Los hijos del capitán Grant · Parte 3
Capítulo XIV
La montaña tabú
La cima de la montaña se elevaba todavía unos cien pies. A los fugitivos les convenía alcanzarla para ocultarse, en el vertiente opuesto, a la vista de los maoríes. Esperaban que alguna cresta practicable les permitiría entonces ganar las cimas vecinas, que se confundían en un sistema orográfico cuyas complicaciones el pobre Paganel habría sin duda desenredado, de haber estado allí.
El ascenso fue apresurado, pues, bajo la amenaza de aquellas vociferaciones que se aproximaban cada vez más.
La horda invasora llegaba al pie de la montaña.
– ¡Ánimo! ¡Ánimo! ¡Amigos míos! —gritaba Glenarvan, animando a sus compañeros con la voz y el gesto.
En menos de cinco minutos, alcanzaron la cima del monte; allí se volvieron para juzgar la situación y tomar una dirección que pudiese despistar a los maoríes.
Desde aquella altura, sus miradas dominaban el lago Taupo, que se extendía hacia el oeste en su pintoresco marco de montañas. Al norte, las cimas del Pirongia. Al sur, el cráter encendido del Tongariro.
Pero hacia el este, la vista chocaba contra la barrera de cimas y lomos que se unía a los Wahiti-Ranges, esa gran cadena cuyos anillos no interrumpidos enlazan toda la isla septentrional desde el estrecho de Cook hasta el cabo oriental.
Era preciso, pues, descender el vertiente opuesto y adentrarse en estrechas gargantas, quizás sin salida.
Glenarvan lanzó una mirada ansiosa a su alrededor; disuelta la niebla por los rayos del sol, su vista penetraba nítidamente en las menores cavidades del terreno. Ningún movimiento de los maoríes podía escapar a su vista.
Los indígenas no estaban a quinientos pies de él cuando alcanzaron la meseta sobre la que descansaba el cono solitario.
Glenarvan no podía, por poco que fuese, prolongar su alto. Agotado o no, había que huir so pena de quedar cercado.
– ¡Descendamos! —exclamó—. ¡Descendamos antes de que nos corten el camino!
Pero, en el momento en que las pobres mujeres se incorporaban por un supremo esfuerzo, Mac Nabbs las detuvo y dijo:
– Es inútil, Glenarvan. Mirad.
Y todos, en efecto, vieron el inexplicable cambio que acababa de producirse en el movimiento de los maoríes.
Su persecución se había interrumpido de súbito.
El asalto a la montaña había cesado como por una imperativa contraorden. La banda de indígenas había dominado su ímpetu y se había detenido como las olas del mar ante una roca infranqueable.
Todos aquellos salvajes, ávidos de sangre, ahora apostados al pie del monte, aullaban, gesticulaban, agitaban fusiles y hachas, pero no avanzaban ni un paso. Sus perros, como ellos clavados en el suelo, ladraban con rabia.
¿Qué ocurría, pues? ¿Qué fuerza invisible retenía a los indígenas? Los fugitivos miraban sin comprender, temiendo que el hechizo que encadenaba a la tribu de Kai-Koumou pudiese romperse.
De repente, John Mangles lanzó un grito que hizo volverse a sus compañeros. Con la mano, les señalaba una pequeña fortaleza elevada en la cima del cono.
– ¡La tumba del jefe Kara-Tété! —exclamó Robert.
– ¿Dices bien, Robert? —preguntó Glenarvan.
– Sí, milord, ¡es la tumba! La reconozco...
Robert no se equivocaba. A cincuenta pies por encima, en el punto extremo de la montaña, unas estacas recién pintadas formaban un pequeño recinto empalizado. Glenarvan reconoció a su vez la tumba del jefe zelandés. En los azares de su fuga, había sido conducido a la mismísima cima del Maunganamu.
El lord, seguido de sus compañeros, subió los últimos taludes del cono hasta el pie mismo del sepulcro. Una amplia abertura cubierta de esteras daba acceso al interior.
Glenarvan iba a penetrar en el interior del oudoupa cuando, de repente, retrocedió vivamente:
– ¡Un salvaje! —dijo.
– ¿Un salvaje en ese sepulcro? —preguntó el mayor.
– Sí, Mac Nabbs.
– ¡Qué importa, entremos!
Glenarvan, el mayor, Robert y John Mangles penetraron en el recinto. Un maorí estaba allí, vestido con un amplio manto de fórmio; la sombra del oudoupa no permitía distinguir sus rasgos. Parecía muy tranquilo, y desayunaba con la más perfecta despreocupación. Glenarvan iba a dirigirle la palabra, cuando el indígena, adelantándose a él, le dijo en tono amable y en buen inglés:
– Sentaos, mi querido lord, el desayuno os espera.
Era Paganel. A su voz, todos se precipitaron al interior del oudoupa y todos pasaron a los brazos del excelente geógrafo. ¡Paganel había sido encontrado!
¡Era la salvación común que se presentaba en su persona! Iban a interrogarle, querían saber cómo y por qué se encontraba en la cima del Maunganamu; pero Glenarvan cortó de una palabra aquella inoportuna curiosidad.
– ¡Los salvajes! —dijo.
– Los salvajes —respondió Paganel encogiéndose de hombros—. ¡He ahí unos individuos a quienes desprecio soberanamente!
– ¿Pero acaso no pueden?...
– ¡Ellos! ¡Esos imbéciles! ¡Venid a verlos!
Todos siguieron a Paganel, que salió del oudoupa. Los zelandeses estaban en el mismo lugar, rodeando el pie del cono y lanzando espantosas vociferaciones.
– ¡Gritad! ¡Aulllad! ¡Desgañitaos, estúpidas criaturas! —dijo Paganel—. ¡Os desafío a escalar esta montaña!
– ¿Y por qué? —preguntó Glenarvan.
– ¡Porque el jefe está enterrado aquí, porque ese sepulcro nos protege, porque la montaña está tabuada!
– ¿Tabuada?
– ¡Sí, amigos míos! Y por eso me he refugiado aquí como en uno de esos lugares de asilo de la Edad Media abiertos a los desgraciados.
– ¡Dios está con nosotros! —exclamó lady Helena, elevando las manos hacia el cielo.
En efecto, el monte estaba tabuado y, por su consagración, escapaba al asalto de los supersticiosos salvajes.
Aún no era la salvación de los fugitivos, sino una tregua saludable de la que trataban de aprovechar. Glenarvan, presa de una indecible emoción, no pronunciaba palabra, y el mayor movía la cabeza con aire verdaderamente satisfecho.
– Y ahora, amigos míos —dijo Paganel—, si esos brutos cuentan con nosotros para ejercitar su paciencia, se equivocan. Antes de dos días, estaremos fuera del alcance de esos bribones.
– ¡Huiremos! —dijo Glenarvan—. ¿Pero cómo?
– No lo sé —respondió Paganel—, pero huiremos de todas formas.
Entonces, cada cual quiso conocer las aventuras del geógrafo. Cosa extraña, y reserva singular en un hombre tan prolijo, hubo que arrancarle, por así decirlo, las palabras de la boca. Él, que tanto amaba contar, respondió de manera evasiva a las preguntas de sus amigos.
«Me han cambiado a mi Paganel», pensaba Mac Nabbs.
En efecto, la fisonomía del digno sabio ya no era la misma. Se envolvía severamente en su amplio chal de fórmio y parecía evitar las miradas demasiado curiosas. Sus maneras embarazadas, cuando se trataba de él, no pasaron desapercibidas para nadie, pero, por discreción, nadie pareció advertirlas. Por lo demás, cuando Paganel dejaba de ser el centro de la conversación, recobraba su habitual jovialidad.
En cuanto a sus recuerdos, he aquí lo que juzgó oportuno revelar a sus compañeros, cuando todos se hubieron sentado junto a él, al pie de los postes del oudoupa.
Tras el asesinato de Kara-Tété, Paganel aprovechó como Robert el tumulto de los indígenas y se lanzó fuera del recinto del pah. Pero, menos afortunado que el joven Grant, fue a dar de lleno en un campamento de maoríes. Allí mandaba un jefe de buen porte, de aspecto inteligente, evidentemente superior a todos los guerreros de su tribu. Aquel jefe hablaba correctamente el inglés y le dio la bienvenida rozando con la punta de su nariz la nariz del geógrafo.
Paganel se preguntaba si debía considerarse prisionero o no. Pero, viendo que no podía dar un paso sin ser graciosamente acompañado por el jefe, supo pronto a qué atenerse al respecto.
Aquel jefe, llamado «Hihy», es decir, «rayo de sol», no era mal hombre. Las gafas y el catalejo del geógrafo parecían darle una alta idea de Paganel, y lo ató particularmente a su persona, no solo con sus atenciones, sino también con buenas cuerdas de fórmio. Por las noches, sobre todo.
Esta nueva situación duró tres largos días.
Durante ese lapso de tiempo, ¿fue Paganel bien o mal tratado? «Sí y no», dijo él, sin explicarse más. En resumen, era prisionero, y, salvo la perspectiva de un suplicio inmediato, su condición no le parecía mucho más envidiable que la de sus infortunados amigos.
Afortunadamente, durante una noche, logró roer sus cuerdas y escaparse. Había asistido de lejos al entierro del jefe, sabía que lo habían inhumado en la cima del Maunganamu y que la montaña quedaba tabuada por ese hecho. Fue allí donde resolvió refugiarse, sin querer abandonar el país donde sus compañeros estaban retenidos. Lo logró en su peligrosa empresa. Llegó durante la última noche a la tumba de Kara-Tété y esperó, «recobrando fuerzas», a que el cielo liberase a sus amigos por algún azar.
Tal fue el relato de Paganel. ¿Omitió adrede alguna circunstancia de su estancia entre los indígenas? Más de una vez, su embarazo lo dejó suponer. Sea como fuere, recibió unánimes felicitaciones y, conocido el pasado, se volvió al presente. La situación seguía siendo sumamente grave. Los indígenas, si no se arriesgaban a escalar el Maunganamu, contaban con el hambre y la sed para recuperar a sus prisioneros. Cuestión de tiempo, y los salvajes tienen una larga paciencia.
Glenarvan no se engañaba sobre las dificultades de su posición, pero resolvió esperar las circunstancias favorables y crearlas si fuese necesario.
Y ante todo, Glenarvan quiso reconocer cuidadosamente el Maunganamu, es decir, su fortaleza improvisada, no para defenderla, pues no era de temer que la sitiaran, sino para salir de ella. El mayor, John, Robert, Paganel y él tomaron un relevamiento exacto de la montaña. Observaron la dirección de los senderos, sus extremos, su pendiente. La cresta, de una milla de longitud, que unía el Maunganamu con la cadena de los Wahiti, iba descendiendo hacia la llanura. Su arista, estrecha y caprichosamente perfilada, ofrecía la única ruta practicable en caso de que la evasión fuese posible. Si los fugitivos pasaban inadvertidos por ella, al amparo de la noche, quizás lograsen adentrarse en los profundos valles de los Ranges y despistar a los guerreros maoríes. Pero aquella ruta ofrecía más de un peligro. En su parte baja, pasaba al alcance de los fusiles. Las balas de los indígenas apostados en las rampas inferiores podían cruzarse en ella y tender allí una red de hierro que nadie pudiese franquear impunemente.
Glenarvan y sus amigos, habiéndose aventurado por la parte peligrosa de la cresta, fueron saludados con una granizada de plomo que no les alcanzó. Algunos tacos, arrastrados por el viento, llegaron hasta ellos. Estaban hechos de papel impreso que Paganel recogió por pura curiosidad y descifró no sin dificultad.
– ¡Bien! —dijo—. ¿Sabéis, amigos míos, con qué cargan sus fusiles esos animales?
– No, Paganel —respondió Glenarvan.
– ¡Con hojas de la Biblia! Si es el uso que hacen de los versículos sagrados, ¡tengo lástima de sus misioneros! Tendrán dificultades para fundar bibliotecas maorís.
– ¿Y qué pasaje de los libros santos nos han disparado estos indígenas en pleno pecho? —preguntó Glenarvan.
– Una palabra del Dios todopoderoso —respondió John Mangles, que acababa de leer a su vez el papel manchado por la explosión—. Esa palabra nos dice que confiemos en Él —añadió el capitán, con la inquebrantable convicción de su fe escocesa.
– Lee, John —dijo Glenarvan.
Y John leyó este versículo respetado por la deflagración de la pólvora:
«Salmo 90. —«Porque ha confiado en mí, yo lo libraré.»
– Amigos míos —dijo Glenarvan—, hay que llevar estas palabras de esperanza a nuestras valientes y queridas compañeras. En ellas hay con qué reanimarles el corazón.
Glenarvan y sus compañeros subieron por los abruptos senderos del cono y se dirigieron hacia el sepulcro que querían examinar.
De camino, quedaron sorprendidos al percibir, a pequeños intervalos, como cierto estremecimiento del suelo. No era una agitación, sino esa vibración continua que experimentan las paredes de una caldera bajo la presión del agua hirviendo. Violentos vapores, nacidos de la acción de los fuegos subterráneos, estaban evidentemente almacenados bajo la envoltura de la montaña.
Esta particularidad no podía asombrar a quienes acababan de pasar entre las fuentes termales del Waikato. Sabían que esta región central de Ika-Na-Maoui es esencialmente volcánica.
Es un verdadero tamiz cuyo tejido deja transpirar los vapores de la tierra por las fuentes hirvientes y las solfataras.
Paganel, que ya lo había observado, llamó pues la atención de sus amigos sobre la naturaleza volcánica de la montaña. El Maunganamu no era sino uno de esos numerosos conos que erizan la porción central de la isla, es decir, un volcán del futuro.
La menor acción mecánica podía determinar la formación de un cráter en sus paredes, hechas de un tuf silíceo y blanquecino.
– En efecto —dijo Glenarvan—, pero no estamos aquí en más peligro que junto a la caldera del Duncan. ¡Es una plancha sólida esta corteza de tierra!
– De acuerdo —respondió el mayor—, pero una caldera, por buena que sea, acaba siempre por estallar, después de un largo servicio.
– Mac Nabbs —repuso Paganel—, yo no pido quedarme en este cono. Que el cielo me muestre una ruta practicable, y lo abandono al instante.
– ¡Ah, ojalá este Maunganamu pudiera arrastrarnos él mismo! —respondió John Mangles—. ¡Puesto que tanta potencia mecánica está encerrada en sus flancos! ¡Quizás hay bajo nuestros pies la fuerza de varios millones de caballos, estéril y perdida! ¡Nuestro Duncan no pediría la milésima parte de ella para llevarnos al fin del mundo!
Aquel recuerdo del Duncan, evocado por John Mangles, tuvo el efecto de traer los pensamientos más tristes al espíritu de Glenarvan; pues, por desesperada que fuese su propia situación, la olvidaba a menudo para gemir por la suerte de su tripulación.
Todavía pensaba en ello cuando encontró en la cima del Maunganamu a sus compañeros de infortuno.
Lady Helena, en cuanto lo vio, fue a su encuentro.
– Querido Edward —dijo ella—, ¿habéis reconocido nuestra posición? ¿Debemos esperar o temer?
– Esperar, querida Helena —respondió Glenarvan—. Los indígenas no franquearán jamás el límite de la montaña, y no nos faltará tiempo para trazar un plan de evasión.
– Por lo demás, señora —dijo John Mangles—, es el mismo Dios quien nos recomienda esperar.
John Mangles entregó a lady Helena aquella hoja de la Biblia, donde se leía el versículo sagrado. La joven señora y la joven muchacha, con el alma confiada y el corazón abierto a todas las intervenciones del cielo, vieron en aquellas palabras del libro santo un infalible presagio de salvación.
– ¡Y ahora, al oudoupa! —exclamó alegremente Paganel—. ¡Es nuestra fortaleza, nuestro castillo, nuestro comedor, nuestro gabinete de trabajo! ¡Nadie nos molestará en él! Señoras, permitidme haceros los honores de esta encantadora morada.
Todos siguieron al amable Paganel. Cuando los salvajes vieron a los fugitivos profanar de nuevo aquella sepultura tabuada, hicieron estallar numerosos disparos y espantables aullidos, estos tan ruidosos como aquellos. Pero, afortunadamente, las balas no llegaban tan lejos como los gritos, y caían a mitad de la ladera, mientras que las vociferaciones iban a perderse en el espacio.
Lady Helena, Mary Grant y sus compañeros, completamente tranquilizados al ver que la superstición de los maoríes era aún más fuerte que su cólera, entraron en el monumento funerario.
Era una empalizada de estacas pintadas de rojo, aquel oudoupa del jefe zelandés. Figuras simbólicas, verdadero tatuaje en madera, relataban la nobleza y las hazañas del difunto. Sartas de amuletos, de conchas o de piedras labradas se balanceaban de poste en poste. En el interior, el suelo desaparecía bajo una alfombra de hojas verdes. En el centro, una leve extumescencia traicionaba la tumba recién excavada.
Allí reposaban las armas del jefe, sus fusiles cargados y cebados, su lanza, su soberbia hacha de jade verde, con una provisión de pólvora y balas suficiente para las cacerías eternas.
– He ahí todo un arsenal —dijo Paganel—, del que haremos mejor uso que el difunto. ¡Buena idea la de estos salvajes de llevarse sus armas al otro mundo!
– ¡Pues son fusiles de fabricación inglesa! —dijo el mayor.
– Sin duda —respondió Glenarvan—, ¡y es bastante necia la costumbre de regalar armas de fuego a los salvajes! Luego las utilizan contra los invasores, y tienen razón. En todo caso, ¡estos fusiles podrán sernos útiles!
– Pero lo que nos será más útil aún —dijo Paganel— son los víveres y el agua destinados a Kara-Tété.
En efecto, los parientes y amigos del muerto habían hecho bien las cosas. El aprovisionamiento daba testimonio de la estima que profesaban a las virtudes del jefe. Había víveres suficientes para alimentar a diez personas durante quince días o, mejor dicho, al difunto para la eternidad. Esos alimentos de naturaleza vegetal consistían en helechos, en batatas, el «convolvulus batatas» indígena, y en patatas importadas hacía tiempo al país por los europeos. Grandes vasijas contenían el agua pura que figura en la comida zelandesa, y una docena de cestos, artísticamente trenzados, encerraban pastillas de una goma verde perfectamente desconocida.
Los fugitivos estaban, pues, provistos para algunos días contra el hambre y la sed. No se hicieron rogar en absoluto para tomar su primera comida a expensas del jefe.
Glenarvan aportó los alimentos necesarios a sus compañeros y los confió a los cuidados del señor Olbinett.
El stewart, siempre formalista, incluso en las situaciones más graves, encontró el menú de la comida algo escaso. Por lo demás, no sabía cómo preparar aquellas raíces, y le faltaba el fuego.
Pero Paganel lo sacó del apuro aconsejándole que enterrase simplemente sus helechos y sus batatas en el propio suelo.
En efecto, la temperatura de las capas superiores era muy elevada, y un termómetro clavado en aquel terreno habría acusado sin duda un calor de sesenta a sesenta y cinco grados. Olbinett estuvo a punto de escaldarse muy seriamente, pues, en el momento en que acababa de cavar un hoyo para depositar sus raíces, una columna de vapor de agua se desprendió y ascendió silbando a la altura de una braza. El stewart cayó de espaldas, aterrorizado.
– ¡Cerrad el grifo! —gritó el mayor, quien, auxiliado por los dos marineros, acudió y cegó el hoyo con restos de piedra pómez, mientras Paganel, contemplando con aire singular aquel fenómeno, murmuraba estas palabras:
– ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Ajá! ¡Ajá! ¿Por qué no?
– ¿No estáis herido? —preguntó Mac Nabbs a Olbinett.
– No, señor Mac Nabbs —respondió el stewart—, pero no esperaba...
– ¡Tantos beneficios del cielo! —exclamó Paganel en tono jovial—. ¡Después del agua y los víveres de Kara-Tété, el fuego de la tierra! ¡Pero si es un paraíso esta montaña! ¡Propongo fundar aquí una colonia, cultivarla, instalarnos en ella para el resto de nuestros días! ¡Seremos los Robinsones del Maunganamu! ¡En verdad, busco en vano qué nos falta en este confortable cono!
– Nada, si es sólido —respondió John Mangles.
– ¡Bah! No es de ayer —dijo Paganel—. Desde hace mucho tiempo resiste la acción de los fuegos interiores, y aguantará bien hasta nuestra partida.
– El desayuno está servido —anunció el señor Olbinett, con tanta gravedad como si hubiese estado en el ejercicio de sus funciones en el castillo de Malcolm.
Enseguida los fugitivos, sentados junto a la empalizada, comenzaron una de esas comidas que la providencia les enviaba tan puntualmente desde hacía algún tiempo en las circunstancias más graves.
No se mostraron exigentes en la elección de los alimentos, pero las opiniones estuvieron divididas respecto a la raíz de helecho comestible. Unos le encontraron un sabor suave y agradable, otros un gusto mucilaginoso, perfectamente insípido, y una notable consistencia correosa. Las batatas, cocidas en el ardiente suelo, estaban excelentes. El geógrafo observó que Kara-Tété no era de compadecerse.
Luego, saciada el hambre, Glenarvan propuso discutir sin demora un plan de evasión.
– ¿Ya? —dijo Paganel con tono verdaderamente afligido—. ¿Cómo, ya pensáis en abandonar este lugar de delicias?
– Pero, señor Paganel —respondió lady Helena—, admitiendo que estemos en Capua, ¡ya sabéis que no hay que imitar a Aníbal!
– Señora —respondió Paganel—, no me permitiré contradeciros, y puesto que queréis discutir, discutamos.
– Pienso ante todo —dijo Glenarvan— que debemos intentar una evasión antes de vernos empujados a ella por el hambre. Las fuerzas no nos faltan, y hay que aprovecharlas. Esta noche próxima, trataremos de ganar los valles del este atravesando el círculo de los indígenas al amparo de las tinieblas.
– Perfecto —respondió Paganel—, si los maoríes nos dejan pasar.
– ¿Y si nos lo impiden? —dijo John Mangles.
– Entonces emplearemos los grandes medios —respondió Paganel.
– ¿Y tenéis grandes medios? —preguntó el mayor.
– ¡Más de los que podría usar! —replicó Paganel, sin explicarse más.
No quedaba sino esperar la noche para intentar franquear la línea de los indígenas.
Estos no habían abandonado su puesto. Sus filas parecían haberse engrosado incluso con los rezagados de la tribu.
Aquí y allá, hogueras encendidas formaban un cinturón de fuegos a la base del cono. Cuando las tinieblas invadieron los valles circundantes, el Maunganamu pareció surgir de una vasta hoguera, mientras su cima se perdía en una oscuridad densa.
A seiscientos pies más abajo se oía la agitación, los gritos, el murmullo del vivac enemigo.
A las nueve, en una noche muy oscura, Glenarvan y John Mangles resolvieron efectuar un reconocimiento antes de arrastrar a sus compañeros por aquella peligrosa ruta. Descendieron silenciosamente durante unos diez minutos y se adentraron en la estrecha arista que atravesaba la línea indígena, a cincuenta pies por encima del campamento.
Todo iba bien hasta entonces. Los maoríes, tendidos junto a sus hogueras, no parecían advertir a los dos fugitivos, que dieron algunos pasos más.
Pero de repente, a izquierda y derecha de la cresta, estalló un doble tiroteo.
– ¡Atrás! —dijo Glenarvan—. ¡Esos bandidos tienen ojos de gato y fusiles de tiradores!
John Mangles y él subieron enseguida los empinados taludes del monte y vinieron prontamente a tranquilizar a sus amigos, alarmados por las detonaciones.
El sombrero de Glenarvan había sido atravesado por dos balas. Era imposible, pues, aventurarse por la interminable cresta entre aquellas dos filas de tiradores.
– Hasta mañana —dijo Paganel—, ¡y puesto que no podemos burlar la vigilancia de estos indígenas, me permitiréis servirles un plato a mi manera!
La temperatura era bastante fría. Afortunadamente, Kara-Tété había llevado a su tumba sus mejores ropas de noche, cálidas mantas de fórmio en las que cada uno se envolvió sin escrúpulo, y pronto los fugitivos, guardados por la superstición indígena, dormían tranquilamente al abrigo de las empalizadas, sobre aquel suelo tibio y todo estremecido de efervescencias interiores.