El pais de las pieles · Parte 1
XIV
ALGUNAS EXCURSIONES
El arreglo de la nueva morada efectuóse rápidamente. La cama de campaña instalada en el gran salón quedó lista bien pronto. El carpintero Mac-Nap había fabricado una amplia mesa, de gruesos pies, pesada y maciza, que por grande que fuese el peso de los manjares jamás la haría crujir. Alrededor de esta mesa hallábanse dispuestos bancos no menos sólidos, pero fijos, y, por consiguiente, poco a propósito para justificar la denominación de muebles con que sólo son designados los objetos movibles. Algunos asientos sueltos y dos amplios armarios completaban, por último, el mobiliario de aquel departamento.
La cámara del fondo estaba lista también. Espesos tabiques dividíanla en seis camarotes, de los cuales únicamente dos recibían luz por las dos ventanas extremas abiertas en las fachadas anterior y posterior. El mobiliario de cada camarote componíase tan sólo de un lecho y de una mesa. Paulina Barnett y Madge ocuparon el que daba directamente a la laguna. Jasper Hobson había ofrecido a Tomás Black el otro camarote iluminado por la ventana que daba al patio, y el astrónomo no se hizo repetir la invitación, tomando posesión de él al instante. Por lo que respecta a él mismo, mientras no se alojaban sus soldados en nuevos departamentos construidos ex profeso, contentóse con una especie de celda semiobscura, inmediata al comedor, y que, mal que bien, recibía alguna luz por una claraboya abierta en la pared principal.
Las señoras Joliffe, Rae y Mac-Nap ocuparon, con sus respectivos esposos, los otros camarotes. Eran tres excelentes matrimonios, estrechamente unidos, a quienes hubiera sido una crueldad separar. Por lo demás, la pequeña colonia no debía tardar en contar con un nuevo miembro, toda vez que el maestro Mac-Nap, cierto día, no había titubeado en preguntar a Paulina Barnett si querría hacerle el honor de ser madrina para fines de año, a lo que accedió ella con gran satisfacción.
Los trineos habían sido descargados por completo, transportando los avíos de cama a las diversas habitaciones. Las herramientas, las provisiones y las municiones, de las cuales no había de hacerse un uso inmediato, almacenáronse en el desván, al cual se subía por una escalera situada en el fondo del corredor de entrada. Los vestidos de invierno, botas, abrigos y pieles fueron acondicionados en los amplios armarios, al abrigo de la humedad.
Terminados estos primeros trabajos, ocupóse el teniente en la calefacción de la casa. Mandó recoger, en las colinas próximas, una considerable provisión de combustible, por no ignorar que en ciertas semanas de invierno sería imposible salir al exterior. Pensó también en utilizar la presencia de las locas en el litoral para procurarse una abundante reserva de aceite, toda vez que los fríos polares es preciso combatirlos por los procedimientos más enérgicos. Por orden suya y bajo su dirección, estableciéronse en la casa unos condensadores destinados a recoger la humedad interior, aparatos que sería fácil desembarazar del hielo de que se llenarían en invierno.
La cuestión de la calefacción, que era de las más graves, preocupaba en extremo a Jasper Hobson.
– Señora —decía algunas veces a la viajera—, soy hijo de las regiones árticas, poseo alguna experiencia de las cosas, y, sobre todo, he leído y releído muchos relatos referentes a las invernadas. Todas las precauciones son pocas cuando se trata de pasar la estación fría en estas comarcas. Es preciso preverlo todo, porque un olvido, uno solo, puede ocasionar irreparables catástrofes durante las invernadas.
– Lo creo, señor Hobson —respondió Paulina Barnett—, y veo con satisfacción que el frío tendrá en usted un adversario terrible. Pero, ¿no asigna usted la misma importancia a la cuestión relativa a la alimentación?
– La misma, señora, y abrigo la esperanza de poder vivir a expensas de lo que produce el país con objeto de economizar nuestras reservas. Por eso, dentro de unos días, cuando nos encontremos completamente instalados, organizaremos cacerías para refrescar nuestros víveres. Por lo que respecta a la cuestión de los animales dotados de rica piel, trataremos de resolverla más tarde y de abarrotar los almacenes de la Compañía. No es, por otra parte, la época de cazar la marta, el armiño, la zorra ni otros animales análogos. Aún no han echado el pelo de invierno, y sus pieles perderían el veinticinco por ciento de su valor si las almacenásemos ahora. No. Limitémonos por lo pronto a rellenar la despensa del fuerte Esperanza. Los renos, los alces, los wapitis, si es que han avanzado algunos hasta estos elevados parajes, deben constituir el único objetivo de nuestros cazadores; porque, en efecto, me preocupa bastante la cuestión de alimentar a veinte personas y sesenta perros.
Bien se echa de ver en seguida que el teniente era un hombre de orden que en todo quería obrar con método, y, si sus compañros le secundaban, tenía la seguridad de salir airoso de su difícil empresa.
El tiempo, en esta época del año, era casi siempre magnífico. El período de las nieves rio debía comenzar antes de transcurrir cinco semanas. Cuando la casa principal estuvo terminada, mandó proseguir Jasper Hobson los trabajos de carpintería, haciendo construir una amplia perrera destinada a guarecer los tiros de perros, la cual fue emplazada al pie mismo del promontorio, apoyada sobre sus propios flancos, y a unos cuarenta pasos del costado derecho de la casa. A la izquierda, y enfrente de la perrera, debería emplazarse el alojamiento para los soldados, en tanto que los almacenes y el polvorín ocuparían la parte anterior del recinto.
Jasper Hobson, con prudencia tal vez exagerada, resolvió construir este recinto antes de la llegada del invierno. Una buena empalizada, sólidamente construida y hecha de troncos bien aguzados, debería garantizar la factoría no solamente contra los ataques de los animales mayores, sino también contra las agresiones de los hombres, en caso de que se presentase alguna partida enemiga, ora fuese de indios, ora de cualquier otra raza. El teniente no había echado en olvido las huellas encontradas en el ütoral, a menos de doscientas millas del fuerte Esperanza. Conocía los violentos procedimientos de los cazadores nómadas, y pensó que valía más, en todo caso, prevenirse contra un golpe de mano. Trazóse, pues, la línea de circunvalación de manera que rodease la factoría, y en los dos ángulos anteriores que miraban a la laguna, encargóse el maestro Mac-Nap de construir dos pequeñas garitas de madera, muy convenientes para abrigar a los centinelas.
Con un poco de diligencia, y con aquellos denodados obreros que trabajaban sin descanso, sería posible terminar estas nuevas construcciones antes de que llegase el invierno.
Durante este tiempo, organizó Jasper Hobson diversas cacerías. Aplazó por algunos días la expedición que proyectaba contra las focas del litoral, y ocupóse más especialmente en los rumiantes cuya carne, seca y conservada, debería asegurar la alimentación de los habitantes del fuerte durante la mala estación.
Así, pues, a partir del 8 de agosto, Sabine y Marbre, unas veces solos, otras acompañados por el teniente y el sargento Long, que eran también excelentes cazadores, batieron diariamente la campiña en un radio de varias millas. A menudo les acompañaba también la incansable Paulina Barnett, siempre con su fusil, que manejaba con extraordinaria destreza, y a quien nunca dejaban atrás sus compañeros de caza.
Durante todo el mes de agosto, estas expediciones fueron muy productivas, y el desván destinado a guardar las provisiones se iba llenando rápidamente. Es preciso decir que ni Sabine ni Marbre ignoraban todas esas astucias que conviene emplear en estos territorios, especialmente con los renos, cuya desconfianza es extraordinaria. ¡Con qué paciencia orientábanse para caminar siempre cara al viento, a fin de no ser husmeados por el sutil olfato de estos animales!
A veces los atraían agitando por encima de los jarales de abedules enanos algún magnífico trofeo tíe las cacerías anteriores, y los renos, o por mejor decir, los caribúes, designándolos con el nombre que los indios les dan, engañados por la apariencia, se aproximaban al alcance de los cazadores, que nunca erraban el tiro.
Con frecuencia, también, un pájaro delator, bien conocido de Marbre y de Sabine, una especie de buho diurno, del tamaño de una paloma, señalábales la guarida de los caribúes. Llamaba a los cazadores lanzando un grito, parecido al de los niños pequeños, justificando de este modo el nombre de monitor con que le designaban los indios.
De este modo fueron muertos unos cincuenta rumiantes, cuya carne, cortada a largas tiras, formó una provisión considerable, en tanto que sus pieles deberían servir para la confección de calzados.
No fueron exclusivamente los caribúes quienes contribuyeron a acrecentar las reservas alimenticias; las liebres polares, que se habían multiplicado prodigiosamente en aquellos territorios, aportaron también su contingente. No se mostraban tan espantadizas como sus congéneres de Europa, y se dejaban matar de la manera más estúpida.
Eran grandes roedores, de orejas largas, ojos pardos, y pelo blanco como el plumón de los cisnes, y pesaban de diez a quince libras. Los cazadores mataron gran número de estos animales, cuya carne es realmente suculenta, ahumándose centenares de ellas, sin contar con las muchas que las hábiles manos de la señora Joliffe transformaron en apetitosos pasteles.
Pero, mientras se acumulaban así los recursos para lo porvenir, no se descuidaba tampoco la alimentación cotidiana. Muchas de aquellas liebres polares servían para plato del día, y ni los cazadores ni los obreros del maestro MacNap eran gentes capaces de desdeñar un trozo de caza fresca y sabrosa. En el laboratorio de la señora Joliffe sufrían estos roedores las más variadas combinaciones culinarias, y la hábil mujercilla se daba excelentes trazas, con gran satisfacción de su esposo, que andaba siempre solicitando para ella elogios que, por otra parte, nadie le regateaba.
Algunas aves acuáticas servían así mismo para variar.la comida diaria. Además de los patos que abundaban en las orillas de la laguna, conviene citar otras aves que se dejaban caer en numerosas bandadas en los sitios donde crecían algunos raquíticos sauces. Pertenecían a la especie de las perdices, las cuales no carecen de denominaciones zoológicas. Por eso, cuando Paulina Barnett preguntó por vez primera a Sabine cuál era el nombre de aquellas aves, le respondió el cazador:
– Señora, los indios las llaman tetraos de los sauces, pero, para nosotros, los cazadores europeos, son verdaderos gallos silvestres.
A decir verdad, parecían perdices blancas, con grandes plumas moteadas de negro en la extremidad de la cola. Constituían una caza excelente, que sólo necesitaba una ligera cochura en un fuego bastante vivo.
A estas diversas especies de caza añadieron su contingente las aguas del riachuelo y la laguna. El más entendido en materia de pesca era el cachazudo y pacífico sargento Long. Ya dejase que los peces mordiesen su anzuelo bien cebado, ya azotase las aguas con su sedal provisto de anzuelos sin cebo alguno, nadie podía rivalizar con él en habilidad y paciencia, si se exceptúa la fiel Madge, la compañera de Paulina Barnett. Estos dos aventajados discípulos del célebre Isaac Walton permanecían sentados, durante horas enteras, uno al lado de la otra, con la caña en la mano, acechando sus presas, sin pronunciar una sola palabra; pero, gracias a ellos, no faltó el pescado jamás, pues extraían diariamente del riachuelo y la laguna magníficos ejemplares de la familia de los salmones.
Durante estas excursiones, que hubieron de prolongarse casi diariamente hasta fines de agosto, tuvieron los cazadores que habérselas con frecuencia con animales muy peligrosos. Jasper Hobson comprobó, no sin cierta aprensión, que abundaban mucho los osos en aquella parte del territorio. En efecto, era raro que transcurriese un día sin que se advirtiese la presencia de alguna pareja de estos formidables carnívoros, contra los que se hicieron numerosos disparos. Unas veces, descubríase una manada de osos pardos, muy comunes en toda la región de la llamada Tierra Maldita; otras, una familia de osos polares, de talla gigantesca, a quienes los primeros fríos obligarían a aproximarse en mayor número a los alrededores del cabo Bathurst. En efecto, en los relatos de las grandes invernadas es fácil observar que los exploradores o los balleneros se hallan expuestos muchas veces al día a un encuentro con estos feroces carnívoros.
Marbre y Sabine descubrieron también muchas veces grandes manadas de lobos que, al aproximarse los cazadores, huían como una ola que se desplaza. Se les oía ladrar, sobre todo cuando corrían en persecución de un reno o un wapiti. Eran grandes lobos grises, de tres pies de elevación, dotados, de larga cola, y cuya piel se blanquea cuando se aproxima el invierno. Aquel territorio tan poblado ofrecíales una alimentación abundante y segura, y por eso abundaban en él.
No era raro encontrar en ciertos parajes cubiertos de bosque, madrigueras con varias entradas, en las que se guarecen estos animales lo mismo que las zorras. Sin embargo, en esta época, como se hallaban hartos, huían de los cazadores en cuanto advertían su presencia, con esa cobardja que distingue a los de su raza; pero, cuando les hostigase el hambre, aquellos animales podían constituir un serio peligro debido a su gran número; y aquellas madrigueras eran la demostración más palpable de que no abandonaban la región ni aun durante los fríos del invierno.
Un día, los cazadores llevaron al fuerte Esperanza un animal horrible, que todavía no habían visto ni Paulina Barnett, ni el astrónomo Tomás Black. Tratábase de un plantígrado que tenía bastante semejanza con el glotón de América; un espantoso carnívoro, de cuerpo abultado y piernas cortas, armado de garras encorvadas y de formidables mandíbulas, de ojos feroces y duros y lomo flexible como el de todos los felinos.
– ¿Qué horrible animal es ése? — preguntó Paulina Barnett.
– Señora —respondió Sabine, que era siempre algo dogmático en sus respuestas—, un escocés le diría que es un quickhatch, un indio, que es un okelcoohaw-gew, un canadiense, que es un carcajou...
– ¿Y vosotros, cómo le llamáis? — preguntó Paulina Barnett.
– Un glotón, señora —respondió Sabine, evidentemente satisfecho del giro que había dado a su respuesta.
En efecto, glotón era la verdadera denominación zoológica de aquel singular cuadrúpedo, temible roedor nocturno, que se cobija en los huecos de los árboles y en las quiebras de las peñas, gran destructor de castores, ratas almizcleras y otros roedores, enemigo declarado del lobo y de la zorra, a quienes no teme disputarles sus presas; animal muy astuto, de musculatura de acero y finísimo olfato, que se encuentra hasta en las más elevadas latitudes, y cuya piel, de pelo corto, casi negra durante el invierno, da un contingente importante a las exportaciones de la Compañía.
Durante estas excursiones, la flora del país había sido estudiada con la misma atención que la fauna. Pero los vegetales eran necesariamente menos variados que los animales, por carecer de la facultad que poseen éstos de buscar durante la estación invernal otros climas más benignos.
El pino y el abeto eran los árboles que más abundaban en las colinas que bordeaban la orilla oriental de la laguna. Jasper Hobson observó también algunos tacamahacs, especies de álamos balsámicos de gran altura, cuyas hojas, amarillas al nacer, adquieren un matiz verdoso al final de la estación. Pero estos árboles eran raros, lo mismo que algunos alerces raquíticos a quienes los rayos oblicuos del sol no lograban vivificar.
Ciertos abetos negros crecían más frondosos, sobre todo en las quebradas gargantas abrigadas contra los vientos del Norte. La presencia de este árbol fue acogida con satisfacción, porque con sus yemas fabrícase una cerveza bastante estimada, conocida en la América del Norte con el nombre de cerveza de abeto. Hízose una buena recolección de estas yemas, que fueron almacenadas en el desván del fuerte Esperanza.
Los otros vegetales consistían en abedules enanos, arbustos de dos pies de altura, propios de los climas muy fríos, y en grupos de cedros que suministran una leña excelente para la calefacción.
En cuanto a los vegetales silvestres que brotan espontáneamente en aquella tierra avara y podían ser utilizados para la alimentación, eran en extremo raros. La señora Joliffe, a quien la botánica positiva interesaba muy de cerca, no había encontrado nada más que dos plantas dignas de figurar en su cocina.
Una, una raíz bulbosa, difícil de descubrir, toda vez que pierde la hoja en el preciso momento en que entra en el período de floración, no era otra cosa que el puerro silvestre, el cual suministraba una abundante cosecha de cebollas, del tamaño de un huevo de gallina, que fueron acertadamente empleadas a manera de legumbres.
La otra planta, conocida en todo el Norte de América con el nombre de té del labrador, crecía abundantemente a orillas de la laguna, entre los grupos de sauces y madroños, y constituye el alimento favorito de las liebres polares. Este té, hecho en efusión en agua hirviendo, y adicionándole algunas gotas de coñac o de ginebra, constituye una excelente bebida; y la provisión que se hizo de esta planta permitió economizar el té chino traído del fuerte Confianza.
Pero, para obviar la escasez de vegetales alimenticios, habíase previsto Jasper Hobson de cierta cantidad de granos que pensaba sembrar cuando llegase la ocasión oportuna. Consistían principalmente en semillas de coclearia y acederas, cuyas propiedades antiescorbúticas son muy apreciadas en aquellas latitudes. El teniente abrigaba la esperanza de que, eligiendo un terreno abrigado contra las brisas agudas que queman como una llama toda la vegetación, prevalecerían las semillas en la próxima estación.
Por lo demás, la farmacia del nuevo fuerte no se hallaba desprovista de substancias antiescorbúticas. La Compañía había proporcionado algunas cajas de limones y limas, inestimables productos de los cuales no puede prescindir ninguna, expedición polar; pero importaba economizar estas reservas, lo mismo que otras muchas, porque una serie de temporales podría interrumpir las comunicaciones entre el fuerte Esperanza y las factorías del Sur.