El pais de las pieles · Parte 1

XVI

DOS DISPAROS

Había transcurrido la primera mitad del mes de septiembre. Si el fuerte Esperanza hubiese estado situado en el Polo mismo, es decir, 20° más alto en la latitud, el 21 de aquel mes la noche polar hubiérale dejado ya sumido en las tinieblas. Pero en el paralelo de 70°, el sol seguiría describiendo diariamente su órbita circular por encima del horizonte durante más de un mes todavía. La temperatura, no obstante, empezaba ya a refrescar de una manera sensible. Durante la noche descendía el termómetro a 31° Fahrenheit, que equivalen a 1° centígrado bajo cero, y empezaban a formarse nuevos hielos, que los últimos rayos solares se encargaban de disolver durante el día. Algunas borrascas de nieve descargaban entre los chubascos de agua y viento, y la estación invernal se aproximaba a pasos de gigante.

Pero los habitantes de la nueva factoría podían esperarla sin zozobra. Las provisiones que tenían almacenadas eran más que suficientes. Las reservas de caza seca habían sido acrecentadas; habían sido muertas otras veinte morsas más; Mac-Nap había tenido tiempo de construir un establo bien abrigado, con destino a los renos domésticos, y, a la.espalda de la casa, un amplio cobertizo, que estaba abarrotado de leña. El invierno, es decir, la noche, el frío, la nieve, el hielo, podían venir cuando lo considerasen oportuno, pues todo estaba dispuesto para recibirlos dignamente.

Pero después de haber proveído a las necesidades futuras de los habitantes del fuerte, pensó Jasper Hobson en los intereses de la Compañía. Se aproximaba el momento en que los animales dotados ya del pelo propio del invierno constituían presas magníficas. La época era favorable para batirlos a tiros, mientras no se cubriese la tierra uniformemente de nieve, permitiendo tenderles lazos. Jasper Hobson organizó, pues, cacerías.

En aquellas elevadas latitudes no era posible contar con el concurso de los indios, que son, por lo general, quienes proveen de pieles a las factorías; porque estos indígenas frecuentan los territorios más meridionales.

El teniente Hobson, Marbre, Sabine y dos o tres de sus compañeros tuvieron, pues, que cazar por cuenta de la Compañía; y, como se comprenderá, no les faltó ocupación.

Había sido señalada la presencia de una tribu de castores en un afluente del riachuelo, a seis millas, sobre poco más o menos, del fuerte, y contra ellos dirigió Jasper Hobson su primera expedición.

En épocas anteriores, cuando en la sombrerería se utilizaba principalmente el pelo de castor, solía éste valer hasta cuatrocientos francos el kilo; pero, si el empleo de su pelo ha disminuido mucho, sus pieles, sin embargo, conservan todavía en los mercados un precio considerable, superior al que antes obtenían; porque esta raza de roedores, cruelmente perseguida, tiende a desaparecer.

Los cazadores trasladáronse por el río al lugar indicado, donde el teniente hizo admirar a Paulina Barnett las ingeniosas disposiciones que estos animales adoptan para preparar convenientemente su ciudad submarina. Había un centenar de castores que ocupaban por parejas madrigueras construidas en las proximidades del afluente. Pero ya habían comenzado la construcción de su ciudad de invierno, en la que asiduamente trabajaban.

A través de este arroyuelo, de aguas rápidas y bastante profundas para que sus capas inferiores no se helasen ni aun en los más rigurosos inviernos, los castores habían construido un dique, un poco arqueado hacia arriba. Consistía este dique en una sólida trabazón de estacas clavadas verticalmente, entrelazadas con ramas flexibles y troncos de árboles que se apoyaban transversalmente en ellas; el conjunto se hallaba ligado y cementado con tierra arcillosa, amasada previamente por los pies de los roedores, de cuya cola ovalada y larga, aplastada horizontalmente y recubierta de pelos escamosos se sirven a manera de paleta para formar pellas de arcilla, con la que revisten uniformemente toda la madera del dique.

– Este dique, señora —dijo Jasper Hobson—, ha tenido por objeto dar al río un nivel constante, y ha permitido a los ingenieros de la tribu establecer más arriba esas cabañas de forma redonda cuyas cúpulas está usted viendo. Son sólidas construcciones cuyas paredes de madera y arcilla miden dos pies de espesor, y no es posible penetrar en su interior más que por una estrecha puerta situada debajo del agua, lo que obliga a cada uno de sus habitantes a sumergirse, cuando quiere entrar o salir de su casa; pero, por otra parte, garantiza la seguridad de la familia. Si se destruye una de estas cabañas, se ve que está compuesta de dos pisos: uno inferior, que sirve de almacén para las provisiones de invierno, tales como ramas, cortezas y raíces, y otro superior, al cual no llega el agua, y donde el propietario habita con su familia.

– Pero no veo ninguno de estos industriosos animales —dijo Paulina Barnett—. ¿Habrán abandonado por ventura la construcción de la aldea?

– No, señora —replicó el teniente Hobson—; pero en estos momentos los obreros están descansando, entregados al sueño; porque estos animales sólo trabajan de noche, y los vamos a sorprender en sus mismas madrigueras.

Y, en efecto, la captura de aquellos roedores no ofreció la menor dificultad. En el transcurso de una hora, fueron apresados más de un centenar de ellos, entre los cuales había algunos de gran valor comercial, toda vez que sus pieles eran absolutamente negras. Los otros tenían un pelaje sedoso, largo, brillante, pero de un matiz rojo, tirando a castaño, bajo el cual se percibía un vello fino y tupido, de color gris argentado. Los cazadores regresaron al fuerte sumamente satisfechos del resultado de la cacería. Las pieles de los castores fueron almacenadas y registradas bajo la denominación de pergaminos o jóvenes castores, según su precio.

Durante todo el mes de septiembre y hasta mediados de octubre, aproximadamente, prosiguieron estas expediciones, que dieron excelentes resultados.

Se cogieron algunos tejones; pero en corta cantidad. Estos son muy buscados por su piel, que sirve para guarnecer los collerones de los caballos de tiro, y por su pelo, del que se fabrican pinceles y brochas. Estos carnívoros, que no son en realidad más que unos osos pequeños, pertenecen a la especie de los tejones carcajus, que son peculiares de la América del Norte.

Otros ejemplares de la tribu de los roedores, y casi tan industriosos como el castor, ingresaron en gran cantidad en los almacenes de la factoría. Eran ratas almizcleras, de más de un pie de longitud, sin contar con el rabo, y cuya piel es bastante estimada. Se las coge en sus propias madrigueras, sin trabajo, porque pululan con esa abundancia peculiar de su especie.

Algunas especies de la familia de los felinos, tales como los linces, exigieron el empleo de las armas de fuego. Estos animales, ágiles y flexibles, de pelaje rojo claro moteado de manchas negruzcas, a quienes temen hasta los mismos renos, no son, en realidad, más que lobos cervales que se defienden con intrepidez. Pero no eran aquéllos los primeros linces con que se las habían Sabine y Marbre, quienes mataron unas cinco docenas de ellos.

Algunos glotones, de piel bastante hermosa, fueron cazados también en las mismas condiciones.

Los armiños se mostraron raras veces. Estos animales, que forman parte de la tribu de las martas, lo mismo que los vesos, no lucían aún su bello ropaje de invierno, que es enteramente blanco, si se exceptúa un punto negro en la extremidad de la cola. Su pelaje era todavía rojo, por encima, y de un color gris amarillento, por debajo, y por este motivo Jasper Hobson había recomendado a sus compañeros que los respetaran por el momento. Era preciso esperar y dejar que madurasen, valiéndonos de la expresión del cazador Sabine, es decir, que se blanqueasen con el frío del invierno.

Por lo que respecta a los vesos, cuya caza es muy desagradable a causa del olor fétido que despiden, se cogieron gran número de ellos, unas veces sorprendiéndolos en los huecos de los árboles, que les sirven de madrigueras, y otras persiguiéndolos a tiros, cuando se escurrían por entre las ramas.

Las martas propiamente dichas fueron objeto de una caza especial. Sabido es cuan estimadas son las pieles de estos carnívoros, aunque no alcancen tan elevado valor como las cebellinas, que ostentan un pelaje obscuro en invierno; pero las cebellinas sólo frecuentan las regiones septentrionales de Europa y del Asia, hasta Kamchatka, siendo los siberianos quienes con más actividad las persiguen. Sin embargo, en el litoral americano del mar Ártico se encuentran otras martas cuyas pieles conservan todavía un gran valor, tales como el visón y el pekán, conocidos también con el nombre de martas del Canadá.

Estas martas y visones, durante el mes de septiembre, sólo proporcionaron a la factoría un número muy escaso de pieles. Son animales tan ágiles como vivos, de cuerpo largo y delgado que les ha valido la denominación de vermiformes. Y, en efecto, pueden alargarse como un gusano, y escurrirse, en su consecuencia, por las más estrechas rendijas; de suerte que bien se comprende que pueden escapar fácilmente de la persecución de los cazadores, siendo mucho más fácil cazarlos por medio de trampas durante la estación invernal.

Marbre y Sabine sólo esperaban el momento favorable de convertirse en laceros, convencidos de que, al llegar la primavera, no faltarían ni martas ni visones en los almacenes de la Compañía.

Para terminar la relación de las pieles con que se enriqueció el fuerte Esperanza durante estas expediciones, conviene hablar de las zorras azules y de las argentadas, a las cuales se considera en los mercados de Rusia y de Inglaterra como los más valiosos animales de piel fina.

Por encima de todas ellas debemos colocar la zorra azul, conocida zoológicamente con el nombre de isatis. Este precioso animal tiene el hocico negro y el pelo ceniciento o rubio obscuro, pero jamás azul como pudiera creerse. Su pelaje es muy largo, tupido y suave; es admirable y posee todas las cualidades que constituyen la belleza de una piel: suavidad, solidez, longitud de pelo, espesor y color. La zorra azul es indiscutiblemente el rey de los animales de piel fina; y, por eso, su piel vale seis veces más que cualquier otra, y un manto perteneciente al emperador de Rusia, hecho todo entero con piel de cuello de zorra azul, que es la parte más estimada, fue tasado, en la exposición de Londres de 1851, en 3.400 libras esterlinas, equivalentes a 85.000 francos.

Algunas de estas zorras habían sido vistas en los alrededores del cabo Bathurst; pero los cazadores no habían podido apoderarse de ellas, porque estos carnívoros son astutos, ágiles y difíciles de atrapar; pero se logró matar una docena de zorras argentadas, cuyo pelo, de un espléndido color negro, se halla punteado de blanco. Aunque la piel de estas últimas no tenga tanto valor como la de las zorras azules, es, no obstante, un rico despojo que alcanza un alto precio en los mercados de Rusia e Inglaterra.

Una de estas zorras argentadas era un animal soberbio, cuya talla sobrepujaba un poco a la de la zorra común. Tenía las orejas, el lomo y la cola de un color negro de humo; pero el extremo de su apéndice caudal y la parte superior de sus cejas eran blancos.

Las especiales circunstancias en que fue muerta esta zorra merecen ser relatadas con todos sus detalles, porque justificaron ciertas aprensiones del teniente Hobson, así como ciertas precauciones que había creído conveniente adoptar.

En la mañana del 24 de septiembre, dos trineos habían conducido a Paulina Barnett, al teniente, al sargento Long, a Marbre y a Sabine a la bahía de las Morsas. La víspera de aquel día, algunos hombres del destacamento habían descubierto huellas de zorras sobre las rocas entre las cuales crecían raquíticos arbustos, e indicios indiscutibles que delataban su paso. Excitada la codicia de los cazadores, trataron de volver a encontrar aquella pista que les prometía despojos de alto precio, y, en efecto, sus pesquisas no resultaron estériles. Dos horas después de su llegada, una hermosa zorra argentada rodaba por el suelo sin vida.

Viéronse después dos o tres ejemplares más de estos carnívoros, y los cazadores dividiéronse entonces. Mientras Marbre y Sabine se lanzaban sobre la pista de una zorra, el teniente Hobson, Paulina Barnett y el sargento Long trataron de cortar la retirada a otro hermoso animal que procuraba esconderse tras las rocas.

Fue naturalmente preciso rivalizar en astucia con aquel animal que se arrastraba prudentemente con objeto de no exponer parte alguna de su cuerpo al choque de las balas.

Prolongóse la persecución por espacio de una hora sin resultado alguno. Sin embargo, el animal hallábase cercado por tres flancos, y el mar le cerraba el cuarto; y haciéndose cargo bien pronto de lo comprometido de su situación, resolvió escapar de ella dando un salto prodigioso que no dejase a los cazadores otro recurso que no fuese tirarle al vuelo.

Brincó, pues, salvando una roca; pero Jasper Hobson, que la estaba acechando, en el momento mismo en que la vio pasar como una sombra, saludóla con una bala.

En el mismísimo instante, escuchóse otro disparo, y la zorra, mortalmente herida, cayó al suelo.

– ¡Hurra! ¡hurra! —gritó Jasper Hobson—. ¡Es mía!

– ¡Y mía! — respondió un extranjero, hollando con su pie el cuerpo del animal en el momento en que el teniente la iba a coger con la mano.

Jasper iíobson retrocedió, estupefacto. Había creído que la segunda bala había partido del fusil del sargento, y se hallaba en presencia de un cazador desconocido cuya escopeta humeaba todavía.

Los dos rivales miráronse cara a cara.

Paulina Barnett y el sargento Long llegaron entonces, y Marbre y Sabine no tardaron en reunírseles, mientras una docena de hombres, contorneando las peñas, se aproximaban al extranjero, que se inclinó cortésmente ante la viajera.

Era un hombre de elevada estatura, que ofrecía el tipo perfecto de esos viajeros canadienses cuya competencia tanto temía Jasper Hobson. Llevaba aquel cazador el traje tradicional que el novelista americano Washington Irving ha descrito de un modo tan exacto: manta dispuesta en forma de capote, camisa de algodón a rayas, anchos pantalones de paño, polainas de cuero, mocasines de piel de gamuza, cinturón de lana abigarrada, del cual pendían el cuchillo, la bolsa del tabaco, la pipa y algunos utensilios de campamento; en una palabra, un traje medio salvaje, medio civilizado. Cuatro de sus compañeros estaban vestidos como él, aunque no con tanta elegancia. Los otros ocho, que les servían de escolta, eran indios chipewayos.

Jasper Hobson no se equivocó; tenía frente a sí a un francés, o, por lo menos, a un descendiente de los franceses del Canadá, y tal vez un agente de las compañías americanas, encargado de vigilar el establecimiento de la nueva factoría.

– Esta zorra me pertenece, caballero — dijo el teniente, después de algunos momentos de silencio, durante los cuales su adversario y él se habían contemplado de hito en hito.

– Le pertenecerá a usted si es usted quien la ha matado — respondió el desconocido, en correcto inglés, aunque con ligero acento extranjero.

– Se equivoca usted, caballero —replicó con bastante viveza Jasper Hobson—. ¡Este animal me pertenece aun cuando lo haya matado su bala de usted, y no la mía.

Una desdeñosa sonrisa acogió esta respuesta, henchida de todas las pretensiones que la Compañía se arrogaba sobre los territorios de la bahía de Hudson, del Atlántico al Pacífico.

– Según eso, caballero —replicó el desconocido, apoyándose con elegancia sobre su escopeta—, ¿usted considera que la Compañía de la Bahía de Hudson es la dueña absoluta de todo este dominio del Norte de América?

– Sin duda de ningún género —respondió el teniente Hobson—; y si usted, caballero, pertenece, cual supongo, a alguna sociedad americana...

– A la Compañía de Peletería de San Luis

– dijo el cazador, inclinándose.

– Creo —prosiguió el teniente— que le sería a usted muy difícil mostrar una disposición soberana que le otorgue el menor privilegio sobre parte ninguna de este territorio.

– ¡Disposiciones soberanas! ¡Privilegios! — dijo el canadiense con desdén—. Esas son palabras de la vieja Europa que suenan mal en América.

– ¡Es que no está usted en América, sino sobre el suelo mismo de Inglaterra! — respondió, con altivez, Jasper Hobson.

– Señor teniente —respondió el cazador, animándose un poco—, no es éste el momento indicado para entablar semejante discusión. Conocemos desde hace larga fecha cuáles son las pretensiones de Inglaterra en general y de la Compañía de la Bahía de Hudson en particular acerca de estos territorios de caza; pero creo que, tarde o temprano, se encargarán los acontecimientos de modificar este estado de cosas, y que América será americana desde el estrecho de Magallanes hasta el Polo Norte.

– No lo creo — respondió secamente Jasper Hobson. —Como quiera que sea —replicó el canadiense—, le propongo que dejemos a un lado la cuestión internacional. Sean cuales fueren las pretensiones de la Compañía, es evidente que, en las comarcas más septentrionales del continente, y especialmente en este litoral, pertenece la tierra a quien la ocupe. Ustedes han fundado una factoría en el cabo Bathurst; pues bien, nos abstendremos de cazar en sus tierras, y ustedes, por su parte, respetarán las nuestras cuando las Peleterías de San Luis hayan establecido otro fuerte en otro punto enclavado en los límites septentrionales de América. La frente del teniente arrugóse, porque no se le ocultaba que, dentro de un porvenir no lejano, la Compañía de la Bahía de Hudson tendría que luchar con formidables rivales hasta en el litoral; que sus pretensiones relativas a la posesión de todos los territorios de la América del Norte no serían respetados y que surgirían frecuentes tiroteos entre los competidores. Pero comprendió al mismo tiempo que no era, efectivamente, el momento oportuno para discutir una cuestión de privilegios, y observó sin disgusto que el cazador, con cortesía exquisita, conducía el debate por otro derrotero. —Por lo que hace referencia —dijo el viajero canadiense— al asunto que ventilamos de momento, su importancia es muy escasa, y creo que debemos zanjarlo como buenos cazadores. Su escopeta de usted y la mía son de diferente calibre, de suerte que sus balas es fácil reconocerlas. ¡Llévese, pues, la zorra quien la haya, de los dos, muerto realmente!

La proposición era justa. La cuestión relativa a la propiedad del animal derribado podía resolverse de aquel modo con certeza.

Examinado minuciosamente el cadáver de la zorra, viose que tenía alojadas en su cuerpo las balas de los dos cazadores: una, en un costado; la otra, en el corazón, siendo esta última la del canadiense.

– Este animal es de usted — dijo Jasper Hobson, disimulando mal su despecho, al ver pasar tan magnífica pieza a manos de un extranjero.

El viajero tomó la zorra, y, en el momento en que todos creyeron que se la iba a echar al hombro y a marcharse con ella, exclamó, adelantándose hacia Paulina Barnett:

– Las señoras son muy aficionadas a las pieles hermosas. ¡Si supiesen con qué fatigas, y, a menudo, con qué peligros se las obtiene, tal vez no las codiciarían tanto! Pero el hecho es que les gustan con pasión. Permítame, pues, señora, que le ofrezca ésta, en recuerdo de nuestro encuentro.

Paulina Barnett no se atrevía a aceptar; pero el cazador canadiense habíale ofrecido aquella magnífica piel con tanta gracia y de un modo tan sincero, que su negativa hubiera constituido una ofensa.

La viajera aceptó, pues, y dio al extranjero las gracias.

En seguida, inclinóse éste ante Paulina Barnett, saludó después a los ingleses, y desapareció entre las rocas del litoral, seguido de sus compañeros.

El teniente y los suyos emprendieron el regreso al fuerte Esperanza; empero, Jasper Hobson marchaba muy pensativo. La situación del nuevo establecimiento, fundado con tanto cariño por él, era ya conocida por una compañía rival, y aquel encuentro con el viajero canadiense le dejaba entrever grandes dificultades para lo porvenir.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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