Ante la bandera

Capítulo XVII

Uno contra cinco

Durante una hora he errado bajo las oscuras arcadas de Back-Cup, entre los árboles de piedra, hasta el extremo límite de la caverna. Es por ese lado por donde tantas veces he buscado una salida, una falla, una grieta en la pared, a través de la cual pudiera deslizarme hasta el litoral del islote.

Mis búsquedas han sido inútiles. Ahora, en el estado en que me encuentro, presa de indefinibles alucinaciones, me parece que estas paredes se espesan aún más... que los muros de mi prisión se estrechan poco a poco... que van a aplastarme...

¿Cuánto tiempo ha durado este trastorno intelectual?... No sabría decirlo.

Me he encontrado entonces del lado de Bee-Hive, frente a esa celda en la que no puedo esperar ni reposo ni sueño... ¡Dormir, cuando se es presa de tal sobreexcitación cerebral!... ¡Dormir, cuando toco ya el desenlace de una situación que amenazaba con prolongarse durante largos años!...

Pero ese desenlace, ¿cuál será en lo que a mí respecta?... ¿Qué debo esperar del ataque preparado contra Back-Cup, cuyo éxito no he conseguido asegurar poniendo a Thomas Roch fuera de condiciones de hacer daño?... Sus artefactos están listos para lanzarse en cuanto los buques hayan penetrado en la zona peligrosa, y, aun sin ser alcanzados, serán aniquilados...

Sea como sea, estas últimas horas de la noche estoy condenado a pasarlas en el fondo de mi celda. Ha llegado el momento de volver a ella. Amanecido el día, veré qué conviene hacer. Y ¿sé yo acaso si, esta misma noche, no van a sacudir las rocas de Back-Cup unas detonaciones, las del Fulgurador Roch, que fulminará a los navíos antes de que hayan podido apostarse frente al islote?...

En este instante, lanzo una última mirada a los alrededores de Bee-Hive. En el lado opuesto brilla una luz... una sola... la del laboratorio, cuyo reflejo tiembla entre las aguas del lago.

Las orillas están desiertas, nadie en el embarcadero... Se me ocurre que Bee-Hive debe de estar vacío a esta hora, y que los piratas han ido a ocupar su puesto de combate...

Entonces, impulsado por un instinto irresistible, en lugar de volver a mi celda, heme aquí deslizándome a lo largo de la pared, escuchando, acechando, dispuesto a acurrucarme en algún recoveco si se oyen pasos o voces...

Llego así ante la boca del pasadizo...

¡Dios todopoderoso!... No hay nadie de guardia en este lugar... ¡El paso está libre!...

Sin tomarme tiempo para razonar, me lanzo a través del oscuro conducto... Voy costeando sus paredes a tientas... Pronto, un aire más fresco me baña el rostro: el aire salino, el aire del mar, ese aire que no he respirado en cinco largos meses... ese aire vivificante que aspiro a pleno pulmón...

El otro extremo del pasadizo se recorta contra un cielo salpicado de estrellas. Ninguna sombra lo obstruye... y quizá voy a poder salir de Back-Cup...

Tras tenderme boca abajo, avanzo reptando lentamente, sin ruido.

Llegado cerca de la boca, por la que asomo la cabeza, miro...

Nadie... ¡nadie!

Rozando la base del islote hacia el este, por el lado que los arrecifes hacen inabordable y que no debe de estar vigilado, alcanzo una estrecha excavación, a unos doscientos metros del lugar donde la punta del litoral avanza hacia el noroeste.

Por fin... estoy fuera de esta caverna; no libre, pero es un principio de libertad.

En la punta se recorta la silueta de algunos vigías inmóviles que se podrían confundir con las rocas.

El firmamento está despejado, y las constelaciones brillan con ese fulgor intenso que les dan las frías noches de invierno.

En el horizonte, hacia el noroeste, como una línea luminosa, se muestran las luces de posición de los navíos.

Por diversos esbozos de claridad en dirección de levante, calculo que deben de ser alrededor de las cinco de la mañana.

18 de noviembre. Ya la claridad es suficiente, y voy a poder completar mis notas relatando los detalles de mi visita al laboratorio de Thomas Roch, las últimas líneas que trazará mi mano, quizá...

Empiezo a escribir, y, a medida que se produzcan incidentes durante el ataque, irán encontrando su lugar en mi cuaderno.

La ligera y húmeda bruma que empaña el mar no tarda en disiparse al soplo de la brisa. Distingo por fin los navíos avistados...

Estos navíos, cinco en número, están alineados, a una distancia de al menos seis millas, por consiguiente fuera del alcance de los artefactos Roch.

Uno de los temores que tenía queda, pues, disipado: el temor de que esos buques, tras haber pasado a la vista de las Bermudas, hubieran continuado su ruta hacia los parajes de las Antillas y de México... ¡No! Están ahí, estacionados... esperando la plena luz del día para atacar Back-Cup...

En este instante, se produce cierto movimiento en el litoral. Tres o cuatro piratas surgen de entre las últimas rocas. Los vigías de la punta retroceden. Toda la banda está allí, al completo.

No ha buscado refugio en el interior de la caverna, sabiendo bien que los buques no pueden acercarse lo suficiente para que los proyectiles de sus piezas de grueso calibre alcancen el islote.

En el fondo de este recoveco, donde estoy hundido hasta la cabeza, no corro riesgo de ser descubierto, y no es de suponer que vengan por este lado. Podría producirse, sin embargo, una circunstancia enojosa: que el ingeniero Serkö o cualquier otro quisiera asegurarse de que estoy en mi celda y, si fuera necesario, encerrarme en ella... Aunque, bien mirado, ¿qué pueden temer de mí?...

A las siete y veinticinco, Ker Karraje, el ingeniero Serkö y el capitán Spade se dirigen al extremo de la punta, desde donde observan el horizonte del noroeste. Detrás de ellos están instalados los seis caballetes, cuyas canaletas sostienen los artefactos autopropulsados. Tras haber sido inflamados por el deflagrador, será desde allí desde donde partirán describiendo una larga trayectoria hasta la zona en la que su explosión trastornará la atmósfera circundante.

Las siete y treinta y cinco: algunos humos se despliegan sobre los navíos, que van a zarpar y a ponerse al alcance de los artefactos de Back-Cup.

Espantosos gritos de alegría, una salva de hurras —debería decir de aullidos de fieras—, son lanzados por esta horda de bandidos.

En ese momento, el ingeniero Serkö se aparta de Ker Karraje, al que deja con el capitán Spade; se dirige hacia la abertura del pasadizo y penetra en la caverna, donde sin duda va a buscar a Thomas Roch.

Cuando Ker Karraje le dé la orden de lanzar sus artefactos contra los navíos, ¿se acordará Thomas Roch de lo que acabo de decirle?... ¿No se le aparecerá su crimen en todo su horror?... ¿Se negará a obedecer?... No... ¡tengo de ello una certeza demasiado firme!... ¿Y por qué habría de conservar una ilusión a este respecto?... ¿No está el inventor aquí en su propia casa?... Él lo ha repetido... él lo cree... Vienen a atacarlo... ¡él se defiende!

Entre tanto, los cinco buques avanzan a poca velocidad, con rumbo hacia la punta del islote. Quizá, a bordo, se tiene la idea de que Thomas Roch aún no ha entregado su último secreto a los piratas de Back-Cup —y en efecto no lo había entregado el día en que arrojé el tonelillo a las aguas del lago—. Ahora bien, si los comandantes tienen la intención de efectuar un desembarco en el islote, si sus navíos se arriesgan en esa zona de una milla de ancho, ¡pronto no quedarán de ellos más que informes restos en la superficie del mar!...

He aquí a Thomas Roch, acompañado del ingeniero Serkö. Al salir del pasadizo, ambos se dirigen hacia el caballete que está apuntado en dirección al navío de cabeza.

Ker Karraje y el capitán Spade los esperan a ambos en ese lugar.

Por lo que puedo juzgar, Thomas Roch está tranquilo. Sabe lo que va a hacer. ¡Ninguna vacilación turbará el alma de este desdichado, extraviado por sus odios!

Entre sus dedos brilla uno de los frascos de vidrio en que está encerrado el líquido del deflagrador.

Sus miradas se dirigen entonces hacia el navío menos alejado, que se encuentra a una distancia de unas cinco millas.

Es un crucero de dimensiones medias: dos mil quinientas toneladas como máximo.

El pabellón no está izado; pero, por su construcción, mucho me parece que este navío pertenece a una nacionalidad que no puede resultar muy grata a un francés.

Los otros cuatro buques se quedan atrás.

Es este crucero el que tiene la misión de iniciar el ataque contra el islote.

¡Que dispare, pues, su artillería, ya que los piratas lo dejan acercarse, y, en cuanto esté a tiro, ojalá el primero de sus proyectiles alcance a Thomas Roch!...

Mientras el ingeniero Serkö sigue con precisión la marcha del crucero, Thomas Roch viene a colocarse delante del caballete. Este caballete lleva tres artefactos, cargados del explosivo, a los que la materia propulsora debe asegurar una larga trayectoria, sin que haya sido necesario imprimirles un movimiento de rotación, que es lo que el inventor Turpin había imaginado para sus proyectiles giroscópicos. Basta, por lo demás, con que estallen a unos pocos cientos de metros del buque para que este quede aniquilado de golpe.

Ha llegado el momento.

– ¡Thomas Roch! —exclama el ingeniero Serkö.

Le muestra con el dedo el crucero. Este va avanzando lentamente hacia la punta noroeste y ya no está sino a una distancia de entre cuatro y cinco millas...

Thomas Roch hace una señal afirmativa, indicando con un gesto que quiere estar solo delante del caballete.

Ker Karraje, el capitán Spade y los demás retroceden una cincuentena de pasos.

Entonces, Thomas Roch destapa el frasco de vidrio que sostiene con la mano derecha, y vierte sucesivamente sobre los tres artefactos, por una abertura practicada en su varilla, unas gotas del líquido, que se mezcla con la materia propulsora...

Transcurren cuarenta y cinco segundos —el tiempo necesario para que se produzca la combinación—, cuarenta y cinco segundos durante los cuales me parece que mi corazón ha dejado de latir...

Un espantoso silbido desgarra el aire, y los tres artefactos, describiendo una curva muy alargada a cien metros de altura, sobrepasan el crucero...

¿Lo han fallado, pues?... ¿Ha desaparecido el peligro?...

¡No! Estos artefactos, a la manera del proyectil discoidal del comandante de artillería Chapel, regresan sobre sí mismos como un bumerán australiano...

Casi de inmediato, el espacio se ve sacudido con una violencia comparable a la de un polvorín de melinita o de dinamita que hiciera explosión. Las capas bajas de la atmósfera son rechazadas hasta el islote de Back-Cup, que tiembla sobre su base...

Miro...

El crucero ha desaparecido, desmembrado, destripado, hundido hasta el fondo. Es el efecto del proyectil Zalinski, pero centuplicado por la infinita potencia del Fulgurador Roch.

¡Qué vociferaciones lanzan estos bandidos, precipitándose hacia el extremo de la punta! Ker Karraje, el ingeniero Serkö, el capitán Spade, inmóviles, apenas pueden creer lo que han visto sus propios ojos.

En cuanto a Thomas Roch, está allí, con los brazos cruzados, la mirada centelleante, el rostro radiante.

¡Comprendo, aborreciéndolo, ese triunfo del inventor, cuyo odio se ve redoblado por una venganza satisfecha!...

Y si los demás navíos se acercan, correrán la misma suerte que el crucero. Serán inevitablemente destruidos, en las mismas circunstancias, sin poder escapar a su destino... ¡Pues bien! Aunque mi última esperanza deba desaparecer con ellos, ¡que emprendan la huida, que regresen a alta mar, que abandonen un ataque inútil!... ¡Las naciones se pondrán de acuerdo para proceder de otro modo al aniquilamiento del islote!... Se rodeará a Back-Cup de un cinturón de buques que los piratas no podrán franquear, ¡y morirán de hambre en su guarida como fieras en su antro!...

Pero —lo sé— no es a unos navíos de guerra a los que hay que pedir que retrocedan, aunque corran hacia una pérdida cierta. No dudarán en internarse uno tras otro, ¡aunque tuvieran que ser engullidos en las profundidades del Océano!

Y, en efecto, he aquí que se intercambian múltiples señales de bordo a bordo. Casi de inmediato, el horizonte se ennegrece con un humo más espeso, abatido por el viento del noroeste, y los cuatro navíos se han puesto en marcha.

Uno de ellos se adelanta a los demás, a toda máquina forzada, con prisa por ponerse a tiro para abrir fuego con sus piezas de grueso calibre...

Yo, a todo riesgo, salgo de mi agujero... Miro, con los ojos afiebrados... Espero, sin poder impedirlo, una segunda catástrofe...

Este navío, que crece a ojos vistas, es un crucero de un tonelaje aproximadamente igual al del buque que lo había precedido. Ningún pabellón ondea en su pico, y no puedo reconocer a qué nación pertenece. Es evidente que fuerza sus máquinas, a fin de franquear la zona peligrosa antes de que se lancen nuevos artefactos. Pero ¿cómo escapará a su poder destructivo, si pueden alcanzarlo por la espalda?...

Thomas Roch se ha colocado delante del segundo caballete, en el momento en que el navío pasa por la superficie del abismo en el que, tras el otro buque, va a hundirse a su vez.

Nada turba el silencio del espacio, aunque llegan algunos soplos de alta mar.

De pronto, el tambor redobla a bordo del crucero... Se oyen toques de corneta. Sus voces de bronce llegan hasta mí...

¡Los reconozco, esos toques... son toques franceses!... ¡Dios mío!... ¡Es un buque de mi país el que se ha adelantado a los demás y al que un inventor francés va a aniquilar!...

¡No!... Eso no será... Voy a abalanzarme sobre Thomas Roch... Voy a gritarle que ese buque es francés... No lo ha reconocido... lo reconocerá...

En este instante, ante una señal del ingeniero Serkö, Thomas Roch levanta la mano que sostiene el frasco de vidrio...

Entonces los toques de corneta lanzan sones más vibrantes. Es el saludo a la bandera... Un pabellón se despliega a la brisa... el pabellón tricolor, cuyo azul, blanco y rojo se recortan luminosamente contra el cielo.

¡Ah!... ¿Qué ocurre?... ¡Comprendo!... ¡Ante la vista de su pabellón nacional, Thomas Roch parece fascinado!... ¡Su brazo se baja poco a poco a medida que ese pabellón sube lentamente en el aire!... Después retrocede... se cubre los ojos con la mano, como para ocultarles los pliegues de la enseña tricolor...

¡Cielo poderoso!... ¡No está, pues, extinguido todo sentimiento de patriotismo en ese corazón ulcerado, ya que aún late ante la vista de la bandera de su país!...

¡Mi emoción no es menor que la suya!... A riesgo de ser descubierto —¿y qué me importa?—, avanzo reptando a lo largo de las rocas... ¡Quiero estar allí para sostener a Thomas Roch e impedir que flaquee!... ¡Aunque tenga que pagarlo con mi vida, lo conjuraré una última vez en nombre de su patria!... Le gritaré:

– ¡Francés, es el pabellón tricolor el que ondea en ese navío!... ¡Francés, es un pedazo de Francia el que se acerca!... Francés, ¿serás lo bastante criminal para atacarlo?...

Pero mi intervención no será necesaria... Thomas Roch no es presa de una de esas crisis que antaño lo derribaban... Es dueño de sí mismo...

Y, cuando se ha visto frente a la bandera, ha comprendido... se ha echado hacia atrás...

Algunos piratas se acercan para hacerlo volver delante del caballete... Él los rechaza... forcejea...

Ker Karraje y el ingeniero Serkö acuden corriendo... Le muestran el navío que avanza rápidamente... Le ordenan lanzar sus artefactos...

Thomas Roch se niega.

El capitán Spade, los demás, en el colmo del furor, lo amenazan... lo increpan... lo golpean... quieren arrancarle el frasco de la mano...

Thomas Roch arroja el frasco al suelo y lo aplasta bajo su talón...

¡Qué espanto se apodera entonces de todos estos miserables!... Ese crucero ha franqueado la zona, y no pueden responder a los proyectiles, que empiezan a caer sobre el islote, cuyas rocas vuelan hechas añicos...

Pero ¿dónde está entonces Thomas Roch?... ¿Ha sido alcanzado por uno de esos proyectiles?... No... lo distingo una última vez, en el momento en que se lanza a través del pasadizo...

Ker Karraje, el ingeniero Serkö, los demás van, tras él, a buscar refugio en el interior de Back-Cup...

Yo... a ningún precio quiero volver a entrar en la caverna, ¡aunque tuviera que morir en este mismo sitio! Voy a tomar mis últimas notas y, cuando los marinos franceses desembarquen en la punta, iré...

FIN DE LAS NOTAS DEL INGENIERO SIMON HART

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

0 parole · tariffa: 0 kreuzer (i punti diventano STOP)