Los hermanos Kip

IV

EN WELLINGTON

La ciudad de Wellington está situada en el extremo sudoeste de la isla del Norte, en el fondo de una bahía dispuesta en forma de herradura, que, muy abrigada de los vientos, ofrece excelentes fondeaderos. El bergantín había sido favorecido por el tiempo durante aquellos dos días; pero no siempre sucede lo mismo. Por regla general, la navegación ofrece no pocas dificultades en el estrecho de Cook, surcado de corrientes cuya velocidad alcanza a veces hasta diez nudos, aunque los mares del Pacífico no son muy agitados. El marino Tasman, a quien se debe el primer descubrimiento de Nueva Zelanda —en diciembre de 1642—, corrió grandes peligros; riesgos de quedar varado cien veces, riesgos de ataques por parte de los indígenas. De aquí el nombre de «Bahía de la Muerte», que figura en la nomenclatura geográfica del estrecho. El navegante holandés perdió allí a cuatro de sus hombres, que devoraron los caníbales del litoral, y, cien años después el inglés James Cook dejó en manos de aquéllos a la tripulación de una de sus canoas, mandada por el capitán Furneaux. Por último, a los dos años de esto, el marino francés Marion du Frêne y 16 de los suyos encontraron la muerte en una agresión del más espantoso salvajismo.

En el mes de marzo de 1840, Dumont d'Urville, con dos barcos, Astrolabe y Zélée, dio en la bahía Otago de la isla del sur, visitó las islas Snares y la Stewart, en el extremo meridional de Tawaï-Pounamou. Después hizo alto en el puerto de Akaroa, sin que tuviera que lamentarse de sus relaciones con los naturales del país. El recuerdo del paso de este ilustre marino está marcado por la isla que lleva su nombre. Habitada únicamente por pájaros-bobos y albatros, está separada de tierra por el French-pass, donde la mar es tan furiosa que no hay barco que voluntariamente se aventure por aquel paraje.

En la actualidad, por lo que respecta a los maoríes, existe completa seguridad en Nueva Zelanda, bajo pabellón inglés cuando menos. Los peligros procedentes de los hombres han sido conjurados. Sólo subsisten los del mar, y aun éstos han disminuido considerablemente, gracias a los trabajos hidrográficos y al establecimiento del gigantesco faro que se levanta sobre una roca aislada, ante la bahía Nicholson, en el fondo de la cual aparece Wellington.

En enero de 1849 fue cuando la New Zealand Land Company envió el Aurora, con los primeros colonos de aquellas lejanas tierras. La población de las dos islas no baja, hoy, de 800.000 habitantes, y Wellington, capital de la colonia, cuenta con unos 30.000.

La ciudad está muy bien situada, regularmente construida, con calles largas y bien cuidadas. La mayor parte de las casas son de madera, por temor a los temblores de tierra, frecuentes en la provincia meridional, hasta los edificios públicos, entre ellos el palacio del gobierno, en medio de un bonito parque, y la catedral, que no por tener carácter religioso está libre de los cataclismos terrestres. Esta población, menos importante, menos industrial, menos comercial que dos o tres de sus rivales de Nueva Zelanda, las igualará indudablemente en día no lejano bajo el impulso del genio colonizador de Gran Bretaña. En todo caso, con su Universidad, su Cámara legislativa, compuesta de 54 miembros, de ellos cuatro maoríes nombrados por el gobernador, su Cámara de representantes elegidos por sufragio popular, sus colegios, sus escuelas, su museo, su laboratorio, sus laboriosas fábricas para carne fiambre, su cárcel modelo, sus plazas, sus jardines públicos, en los que la electricidad va a sustituir al gas, Wellington goza de un confort excepcional que podrían envidiar muchas ciudades del antiguo y del nuevo mundo.

Si el James Cook no había atracado al muelle, era con el fin de dificultar la deserción de los marineros. La fiebre del oro era tan intensa en Wellington como en Dunedin y en los otros puertos neozelandeses. Una porción de barcos encontrábanse imposibilitados de hacerse a la mar por falta de tripulación.

Gibson tenía que tornar precauciones para conservar a sus marineros, incluso los reclutados en la taberna de Las Tres Urracas, que con mucho gusto hubiera sustituido. Por otra parte, su escala en Wellington iba a ser muy corta, veinticuatro horas, a lo sumo.

Las primeras personas que recibieron su visita fueron Hawkins y Nat Gibson. El capitán saltó a tierra inmediatamente después de fondear, y daban las siete cuando se presentó en el despacho del armador, situado al final de una de las calles que desembocan en el puerto.

– ¡Padre!…

– ¡Amigo mío!

Con estas dos exclamaciones fue recibido a su entrada en el despacho. Se había adelantado a su hijo y al armador, que se disponían a bajar al muelle, como hacían todas las mañanas, para ver si el vigía del semáforo anunciaba por fin la llegada del James Cook.

El joven se arrojó el primero en los brazos de su padre; luego el armador estrechó al capitán entre los suyos.

Hawkins, que tendría a la sazón unos cincuenta años, era hombre de poca estatura, cabellos grises, sin barba, ojos claros y dulces, buena salud, buena constitución, muy vivaracho, muy activo, muy inteligente en asuntos comerciales, muy atrevido para los negocios. Su situación en Hobart Town era muy desahogada, y hubiera podido retirarse con una bonita fortuna. Pero no le hubiese convenido permanecer ocioso después de una existencia tan laboriosa. Así es que, lejos de retirarse de los negocios, con el objeto de dar mayor impulso a su comercio, acababa de fundar en Wellington un comptoir, asociado con Balfour. Nat Gibson vendría a ser el principal empleado, con participación en los beneficios, en cuanto el James Cook terminara su campaña.

El hijo del capitán Gibson, de viva inteligencia, de espíritu reflexivo, sentía por su padre un profundo afecto y quería mucho a Hawkins. Verdad es que éste y el capitán estaban tan íntimamente unidos, que Nat Gibson podía confundirles en el mismo cariño. Vehemente, entusiasta, amante de lo bello, era artista, a pesar de sus innegables condiciones para los asuntos comerciales. De buena estatura, ojos negros, cabello y barba castaños, de gallarda apostura y simpática fisonomía, agradaba desde el primer momento, y cuantos le trataban eran sus amigos. Por otra parte, de temperamento más decidido que su padre, no había duda de que, con la edad, había de ser resuelto y enérgico.

En sus ratos de ocio Nat Gibson se dedicaba con placer a la fotografía, ese arte que tanto ha progresado, gracias al empleo de las substancias aceleratrices, por medio de las cuales se ha llegado al último grado de la perfección. Jamás abandonaba el aparato, que le sirvió a maravilla durante el curso de su viaje: lugares pintorescos, retratos de indígenas, clisés de todas clases.

Durante su estancia en Wellington, había tomado numerosas vistas de la ciudad y sus alrededores. El mismo Hawkins se interesaba en ello. Con frecuencia se les veía partir juntos con el equipo de fotógrafo en bandolera, y volvían de sus excursiones con nuevas placas con que enriquecer su colección.

Después de haber presentado el capitán al señor Balfour, el armador entró en su despacho, adonde le siguieron Gibson y su hijo. Se empezó hablando de Hobart Town. Las noticias no faltaban, gracias al servicio regular entre Tasmania y Nueva Zelanda. La víspera había llegado carta de la señora Hawkins, y las de la esposa del capitán esperaban en Wellington desde hacía días la llegada del James Cook.

Gibson leyó su correspondencia. Todos estaban bien. Las señoras gozaban de buena salud. Verdad es que la ausencia les parecía larga, y esperaban que no se prolongaría mucho más. El viaje debía tocar a su término.

– Sí —dijo el armador—, cinco o seis semanas más, y estaremos de regreso en Hobart Town…

– ¡Querida madre! —exclamó Nat Gibson—; ¡qué placer tendrás al volvernos a ver! ¡Tanto como yo al abrazarte!

– ¡Y el que yo he tenido, querido hijo!…

– Amigo mío —dijo el armador—, me parece que la travesía del James Cook será ahora de poca duración…

– Tal creo, Hawkins.

– Aun con poca velocidad, la navegación es bastante corta entre Nueva Zelanda y Nueva Irlanda.

– Y en esta estación sobre todo —contestó el capitán—. La mar está en calma hasta el ecuador, los vientos son regulares, y pienso, como tú, que no sufriremos retraso alguno, si nuestra escala en Port Praslin no se prolonga.

– Seguramente que no, Gibson. He recibido de nuestro corresponsal Zieger una carta muy afirmativa. Asegura que hay en el archipiélago una gran cantidad de nácar y de copra, y el cargamento se efectuará sin dificultades.

– ¿Zieger está dispuesto a hacerse cargo de nuestras mercancías? — preguntó el capitán.

Sí, amigo mío; y, te lo repito, ten la seguridad de que no tendremos ningún retraso por este motivo.

– No olvides, Hawkins, que desde Port Praslin el bergantín se dirigirá a Kerawara…

– Es cuestión de veinticuatro horas, Gibson.

– Y bien, padre —dijo Nat—, ¿podremos fijar aproximadamente la duración total del viaje? ¿Cuántos días para Port Praslin y Kerawara?…

– Tres semanas, aproximadamente.

– ¿Y de Wellington a Port Praslin?

– Otro tanto.

¿Y el regreso a Tasmania?

– Un mes, aproximadamente.

– De suerte que en dos meses y medio es posible que el James Cook regrese a Hobart Town.

– Sí, más bien antes que después.

– Bueno —contestó Nat Gibson—; voy a escribir a mi madre hoy mismo, porque el correo de Australia leva anclas pasado mañana… Le pediré dos meses y medio más de paciencia, de la que la señora Hawkins querrá tomar su parte, ¿verdad?

– Desde luego —contestó el armador.

– Y a principios de año las dos familias estarán reunidas.

– Dos familias que forman una sola —dijo Hawkins. Las manos del armador y las del capitán se entrelazaron afectuosamente.

– Querido Gibson, almorzaremos aquí, con Balfour, ¿no te parece?

– Por supuesto, Hawkins.

– ¿Tienes que hacer algo en la ciudad?

– No; pero necesito volver a bordo.

– ¡Perfectamente, al James Cook! —exclamó Nat—. Me alegraré mucho de volver a ver el bergantín antes de trasladar nuestros equipajes de pasajeros.

– ¡Oh! —contestó Hawkins—; aún estaría algunos días en Wellington.

– Veinticuatro horas, a lo sumo —contestó el capitán—. No tengo averías que reparar, ni cargamento que embarcar ni desembarcar… Para renovar provisiones me basta con unas cuantas horas… A propósito de esto, necesito dar a Balt algunas órdenes.

– ¿Estás satisfecho de tu contramaestre?

– Mucho; es un hombre celoso que conoce muy bien el servicio.

– ¿Y la tripulación?

– De los antiguos marineros nada hay que decir.

– ¿Y de los que has tomado en Dunedin?

– No me inspiran confianza; pero no he podido encontrar otros mejores.

– ¿De modo que el James Cook partirá…?

– Mañana, si no nos sucede aquí lo que pasó en Dunedin. En estos momentos no les conviene a los capitanes mercantes prolongar sus escalas en los puertos de Nueva Zelanda.

– ¿Te refieres a las deserciones que diezman las tripulaciones? —preguntó Hawkins.

– Más que diezmarlas, puesto que de ocho marineros yo he perdido cuatro.

– Tienes razón, Gibson; ten cuidado no te pase en Wellington lo que te sucedió en Dunedin.

– Sí, he tomado la precaución de no permitir que desembarque nadie de a bordo, bajo ningún pretexto…, ni siquiera el cocinero Koa…

– Haces bien, padre —añadió Nat Gibson—; hay en el puerto lo menos media docena de barcos que no pueden hacerse a la mar por falta de marineros.

– No me extraña —contestó Harry Gibson—. Así es que en cuanto reponga provisiones daré las órdenes a Flig Balt para zarpar mañana a primera hora.

Al oír el nombre del contramaestre, Hawkins no pudo reprimir un gesto bastante significativo.

Luego dijo:

– Ya sabes que ese hombre no me produjo buena impresión cuando le contratamos en Hobart Town.

– Sí, lo sé —contestó el capitán—, pero tus desconfianzas no son justificadas. Cumple sus funciones con verdadero celo; los hombres de a bordo le obedecen, y, te lo repito, el servicio no ha dejado hasta ahora nada que desear.

– Tanto mejor, Gibson; prefiero haberme equivocado, y desde el momento que te inspira confianza…

– Además, Hawkins, cuando se trata de maniobrar, ya sabes que no me fío de nadie; pero el resto del servicio lo confío a mi contramaestre. Desde nuestra partida no he tenido que dirigirle el más mínimo reproche, y si quiere volver a embarcar en el bergantín en el próximo viaje…

– Tú lo has de decidir, mi querido amigo. Eso a ti sólo te compete, y nadie mejor para saber lo que conviene hacer.

Como se ve, Flig Balt había conseguido inspirar completa confianza. De tal modo supo representar su papel aquel bandido, en connivencia con Vin Mod. Así es que cuando el armador le preguntó al capitán si estaba seguro de los cuatro marineros que no habían desertado, respondió Gibson:

– Vin Mod, Hobbes, Wickley y Burnes son buenos marineros, y lo que no han hecho en Dunedin, no han de intentarlo aquí.

– Se les tendrá en cuenta al regreso —declaró el armador—. No es por ellos por quienes he prohibido a mis hombres saltar a tierra; ha sido por los cuatro nuevos.

Y el capitán explicó en qué condiciones habían ido a bordo Len Cannon, Sexton, Kyle y Bryce, huyendo de los policemen de Dunedin, después de una refriega en la taberna de Las Tres Urracas.

– ¿Son buenos prácticos? —preguntó el armador.

– Saben su oficio. Pero no puedes imaginarte las dificultades con que he luchado para completar la tripulación. ¡Quince días de forzosa espera, y sin saber hasta cuándo íbamos a permanecer en Dunedin!… ¡He tenido que tomar lo único que se encontró!

– Bueno; si alguno no sirve, se le sustituye en cuanto se pueda.

– Eso pensaba hacer aquí si las circunstancias hubieran sido favorables; pero, en fin, habrá que dejarlo para Hobart Town…

– Tiempo tendremos de pensar en eso —observó Nat Gibson—. El bergantín estará algunos meses en el puerto, ¿no es verdad, Hawkins?, y pasaremos todo ese tiempo en familia hasta el día que yo regrese a Wellington.

– Todo se arreglará, Nat —repuso el armador.

Hawkins, Gibson y su hijo dejaron el comptoir, bajaron hasta el muelle, y en un bote del servicio del puerto se dirigieron a bordo del james Cook.

El contramaestre les recibió muy atento, muy solicito, y el armador, tranquilizado por las buenas referencias del capitán, se mostró con él afectuoso.

– Veo que está usted muy bien, señor Hawkins —le dijo Flig Balt.

– Estoy perfectamente, muchas gracias —contestó el armador.

Los tres marineros, Hobbes, Wickley y Burnes, que navegaban en el bergantín desde hacía algunos años, fueron también saludados.

En cuanto a Jim, recibió dos sonoros besos del señor Hawkins, y el muchacho demostró una gran alegría por volverle a ver.

– Tengo muy buenas noticias de tu madre —le dijo—, y espera que el capitán estará satisfecho de ti.

– Completamente —declaró Gibson.

– Muchas gracias, señor Hawkins —dijo Jim—; me da usted una gran alegría.

– ¿Y yo? —dijo Nat Gibson, llamándole la atención—; ¿no hay nada para mí?…

– ¡Oh, sí, señor Nat! —exclamó Jim, arrojándose al cuello del joven.

– ¡Qué buena cara tienes, muchacho! Si tu madre te viera, ¡qué contenta se pondría la pobre! Ya te fotografiaré para enviarle tu retrato.

– Que esté muy bien parecido, señor Nat.

– Lo estará si no te mueves.

– No me moveré, señor Nat, no me moveré.

Preciso es añadir que el armador, después de haber hablado a Hobbes, Wickley y Burnes de sus familias, que vivían en Hobart Town, dirigió algunas frases a Vin Mod. Éste se mostró muy reconocido a la atención. Le conocía menos que a sus camaradas, pues era el primer viaje que hacía en el James Cook.

En cuanto a los nuevos marineros, Hawkins se limitó a saludarlos con un «buenos días».

Y hay que confesarlo; la impresión que le produjeron no fue mejor que la experimentada por Gibson.

Hubiérase podido, sin inconveniente alguno, dejarlos saltar a tierra. No había cuidado de que desertaran después de las cuarenta y ocho horas de navegación, y seguramente hubiesen vuelto a bordo antes de que el bergantín levase anclas. Vin Mod les había trabajado, y a pesar de la presencia de los dos pasajeros, esperaban que no había de faltarles ocasión para apoderarse del barco. La empresa sería algo más difícil, pero no imposible para gente sin fe y sin conciencia decidida a no retroceder ante ningún crimen.

Después de una hora que pasaron juntos el armador y el capitán examinando las cuentas del viaje, este último anunció que el bergantín se haría a la mar al amanecer del siguiente día. El armador y Nat Gibson volverían por la noche a tomar posesión de sus camarotes, enviando previamente sus equipajes.

Antes de volver al muelle, Gibson preguntó a Flig Balt si necesitaba ir a tierra.

– No, capitán —contestó el contramaestre—. Prefiero quedarme a bordo; es más prudente; conviene no perder de vista a la gente.

– Tiene usted razón, Balt —le dijo el capitán—; pero de todos modos, el cocinero tendrá que hacer provisiones…

– Le enviaré, capitán, y si es necesario irán con él dos marineros.

Estando ya todo convenido, el bote que les había llevado a bordo los dejó en el muelle. De allí fueron al comptoir, donde Balfour los esperaba para almorzar.

Durante la comida se habló de negocios. Hasta entonces, el viaje del James Cook había sido feliz y pródigo en beneficiosos resultados.

El cabotaje en gran escala tendía, de modo bien acentuado, a tomar gran incremento en aquella parte del Pacífico. La toma de posesión de los archipiélagos vecinos por Alemania abría nuevos mercados. Así es que Hawkins no había estrechado sus relaciones con Zieger a humo de pajas. Éste era su corresponsal en Nueva Irlanda, y actualmente se encontraba en Nueva Mecklenburg. Al comptoir que acababa de fundar en Wellington debía muy especialmente mantener dichas relaciones, bajo la dirección de Balfour y de Nat Gibson, que se instalaría definitivamente en él pasados unos cuantos meses.

Cuando acabó el almuerzo, Gibson quiso ocuparse de las provisiones para el bergantín, que el cocinero había de ir a buscar aquella misma tarde: conservas, aves, carne, harina, legumbres secas, quesos, cerveza, ginebra, café y otros diferentes artículos.

– Padre, tú no puedes salir de aquí antes de que yo haya hecho tu retrato

– le dijo Nat.

– ¡Cómo… aún andas con eso! —exclamó el capitán.

– ¡Qué quieres, amigo mío! —añadió Hawkins—; los dos estamos poseídos por el demonio de la fotografía, y no dejamos en paz a la gente hasta después de haber pasado por delante de nuestro objetivo… Así es que no tienes más remedio que someterte de buen grado.

– ¡Pero si tengo ya tres o cuatro de esos retratos en nuestra casa de Hobart Town!

– Pues bien; éste será uno más; y puesto que mañana partimos, el señor Balfour se encargará de remitirlo a mi madre por el próximo correo.

– Desde luego —dijo el aludido.

– Debes considerar, padre, que un retrato es como un pescado: no tiene valor más que cuando está fresco. Piensa en que tienes ahora diez meses más, casi un año, que cuando dejaste Hobart Town; y estoy seguro de que no te pareces por completo a tu última fotografía, la que está sobre la chimenea de tu gabinete…

– Nat tiene razón —dijo el armador riéndose—; apenas si yo te he conocido cuando te has presentado esta mañana.

– ¡Hombre, no tanto! —exclamó el capitán.

– Te lo aseguro; no hay nada que cambie tanto como diez meses de navegación.

– Haz lo que quieras, hijo; aquí me tienes dispuesto al sacrificio.

– ¿Y qué pose vas a adoptar? —preguntó bromeando el armador—. ¿La del marino que parte o la del marino que arriba? ¿Te conviene la pose del capitán, el brazo extendido hacia el horizonte, y en la otra mano el sextante?

– La que tú quieras, Hawkins…

– Luego, cuando estés colocado delante de nuestro aparato, procura pensar en algo… Esto da cierta expresión a la fisonomía… ¿En qué vas a pensar tú?

– Pensaré en mi mujer, en mi hijo… y en ti, amigo mío.

– Entonces vamos a obtener una magnífica prueba.

Nat Gibson poseía uno de esos aparatos portátiles perfeccionados que dan el negativo en pocos segundos. El capitán resultó admirablemente, a juzgar por las manifestaciones de su hijo, que examinó el cliché en la cámara oscura.

El armador, el capitán y su hijo dejaron después el comptoir para procurarse todo lo necesario para una navegación de nueve o diez semanas. No faltan en Wellington los almacenes donde encontrar los diferentes aprovisionamientos marítimos: productos alimenticios, utensilios de a bordo, aparejos, poleas, cordajes, velas de recambio, instrumentos de pesca, barriles de brea y alquitrán, útiles de calafate y de carpintero. Pero las necesidades del bergantín estaban limitadas a la alimentación de los dos pasajeros y de la tripulación. Esto fue pronto adquirido, arreglado y expedido al James Cook, en cuanto llegaron los marineros Wickley, Hobbes y el cocinero.

Al mismo tiempo, Gibson llenó las formalidades obligatorias para todo barco que entra o sale de puerto. Por lo tanto, nada impediría al bergantín zarpar con el alba, más dichoso que otros barcos mercantes que por la deserción de sus hombres estaban de escala forzosa en Wellington.

Durante su correría a través de la ciudad, entre aquella turbamulta de gente atareada, encontraron unos cuantos maoríes de los alrededores. Su importancia numérica ha disminuido en Nueva Zelanda, como la de los aborígenes en Australia, y… sobre todo, la de los tasmanos en Tasmania, puesto que apenas quedan individuos de esta raza. Actualmente, sólo existe una cuarentena de indígenas en la isla del Norte, y apenas dos mil en la del sur. Estos maoríes se dedican principalmente a la orticultura, y, sobre todo, al cultivo de frutos, muy abundantes y de excelente calidad.

Los hombres son de buena presencia; sus rasgos fisonómicos demuestran un carácter enérgico; tienen constitución robusta. Las mujeres parecen seres inferiores. Hay que habituarse a ver a estos individuos del sexo débil pasearse por las calles con la pipa en la boca, fumando más inmoderadamente que el sexo fuerte. En vista de esto, no es de es que resulte un tanto enojoso el cambio de cortesías con las señoras maoríes, puesto que, según las costumbres, no han de limitarse solamente a dar los buenos días y cambiar apretón de manos, sino que hay que frotar nariz contra nariz.

Estos indígenas parece ser que son oriundos de Polinesia, y posible que los primeros emigrantes a Nueva Zelanda procediesen del archipiélago de TongaTabou, que está situado a mil doscientas millas hacia el norte.

Existen dos razones para que esta población disminuya paulatinamente y esté destinada a extinguirse en el futuro. La primera causa de destrucción son las enfermedades, y principalmente la tisis pulmonar, que produce estragos en las familias. La segunda, más terrible aún, es la embriaguez; y conste que las mujeres figuran en primera línea en este espantoso abuso de los licores alcohólicos.

Por otra parte, el régimen alimentario de los maoríes se ha modificado profundamente. Gracias a los misioneros, la influencia del cristianismo ha dejado en ellos profundas huellas. Los indígenas eran antiguamente antropófagos. Y ¿quién se atrevería a decir que esta alimentación ultranitrogenada no convenía más a su temperamento?…

Sea lo que fuere, más vale que desaparezcan, a que se coman los unos a los otros. Un turista muy observador ha dicho que la vida de los caníbales no tiene más que un objeto: la batalla; devorar los ojos y el corazón del enemigo para sentirse inspirados de su valor y para adquirir su sagacidad.

Los maoríes resistieron la invasión británica hasta 1875 en cuya fecha el último rey de King Country se sometió a la autoridad de Gran Bretaña.

A las seis de la tarde Hawkins, el capitán y su hijo regresa ron al comptoir, donde les esperaba la cena, terminada la cual se dirigieron a bordo del bergantín, que estaba ya dispuesto para levar anclas en cuanto apuntaran la primeras luces del alba.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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