiertos los postigos de las ventanas.

De este modo fue posible observar, a través de los vidrios, los movimientos del oso. Al llegar a la poterna, que habían dejado abierta, empujó suavemente la puerta, introdujo la cabeza, examinó el interior del patio y entró. Al encontrarse en medio del recinto, pasó una minuciosa revista a todas las construcciones; dirigióse al establo y la perrera; escuchó breves instantes los gruñidos de los perros, que lo habían olfateado, y los gemidos de los renos que no se consideraban seguros; prosiguió su inspección a lo largo de la empalizada; llegó cerca de la casa principal, y vino, por último, a apoyar su enorme cabeza sobre una de las ventanas de la sala principal.

Todo el mundo retrocedió, si Hemos de hablar con franqueza; algunos soldados requirieron sus fusiles, y empezó a temer Jasper Hobson que la broma le fuera a costar cara.

Pero entonces Kalumah apoyó su dulce rostro sobre el frágil vidrio; el oso pareció reconocerla, según dijo luego ella, y, satisfecho, sin duda, con haber lanzado un estentóreo gruñido, retrocedió, dirigióse hacia la poterna, y, como pronosticó Jasper Hobson, marchóse como había venido.

En esta forma sencilla se desarrolló este incidente, que no se repitió más, volviendo a marchar todo por su curso ordinario.

Entretanto, la curación del niño avanzaba, y en los últimos días del mes había recobrado ya los colores de sus abultadas mejillas y la viveza de su inteligente mirada.

El día 3 de febrero, a eso dé mediodía, un tinte pálido matizó por espacio de una hora el horizonte del Sur. Un disco amarillento dejóse ver un instante. Era el astro radiante que reaparecía por primera vez después, de la larga noche polar.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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