Los hermanos Kip

XXIX

REVELACIÓN PROVIDENCIAL

No, aquello no podía ser más que uno de tantos bulos que se inventan no se sabe dónde, que se esparcen sin saber cómo, pero que el buen sentido no tarda en rechazar.

¿Era admisible que los hermanos Karl y Pieter Kip, después de tener la suerte de refugiarse en América, reaparecieran en Tasmania?… ¿Los asesinos del capitán Gibson estaban de vuelta en Hobart Town?… ¿Sería acaso que el barco en el que tomaron pasaje en San Francisco después de la evasión se habría visto precisado a hacer escala en aquel puerto?… ¿Y acaso reconocidos, denunciados, presos, esperarían en la cárcel a que el vapor de la penitenciaría los llevase de nuevo a Puerto Arturo, de donde, seguramente, ya no se escaparían?… Todo era admisible, menos pensar en la voluntaria presentación de los dos criminales.

Lo cierto era que Karl y Pieter Kip estaban presos desde la víspera. Lo que la gente no consiguió saber fue en qué condiciones se había producido la detención.

Sin embargo, por inexplicable que aquello pareciese, hubo un hombre que se lo explicó satisfactoriamente.

Una verdadera revelación se produjo en su espíritu, mejor dicho, en su corazón. Aquello era la solución del problema que se había planteado desde la inverosímil evasión de los hermanos Kip.

– ¡No huyeron, no! —exclamó Hawkins—. ¡Se los llevaron de Puerto Arturo a la fuerza!… ¡Y ahora vuelven por su propia voluntad…, vuelven porque no son culpables, porque quieren que su inocencia resplandezca como la luz del sol!… Era la verdad.

La víspera, un vapor americano, el Standard, había fondeado en la rada con cargamento para Hobart Town. Karl y Pieter Kip iban a bordo en calidad de pasajeros.

Durante la travesía del Illinois, entre Puerto Arturo y San Francisco, los dos hermanos se habían mantenido reservados con sus compañeros de presidio. Protestaron de la forzosa fuga, afirmando una vez más que eran inocentes, y que lamentaban la evasión porque con ella se comprometía el éxito de la revisión del proceso. Su acento de sinceridad era tal, que nadie puso en duda sus manifestaciones.

Por otra parte, aunque sólo el azar llevó a los Kip a la punta Saint James, un generoso impulso les hizo acudir en ayuda de los fugitivos. ¿Qué cosa más natural que los fenianos aprovecharan aquella circunstancia para arrastrarlos a bordo del barco americano? Después del servicio prestado por Karl y Pieter a los irlandeses, ¿no era en ellos un acto de agradecimiento proceder como procedieron?… Era innegable, y lo hecho, hecho estaba.

Al llegar el Illinois al puerto de San Francisco, los hermanos Kip se despidieron de los irlandeses, que en vano trataron de retenerlos. ¿Dónde iban a refugiarse? No lo dijeron; pero admitieron un auxilio pecuniario, a condición de reembolsarlo cuando les fuera posible. Después de un último adiós, separáronse de O'Brien, Macarthy y Farnham.

Felizmente para ellos, las autoridades americanas no habían recibido aún ninguna petición de extradición, y pudieron desembarcar sin ningún tipo de trabas.

En los días sucesivos no se vio a los hermanos por las calles de San Francisco, y los compañeros de navegación juzgaron que habían abandonado la ciudad.

Efectivamente, cuarenta y ocho horas después de haber desembarcado, Karl y Pieter Kip entraban en una modesta hospedería de San Diego, capital de la Baja California, donde esperaban encontrar algún barco dispuesto a hacerse a la mar con rumbo a alguno de los puertos del continente australiano.

Su decidida intención era regresará Hobart Town, lo más pronto posible, para entregarse a la justicia que tan injustamente les había condenado. Si la fuga se había interpretado como un reconocimiento de su culpabilidad, el regreso proclamaría ante el mundo entero su inocencia. ¡No; no vivirían en el extranjero bajo el peso de una acusación criminal, con el constante temor de ser reconocidos, denunciados, detenidos!… Lo que anhelaban era la revisión de su proceso, la rehabilitación pública.

Los hermanos no dejaron de hablar de este proyecto durante la travesía del Illinois. Hubo en Karl un instante de protesta… ¡Sentirse libre y renunciar a la libertad!… ¡Someterse a la justicia de los hombres, a la falibilidad humana!… Pero pronto se rindió a las observaciones de Pieter.

Continuaron en San Diego a la expectativa de un vapor con destino a la misma Tasmania, si era posible. Las circunstancias les favorecieron. Precisamente el Standard, consignado a Hobart Town, tornaba a bordo pasajeros de diferentes clases. Los hermanos Kip se contentaron con un modesto pasaje de tercera, y se inscribieron en el registro con nombre supuesto.

Al día siguiente el vapor navegaba con rumbo sudoeste, y después de una larga travesía, retardada por el temporal, dobló la extrema punta de Puerto Arturo y echó el ancla en la rada de Hobart Town.

Todo lo que acaba de decirse en unas cuantas líneas, lo supo la población en las primeras horas de la mañana. En la opinión pública prodújose un cambio brusco a favor de los hermanos Kip. ¿Tratábase, pues, de un error judicial?… ¡Aquellos infelices habían abandonado el presidio contra su voluntad, y ahora se presentaban voluntariamente, renunciando a su libertad en América!… ¿Y no sería posible establecer su inocencia sobre base más sólida que las presunciones?…

Inmediatamente que Hawkins supo la noticia, trasladose a la cárcel, donde le franquearon todas las puertas, encontrándose en presencia de los dos hermanos, encerrados en la misma celda.

Al ver entrar al armador, se levantaron.

– Señor Hawkins —dijo Pieter Kip—, nuestro regreso es para usted un nuevo testimonio. Usted conoce la verdad desde hace mucho tiempo, y jamás nos ha creído culpables… Pero esta verdad es preciso evidenciarla a los ojos de todos, y por eso el Standard nos ha traído a Hobart Town.

El armador estaba tan emocionado, que las palabras se le anudaban a la garganta y las lágrimas le corrían por las mejillas. Al fin pudo hablar:

– ¡Sí…, señores!… ¡Lo que han hecho ustedes es grande!… ¡Es la rehabilitación que les espera aquí con la simpatía de todas las gentes honradas! … ¡Vosotros no podíais continuar siendo los evadidos de Puerto Arturo!… Los esfuerzos que he realizado, las diligencias que reanudaré darán su resultado… ¡La mano, Pieter Kip!… ¡La mano, capitán del James Cook!…

Entonces hablaron los tres acerca de las sospechas que Flig Balt y Vin Mod les habían inspirado, enterándose los dos hermanos de que aquellos bandidos habían embarcado en el Kaiser, que tal vez estuviera ya convertido en barco pirata.

– Pero —observó Pieter—, aun suponiendo que consiguiésemos que esos miserables compareciesen de nuevo ante el tribunal, ¿qué pruebas alegaremos contra ellos?… ¿Cómo demostrar que los asesinos del capitán Gibson son ellos y no nosotros?…

– ¡Se nos creerá! —exclamó Karl—. ¡Se nos creerá, puesto que volvemos voluntariamente a proclamar nuestra inocencia!

Tal vez; ¿pero qué hecho nuevo, qué incidente se invocaría para obtener la revisión del proceso?…

La aparición de los hermanos Kip produjo en la familia Gibson un efecto indescriptible. La viuda, que sentía aumentar sus dudas, no logró quebrantar la convicción de su hijo. Para Nat los asesinos no podían ser más que los dos hermanos. Su pensamiento le llevaba constantemente al teatro del crimen. ¡Veía a su desgraciado padre atacado en el bosque de Kerawara, herido por la mano de los que él recogiera en la isla de Norfolk, asesinado por los náufragos de la Wilhelmina!…

Hawkins solicitó inmediatamente audiencia al gobernador. Éste, muy impresionado, le prometió hacer cuanto de su parte estuviera para reparar el error judicial, para conseguir la revisión que rehabilitara a los hermanos Kip. ¡Y qué gran paso se daría si se lograra echar mano a Flig Balt, Vin Mod y compinches!…

La población de Hobart Town se declaró a favor de los condenados.

Ante lo excepcional de las circunstancias, nombrose un juez especial para que practicase una nueva información judicial, con el fin de ver si de las declaraciones de los condenados y de algún nuevo testigo podía resultar la presunción de un error judicial, y proceder a la revisión del proceso.

Si de esta información no se deducía que otro u otros debían ser los asesinos del capitán Gibson, fuerza sería declarar por bien juzgado el proceso, y no habría lugar a proceder a una rehabilitación.

Entretanto los prisioneros eran tratados con todas las consideraciones compatibles con el régimen interior de la cárcel, y su celda estaba siempre abierta para aquellos que se interesaban por su suerte, Hawkins y Zieger en primer término.

Como se consideraba de gran importancia encontrar el Kaiser, se dieron órdenes para que se le buscase en aquella porción del Pacífico que comprende Nueva Guinea, el archipiélago Bismarck, las Salomón y las Nuevas Hébridas. El gobierno alemán, por su parte, practicó sus pesquisas en previsión de que el Kaiser hubiese caído en manos de piratas en aquellos parajes donde Inglaterra y Alemania ejercían su doble protección.

El juez encargado de la información, con el concurso oficioso de Hawkins, estaba enterado de las gestiones de referencia, y procedió al interrogatorio de nuevos testigos. También los dos hermanos fueron interrogados a propósito de su estancia en la posada de Great Old Man. ¿Habían advertido que la habitación vecina estaba ocupada?… Nada podían responder, porque dejaban el alojamiento por la mañana y no volvían hasta la hora de acostarse.

El magistrado y Hawkins pudieron hacerse cargo de que la habitación que ocuparon los hermanos Kip tenía un balcón corrido que daba acceso al cuarto contiguo. Pero el dueño del establecimiento no podía precisar si aquella habitación había estado ocupada.

Por otra parte, el amo del tugurio donde se habían alojado Vin Mod y los otros declaró ante el juez que el cómplice de Flig Balt no había faltado de su establecimiento desde la llegada del James Cook a Hobart Town hasta el día en que fueron presos los hermanos Kip.

Era el 20 de julio. Había pasado casi un mes desde que Karl y Pieter Kip se presentaron a la justicia, y la información no daba resultado alguno… Faltaba la base donde apoyar la revisión… Hawkins no desfallecía. ¡Pero qué amargura tan grande al darse cuenta de su impotencia!

A pesar de las confortantes palabras del armador, Karl Kip era presa de un gran desaliento, que su hermano procuraba contrarrestar. ¡Quién sabe si en el fondo no reprochaba a Pieter aquella decisión de volver a presentarse a la justicia que los había condenado ya una vez!…

– ¡Y que nos condenará, tal vez, la segunda! —dijo un día Karl.

– ¡No, hermano, no!… —exclamó Pieter—. ¡Dios no lo permitirá!…

– ¡Ha permitido que seamos condenados a muerte como asesinos, y que nuestro nombre se cubra de infamia!…

– ¡Ten confianza, pobre hermano, ten confianza!

Pieter Kip no podía contestar otra cosa. La confianza que aconsejaba a su hermano era en él inquebrantable, absoluta, como la convicción de Hawkins en su inocencia.

Por aquellos días, Zieger, que no podía prolongar mucho más su estancia en Hobart Town, ocupábase en tomar pasaje en un barco alemán o inglés, con destino a Port Praslin.

Las dos familias pasaban el tiempo en la más completa intimidad. Desde el regreso de los hermanos Kip, compartían las mismas ideas, las mismas esperanzas. En cuanto a la viuda de Gibson, el pensar que dos inocentes podían ser víctimas de un error judicial, la conturbaba profundamente, y sufría viendo prolongarse la situación. El proceso permanecía estacionario en lo relativo a la demanda de revisión. Las nuevas referencias tomadas en Holanda no hicieron más que confirmar las primeras. En aquel país, donde tan buenos recuerdos habían dejado los Kip, pocos fueron los que en principio creyeron en su culpabilidad; ninguno, después de conocerse en Groninga la presentación de los fugitivos en Hobart Town. Pero, en resumen, el juez no obtenía nada positivo de lo que jurídicamente es menester para ordenar la revisión de un proceso. Del barco alemán Kaiser nada se había podido averiguar desde que saliera de Port Praslin, ni se tenía la menor noticia de Flig Balt, Vin Mod y los demás marineros. El juez iba a suspender la información, produciendo a Hawkins un gran desconsuelo. Era la condena definitiva, el reingreso de los dos hermanos en la penitenciaría de Puerto Arturo, a menos que una gracia real pusiera fin a tan terrible situación.

– ¡Antes morir que volver al presidio! —exclamó Karl.

– ¡O de ser objeto de una gracia deshonrosa! —añadió Pieter. Tal era la situación, que conturbaba profundamente los espíritus y podía provocar cualquier acto de indignación pública. La partida de los señores Zieger había de verificarse el 5 de agosto, a bordo de un vapor inglés con carga para el archipiélago Bismarck. Se recordará que al día siguiente del crimen de Kerawara Hawkins había fotografiado el cadáver del capitán Gibson, dejando al descubierto el pecho con la herida que le produjera la muerte. Zieger quiso tener una reproducción ampliada para colocarla en el salón de Wilhelmstaf. El armador accedió de muy buen grado a los deseos de su amigo. En la mañana del 27 de julio Hawkins procedió a la operación, y dispuso el aparato de manera que pudiese obtener una prueba de tamaño natural. La nueva fotografía fue puesta en un cuadro y colocada sobre un caballete, en medio del taller. A mediodía Zieger y Nat Gibson, prevenidos por Hawkins, dirigiéronse a casa de éste. Difícil sería pintar su emoción al encontrarse delante de la imagen fiel de Harry Gibson, el viviente retrato del infortunado capitán. Era él, su misma cara seria y simpática, con el sello de la mortal angustia que se apoderó de la víctima en el momento en que los asesinos le herían en el corazón…, en el instante en que los miraba con los ojos desmesuradamente abiertos. Nat Gibson habíase aproximado al caballete con el pecho hinchado por los sollozos, presa de un dolor que Hawkins y Zieger compartían. El hijo se inclinó para besar la frente de su padre… De improviso se detuvo, y luego se aproximó más, hasta tocar sus ojos a los del retrato… ¿Qué había creído ver?… Su rostro está convulso, su fisonomía contraída… Está pálido como un muerto… Diríase que quiere hablar y no puede… Sus labios se contraen…, le falta la voz… Por fin vuelve la vista…, coge de encima de una mesa una de esas potentes lupas de las que se sirven los fotógrafos para retocar los detalles de una prueba…, la pasea por la fotografía, y de repente exclama con voz de espanto:

– ¡Ellos!… ¡Ellos!… ¡Los asesinos de mi padre! En el fondo de los ojos del capitán Gibson, sobre la retina agrandada, aparecían, en toda su ferocidad, las siniestras figuras de Flig Balt y Vin Mod.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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