Ante la bandera

Capítulo IV

La goleta Ebba

No fue sino al día siguiente, y sin mostrar ninguna prisa, cuando el Ebba comenzó sus preparativos. Desde el extremo del muelle de New-Berne pudo verse, tras el lavado de la cubierta, cómo la tripulación sacaba las velas de sus fundas bajo la dirección del contramaestre Effrondat, largaba las garceteras, aparejaba las drizas, izaba las embarcaciones, con vistas a una zarpa.

A las ocho de la mañana, el conde d'Artigas todavía no se había dejado ver. Su acompañante, el ingeniero Serkö —así se lo designaba a bordo—, tampoco había salido aún de su camarote. En cuanto al capitán Spade, se ocupaba de dar a los marineros diversas órdenes que indicaban la partida inmediata.

El Ebba era un yate extraordinariamente diseñado para la regata, aunque nunca había figurado en las competiciones de América del Norte ni del Reino Unido. Su arboladura elevada, su superficie de velamen, la cruz de sus vergas, su calado, que le aseguraba una gran estabilidad incluso cuando se cubría de lona, sus formas esbeltas a proa, finas a popa, sus líneas de flotación admirablemente trazadas, todo denotaba un buque muy rápido, muy marinero, capaz de aguantar los peores temporales.

En efecto, ciñendo el viento, con brisa fuerte, la goleta Ebba podía cubrir fácilmente sus doce millas por hora.

Es cierto que los veleros están siempre sometidos a las inconstancias de la atmósfera. Cuando sobrevienen las calmas, deben resignarse a no avanzar. Así, aunque posean cualidades náuticas superiores a las de los yates de vapor, nunca tienen las garantías de marcha que el vapor da a estos últimos.

De ahí parece desprenderse que, todo sopesado, la superioridad corresponde al buque que reúne las ventajas de la vela y de la hélice. Pero tal no era, sin duda, la opinión del conde d'Artigas, puesto que se contentaba con una goleta para sus excursiones marítimas, incluso cuando rebasaba los límites del Atlántico.

Aquella mañana, el viento soplaba del oeste en brisa suave. El Ebba se vería, pues, favorecido, primero para salir del estuario del Neuze, luego para alcanzar, a través del Pamplico-Sound, uno de esos inlets —especie de estrechos— que establecen la comunicación entre el lago y alta mar.

Dos horas después, el Ebba seguía balanceándose sobre su ancla, cuya cadena empezaba a tensarse con la marea menguante. La goleta, virada por el reflujo, presentaba su proa hacia la desembocadura del Neuze. La pequeña boya que, la víspera, flotaba a babor, debía de haber sido recogida durante la noche, pues ya no se la veía en el chapoteo de la corriente.

De pronto, un cañonazo retumbó a una milla de distancia. Una ligera humareda coronó las baterías de la costa. Algunas detonaciones le respondieron, disparadas por las piezas escalonadas a lo largo de la cadena de las largas islas, del lado de mar abierto.

En ese momento, el conde d'Artigas y el ingeniero Serkö aparecieron en cubierta.

El capitán Spade se acercó a ellos.

– Un cañonazo... —dijo.

– Lo esperábamos —respondió el ingeniero Serkö, encogiéndose ligeramente de hombros.

– Eso indica que nuestra operación ha sido descubierta por la gente de Healthful-House —prosiguió el capitán Spade.

– Sin duda —replicó el ingeniero Serkö—, y esas detonaciones significan la orden de cerrar los pasos.

– ¿En qué puede eso interesarnos?... —preguntó en tono tranquilo el conde d'Artigas.

– En nada —respondió el ingeniero Serkö. El capitán Spade había tenido razón al decir que, a esas alturas, la desaparición de Thomas Roch y de su guardián era ya conocida por el personal de Healthful-House. En efecto, al despuntar el día, el médico, que se había dirigido al pabellón 17 para su visita habitual, había encontrado la habitación vacía. Avisado de inmediato, el director hizo que se practicaran registros en el interior del recinto. La investigación reveló que, si bien la puerta del muro perimetral, en la parte que bordea la base de la colina, estaba cerrada con llave, la llave ya no se hallaba en la cerradura, y, además, que los cerrojos habían sido retirados de sus hembrillas. No cabía duda: por esa puerta se había efectuado el rapto durante la tarde o durante la noche. ¿A quién debía atribuirse?... A este respecto, era imposible establecer siquiera una simple presunción, ni sospechar de nadie en particular. Lo que se sabía era que, la víspera, hacia las siete y media de la tarde, uno de los médicos del establecimiento había ido a ver a Thomas Roch, presa de una violenta crisis. Después de haberle dispensado sus cuidados, dejándolo en un estado que le quitaba toda conciencia de sus actos, había abandonado el pabellón, acompañado por el guardián Gaydon hasta el final de la alameda lateral.

¿Qué había ocurrido después?... Se ignoraba.

La noticia de aquel doble rapto fue enviada telegráficamente a New-Berne, y de allí a Raleigh. Por despacho, el gobernador de Carolina del Norte dio de inmediato la orden de no dejar salir ningún buque del Pamplico-Sound sin que hubiera sido objeto de una minuciosa inspección. Otro despacho advirtió al crucero de estación Falcon para que se prestara a la ejecución de esas medidas. Al mismo tiempo, se tomaron severas disposiciones con el fin de someter a vigilancia las ciudades y el campo de toda la provincia.

Así pues, a consecuencia de esa disposición, el conde d'Artigas pudo ver, a dos millas al este del estuario, cómo el Falcon comenzaba sus preparativos de zarpa. Ahora bien, durante el tiempo que le sería necesario para ponerse en presión, la goleta habría podido hacer ruta sin temor a ser perseguida, al menos durante una hora.

– ¿Hay que levar el ancla?... —preguntó el capitán Spade.

– Sí, puesto que el viento es favorable, pero sin mostrar ninguna prisa —respondió el conde d'Artigas.

– Es cierto —añadió el ingeniero Serkö—, los pasos del Pamplico-Sound deben de estar vigilados ahora, y ningún buque podría, antes de ganar la mar abierta, evitar la visita de esos caballeros tan curiosos como indiscretos...

– Zarpemos de todos modos —ordenó el conde d'Artigas—. Cuando los oficiales del crucero o los agentes de aduanas hayan registrado el Ebba, se levantará el embargo para ella, y me sorprendería mucho que no se le concediera libre paso...

– ¡Con mil excusas, y mil deseos de buen viaje y pronto regreso! —replicó el ingeniero Serkö, cuya frase terminó en una risa prolongada.

Cuando la noticia se conoció en New-Berne, las autoridades se preguntaron primero si había habido fuga o rapto de Thomas Roch y de su guardián. Como una fuga no habría podido efectuarse sin la connivencia de Gaydon, esa idea fue descartada. En opinión del director y de la administración, la conducta del guardián Gaydon no podía dar pie a ninguna sospecha.

Se trataba, pues, de un rapto, y puede imaginarse el efecto que aquel suceso produjo en la ciudad. ¡Cómo! El inventor francés, tan severamente custodiado, había desaparecido, ¡y con él el secreto de aquel Fulgurador del que nadie había podido todavía adueñarse!... ¿No resultarían de ello gravísimas consecuencias?... ¿No estaba definitivamente perdido para América el descubrimiento del nuevo ingenio?... Suponiendo que el golpe se hubiera dado en beneficio de otra nación, ¿no obtendría por fin esa nación de Thomas Roch, caído en su poder, lo que el gobierno federal no había podido obtener?... Y, de buena fe, ¿cómo admitir que los autores del rapto hubieran actuado por cuenta de un simple particular?...

Así pues, las medidas se extendieron a los diversos condados de Carolina del Norte. Se organizó una vigilancia especial a lo largo de las carreteras, de los ferrocarriles, en torno a las viviendas de las ciudades y del campo. En cuanto al mar, iba a quedar cerrado en todo el litoral desde Wilmington hasta Norfolk. Ningún buque quedaría exento de la visita de los oficiales o agentes, y debería ser retenido ante el menor indicio sospechoso. Y no solo el Falcon hacía sus preparativos de zarpa, sino que algunas lanchas de vapor, de reserva en las aguas del Pamplico-Sound, se disponían a recorrerlo en todos los sentidos con la orden de registrar, hasta el fondo de la bodega, buques de comercio, buques de recreo, barcas de pesca, tanto los que permanecían en su fondeadero como los que se disponían a hacerse a la mar.

Y, sin embargo, la goleta Ebba se disponía a levar anclas. En suma, no parecía que el conde d'Artigas sintiera la menor inquietud por las precauciones ordenadas por la administración, ni por las eventualidades a que se expondría si se encontraban a bordo Thomas Roch y el guardián Gaydon.

Hacia las nueve, se completaron las últimas maniobras. La tripulación de la goleta viró al cabrestante. La cadena ascendió a través del escobén, y, en el momento en que el ancla estuvo a pique, las velas fueron rápidamente cazadas.

Unos instantes después, con sus dos foques, su trinquetilla, su trinquete, su vela mayor y sus juanetes, el Ebba puso rumbo al este, con el fin de doblar la orilla izquierda del Neuze.

A veinticinco kilómetros de New-Berne, el estuario tuerce bruscamente, y, en una extensión más o menos igual, remonta hacia el noroeste ensanchándose. Tras pasar frente a Croatan y Havelock, el Ebba alcanzó el recodo, y avanzó en dirección norte, ciñendo el viento a lo largo de la orilla izquierda. Eran las once cuando, favorecida por la brisa, y sin haberse cruzado ni con el crucero ni con las lanchas de vapor, viró a la altura de la punta de la isla de Sivan, más allá de la cual se extiende el Pamplico-Sound.

Esa vasta extensión líquida mide un centenar de kilómetros desde la isla Sivan hasta la isla Roadoke. Del lado del mar se desgrana un rosario de islas largas y estrechas, otros tantos diques naturales, que corren de sur a norte, desde el cabo Look-out hasta el cabo Hatteras, y desde este último hasta el cabo Henri, a la altura de la ciudad de Norfolk, situada en el estado de Virginia, limítrofe con Carolina del Norte.

El Pamplico-Sound está iluminado por múltiples faros, dispuestos en los islotes y las islas, de manera que hacen posible la navegación durante la noche. De ahí la gran facilidad para los buques deseosos de buscar refugio contra la marejada del Atlántico, que tienen la seguridad de hallar allí buenos fondeaderos.

Varios pasos establecen la comunicación entre el Pamplico-Sound y el océano Atlántico. Un poco más allá de los faros de la isla Sivan se abren el Ocracoke-inlet, más lejos el Hatteras-inlet, y luego, más arriba, esos otros tres que llevan los nombres de Logger-Head, New-inlet y Oregon.

De esta disposición resulta que, siendo el paso que se presentaba a la goleta el de Ocracoke, cabía presumir que el Ebba lo tomaría, a fin de no cambiar sus amuras.

Es verdad que el Falcon vigilaba entonces esa parte del Pamplico-Sound, registrando los buques de comercio y las barcas de pesca que maniobraban para salir. Y, en efecto, a esas horas, por un acuerdo común de las órdenes recibidas de la administración, cada paso era vigilado por navíos del Estado, sin contar las baterías que dominaban la mar abierta.

Al llegar a la altura del Ocracoke-inlet, el Ebba no intentó acercarse a él, como tampoco evitar las lanchas de vapor que maniobraban a través del Pamplico-Sound. Parecía que aquel yate de recreo no quisiera hacer más que un paseo matinal, y continuó su marcha indiferente, ganando terreno hacia el estrecho de Hatteras.

Era por ese paso, sin duda, y por razones que solo él conocía, por donde el conde d'Artigas tenía intención de salir, pues su goleta, orzando un cuarto, tomó entonces esa dirección.

Hasta ese momento, el Ebba no había sido abordado por los agentes de aduanas, ni por los oficiales del crucero, aunque nada hubiera hecho por sustraerse a ellos. Por lo demás, ¿cómo habría logrado burlar su vigilancia?

¿Consentía, pues, la autoridad, por privilegio especial, en ahorrarle las molestias de una inspección?... ¿Se consideraba a ese conde d'Artigas un personaje demasiado encumbrado para contrariar su navegación, aunque solo fuera una hora?... Habría sido inverosímil, puesto que, aun teniéndolo por un extranjero que llevaba la gran existencia de los favorecidos por la fortuna, nadie sabía, en suma, ni quién era, ni de dónde venía, ni adónde iba.

La goleta prosiguió así su ruta con andar airoso y rápido sobre las aguas tranquilas del Pamplico-Sound. Su pabellón —una media luna de oro estampada en el ángulo de una bandera de estameña roja, izada en su pico de cangreja— se desplegaba ampliamente bajo la brisa...

El conde d'Artigas estaba sentado, a popa, en uno de esos sillones de mimbre, de uso corriente a bordo de los buques de recreo. El ingeniero Serkö y el capitán Spade conversaban con él.

– No se dan prisa en honrarnos con su saludo, esos señores oficiales de la marina federal —hizo notar el ingeniero Serkö.

– Que vengan a bordo cuando quieran —respondió el conde d'Artigas con el tono de la más completa indiferencia.

– Sin duda esperan al Ebba a la entrada del inlet de Hatteras —observó el capitán Spade.

– Que la esperen —concluyó el rico yachtman. Y volvió a caer en esa flemática despreocupación que le era habitual. Cabía creer, por lo demás, que la hipótesis del capitán Spade se cumpliría, pues era evidente que el Ebba se dirigía hacia el inlet indicado. Si el Falcon todavía no se movía para venir a «hacerla entrar en razón», lo haría sin duda en cuanto se presentara a la entrada del paso. En ese lugar, le sería imposible negarse a la inspección prescrita, si quería salir del Pamplico-Sound para alcanzar la mar abierta.

Y no parecía, por lo demás, que quisiera eludirla en modo alguno. ¿Es que Thomas Roch y Gaydon estaban tan bien escondidos a bordo que los agentes del Estado no podrían descubrirlos?... Esa suposición era admisible, pero tal vez el conde d'Artigas habría mostrado menos confianza de haber sabido que el Ebba había sido señalado de manera muy especial al crucero y a las lanchas de aduanas.

En efecto, la venida del extranjero a Healthful-House no había hecho sino atraer la atención sobre él. Evidentemente, el director no podía haber tenido ningún motivo para sospechar de los móviles de su visita. Sin embargo, solo unas horas después de su marcha, el pensionista y su vigilante habían sido raptados, y desde entonces nadie había sido recibido en el pabellón 17, nadie se había puesto en contacto con Thomas Roch. Así, despiertas las sospechas, la administración se preguntó si no habría que ver en aquel asunto la mano de ese personaje. Una vez observada la disposición del lugar, reconocidos los alrededores del pabellón, ¿no habría podido el acompañante del conde d'Artigas descorrer los cerrojos de la puerta, retirar la llave, volver al caer la noche, deslizarse dentro del parque, llevar a cabo aquel rapto en condiciones relativamente fáciles, puesto que la goleta Ebba no estaba fondeada sino a dos o tres cables del recinto?...

Ahora bien, esas sospechas, que ni el director ni el personal del establecimiento habían sentido al principio de la investigación, crecieron cuando se vio que la goleta levaba anclas, descendía el estuario del Neuze y maniobraba de modo que ganase uno de los pasos del Pamplico-Sound.

Fue, pues, por orden de las autoridades de New-Berne por lo que el crucero Falcon y las embarcaciones de vapor de la aduana quedaron encargados de seguir a la goleta Ebba, de detenerla antes de que hubiera franqueado alguno de los inlets, de someterla a los registros más severos, de no dejar sin explorar ninguna parte de sus camarotes, de sus tambuchos, de sus puestos, de su bodega. No se le concedería la libre plática sin haber adquirido la certeza de que Thomas Roch y Gaydon no se hallaban a bordo.

Ciertamente, el conde d'Artigas no podía sospechar que recayeran sobre él sospechas particulares, que su yate estuviera especialmente señalado a los oficiales y a los agentes. Pero, aunque lo hubiera sabido, ¿se habría dignado aquel hombre de desdén tan soberbio, de porte tan altivo, a inquietarse lo más mínimo por ello?...

Hacia las tres de la tarde, la goleta, que navegaba a menos de una milla del Hatteras-inlet, viró de manera que se mantuviera en el centro del paso.

Tras haber registrado algunas barcas de pesca que hacían ruta hacia mar abierta, el Falcon esperaba a la entrada del inlet. Según toda probabilidad, el Ebba no pretendía salir inadvertido, ni forzar el trapo para sustraerse a las formalidades que concernían a todos los buques del Pamplico-Sound. No era un simple velero capaz de escapar a la persecución de un buque de guerra, y si la goleta no obedecía a la orden de ponerse en facha, uno o dos proyectiles la habrían obligado a ello enseguida.

En ese momento, una embarcación, con dos oficiales y una decena de marineros, se apartó del crucero; luego, con los remos calados, avanzó de modo que cortara la ruta del Ebba.

El conde d'Artigas, desde el lugar que ocupaba a popa, contempló despreocupadamente aquella maniobra, después de haber encendido un cigarro de puro habano.

Cuando la embarcación no estuvo ya a más de medio cable, uno de los hombres se levantó y agitó una banderola.

– Señal de alto —dijo el ingeniero Serkö.

– En efecto —respondió el conde d'Artigas.

– Orden de esperar...

– Esperemos.

El capitán Spade tomó de inmediato sus disposiciones para ponerse en facha. La trinquetilla, los foques y la vela mayor fueron cazados a contra, mientras se izaba la escota del trinquete, con la caña a sotavento. La arrancada de la goleta se cortó, y no tardó en inmovilizarse, sin sufrir ya más que la acción de la marea menguante, que derivaba hacia el paso. Unos golpes de remo llevaron la embarcación del Falcon hasta ponerse costado con costado con el Ebba. Un bichero la enganchó a los obenques del palo mayor. Se desenrolló la escala en el portalón, y los dos oficiales, seguidos de ocho hombres, subieron a cubierta, mientras dos marineros se quedaban custodiando el bote. La tripulación de la goleta se alineó cerca del castillo de proa. El oficial de mayor graduación —un teniente de navío— avanzó hacia el propietario del Ebba, que acababa de levantarse, y he aquí qué preguntas y respuestas se intercambiaron entre ellos:

– ¿Esta goleta pertenece al conde d'Artigas, ante quien tengo el honor de hallarme?...

– Sí, señor.

– ¿Se llama?...

– Ebba.

– ¿Y está al mando de?...

– Del capitán Spade.

– ¿Su nacionalidad?...

– Indomalaya.

El oficial miró el pabellón de la goleta, mientras el conde d'Artigas añadía:

– ¿Puedo saber, señor, por qué motivo tengo el placer de verlo a bordo?...

– Se ha dado la orden —respondió el oficial— de registrar todos los buques que se hallan fondeados en este momento en el Pamplico-Sound, o que desean salir de él.

No creyó oportuno insistir en el hecho de que, más que ningún otro buque, el Ebba debía someterse a las molestias de un riguroso registro.

– Sin duda no tiene usted, señor conde, intención de negarse...

– En absoluto, señor —respondió el conde d'Artigas—. Mi goleta está a su disposición desde la perilla de sus palos hasta el fondo de su bodega. Solo le preguntaré por qué los buques que se encuentran hoy en el interior del Pamplico-Sound están sujetos a estas formalidades...

– No veo ninguna razón para dejarlo en la ignorancia, señor conde —respondió el oficial—. Se acaba de comunicar al gobernador de Carolina un rapto cometido en Healthful-House, y la administración quiere cerciorarse de que quienes fueron objeto de él no han sido embarcados durante la noche...

– ¿Es posible?... —dijo el conde d'Artigas, fingiendo sorpresa—. ¿Y qué personas han desaparecido así de Healthful-House?...

– Un inventor, un loco, que ha sido víctima de ese atentado, junto con su guardián...

– ¡Un loco, señor!... ¿Se tratará, por casualidad, del francés Thomas Roch?...

– De él mismo.

– ¿Ese Thomas Roch al que vi ayer durante una visita al establecimiento... al que interrogué en presencia del director... que sufrió una violenta crisis en el momento en que lo dejamos, el capitán Spade y yo?...

El oficial observaba al extranjero con extrema atención, tratando de sorprender algo sospechoso en su actitud o en sus palabras.

– ¡No es creíble! —añadió el conde d'Artigas. Y dijo esto como si acabara de oír hablar por primera vez del rapto de Healthful-House—. Señor —prosiguió—, comprendo cuáles deben de ser las inquietudes de la administración, dada la personalidad de ese Thomas Roch, y apruebo las medidas que se han decidido. Inútil es afirmarle que ni el inventor francés ni su vigilante están a bordo del Ebba. Por lo demás, puede usted cerciorarse de ello registrando la goleta tan minuciosamente como le convenga. Capitán Spade, tenga la bondad de acompañar a estos señores.

Dicha esta respuesta, tras haber saludado fríamente al teniente del Falcon, el conde d'Artigas volvió a sentarse en su sillón y se colocó de nuevo el cigarro entre los labios.

Los dos oficiales y los ocho marineros, conducidos por el capitán Spade, comenzaron de inmediato sus pesquisas. En primer lugar, por la escotilla del rufo, descendieron al salón de popa —salón lujosamente decorado, amueblado, con paneles de maderas preciosas, objetos de arte de gran valor, alfombras y colgaduras de telas costosísimas.

Huelga decir que aquel salón, los camarotes contiguos, el camarote del conde d'Artigas, fueron registrados con el esmero que habrían sido capaces de poner en ello los agentes más experimentados de la policía. El capitán Spade se prestaba, por lo demás, a esas pesquisas, pues no quería que los oficiales pudieran conservar la menor sospecha respecto al propietario del Ebba.

Tras el salón y los camarotes de popa, se pasó al comedor, ricamente adornado. Se registraron las despensas, la cocina, y, a proa, los camarotes del capitán Spade y del contramaestre, luego el sollado de la marinería, sin que se descubriera ni a Thomas Roch ni a Gaydon.

Quedaba entonces la bodega y sus diversas dependencias, que exigían un registro muy minucioso. Así, cuando se levantaron las escotillas, el capitán Spade tuvo que hacer encender dos fanales para facilitar la inspección.

Aquella bodega no contenía sino aljibes de agua, provisiones de toda clase, barricas de vino, pipas de alcohol, toneles de ginebra, de aguardiente y de whisky, barriles de cerveza, una reserva de carbón, todo ello en abundancia, como si la goleta hubiera sido aprovisionada para un largo viaje. Entre los huecos de aquel cargamento, los marineros americanos se deslizaron hasta el forro interior, hasta la sobrequilla, introduciéndose en los intersticios de los fardos y de los sacos... Perdieron el tiempo.

Evidentemente, era sin razón por lo que el conde d'Artigas había podido ser sospechoso de haber tomado parte en el rapto del pensionista de Healthful-House y de su guardián.

Aquel registro, que duró unas dos horas, terminó sin haber dado ningún resultado.

A las cinco y media, los oficiales y los hombres del Falcon volvieron a subir a la cubierta de la goleta, después de haber operado a conciencia en el interior y de haber adquirido la absoluta certeza de que ni Thomas Roch ni Gaydon se hallaban en ella. Por fuera, registraron inútilmente el castillo de proa y las embarcaciones. Su convicción fue, pues, que el Ebba había sido sospechado por error.

A los dos oficiales no les quedaba entonces sino despedirse del conde d'Artigas, y avanzaron hacia él.

– Nos disculpará usted por haberlo molestado, señor conde —dijo el teniente.

– No podían ustedes sino obedecer las órdenes cuya ejecución les había sido confiada, señores...

– No era, por lo demás, sino una simple formalidad —creyó oportuno añadir el oficial. El conde d'Artigas, con un leve movimiento de cabeza, indicó que estaba dispuesto a admitir esa respuesta.

– Les había asegurado, señores, que yo nada tenía que ver con ese rapto...

– Ya no lo dudamos, señor conde, y no nos queda sino regresar a nuestro buque.

– Como gusten. —¿Tiene ya la goleta Ebba libre paso?...

– Ciertamente.

– Adiós, señores, adiós, pues soy asiduo de este litoral, y no tardaré en volver por aquí. Espero que a mi regreso hayan descubierto ustedes al autor de este rapto y devuelto a Thomas Roch a Healthful-House. Ese resultado es de desear en interés de los Estados Unidos, y añadiré que también en interés de la humanidad.

Pronunciadas estas palabras, los dos oficiales saludaron cortésmente al conde d'Artigas, quien respondió con un leve movimiento de cabeza.

El capitán Spade los acompañó hasta el portalón, y, seguidos de sus marineros, se reunieron con el crucero, que los esperaba a dos cables de distancia.

A una señal del conde d'Artigas, el capitán Spade ordenó restablecer el velamen, tal como estaba antes de que la goleta se pusiera en facha. La brisa había refrescado, y, a rápido andar, el Ebba se dirigió hacia el inlet de Hatteras.

Media hora después, franqueado el paso, el yate navegaba en alta mar.

Durante una hora se mantuvo el rumbo hacia el este-nordeste. Pero, como suele ocurrir, la brisa, que venía de tierra, dejó de sentirse a algunas millas del litoral. El Ebba, encalmado, con las velas flameando en los palos, nula la acción del timón, permaneció estacionario sobre la superficie de un mar que no turbaba el menor soplo.

Parecía, pues, que la goleta se vería en la imposibilidad de proseguir su ruta en toda la noche.

El capitán Spade había permanecido en observación a proa. Desde la salida del inlet, su mirada no dejaba de dirigirse ora a babor, ora a estribor, como si intentara distinguir algún objeto flotante en aquellos parajes.

En ese momento, gritó con voz fuerte:

– ¡Todo a cargar!

En cumplimiento de esta orden, los marineros se apresuraron a largar las drizas, y las velas, abatidas, fueron aferradas a las vergas, sin que se tomara la molestia de cubrirlas con sus fundas.

¿Era intención del conde d'Artigas esperar en ese lugar el regreso del alba, al mismo tiempo que la brisa matinal? Pero es raro no permanecer con las velas izadas para aprovechar los primeros soplos favorables.

El bote fue echado al mar, y el capitán Spade descendió a él acompañado de un marinero que lo dirigió a la espadilla hacia un objeto que flotaba a unos veinte metros a babor.

Aquel objeto era una pequeña boya semejante a la que flotaba en las aguas del Neuze, cuando el Ebba estaba fondeado cerca de la orilla de Healthful-House.

En cuanto se recogió aquella boya, junto con una amarra que llevaba sujeta, el bote la transportó hasta la proa de la goleta.

A la orden del contramaestre, un cabo de remolque, largado desde a bordo, fue atado a la primera amarra. Luego el capitán Spade y el marinero volvieron a subir a la cubierta de la goleta, a cuyos pescantes se izó el bote.

Casi de inmediato, el remolque se tensó, y el Ebba, a palo seco, tomó dirección hacia el este con una velocidad que no podía ser inferior a una decena de millas.

La noche había cerrado por completo, y las luces del litoral americano no tardaron en desaparecer entre las brumas del horizonte.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

0 parole · tariffa: 0 kreuzer (i punti diventano STOP)