Familia sin nombre · Parte 4

I

EL FUERTE DE FRONTENAC

Juan estaba como loco cuando salió de Casa Cerrada. Su secreto, tan bruscamente descubierto; las funestas palabras de Rip, oídas por Clary, que sabía ya que era en la casa de la mujer y del hijo de Simón Morgaz en donde su padre y ella habían encontrado un refugio (y si el señor de Vaudreuil nada había oído de lo quo dijo el agente, no tardaría en saberlo también), todo esto se confundía en su imaginación y le desesperaba.

Permanecer un instante más en aquella casa, le hubiera sido de todo punto imposible; así es que, sin preocuparse siquiera de lo que sucedería al señor y a la señorita de Vaudreuil; sin preguntarse si el nombre infamante de su padre les protegería contra toda persecución ulterior; sin saber si Bridget querría o no vivir en adelante en aquel pueblo, en donde conocerían pronto su origen, y del que la echarían sin duda alguna, se lanzó a través de los bosques, corrió toda la noche, no hallándose nunca bastante lejos, a su parecer, de aquellos para quienes no podía ser ya sino objeto de desprecio y de horror.

Y, sin embargo; su obra no estaba acabada todavía; su deber era combatir, hacerse matar antes de que su nombre se hiciera público; y entonces tal vez, después de sacrificar su vida por el país, tendría derecho, si no a la estimación de los hombres, a su compasión por lo menos.

La palma se apoderó por fin de aquel corazón, tan profundamente herido, y, con la sangre fría recuperó su enérgico carácter, que ninguna debilidad amenguaría en lo sucesivo.

El joven patriota se dirigía apresuradamente hacia la frontera, con el fin de reunirse cuanto antes a sus parciales, para empezar de nuevo su campaña, insurreccional.

A las seis de la mañana, Juan se encontraba a cuatro leguas de San Carlos, cerca de la orilla derecha del San Lorenzo y en los límites del condado de Montreal. Importábale abandonar cuanto antes aquella comarca, que se hallaba invadida por numerosos destacamentos de caballería, e infestada de agentes de policía. Llegar directamente a los Estados Unidos le parecía impracticable, pues para ello tenía que atravesar, en línea oblicua, el condado de Laprairie, no me-nos vigilado que el de Montreal. Lo mejor, ciertamente, era remontar el curso del San Lorenzo hasta llegar al lago Ontario, y, atravesando los territorios del Este, bajar hasta los primeros pueblos de la frontera.

Juan resolvió seguir este itinerario y proceder con mucha prudencia, porque las dificultades eran grandísimas. Llegar, a pesar de todo, con más o menos retraso, tal fue su programa, que modificaría según las circunstancias.

En efecto; en los condados ribereños del San Lorenzo, los voluntarios vigilaban sin descanso; la policía hacía incesantes pesquisas, buscando a los principales jefes de los insurrectos, y entre ellos a Juan Sin Nombre, pudiendo el pobre proscrito ver en los carteles pegados en las paredes de las casas la suma que el Gobierno ofrecía por su cabeza.

Sucedió, pues; que el fugitivo tuvo que concretarse a no viajar más que de noche, ocultándose durante el día en chozas abandonadas, o en medio de los más espesos matorrales, costándole mucho trabajo el procurarse algún alimento..

Y con seguridad que Juan se hubiera muerto de necesidad, a no ser por la caritativa compasión de los aldeanos, que allí, como en todas partes, socorren al desgraciado sin preguntar quién es, adonde va ni de dónde viene.

La necesidad de caminar ocultándose le ocasionó inevitables retrasos; pero se proponía recuperar el tiempo perdido; más allá del condado de Laprairie, cuando atravesara la provincia del Ontario.

Durante los días 4, 5, 6, 7 y 8 de Diciembre (mejor sería decir las noches) Juan no anduvo más que unas veinte leguas, y, por lo tanto, apenas se había desviado de la ribera del San Lorenzo, hallándose a la sazón en la parte central del condado de Beauharnais. Pero lo más difícil estaba hecho, porque las parroquias del Oeste y del Sur debían estar menos vigiladas, por hallarse bastante distantes de Montreal. Y, sin embargo, Juan no tardó en conocer que, en cuanto a él, los peligros eran muy grandes, pues sus huellas habían sido descubiertas en el límite del condado de Beauharnais por unos cuantos agentes de policía. Varias veces su sangre fría hizo que le perdiesen la pista; mas en la noche del 8 al 9 de Diciembre se vio cercado por una docena de hombres; que tenían orden de apoderarse de él, vivo o muerto. El joven patriota, después de defenderse con terrible energía y de herir gravemente a varios agentes, cayó preso al fin.

Y no fue Rip, fue el jefe de policía Comeau el que se apoderó de Juan Sin Nombre. Esta valiosa, y ruidosa captura se escapó de las manos del director de la casa Rip y Compañía, y, con ella seis mil piastras que no figurarían en los libros de entrada de su repugnante casa. La noticia del arresto de Juan Sin Nombre se esparció como el rayo por toda la provincia, pues las autoridades tenían gran interés en divulgarla; así es que al siguiente día no se hablaba de otra cosa en todo el condado de Laprairie, y el día 10 de Diciembre llegó a saberse también en el pueblo de Walhatta. En el litoral norte del Ontario, y a algunas, leguas de Kingston, se halla el fuerte de Frontenac, que domina la orilla izquierda del San Lorenzo, río que recibe las aguas del lago, y separa, en aquel sitio, el Canadá de los Estados Unidos.

El comandante del mencionado castillo era a la sazón el mayor Sinclair, que tenía a sus órdenes, cuatro oficiales y un centenar de hombres del regimiento núm. 20. Esta fortaleza completaba, por su posición, el sistema de defensa de los fuertes Oswego, Ontario y Levis, que habían sido construidos para asegurar la protección de aquel lejano territorio, expuesto en otros tiempos a las depredaciones de los indios.

A Frontenac fue adonde llevaron a Juan Sin Nombre, porque el Gobernador general, informado de aquella importante captura, no quiso que condujeran al joven patriota a Montreal, ni a ninguna otra ciudad de importancia en que su presencia pudiera provocar una sublevación popular. Este temor hizo que lord Gosford mandara desde Quebec la or-den de llevar al prisionero al fuerte indicado, de encerrarle y de juzgarle allí mismo, lo que equivalía a una sentencia de muerte.

Con procedimientos tan sumariales, Juan hubiera debido ser ejecutado en las primeras veinticuatro horas; y, sin embargo, sufrió algún retraso su presentación ante el consejo de guerra, que fue presidido por el mayor Sinclair.

He aquí por que:

Nadie dudaba que el prisionero fuese el legendario Juan Sin Nombre, el ardiente patriota que había sido el alma de las insurrecciones de 1832, 1835 y 1837; pero el Gobierno tenía empeño en saber que clase de hombre se ocultaba bajo tal seudónimo o nombre de guerra, pues eso le hubiera permitido escudriñar en el pasado, obtener algunas revelaciones, y sorprender tal vez algunas secretas maniobras, o apoderarse de cómplices ignorados que formaban en las filas de los que combatían por la independencia.

Importaba, por consiguiente, establecer, si no la identidad, por lo menos el origen de aquel ser, cuyo verdadero nombre nadie conocía, y que debía tener gran interés en ocultar. El consejo de guerra dio una tregua antes de proceder al juicio, y Juan fue interrogado varias veces respecto a su familia; pero ni siquiera se dignó responder a las preguntas que se le hicieron. Preciso fue renunciar a ello, y el 10 de Diciembre el proscrito se presentó ante sus jueces.

Aquel proceso no daba lugar a discusiones, pues Juan confesaba haber tomado parte en las primeras como en las últimas rebeliones; reclamó los derechos del Canadá, hollados, por Inglaterra, y lo hizo con brío y fiereza en presencia de los opresores. Habló como si sus palabras hubiesen podido ser oídas por el país entero.

Y cuando el mayor Sinclair le preguntó por última vez respecto a su verdadero nombre y a su familia, respondió:

Soy Juan Sin Nombre, de origen franco-canadiense, y esto debe bastaros. ¡Poco importa el apellido del hombre que dentro de poco caerá bajo el plomo de vuestros soldados! ¿Necesitáis acaso un nombre para un cadáver?

Juan fue sentenciado a muerte, y el mayor Sinclair dio orden de que le llevasen otra vez al calabozo; pero para conformarse con lo prescrito por el Gobernador general, mandó a éste un correo a Quebec, a fin de informarle de que el estado civil del prisionero permanecía oculto, y para preguntarle si en tales condiciones debía ejecutar la sentencia o sobreseerla.

Lord Gosford apresuraba los procedimientos de la instrucción de las causas referentes a las sublevaciones de San Dionisio y de San Carlos. Cuarenta y cinco patriotas de los más notables estaban detenidos en la cárcel de Montreal, y once en la de Quebec. El tribunal iba a funcionar con tres jueces, un procurador general y un fiscal que representaba la Corona; y al mismo tiempo que este tribunal, iba a funcionar también un consejo de guerra, presidido por un Mayor general, y compuesto de quince oficiales ingleses, escogidos de entre los principales que habían ayudado a sofocar la insurrección

Y mientras esperaban un juicio que infligiría a los patriotas las más terribles penas, los prisioneros estaban sometidos a un régimen cuya crueldad ninguna pasión política podía disculpar. En las tres cárceles que tenía Montreal, una la de Jacques Cartier, y otra, la nueva, construida al pie del Courant, estaban amontonados centenares de seres, sufriendo frío, tan rudo en del Canadá, y bastándoles apenas la mísera ración de pan, único alimento que se les daba para que no se muriesen de hambre. Pedían a voz en grito que se les juzgase, prefiriendo una condena, por despiadada que fuese, a las inicuas torturas que experimentaban en la prisión. Pero antes, que compareciesen en el Tribunal, lord Gosford quería que la policía acabase sus pesquisas, para ver si todos los patriotas caían en sus manos.

En estas circunstancias llegó a Quebec la noticia de la captura de Juan Sin Nombre, encarcelado en el fuerte de Frontenac. La opinión universal fue que la causa de la independencia estaba herida de muerte.

Eran las nueve de la noche cuando el abate Joann y Lionel llegaron, el 12 de Diciembre, a la vista del fuerte. Como lo había hecho Juan, siguieron por la orilla derecha del San Lorenzo, que atravesaron después, con gran riesgo de ser detenidos a cada paso; pues si bien Lionel no tenía que temer respecto a su conducta en Chipogán, en cambio los agentes de Gilberto Argall tenían orden de prender al joven sacerdote en donde quiera que le viesen; así es que tuvieron que tomar algunas precauciones, que retrasaron su marcha.

Además, el tiempo era malísimo; veinticuatro horas ha-cía que se había desencadenado una de aquellas tempestades de nieve a las que los meteorologistas han dado el nombre de blizzard. Estas tormentas producen a veces una baja de treinta grados en la temperatura, es decir, una intensidad tal de frío, que hace numerosas víctimas; habiéndose dado el caso en algunos puntos del Canadá, especialmente en el valle de San Juan, de descender el termómetro hasta 40 o 45 grados bajo cero.

¿Qué esperaba el abate Joann de su viaje a Frontenac? ¿Qué plan había formado? ¿Existía algún medio de comunicación con el prisionero? Y en caso afirmativo, después de una entrevista, ¿sería posible favorecer su huída? Lo que más importaba era tener permiso para penetrar en su celda.

Lionel, lo mismo que Joann, estaba pronto a sacrificar su vida por salvar la del joven patriota; pero ¿de qué medio se servirían para conseguir su objeto? Habían llegado ya a media milla de Frontenac, y se hallaban escondidos en un bosquecillo, cuyo límite estaba bañado por las aguas del lago. Allí, debajo de los árboles, despojados de sus hojas por el cierzo helado, cuyos torbellinos corrían tumultuosamente por la superficie del Ontario, el abate Joann dijo al joven pasante:

-Lionel, quedaos aquí oculto, esperando mi vuelta. Es menester que los centinelas de guardia en la poterna no se enteren de vuestra presencia en este sitio; voy a procurar introducirme en el fuerte para avistarme con mi hermano. Si lo consigo, discutiremos juntos las eventualidades de una evasión; y si esto fuera imposible, procuraremos ponernos de acuerdo respecto a las probabilidades de una embestida que los patriotas pudieran dar en el caso de que la guarnición de Frontenac fuese poco numerosa.

Para un ataque de ese género hubieran sido necesarios preparativos bastante largos, y Joann ignoraba que la sentencia de su hermano había recaído hacía dos días, y que la orden de cumplirla podía llegar de un momento a otro. El joven sacerdote consideraba esta intentona contra el fuerte Frontenac como un recurso extremo; lo que quería, más que nada, era procurar a Juan los medios de evadirse a la mayor brevedad.

-Señor abate, dijo Lionel: ¿tenéis alguna esperanza de ver a vuestro hermano?

-No podrán rehusar la entrada en el fuerte a un ministro del Señor que va a ofrecer los consuelos de la religión a un prisionero amenazado de pena capital.

-¡Rehusar sería indigno!... ¡Sería odioso!... respondió Lionel. ¡No, no rehusarán!... Id, pues, señor abate... Esperaré con paciencia vuestra vuelta.

Joann apretó la mano del joven, y desapareció por el lindero del bosque.

En menos de un cuarto de hora llegó la poterna del fuerte Frontenac.

Éste, construido en la orilla del Ontario, se componía de un cuerpo central, rodeado por altas empalizadas; al pie del recinto, hacia el lago, se extendía una estrecha playa, que desaparecía a la sazón debajo de la capa de nieve que se confundía con la superficie del agua, helada en las orillas. Del otro lado se veía una aldea, habitada en su mayor parte por pescadores.

¿Sería posible que Juan pudiera evadirse y huir después a través del campo? ¿Podría salir de su encierro, saltar las empalizadas y burlar la vigilancia de los centinelas? De esto tratarían ambos hermanos si no prohibían a Joann la entrada en el fuerte; y una vez en libertad se dirigirían, acompañados por Lionel, no hacia la frontera de los Estados Unidos, pero, sí al Niágara y a la isla Navy; en donde se habían reunido los patriotas para intentar un supremo esfuerzo en pro de su país.

El sacerdote, después de atravesar la playa en línea oblicua, llegó delante de la poterna, al lado de la que un soldado estaba de centinela, y preguntó por el comandante.

Un sargento salió del cuerpo de guardia, establecido en el interior del recinto de empalizadas, acompañado por un individuo de su compañía; que llevaba una linterna en la mano, pues la oscuridad era muy profunda ya:

-¡Qué se os ofrece? preguntó el sargento.

-Hablar con el comandante.

-¿Quién sois?

-Un sacerdote que viene a ofrecer sus consuelos a Juan Sin Nombre.

-¡Podéis decir al condenado!...

-¿Ha recaído sentencia ya?...

-Anteayer, y ha sido sentenciado a la pena de muerte.

Joann fue bastante dueño de sí mismo para no demostrar emoción alguna y limitándose a responder:

-Este es un motivo más para que no rehúsen al reo los consuelos de la religión.

-Voy a ponerlo en conocimiento del mayor Sinclair, comandante del fuerte, repicó el sargento.

Y se dirigió al edificio central, después de introducir al abate en el cuerpo de guardia.

Éste se sentó en el rincón más oscuro, reflexionando sobre lo que acababa de saber. Estando pronunciada la sentencia ¿ no le faltaría tiempo para la realización de su proyecto? Y sin embargo, si no se había ejecutado en las veinticuatro horas que habían pasado ¿no sería porque el mayor Sinclair hubiese recibido orden de suspenderla? Joann lo creyó así. Pero ¿cuánto tiempo duraría la tregua? ¿bastaría ésta para preparar la evasión del prisionero? El mayor Sinclair, ¿le permitiría la entrada en la prisión? ¿Qué sucedería si no le otorgaba el permiso sino cuando Juan Sin Nombre marchase al suplicio?

Ya comprenderán nuestros lectores las angustias que torturaban al abate Joann ante esa condena, que apenas le dejaba tiempo para obrar.

El sargento volvió, y dijo al sacerdote:

-El mayor Sinclair os espera.

Precedido por el soldado, que alumbraba con el farol, Joann atravesó el patio interior, en medio del que se alzaba el cuerpo central del edificio, procurando, en cuanto se lo permitía la oscuridad, fijarse en la extensión de aquel patio y en la distancia que le separaba de la poterna, única salida del fuerte, como no fuera escalando las empalizadas. Si Juan no conocía la disposición del fuerte, su hermano quería poder describírsela.

La puerta del castillo estaba abierta; el sargento entró primero, el sacerdote después, y un centinela cerró detrás de ellos.

Subieron por una estrecha escalera que se desarrollaba hasta el primer piso en el espesor de la muralla. Cuando llegaron al descansillo, el sargento abrió la puerta que se hallaba enfrente de ellos y el sacerdote entró en el despacho del comandante.

El mayor Sinclair era hombre de unos cincuenta años, de carácter y modales rudos, muy inglés por su tiesura y muy sajón por la poca sensibilidad que le inspiraban las miserias humanas; por lo tanto, era muy posible que rehusara al sentenciado la asistencia de un sacerdote, ya por esto o ya porqué hubiera recibido órdenes al efecto que no podía infringir. Acogió con poca o ninguna cortesía a Joann; pues ni siquiera se levantó de la butaca en quo estaba sentado, ni soltó la pipa, cuyo humo llenaba la habitación, medianamente alumbrada por una pequeña lámpara.

-¿Sois sacerdote? preguntó a Joann, que estaba de pie delante de él.

-Sí, señor.

-¿Venís para auxiliar al reo?

-Si es que me lo permitís...

-¿De dónde llegáis?

-Del condado de Laprairie.

-¿Allí supisteis su captura?

-Si, señor.

-¿Y también su condena?

-Me lo han dicho aquí a mi llegada, y he pensado que el mayor Sinclair me otorgaría el permiso para ver al preso.

-¡Sea! Os haré avisar cuando sea tiempo, respondió el comandante.

-Nunca es demasiado pronto, repuso Joann, cuando un hombre está condenado a muerte...

-Ya os be dicho que mandaré que os avisen. Esperad en la aldea próxima, en donde un soldado os llevará mis órdenes.

-Permitidme que insista, señor Mayor, repuso el sacerdote. Es muy posible que estuviera yo ausente cuando el reo necesite mis auxilios. Dignaos, pues, permitir que le vea en seguida...

-Os repito que os mandaré aviso, replicó el comandante. Está prohibido que nadie, absolutamente nadie, comunique con el prisionero antes de la hora en que deba cumplirse la sentencia. Espero esa orden de Quebec, y cuando llegue, el reo tendrá todavía dos horas para prepararse a morir; esas dos horas bastarán ¡qué diablo! y las emplearéis como mejor os convenga para la salvación de su alma. El sargento os llevará hasta la poterna.

Ante esta negativa tan rotunda, Joann no tenía otra cosa que hacer más que retirarse; pero no podía resolverse a ello. No ver a su hermano, no poder concertarse con él, era hacer impracticable toda tentativa de evasión. Así es que iba a descender a suplicar para obtener del comandante que revocara su decisión, cuando la puerta del despacho se abrió, presentándose el sargento en el umbral.

-Sargento, le dijo el mayor Sinclair, acompañad a este sacerdote hasta la salida del fuerte, y no podrá volver hasta que yo le mande buscar.

-Se ejecutará la consigna, señor comandante, respondió el militar; pero si he venido a interrumpiros ha sido para avisaros de que un correo acaba de llegar.

-¿Viene de Québec?

-Sí, mi comandante, y trae este pliego.

-Dádmelo pronto, dijo Sinclair.

Y arrancó, más bien que tomó, el sobre que le presentaba el sargento.

Joann se puso tan pálido y se sintió tan desfallecido, que su palidez y su desfallecimiento hubieran parecido sospechosos al Mayor si en aquel momento hubiera fijado la vista en el sacerdote. . .

Pero la atención toda del comandante estaba fija en aquella carta sellada con las armas de Gosford, y cuyo sello acababa, de romper bruscamente.

La leyó, y después, volviéndose hacia el sargento, dijo:

-Conducid a este sacerdote a la prisión de Juan Sin Nombre, dejadle solo con el reo, y cuando pida salir, le llevaréis hasta la poterna.

Aquella carta era la orden de ejecución que el Gobernador general acababa de enviar a Frontenac. Juan Sin Nombre no tenía ya más que dos horas de vida.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

0 parole · tariffa: 0 kreuzer (i punti diventano STOP)