Los hijos del capitán Grant · Parte 2

Capítulo XI

Burke y Stuart

Sin embargo, el carro se había detenido sobre un tapiz de césped cuyas franjas pendían sobre las rápidas aguas. Allí no había balsa ni puente. Había que pasar de todas formas. Ayrton se ocupó de buscar un vado practicable. El río, un cuarto de milla río arriba, le pareció menos profundo, y fue en ese lugar donde resolvió alcanzar la orilla opuesta. Varios sondeos no acusaron más de tres pies de agua. El carro podía, pues, aventurarse por ese bajo fondo sin correr grandes riesgos.

– ¿No existe ningún otro medio de cruzar este río? —preguntó Glenarvan al contramaestre.

– No, mylord —respondió Ayrton—, pero este paso no me parece peligroso. Saldremos adelante.

– ¿Deben lady Glenarvan y la señorita Grant abandonar el carro?

– En absoluto. Mis bueyes tienen el pie seguro, y me encargo de mantenerlos en la buena ruta.

– Adelante, Ayrton —respondió Glenarvan—. Me fío de vos.

Los jinetes rodearon el pesado vehículo, y se entró resueltamente en el río. Los carros, por lo general, cuando intentan esos pasos a vado, están rodeados de un rosario de toneles vacíos que los sostiene en la superficie de las aguas. Pero aquí ese cinturón flotante faltaba; había que confiarse, pues, a la sagacidad de los bueyes, llevados de la mano por el prudente Ayrton. Este, desde su asiento, dirigía el tiro; el mayor y los dos marineros hendían la rápida corriente a algunas brazas en cabeza.

Glenarvan y John Mangles, a cada lado del carro, se mantenían dispuestos a socorrer a las viajeras; Paganel y Robert cerraban la línea.

Todo fue bien hasta la mitad del Wimerra. Pero entonces el cauce se marcó con mayor hondura y el agua subió por encima de las llantas. Los bueyes, desviados del vado, podían perder pie y arrastrar con ellos la oscilante máquina. Ayrton se sacrificó valerosamente; se metió en el agua y, agarrándose a los cuernos de los bueyes, logró devolverlos al buen camino.

En ese momento se produjo un golpe imposible de prever; se oyó un crujido; el carro se inclinó en un ángulo inquietante; el agua llegó a los pies de las viajeras; todo el aparato comenzó a derivar, a pesar de Glenarvan y de John Mangles, aferrados a los varales. Fue un momento lleno de angustia.

Por fortuna, un vigoroso tirón acercó el vehículo a la orilla opuesta. El río ofreció a las patas de los bueyes y los caballos una pendiente ascendente, y bien pronto hombres y bestias se encontraron a salvo en la otra orilla, tan satisfechos como empapados.

Solo que el tren delantero del carro había sido roto por el choque, y el caballo de Glenarvan quedó desherrado de las manos delanteras.

Ese accidente exigía una reparación urgente. Se miraban, pues, con aire bastante perplejo, cuando Ayrton propuso ir a la estación de Black-Point, situada a veinte millas al norte, y traer de allí un herrador.

– Id, id, buen Ayrton —le dijo Glenarvan—. ¿Cuánto tiempo necesitáis para hacer ese trayecto e ir y volver al campamento?

– Quince horas quizás —respondió Ayrton—, pero no más.

– Partid, pues, y mientras aguardamos vuestro regreso acamparemos a orillas del Wimerra.

Pocos minutos después, el contramaestre, montado en el caballo de Wilson, desaparecía tras una espesa cortina de mimosas.

El resto de la jornada se empleó en conversaciones y paseos. Los viajeros, charlando y admirando, recorrieron las orillas del Wimerra. Las grullas cenicientas y los ibis, lanzando roncos gritos, huían a su paso. El pájaro-satén se ocultaba en las altas ramas de la higuera silvestre; los oropéndolas, los collalbas y los epimaquios revoloteaban entre los soberbios tallos de las liliáceas; los martines pescadores abandonaban su pesca habitual, mientras toda la familia, más civilizada, de los loros —el «blue-mountain» ataviado de los siete colores del prisma, el pequeño «roschill» de cabeza escarlata y garganta amarilla, y el «lori» de plumaje rojo y azul— proseguía su ensordecedor parloteo en la cima de los gomeros en flor.

Así, ora tumbados sobre la hierba a orillas de las aguas murmurantes, ora errando a la ventura entre los grupos de mimosas, los paseantes admiraron esa bella naturaleza hasta la puesta del sol. La noche, precedida de un rápido crepúsculo, les sorprendió a media milla del campamento. Volvieron guiándose no por la estrella polar, invisible desde el hemisferio austral, sino por la Cruz del Sur, que brillaba a mitad de camino entre el horizonte y el cénit.

Mr. Olbinett había preparado la cena bajo la tienda. Se sentaron a la mesa. El éxito de la cena fue un cierto salmis de loros hábilmente cazados por Wilson y diestramente preparados por el stewart.

Terminada la cena, cada cual buscó un pretexto para no entregar al reposo las primeras horas de esa noche tan hermosa. Lady Helena puso de acuerdo a todos pidiendo a Paganel que contase la historia de los grandes viajeros australianos, una historia prometida desde hacía ya mucho tiempo.

Paganel no pedía nada mejor. Sus oyentes se tendieron al pie de un magnífico banksia; el humo de los cigarros subió pronto hasta el follaje perdido en la sombra, y el geógrafo, fiándose de su inagotable memoria, tomó al punto la palabra.

– Recordaréis, amigos míos, y el mayor no habrá olvidado sin duda, la enumeración de viajeros que os hice a bordo del Duncan. De todos los que intentaron penetrar en el interior del continente, solo cuatro lograron atravesarlo de sur a norte o de norte a sur. Son: Burke, en 1860 y 1861; Mac Kinlay, en 1861 y 1862; Landsborough, en 1862, y Stuart, también en 1862. De Mac Kinlay y de Landsborough, poco os diré. El primero fue de Adelaida al golfo de Carpentaria; el segundo, del golfo de Carpentaria a Melbourne, ambos enviados por comités australianos en busca de Burke, que no reaparecía y nunca debía reaparecer.

»Burke y Stuart: tales son los dos audaces exploradores de quienes os voy a hablar, y comienzo sin preámbulo.

»El 20 de agosto de 1860, bajo los auspicios de la Real Sociedad de Melbourne, partía un ex oficial irlandés, antiguo inspector de policía en Castlemaine, llamado Robert O'Hara Burke. Once hombres le acompañaban: William John Wills, joven astrónomo distinguido; el doctor Beckler, un botánico; Gray; King, joven militar del ejército de las Indias; Landells; Brahe, y varios cipayos. Veinticinco caballos y veinticinco camellos transportaban a los viajeros, sus equipajes y provisiones para dieciocho meses. La expedición debía dirigirse al golfo de Carpentaria, en la costa septentrional, siguiendo primero el río Cooper.

»Franqueó sin dificultad las líneas del Murray y del Darling, y llegó a la estación de Menindié, en el límite de las colonias.

»Allí se reconoció que el numeroso equipaje resultaba muy embarazoso. Esa incomodidad y cierta dureza de carácter de Burke sembraron la discordia en la tropa. Landells, el director de los camellos, seguido de algunos servidores hindúes, se separó de la expedición y volvió a las orillas del Darling.

»Burke prosiguió su camino hacia adelante. Ora por magníficos pastizales ampliamente regados, ora por caminos pedregosos y privados de agua, descendió hacia el Cooper's-creek. El 20 de noviembre, tres meses después de su partida, establecía un primer depósito de provisiones a orillas del río.

»Aquí, los viajeros fueron retenidos algún tiempo sin encontrar una ruta practicable hacia el norte, una ruta donde el agua estuviese asegurada. Tras grandes dificultades, llegaron a un campamento que nombraron el fuerte Wills. Lo convirtieron en un puesto rodeado de empalizadas, situado a mitad de camino entre Melbourne y el golfo de Carpentaria. Allí, Burke dividió su tropa en dos partes. La una, bajo las órdenes de Brahe, debía quedarse en el fuerte Wills durante tres meses y más, si las provisiones no le faltaban, y esperar el regreso de la otra. Esta última se compuso únicamente de Burke, King, Gray y Wills. Se llevaban seis camellos.

»Se llevaban víveres para tres meses, es decir, tres quintales de harina, cincuenta libras de arroz, cincuenta libras de harina de avena, un quintal de carne de caballo seca, cien libras de cerdo salado y tocino, y treinta libras de galleta, todo ello para hacer un viaje de seiscientas leguas, ida y vuelta.

»Esos cuatro hombres partieron. Tras el penoso cruce de un desierto pedregoso, llegaron al río Eyre, en el punto extremo alcanzado por Sturt en 1845 y, remontando el meridiano ciento cuarenta tan exactamente como les fue posible, apuntaron hacia el norte.

»El 7 de enero pasaron el trópico bajo un sol de fuego, engañados por espejismos decepcionantes, con frecuencia privados de agua, a veces refrescados por grandes tormentas, encontrando aquí y allá a algunos indígenas errantes de quienes no tuvieron queja; en suma, poco obstaculizados por las dificultades de una ruta que no cortaban ni lagos, ni ríos, ni montañas.

»El 12 de enero, algunas colinas de arenisca aparecieron hacia el norte, entre otras el monte Forbes, y una sucesión de cadenas graníticas llamadas «ranges». Allí, las fatigas fueron grandes. Apenas se avanzaba. Los animales se negaban a seguir adelante: «¡siempre en los ranges! ¡Los camellos sudan de miedo!», escribe Burke en su cuaderno de viaje. Sin embargo, a fuerza de energía, los exploradores llegan a las orillas del río Turner, luego al curso superior del río Flinders, visto por Stokes en 1841, que va a desembocar en el golfo de Carpentaria, entre cortinas de palmeras y eucaliptos.

»Las proximidades del océano se manifestaron por una serie de terrenos pantanosos. Uno de los camellos pereció allí. Los demás se negaron a ir más lejos. King y Gray debieron quedarse con ellos. Burke y Wills continuaron marchando hacia el norte, y, tras grandes dificultades muy oscuramente relatadas en sus notas, llegaron a un punto donde la pleamar cubría los pantanos, pero no vieron el océano. Era el 11 de febrero de 1861.

– Así pues —dijo lady Glenarvan—, esos valientes hombres no pudieron ir más lejos.

– No, señora —respondió Paganel—. El suelo de los marismas se hundía bajo sus pies, y tuvieron que pensar en reunirse con sus compañeros del fuerte Wills. ¡Triste regreso, os lo juro! Fue arrastrándose, débiles y agotados, como Burke y su camarada volvieron a encontrar a Gray y a King. Luego la expedición, descendiendo hacia el sur por la ruta ya seguida, se encaminó hacia el Cooper's-creek.

»Las peripecias, los peligros, los sufrimientos de ese viaje no los conocemos con exactitud, pues los apuntes faltan en el cuaderno de los exploradores. Pero debió de ser terrible.

»En efecto, en el mes de abril, llegados al valle de Cooper, no eran ya más que tres. Gray acababa de sucumbir a la fatiga. Cuatro camellos habían perecido. Sin embargo, si Burke consigue llegar al fuerte Wills, donde le espera Brahe con su depósito de provisiones, sus compañeros y él están salvados. Redoblan de energía; se arrastran durante algunos días más; el 21 de abril divisan las empalizadas del fuerte, ¡lo alcanzan!... Ese día, tras cinco meses de vana espera, Brahe había partido.

– ¡Partido! —exclamó el joven Robert.

– ¡Sí, partido! ¡Ese mismo día, por una deplorable fatalidad! ¡La nota dejada por Brahe no tenía más de siete horas de fecha! Burke no podía pensar en alcanzarle. Los infelices abandonados se repusieron un poco con las provisiones del depósito. Pero les faltaban los medios de transporte, y ciento cincuenta leguas les separaban todavía del Darling.

»Es entonces cuando Burke, contrariamente a la opinión de Wills, piensa en llegar a los establecimientos australianos situados cerca del monte Hopeless, a sesenta leguas del fuerte Wills. Se ponen en camino.

»De los dos camellos que quedan, uno perece en un afluente cenagoso del Cooper's-creek; el otro no puede dar un paso más, hay que abatirlo y alimentarse de su carne. Pronto los víveres se agotan.

»Los tres infortunados se ven reducidos a alimentarse de «nardou», planta acuática cuyas esporas son comestibles. Por falta de agua, por falta de medios para transportarla, no pueden alejarse de las orillas del Cooper. Un incendio abrasa su cabaña y sus efectos de campaña. ¡Están perdidos! ¡No les queda más que morir!

»Burke llamó a King junto a él: «No me quedan más que unas pocas horas de vida —le dijo—; aquí está mi reloj y mis notas. Cuando haya muerto, deseo que pongáis una pistola en mi mano derecha, y que me dejéis tal como esté, sin enterrarme.» Dicho esto, Burke no habló más, y expiró a la mañana siguiente a las ocho.

»King, aterrorizado, desesperado, fue en busca de una tribu australiana. Cuando regresó, Wills acababa también de sucumbir. En cuanto a King, fue recogido por indígenas y, en el mes de septiembre, encontrado por la expedición del señor Howitt, enviada en busca de Burke al mismo tiempo que Mac Kinlay y Landsborough. Así pues, de los cuatro exploradores, uno solo sobrevivió a esa travesía del continente australiano.

El relato de Paganel había dejado una impresión dolorosa en el ánimo de sus oyentes. Cada cual pensaba en el capitán Grant, que erraba quizás como Burke y los suyos en medio de ese continente funesto. ¿Habían escapado los náufragos a los sufrimientos que diezmaron a esos audaces pioneros? Ese paralelismo fue tan natural, que las lágrimas acudieron a los ojos de Mary Grant.

– ¡Mi padre! ¡Mi pobre padre! —murmuró.

– ¡Señorita Mary! ¡Señorita Mary! —exclamó John Mangles—. ¡Para padecer tales males hay que afrontar las regiones del interior! ¡El capitán Grant está en manos de los indígenas, como King, y, como King, será salvado! ¡Nunca se ha encontrado en condiciones tan desfavorables!

– Nunca —añadió Paganel—, y os lo repito, querida señorita, los australianos son hospitalarios.

– ¡Dios os oiga! —respondió la joven.

– ¿Y Stuart? —preguntó Glenarvan, que quería desviar el curso de esos tristes pensamientos.

– ¿Stuart? —respondió Paganel—. ¡Oh! Stuart tuvo más suerte, y su nombre es célebre en los anales australianos. Desde el año 1848, John Mac Douall Stuart, vuestro compatriota, amigos míos, se preparaba para sus viajes acompañando a Sturt en los desiertos situados al norte de Adelaida. En 1860, seguido de solo dos hombres, intentó, pero en vano, penetrar en el interior de Australia. No era un hombre que se desanimase. En 1861, el 1 de enero, abandonó el Chambers-Creek al frente de once compañeros decididos, y no se detuvo hasta sesenta leguas del golfo de Carpentaria; pero, faltando las provisiones, tuvo que volver a Adelaida sin haber atravesado el temible continente. Sin embargo, osó tentar de nuevo la fortuna y organizar una tercera expedición que, esta vez, debía alcanzar el objetivo tan ardientemente deseado.

»El parlamento de Australia Meridional patrocinó calurosamente esa nueva exploración y votó un subsidio de dos mil libras esterlinas. Stuart tomó todas las precauciones que le sugirió su experiencia de pionero. Sus amigos Waterhouse el naturalista, Thring, Kekwick, sus antiguos compañeros, Woodforde, Auld, diez en total, se unieron a él. Se llevó veinte odres de cuero de América, capaces de contener siete galones cada uno, y el 5 de abril de 1862 la expedición se encontraba reunida en la cuenca de Newcastle-Water, más allá del grado dieciocho de latitud, en ese mismo punto que Stuart no había podido sobrepasar. La línea de su itinerario seguía aproximadamente el meridiano ciento treinta y uno y, por consiguiente, describía un desvío de siete grados al oeste del de Burke.

»La cuenca de Newcastle-Water debía ser la base de las nuevas exploraciones. Stuart, rodeado de espeso bosque, intentó en vano pasar al norte y al nordeste. Mismo fracaso para ganar por el oeste el río Victoria; impenetrables matorrales cerraban toda salida.

»Stuart resolvió entonces cambiar su campamento, y logró trasladarlo un poco más al norte, a los pantanos de Hower. Luego, tendiendo hacia el este, encontró en medio de llanuras herbosas el arroyo Daily, que remontó durante unas treinta millas.

»La región se volvía magnífica; sus pastizales habrían hecho la alegría y la fortuna de un squatter; los eucaliptos crecían allí a una prodigiosa altura. Stuart, maravillado, siguió avanzando; alcanzó las orillas del río Strangway y del Roper's-Creek descubierto por Leichardt; sus aguas corrían en medio de palmeras dignas de esa región tropical; allí vivían tribus de indígenas que acogieron bien a los exploradores.

»Desde ese punto, la expedición se inclinó hacia el norte-noroeste, buscando a través de un terreno cubierto de arenisca y rocas ferruginosas los manantiales del río Adelaida, que desemboca en el golfo de Van Diemen. Atravesaba entonces la tierra de Arnhem, en medio de palmitos, bambúes, pinos y pandanos. El Adelaida se ensanchaba; sus orillas se volvían pantanosas; el mar estaba cerca.

»El martes 22 de julio, Stuart acampó en los pantanos de Fresh-Water, muy obstaculizado por innumerables arroyos que cortaban su camino. Envió a tres de sus compañeros a buscar caminos practicables; al día siguiente, ora rodeando ensenadas infranqueables, ora hundiéndose en los terrenos cenagosos, alcanzó algunas llanuras elevadas y cubiertas de césped donde crecían grupos de gomeros y árboles de corteza fibrosa; allí volaban en bandadas ocas, ibis, aves acuáticas de extrema bravura. De indígenas había pocos o ninguno. Solo algunas columnas de humo de campamentos lejanos.

»El 24 de julio, nueve meses después de su partida de Adelaida, Stuart parte a las ocho horas y veinte minutos de la mañana en dirección al norte; quiere alcanzar el mar ese mismo día; el terreno está ligeramente elevado, salpicado de mineral de hierro y rocas volcánicas; los árboles se vuelven pequeños; toman un aspecto marítimo; se presenta un amplio valle aluvional, bordeado más allá por una cortina de arbustos. Stuart oye claramente el ruido de las olas que rompen, pero no dice nada a sus compañeros. Se penetra en un matorral obstruido por sarmientos de vid silvestre.

»Stuart da unos pasos. ¡Está en las orillas del océano Índico! «¡El mar! ¡El mar!», grita Thring estupefacto. Los demás acuden, y tres prolongados hurras saludan al océano Índico.

»¡El continente acababa de ser atravesado por cuarta vez!

»Stuart, cumpliendo la promesa hecha al gobernador sir Richard Macdonnell, se bañó los pies y se lavó la cara y las manos en las olas del mar.

»Luego volvió al valle e inscribió en un árbol sus iniciales J. M. D. S. Se organizó un campamento junto a un pequeño arroyo de aguas corrientes.

»Al día siguiente, Thring fue a reconocer si era posible ganar por el suroeste la desembocadura del río Adelaida; pero el suelo era demasiado pantanoso para el paso de los caballos; hubo que renunciar.

»Entonces Stuart eligió en un claro un árbol elevado. Cortó las ramas bajas, y en la cima hizo desplegar la bandera australiana. En el árbol fueron inscritas estas palabras en la corteza: es a un pie al sur donde debes cavar la tierra.

»Y si algún viajero escarba un día la tierra en el lugar indicado, encontrará una cajita de hojalata, y en esa cajita este documento cuyas palabras están grabadas en mi memoria: Gran exploración y travesía de sur a norte de Australia.

»Los exploradores a las órdenes de John Mac Douall Stuart llegaron aquí el 25 de julio de 1862, después de haber atravesado toda Australia desde el mar del sur hasta las orillas del océano Índico, pasando por el centro del continente. Habían salido de Adelaida el 26 de octubre de 1861, y el 21 de enero de 1862 abandonaban la última estación de la colonia en dirección al norte. En memoria de este feliz acontecimiento, han desplegado aquí la bandera australiana con el nombre del jefe de la expedición. Todo va bien. Dios proteja a la reina.

»Siguen las firmas de Stuart y de sus compañeros.

»Así quedó constatado ese gran acontecimiento que tuvo una resonancia inmensa en el mundo entero.

– ¿Y esos valerosos hombres volvieron todos a ver a sus amigos del sur? —preguntó lady Helena.

– Sí, señora —respondió Paganel—; todos, pero no sin crueles fatigas. Stuart fue el más afectado; su salud estaba gravemente comprometida por el escorbuto cuando reanudó su itinerario hacia Adelaida. A principios de septiembre, su enfermedad había hecho tales progresos que no creía volver a ver los distritos habitados. Ya no podía mantenerse en la silla; iba tendido en una litera suspendida entre dos caballos. A finales de octubre, unos esputos de sangre le pusieron a las últimas. Se mató un caballo para hacerle caldo; el 28 de octubre pensaba morir, cuando una crisis saludable le salvó, y el 10 de diciembre la pequeña tropa al completo alcanzó los primeros establecimientos.

»Fue el 17 de diciembre cuando Stuart entró en Adelaida en medio de una población entusiasmada. Pero su salud seguía siendo precaria, y poco después, tras haber obtenido la gran medalla de oro de la Sociedad de Geografía, se embarcó en el Indus hacia su querida Escocia, su patria, donde habremos de volverle a ver a nuestro regreso.

– Era un hombre que poseía en el más alto grado la energía moral —dijo Glenarvan—, y esta, más aún que la fuerza física, conduce a la realización de las grandes empresas. Escocia tiene razón de estar orgullosa de contarle entre sus hijos.

– ¿Y desde Stuart —preguntó lady Helena—, ningún viajero ha intentado nuevos descubrimientos?

– Sí, señora —respondió Paganel—. Os he hablado con frecuencia de Leichardt. Ese viajero había realizado ya en 1844 una notable exploración en Australia Septentrional. En 1848 emprendió una segunda expedición hacia el nordeste. Desde hace diecisiete años, no ha reaparecido. El año pasado, el célebre botánico, el doctor Muller, de Melbourne, promovió una suscripción pública destinada a sufragar los gastos de una expedición. Esa expedición fue rápidamente cubierta, y una tropa de valerosos squatters, mandada por el inteligente y audaz Mac Intyre, abandonó el 21 de junio de 1864 los pastizales del río Paroo. En este momento, debe de haberse adentrado profundamente, en busca de Leichardt, en el interior del continente. ¡Ojalá tenga éxito, y ojalá nosotros mismos podamos, como él, volver a encontrar a los amigos que nos son queridos!

Así terminó el relato del geógrafo. Era tarde. Se dieron las gracias a Paganel, y cada cual, pocos instantes después, dormía plácidamente, mientras el pájaro-reloj, oculto en el follaje de los gomeros blancos, marcaba regularmente los segundos de esa noche tranquila.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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