Los hijos del capitán Grant · Parte 1

Capítulo XXII

La crecida

Una distancia de ciento cincuenta millas separa el fuerte Independencia de las riberas del Atlántico. A menos de retrasos imprevistos, y ciertamente improbables, Glenarvan, en cuatro días, debía haber alcanzado el Duncan. Pero volver a bordo sin el capitán Grant, después de haber fracasado tan completamente en sus pesquisas, era una idea a la que no podía resignarse. Así pues, a la mañana siguiente, no pensó en dar sus órdenes para la partida. Fue el mayor quien se encargó de hacer ensillar los caballos, renovar las provisiones y establecer los relevamientos de ruta. Gracias a su actividad, la pequeña tropa, a las ocho de la mañana, descendía las cumbres herbosas de la sierra Tandil. Glenarvan, con Robert a su lado, galopaba sin decir palabra; su carácter audaz y resuelto no le permitía aceptar aquel fracaso con calma de espíritu; su corazón latía a punto de romperse, y su cabeza ardía. Paganel, irritado por la dificultad, daba vueltas de todas las maneras posibles a las palabras del documento para extraer de ellas una nueva enseñanza. Thalcave, mudo, dejaba a Thaouka el cuidado de guiarle. El mayor, siempre confiado, permanecía firme en su puesto, como un hombre sobre el que el desaliento no puede hacer presa. Tom Austin y sus dos marineros compartían el abatimiento de su amo. En un momento en que un tímido conejo cruzó ante ellos los senderos de la sierra, los supersticiosos escoceses se miraron.

– Un mal presagio —dijo Wilson.

– Sí, en los Highlands —respondió Mulrady.

– Lo que es malo en los Highlands no es mejor aquí —replicó sentenciosamente Wilson. Hacia el mediodía, los viajeros habían franqueado la sierra Tandil y encontraban de nuevo las llanuras ampliamente onduladas que se extienden hasta el mar. A cada paso, ríos límpidos regaban aquella fértil comarca y iban a perderse en medio de altos pastizales. El suelo recuperaba su horizontalidad normal, como el océano después de una tormenta. Las últimas montañas de la Pampasia argentina habían quedado atrás, y la pradera monótona ofrecía al paso de los caballos su larga alfombra de verdor. El tiempo hasta entonces había sido bueno. Pero el cielo aquel día tomó un aspecto poco tranquilizador. Las masas de vapores, engendradas por la alta temperatura de los días precedentes y dispuestas en espesas nubes, prometían resolverse en lluvias torrenciales. Por lo demás, la proximidad del Atlántico y el viento del oeste que en él impera como dueño hacían el clima de aquella comarca particularmente húmedo. Bien se veía por su fertilidad, por la grasa abundancia de sus pastizales y por su oscuro verdor. Sin embargo, aquel día al menos, los grandes nubarrones no reventaron, y, al anochecer, los caballos, tras haber cubierto alegremente una jornada de cuarenta millas, se detuvieron a orilla de profundas «cañadas», inmensos fosos naturales llenos de agua. Faltaba todo abrigo. Los ponchos sirvieron a la vez de tiendas y de mantas, y cada uno se durmió bajo un cielo amenazador que, afortunadamente, se quedó en amenazas. Al día siguiente, a medida que la llanura descendía, la presencia de las aguas subterráneas se traicionó de manera aún más sensible; la humedad rezumaba por todos los poros del suelo. Pronto grandes lagunas, unas ya profundas, otras que comenzaban a formarse, cortaron el camino del este. Mientras no se trataba más que de «lagunas», acumulaciones de agua bien circunscritas y libres de plantas acuáticas, los caballos pudieron salir fácilmente del paso; pero con esos pantanos movedizos llamados «penganos», fue más difícil; altas hierbas los obstruían, y para reconocer el peligro había que estar ya metido en él. Esas ciénagas habían sido ya fatales para más de un ser viviente. En efecto, Robert, que se había adelantado media milla, volvió al galope y exclamó:

– ¡Señor Paganel! ¡Señor Paganel! ¡Un bosque de cuernos!

– ¿Cómo? —respondió el sabio—. ¿Ha encontrado usted un bosque de cuernos?

– Sí, sí, al menos un matorral.

– ¡Un matorral! Está soñando, muchacho —replicó Paganel encogiéndose de hombros.

– No sueño —repuso Robert—, ¡y lo verá usted mismo! ¡Vaya un país singular! ¡Aquí se siembran cuernos y crecen como el trigo! ¡Cómo me gustaría tener algo de su simiente!

– Pero habla en serio —dijo el mayor.

– Sí, señor mayor, va usted a verlo bien. Robert no se había equivocado, y pronto se encontraron ante un inmenso campo de cuernos, regularmente plantados, que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Era un verdadero matorral, bajo y tupido, pero extraño.

– ¿Y bien? —dijo Robert.

– Esto es singular —respondió Paganel, volviéndose hacia el indio e interrogándole.

– Los cuernos salen de la tierra —dijo Thalcave—, pero los bueyes están debajo.

– ¿Cómo! —exclamó Paganel—. ¿Hay ahí todo un rebaño atascado en ese barro?

– Sí —respondió el patagón.

En efecto, una inmensa manada había encontrado la muerte bajo aquel suelo sacudido por su carrera; centenares de bueyes acababan de perecer así, codo con codo, asfixiados en la vasta ciénaga. Este hecho, que se produce a veces en la llanura argentina, no podía ser ignorado por el indio, y era una advertencia de la que convenía tomar nota. Se rodeó la inmensa hecatombe, que habría satisfecho a los dioses más exigentes de la Antigüedad, y, una hora después, el campo de cuernos quedaba a dos millas a la espalda. Thalcave observaba con cierta ansiedad ese estado de cosas que no le parecía ordinario. Se detenía con frecuencia y se erguía sobre sus estribos. Su gran estatura le permitía abarcar con la mirada un vasto horizonte; pero, al no percibir nada que pudiese iluminarle, reanudaba pronto su marcha interrumpida. Una milla más lejos, se detenía de nuevo; luego, apartándose de la línea seguida, hacía una incursión de algunas millas, unas veces al norte, otras al sur, y volvía a ponerse a la cabeza de la tropa, sin decir ni lo que esperaba ni lo que temía. Ese maniobrar, repetido muchas veces, intrigó a Paganel e inquietó a Glenarvan. Se rogó pues al sabio que interrogara al indio. Lo hizo enseguida.

Thalcave le respondió que le asombraba ver la llanura empapada de agua. Nunca, a su conocimiento, y desde que ejercía el oficio de guía, sus pies habían pisado un suelo tan encharcado. Incluso en la estación de las grandes lluvias, la campiña argentina ofrecía siempre pasos practicables.

– ¿Pero a qué atribuir esa humedad creciente? —preguntó Paganel.

– No lo sé —respondió el indio—, y aunque lo supiera...

– ¿Acaso los ríos de las sierras, crecidos por las lluvias, no se desbordan nunca?

– Algunas veces.

– ¿Y ahora, quizás?

– ¡Quizás! —dijo Thalcave.

Paganel tuvo que contentarse con esa media respuesta, y comunicó a Glenarvan el resultado de su conversación.

– ¿Y qué aconseja Thalcave? —dijo Glenarvan.

– ¿Qué hay que hacer? —preguntó Paganel al patagón.

– Marchar deprisa —respondió el indio.

Consejo más fácil de dar que de seguir. Los caballos se fatigaban prontamente pisando un suelo que huía bajo ellos, la depresión se acentuaba cada vez más, y aquella parte de la llanura podía asimilarse a un inmenso bajo, donde las aguas invasoras debían acumularse rápidamente. Importaba pues franquear sin demora esos terrenos en desnivel que una inundación habría transformado de inmediato en lago. Se apresuró el paso. Pero no bastó con toda el agua que se desplegaba en láminas bajo los cascos de los caballos. Hacia las dos, las cataratas del cielo se abrieron, y torrentes de lluvia tropical se precipitaron sobre la llanura. Nunca se presentó mejor ocasión de mostrarse filósofo. Sin modo de sustraerse a aquel diluvio, más valía recibirlo estoicamente. Los ponchos chorreaban; los sombreros los regaban como un tejado cuyos canalones están atascados; el flequillo de los recados parecía hecho de hilos líquidos, y los jinetes, salpicados por sus monturas cuyos cascos golpeaban a cada paso los torrentes del suelo, cabalgaban bajo una doble lluvia que venía a la vez de la tierra y del cielo. Fue así como, empapados, ateridos y destrozados de fatiga, llegaron al anochecer a un rancho muy miserable. Solo gente poco exigente podía darle el nombre de refugio, y viajeros en apuros consentir en guarecerse en él. Pero Glenarvan y sus compañeros no tenían elección. Se apiñaron pues en aquella choza abandonada que no habría querido para sí un pobre indio de las pampas. Con no poco trabajo se encendió un mal fuego de hierbas que daba más humo que calor. Las ráfagas de lluvia arreciaban afuera, y a través del techo podrido rezumaban gruesas gotas. Si el hogar no se apagó veinte veces, fue porque veinte veces Mulrady y Wilson lucharon contra la invasión del agua. La cena, muy mediocre y poco reconfortante, fue bastante triste. Faltaba el apetito. Solo el mayor hizo honor al charqui húmedo y no perdió ni un bocado. El impasible Mac Nabbs era superior a los acontecimientos. En cuanto a Paganel, en su calidad de francés, intentó bromear. Pero no hubo manera.

– Mis bromas están mojadas —dijo—, ¡fallan! Sin embargo, como lo más gracioso en aquella circunstancia era dormir, cada uno buscó en el sueño un olvido momentáneo de sus fatigas. La noche fue mala; las tablas del rancho crujían a punto de romperse; se inclinaba bajo las embestidas del viento y amenazaba con volar a cada ráfaga; los desgraciados caballos gemían afuera, expuestos a toda la inclemencia del cielo, y sus amos no sufrían menos en su mísera choza. Sin embargo, el sueño acabó por imponerse. Robert fue el primero en cerrar los ojos, dejando reposar su cabeza sobre el hombro de lord Glenarvan, y pronto todos los huéspedes del rancho dormían bajo la guardia de Dios. Parece que Dios montó buena guardia, pues la noche transcurrió sin accidente. Se despertaron al llamado de Thaouka, quien, siempre vigilante, relinchaba afuera y golpeaba con un casco vigoroso la pared de la choza. A falta de Thalcave, sabía en caso necesario dar la señal de partida. Se le debía demasiado para no obedecerle, y se partió. La lluvia había amainado, pero el terreno impermeable conservaba el agua caída; sobre su impermeable arcilla, los charcos, los pantanos, las lagunas desbordaban y formaban inmensos «bañados» de pérfida profundidad. Paganel, consultando su mapa, pensó, no sin razón, que los ríos Grande y Vivarota, donde habitualmente se drenan las aguas de aquella llanura, debían haberse confundido en un cauce de varios millas de anchura. Se hizo entonces necesaria una velocidad de marcha extrema. Se trataba de la salvación común. Si la inundación crecía, ¿dónde encontrar asilo? El inmenso círculo trazado por el horizonte no ofrecía un solo punto culminante, y en aquella llanura horizontal la invasión de las aguas debía ser rápida. Se empujó pues a los caballos a todo galope. Thaouka llevaba la delantera y, mejor que ciertos anfibios de poderosas aletas, merecía el nombre de caballo marino, pues saltaba como si estuviese en su elemento natural. De pronto, hacia las diez de la mañana, Thaouka dio muestras de extrema agitación. Se volvía frecuentemente hacia las planas inmensidades del sur; sus relinchos se prolongaban; sus ollares aspiraban con fuerza el aire vivo. Se encabritaba con violencia. Thalcave, a quien sus botes no podían desarzonar, no le sujetaba sin esfuerzo. La espuma de su boca se mezclaba con sangre bajo la acción del freno apretado con vigor, y sin embargo el ardiente animal no se calmaba; libre, su amo sentía bien que habría huido hacia el norte con toda la rapidez de sus patas.

– ¿Qué le pasa a Thaouka? —preguntó Paganel—. ¿Le han mordido las sanguijuelas tan voraces de las aguas argentinas?

– No —respondió el indio.

– ¿Se atemoriza pues ante algún peligro?

– Sí, ha olfateado el peligro.

– ¿Cuál?

– No lo sé.

Si la vista no revelaba aún ese peligro que Thaouka adivinaba, el oído, al menos, podía ya dar cuenta de él. En efecto, un murmullo sordo, semejante al ruido de una marea creciente, se hacía escuchar más allá de los límites del horizonte. El viento soplaba por ráfagas húmedas y cargadas de un polvo acuoso; los pájaros, huyendo de algún fenómeno desconocido, cruzaban el aire a todo vuelo; los caballos, sumergidos hasta la mitad de sus patas, sentían las primeras embestidas de la corriente. Pronto un ruido formidable, mugidos, relinchos, balidos resonaron a media milla al sur, e inmensas manadas aparecieron que, derribándose, levantándose, precipitándose, mezcla incoherente de bestias espantadas, huían con una velocidad aterradora. Apenas fue posible distinguirlas en medio de los torbellinos líquidos levantados en su carrera. Cien ballenas del mayor tamaño no habrían rechazado con más violencia las olas del océano.

– ¡Anda, anda! —gritó Thalcave con voz resonante.

– ¿Qué es eso? —dijo Paganel.

– ¡La crecida! ¡La crecida! —respondió Thalcave espoleando su caballo, al que lanzó en dirección al norte.

– ¡La inundación! —exclamó Paganel, y sus compañeros, con él a la cabeza, volaron tras las huellas de Thaouka. Era tiempo. En efecto, a cinco millas hacia el sur, una alta y ancha barra de agua bajaba sobre la campiña, que se convertía en océano. Las altas hierbas desaparecían como segadas. Los mechones de mimosas, arrancados por la corriente, derivaban y formaban islotes flotantes. La masa líquida se derramaba en gruesas láminas de una irresistible potencia. Evidentemente se habían roto las barrancas de los grandes ríos de la Pampasia, y quizás las aguas del Colorado al norte y del río Negro al sur se reunían entonces en un cauce común. La barra señalada por Thalcave avanzaba a la velocidad de un caballo de carreras. Los viajeros huían ante ella como una nube arrastrada por un viento de tormenta. Sus ojos buscaban en vano un lugar de refugio. El cielo y el agua se confundían en el horizonte. Los caballos, sobreexcitados por el peligro, se desbocaban en un galope desenfrenado, y sus jinetes apenas podían mantenerse en la silla. Glenarvan miraba con frecuencia hacia atrás. «El agua nos gana», pensaba.

– ¡Anda, anda! —gritaba Thalcave.

Y se azuzaba aún más a las desgraciadas bestias. De sus ijares abiertos por el espolón escapaba sangre viva que trazaba sobre el agua largos hilos rojos. Tropezaban en las grietas del suelo. Se enredaban en las hierbas ocultas. Caían. Se les levantaba. Volvían a caer. Se les levantaba de nuevo. El nivel de las aguas subía sensiblemente. Largas ondulaciones anunciaban el asalto de aquella barra que agitaba a menos de dos millas su cabeza espumante. Durante un cuarto de hora se prolongó esa lucha suprema contra el más terrible de los elementos. Los fugitivos no habían podido calcular la distancia que acababan de recorrer, pero, a juzgar por la rapidez de su carrera, debía de ser considerable. Sin embargo, los caballos, anegados hasta el pecho, ya no avanzaban sino con extrema dificultad. Glenarvan, Paganel, Austin, todos se creyeron perdidos y condenados a esa muerte horrible de los desdichados abandonados en alta mar. Sus monturas comenzaban a perder el suelo de la llanura, y seis pies de agua bastaban para ahogarlas. Hay que renunciar a pintar las angustias desgarradoras de esos ocho hombres invadidos por una marea creciente. Sentían su impotencia para luchar contra esos cataclismos de la naturaleza, superiores a las fuerzas humanas. Su salvación ya no estaba en sus manos. Cinco minutos después, los caballos nadaban; la corriente sola los arrastraba con una violencia incomparable y una velocidad igual a la de su galope más rápido, que debía superar las veinte millas por hora. Toda salvación parecía imposible, cuando se oyó la voz del mayor.

– Un árbol —dijo.

– ¿Un árbol? —exclamó Glenarvan.

– ¡Allí, allí! —respondió Thalcave.

Y, señalando con el dedo a ochocientas brazas al norte, mostró una especie de nogal gigantesco que se elevaba solitario en medio de las aguas. Sus compañeros no necesitaban ser animados. Aquel árbol que se les ofrecía tan inesperadamente había que alcanzarlo a toda costa. Los caballos no llegarían a él sin duda, pero los hombres, al menos, podían ser salvados. La corriente los llevaba. En ese momento, el caballo de Tom Austin lanzó un relincho ahogado y desapareció. Su amo, libre de los estribos, se puso a nadar vigorosamente.

– Agárrate a mi silla —le gritó Glenarvan.

– Gracias, señoría —respondió Tom Austin—, los brazos son fuertes.

– ¿Tu caballo, Robert? —repuso Glenarvan, volviéndose hacia el joven Grant.

– ¡Va, milord! ¡Va! ¡Nada como un pez!

– ¡Atención! —dijo el mayor con voz fuerte. Apenas pronunciada esa palabra, llegó el enorme mascaret. Una ola monstruosa, de cuarenta pies de altura, se abatió sobre los fugitivos con un estruendo espantoso. Hombres y bestias, todo desapareció en un torbellino de espuma. Una masa líquida de varios millones de toneladas los arrolló en sus furiosas aguas. Cuando la barra hubo pasado, los hombres volvieron a la superficie de las aguas y se contaron rápidamente; pero los caballos, salvo Thaouka con su amo, habían desaparecido para siempre.

– ¡Ánimo! ¡Ánimo! —repetía Glenarvan, que sostenía a Paganel con un brazo y nadaba con el otro.

– ¡Bien va! ¡Bien va!... —respondió el digno sabio—, e incluso no me disgusta... ¿De qué no le disgustaba? Nunca se supo, pues el pobre hombre se vio obligado a tragarse el final de su frase con media pinta de agua cenagosa. El mayor avanzaba tranquilamente, marcando una brazada regular que un maestro nadador no habría desaprobado. Los marineros se deslizaban como dos marsopas en su elemento líquido. En cuanto a Robert, aferrado a la crin de Thaouka, se dejaba arrastrar con él. Thaouka hendía las aguas con una energía soberbia y se mantenía instintivamente en la línea del árbol hacia donde llevaba la corriente. El árbol no estaba ya más que a veinte brazas. En pocos instantes fue alcanzado por la tropa entera. Afortunadamente, pues, de fallar ese refugio, toda posibilidad de salvación se desvanecía, y había que perecer en las olas. El agua se elevaba hasta la cima del tronco, en el punto donde las ramas madres nacían. Fue pues fácil aferrarse a ellas. Thalcave, abandonando su caballo e izando a Robert, trepó el primero, y pronto sus poderosos brazos pusieron a salvo a los nadadores exhaustos. Pero Thaouka, arrastrado por la corriente, se alejaba rápidamente. Volvía hacia su amo su cabeza inteligente y, sacudiendo su larga crin, le llamaba relinchando.

– ¡Le abandonas! —dijo Paganel a Thalcave.

– ¡Yo! —exclamó el indio.

Y, zambulléndose en las aguas torrenciales, reapareció a diez brazas del árbol. Instantes después, su brazo se apoyaba en el cuello de Thaouka, y caballo y jinete derivaban juntos hacia el brumoso horizonte del norte.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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