Los hijos del capitán Grant · Parte 2
Capítulo XVI
Donde el mayor sostiene que son monos
A la mañana siguiente, 5 de enero, los viajeros ponían pie en el vasto territorio de Murray. Este distrito vago y deshabitado se extiende hasta la alta barrera de los Alpes australianos. La civilización no lo ha parcelado todavía en condados distintos. Es la porción poco conocida y poco frecuentada de la provincia. Sus bosques caerán un día bajo el hacha del bushman; sus praderas serán entregadas al rebaño del squatter; pero hasta ahora es tierra virgen, tal como emergió del océano Índico: es el desierto.
El conjunto de estos terrenos lleva un nombre significativo en los mapas ingleses: «reserve for the blacks», la reserva para los negros. Es allí donde los indígenas han sido brutalmente expulsados por los colonos. Se les ha dejado, en las llanuras alejadas, bajo los bosques inaccesibles, algunos lugares determinados, donde la raza aborigen irá extinguiéndose poco a poco. Todo hombre blanco —colono, emigrante, squatter, bushman— puede traspasar los límites de esas reservas. Solo el negro no debe salir nunca de ellas.
Paganel, mientras cabalgaba, trataba esa grave cuestión de las razas indígenas. Solo hubo un parecer al respecto: que el sistema británico empujaba al aniquilamiento de los pueblos conquistados, a su borradura de las regiones donde vivían sus antepasados. Esa funesta tendencia se manifestó en todas partes, y en Australia más que en ningún otro lugar.
En los primeros tiempos de la colonia, los deportados, los colonos mismos, consideraban a los negros animales salvajes. Los cazaban y los mataban a tiros. Se les masacraba; se invocaba la autoridad de los jurisconsultos para probar que, estando el australiano fuera de la ley natural, el asesinato de esos miserables no constituía un crimen. Los periódicos de Sídney llegaron incluso a proponer un medio eficaz para deshacerse de las tribus del lago Hunter:
Envenenarlas en masa.
Los ingleses, como se ve, al comienzo de su conquista, llamaron al asesinato en auxilio de la colonización.
Sus crueldades fueron atroces. Se condujeron en Australia como en la India, donde cinco millones de indios han desaparecido; como en el Cabo, donde una población de un millón de hotentotes ha quedado reducida a cien mil. Así pues, la población aborigen, diezmada por los malos tratos y la embriaguez, tiende a desaparecer del continente ante una civilización homicida. Ciertos gobernadores, es verdad, han lanzado decretos contra los sanguinarios bushmen.
Castigaban con unos pocos latigazos al blanco que cortaba la nariz o las orejas a un negro, o le arrancaba el meñique «para hacerse un limpiapipas». ¡Vanas amenazas! Los asesinatos se organizaron a gran escala y tribus enteras desaparecieron. Por no citar más que la isla de Van Diemen, que contaba con quinientos mil indígenas a comienzos del siglo, sus habitantes, en 1863, habían quedado reducidos a ¡siete! Y hace poco, el Mercure pudo señalar la llegada a Hobart-Town del último de los tasmanos.
Ni Glenarvan, ni el mayor, ni John Mangles contradijeron a Paganel. Aunque hubiesen sido ingleses, no habrían defendido a sus compatriotas. Los hechos eran patentes, incontestables.
– Hace cincuenta años —añadió Paganel—, ya habríamos encontrado en nuestra ruta no pocas tribus de naturales, y hasta ahora no ha aparecido un solo indígena. En un siglo, este continente estará completamente despoblado de su raza negra.
En efecto, la reserva parecía estar absolutamente abandonada. Ningún rastro de campamentos ni de chozas.
Las llanuras y los grandes matorrales se sucedían, y poco a poco el país fue adoptando un aspecto salvaje. Parecía incluso que ningún ser vivo, hombre o bestia, frecuentaba aquellas regiones alejadas, cuando Robert, deteniéndose ante un grupo de eucaliptos, exclamó:
– ¡Un mono! ¡Ahí hay un mono!
Y señalaba un gran cuerpo negro que, deslizándose de rama en rama con asombrosa agilidad, pasaba de una copa a otra, como si algún aparato membranoso lo sostuviese en el aire. ¿Acaso en aquel extraño país los monos volaban como ciertos zorros a quienes la naturaleza ha dotado de alas de murciélago?
Entretanto, el carro se había detenido, y todos seguían con los ojos al animal, que fue perdiéndose poco a poco en las alturas del eucalipto. Pronto se le vio descender con la rapidez del rayo, correr por el suelo con mil contorsiones y cabriolas, y luego agarrar con sus largos brazos el liso tronco de un enorme gomero. Nadie alcanzaba a comprender cómo treparía por aquel árbol recto y resbaladizo que no podía abrazar. Pero el mono, golpeando alternativamente el tronco con una especie de hacha, fue abriendo pequeñas muescas, y por esos puntos de apoyo regularmente espaciados alcanzó la horquilla del gomero. En unos pocos segundos desapareció en el espesor del follaje.
– Pero vamos a ver, ¿qué clase de mono es ese? —preguntó el mayor.
– Ese mono —respondió Paganel— ¡es un australiano de pura sangre!
Los compañeros del geógrafo no habían tenido tiempo aún de encogerse de hombros, cuando unos gritos que podrían transcribirse así: «¡coo-eeh! ¡coo-eeh!» resonaron a poca distancia. Ayrton aguijó a sus bueyes, y, cien pasos más adelante, los viajeros llegaban inesperadamente a un campamento de indígenas.
¡Qué triste espectáculo! Una decena de tiendas se erguían sobre el suelo desnudo. Esos «gunyos», hechos con tiras de corteza superpuestas como tejas, solo protegían de un lado a sus miserables moradores. Aquellos seres, degradados por la miseria, resultaban repulsivos. Había allí una treintena: hombres, mujeres y niños, vestidos con pieles de kanguroos desgarradas como harapos. Su primer movimiento, al aproximarse el carro, fue huir. Pero unas palabras de Ayrton pronunciadas en un incomprensible patois parecieron tranquilizarlos. Regresaron entonces, mitad confiados, mitad temerosos, como animales a quienes se tiende algún bocado apetitoso.
Aquellos indígenas, de cinco pies cuatro pulgadas a cinco pies siete pulgadas de estatura, tenían una tez fuliginosa —no negra, sino del color del hollín viejo—, el cabello lanoso, los brazos largos, el abdomen prominente, el cuerpo velludo y surcado por las cicatrices del tatuaje o por las incisiones practicadas en las ceremonias fúnebres. Nada más horrible que su figura monstruosa, su boca enorme, su nariz aplastada y chafada contra las mejillas, su mandíbula inferior prominente, armada de dientes blancos aunque protuberantes. Jamás criaturas humanas habían presentado hasta tal punto el tipo de la animalidad.
– Robert no se equivocaba —dijo el mayor—: son monos, de pura sangre si se quiere, ¡pero monos son!
– Mac Nabbs —respondió lady Helena—, ¿daría usted la razón a quienes los cazan como bestias salvajes? Esas pobres criaturas son hombres.
– ¡Hombres! —exclamó Mac Nabbs—. ¡Cuando mucho, seres intermedios entre el hombre y el orangután! Y aun así, si midiera su ángulo facial, lo encontraría tan cerrado como el del mono.
Mac Nabbs tenía razón en este punto: el ángulo facial del indígena australiano es muy agudo y sensiblemente igual al del orangután, entre sesenta y sesenta y dos grados. No en vano el señor De Rienzi propuso clasificar a esos desgraciados en una raza aparte a la que llamaba los «pitecomorfos», es decir, hombres de formas simiescas.
Pero lady Helena tenía todavía más razón que Mac Nabbs al considerar seres dotados de alma a esos indígenas situados en el último peldaño de la escala humana. Entre la bruta y el australiano existe el infranqueable abismo que separa los géneros. Pascal dijo con razón que el hombre no es bruto en ningún lugar.
Bien es verdad que añade con no menor sabiduría: «ni ángel tampoco».
Pues bien, precisamente, lady Helena y Mary Grant daban la razón contraria a esta última parte de la proposición del gran pensador. Aquellas dos caritativas mujeres habían bajado del carro; tendían una mano cariñosa a esas míseras criaturas; les ofrecían alimentos que los salvajes devoraban con una repugnante voracidad. Los indígenas debían tanto más tomar a lady Helena por una divinidad cuanto que, según su religión, los blancos son antiguos negros blanqueados después de la muerte.
Pero fueron las mujeres, sobre todo, quienes excitaron la compasión de las viajeras. Nada es comparable a la condición de la australiana; una naturaleza madrastra le ha negado incluso el menor encanto; es una esclava, arrebatada por la fuerza bruta, que no ha tenido más regalo de boda que los golpes del «waddie», especie de palo empuñado por la mano de su amo. Desde ese momento, agobiada por una vejez precoz y fulminante, ha sido abrumada con todos los penosos trabajos de la vida errante: lleva con sus hijos enrollados en un haz de juncos los instrumentos de pesca y caza, las provisiones de «phormium tenax» con que fabrica redes. Debe procurar víveres a su familia; caza lagartijas, zarigüeyas y serpientes hasta las copas de los árboles; corta la leña del hogar; arranca las cortezas de la tienda; pobre bestia de carga, desconoce el descanso, y solo come, tras su amo, los asquerosos restos que este ya no quiere.
En aquel momento, algunas de esas desgraciadas, privadas de alimento quizá desde hacía mucho tiempo, intentaban atraer a los pájaros ofreciéndoles granos.
Se las veía tendidas en el suelo ardiente, inmóviles, como muertas, esperando durante horas enteras que algún cándido pájaro llegara al alcance de su mano. Su industria en materia de trampas no iba más lejos, y era preciso ser un volátil australiano para caer en ellas.
Entretanto, los indígenas, amansados por los avances de los viajeros, los rodeaban, y hubo de ponerse cuidado contra sus instintos eminentemente rapaces. Hablaban un idioma sibilante, hecho de golpes de lengua. Aquello recordaba a gritos de animales. Sin embargo, su voz tenía a menudo inflexiones tiernas de una gran dulzura; la palabra «noki, noki» se repetía con frecuencia, y los gestos la hacían comprender suficientemente. Era el «¡Dadme! ¡Dadme!» aplicado a los más insignificantes objetos de los viajeros. El señor Olbinett tuvo mucho que hacer para defender el compartimento del equipaje y, sobre todo, los víveres de la expedición.
Aquellos pobres hambrientos lanzaban al carro una mirada aterradora y mostraban dientes afilados que quizá se habían ejercitado sobre jirones de carne humana. La mayoría de las tribus australianas no son caníbales, sin duda, en tiempos de paz; pero son pocos los salvajes que se niegan a devorar la carne de un enemigo vencido.
Sin embargo, a petición de Helena, Glenarvan ordenó distribuir algunos alimentos. Los naturales comprendieron su intención y se entregaron a demostraciones que habrían emocionado al corazón más insensible. Lanzaron también rugidos semejantes a los de las fieras cuando el cuidador les trae el pienso cotidiano. Sin dar la razón al mayor, no podía negarse, con todo, que aquella raza rozaba de cerca lo animal.
El señor Olbinett, como hombre galante, había creído deber servir primero a las mujeres. Pero aquellas desdichadas criaturas no se atrevieron a comer antes que sus temibles amos. Estos se abalanzaron sobre la galleta y la carne seca como sobre una presa.
Mary Grant, pensando que su padre era prisionero de indígenas tan rudos, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Se representaba todo lo que debía sufrir un hombre como Harry Grant, esclavo de esas tribus errantes, presa de la miseria, el hambre y los malos tratos.
John Mangles, que la observaba con la más inquieta atención, adivinó los pensamientos de que estaba lleno su corazón, y fue al encuentro de sus deseos interrogando al contramaestre del Britannia.
– Ayrton —le dijo—, ¿fue de manos de semejantes salvajes de donde escapó usted?
– Sí, capitán —respondió Ayrton—. Todos esos pueblos del interior se parecen. Solo que aquí no ve usted más que un puñado de esos pobres diablos, mientras que a orillas del Darling existen tribus numerosas mandadas por jefes cuya autoridad es formidable.
– Pero —preguntó John Mangles—, ¿qué puede hacer un europeo en medio de esos naturales?
– Lo mismo que yo hacía —respondió Ayrton—: caza, pesca con ellos, toma parte en sus combates; como ya les he dicho, es tratado en función de los servicios que presta, y si es un hombre inteligente y valiente, adquiere en la tribu una posición considerable.
– ¿Pero sigue siendo prisionero? —dijo Mary Grant.
– Y vigilado —añadió Ayrton—, de modo que no puede dar un paso, ¡ni de día ni de noche!
– Sin embargo, usted logró escapar, Ayrton —dijo el mayor, que se incorporó a la conversación.
– Sí, señor Mac Nabbs, al amparo de un combate entre mi tribu y una población vecina. Lo logré. Bien. No me arrepiento. Pero si hubiera que repetirlo, preferiría, creo, una esclavitud eterna a las torturas que experimenté al cruzar los desiertos del interior. ¡Dios libre al capitán Grant de intentar semejante oportunidad de salvación!
– Sí, desde luego —respondió John Mangles—. Debemos desear, señorita Mary, que su padre esté retenido en una tribu indígena. Encontraremos su rastro con mayor facilidad que si vagabundease por los bosques del continente.
– ¿Espera usted siempre? —preguntó la joven.
– Espero siempre, señorita Mary, verla a usted feliz algún día, ¡con la ayuda de Dios!
Los ojos húmedos de Mary Grant fueron el único agradecimiento que pudo ofrecer al joven capitán.
Durante esa conversación, un movimiento inusitado se había producido entre los salvajes: lanzaban gritos estruendosos, corrían en diversas direcciones, empuñaban sus armas y parecían poseídos de una ferocidad salvaje.
Glenarvan no sabía a qué querían llegar, cuando el mayor, interpelando a Ayrton, le dijo:
– Puesto que ha vivido usted largo tiempo entre los australianos, comprenderá sin duda el lenguaje de estos.
– Más o menos —respondió el contramaestre—, pues tantas tribus, tantos idiomas. Sin embargo, creo adivinar que, por agradecimiento, estos salvajes quieren mostrar a su señoría el simulacro de un combate.
Era en efecto la causa de esa agitación. Los indígenas, sin más preámbulo, se atacaron con una furia perfectamente simulada, y tan bien, que a menos de estar prevenido se habría tomado en serio aquella pequeña guerra. Pero los australianos son excelentes mimos, según dicen los viajeros, y en aquella ocasión desplegaron un talento notable.
Sus instrumentos de ataque y defensa consistían en una cachiporra, especie de maza de madera que da cuenta de los cráneos más espesos, y una especie de «tomahawk», piedra muy dura y afilada, fijada entre dos palos mediante una goma adhesiva. Esta hacha tiene un mango de diez pies de largo. Es un formidable instrumento de guerra y un útil instrumento de paz, que sirve para abatir ramas o cabezas, para tajar cuerpos o árboles, según el caso.
Todas esas armas se agitaban en manos frenéticas, al estruendo de las vociferaciones; los combatientes se arrojaban unos sobre otros; unos caían como muertos, otros lanzaban el grito del vencedor. Las mujeres, las viejas sobre todo, poseídas por el demonio de la guerra, los excitaban al combate, se precipitaban sobre los falsos cadáveres y los mutilaban en apariencia con una ferocidad que, de haber sido real, no habría sido más horrible. A cada instante, lady Helena temía que el juego degenerara en batalla verdadera. Por lo demás, los niños, que habían tomado parte en el combate, iban a fondo. Los chiquillos y las chiquillas —estas más rabiosas, sobre todo— se propinaban bofetadas formidables con un encarnizamiento feroz.
Aquel combate simulado duraba ya desde hacía diez minutos, cuando de pronto los combatientes se detuvieron. Las armas cayeron de sus manos. Un profundo silencio sucedió al ruidoso tumulto. Los indígenas permanecieron inmóviles en su última actitud, como personajes de cuadros vivientes.
Parecían petrificados.
¿Cuál era la causa de aquel cambio, y por qué de pronto aquella inmovilidad marmórea? No tardó en saberse.
Una bandada de cacatúas se desplegaba en ese momento a la altura de los gomeros. Llenaban el aire con su charlatanería y se asemejaban, con los vigorosos matices de su plumaje, a un arco iris volante. Fue la aparición de aquella deslumbrante nube de pájaros la que había interrumpido el combate. La caza, más útil que la guerra, le sucedía.
Uno de los indígenas, cogiendo un instrumento pintado de rojo, de estructura particular, abandonó a sus compañeros, que seguían inmóviles, y se dirigió entre los árboles y los arbustos hacia la bandada de cacatúas.
No hacía ningún ruido al arrastrarse; no rozaba una hoja, no desplazaba un guijarro.
Era una sombra que se deslizaba.
El salvaje, llegado a una distancia conveniente, lanzó su instrumento siguiendo una línea horizontal a dos pies del suelo. El arma recorrió así un espacio de unos cuarenta pies; después, de súbito, sin tocar la tierra, se irguió bruscamente en ángulo recto, subió a cien pies en el aire, hirió mortalmente a una docena de pájaros y, describiendo una parábola, vino a caer a los pies del cazador.
Glenarvan y sus compañeros estaban estupefactos; no podían dar crédito a sus ojos.
– ¡Es el «boomerang»! —dijo Ayrton.
– ¡El boomerang! —exclamó Paganel—. ¡El boomerang australiano!
Y, como un niño, fue a recoger el maravilloso instrumento «para ver qué había dentro».
Cabría pensar, en efecto, que algún mecanismo interior, algún resorte súbitamente destensado, modificaba su trayectoria. Nada de eso.
Aquel boomerang consistía simplemente en una pieza de madera dura y curvada, de treinta a cuarenta pulgadas de longitud. Su grosor en el centro era de unas tres pulgadas, y sus dos extremos terminaban en puntas agudas. Su parte cóncava se hundía unas seis líneas, y su parte convexa presentaba dos cantos muy afilados. Era tan simple como incomprensible.
– ¡He aquí el famoso boomerang! —dijo Paganel tras examinar atentamente el extraño instrumento—. Un trozo de madera y nada más. ¿Por qué, en cierto momento de su trayectoria horizontal, remonta en el aire para volver a la mano que lo ha lanzado? Los sabios y los viajeros nunca han podido dar explicación a este fenómeno.
– ¿No sería un efecto semejante al del aro que, lanzado de cierta manera, vuelve a su punto de partida? —dijo John Mangles.
– O más bien —añadió Glenarvan—, un efecto retrógrado, semejante al de una bola de billar golpeada en un punto determinado.
– En absoluto —respondió Paganel—. En esos dos casos hay un punto de apoyo que determina la reacción: es el suelo para el aro, y el tapete para la bola. Pero aquí falta el punto de apoyo; el instrumento no toca la tierra, ¡y sin embargo remonta a una altura considerable!
– Entonces, ¿cómo explica usted ese hecho, señor Paganel? —preguntó lady Helena.
– No lo explico, señora; lo constato una vez más. El efecto depende evidentemente de la manera en que el boomerang es lanzado y de su conformación particular. Pero en cuanto a ese lanzamiento, sigue siendo el secreto de los australianos.
– En todo caso, es muy ingenioso... para ser monos —añadió lady Helena, mirando al mayor, que sacudió la cabeza con aire poco convencido.
Entretanto, el tiempo transcurría, y Glenarvan pensó que no debía retardar más su marcha hacia el este; iba pues a pedir a los viajeros que volviesen a subir al carro, cuando un salvaje llegó corriendo y pronunció algunas palabras con gran animación.
– ¡Ah! —exclamó Ayrton—. ¡Han avistado casuarios!
– ¿Cómo? ¿Se trata de una cacería? —dijo Glenarvan.
– Hay que ver eso —exclamó Paganel—. ¡Debe de ser curioso! Quizá vuelva a funcionar el boomerang.
– ¿Qué le parece a usted, Ayrton?
– No será largo, mylord —respondió el contramaestre.
Los indígenas no habían perdido un instante. Para ellos matar casuarios es un golpe de fortuna. La tribu tiene aseguradas sus provisiones por algunos días. Así, los cazadores emplean toda su destreza en apoderarse de semejante presa. Pero ¿cómo, sin fusiles, logran abatir, y, sin perros, alcanzar un animal tan ágil? Era el aspecto más interesante del espectáculo reclamado por Paganel.
El emú o casuario sin casco, llamado «moureuk» por los naturales, es un animal que comienza a escasear en las llanuras de Australia. Esta gran ave, de dos pies y medio de altura, tiene una carne blanca que recuerda mucho a la del pavo; lleva en la cabeza una placa córnea; sus ojos son de color marrón claro, su pico negro y curvado de arriba abajo; sus dedos, armados de uñas poderosas; sus alas, auténticos muñones, no pueden servirle para volar; su plumaje —por no decir su pelaje— es más oscuro en el cuello y el pecho. Pero si no vuela, corre, y desafiaría en el turf al caballo más veloz. Solo puede cogerse, pues, por la astucia, y aún así hay que ser singularmente astuto.
Por eso, a la llamada del indígena, una decena de australianos se desplegaron como un destacamento de tiradores. Era en una admirable llanura donde el índigo crecía naturalmente y azuleaba el suelo con sus flores. Los viajeros se detuvieron en la linde de un bosque de mimosas.
A la proximidad de los naturales, media docena de emús se levantaron, emprendieron la huida y fueron a guarecerse a una milla de distancia. Cuando el cazador de la tribu hubo reconocido su posición, hizo señas a sus camaradas de detenerse. Estos se tendieron en el suelo, mientras él, sacando de su red dos pieles de casuario muy hábilmente cosidas, se las puso al instante.
Su brazo derecho pasaba por encima de su cabeza, e imitaba en movimiento el andar de un emú que busca su alimento.
El indígena se dirigió hacia la bandada; unas veces se detenía, fingiendo picotear algunas semillas; otras hacía volar el polvo con los pies y se envolvía en una nube polvorienta. Toda aquella pantomima era perfecta. Nada más fiel que aquella reproducción del andar del emú. El cazador lanzaba gruñidos sordos ante los que el propio pájaro se habría dejado engañar. Y así ocurrió. El salvaje se encontró pronto en medio de la bandada despreocupada. De pronto, su brazo blandió la maza, y cinco emús de seis cayeron a su lado.
El cazador había triunfado; la cacería había terminado.
Entonces Glenarvan, las viajeras, toda la pequeña tropa se despidieron de los indígenas. Estos mostraron escaso pesar por aquella separación. Quizá el éxito de la cacería de casuarios les hiciera olvidar el hambre saciada. No tenían siquiera el agradecimiento del estómago, más vivo que el del corazón en las naturalezas incultas y en las bestias.
Sea como fuere, no podía uno dejar de admirar, en ciertas ocasiones, su inteligencia y su destreza.