Capítulo XIII
Coal-city
Tres años después de los sucesos que se acaban de narrar, las guías Joanne o Murray recomendaban, «como gran atracción», a los numerosos turistas que recorrían el condado de Stirling, una visita de algunas horas a las minas de carbón de la Nueva Aberfoyle.
Ninguna mina, en país alguno del Nuevo o del Antiguo Mundo, presentaba un aspecto más curioso.
Ante todo, el visitante era transportado sin peligro ni fatiga hasta el suelo de la explotación, a unos cuatrocientos cincuenta metros por debajo de la superficie del condado.
En efecto, a unos once kilómetros al sudoeste de Callander, un túnel oblicuo, decorado con una entrada monumental, con torrecillas, almenas y matacanes, afloraba a la superficie. Este túnel, de suave pendiente y ampliamente excavado, iba a desembocar directamente en aquella cripta tan singularmente abierta en el macizo del suelo escocés.
Un doble ferrocarril, cuyos vagones eran movidos por fuerza hidráulica, servía, cada hora, al pueblo que se había fundado en el subsuelo del condado bajo el nombre, acaso un poco ambicioso, de «Coal-city», es decir, la Ciudad del Carbón.
El visitante que llegaba a Coal-city se encontraba en un medio donde la electricidad desempeñaba un papel de primer orden, como agente de calor y de luz.
En efecto, los pozos de ventilación, aunque numerosos, no habrían bastado para mezclar suficiente claridad con la profunda oscuridad de la Nueva Aberfoyle. Sin embargo, una luz intensa llenaba aquel sombrío ámbito, donde numerosos discos eléctricos sustituían al disco solar. Suspendidos bajo el intradós de las bóvedas, colgados de los pilares naturales, todos alimentados por corrientes continuas que producían máquinas electromagnéticas —los unos, soles; los otros, estrellas—, iluminaban ampliamente aquel dominio. Cuando llegaba la hora del descanso, bastaba un interruptor para producir artificialmente la noche en aquellos profundos abismos de la hullera.
Todos estos aparatos, grandes o pequeños, funcionaban al vacío, es decir, que sus arcos luminosos no comunicaban en absoluto con el aire ambiente. De modo que, en el caso de que la atmósfera se hubiera mezclado de grisú en una proporción detonante, no había explosión que temer. Por eso el agente eléctrico se empleaba invariablemente para todas las necesidades de la vida industrial y de la vida doméstica, tanto en las casas de Coal-city como en las galerías explotadas de la Nueva Aberfoyle.
Hay que decir, ante todo, que las previsiones del ingeniero James Starr —en lo que concernía a la explotación de la nueva hullera— no se habían visto defraudadas en absoluto. La riqueza de los filones carboníferos era incalculable. Fue en el oeste de la cripta, a unos cuatrocientos metros de Coal-city, donde el pico de los mineros atacó las primeras vetas. La ciudad obrera no ocupaba, pues, el centro de la explotación. Los trabajos de fondo estaban directamente unidos a los trabajos de superficie por los pozos de ventilación y de extracción, que ponían los diversos niveles de la mina en comunicación con el suelo. El gran túnel, donde funcionaba el ferrocarril de tracción hidráulica, no servía más que para el transporte de los habitantes de Coal-city.
Se recordará cuál era la singular conformación de aquella vasta caverna donde el viejo capataz y sus compañeros se habían detenido durante su primera exploración. Allí, sobre sus cabezas, se redondeaba una cúpula de curvatura ojival. Los pilares que la sostenían iban a perderse en la bóveda de esquisto, a una altura de unos cien metros, altura casi igual a la del «Mammoth Dome» de las grutas de Kentucky.
Se sabe que aquella enorme sala —la mayor de todo el hipogeo americano— puede contener fácilmente cinco mil personas. En esta parte de la Nueva Aberfoyle había la misma proporción y también la misma disposición. Pero, en lugar de las admirables estalactitas de la célebre gruta, la mirada se prendía aquí en abultamientos de filones carboníferos que parecían brotar de todas las paredes bajo la presión de las fallas esquistosas. Habríase dicho que eran altorrelieves de azabache cuyas lentejuelas se encendían bajo la irradiación de los discos.
Bajo aquella cúpula se extendía un lago comparable, por su extensión, al Mar Muerto de las «Mammoth Caves», lago profundo cuyas aguas transparentes hormigueaban de peces sin ojos, y al que el ingeniero dio el nombre de lago Malcolm.
Fue allí, en aquella inmensa excavación natural, donde Simon Ford había construido su nuevo cottage, y no lo habría cambiado por el más hermoso hotel de Princes Street, en Edimburgo. Aquella vivienda estaba situada a la orilla del lago, y sus cinco ventanas se abrían sobre las aguas sombrías, que se extendían más allá del límite de la mirada.
Dos meses después se había levantado una segunda vivienda en las cercanías del cottage de Simon Ford. Fue la de James Starr. El ingeniero se había entregado en cuerpo y alma a la Nueva Aberfoyle. Él también había querido habitarla, y hacía falta que sus asuntos le obligasen imperiosamente a ello para que consintiera en subir al exterior. Allí, en efecto, vivía en medio de su mundo de mineros.
Desde el descubrimiento de los nuevos yacimientos, todos los obreros de la antigua hullera se habían apresurado a abandonar el arado y la grada para retomar el pico o la piqueta. Atraídos por la certeza de que el trabajo nunca les faltaría, seducidos por los altos salarios que la prosperidad de la explotación iba a permitir destinar a la mano de obra, habían abandonado la superficie por las profundidades, y se habían instalado en la hullera, que, por su disposición natural, se prestaba a este asentamiento.
Aquellas casas de mineros, construidas de ladrillo, se habían dispuesto poco a poco de manera pintoresca, unas a orillas del lago Malcolm, otras bajo aquellos arcos que parecían hechos para resistir el empuje de las bóvedas como los contrafuertes de una catedral. Picadores que arrancan la roca, vagoneros que transportan el carbón, encargados de obra, entibadores que apuntalan las galerías, camineros a quienes se confía la reparación de las vías, rellenadores que sustituyen la piedra por la hulla en las partes ya explotadas, todos estos obreros, en fin, empleados más particularmente en los trabajos de fondo, fijaron su domicilio en la Nueva Aberfoyle y fundaron poco a poco Coal-city, situada bajo la punta oriental del lago Katrine, al norte del condado de Stirling.
Era, pues, una especie de pueblo flamenco el que se había alzado a orillas del lago Malcolm. Una capilla, erigida bajo la advocación de San Gil, dominaba todo aquel conjunto desde lo alto de una enorme roca, cuyo pie se bañaba en las aguas de aquel mar subterráneo.
Cuando aquel burgo subterráneo se iluminaba con los vivos rayos que proyectaban los discos, suspendidos de los pilares de la cúpula o de los arcos de las contranaves, presentaba un aspecto un tanto fantástico, de efecto extraño, que justificaba la recomendación de las guías Murray o Joanne. Por eso afluían los visitantes.
Que los habitantes de Coal-city se mostraran orgullosos de su instalación, ni que decir tiene. Por eso abandonaban solo raramente la ciudad obrera, imitando en esto a Simon Ford, que por su parte no quería salir de ella jamás. El viejo capataz sostenía que allá arriba siempre estaba lloviendo, y, dado el clima del Reino Unido, hay que reconocer que no le faltaba del todo razón. Las familias de la Nueva Aberfoyle prosperaban, pues. Desde hacía tres años habían alcanzado un cierto desahogo que nunca habrían logrado en la superficie del condado. No pocos niños, nacidos en la época en que se reanudaron los trabajos, no habían respirado todavía el aire exterior.
Lo cual hacía decir a Jack Ryan:
– ¡Hace dieciocho meses que dejaron de mamar de sus madres, y sin embargo, todavía no han visto la luz del día! Cabe señalar, a este respecto, que uno de los primeros en acudir a la llamada del ingeniero fue Jack Ryan. Aquel alegre compañero se impuso el deber de retomar su antiguo oficio. La granja de Melrose había perdido así a su cantor y a su gaitero habitual. Pero esto no quiere decir que Jack Ryan hubiera dejado de cantar. Al contrario, y los sonoros ecos de la Nueva Aberfoyle desgastaban sus pulmones de piedra respondiéndole.
Jack Ryan se había instalado en el nuevo cottage de Simon Ford. Le habían ofrecido una habitación, que él había aceptado sin cumplidos, como el hombre sencillo y franco que era. La vieja Madge le quería por su buen carácter y su buen humor. Ella compartía en cierta medida sus ideas acerca de los seres fantásticos que debían de rondar la hullera, y ambos, cuando estaban solos, se contaban historias capaces de hacer estremecer, historias bien dignas de enriquecer la mitología hiperbórea.
Jack Ryan se convirtió así en la alegría del cottage. Era, por lo demás, un buen muchacho, un obrero sólido. Seis meses después de la reanudación de los trabajos, era ya jefe de una brigada de los trabajos de fondo.
– Bien trabajado, señor Ford —decía este, algunos días después de su instalación—. Ha encontrado usted un nuevo filón, y si a punto ha estado de pagar con su vida ese descubrimiento, bueno, ¡no ha sido demasiado caro!
– No, Jack; ha sido incluso una ganga la que hemos hecho ahí —respondió el viejo capataz—. Pero ni el señor Starr ni yo olvidaremos jamás que es a ti a quien debemos la vida.
– Pues no —replicó Jack Ryan—. Es a su hijo Harry, ya que tuvo la buena idea de aceptar mi invitación para la fiesta de Irvine...
– ¿Y no ir a ella, verdad? —replicó Harry, estrechando la mano de su compañero—. No, Jack, es a ti, apenas repuesto de tus heridas, a ti, que no perdiste ni un día ni una hora, a quien debemos el que nos encontraran vivos en la hullera.
– ¡Pues no! —repuso el testarudo muchacho—. ¡No dejaré que se digan cosas que no son ciertas! Pude darme prisa por saber qué había sido de ti, Harry, y eso es todo. Pero, para dar a cada cual lo que le corresponde, añadiré que, de no ser por ese inasible duende...
– ¡Ah, ya estamos! —exclamó Simon Ford—. ¡Un duende!
– Un duende, un Brawnie, un hijo de hada —repitió Jack Ryan—, un nieto de las Damas de fuego, un Urisk, ¡lo que ustedes quieran, en fin! No es menos cierto que, sin él, jamás habríamos penetrado en la galería de la que ya no podían salir.
– Sin duda, Jack —respondió Harry—. Falta saber si ese ser es tan sobrenatural como tú quieres creer.
– ¡Sobrenatural! —exclamó Jack Ryan—. Pues es tan sobrenatural como un fuego fatuo al que se viera correr farol en mano, al que se quisiera atrapar, que se os escapara como un silfo, que se desvaneciera como una sombra. Quédate tranquilo, Harry, que tarde o temprano volveremos a verlo.
– Pues bien, Jack —dijo Simon Ford—, fuego fatuo o no, trataremos de encontrarlo, y tendrás que ayudarnos en ello.
– Se va a meter usted en un mal negocio, señor Ford —respondió Jack Ryan.
– ¡Bueno! Ya veremos, Jack.
Fácilmente se imagina uno hasta qué punto aquel dominio de la Nueva Aberfoyle se volvió pronto familiar para los miembros de la familia Ford, y más particularmente para Harry. Este llegó a conocer sus más secretos recovecos. Llegó incluso a poder decir a qué punto de la superficie del suelo correspondía tal o cual punto de la hullera. Sabía que sobre aquella capa se extendía el golfo del Clyde, que allí se hallaba el lago Lomond o el lago Katrine. Aquellos pilares sostenían un contrafuerte de los montes Grampianos. Aquella bóveda servía de cimiento a Dumbarton. Sobre aquel amplio estanque pasaba el ferrocarril de Balloch. Allí terminaba el litoral escocés. Allí comenzaba el mar, cuyo fragor se oía claramente durante las grandes tormentas del equinoccio. Harry habría sido un magnífico «guía» de aquellas catacumbas naturales, y lo que hacen los guías de los Alpes sobre las cumbres nevadas, a plena luz, él lo habría hecho en la hullera, en plena sombra, con una incomparable seguridad de instinto.
¡Y cuánto la amaba, a aquella Nueva Aberfoyle! ¡Cuántas veces, con la lámpara en el sombrero, se aventuraba hasta sus más extremas profundidades! Exploraba sus estanques en una canoa que manejaba con destreza. Cazaba incluso, pues numerosas aves silvestres se habían introducido en la cripta —ánades rabudos, agachadizas, negrones—, que se alimentaban de los peces que pululaban en aquellas aguas negras. Parecía que los ojos de Harry estuviesen hechos para los espacios sombríos, como los ojos de un marino para los horizontes lejanos.
Pero, al recorrerla así, Harry se sentía como irresistiblemente arrastrado por la esperanza de reencontrar al ser misterioso cuya intervención, a decir verdad, le había salvado a él más que a nadie, y a los suyos con él. ¿Lo conseguiría? Sí, sin duda, si daba crédito a sus presentimientos. No, si había que concluir por el escaso éxito que sus pesquisas habían obtenido hasta entonces.
En cuanto a los ataques dirigidos contra la familia del viejo capataz antes del descubrimiento de la Nueva Aberfoyle, no se habían repetido.
Así iban las cosas en aquel extraño dominio.
No habría que imaginar que, incluso en la época en que apenas se esbozaban los rasgos de Coal-city, toda distracción estuviese ausente de la ciudad subterránea, ni que la existencia allí fuese monótona.
No era así en absoluto. Aquella población, con los mismos intereses, los mismos gustos, casi el mismo grado de desahogo, constituía, a decir verdad, una gran familia. Se conocían todos, se codeaban, y apenas se dejaba sentir la necesidad de ir a buscar placeres fuera.
Además, cada domingo, paseos por la hullera, excursiones por los lagos y los estanques, eran otras tantas gratas distracciones.
A menudo, también, se oían resonar los sones de la gaita a orillas del lago Malcolm. Los escoceses acudían presurosos a la llamada de su instrumento nacional. Se bailaba, y aquel día, Jack Ryan, ataviado con su traje de Highlander, era el rey de la fiesta.
En fin, de todo esto resultaba, según decía Simon Ford, que Coal-city podía ya erigirse en rival de la capital de Escocia, de aquella ciudad sometida a los fríos del invierno, a los calores del verano, a las inclemencias de un clima detestable, y que, en una atmósfera ensuciada por el humo de sus fábricas, justificaba con sobrada razón su sobrenombre de «la Vieja Humeante».