XVIII
ANTE EL CONSEJO MARÍTIMO
Los tristes acontecimientos ocurridos a bordo del James Cook en el curso de su último viaje habían tenido una gran resonancia en Hobart Town. De una parte, el misterioso asesinato del capitán Harry Gibson; de otra, la tentativa de insurrección producida por Flig Balt, frustrada gracias a la energía de Karl Kip. Sobraba materia para la expectación general.
Del asesinato no se sabía más que el día de la llegada del bergantín con su pabellón de duelo.
En cuanto a la insurrección de a bordo, las autoridades marítimas iban a fallar acerca de la culpabilidad de Flig Balt y su cómplice. Según la opinión pública, el contramaestre debía ser castigado severamente; su situación a bordo agravaba el delito, y no sacaría menos de diez a quince años de presidio.
Los principales testigos, Hawkins, Nat Gibson, Karl y Pieter Kip, los marineros Hobbes, Wickley y Burnes, el grumete Jim, habían declarado ya en el sumario. Los otros, citados por el acusado, Vin Mod, Sexton, Kyle, Bryce y el cocinero Koa comparecerían como testigos de descargo.
A menos de imprevistos incidentes, la vista del proceso no duraría más que una audiencia.
La sala del Consejo marítimo se llenó de espectadores. Desde las nueve de la mañana, el público, en el que había un gran número de armadores, oficiales de la marina mercante, negociantes y periodistas, ocupó todo el espacio disponible; en el fondo veíanse un gran número de marineros procedentes de las tabernas del puerto, y dispuestos, con seguridad, en favor de los acusados.
Hawkins y Nat Gibson llegaron al empezar la audiencia, y se sentaron en el banco reservado a los testigos.
Los hermanos Kip entraron en la sala momentos después, saludando a sus amigos con afectuosos apretones de manos.
Aquel día la presencia de Karl Kip no era indispensable a bordo del Skydnam. El embarque del trigo hablase concluido la víspera. A las reparaciones no le faltaban más que algunos retoques; el carbón llenaba los pañoles; la máquina estaba dispuesta; la tripulación se había hecho cargo del servicio. El vapor estaba listo, y podría zarpar el día designado.
Los hermanos Kip se proponían ocupar aquella misma noche sus camarotes. Detrás de ellos, los marineros Hobbes, Wickley, Burnes habían tomado asiento, así como el grumete Jim, a quien Hawkins y Nat Gibson dieron un amistoso «buenos días».
En otro banco estaban alineados Vin Mod, Sexton, Bryce y el cocinero Koa, que se extrañaba, sin duda, de no figurar entre los acusados, y cuyo repugnante rostro negro era un gesto incesante.
Sólo faltaba Kyle. El supuesto borracho no saldría de la prisión hasta las cuarenta y ocho horas, pues había acentuado mucho su papel, debatiéndose contra los policemen.
Su declaración no era esencial, y lo único que preocupaba a Vin Mod era saber si Kyle había podido comunicar con Flig Balt, y si le había dicho lo que necesitaba saber. Tal vez se tranquilizaría en cuanto el contramaestre apareciera en la sala. Si Flig Balt estaba prevenido, un signo casi imperceptible, una mirada bastaría, y cuando llegase el momento, Flig Balt se convertiría de acusado en acusador.
Mientras esperaban la constitución del tribunal, Hawkins hablaba con los hermanos Kip, comunicándoles que habían llegado noticias de Nueva Irlanda
– ¿Una carta del señor Zieger? —preguntó Pieter.
– No, un telegrama que me envía mi corresponsal Balfour. Un barco que ha llegado a Wellington, procedente de Kerawara, y que dejó el archipiélago Bismarck diez días después que el James Cook, le ha llevado una carta del señor Zieger. Inmediatamente Balfour me ha telegrafiado su contenido, y el telegrama llegó esta mañana.
– ¿Y qué dice Zieger respecto a la información judicial? —preguntó Karl Kip.
– Nada —se apresuró a contestar Nat Gibson—, nada… Los asesinos no han sido descubiertos.
– Así es, desgraciadamente —repuso Hawkins—. Zieger y Hamburg han hecho todo cuanto estaba de su parte, sin obtener resultado alguno.
– ¿Y no han obtenido algún indicio que les permita dirigir las pesquisas con algunas probabilidades de éxito? —preguntó Pieter Kip.
– No —contestó Hawkins—, y las sospechas no recaen sobre nadie… No cabe duda de que el crimen fue cometido por indígenas, que tuvieron tiempo de huir a la isla de York, donde será bien difícil poderles descubrir.
– Sin embargo, no debe el señor Gibson perder toda esperanza —declaró Karl Kip—. Si los papeles robados han podido ser destruidos, queda el dinero; y si los asesinos quieren gastarlo serán seguramente presos.
– Volveré a Kerawara —dijo Nat—. ¡Sí, volveré! ¡Y quién sabe si este pobre muchacho no sería capaz de hacerlo!
Puso fin a la conversación la entrada de los miembros del Consejo marítimo, que ocuparon su sitio en el estrado: un comodoro, un capitán y un teniente, asistidos del relator que había redactado el acta de acusación.
Se abrió la sesión, y el presidente dio la orden para que entraran los acusados. Flig Balt y Len Cannon, conducidos por dos agentes, fueron a sentarse uno cerca del otro, en el banquillo, a la izquierda del tribunal.
El contramaestre parecía muy seguro de sí mismo; el rostro sereno, la mirada indiferente. Pero si lograba refrenar los sentimientos que agitaban su alma, no podía, en cambio, desvanecer la impresión de profunda astucia que revelaba toda su persona.
Y al verle Hawkins, se operó en su espíritu una revelación. Le parecía que era la primera vez que tenía frente a frente a Flig Balt tal como era en realidad. ¡Sí!… ¿Cómo él y su amigo Gibson habrían cegado hasta el punto de depositar toda su confianza en aquel hombre, dejándose engañar por las manifestaciones obsequiosas de aquel bandido?…
Los hermanos Kip no experimentaron la misma sorpresa. Como ya sabemos, el contramaestre les inspiró desde el principio una verdadera antipatía, que no pasó inadvertida para el interesado.
En cuanto a Len Cannon, su actitud no prevenía en favor suyo. Echaba miradas a derecha o izquierda, tan pronto a Vin Mod, tan pronto a Sexton o a Bryce, preguntándose tal vez por qué no se sentaban a su lado en el banquillo de los acusados, puesto que eran tan culpables como él…
Si Len Cannon no parecía tan tranquilo como Flig Balt, pensó Vin Mod, era que Flig Balt no le había dicho nada de la comunicación de Kyle. ¿Pero habría logrado comunicar con el contramaestre, o éste no sabía nada? Esto es lo que se preguntaba con ansiedad Vin Mod.
Kyle había conseguido su propósito. Flig Balt y él habíanse encontrado en la cárcel aquella misma mañana. El contramaestre podía acusar… A una mirada interrogadora que le dirigió Vin Mod, contestó con un gesto que no dejaba duda alguna.
«Ahora, dijo para sí el criminal marinero, la mecha está encendida… ¡Cuidado con la bomba!»
El presidente concedió la palabra al relator, que resumió brevemente todo el proceso. Indicó en qué circunstancias Flig Balt había recibido el mando del James Cook, en qué condiciones fue destituido; cómo por causa de incapacidad notoria Flig Balt fue reemplazado por el marinero holandés Karl Kip, pasajero a bordo; de qué manera había lanzado a la tripulación contra el nuevo capitán, poniéndose a la cabeza de los rebeldes, seguramente con el objeto de apoderarse del barco.
En cuanto a Len Cannon, era patente su complicidad con Flig Balt. Él era quien, valiéndose de su influencia sobre los camaradas de Dunedin, los había arrastrado. Además, desde el principio de la lucha se distinguió por sus excitaciones y sus violencias… Se había arrojado, cuchillo en mano, sobre Karl Kip, y no había retrocedido más que al sentir sobre su pecho el revólver del capitán… No había, pues, duda alguna acerca de su complicidad y su culpabilidad.
Cuando el relator hubo acabado su lectura, pidió el máximo de la pena para los acusados.
El presidente preguntó a Flig Balt qué tenía que alegar a propósito de la acusación de que era objeto.
– Nada —contestó simplemente el contramaestre.
– ¿Reconoce usted los hechos que se acaban de exponer? —Los reconozco.
Estas palabras las pronunció con voz tan clara y firme, que produjo sorpresa en el auditorio.
– ¿No tiene usted nada que añadir en su defensa? —le preguntó el presidente.
– Ni una palabra —contestó Flig Balt; y considerando terminado su interrogatorio, volvió a sentarse.
Vin Mod le miró, no sin experimentar cierta inquietud.
Flig Balt había dejado pasar la ocasión de decirlo todo… ¿Habría interpretado mal Vin Mod aquel signo que le había hecho el contramaestre?… Tal vez no hubiera podido hablar con Kyle… ¿Pero qué importaba, después de todo?… Si Flig Balt no hablaba, lo haría Vin Mod cuando le tocase el turno de declarar.
Len Cannon, interrogado a su vez, no contestó más que con evasivas, fingiendo no comprender las preguntas del presidente; sin duda Flig Balt le había recomendado que hablara todo lo menos posible.
Vin Mod pensó entonces que el contramaestre quería escuchar los debates, las declaraciones de todos, especialmente la de Karl Kip. Valía más que los hermanos se explicasen ante el Consejo, y después lanzar contra ellos la aplastante acusación.
Terminado el interrogatorio del principal acusado y de su cómplice, procediose a la declaración del primer testigo.
Era Karl Kip, y un ligero rumor corrió entre los asistentes cuando avanzó hasta la barra.
Dio su nombre, apellido y nacionalidad: holandés, natural de Groninga, su profesión, oficial de la marina mercante, habiendo ejercido durante algunos días las funciones de capitán del James Cook, y en la actualidad las de segundo del vapor Skydnam, consignado a Hamburgo.
Concluidos estos preliminares de ritual, Karl Kip se expresó con tal acento de sinceridad y buena fe, que convenciera al más receloso.
– Mi hermano y yo —empezó diciendo—, pasajeros de la Wilhelmina, fuimos recogidos de la isla de Norfolk, donde habíamos encontrado refugio después del naufragio, por el señor Hawkins y el capitán Gibson.
»Me complazco en rendir aquí público homenaje a estos hombres tan humanos y generosos, que tanto han hecho por nosotros, y son merecedores de nuestro profundo agradecimiento.
»Durante la travesía del James Cook de Norfolk a Port Praslin, tuve ocasión de observar la actitud del contramaestre, que desde el primer momento me inspiró una desconfianza que los hechos han justificado bien sobradamente. Me extrañó mucho que el capitán y el armador se hubieran dejado ganar por tal sujeto. Pero la cosa no era de mi incumbencia, y no les hice observación alguna a propósito de ello. También pude comprobar que Flig Balt no estaba a la altura de su misión. Cuando el capitán Gibson se confiaba a él para ciertas maniobras, resultaban tan mal ordenadas, que en más de una ocasión estuve a punto de intervenir. Sin embargo, como no se comprometía la seguridad del barco, me abstuve de hablar al capitán.
»El 20 de noviembre, el James Cook fondeó en Port Praslin, para desembarcar su cargamento y hacer algunas reparaciones. Su escala duró nueve días; luego se dirigió a Kerawara, la capital del archipiélago Bismarck.
»En la noche del 2 de diciembre el desgraciado capitán Gibson cayó bajo el puñal de los asesinos, que aún permanecen ocultos…»
Estas palabras fueron dichas con tan dolorosa expresión, que el auditorio se impresionó visiblemente.
En este momento Flig Balt, que escuchaba con la cabeza baja, se irguió en la actitud de un hombre que no se puede contener.
El presidente le preguntó si tenía algo que decir al Consejo.
– Nada —contestó el contramaestre, dejándose caer sobre el banco, echando una rápida mirada a Vin Mod, que empezaba a inquietarse.
En este momento Karl Kip lanzó una mirada tan penetrante sobre Flig Balt, que éste bajó los ojos.
– Muerto Harry Gibson —continuó diciendo el declarante—, fue necesario nombrar nuevo capitán del James Cook. No se encontró ni en Kerawara ni en Port Praslin ningún marino inglés que pudiese reemplazarle. Era, pues, lo indicado que se confiasen estas funciones al contramaestre. Pero desde luego pensé que el barco quedaba entregado a un hombre incapaz y malvado.
»Flig Balt fue encargado por el señor Hawkins para conducir el barco a Port Praslin, donde completó su cargamento.
»En este último punto fue donde el contramaestre quedó investido de las facultades de capitán.
»El 10 de diciembre, el bergantín dejó el archipiélago. Durante los primeros días, al atravesar los parajes de las Luisíadas, la navegación no ofreció nada de particular. El viento era favorable y no era preciso maniobrar. Pero noté que el James Cook se separaba poco a poco de su verdadera ruta, tendiendo hacia el este, en vez de seguir siempre hacia el sur.
Esto no dejó de chocarme, y se lo comuniqué a mi hermano, que me aconsejó que previniese a los Sres. Hawkins y Nat Gibson, pues compartía conmigo la desconfianza hacia el nuevo capitán. No obstante, continué callado, porque me repugna la denuncia… Pero no cesaba de comprobar la dirección del barco siempre que me era posible. Creo que Flig Balt advirtió la vigilancia de que era objeto, y tal vez mi actitud le hiciera ser prudente…
Y como Karl Kip parecía no decidirse a completar su pensamiento, el presidente creyó deber decirle:
– Ha dicho usted, señor Kip, que Flig Balt parecía querer modificar su ruta. ¿Qué cree usted que se proponía?
– No lo puedo precisar, pero, para mí, su intención no era dudosa. Flig Balt trataba de echar el barco al este, hacia los archipiélagos mal afamados, donde siempre es de temer por la seguridad del barco… Puesto que luego Flig Balt ha intentado una sublevación a bordo, yo me pregunto si su intención no era ya apoderarse del James Cook.
Este golpe directo dejó al acusado indiferente, y se limitó a encogerse de hombros.
– Una tempestad que nos asaltó en el límite del mar del Coral podía favorecer su proyecto corriendo el temporal. Mi opinión era que debía hacerse frente a los primeros vientos del oeste, manteniéndose a la capa… No fue éste el criterio del nuevo capitán; emprendió la fuga en dirección a los parajes de las islas Salomón, y bien pronto vimos que estaba comprometida la seguridad del bergantín… Vi llegado el momento de ser tragado por el mar, pues las olas lo cubrían y no gobernaba. Estábamos perdidos si no intervenía… Me precipité al timón… La tripulación estaba trastornada… Flig Balt no hacía más que dar órdenes incoherentes… «¡Déjeme usted!», exclamé. El señor Hawkins comprendió, y sin titubear me dijo: «¡Haga usted lo que quiera!»… Empecé a mandar; los marineros me obedecían… Conseguí virar en redondo, y al día siguiente, habiendo aplacado la tempestad, no tuvimos que hacer más que buscar el abrigo de tierra.
»Entonces fue cuando Hawkins me confió el mando del James Cook, destituyendo a Flig Balt. Éste protestó; yo le reduje a la obediencia.
»El James Cook volvió a tomar su verdadera ruta hacia el sur. Navegábamos tranquilamente cuando en la noche del 30 de diciembre estalló la sublevación a bordo. A la cabeza de los rebeldes estaba el indigno contramaestre… Arrastraba a sus cómplices hacia la camareta alta con el fin de apoderarse de las armas… Len Cannon se precipitó sobre mí para herirme… Cogí un revólver y le amenacé con meterle una bala en la cabeza… Mi actitud se impuso a los hombres… Los marineros fieles se pusieron de nuestra parte… Los otros retrocedieron hacia proa. Hice amarrar a Flig Balt y Len Cannon, y los encerré en la bodega.
»No era de temer una segunda tentativa. La navegación continuó en circunstancias favorables. El 1 de enero, el James Cook, doblaba el cabo, y al día siguiente echaba el ancla en el fondeadero de Hobart Town.
»Esto es todo lo que tenía que decir, y todo es rigurosamente exacto».
Concluida su declaración, volvió a ocupar el banco de los testigos, con la certidumbre de que se había concedido a sus palabras completo crédito. Cuando hubo llegado cerca de Hawkins y de Nat Gibson, los dos le estrecharon afectuosamente la mano.
– Acusado, ¿qué tiene usted que decir? —preguntó el presidente.
– Nada —contestó Flig Balt.
Los otros testigos fueron compareciendo sucesivamente ante el tribunal, y sus declaraciones no hicieron más que confirmar la de Karl Kip.
Hawkins confesó su equivocación respecto al contramaestre, equivocación compartida con el pobre Gibson, que tenía en Flig Balt una confianza absoluta. Así es que después del asesinato cometido en Kerawara, no dudó en confiarle el mando del bergantín para el viaje de regreso. La mayoría del pasaje pareció aprobar el nombramiento. Pero cuando la tempestad asaltó al barco en el norte del mar del Coral, no hubo más remedio que reconocer que el nuevo capitán era incapaz de gobernarlo… Perdió toda su sangre fría…, y el James Cook hubiera naufragado seguramente sin la intervención de Karl Kip, a quien Hawkins dio público testimonio de su reconocimiento.
Nat Gibson, llamado después del armador, no hace más que confirmar la anterior declaración. Pero cuando se trata de su padre, se ve la intensidad de su odio hacia los asesinos.
Pieter Kip repite, abreviándolo, el relato hecho por su hermano. Pone de relieve la desconfianza que desde el primer momento les inspiró el contramaestre, y las sospechas de algún criminal propósito cuando el mayor de los Kip notó el cambio de rumbo. La tentativa de sublevación patentizó después lo fundado de todas sus suposiciones.
Las declaraciones de los marineros Wickley, Hobbes, Burnes y el grumete Jim concordaron absolutamente. Dijeron que se les excitó a la rebelión, y si la escena del 30 de diciembre les sorprendió antes de poder prevenir al capitán Kip, al menos se pusieron de su parte desde el primer momento.
El presidente les dirigió los elogios que merecían por su conducta.
Las declaraciones de los testigos de cargo habían concluido.
Procediose seguidamente a la comparecencia de los otros, más o menos comprometidos en el proceso, y que no debían tenerlas todas consigo hasta ver qué giro tomaba el asunto respecto a ellos.
Vin Mod fue el primer interrogado. No podía esperarse franqueza alguna de este hombre astuto. Habló de modo que no pudiera incurrir en responsabilidad… No pensó nunca que Flig Balt tuviese la intención de modificar la ruta del barco, como había afirmado Karl Kip… Flig Balt era un buen marino, lo había probado en muchas ocasiones; su maniobra durante la tempestad estuvo bien dirigida, y fue injusto quitarle el mando del barco.
– ¡Basta! —exclamó el presidente, a quien sublevaba el tono y la actitud de Vin Mod.
Éste volvió a ocupar su asiento, no sin haber lanzado una mirada significativa a Flig Balt, que contestó con un gesto imperceptible.
La mirada parecía decir:
«¡Habla; ya es tiempo!»
Las declaraciones de Sexton y Kyle no tuvieron importancia. Todavía bajo el influjo de las libaciones de la víspera, apenas comprendieron lo que se les preguntaba.
El presidente ordenó entonces a Flig Balt que se levantase. La vista de la causa iba a terminar, y antes de que el Consejo se retirara a deliberar el contramaestre podía, por última vez, hacer uso de la palabra.
– Ya sabe usted de lo que se le acusa, Flig Balt. Ya ha oído usted los cargos que se le hacen… ¿Tiene usted alguna cosa que decir en su defensa?
– ¡Sí! —declaró el acusado, con un tono bien diferente al de la palabra nada de sus últimas respuestas.
En la sala se hizo el más profundo silencio. El público presentía que iba a producirse algún incidente sensacional; tal vez alguna revelación que modificaría las condiciones del proceso.
Flig Balt, vuelto hacia los jueces, la vista baja todavía, la boca ligeramente contraída, esperaba que el presidente le hiciese una pregunta precisa, que fue ésta:
– ¿Cómo se defiende usted de los actos delincuentes que la acusación le imputa?
– ¡Acusando a mi vez!
Hawkins, Nat Gibson y los hermanos Kip se miraron, no intranquilos, pero sí sorprendidos. Ninguno de los cuatro podía comprender adónde iba a parar Flig Balt, ni contra quién dirigiría su acusación.
Flig Balt continuó diciendo:
– Yo era el capitán del James Cook, habiendo sido nombrado por quien podía hacerlo, por el armador… Debía conducir el barco a Hobart Town, y lo hubiese hecho, digan lo que quieran, cuando un nuevo capitán ocupó mi puesto… ¿Y quién? Un extranjero, un holandés… Ingleses a bordo de un barco inglés, no podían consentir navegar a las órdenes de un extranjero. Esto fue lo que nos impulsó a rebelarnos contra Karl Kip.
– Contra el capitán —afirmó el presidente—; y puesto que ocupaba legítimamente aquel puesto, usted le debía obediencia absoluta.
– Sea —repuso Flig Balt en tono decisivo…—. Admito que seamos culpables de ese hecho. Pero tengo algo más que decir. Si Karl Kip me acusa de haberme rebelado contra él, si me acusa, desde luego sin pruebas, de haber querido cambiar el rumbo del James Cook, para apoderarme de él, ¡yo le acuso de un crimen del que no podrá defenderse!…
Ante una declaración tan grave, aun sin saber sus términos precisos, Karl y Pieter Kip se levantaron de su asiento como impulsados por un resorte, en ademán de lanzarse hacia el banco desde donde Flig Balt les miraba descaradamente.
Hawkins y Nat les contuvieron, evitando que dieran rienda suelta a su cólera.
Pero Pieter Kip recobró muy pronto su sangre fría, y cogió la mano de su hermano para no abandonarla. Luego, con voz difícilmente dominada, preguntó:
– ¿De qué nos acusa ese hombre?
– ¡De homicidas! —contestó Flig Balt.
– ¡De homicidas! —exclamó Karl Kip—. ¡Nosotros!…
– ¡Sí, vosotros sois los asesinos del capitán Gibson!…
Imposible seria pintar la sensación que se produjo en el auditorio. Un sentimiento de horror recorrió la sala…; pero de horror hacia el contramaestre, que osaba formular semejante acusación contra los hermanos Kip.
Sin embargo, como por un irresistible instinto, Nat Gibson —se explica dado su estado de ánimo— había retrocedido, y Hawkins trató inútilmente de retenerle…
Pieter y Karl Kip, paralizados un instante ante esta acusación abominable, iban a tomar la palabra, en un terrible impulso de indignación, cuando el presidente se les anticipó diciendo:
– La audacia de usted, Flig Balt, rebasa todos los límites.
– ¡Digo la verdad!
– Y ¿por qué no la ha dicho usted hasta este momento?
– Porque no la he sabido hasta la travesía de regreso. Me encerraron a la llegada del James Cook, y he esperado la vista del proceso para acusar públicamente a los que me acusan a mí.
Karl Kip, fuera de sí, con voz de trueno, como la de un capitán en medio del vendaval, gritó:
– ¡Miserable!… ¡Miserable calumniador!… ¡Cuando se hacen tales acusaciones, es preciso basarlas en pruebas!
– Las tengo —contestó Flig Balt—. La justicia puede tenerlas cuando quiera…
– ¿Dónde, dónde están?
– Que se registre la maleta que los hermanos Kip recogieron en los restos de la Wilhelmina. ¡Allí se encontrarán los papeles y el dinero del capitán Gibson!…