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EL FIN DEL PERIPLO
Erik había proferido un grito, arrodillándose junto a Patricio O'Donoghan, cual si quisiera recoger su último aliento, la última esperanza que le quedaba...; pero el irlandés estaba bien muerto esta vez, y se llevaba su secreto a la tumba. En cuanto a Tudor Brown, su cuerpo se estremeció, agitado por una convulsión suprema; sus manos dejaron escapar el arma que oprimían, y el infame expiró sin pronunciar una palabra.
– ¡Padre!... ¿Qué ha hecho usted?, exclamó Erik con acento de amargura. ¿Por qué suprimir la última probabilidad que me quedaba para conocer el misterio de mi vida? ¿No hubiera sido mejor lanzarnos contra ese hombre y desarmarle?
– ¿Y crees tú que nos hubiera dado tiempo para eso?, replicó maese Hersebom. Su segundo tiro estaba destinado para ti... ¡no lo dudes!... He vengado la muerte de ese infeliz, castigando el crimen de la Calzada, y tal vez otros que ignoramos... ¡Suceda lo que quiera, no me arrepiento!... Por otra parte, ¿qué importa el misterio de tu vida, hijo mío, en una situación como la nuestra? ¡Lo más probable es que muy pronto vaya mos a preguntárselo a Dios!
Apenas acababa Hersebom de pronunciar estas palabras, oyóse el estampido de un cañonazo, que el eco repitió entre los bancos y las montañas de hielo: hubiérase dicho que era una respuesta a las palabras con que el viejo pescador expresaba su amargura, o más bien a los dos tiros que habían resonado en el banco de hielo.
– ¡El cañón del Alaska!... ¡Nos hemos salvado!, gritó Erik, encaramándose a un montículo de hielo, para explorar con la vista el mar sin límites.
Al pronto, no vio nada más que los icebergs, impelidos por la brisa y balanceándose a la luz del sol; pero maese Hersebom, que había vuelto a cargar su carabina, disparó al aire y otro cañonazo le contestó al punto.
Esta vez Erik divisó claramente una co lumna de humo negro, elevándose hacia el azul del cielo por la parte del Oeste; varios tiros y cañonazos, disparados a intervalos de cinco minutos, sirvieron entonces de señal, y muy pronto el Alaska, dejando atrás una montaña de hielo, apareció avanzando a todo vapor hacia el Norte del banco.
Erik y Hersebom se habían precipitado uno en brazos de otro, llorando de ale gría; agitaban sus pañuelos y arrojaban sus gorros al aire, valiéndose de todos los medios para llamar la atención de sus amigos.
El Alaska se detuvo por fin; una ballenera se destacó de su costado, y a los veinte minutos tocaba en el banco de hielo.
¿Cómo expresar la profunda alegría del doctor Schwaryencrona, de Bredejord, del señor Malarius y de Otto al encontrar sanos y salvos a los que creían ya perdidos?
De una y otra parte se contaron cuanto había sucedido; hablóse de los temores y desesperación de la noche anterior, de las inútiles llamadas, y de la impotente cólera de los tres amigos. El Alaska, al verse casi libre de hielos al rayar el día, sirvióse de la dinamita para desembarazarse de los que aún le rodeaban; Rosewitz se encargó del mando, en su calidad de segundo oficial, e inmediatamente emprendióse la marcha en busca del banco flotante, siguiendo la dirección del viento que lo había arrastrado. Aquella navegación entre los hielos que se movían por todas partes, fue la más peligrosa que el Alaska había efectuado; pero gracias a la práctica de la tripulación, aleccionada por el constante celo de su joven capitán, gracias a la experiencia y a la precisión en las maniobras,, habíase conseguido avanzar sin tropiezo entre aquellas masas errantes. El Alaska se pudo aprovechar, además, de la circunstancia de que siguiendo la misma dirección de los hielos, adelantábase a ellos debido a su mayor celeridad. Los esfuerzos no fueron inútiles, pues a las nueve de la mañana se divisó el banco, pudiéndose reconocer hasta su forma desde la punta del palo mayor, y muy pronto el ruido de dos detonaciones de arma de fuego infundió la esperanza de que los náufragos estaban allí.
Lo demás importaba ya poco; ahora se iba a singlar directamente hacia el Atlántico, y difícil sería que no se llegara, aunque fuese a la vela, si faltaba carbón.
– ¡Nada de vela!, exclamó Erik. Tengo dos nuevas ideas; la primera es hacernos remolcar por el banco mientras vaya hacia el Sur o el Oeste, lo cual evitará una incesante lucha con los icebergs, que nuestra balsa despejará a su paso; la segunda se reduce a recoger el combustible necesario para terminar el viaje cuando nos convenga recobrar nuestra autonomía.
– ¿Qué quieres decir?, preguntó el doctor, sonriendo. ¿Te parece que el banco de hielo encierra en sus costados alguna mina o depósito de hulla?
– No precisamente una mina de hulla, contestó Erik, pero sí algo que viene a ser lo mismo; es decir, una mina de carbón animal en forma de grasa de morsa. Quiero hacer la prueba, puesto que tenemos un aparato fabricado expresamente para este género de combustible.
Ante todo, se tributaron los últimos deberes a los muertos, arrojándolos al agua con una bala en los pies.
Hecho esto, el Alaska abordó el banco de manera que pudiera seguir su movimiento, protegiéndose con su masa, lo cual permitió trasladar otra vez a bordo los víveres desembarcados, que importaba mucho no perder; y terminada esta operación, el buque se amarró a la extremidad Norte del banco de hielo, donde mejor podía preservarse de las moles flotantes.
Erik se había cerciorado ya de que asi se podían avanzar seis nudos por término medio, lo cual era suficiente hasta nueva orden, puesto que ya no debía inquietarse por la presencia de los icebergs.
Mientras el banco avanzaba majestuoso hacia el Sur, como un continente que deriva remolcando a una península, la caza de morsas se efectuó con toda regularidad.
Dos o tres veces al día varios tripulantes, armados de carabinas y arpones, y seguidos de los perros groenlandeses, desembarcaban en el campo de hielo y sitiaban a las morsas dormidas junto a sus agujeros. Un balazo en la cabeza las dejaba sin vida; descuartizábanse después, extraíase la grasa, y se cargaba en los trineos, que los perros conducían al buque. Esta cacería era tan fácil y fructuosa, que al cabo de ocho días el depósito quedó completamente lleno de grasa.
El buque, remolcado siempre por el banco, hallábase entonces a los 40º de longitud Este, es decir, que había dejado ya atrás y al Sur Nueva Zembla.
El banco de hielo estaba ya reducido a la mitad, resquebrajado y lleno de profundas grietas que revelaban su próxima descomposición;
aproximábase el momento en que aquella isla iba a disolverse; pero Erik no quiso esperarlo y dio orden de levar anclas enderezando el rumbo al Oeste.
La grasa de morsa, utilizada al punto en la caldera ad hoc de que el Alaska iba provisto, juntamente con una escasa cantidad de hulla, resultó ser un combustible excelente; sólo tenía el defecto de ensuciar mucho la chimenea, lo cual exigió limpiarla de continuo. En cuanto a su olor, que hubiera sido muy desagradable para una tripulación meridional, sólo era un inconveniente muy secundario para suecos y noruegos.
Gracias a este recurso, el Alaska pudo navegar con vapor hasta última hora, franquear rápiramente, a pesar de los vientos contrarios, la distancia que aún le separaba de los mares de Europa, y llegar el 5 de septiembre a la vista del cabo de Norte, en Noruega. Sin detenerse en Tromsoe, como hubiera podido hacerlo en caso de necesidad, prosiguió activamente su marcha, contorneó la península escandinava, pasó de nuevo por el Skager-Rack, y volvió a su punto de partida.
El 14 de septiembre anclaba a la vista de Estocolmo, en las mismas aguas de donde partió el 10 de febrero anterior.
Así pues, habíase recorrido en siete meses y cuatro días el primer periplo circumpolar por un navegante de veintidós años.
Esta hazaña geográfica, que completaba y comprobaba tan rápidamente la expedición de Nordenskjold, debía ser muy pronto para Erik un triunfo ruidoso; mas los diarios y revistas no podían explicar, desde luego, todo su mérito.
Sólo algunos iniciados se hallaban en situación de apreciarlo, existiendo, sin embargo, una persona que miraba todo aquello con la mayor indiferencia: Kajsa.
Después de escuchar el relato del viaje, limitóse a decir, por todo comentario, con cierta sonrisa de superioridad:
– ¡Qué poco criterio supone exponerse así voluntariamente a semejantes peligros!
Y apenas tuvo ocasión, díjole a Erik con sorna:
– ¡Vamos, ya está usted libre por fin de ese enojoso asunto, ahora que el decantado irlandés ha muerto!
¡Qué diferencia había entre aquel juicio seco y frío y la cariñosa carta, llena de ternura, que Erik recibió muy pronto de Noroé! Vanda le hablaba de sus angustias y las de su madre durante aquellos largos meses; decíale que su pensamiento no dejó nunca de estar con los viajeros; y que Catalina y ella creyeron volverse locas de alegría al saber que la expedición se hallaba ya en Estocolmo. Vanda manifestaba a Erik que si los resultados del viaje no eran tan favorables como esperaba, no debía afligirse demasiado, puesto que, a falta de su verdadera familia, siempre tenía en el pueblecillo de Noroé una que le amaba tiernamente. La joven suplicaba a Erik que fuese pronto a verlas, pues le consideraban como suyo y no querían renunciar a él. Todos esperaban que no le faltaría medio de ir a pasar un mes a Noroé; este era el más ardiente deseo de su madre adoptiva y de su hermanita Vanda.
A la epístola acompañaban tres florecitas, recogidas a orillas del fiordo, y cuyo perfume evocó en Erik el recuerdo de su alegre infancia.
¡Ah! ¡Qué dulces eran estas cosas para su pobre corazón entristecido, y cómo aliviaban la última amargura de la expedición!
Sin embargo, muy pronto fue preciso dejarse llevar por la corriente que debía poner en el candelero al joven capitán. El viaje del Alaska era un acontecimiento tan notable como la expedición del Vega; el nombre de Erik se asociaba en todas partes con el de Nordenskjold, y los diarios no hablaban más que del nuevo periplo.
Se hablaba de empavesar los buques de todas las naciones, anclados en Estocolmo, en honor de aquella victoria náutica; y Erik sorprendido y confuso, veíase asediado en todas partes por las ovaciones reservadas a los triunfadores. Las sociedades científicas iban en comisión a felicitar al comandante y a la tripulación del Alaska, y el Gobierno proponía una recompensa nacional.
Tantos elogios y tanto ruido molestaban a Erik, pues la conciencia le decía que su empresa había obedecido principalmente a consideraciones personales, y tenía escrúpulos en apropiarse una gloria que, cuando menos, le parecía exagerada. Por eso aprovechó la primera ocasión que tuvo para decir francamente lo que había ido a buscar en los mares del Polo, declarando que también el afán de conocer el secreto de su nacimiento y de su origen le impelieron a emprender el viaje. La ocasión que Erik deseaba se presentó bajo la forma de un joven imberbe, pequeño, pero vivaz como una ardilla, agregado en calidad de corresponsal a uno de los principales diarios de Estocolmo, y que se presentó a bordo del Alaska para solicitar el favor de una entrevista personal con el joven comandante. El objeto del dinámico periodista, reducíase a obtener de Erik datos par escribir una biografía de cien líneas; y por cierto que no podía dirigirse a mejor fuente ni encontrar persona más dispuesta a complacerle. Erik tenía sed de dar a conocer la verdad, proclamando que no merecía ser considerado como un Cristóbal Colón.
Refiriólo, pues, todo sin reticencias, relató su historia, explicó de qué modo le había recogido en el mar un pobre pescador de Noroé, y cómo le educó el señor Malarius; habló de la protección que le había dispensado el doctor Schwaryencrona, llevándole a Estocolmo; manifestó cómo se llegó a saber que Patricio O'- Donoghan poseía el secreto y que se hallaba a bordo del Vega; extendióse sobre los detalles del viaje emprendido para ir en su busca, exponiendo por qué causas fue preciso cambiar el itinerario; y, por último, habló de los incidentes de su desembarco en la isla de Liakow y al cabo Cheliuskin... Erik decía todo esto para eludir, en cierto modo, los elogios que se le tributaban, y por no creer justas las alabanzas de que era objeto por lo que a él le parecía tan natural y sencillo.
Y entretanto, el lápiz del periodista, el señor Squirrelius, corría en el papel con vertiginosa rapidez: los datos, los nombres, los menores detalles, todo estaba apuntado; y el redactor se decía, loco de contento, que no serían cien líneas las que iba a escribir, sino seiscientas, porque era preciso hacer un relato palpitante, conmovedor, que interesara tanto como un folletín.
Al día siguiente, la biografía llenaba tres columnas del diario que más circulaba en Suecia, y, como sucede siempre en semejante caso, la sinceridad de Erik, lejos de disminuir sus méritos, los puso de relieve, por la modestia que revelaba y por el interés novelesco de su historia. La prensa y el público se apoderaron del relato con avidez; y aquellos datos biográficos, traducidos muy pronto a todas las lenguas, no tardaron en circular por Europa.
Así fue como, publicados en un diario francés, llegaron cierta noche al modesto salón de una antigua casa situada en la calle de Varennes.
Sólo había dos personas en la estancia: una señora vestida de negro, de cabello blanco, aunque al parecer joven todavía, y cuyas facciones expresaban una tristeza profunda. Junto a una mesita, trabajaba maquinalmente en un bordado, mientras que su mirada distraída, fija en la sombra del espacio no iluminado por la luz del quinqué, parecía revelar que la dama estaba absorta en algún doloroso recuerdo.
Al otro lado de la mesa, un anciano de elevada estatura revisaba con aparente indiferencia el diario que un criado acababa de entregarle.
Era el señor Durrien, cónsul general y secretario de la Sociedad Geográfica, el mismo que se hallaba en Brest, en casa del prefecto marítimo, cuando el Alaska visitó aquel puerto.
Sin duda a causa de esta circunstancia, el nombre de Erik llamó particularmente su atención, pues al leer el artículo biográfico consagrado al joven navegante sueco, estremecióse de pronto y volvió a leer con el mayor detenimiento. Poco a poco sus facciones palidecieron intensamente; un temblor nervioso agitó sus manos, y su turbación se reveló de tal modo, que su silenciosa compañera no pudo menos de observarla.
– ¿Se siente usted indispuesto, padre mío?, preguntó con solicitud.
– Yo... creo que se ha encendido la chimenea demasido pronto... Voy a mi despacho para tomar un poco el aire... no es nada... un malestar pasajero, contestó el señor Durrien, levantándose para pasar a la habitación contigua.
Como por descuido, llevóse el diario que tenía en la mano; pero si a la dama le hubiera sido dado leer en el pensamiento de su padre, habría visto entre los tumultuosos pensamientos que llenaban su espíritu, la decidida intención de sustraer el diario a las miradas de su hija. Por un momento, la dama estuvo a punto de seguir al señor Durrien a su habitación; mas parecióle que deseaba estar solo y sometióse discretamente a su capricho.
Poco después se tranquilizó al oír a su padre ir y venir, pasear de un lado a otro, y abrir y cerrar la ventana.
Al cabo de media hora, sin embargo, resolvióse a entreabrir la puerta para ver qué hacía, y observó que estaba sentado a su mesa escribiendo una carta; pero no se fijó en un detalle, y era que el anciano tenía los ojos llenos de lágrimas.