Los hijos del capitán Grant · Parte 3
Capítulo I
El Macquarie
Si alguna vez los buscadores del capitán Grant debían desesperar de volver a verle, ¿no era acaso en aquel momento en que todo les faltaba a la vez? ¿En qué punto del mundo intentar una nueva expedición? ¿Cómo explorar nuevos países? El Duncan ya no existía, y ni siquiera era posible un regreso inmediato. La empresa de aquellos generosos escoceses había fracasado, pues. ¡El fracaso! Triste palabra que no tiene eco en un alma valiente, y sin embargo, bajo los golpes del destino, Glenarvan tenía que reconocer su impotencia para proseguir aquella obra de devoción. Mary Grant, en aquella situación, tuvo el valor de no pronunciar más el nombre de su padre. Contuvo sus angustias pensando en la desgraciada tripulación que acababa de perecer. La hija se eclipsó ante la amiga, ¡y fue ella quien consoló a lady Glenarvan, tras haber recibido de ella tantos consuelos! La primera, habló del regreso a Escocia. Al verla tan valerosa, tan resignada, John Mangles la admiró. Quiso pronunciar una última palabra en favor del capitán, pero Mary lo detuvo con una mirada, y más tarde le dijo:
– No, señor John, pensemos en quienes se han sacrificado. ¡Es preciso que lord Glenarvan regrese a Europa!
– Tenéis razón, miss Mary —respondió John Mangles—. Es preciso. También es necesario que las autoridades inglesas sean informadas del destino del Duncan. Pero no renunciéis a toda esperanza. Las pesquisas que hemos comenzado, antes que abandonarlas, ¡yo las reanudaría solo! ¡Encontraré al capitán Grant o sucumbiré en el empeño! Era un compromiso serio el que contraía John Mangles. Mary lo aceptó, y tendió su mano hacia la mano del joven capitán, como para ratificar ese pacto. De parte de John Mangles era una devoción de toda su vida; de parte de Mary, una inalterable gratitud. Durante aquella jornada, se decidió definitivamente la partida. Se resolvió ganar Melbourne sin demora. Al día siguiente, John fue a informarse de los navíos en partida. Esperaba encontrar comunicaciones frecuentes entre Eden y la capital de Victoria. Su esperanza quedó frustrada. Los navíos eran escasos. Tres o cuatro embarcaciones, fondeadas en la bahía de Twofold, componían toda la flota mercante del lugar. Ninguna con destino a Melbourne, ni a Sídney, ni a Pointe-de-Galles. Ora bien, únicamente en esos tres puertos de Australia podría Glenarvan encontrar navíos cargados con destino a Inglaterra. En efecto, la Peninsular and Oriental Steam Navigation Company tiene una línea regular de paquebotes entre esos puntos y la metrópoli. En tal coyuntura, ¿qué hacer? ¿Esperar un navío? Se podría tardar mucho, pues la bahía de Twofold es poco frecuentada. ¡Cuántos barcos pasan a lo lejos sin venir a tierra nunca! Tras reflexiones y deliberaciones, Glenarvan estaba a punto de decidirse a ganar Sídney por las carreteras de la costa, cuando Paganel hizo una propuesta que nadie esperaba. El geógrafo había ido a visitar por su cuenta la bahía de Twofold. Sabía que faltaban medios de transporte para Sídney y Melbourne. Pero de aquellos tres navíos fondeados en la rada, uno se preparaba para partir hacia Auckland, la capital de Ikana-Maoui, la isla norte de Nueva Zelanda. Pues bien, Paganel propuso fletar ese barco y ganar Auckland, desde donde sería fácil regresar a Europa en los vapores de la compañía peninsular. La propuesta fue tomada en seria consideración. Paganel, por lo demás, no se lanzó a esas series de argumentos de los que solía ser tan pródigo. Se limitó a enunciar el hecho, y añadió que la travesía no duraría más de cinco o seis días. La distancia que separa Australia de Nueva Zelanda no es, en efecto, sino de un millar de millas. Por una singular coincidencia, Auckland se hallaba situado precisamente sobre esa línea del paralelo 37 que los buscadores seguían obstinadamente desde la costa de la Araucanía. Ciertamente, el geógrafo, sin ser acusado de parcialidad, habría podido sacar de ese hecho un argumento favorable a su propuesta. Era, en efecto, una ocasión del todo natural de visitar las costas de Nueva Zelanda. Sin embargo, Paganel no hizo valer esa ventaja. Tras dos decepciones sucesivas, sin duda no quería arriesgar una tercera interpretación del documento. Además, ¿qué habría sacado de ello? En él se decía de manera perentoria que un «continente» había servido de refugio al capitán Grant, no una isla. Ora bien, Nueva Zelanda no era sino una isla. Esto parecía decisivo. Sea como fuere, por esta razón o por cualquier otra, Paganel no ligó ninguna idea de nueva exploración a esa propuesta de ganar Auckland. Se limitó a hacer notar que existían comunicaciones regulares entre ese punto y Gran Bretaña, y que sería fácil aprovecharlas. John Mangles apoyó la propuesta de Paganel. Aconsejó su adopción, ya que no se podía esperar la llegada problemática de un navío a la bahía de Twofold. Pero, antes de dar el paso definitivo, juzgó conveniente visitar el barco señalado por el geógrafo. Glenarvan, el mayor, Paganel, Robert y él tomaron una embarcación y, en unos cuantos golpes de remo, abordaron el navío fondeado a dos cables del muelle. Era un bergantín de doscientas cincuenta toneladas, llamado el Macquarie. Hacía el cabotaje entre los diferentes puertos de Australia y Nueva Zelanda. El capitán, o, mejor dicho, el «master», recibió a sus visitantes de manera bastante brusca. Vieron bien que tenían ante ellos a un hombre sin educación, que sus modales no le distinguían esencialmente de los cinco marineros de su bordo. Una gruesa cara colorada, manos toscas, nariz aplastada, un ojo ciego, labios ennegrecidos por la pipa y, además, aire brutal, hacían de Will Halley un triste personaje. Pero no había elección, y para una travesía de unos pocos días no debía mirarse tan de cerca.
– ¿Qué queréis vosotros? —preguntó Will Halley a aquellos desconocidos que ponían pie en cubierta de su navío.
– ¿El capitán? —respondió John Mangles.
– Soy yo —dijo Halley—. ¿Y bien?
– ¿El Macquarie está cargado para Auckland?
– Sí. ¿Y bien?
– ¿Qué lleva?
– Todo lo que se vende y todo lo que se compra. ¿Y bien?
– ¿Cuándo parte?
– Mañana, con la marea del mediodía. ¿Y bien?
– ¿Tomaría pasajeros?
– Depende de los pasajeros, y de si se conforman con el rancho del barco.
– Traerían sus propias provisiones.
– ¿Y bien?
– ¿Y bien?
– Sí. ¿Cuántos son?
– Nueve, de los cuales dos señoras.
– No tengo camarotes.
– Se arreglará con el tambucho, que quedará a su disposición.
– ¿Y bien?
– ¿Acepta usted? —dijo John Mangles, a quien los modales del capitán no desconcertaban en absoluto.
– Hay que verlo —respondió el patrón del Macquarie. Will Halley dio una o dos vueltas golpeando la cubierta con sus gruesas botas claveteadas, y luego se volvió bruscamente hacia John Mangles.
– ¿Cuánto pagan? —dijo.
– ¿Cuánto pide usted? —respondió John.
– Cincuenta libras.
Glenarvan hizo un gesto de asentimiento.
– De acuerdo. Cincuenta libras —respondió John Mangles.
– Pero el pasaje en seco —añadió Will Halley.
– En seco.
– Comida aparte.
– Aparte.
– Convenido. ¿Y bien? —dijo Will, tendiendo la mano.
– ¿Cómo?
– ¿Las arras?
– He aquí la mitad del precio, veinticinco libras —dijo John Mangles, contando la suma al master, que se la embolsó sin dar las gracias.
– Mañana a bordo —dijo—. Antes del mediodía. Estén o no estén, levanto el ancla.
– Ahí estaremos.
Dicho esto, Glenarvan, el mayor, Robert, Paganel y John Mangles abandonaron el barco, sin que Will Halley hubiera siquiera rozado con un dedo el sudueste pegado a su greña pelirroja.
– ¡Qué patán! —dijo John.
– Pues a mí me conviene —respondió Paganel—. Es un verdadero lobo de mar.
– ¡Un verdadero oso! —replicó el mayor.
– Y me imagino —añadió John Mangles— que ese oso debió de traficar en otro tiempo con carne humana.
– ¡Qué importa! —respondió Glenarvan—, con tal de que mande el Macquarie, y el Macquarie vaya a Nueva Zelanda. De Twofold-Bay a Auckland se le verá poco; después de Auckland, ya no se le verá más. Lady Helena y Mary Grant se enteraron con agrado de que la partida estaba fijada para el día siguiente. Glenarvan les hizo observar que el Macquarie no valía el Duncan en cuanto a comodidades. Pero, tras tantas pruebas, no eran mujeres que se preocupasen por tan poca cosa. Se invitó al señor Olbinett a hacerse cargo de los aprovisionamientos. El pobre hombre, desde la pérdida del Duncan, había llorado con frecuencia a la desventurada mistress Olbinett, que había quedado a bordo y, por consiguiente, había sido víctima, junto con toda la tripulación, de la ferocidad de los presidiarios. Sin embargo, cumplió sus funciones de stewart con su celo acostumbrado, y la «comida aparte» consistió en víveres escogidos que jamás figuraron en la mesa ordinaria del bergantín. En pocas horas quedaron hechas sus provisiones. Mientras tanto, el mayor cobraba en una casa de cambio unas letras que Glenarvan tenía sobre el Union Bank de Melbourne. No quería quedarse sin oro, ni tampoco sin armas y municiones; así que renovó su arsenal. En cuanto a Paganel, se procuró un excelente mapa de Nueva Zelanda, publicado en Edimburgo por Johnston. Mulrady se encontraba ya restablecido. Apenas sentía la herida que había puesto en peligro su vida. Bastaban unas horas de navegación para completar su curación. Contaba con tratarse gracias a las brisas del Pacífico. Wilson fue encargado de disponer el alojamiento de los pasajeros a bordo del Macquarie. Bajo sus golpes de escoba y cepillo, el tambucho cambió de aspecto. Will Halley, encogiéndose de hombros, dejó al marinero obrar a su antojo. De Glenarvan, de sus compañeras y de sus compañeros, le importaba bien poco. Ni siquiera sabía sus nombres y tampoco le preocupaba averiguarlos. Aquel exceso de carga le reportaba cincuenta libras, y nada más; lo estimaba en menos que los doscientos toneles de cueros curtidos que atestaban su bodega. Las pieles primero, los hombres después. Era un comerciante. En cuanto a sus cualidades de marino, tenía fama de ser bastante buen práctico de aquellos mares, que los arrecifes de coral hacen muy peligrosos. Durante las últimas horas de aquella jornada, Glenarvan quiso regresar al punto del litoral cortado por el paralelo treinta y siete. Dos motivos le impulsaban a ello. Deseaba visitar una vez más aquel lugar que se presumía del naufragio. En efecto, Ayrton era sin duda el contramaestre del Britannia, y el Britannia podía haberse perdido realmente en aquella parte de la costa australiana; en la costa este, a falta de la costa oeste. No había, pues, que abandonar a la ligera un punto que ya no volvería a verse. Y además, a falta del Britannia, el Duncan, al menos, había caído allí en manos de los presidiarios. ¡Acaso hubo combate! ¿Por qué no encontrarían en el litoral huellas de una lucha, de una resistencia suprema? Si la tripulación había perecido entre las olas, ¿no habrían devuelto las olas algunos cadáveres a la costa? Glenarvan, acompañado de su fiel John, llevó a cabo este reconocimiento. El dueño del hotel Victoria puso a su disposición dos caballos, y recorrieron de nuevo aquella ruta del norte que bordea la bahía Twofold. Fue una triste exploración. Glenarvan y el capitán John cabalgaban sin hablar. Pero se comprendían. Los mismos pensamientos y, por ende, las mismas angustias atormentaban su espíritu. Miraban las rocas carcomidas por el mar. No necesitaban interrogarse ni responderse el uno al otro. Puede confiarse en el celo e inteligencia de John para afirmar que cada punto del litoral fue escrupulosamente explorado, las menores calas examinadas con cuidado, lo mismo que las playas en declive y las mesetas arenosas donde las mareas del Pacífico, bastante moderadas sin embargo, habrían podido arrojar algún resto de naufragio. Pero ningún indicio se halló que justificase nuevas pesquisas en aquellos parajes. La huella del naufragio seguía escapándoseles. En cuanto al Duncan, tampoco nada. Toda aquella porción de Australia, ribereña del océano, estaba desierta. Sin embargo, John Mangles descubrió en la orilla del litoral huellas evidentes de campamento, restos de hogueras encendidas recientemente bajo unos myalls aislados. ¿Acaso una tribu nómada de naturales había pasado por allí hacía pocos días? No, porque un indicio saltó a los ojos de Glenarvan y le demostró de manera incontestable que los presidiarios habían frecuentado aquella parte de la costa. Dicho indicio era una blusa gris y amarilla, gastada, remendada, un harapo siniestro abandonado al pie de un árbol. Llevaba el número de matrícula del penal de Perth. El forzado ya no estaba allí, pero su sórdido atuendo respondía por él. Aquella librea del crimen, tras haber vestido a algún miserable, acababa de pudrirse en aquella orilla desierta.
– ¡Ya ves, John! —dijo Glenarvan—. ¡Los presidiarios llegaron hasta aquí! ¿Y nuestros pobres camaradas del Duncan?…
– ¡Sí! —respondió John con voz sorda—. Es seguro que no los desembarcaron, que perecieron…
– ¡Los miserables! —exclamó Glenarvan—. ¡Si alguna vez caen en mis manos, vengaré a mi tripulación!… El dolor había endurecido los rasgos de Glenarvan. Durante unos minutos, el lord contempló la inmensidad de las aguas, buscando quizá con una última mirada algún navío perdido en el espacio. Luego sus ojos se apagaron, recobró su compostura y, sin añadir una palabra ni hacer un gesto, retomó el camino de Eden al galope de su caballo. Solo quedaba por cumplir una formalidad: la declaración ante el alguacil de los sucesos que acababan de ocurrir. Se hizo aquella misma noche ante Thomas Banks. Aquel magistrado apenas pudo disimular su satisfacción al redactar el atestado. Estaba sencillamente encantado con la partida de Ben Joyce y su banda. Toda la ciudad compartía su contento. Los presidiarios acababan de abandonar Australia, gracias a un nuevo crimen, cierto es, pero en fin, se habían ido. Tan importante noticia fue telegrafíada de inmediato a las autoridades de Melbourne y de Sidney. Terminada su declaración, Glenarvan regresó al hotel Victoria. Los viajeros pasaron aquella última velada con profunda tristeza. Sus pensamientos vagaban por aquella tierra fecunda en desdichas. Recordaban tantas esperanzas tan legítimamente concebidas en el cabo Bernouilli, tan cruelmente truncadas en la bahía Twofold. Paganel, por su parte, estaba presa de una agitación febril. John Mangles, que le observaba desde el incidente del río Snowy, sentía que el geógrafo quería y no quería hablar. Más de una vez le había acosado a preguntas, a las que el otro no había respondido. Sin embargo, aquella noche, John, al acompañarle a su cuarto, le preguntó por qué estaba tan nervioso.
– Amigo John —respondió evasivamente Paganel—, no estoy más nervioso que de costumbre.
– Señor Paganel —repuso John—, ¡tiene usted un secreto que le ahoga!
– ¡Bueno! ¿Qué quiere usted? —exclamó el geógrafo gesticulando—. ¡Es más fuerte que yo!
– ¿Qué es lo que es más fuerte que usted?
– Mi alegría por un lado, mi desesperación por el otro.
– ¿Está usted alegre y desesperado a la vez?
– Sí, alegre y desesperado de ir a visitar Nueva Zelanda.
– ¿Tiene usted algún indicio? —preguntó vivamente John Mangles—. ¿Ha retomado la pista perdida?
– ¡No, amigo John! ¡De Nueva Zelanda no se vuelve! Pero, sin embargo… En fin, ¡ya conoce usted la naturaleza humana! ¡Basta con respirar para esperar! Y mi divisa es «spiro, spero», que vale tanto como las más bellas divisas del mundo.