Capítulo XIV
El Sword frente al remolcador
Toda esta noche, sin dormir, he seguido con el pensamiento a ese tonelillo. Cuántas veces me ha parecido verlo chocar contra las rocas, arrimarse a la cala, detenerse en alguna oquedad... Un sudor frío me recorría de la cabeza a los pies... Por fin, el túnel queda atrás... el tonelillo se adentra por el paso... la marea saliente lo lleva a alta mar... ¡Gran Dios! Si la marea fuera a devolverlo hasta la entrada, y luego al interior de Back-Cup... si, llegado el día, lo viera aparecer...
Levantado desde las primeras luces del alba, me encamino hacia la playa...
Ningún objeto flota sobre las aguas tranquilas del lago.
Los días siguientes se ha proseguido el trabajo de perforación del pasadizo en las condiciones ya sabidas. El ingeniero Serkö hace saltar la última roca a las cuatro de la tarde del 23 de septiembre. La comunicación queda establecida —nada más que un estrecho conducto, en el que hay que agacharse, pero basta—. En el exterior, su orificio se pierde entre los desprendimientos del litoral, y sería fácil obstruirlo si esa medida resultara necesaria.
Ni que decir tiene que, a partir de ese día, este pasadizo será severamente vigilado. Nadie, sin autorización, podrá pasar por él ni para penetrar en la caverna ni para salir de ella... Así pues, imposible escapar por ahí...
25 de septiembre. Hoy, por la mañana, el remolcador ha vuelto a subir desde las profundidades del lago hasta la superficie. El conde d'Artigas, el capitán Spade y la tripulación de la goleta atracan en el muelle. Se procede al desembarco de las mercancías traídas por el Ebba. Distingo cierto número de fardos para el abastecimiento de Back-Cup, cajas de carnes y conservas, toneles de vino y de aguardiente, además, varios paquetes destinados a Thomas Roch. Al mismo tiempo, los hombres desembarcan las diversas piezas de los artefactos que tienen forma discoidal.
Thomas Roch asiste a esta operación. Su ojo brilla con un fuego extraordinario. Tras coger una de estas piezas, la examina, mueve la cabeza en señal de satisfacción. Observo que su alegría no estalla en frases incoherentes, que ya no queda en él nada del antiguo pensionista de Healthful-House. Llego incluso a preguntarme ¿si esa locura parcial, que se creía incurable, no estará ya radicalmente curada?...
Por fin, Thomas Roch embarca en el bote destinado al servicio del lago, y el ingeniero Serkö lo acompaña a su laboratorio. En una hora, toda la carga del remolcador ha sido trasladada a la otra orilla.
En cuanto a Ker Karraje, no ha cruzado más que unas palabras con el ingeniero Serkö. Más tarde, los dos se han encontrado por la tarde y han conversado largamente paseando delante de Bee-Hive.
Terminada la conversación, se dirigen hacia el pasadizo y penetran en él, seguidos del capitán Spade. ¡Cuánto no daría por poder colarme detrás de ellos!... ¡Cuánto no daría por ir a respirar, aunque solo fuera un instante, ese aire vivificante del Atlántico, del que Back-Cup no recibe, por así decirlo, más que los soplos agotados!...
Del 26 de septiembre al 10 de octubre. Acaban de transcurrir quince días. Bajo la dirección del ingeniero Serkö y de Thomas Roch, se ha trabajado en el ajuste de los artefactos. Después, se han ocupado del montaje de los soportes de lanzamiento. Son simples caballetes, provistos de canaletas, de inclinación variable, que será fácil instalar a bordo del Ebba o incluso en la plataforma del remolcador mantenido a flor de agua.
¡Así pues, Ker Karraje va a ser dueño de los océanos con solo su goleta!... ¡Ningún buque de guerra podrá atravesar la zona peligrosa y el Ebba se mantendrá fuera del alcance de sus proyectiles!... ¡Ah! Si al menos hubieran recogido mi nota... ¡si se conociera esta guarida de Back-Cup!... Se sabría, si no destruirla, al menos impedir su abastecimiento...
20 de octubre. Con gran sorpresa mía, esta mañana ya no he visto el remolcador en su puesto habitual. Recuerdo que, la víspera, se renovaron los elementos de sus pilas; pero pensaba que era para tenerlas a punto. Si se ha marchado, ahora que el nuevo pasadizo es practicable, es porque se trata de alguna expedición por estos parajes. En efecto, ya no falta en Back-Cup ninguna de las piezas ni sustancias necesarias a Thomas Roch.
Sin embargo, ya estamos en la temporada del equinoccio. El mar de las Bermudas se ve alterado por frecuentes tempestades.
Las ráfagas se desatan allí con una espantosa turbulencia. Se nota en las violentas ráfagas de aire que se precipitan por el cráter de Back-Cup, en los torbellinos de vapor mezclados con lluvia de que se llena la vasta caverna, y también en la agitación de las aguas del lago, que barren con su espuma las rocas de las orillas.
Pero ¿es seguro que la goleta haya salido de la cala de Back-Cup?... ¿No es de un porte demasiado débil, incluso con la ayuda de su remolcador, para afrontar unos mares tan malos?...
Por otra parte, ¿cómo admitir que el remolcador, aunque no tenga nada que temer de la marejada, puesto que encuentra aguas tranquilas a pocos metros por debajo de la superficie, haya emprendido un viaje sin acompañar a la goleta?...
No sé a qué causa atribuir esta partida del aparato submarino, partida que va a prolongarse, pues no ha regresado en todo el día.
Esta vez, el ingeniero Serkö se ha quedado en Back-Cup. Solo Ker Karraje, el capitán Spade y las tripulaciones del remolcador y del Ebba han abandonado el islote...
La existencia continúa con su habitual y desalentadora monotonía, en medio de esta colonia de emparedados. Paso horas enteras en el fondo de mi celdilla, meditando, esperando, desesperando, aferrándome, por un vínculo que se debilita cada día, a aquel tonel abandonado al capricho de las corrientes, y redactando estas notas, que probablemente no me sobrevivirán...
Thomas Roch está constantemente ocupado en su laboratorio, en la fabricación de su deflagrador. Sigo aferrado a la idea de que no querrá vender a ningún precio la composición de ese líquido... Pero también sé que no vacilaría en poner su invención al servicio de Ker Karraje.
Me encuentro a menudo con el ingeniero Serkö, cuando mis paseos me llevan por los alrededores de Bee-Hive. Ese hombre se muestra siempre dispuesto a conversar conmigo... con un tono de impertinente ligereza, eso sí.
Hablamos de esto y de aquello, rara vez de mi situación, sobre la que es inútil recriminar, pues no haría sino atraerme nuevas burlas.
22 de octubre. Hoy he creído oportuno preguntar al ingeniero Serkö si la goleta había vuelto a hacerse a la mar con el remolcador.
– Sí, señor Simon Hart —respondió él—, y aunque el tiempo sea detestable en alta mar, con verdaderas galernas, ¡no tema usted nada por nuestra querida Ebba!...
– ¿Va a prolongarse su ausencia?...
– La esperamos dentro de cuarenta y ocho horas... Es el último viaje que el conde d'Artigas se ha decidido a emprender antes de que las tempestades del invierno hagan estos parajes absolutamente impracticables.
– ¿Viaje de placer... o de negocios?... —repliqué. El ingeniero Serkö me responde sonriendo—: ¡Viaje de negocios, señor Hart, viaje de negocios! Ahora mismo, nuestros artefactos están terminados, y, en cuanto vuelva el buen tiempo, no tendremos más que retomar la ofensiva...
– Contra desdichados navíos...
– Tan desdichados... ¡como ricamente cargados!
– ¡Actos de piratería cuya impunidad no les estará siempre asegurada, espero! —exclamé.
– ¡Cálmese, mi querido colega, cálmese!... Usted lo sabe de sobra, nadie descubrirá jamás nuestro refugio de Back-Cup, ¡nadie podrá jamás desvelar su secreto!... Y además, con estos artefactos de manejo tan fácil y de una potencia tan terrible, nos sería fácil aniquilar cualquier navío que pasara dentro de cierto radio del islote...
– A condición —dije— de que Thomas Roch les haya vendido la composición de su deflagrador como les vendió la de su Fulgurador...
– Eso ya está hecho, señor Hart, y debo quitarle toda inquietud al respecto.
De esta respuesta categórica debería haber concluido que la desgracia estaba consumada, si, por la entonación vacilante de su voz, no hubiera sentido una vez más que no había que fiarse de las palabras del ingeniero Serkö.
25 de octubre. ¡La espantosa aventura en la que acabo de verme envuelto, y cómo no he dejado en ella la vida!... ¡Es un milagro que hoy pueda retomar el curso de estas notas, interrumpido durante cuarenta y ocho horas!... ¡Con un poco más de suerte, habría sido liberado!... Estaría ahora mismo en uno de los puertos de las Bermudas, Saint-Georges o Hamilton... Los misterios de Back-Cup quedarían desvelados... La goleta, señalada a todas las naciones, no podría presentarse en ningún puerto. El abastecimiento de Back-Cup se volvería imposible... ¡Los bandidos de Ker Karraje estarían condenados a morir de hambre allí!...
He aquí lo que ha ocurrido:
La noche del 23 de octubre, hacia las ocho, había salido de mi celda en un indefinible estado de nerviosismo, como si hubiera tenido el presentimiento de algún acontecimiento grave e inminente. En vano había querido pedir al sueño un poco de calma. Desesperando de poder dormir, había salido.
Fuera de Back-Cup debía de hacer muy mal tiempo. Las ráfagas penetraban a través del cráter y levantaban una especie de marejada en la superficie del lago.
Me dirigí hacia la orilla de Bee-Hive.
Nadie, a esa hora. Temperatura bastante baja, atmósfera húmeda. Todos los avispones de la colmena estaban acurrucados en el fondo de sus celdillas.
Un hombre custodiaba la boca del pasadizo, aunque, por exceso de precaución, ese pasadizo estaba obstruido en su salida al litoral. Desde el lugar que ocupaba, ese hombre no podía ver las orillas. Por lo demás, solo vi dos lámparas encendidas, encima de la orilla derecha y de la orilla izquierda del lago, de modo que una profunda oscuridad reinaba bajo el bosque de pilares.
Iba así en medio de la sombra, cuando alguien pasó cerca de mí.
Reconocí a Thomas Roch.
Thomas Roch caminaba lentamente, absorto en sus reflexiones como de costumbre, la imaginación siempre tensa, el espíritu siempre en plena labor.
¿No se me ofrecía ahí una ocasión propicia para hablarle, para instruirle de lo que verosímilmente ignoraba?... Él lo ignora... debe de ignorar en qué manos ha caído su persona... No puede sospechar que el conde d'Artigas no es otro que el pirata Ker Karraje... No sospecha a qué bandido ha entregado parte de su invención... Hay que hacerle saber que de los millones que la han pagado él no disfrutará jamás... Al igual que yo, tampoco tendrá la libertad de abandonar esta prisión de Back-Cup... ¡Sí!... Apelaré a sus sentimientos de humanidad, a las desgracias de las que será responsable si no guarda sus últimos secretos...
Iba por ahí en mis reflexiones, cuando me sentí bruscamente agarrado por detrás.
Dos hombres me sujetaban los brazos, y un tercero se plantó delante de mí.
Intenté gritar.
– ¡Ni un grito! —me dijo aquel hombre, que se expresaba en inglés—. ¿No es usted Simon Hart?...
– ¿Cómo lo sabe?...
– Lo he visto salir de su celda...
– Pero ¿quién es usted?...
– El teniente Davon, de la marina británica, oficial a bordo del Standard, de estación en las Bermudas. Me fue imposible responder, de tan sofocado que estaba por la emoción.
– Venimos a arrancarlo de las manos de Ker Karraje, y a llevarnos con usted al inventor francés Thomas Roch... —añade el teniente Davon.
– ¡Thomas Roch!... —balbucí.
– Sí... El documento, firmado con su nombre, fue recogido en una playa de Saint-Georges...
– En un tonel, teniente Davon... un tonel que arrojé a las aguas de este lago...
– Y que contenía —respondió el oficial— la nota por la que hemos sabido que el islote de Back-Cup servía de refugio a Ker Karraje y a su banda... Ker Karraje, ese falso conde d'Artigas, el autor del doble rapto de Healthful-House...
– ¡Ah, teniente Davon!...
– Ahora no hay un instante que perder... Hay que aprovechar la oscuridad...
– Una sola palabra, teniente Davon... ¿Cómo ha podido penetrar en el interior de Back-Cup?...
– Por medio del barco submarino el Sword, que llevaba seis meses haciendo pruebas en Saint-Georges...
– ¿Un barco submarino?...
– Sí... nos espera al pie de estas rocas.
– ¡Ahí... ahí!... —repetí.
– Señor Hart, ¿dónde está el remolcador de Ker Karraje?...
– Se marchó hace tres semanas...
– ¿Ker Karraje no está en Back-Cup?...
– No... pero lo esperamos de un día para otro, incluso de una hora para otra...
– ¡Qué importa! —respondió el teniente Davon—. No se trata de Ker Karraje... es a Thomas Roch a quien tenemos la misión de llevarnos... con usted, señor Hart... ¡El Sword no abandonará el lago sin que ustedes dos estén a bordo!... Si no reapareciera en Saint-Georges, eso significaría que habría fracasado... y se volvería a empezar...
– ¿Dónde está el Sword, teniente?...
– Por este lado... en la sombra de la playa, donde no se le puede ver. Gracias a sus indicaciones, mi tripulación y yo hemos reconocido la entrada del túnel submarino. El Sword lo ha franqueado sin novedad... Hace diez minutos que ha vuelto a subir a la superficie del lago... Dos de mis hombres me han acompañado hasta esta orilla... Lo he visto salir de la celda indicada en su plano... ¿Sabe usted dónde está ahora Thomas Roch?...
– A pocos pasos de aquí... Acaba de pasar y se dirigía hacia su laboratorio...
– ¡Bendito sea Dios, señor Hart!
– ¡Sí!... ¡Que lo sea, teniente Davon! El teniente, los dos hombres y yo tomamos el sendero que bordea el lago. Apenas nos habíamos alejado unos diez metros cuando distinguí a Thomas Roch. Abalanzarnos sobre él, amordazarlo antes de que pudiera lanzar un grito, atarlo antes de que pudiera hacer un movimiento, trasladarlo hasta el lugar donde estaba amarrado el Sword: todo ello se cumplió en menos de un minuto. Aquel Sword era una embarcación sumergible de tan solo una docena de toneladas, por consiguiente, de dimensiones y potencia muy inferiores a las del remolcador. Dos dinamos, accionadas por acumuladores que habían sido cargados doce horas antes en el puerto de Saint-Georges, imprimían el movimiento a su hélice. Pero, fuera cual fuese, aquel Sword debía de bastar para sacarnos de nuestra prisión, para devolvernos la libertad, ¡esa libertad en la que ya no creía!... ¡Por fin, Thomas Roch iba a ser arrancado de las manos de Ker Karraje y del ingeniero Serkö!... Aquellos bribones no podrían utilizar su invención... ¡Y nada impediría que unos navíos se acercaran al islote, efectuaran un desembarco, forzaran la entrada del pasadizo, se apoderaran de los piratas!...
No nos habíamos cruzado con nadie mientras los dos hombres transportaban a Thomas Roch. Descendimos todos al interior del Sword... La escotilla superior se cerró... los compartimentos de agua se llenaron... el Sword se sumergió... ¡Estábamos salvados!...
El Sword, dividido en tres secciones por mamparos estancos, estaba dispuesto de la siguiente manera. La primera sección, que contenía los acumuladores y la maquinaria, se extendía desde la cuaderna maestra hasta la popa. La segunda, la del piloto, ocupaba el centro de la embarcación, coronada por un periscopio de lentes lenticulares, de donde partían los rayos de un fanal eléctrico que permitía orientarse bajo las aguas. La tercera estaba en la proa, y allí era donde Thomas Roch y yo habíamos sido encerrados.
Ni que decir tiene que mi compañero, aunque había sido librado de la mordaza que lo ahogaba, seguía atado de sus ligaduras, y yo dudaba que fuera consciente de lo que ocurría...
Pero teníamos prisa por partir, con la esperanza de estar en Saint-Georges esa misma noche, si ningún obstáculo nos detenía...
Tras empujar la puerta del mamparo, me reuní con el teniente Davon en el segundo compartimento, junto al hombre encargado de la maniobra del timón.
En el de popa, otros tres hombres, incluido el mecánico, esperaban las órdenes del teniente para poner en marcha el propulsor.
– Teniente Davon —dije entonces—, pienso que no hay ningún inconveniente en dejar solo a Thomas Roch... Si puedo serle útil para alcanzar la boca del túnel...
– Sí... quédese cerca de mí, señor Hart. Eran entonces las ocho y treinta y siete de la noche, exactamente. Los rayos eléctricos, proyectados a través del periscopio, iluminaban con un vago resplandor las capas de agua en las que se mantenía el Sword. Desde la orilla junto a la cual estaba detenido, sería necesario atravesar el lago en toda su longitud. Encontrar la boca del túnel sería sin duda una dificultad, aunque no insuperable. Aun teniendo que costear el borde de las orillas, era imposible no descubrirla, incluso en un tiempo relativamente corto. Después, franqueado el túnel a poca velocidad, evitando chocar contra sus paredes, el Sword subiría a la superficie del mar y pondría rumbo a Saint-Georges.
– ¿A qué profundidad estamos?... —pregunté al teniente.
– A cuatro metros cincuenta.
– No es necesario sumergirse más —respondí—. Según lo que he observado durante la gran marea de equinoccio, debemos de estar en el eje del túnel.
– ¡All right! —respondió el teniente. ¡Sí! All right, y me pareció que la Providencia pronunciaba esas palabras por boca del oficial... De hecho, no habría podido elegir mejor agente de sus voluntades. Miré al teniente a la luz del fanal. Es un hombre de treinta años, frío, flemático, de fisonomía resuelta, el oficial inglés en toda su impasibilidad nativa, no más emocionado de lo que lo habría estado a bordo del Standard, operando con una sangre fría extraordinaria, diría incluso con la precisión de una máquina.
– Al atravesar el túnel —me dijo—, he calculado su longitud en unos cuarenta metros...
– Sí... de un extremo a otro, teniente Davon... unos cuarenta metros.
Y, en efecto, esa cifra debía de ser exacta, puesto que el pasadizo abierto al nivel del litoral no medía más que unos treinta metros.
Se dio orden al mecánico de accionar la hélice. El Sword avanzó con extrema lentitud, por miedo a una colisión contra la orilla.
A veces se acercaba lo bastante como para que una masa negruzca se perfilara al fondo del haz luminoso proyectado por el fanal. Un golpe de timón rectificaba entonces la dirección. Pero si conducir un barco submarino ya es difícil en pleno mar, ¡cuánto más bajo las aguas de este lago!
Tras cinco minutos de marcha, el Sword, cuya inmersión se mantenía entre cuatro y cinco metros, aún no había alcanzado la boca del túnel.
En ese momento dije—: Teniente Davon, quizá sería prudente volver a la superficie, para reconocer mejor la pared en la que se encuentra la boca...
– Esa es también mi opinión, señor Hart, si usted puede indicarla con exactitud...
– Puedo.
– Bien.
Por precaución, se interrumpió la corriente del fanal, y el medio líquido volvió a quedar oscuro. Con la orden que recibió, el mecánico puso en funcionamiento las bombas, y el Sword, aligerado, fue subiendo poco a poco hacia la superficie del lago.
Permanecí en mi puesto, para determinar la posición a través de las lentes del periscopio.
Por fin, el Sword detuvo su movimiento ascensional, emergiendo, a lo sumo, unos treinta centímetros.
Por ese lado, iluminado por la lámpara de la orilla, reconocí Bee-Hive.
– ¡Su opinión!... —me preguntó el teniente Davon.
– Estamos demasiado al norte... La boca está en la zona oeste de la caverna.
– ¿No hay nadie en las orillas?...
– Nadie.
– Mejor que mejor, señor Hart. Vamos a permanecer a flor de agua. Después, cuando el Sword, siguiendo su indicación, esté frente a la pared, se dejará hundir...
Era el mejor partido que tomar, y el piloto puso el Sword en el eje mismo del túnel, tras haberlo alejado de la orilla, a la que se había acercado demasiado. Se corrigió ligeramente el timón, y, impulsado por su hélice, el aparato tomó la dirección correcta.
Cuando ya no estábamos más que a unos diez metros, mandé parar. En cuanto se interrumpió la corriente, el Sword se detuvo, abrió sus tomas de agua, llenó sus depósitos y se hundió lentamente.
Entonces se volvió a activar el fanal del periscopio, y, señalando en la parte oscura de la pared una especie de círculo negro que no reflejaba los rayos del fanal:
– ¡Ahí... ahí... el túnel! —exclamé.
¿No era aquella la puerta por la que iba a escapar de esta prisión?... ¿No era la libertad la que me esperaba en alta mar?...
El Sword se movió suavemente hacia la boca...
¡Ah!... La horrible mala suerte, ¡y cómo había podido resistir a aquel golpe!... ¿Cómo no se me había partido el corazón?...
Un vago resplandor aparecía a través de las profundidades del túnel, a menos de veinte metros por delante. Aquella luz, que avanzaba hacia nosotros, no podía ser sino la luz proyectada por el foco del barco submarino de Ker Karraje.
– ¡El remolcador!... —grité—. Teniente... ¡ahí viene el remolcador que regresa a Back-Cup!...
– ¡Máquina atrás! —ordenó el teniente Davon. Y el Sword retrocedió justo cuando iba a internarse por el túnel. Quizá nos quedaba aún una posibilidad de escapar, pues con mano rápida el teniente había apagado nuestro fanal, y era posible que ni el capitán Spade ni ninguno de sus compañeros hubieran visto el Sword... Quizá, al apartarse, dejaría paso libre al remolcador... Quizá su masa oscura se confundiría con las capas bajas del lago... ¿Quizá el remolcador pasaría sin verlo?... Cuando hubiera regresado a su punto de fondeo, el Sword retomaría el rumbo... y entraría en la boca...
Con la hélice del Sword girando en sentido contrario, retrocedimos hacia la orilla del lado sur... Unos instantes más y el Sword no tendría más que detenerse...
¡No!... El capitán Spade había advertido la presencia de un barco submarino, a punto de adentrarse por el túnel, y se disponía a perseguirlo bajo las aguas del lago... ¿Qué podría hacer esta frágil embarcación cuando fuera atacada por el poderoso aparato de Ker Karraje?...
El teniente Davon me dijo entonces:
– Vuelva al compartimento donde está Thomas Roch, señor Hart... Cierre la puerta, mientras yo voy a cerrar la del compartimento de popa... Si somos embestidos, es posible que, gracias a sus mamparos, el Sword se mantenga entre dos aguas...
Tras estrechar la mano del teniente, cuya sangre fría no se desmentía ante aquel peligro, volví a la proa, junto a Thomas Roch... Cerré la puerta y esperé en una oscuridad completa.
Entonces tuve el sentimiento, o más bien la impresión, de las maniobras que hacía el Sword para escapar del remolcador, sus arrancadas, sus giros, sus inmersiones. Unas veces viraba bruscamente, para evitar un choque; otras veces subía a la superficie, o se sumergía hasta las máximas profundidades del lago. ¿Se imagina alguien esa lucha de los dos aparatos bajo aquellas aguas turbias, moviéndose como dos monstruos marinos de potencia desigual?
Transcurrieron algunos minutos... Me preguntaba si la persecución no se habría interrumpido, si el Sword no habría logrado por fin lanzarse a través del túnel...
Se produjo una colisión... No pareció que aquel choque hubiera sido muy violento... Pero no pude hacerme ilusiones, era en efecto el Sword el que acababa de ser embestido por la aleta de estribor... ¿Acaso, sin embargo, su casco de chapa había resistido?... E incluso, en caso contrario, ¿acaso el agua no habría invadido más que uno de los compartimentos?...
Casi enseguida, un segundo choque rechazó al Sword, con extrema violencia esta vez. Fue como levantado por el espolón del remolcador, contra el que se aserró, por así decirlo, al replegarse. Después sentí que se enderezaba, con la proa hacia arriba, y que se hundía a pico bajo la sobrecarga de agua de la que se había llenado el compartimento de popa...
Bruscamente, sin haber podido sujetarnos a las paredes, Thomas Roch y yo caímos rodando el uno sobre el otro... Por fin, tras un último golpe que provocó un ruido de chapas desgarradas, el Sword rozó el fondo y quedó inmóvil...
A partir de ese momento, ¿qué había ocurrido?... No lo sabía, pues había perdido el conocimiento.
Desde entonces, acabo de saber que habían transcurrido horas, largas horas. Todo lo que vuelve a mi memoria es que mi último pensamiento había sido:
– Si muero, al menos Thomas Roch y su secreto mueren conmigo... ¡y los piratas de Back-Cup no escaparán al castigo de sus crímenes!