El pais de las pieles · Parte 2

VII

UN GRITO Y UNA LUZ

El teniente y el sargento Long pasaron la velada en el salón del fuerte Esperanza hasta la hora de acostarse. Todos se hallaban reunidos en dicha pieza, a excepción del astrónomo, que permanecía, por decirlo así, continua y herméticamente encerrado en su camarote. Los hombres se dedicaban a diversas ocupaciones: los unos limpiaban sus armas, los otros reparaban o afilaban sus herramientas. Las señoras MacNap, Rae y Joliffe cosían en compañía de Madge, mientras Paulina Barnett leía en alta voz. Su lectura se veía interrumpida con frecuencia, no sólo por los embates del viento, que azotaba, cual ariete, las paredes de la casa, sino también por los llantos del niño. El cabo Joliffe, encargado de entretenerlo, no tenía pequeña tarea. Sus rodillas, convertidas en fogosos caballos, no eran ya suficiente y se sentía cansado. Fue preciso que el cabo se decidiese a depositar sobre la mesa su infatigable jinete, donde el niño revolcóse a su gusto hasta el momento en que el sueño vino a calmar su agitación.

A las ocho, según era costumbre, rezaron en común las oraciones de la noche, apagaron las luces y cada cual metióse en su cama.

Cuando se durmieron todos, el teniente Hobson y el sargento Long atravesaron sin ruido la gran sala desierta, y llegaron al corredor, donde encontraron ya a Paulina Barnett, deseosa de estrecharles por última vez la mano.

– Hasta mañana — dijo al teniente.

– Hasta mañana, señora —respondióle Jasper Hobson—, sí... hasta mañana... sin falta...

– Pero, ¿y si tardan ustedes?

– En ese caso, tendrán ustedes que esperarnos con paciencia —respondió el teniente Hobson—; porque después de examinar el horizonte del Sur durante la obscuridad de la noche, en medio de la cual pudiera tal vez descubrirse alguna luz, en el caso de que nos hubiésemos aproximado a las costas de Georgia, por ejemplo, tendré que reconocer nuestra situación de día claro. Es posible que esta exploración se prolongue por espacio de veinticuatro horas; pero si podemos llegar al cabo Miguel antes de media noche, estaremos de regreso en el fuerte mañana al nochecer. Tenga usted, pues, paciencia, señora, y crea que no nos expondremos sin un fin justificado.

– Pero —observó la viajera—, ¿y si no regresasen ustedes mañana... ni pasado... ni el otro...?

– ¡Será señal de que no volveremos jamás!

– respondió simplemente Jasper Hobson.

La puerta abrióse entonces, y Paulina volvió a cerrarla después de haber salido los dos intrépidos hombres, regresando después, inquieta y pensativa, a su cuarto, donde le esperaba Madge.

Jasper Hobson y el sargento Long atravesaron el patio interior en medio de un torbellino que amenazaba derribarles; pero, sosteniéndose el uno al otro y apoyados en sus bastones herrados, franquearon la poterna y avanzaron entre las colinas y la orilla oriental de la laguna.

Un vago resplandor crepuscular se extendía sobre el territorio. La luna, que había sido nueva la víspera, no debía salir en toda la noche, dejando a ésta todo su sombrío horror; pero la obscuridad absoluta no debía durar sino contadas horas. En aquel preciso momento, se veía lo bastante para poder avanzar.

Pero ¡qué viento y qué lluvia! El teniente Hobson y su compañero llevaban los pies calzados con botas impermeables y sus cuerpos cubiertos con capotes encerados, fuertemente sujetos a la cintura, y cuyos capuchones les envolvían por completo la cabeza. Protegidos de este modo, marchaban rápidamente, pues el viento, que recibían de espaldas, empujábales con extremada violencia; y en algunos momentos, era tanta la fuerza de las rachas, que les hacía correr contra su voluntad. No podían, sin embargo, cambiar sus impresiones; pues, ensordecidos con el estruendo de la tempestad, no hubieran logrado entenderse.

No tenía Jasper Hobson intención de seguir el litoral, cuyas irregularidades hubieran alargado inútilmente su camino, exponiéndoles además al embate directo de las rachas del huracán. Su propósito era marchar en línea recta, caso de serles posible, desde el cabo Bathurst hasta el cabo Miguel, habiéndose provisto al efecto de una brújula para poder orientarse. De esta suerte, sólo tendría que franquear unas diez u once millas para alcanzar su objetivo, y contaba con llegar al término de su viaje próximamente a la hora en que el crepúsculo se extinguiría por completo por espacio de dos horas apenas, durante las cuales quedaría toda la Naturaleza sumida en la obscuridad.

Jasper Hobson y su sargento, encorvados por la fuerza del viento, con el espinazo arqueado, la cabeza encogida entre los hombros, y apoyándose en sus bastones, avanzaban con bastante rapidez. Mientras caminaron por la orilla oriental del lago, no recibieron el viento de pleno, y no tuvieron que padecer demasiado. Las colinas y los árboles que coronaban a éstas les abrigaban en parte. Silbaba el viento con sin igual violencia a través de la enramada, amenazando romper o descuajar algún tronco mal asegurado; pero, al pasar, perdía gran parte de su fuerza. La lluvia misma llegábales ya reducida a polvo impalpable; de suerte que, durante cuatro millas, viéronse los exploradores menos maltratados por los elementos de lo que hubieran podido temer.

Cuando llegaron a la extremidad meridional de la línea de colinas, donde el suelo, completamente liso, sin el más pequeño cerro ni arboleda de ninguna clase, era barrido por el viento del mar, detuviéronse un instante. Tenían que recorrer aún seis millas antes de llegar al cabo Miguel.

– ¡Esto va a ser algo duro! — gritó el teniente Hobson al oído del sargento Long.

– Sí —respondió este último—; el viento y la lluvia se van a coligar contra nosotros.

– Temo que de vez en cuando les ayude también el granizo — añadió el teniente Hobson.

– Siempre será menos mortífero que la metralla —replicó filosóficamente el sargento Long—. Pero lo mismo usted que yo, mi teniente, la hemos desafiado muchas veces; desafiemos también los elementos. ¡Adelante sin vacilación! —¡Adelante, bizarro soldado! Eran entonces las diez. Empezaban a extinguirse los últimos fulgores del crepúsculo, cual si los ahogase la niebla o los apagase la lluvia o el viento; sin embargo, todavía se notaba una cierta luz difusa. El teniente golpeó con su eslabón el trozo de pedernal, consultó la brújula, paseando por su superficie la yesca encendida, y después, encerrado herméticamente en su capote, cuyo capuchón sólo dejaba paso a los rayos visuales, se lanzó, seguido del sargento, a través del espacio descubierto, no protegido por el más insignificante obstáculo.

En el primer instante, fueron ambos derribados; pero se levantaron en seguida, y, apoyándose el uno contra el otro y encorvados como dos ancianos, comenzaron a andar con acelerado paso.

Soberbio era el espectáculo que en su magnífico horror ofrecía la tempestad. Grandes jirones de brumas desgarradas barrían la superficie del suelo. La arena y la tierra volaban, como metralla, y por la sal que se adhería a sus labios, comprendieron el teniente y el sargento que el agua del mar, que distaba dos o tres millas lo menos, llegaba pulverizada hasta ellos.

Durante ciertos recalmones, bien raros y cortos por cierto, deteníanse a respirar. El teniente rectificaba entonces el rumbo, lo mejor que le era posible, calculando de un modo aproximado el camino recorrido, y reanudaban la marcha.

Pero la tempestad arreciaba con la noche. Los dos elementos, aire y agua, parecían estar absolutamente confundidos. Formaban en las regiones bajas del cielo una de esas formidables trombas que derriban edificios y descuajan bosques enteros, y de las que a cañonazos tienen que defenderse los buques. Parecía que el océano, arrancado de su lecho, iba a pasar todo entero por encima de la isla errante. Jasper Hobson no podía explicarse cómo el témpano que les soportaba, sometido a semejante cataclismo, podía resistir; cómo no se había roto ya en cien pedazos bajo la acción de las olas. La marejada debía ser formidable, y el teniente la oía rugir desde lejos. En aquel instante, el sargento, que le precedía algunos pasos, detúvose de repente, y, acercándose al teniente Hobson, y hablándole al oído con voz entrecortada le dijo:

– ¡Por ahí no! —¿Por qué?

– ¡El mar!...

– ¡Cómo! ¿el mar? Pero si no hemos llegado a la playa del Sudoeste.

– Mire usted, mi teniente.

Y en efecto, una gran extensión de agua advertíase a la sombra y las olas se estrellaban con violencia a los pies de Jasper Hobson.

Entonces este último encendió otro trozo de yesca y consultó de nuevo la brújula.

– No —dijo—; el mar está más a la izquierda. Aun no hemos atravesado el gran bosque que nos separa del cabo Miguel.

– Pero, entonces...

– Es que la isla se ha roto —respondió el teniente Hobson, quien como su compañero, había tenido que echarse sobre el suelo, para resistir la borrasca—. O una enorme porción de la isla se ha separado de ella, o se trata tan sólo de una simple escotadura que podremos rodear. ¡En marcha, pues!

Jasper Hobson y el sargento Long dirigiéronse hacia la derecha, siguiendo el perfil que dibujaban las aguas espumosas. Caminaron así durante unos diez minutos, temiendo hallar cortada toda comunicación con la parte meridional de la isla. Después cesó el ruido de la resaca que se unía al estruendo de la tempestad.

– Se trata solamente de una escotadura — dijo el teniente Hobson al oído del sargento—. ¡Vamos a dar la vuelta!

Y de nuevo se dirigieron hacia el Sur, exponiéndose a un peligro terrible, como ninguno de los dos ignoraba; pues aquella parte de la isla Victoria en la que se aventuraban ahora, dislocada ya en una gran extensión, podía separarse de ella de un momento a otro. Si la grieta se prolongaba más bajo la acción del mar enfurecido, se los llevaría irremisiblemente a la deriva. Pero no titubearon y se lanzaron en la obscuridad, sin siquiera pensar si al regreso hallarían el camino cortado.

¡Qué de inquietantes pensamientos asaltaban entonces al teniente Hobson! ¿Podría, en lo sucesivo, abrigar la esperanza de que la isla tirase hasta el invierno? ¿No sería aquello el comienzo de la temida fractura? Si el viento no la empujaba hacia la costa, ¿no estaba condenada a perecer dentro de poco tiempo? ¿a hundirse? ¿a disolverse? ¡Qué espantosa perspectiva y qué suerte esperaba a los desdichados habitantes de aquel campo de hielo!

Entretanto, abatidos y quebrantados por el viento, aquellos dos hombres enérgicos, a quienes sostenía la conciencia de un deber que tenían que cumplir, caminaban sin detenerse, y llegaron por fin al veril del anchuroso bosque que terminaba en el cabo Miguel. Entonces se trataba de cruzarlo a fin de llegar lo más pronto posible al litoral. Jasper Hobson y el sargento Long internáronse, pues, en la espesura, en medio de la más profunda obscuridad y del estruendo que el viento producía al pasar a través del arbolado. Todo crujía en torno de ellos. Las ramas desgajadas azotábanles el rostro. A cada instante corrían el riesgo de perecer aplastados por la caída de un árbol, o de estrellarse al tropezar con los troncos derribados que no podían distinguir en la sombra.

Mas ya no caminaban al azar, pues los rugidos del mar guiaban sus pasos a través de la selva. Oían el pesado caer de las olas, que reventaban con espantoso estrépito, y en más de una ocasión sintieron que el suelo, evidentemente adelgazado ya, temblaba al recibir sus impetuosos choques. Por fin, agarrados de la mano, para no extraviarse, cayendo y levantándose, llegaron al margen opuesto del bosque.

Pero allí un torbellino horrible separólos violentamente, y fueron ambos a estrellarse contra el suelo.

– ¡Sargento! ¡sargento! — gritó Jasper Hobson.

– ¡Presente, mi teniente! — gritó el sargento Long.

Y arrastrándose los dos por la tierra, trataron de reunirse.

Parecía, sin embargo, que una mano poderosa manteníalos adosados a la tierra. Por fin, después de inauditos esfuerzos, lograron de nuevo reunirse, y, con objeto de evitar cualquier separación ulterior, atáronse por la cintura uno al otro; hecho lo cual, arrastráronse sobre el suelo con el fin de llegar a un montículo que dominaba un pequeño grupo de abetos. Una vez llegados a él, cavaron un orificio en el cual se agazaparon rendidos y agotados por completo. Eran las once y media de la noche. Jasper Hobson y su compañero permanecieron así por espacio de varios minutos, sin pronunciar una sola palabra. Con los ojos medio cerrados, no podían moverse; una especie de torpeza, de irresistible somnolencia apoderóse de ellos, en tanto que la borrasca sacudía sobre sus cabezas los abetos que crujían cual los huesos de un esqueleto. Lograron, sin embargo, sobreponerse al sueño, y algunos tragos de aguardiente, tomados de la cantimplora del sargento, infundiéronles nuevos bríos.

– ¡Con tal de que estos árboles aguanten! — exclamó el teniente Hobson.

– ¡Y con tal de que nuestro agujero no se vaya con ellos! — añadió el sargento Long, procurando empotrarse en la movediza arena.

– En fin —dijo Jasper Hobson—, puesto que ya estamos aquí, a algunos pasos solamente del cabo Miguel, y puesto que hemos venido para observar, observemos. Tengo una especie de presentimiento de que no nos encontramos ya muy lejos de la tierra firme; pero esto no deja de ser más que un presentimiento.

En la posición que ocupaban, las miradas del teniente y de sus compañeros habrían abrazado las dos terceras partes del horizonte del Sur, si hubiera estado visible. Pero, en aquel momento, la obscuridad era absoluta, y, a menos que no apareciese una luz, tendrían precisión de esperar la llegada del día para descubrir la costa, en caso de que el huracán los hubiese empujado hacia el Sur lo suficiente.

Ahora bien, como el teniente Hobson había dicho ya a Paulina Barnett, las pesquerías no son raras en la parte de la América septentrional denominada Nueva Georgia. En esta costa hay también numerosos establecimientos en los cuales recogen los indígenas dientes de mamuts, porque estos parajes ocultan numerosos esqueletos de estos monstruosos animales antediluvianos, reducidos al estado fósil. Algunos grados más abajo elévase Nuevo Arcángel, centro de administración que abarca todo el archipiélago de las Aleutinas, y capital de la América rusa. Pero los cazadores frecuentan más asiduamente las playas del océano Glacial, sobre todo desde que la Compañía de la Bahía de Hudson ha tomado en arriendo los territorios de caza explotados antiguamente por Rusia.

Jasper Hobson, aunque desconocía el país, no ignoraba las costumbres de los agentes que lo visitaban en esta época del año, teniendo fundados motivos para creer que encontraría allí compatriotas, quién sabe si hasta colegas, o al menos alguna partida de los indios nómadas que suelen recorrer el litoral.

Pero, ¿tenía Jasper Hobson motivos para esperar que la isla Victoria hubiese sido impelida hacia la costa?

– Sí, y cien veces sí —le respondió al sargento—. Hace ya siete días que sopla el viento Nordeste con fuerza huracanada. Bien sé yo que la isla es muy baja; pero tiene también sus colinas y sus bosques que hacen las veces de velas. Además, el mar que nos sostiene experimenta también esta influencia, y es bien cierto que las grandes olas corren hacia la costa. Me parece, pues, imposible que no hayamos abandonado la corriente que nos arrastraba hacia el Oeste, para dirigirnos al Sur. La última vez que nos situamos nos hallábamos sólo a doscientas millas de tierra, y al cabo de siete días...

– Todos sus raciocinos de usted son exactos, mi teniente —respondió el sargento Long— . Además de la ayuda del viento, contamos con la de Dios, que no permitirá que tantos infelices perezcan, y en Él cifro mi esperanza.

El estruendo de la tempestad hacía que se perdieran muchas de las palabras de Hobson y el sargento. Sus miradas trataban de penetrar las espesas sombras de la noche, cuya negra obscuridad aumentaba la cerrazón. Pero ni un solo punto luminoso brillaba en las tinieblas.

A eso de la una y media de la madrugada calmóse el huracán durante algunos minutos. Sólo el mar, furiosamente desencadenado, no pudo refrenar sus espantosos rugidos. Las olas reventaban las unas sobre las otras con una violencia extrema.

De repente asió Jasper Hobson del brazo a su compañero, exclamando: v —¿Oye usted, sargento?... —¿Qué?

– ¿El ruido del mar?

– Sí, mi teniente —respondió el sargento Long, esuchando con más atención—; hace algunos instantes me parece que ese estruendo de las olas...

– No es el mismo... ¿no es cierto, sargento?... Escuche usted... escuche usted... es como el ruido de unas rompientes... como si las olas se estrellasen contra unas piedras... Jasper Hobson y el sargento escucharon con extremada atención. No era ya evidente el ruido sordo monótono de ¡as olas que chocan entre sí, sino el atronador estruendo de las grandes masas líquidas, lanzadas contra un cuerpo duro, que los ecos de las rocas repercuten; y sabido es que no había una sola piedra en todo el litoral de la isla, formado de tierra y arena, substancias bien poco sonoras.

¿Se habían equivocado Jasper Hobson y el sargento? Este último trató de levantarse para poder oír mejor; pero fue derribado por el viento, que soplaba de nuevo con inusitada violencia. El recalmón había cesado y los silbidos del huracán no dejaban oir los rugidos del mar.

Juzgúese la ansiedad de los dos observadores, que se agazaparon de nuevo en su agujero, dudando si abandonarían prudentemente aquel abrigo; porque sentían desmoronarse la arena y crujir hasta las raíces del grupito de abetos. Pero no cesaban de mirar hacia el Sur. Toda su vida se hallaba reconcentrada en sus ojos que trataban de penetrar aquellas espesas tinieblas que los primeros resplandores del alba no tardarían ya mucho en disipar.

De repente, un poco antes de las dos y media de la madrugada, exclamó el sargento Long:

– Me parece haber visto...

– ¿Qué?

– ¡Una luz!

– ¿Una luz?

– ¡Sí!... ¡allí! ¡en esta dirección!

Y el dedo del sargento señalaba el Sudoeste. .

¿Se había equivocado? No; porque el teniente Hobson, al mirar en la misma dirección, vio también un resplandor indeciso.

– ¡Sí! —exclamó—; ¡sí, sargento! ¡una luz! ¡ya tenemos ahí la tierra!

– ¡A menos que no sea la luz de algún buque!

– ¡Un buque en el mar con este tiempo! — exclamó Jasper Hobson—. ¡Imposible! ¡No! ¡no! ¡Le repito que tenemos ahí la tierra, a pocas millas de distancia de nosotros!

– Pues bien, hagamos una señal.

– Sí, sargento; ¡respondamos a esta luz del continente con otra de nuestra isla!

Pero ni Jasper Hobson ni el sargento disponían de antorcha alguna para poderla encender. Sin embargo, encima de ellos se alzaban los abetos resinosos que el huracán retorcía.

– ¡El eslabón, sargento! — dijo el teniente Hobson.

El sargento encendió un trozo de yesca, y, trepando por la arena, llegó hasta el pie del grupito de árboles. El teniente no tardó en reunirse a él. No faltaba leña seca. Amontonáronla sobre las raíces mismas de los abetos, prendiéronle fuego, y, con la ayuda del viento, no tardó en comunicarse la llama al bosque entero.

– ¡Ah! —exclamó Jasper Hobson—, ¡puesto que los hemos visto, deben vernos a nosotros también!

Los abetos ardían con lívido resplandor y proyectaban una gran llama fuliginosa, cual una enorme antorcha. La resina chisporroteaba en aquellos viejos troncos que fueron rápidamente consumidos. Oyéronse bien pronto las últimas crepitaciones, y todo se apagó.

Jasper Hobson y el sargento Long miraron si algún nuevo fuego respondía a la señal que habían hecho...

Pero nada. Durante diez minutos aproximadamente observaron, con la esperanza de volver a descubrir aquel punto luminoso que había brillado un instante, y desesperaban ya de volver a ver ninguna otra señal, cuando, repentinamente, se oyó un grito bien distinto, un grito desesperado, que procedía del mar.

Jasper Hobson y el sargento, presas de terrible ansiedad, deslizáronse hasta la playa...

El grito no volvió a oirse.

Entretanto, empezaba a amanecer. Parecía que la violencia de la tempestad amainaba con la reaparición del sol. Pronto fue la claridad suficientemente intensa para que la mirada pudiese escudriñar el horizonte...

No había tierra alguna a la vista. El mar y el cielo seguían confundiéndose en una sola línea que formaba el horizonte.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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