El pais de las pieles · Parte 2
I
UN FUERTE FLOTANTE
¡El fuerte Esperanza, fundado por el teniente Jasper Hobson en los límites del océano Glacial Ártico, había derivado! ¿Se había hecho acreedor el valeroso agente de la Compañía a algún reproche? No, por cierto. Cualquier otro hubiérase engañado como él. Ninguna previsión humaba podía haberle puesto en guardia contra una eventualidad semejante. ¡Creyendo edificar sobre roca había edificado sobre arena! La porción de territorio que forma la península Victoria, y que los mapas más exactos de la América inglesa representaban unido al continente americano habíase separado de él bruscamente. La península no era en realidad más que un inmenso témpano de 150 millas cuadradas de superficie, sobre el cual los aluviones sucesivos habían formado en apariencia un terreno sólido, en el que no faltaba ni vegetación ni tierra vegetal. Ligado al litoral hacía millares de siglos, el terremoto del 3 de enero había roto sin duda sus lazos, y la península se había convertido en isla; pero en isla vagabunda y errante, arrastrada desde tres meses atrás por las corrientes a través del océano Ártico.
¡Sí! ¡aquello no era más que un témpano inmenso sobre el que navegaban el fuerte Esperanza y sus habitantes! Jasper Hobson había comprendido en seguida que no se podía explicar de otra suerte el desplazamiento en latitud observado. El istmo, es decir, la lengua de tierra que unía la península Victoria al continente, habíase evidentemente roto bajo el esfuerzo de una convulsión subterránea, provocada por la erupción volcánica de algunos meses atrás. Mientras duró el invierno boreal y el mar permaneció solidificado bajo el intenso frío, esta rotura no produjo cambio alguno en la posición geográfica de la península. Pero cuando, sobrevino el deshielo, cuando se fundieron los témpanos bajo la influencia de los rayos del sol, cuando la inmensa banca de hielo, repelida mar adentro, retrocedió más allá de los últimos límites del horizonte, cuando el mar, en fin, quedó libre, este territorio, que reposaba sobre su base de hielo, marchóse a la deriva con sus bosques, sus acantilados, su promontorio, su laguna y su litoral bajo la influencia de alguna corriente desconocida.
Hacía varios meses que era de este modo arrastrado, sin que los invernantes, que durante sus cacerías no se habían alejado mucho del fuerte Esperanza, lo hubiesen advertido. La falta de puntos de referencia, pues las espesas brumas no permitían ver a algunas millas de distancia, y la inmovilidad aparente del suelo, fueron causa de que ni el teniente Hobson ni sus compañeros se diesen cuenta de que, de continentales que eran, se habían convertido en insulares. Era extraño que la orientación de la península no se hubiese alterado, a pesar de su desplazamiento; pero esto era debido sin duda a su gran extensión y a la dirección rectilínea de la corriente. En efecto, si la situación de los puntos cardinales respecto del cabo Bathurst se hubiese modificado, si la isla hubiera girado sobre sí misma, si la Luna y el Sol hubiesen sajido o se hubiesen puesto por un horizonte nuevo, Jasper Hobson, Tomás Black, Paulina Barnett o cualquiera otro se hubiesen dado cuenta de lo que había ocurrido. Pero, por alguno razón ignorada, el desplazamiento se había verificado hasta entonces según uno de los paralelos del Globo, y, por rápido que fuese, nadie lo había notado.
Aunque no dudase Jasper Hobson del valor, la serenidad y la energía moral de sus compañeros, no quiso, sin embargo, manifestarles la verdad. Tiempo habría de exponerles la nueva situación en que se hallaban, cuando hubiese sido debidamente estudiada. Afortunadamente, aquellas animosas gentes no entendían gran cosa de observaciones astronómicas ni de cuestiones de longitud y latitud; de suerte que del cambio que en algunos meses habían experimentado las coordenadas de la península no podían deducir las consecuencias que con tanta razón preocupaban a Jasper Hobson. Resuelto el teniente a guardar silencio en tanto que le fuese posible, y a ocultar una situación para la que no encontraba remedio de momento, puso a contribución todas sus energías. Mediante un supremo esfuerzo de su voluntad, que no pasó inadvertido para Paulina Barnett, volvió a ser dueño de sí mismo, y se dedicó a consolar lo mejor que pudo a Tomás Black, quien se lamentaba amargamente mesándose el cabello.
Porque el astrónomo no sospechaba lo más mínimo el fenómeno de que era víctima. No habiéndose fijado, como el teniente Hobson, en las anomalías que se observaban en el territorio, no podía comprender ni imaginar cosa alguna fuera del hecho funesto de no haber cubierto aquel día y a la hora indicada la Luna el disco del Sol. Pero, ¿qué era lo natural que pensase? ¿Que, con mengua de los observatorios, las indicaciones de los almanaques eran falsas; y que aquel eclipse tan anhelado, el eclipse que él, Tomás Black, había venido a observar tan lejos y a costa de tantas fatigas, nunca debió ser total para la zona del esferoide terrestre situado en el paralelo 70º? ¡No! ¡jamás hubiera admitido esto! ¡Jamás! Por eso su desorientación era inmensa. Pronto sabría la verdad el astrónomo.
Entretanto, Jasper Hobson, dejando creer a sus compañeros que el incidente del malogrado eclipse no podía interesar más que al astrónomo, y que a ellos les tenía sin cuidado, habíales inducido a reanudar sus tareas, lo cual se disponían a hacer ellos. Pero, en el momento mismo en que se preparaban para descender de la cima del cabo Bathurst, para regresar a la factoría, detúvose de pronto el cabo Joliffe, y, aproximándose al teniente, con la mano en la gorra, le dijo con respeto:
– ¿Me permite usted, mi teniente, que le haga una pregunta?
– Sí, cabo —respondió Jasper Hobson, sin sospechar adonde iba a ir a parar su subordinado—. Vamos a ver; hable usted.
Pero el cabo no despegó los labios. Parecía dudar. Por fin, como le tocase su mujer con el codo, dijo:
– Pues bien, mi teniente, mi pregunta ha de referirse a ese paralelo 70°. Si no he comprendido mal, resulta que no nps hallamos donde usted creía que estábamos... El teniente frunció el entrecejo.
– En efecto —respondió evasivamente—, nos hemos equivocado en los cálculos... nuestra primera observación ha sido errónea... Pero, ¿por qué le preocupa a usted eso?
– A causa de la paga, mi teniente — respondió el cabo con aire picaresco—. Sabe usted perfectamente que la doble paga prometida por la Compañía...
Jasper Hobson respiró. En efecto, recordará el lector que sus gentes tenían derecho a un sueldo más elevado si lograban establecerse del paralelo 70° de latitud para arriba; y el cabo Joliffe, qué seguía siendo tan interesado como siempre, no había visto en todo aquello más que una cuestión de dinero, y recelaba que el derecho a la ventaja ofrecida no hubiese sido adquirido todavía.
– Tranquilícese usted, cabo —respondió Jasper Hobson, sonriendo—, y tranquilice usted también acerca de este particular a sus compañeros. Nuestro error, que resulta verdaderamente inexplicable, no les reportará a ustedes, afortunadamente, ningún perjuicio. No estamos más abajo, sino más arriba del paralelo 70°, y, por tanto, tienen ustedes todos derecho al doble sueldo.
– Muchas gracias, mi teniente —dijo entonces el cabo, en cuyo rostro pintóse el mayor júbilo—, muchas gracias. No es que se tenga apego al dinero, pero, sin el oro maldito, la vida es imposible.
Tras esta reflexión, el cabo y sus compañeros retiráronse sin abrigar la más leve sospecha acerca de la terrible y extraña modificación que la naturaleza y la situación de aquel territorio habían experimentado.
También Long disponíase a bajar hacia la factoría, cuando le detuvo Jasper Hobson diciéndole: —No se vaya usted, sargento.
El suboficial giró sobre sus talones, y esperó respetuosamente que el teniente le dirigiese la palabra.
Las únicas personas que a la sazón ocupaban la cumbre del promontorio eran Paulina Barnett, Madge, Tomás Black, el teniente y el sargento.
Desde el incidente del eclipse, la viajera no había despegado sus labios, interrogando a cada momento con los ojos a Jasper Hobson, quien parecía evitar el encuentro de aquella mirada. El rostro de Paulina Barnett reflejaba más sorpresa que inquietud. ¿Lo había adivinado todo? ¿Habíase hecho la luz bruscamente ante sus ojos lo mismo que ante los del teniente? ¿Conocía la situación y su espíritu práctico había deducido las consecuencias de ella? Como quiera que fuese, permanecía en silencio, apoyada sobre Madge, cuyo brazo rodeaba su talle.
El astrónomo iba y venía sin poder estarse quieto. Tenía los cabellos erizados. Gesticulaba de una manera espantosa. Retorcíase las manos y en seguida la dejaba caer con furor, lanzando al mismo tiempo exclamaciones de desesperación. Miraba al sol de hito en hito, con riesgo de abrasarse los ojos, y le mostraba los puños con gesto amenazador.
Por fin, al cabo de algunos minutos, calmóse su agitación interior. Sintió que ya podía hablar, y, con los brazos cruzados, el rostro encendido de cólera, la frente amenazadora, fue a cuadrarse ante el teniente Hobson, exclamando:
– ¡Ahora ajustaremos cuentas los dos, señor agente de la Compañía de la Bahía de Hudson!
El tono y la actitud del astrónomo parecían una provocación. Jasper Hobson, no obstante, no quiso parar mientes en ello, y se contentó con mirar al pobre hombre, de cuya contrariedad se hacía exacto cargo.
– Señor Hobson —dijo Tomás Black con acento de mal contenida irritación—, ¿me hará usted el favor de explicarme lo que esto significa? ¿Es usted quien me ha preparado esta burla? En este casó, señor mío, sus tiros de usted llegarían mucho más arriba de mí, y tal vez tenga usted que arrepentirse de ello.
– ¿Qué quiere usted decir, señor Black? — preguntó Jasper Hobson con calma.
– Quiero decir, señor mío —respondió Tomás Black—, que usted se había comprometido a conducir su destacamento al límite del grado 70 de latitud...
– O más allá — le interrumpió Jasper Hobson.
– ¡Más allá! —exclamó el astrónomo—. ¿Y que se me había perdido a mí más allá? Para observar este eclipse de Sol no debía apartarme de la línea circular de sombra que tenía por límite, en esta parte de la América inglesa, el paralelo 70°, ¡y he aquí que nos hallamos tres grados más al Norte!
– Pues bien, señor Black —respondió Jasper Hobson, con acento tranquilo—, esto quiere decir que nos hemos equivocado, y nada más.
– ¿Nada más? — exclamó el astrónomo, exasperado por la calma del teniente.
– Le advierto a usted, además —replicó Jasper Hobson—, que si yo me he equivocado, usted, señor Black, ha cometido el mismo error que yo; porque a nuestra llegada al cabo Bathurst calculamos los dos al mismo tiempo sus coordenadas geográficas, usted con sus instrumentos y yo con los míos; de suerte que no tiene usted derecho a hacerme responsable de un error que ha cometido usted lo mismo que yo.
Esta respuesta anonadó a Tomás Black, quien no supo qué replicar a pesar de su profunda irritación. ¡No había excusa posible! Si había habido falta, él también era culpable, y entonces, ¿qué pensaría la Europa científica? ¿qué el observatorio de Greenwich de un astrónomo tan torpe que se equivocaba de un modo tan grosero en la determinación de una simple latitud? ¡Un Tomás Black cometer un error nada menos que de tres grados al tomar la altura del Sol! ¡Y en qué circunstancias! ¡Cuando la determinación exacta de un paralelo debía darle ocasión para observar un eclipse total de Sol, en condiciones que no debía reproducirse en muchos años! ¡Tomás Black era un astrónomo deshonrado!
– Pero, ¿cómo he podido equivocarme de este modo? —exclamó nuevamente, mesándose otra vez los cabellos—. ¿Es, por ventura, que he olvidado ya cómo se maneja un sextante? ¿que no sé calcular una altura? ¡Si es así, no me queda más solución que arrojarme de cabeza desde este promontorio!...
– Señor Black —dijo entonces Jasper Hobson, con voz grave—, no se acuse usted a sí mismo. No ha cometido usted ningún error de observación, ai tiene que reprocharse nada absolutamente...
– Entonces ha sido usted...
– Tampoco yo soy culpable, señor Black. Hágame el favor de escucharme, y usted también, señora —añadió dirigiéndose a Paulina Barnett—, y usted también, Madge, y usted, sargento Long. Les ruego únicamente que guarden el más absoluto secreto acerca de lo que les voy a comunicar. Es inútil asustar, desesperar tal vez a nuestros compañeros de invernada.
Paulina Barnett, su compañera, el astrónomo y el sargento se aproximaron más aún al teniente. No respondieron nada, pero hubo un a modo de consentimiento tácito respecto a guardar el secreto relativo a la revelación que les iba a hacer el teniente.
– Amigos míos —díjoles Jasper Hobson—, cuando, hace un año, llegamos a este lugar de la América inglesa, y determinamos la situación del cabo Bathurst, vimos que se encontraba exactamente sobre el paralelo mismo de 70°; por consiguiente, si ahora su latitud es superior a 73°, es decir, que se hallaba tres grados más al Norte, es porque ha derivado.
– ¡Derivado! —exclamó Tomás Black—. ¡A otro con ese cuento, caballero! ¿Desde cuándo derivan los cabos?
– No le quepa a usted duda, señor Black — respondió gravemente Jasper Hobson—. Toda esta península no es más que una isla de hielo. El terremoto la ha separado del litoral americano, y ahora navega arrastrada por una de las grandes corientes árticas...
– ¿Hacia dónde? — preguntó el sargento Long.
– ¡Hacia donde Dios quiera!—respondió Jasper Hobson Los compañeros del teniente permanecieron silenciosos. Sus miradas se dirigieron involuntariamente hacia el Sur, más allá de las vastas llanuras, hacia el lado del istmo roto; pero desde el lugar que ocupaban, no podían divisar el horizonte del mar, que ahora les rodeaba por todas partes. Si el promontorio se hubiese elevado algunos centenares de pies más sobre el nivel del océano, claramente habrían observado que se hallaban sobre una isla.
Una viva emoción apoderóse de todos al ver el fuerte Esperanza, juntamente con sus moradores, arrastrado por las corrientes, lejos de toda costa hospitalaria, y juguetes del viento y de las olas.
– De este modo se explican fácilmente — dijo Paulina Barnett— todas las anomalías que había usted observado en este territorio, ¿no es cierto, señor Hobson?
– Sí, señora —respondió el teniente—, ahora todo se explica. Esta ex península Victoria, isla en la actualidad, que debíamos creer inalterablemente fija sobre su base, no era más que un inmenso témpano soldado desde hace muchos siglos al continente americano. Poco a poco, los vientos han ido depositando sobre él tierra y arena, y sembrando los gérmenes que han producido estos musgos y estos bosques. Las nubes fueron arrojando sobre su superficie el agua dulce que formó el arroyuelo y la laguna. La vegetación, después, lo ha transformado. Pero debajp de este lago y de esta tierra, y de esta arena, y de nuestros pies, en fin, existe un suelo de hielo que flota sobre el mar, por razón de su ligereza específica. ¡Sí, sí! No les quepa duda, es un témpano de hielo que nos sostiene y arrastra, y por eso, desde que lo habitamos, no hemos encontrado ni una piedra, ni un guijarro sobre su superficie. Y he aquí por qué sus orillas están cortadas a pico; por qué cuando cavamos la fosa para construir la trampa destinada a cazar renos, tropezamos con el hielo a diez pies de profundidad; y por qué, en fin, las mareas no son sensibles en este litoral, supuesto que toda la península elévase y desciende con el flujo y el reflujo.
– Todo se explica, en efecto, señor Hobson
– respondió Paulina Barnett—, y no le han engañado a usted sus presentimientos. Sólo desearía preguntarle ¿por qué estas mareas, bulas en la actualidad, eran aún ligeramente sensibles a nuestra llegada al cabo Bathurst.
– Precisamente señora —respondió el teniente Hobson—, porque, a nuestra llegada, la península se encontraba ligada todavía, por un istmo flexible, al continente americano, oponiendo de esta suerte cierta resistencia al flujo, de suerte que, en su litoral Norte, desplazábase de la superficie del agua dos pies poco más o menos, en vez de veinte pies que hubiera debido elevarse. Y de este modo, desde el momento en que el terremoto ha producido la ruptura, desde el instante en que la península, libre ya por completo, ha podido subir y bajar con las aguas, la marea se ha hecho nula en absoluto, como ambos hemos podido comprobar hace unos días, en el momento del novilunio.
Tomás Black, a pesar de su natural desesperación, había escuchado con extraordinario interés las explicaciones de Jasper Hobson. Las consecuencias deducidas por el teniente debieron parecerle acertadas; pero furioso por el hecho de que semejante fenómeno, tan raro, tan inesperado, tan absurdo, según decía él, se hubiese producido precisamente para impedirle la observación del eclipse, no despegó los labios, permaneciendo sombrío y, por decirlo así, avergonzado.
– ¡Pobre señor Black! —dijo Paulina Barnett—. ¡Preciso en convenir en que nunca astrónomo alguno, desde que el mundo existe, ha sido víctima de semejante infortunio!
– En todo caso, señora —observó Jasper Hobson—, nosotros no hemos tenido la culpa. La Naturaleza lo ha hecho todo, y ella es la única culpable. El terremoto ha roto el lazo que retenía la península unida al continente, y no cabe duda de que vamos navegando sobre una isla flotante. Y esto explica, además, por qué los animales dotados de pieles de abrigo y otros, presos como nosotros en un territorio pequeño, abundan tanto en los alrededores del fuerte.
– Y por qué —dijo Madge— no hemos recibido este verano esos competidores cuya presencia tanto temía usted, señor Hobson.
– Y por qué —añadió el sargento— no ha podido llegar al cabo Bathurst el destacamento enviado por el capitán Craventy.
– ¡Y por eso, en fin —dijo Paulina Barnett, mirando al teniente Hobson—, tengo que renunciar, al menos por este año, a toda esperanza de regresar a Europa!
La viajera había hecho esta última reflexión con acento que hacía comprender que se resignaba a su suerte con más filosofía de lo que hubiera sido de esperar. Parecía haber tomado de repente su partido ante aquella situación tan extraña, que le reservaba, sin duda, una serie de interesantes observaciones. Por otra parte, aunque se desesperase, y se quejaran sus compañeros y recriminasen a alguien, ¿podrían impedir un hecho ya consumado? ¿Podían dirigir el rumbo de la isla errante? ¿Podían, en virtud de alguna maniobra, unirla de nuevo al continente? No por cierto. Sólo Dios era dueño del porvenir del fuerte Esperanza, y no quedaba otro recurso que someterse a su voluntad.