El náufrago del Cynthia

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LA CALZADA DE SEN

Tal era la violencia con que el Alaska se había lanzado contra las rocas, que al punto quedó como incrustado en ellas y completamente inmóvil; pero la situación no parecía ofrecer, por el momento, un peligro inminente para los tripulantes, aunque las olas, al encontrar aquel obstáculo imprevisto, batían el buque, barriendo su cubierta. El mar no estaba bastante embravecido para que se debiera temer nada inmediato, y si el tiempo no cambiaba, se podría llegar al día siguiente sin que ocurriera un nuevo desastre.

Erik vio todo esto de una ojeada. En su calidad de primer oficial, habíase encargado naturalmente del mando, y después de dar orden para que se cerrasen las escotillas, tapándose todas las aberturas con estopa alquitranada, por si acaso el oleaje llegaba a ser más fuerte, bajó a la cala con el maestro carpintero. Allí comprobó con viva satisfacción que no se había abierto ninguna vía de agua: el revestimiento exterior del buque había protegido evidentemente el casco, y la precaución adoptada para oponer resistencia a los hielos polares resultaba ser ahora muy eficaz contra el arrecife armoricano. Cierto que la máquina de vapor, cuyo movimiento había cesado de repente, parecía como descoyuntada por la terrible sacudida;

pero no se produjo explosión alguna por esta causa, y tampoco se encontró avería de importancia. En consecuencia, Erik resolvió esperar la mañana siguiente para que todos desembarcasen, si se juzgaba preciso; pero dio orden de disparar un cañonazo en demanda de auxilio a la isla de Sen, y dispuso enviar la chalupa de vapor a Lorient a fin de dar aviso.

– En ninguna parte, se decía Erik con mucha razón, se encontrarían más pronto medios de salvamento tan eficaces como en ese gran arsenal marítimo de la Francia occidental.

El resultado fue que en aquella hora crítica en que cada cual lo creía todo irremisiblemente perdido, pasajeros y tripulantes comenzaron a confiar en que a la postre se saldría de aquel atolladero. El alma intrépida de Erik era de aquellas que jamás se desaniman ni se dan nunca por vencidas.

– ¡Séame posible sólo sacar de aquí al Alas- ka, pensaba el joven teniente, y veremos quién puede más!

Pero Erik no quiso infundir a nadie una esperanza que acaso hubiera parecido quimérica;

al volver de la cala, sólo dijo que todo iba bien por el momento, y que había tiempo suficiente para recibir auxilio. Después mandó distribuir té y ron a todos los tripulantes.

No se necesitaba más para poner de buen humor a todos aquellos bravos marineros. La chalupa se botó al mar sin ninguna dificultad.

Poco después, algunos cohetes lanzados desde el faro de Sen anunciaron que se iba en auxilio del barco náufrago, y muy pronto divisáronse en medio de la oscuridad de la noche varias luces rojas que se acercaban al Alaska;

después oyéronse voces, contestóse a ellas, y se supo que se había naufragado en la Calzada de Sen. Transcurrió una hora larga antes de que pudiera aproximarse un bote, pues la resaca era muy fuerte y la operación peligrosa; pero los seis hombres que lo tripulaban consiguieron al fin agarrar un cable y subir a bordo.

Eran seis rudos pescadores de Sen, intrépidos marinos, que seguramente no se ocupaban por primera vez en prestar socorro a un buque en peligro. Todos aprobaron la idea de haber pedido auxilio al Lorient, porque el pequeño puerto de la isla no podía proporcionar los medios necesarios; se convino en que dos de los tripulantes del bote irían en la chalupa de vapor con maese Hersebom y Otto, cuando la luz de la luna iluminara el mar, y entretanto dieron algunos detalles sobre el lugar del naufragio.

La Calzada de Sen es una larga línea «e arrecifes en forma de punta que, partiendo de la isla de este nombre en dirección Oeste, extiéndese hasta nueve millas de distancia de aquélla, dividiéndose en dos partes. La una, llamada Puente de Sen, y que mide cuatro millas de longitud, poco más o menos, por una y media de anchura, está compuesta de una serie de rocas bastante altas, que forman como una cordillera sobre las aguas. La otra parte constituye una prolongación del Puente de Sen en un espacio de cinco millas de largo por dos tercios de milla de anchura media; también tiene dos escollos que no se elevan sobre el nivel del mar cuando las aguas suben, y de los cuales muy pocos se pueden ver si aquéllas están bajas; los principales, Cornengen, Schomeur, Cornoc-ar- Goulet, Bas-Ven, Ma-diou y Ar-Men son los menos temibles, porque se divisan con claridad. Atendido el número e irregularidad de las puntas submarinas, no bien conocidas aún, la extremada violencia del mar sobre el banco de arena, y las corrientes que lo barren en todos sentidos, estos parajes son en extremo peligrosos y fecundos en naufragios, y por lo mismo los faros de la isla de Sen y del Bec-du-Raz se han situado de manera que indiquen la línea de la calzada, a fin de que puedan reconocerla y alejarse de ella los buques procedentes del Oeste. Sin embargo, sigue siendo tan peligrosa para los que llegan del Sur, que hace mucho tiempo se pensó en señalar la punta con un faro especial; pero como, desgraciadamente, no hay en esa extremidad ningún islote o roca donde se pueda construir, y la violencia acostumbrada del mar no permite establecer un faro flotante, ha sido necesario decidirse a levantar uno en la roca de Armen, situada a tres millas de la punta extrema. Aun haciéndolo así los trabajos tropiezan con tales dificultades que, habiéndose comenzado la construcción de este faro en 1867, doce años después no se había alcanzado todavía más que la mitad de su altura, es decir, trece metros sobre el nivel de las aguas. Hubo año en que no fue posible trabajar más que ocho horas, aunque los obreros estaban acechando continuamente para aprovechar un momento favorable. Por esta razón no existía aún más que en proyecto cuando ocurrió la catástrofe del Alas- ka.

Sin embargo, esto no bastaba para explicar que el buque se hubiese precipitado al salir de Brest en medio de los arrecifes, y Erik se prometió profundizar la cuestión cuando hubiese partido la chalupa.

No fue necesario aguardar mucho, pues la luna comenzó a brillar al poco tiempo, y entonces el joven comandante resolvió que la mitad de su gente permaneciese de guardia mientras que la otra descansaba. Hecho esto, Erik bajó a la cámara principal.

El abogado Bredejord, el señor Malarius y el doctor velaban junto al cadáver.

– ¿Nos explicarás al fin, hijo mío, preguntó el doctor, cuál es la causa de este drama y cómo ha sucedido todo?

– Es inexplicable, contestó el joven, in diñándose sobre la carta marina extendida en la mesa del capitán. Yo comprendía instintivamente, y lo había dicho así, que no seguíamos buena ruta; pero en mi opinión y en la ele todo el mundo, estamos por lo menos a tres millas al Oeste de ese faro... poco más o menos aquí, añadió, señalando un punto en la carta; y bien pueden ustedes ver que no se indica ningún peligro, ni banco de arena, ni arrecifes... ¡El color oscuro de las grandes profundidades!... ¡Es inconcebible!... Sólo podemos suponer un error en una carta marina del Almirantazgo inglés...

y en una región marítima tan conocida y tan minuciosamente estudiada hace siglos... ¡En fin, esto es absurdo, y hasta me parece una pesadilla!

– ¿No habrá algún error en la posición?

¿No se habrá tomado un faro por otro?, preguntó Bredejord.

– Es casi imposible en un trayecto tan corto como el nuestro desde la salida de Brest. Advierta usted que no hemos perdido un instante de vista la tierra, y que, en consecuencia, se debería creer que uno de los faros indicados en la carta no se ha encendido, o que se ha apagado otro, lo cual es suponer lo inverosímil... Ni aun esto bastaría para explicar el hecho, pues nuestra marcha ha sido tan regular y se ha tenido tanto cuidado, que no hay error posible, por decirlo así. Podríamos precisar el itinerario seguido sin discrepar más de quinientos metros, como máxima diferencia, y él término de aquél corresponde exactamente a la posición que ocupamos ahora respecto al faro de la isla de Sen... Sin embargo, el hecho es que estamos en un escollo, cuando de ser ciertas las indicaciones de la carta, deberíamos tener un fondo de trescientos metros...

– Pero, ¿cómo acabará todo esto? He aquí lo que convendría saber, dijo el doctor.

– Muy pronto lo sabremos, contestó Erik, si las autoridades marítimas quieren darse un poco de prisa en enviarnos auxilio. Por lo pronto, es preciso esperar, y lo mejor que todos pueden hacer es ir a descansar tranquilamente como si estuviésemos anclados en la más segura bahía. El joven capitán no quiso decir que se proponía velar personalmente mientras sus amigos se entregaban al reposo, y así lo hizo toda la noche, paseándose por el puente a fin de asegurarse de que se cumplía bien el servicio de guardia y bajando algunas veces al salón.

Al rayar el día tuvo la alegría de ver que la marejada disminuía con la brisa; también observó que la marea era muy baja, y que pronto quedaría el buque casi en seco, lo cual permitiría reconocer la extensión del desastre. En efecto, a eso de las siete de la mañana se pudo realizar un detenido examen.

El buque estaba como enclavado en varias puntas de roca que sobresalían de los bancos de arena; tres de ellas habían penetrado en el revestimiento del Alaska en el momento del naufragio, y sosteníanle como sobre puntales; la misma dirección de aquellas, inclinadas hacia el Norte, es decir, en sentido contrario a la marcha del Alaska al ocurrir el siniestro, explicaba que hubiesen detenido al buque a la orilla del banco de arena, impidiéndole avanzar más sobre el escollo. La maniobra suprema ordenada por Erik contribuyó también a que el choque fuese menos terrible, pues como el buque había dado marcha atrás antes de tocar, no avanzó sobre el arrecife más de lo que le permitieron el impulso adquirido y la corriente. No cabía duda que, a no mediar esta circunstancia, se habría hecho pedazos. Por otra parte, como la brisa y las olas se mantuvieron toda la noche sin cambio alguno, esto contribuyó a mantener el buque en el mismo sitio, en vez de fijarlo sobre las rocas, como no hubiera podido menos de suceder con un cambio de viento. En una palabra, no era posible haber tenido mejor suerte en un desastre de aquella naturaleza. Todo quedaba reducido ahora a desprender el buque antes que un salto del viento modificara tan favorables condiciones.

Erik resolvió obrar sin pérdida de tiempo.

Apenas hubo desayunado la tripulación, dispuso que todos comenzaran a trabajar para ensanchar a fuerza de hachazos los tres boquetes principales abiertos en el revestimiento por las puntas de roca. Si llegaba a tiempo un remolcador de Lorient, sería muy posible desprender el buque durante la marea alta, casi sin esfuerzo; así es que el joven capitán esperaba con impaciencia la aparición de algún penacho de humo en el horizonte.

Todo sucedió como se esperaba, sin contar que el tiempo se mantuvo tan sereno y benigno como pudiera desearse. Alrededor del mediodía, un aviso, seguido de un remolcador, penetró en las aguas del Alaska; el primero estaba mandado por un teniente de navío, que iba a ponerse cortésmente a disposición de los náufragos.

Erik y sus oficiales le recibieron en el portalón, como era debido, y después bajaron a la cámara.

– ¿Me explicará usted, preguntó el teniente a Erik, cómo han podido precipitarse en la Calzada de Sen al salir de Brest?

– Esa carta marina se lo explicará, contestó Erik; en ella no está indicado el peligro.

El oficial francés examinó, primero con curiosidad, después con asombro, el trazado geográfico que representaba.

– En efecto, exclamó; aquí no está señalado el Puente de Sen, ni la parte que le sirve de prolongación... ¡Es un descuido imperdonable!...

¡Cómo! ¡El color azul de las grandes profundidades al ras de la isla!... ¡Y este perfil a pico!...

¡Hasta la posición del faro se indica equivocadamente...! Y sin embargo, la carta es del Almirantazgo británico... ¡Vamos, será muy mala!...

Diríase que alguien se ha complacido en trazarla errónea, engañosa y pérfidamente... Los navegantes de otros tiempos, solían hacer estas jugarretas a sus rivales; pero no hubiera creído nunca que Inglaterra pudiera conservar semejantes tradiciones.

– ¿Y quién aseguraría que es Inglaterra?, preguntó Bredejord con su voz aflautada. A mí se me ocurre una sospecha» y es que esa carta marina puede provenir de algún falsario y haber sido colocada por una mano criminal en la estantería del Alaska.

– ¡Por Tudor Brown, exclamó impetuosamente Erik; la noche del banquete en casa del prefecto de Brest, cuando se introdujo en la cámara con pretexto de consultar una carta marina!. . ¡Oh, qué infame!. . He aquí por qué no regresó a bordo...

– Esto parece evidente, dijo el doctor; y, sin embargo, tan negra acción supone tales abismos de infamia que no acierto a comprender con qué objeto pudo cometerla...

– ¿Y con qué fin fue a Estocolmo sólo para decirle a usted que Patricio O'Donoghan había muerto?, replicó el abogado Bredejord. ¿Con qué fin dio los veinticinco mil kroners para el viaje del Alaska cuando quedó resuelta la expedición?... ¿Con qué objeto se embarcó con nosotros para dejarnos en Brest?... A decir verdad, creo que se debería ser ciego para no ver ahora entre estos hechos un encadenamiento tan lógico como espantoso. ¿Qué interés tiene Tudor Brown en todo esto? Lo ignoro; pero ese interés debe ser muy grave y terrible cuando no ha retrocedido ante tan inicuos medios para detenernos en nuestra marcha. Ahora estoy convencido de que él es el causante del percance que nos ha obligado a tocar en Brest, y él es seguramente quien nos ha conducido como de la mano al escollo donde debíamos encontrar la muerte.

– Sin embargo, observó el señor Malarius con su natural buena fe, parece difícil que previese la ruta que el capitán eligiría.

– ¿Por qué? ¿No estaba ya indicada esa ruta por la modificación misma que él hizo en la carta? Después de perder tres días, era seguro que el comandante Marsilas trataría de recobrar el tiempo perdido e iría por el camino más corto. Creyendo el mar libre en la inmediación de Sen, y avanzando al Sur, se podía apostar diez contra uno que iría a dar a la Calzada...

– Es verdad, dijo Erik; pero una prueba de que el plan era muy incierto es que al recibir la orden del capitán yo había insistido para que nos corriésemos más al Oeste.

– ¿Y quién asegura que no había otras cartas marinas falseadas para engañarnos en otros parajes si nos librábamos de la Calzada?, exclamó Bredejord.

– Eso es fácil de verificar, dijo Erik. Y corrió a los estantes para sacar las cartas marinas restantes.

La primera que se abrió era la de la Coruña, y el oficial francés notó de una sola ojeada dos o tres errores graves; en la segunda, que era del cabo San Vicente, observábase lo mismo; y en la tercera, la de Gibraltar, las indicaciones falsas saltaban a la vista. Inútil era proseguir el examen, pues ya no podía quedar duda alguna. Si el Alaska no habia naufragado en la Calzada, debía perderse necesariamente antes de llegar a Malta.

En cuanto al procedimiento de que el criminal se había valido para preparar sus atentados, un detenido examen de las cartas bastó para descubrirlo: todas eran del Almirantazgo inglés, pero las habían borrado en parte, por medio de un lavado químico, para retocarlas después poniendo indicaciones falsas entre las verdaderas; pero por hábiles que fuesen los retoques, como ya se estaba sobre aviso, reconociéronse por ligeras diferencias de tinte. Por último, un detalle desvanecía toda duda sobre la premeditación del culpable: las cartas del Alaska llevaban el sello del ministerio de Marina de Suecia, y las introducidas en la colección carecían de él. El falsario habría pensado que el detalle podía pasar inadvertido.

Estos descubrimientos sucesivos habían sumido en la consternación a todos los expedicionarios; pero Erik fue el primero en romper el silencio que había seguido al debate.

– ¡Pobre comandante Marsilas!, exclamó con acento conmovido. ¡El ha pagado por todos nosotros!... Pero puesto que nos hemos librado de la suerte que nos estaba reservada, trataremos al menos de no dejar ya nada a la casualidad... La marea sube y no tardará en estar bastante alta para que sea posible desprender el buque... Si lo tienen ustedes a bien, señores, emprenderemos este trabajo al punto.

Erik hablaba con un tono de autoridad cariñosa, con una modestia digna, inspirada por el sentimiento de que él era el único responsable.

Verse a su edad investido del mando de un buque en tales circunstancias, y al principio de una expedición tan aventurada, era en verdad un caso imprevisto; pero desde la víspera tenía la seguridad de colocarse a la altura de sus deberes; sabía de lo que era capaz; estaba seguro de su tripulación, y esta idea le transfiguraba.

El muchacho de ayer era hoy un hombre; el entusiasmo de los héroes brillaba en su mirada;

su ascendiente se imponía de una manera irresistible a cuantos le rodeaban, incluso el abogado Bredejord y el doctor, que se sometían a él como los demás.

La operación, preparada por los trabajos de la mañana, fue más fácil aún de lo que se creía: levantado por las olas, el buque no necesitaba en cierto modo más que desprenderse de las puntas de roca que le retenían, y en consecuencia el remolcador se puso en marcha para ejercer una poderosa tracción en las amarras de popa. Poco después oyóse un rechinamiento como de madera arrastrada y de bordajes desgarrados; el buque se desprendió de los terribles puntales que le sujetaban, y de pronto quedó libre, pesadamente, es verdad, a causa del agua que inundaba sus compartimentos calafateados, y por faltarle el auxilio de la hélice y de la máquina, que permanecía inerte y silenciosa; pero, en fin, fácil de manejar, pues obedecía al timón. Tanto es así, que hubiera podido seguir navegando, en caso extremo, con sus dos foques y el mastelero.

La tripulación, reunida en el puente, había seguido con una emoción fácil de comprender las peripecias de aquel esfuerzo decisivo, y saludó con ruidosas exclamaciones la liberación del Alaska, contestando a ellas con aclamaciones parecidas los tripulantes del aviso francés y del remolcador. Eran las tres de la tarde; muy cerca del horizonte, un magnífico sol de febrero inundaba de luz el mar tranquilo y brillante, cuyas aguas acababan de cubrir las arenas y rocas de la parte de la Calzada donde había ocurrido el drama nocturno, como para borrar su recuerdo.

Aquella misma noche el Alaska se hallaba seguro en la rada de Lorient, y al día siguiente las autoridades marítimas francesas autorizaron, con la mayor cortesía, que se dejara el buque en uno de los diques a fin de proceder a su reparación. Las averías del casco carecían de gravedad; las de la máquina eran más complicadas, y tal vez en otra parte se habría necesitado mucho tiempo para repararlas; pero como Erik lo había previsto, en ningún punto se habrían podido encontrar tan pronto los preciosos recursos que ofrecían los astilleros, las herrerías y fundiciones de Lorient. La casa Gamard, Norris y Compañía se encargó de repararlo todo en tres semanas; era el 23 de febrero, y el 16 de marzo se podría continuar el viaje, esta vez con buenas cartas marinas.

Sólo se contaba ya, pues, con tres meses y medio para llegar al estrecho de Bering a fines de junio; la empresa no tenía nada de imposible, pero quedaba reducida a muy estrechos márgenes. Erik, embargo, no admitía que se le opusieran nuevas dificultades, y por eso rehusó dirigir a Estocolmo un informe sobre el accidente a fin de evitar que se le llamara y hubiera que entablar demanda criminal contra el supuesto autor del atentado; por temor de que se le detuviera para instruir las primeras diligencias.

Sin embargo, tal vez la impunidad estimularía a Tudor Brown a sembrar nuevos obstáculos en la ruta del Alaska. El doctor y sus amigos lo creían así, y hablaban sobre el asunto cuando jugaban al whist en el saloncito del hotel donde se habían alojado al llegar a Lorient.

Para el abogado Bredejord la cuestión no admitía duda. Un bribón como Tudor Brown no se daría por vencido cuando se enterase, como seguramente se había enterado ya, que su tentativa había fracasado; y de consiguiente, creer que se llegaría al estrecho de Bering era más que una ilusión: era una locura. El señor Bredejord ignoraba cómo se areglaría Tudor Brown para impedirlo; pero estaba seguro de que hallaría algún medio. En cuanto al doctor, inclinábase a creer lo mismo, y el señor Malarius no estaba muy tranquilo. El desaliento predominaba en las partidas de whist, y los paseos de los tres amigos por los alrededores de la ciudad no eran nada alegres. En lo que se ocupaban con preferencia era en inspeccionar los trabajos del mausoleo que se había resuelto erigir al comandante Marsilas, a cuyo entierro había asistido la población en masa. La vista de aquel monumento fúnebre no era la más propia para infundir esperanzas a los expedicionarios;

pero bastábales ver a Erik para reanimarse.

La resolución del joven capitán era inmutable, y tan firme su propósito de superar todos los obstáculos, cualesquiera que fuesen, que no podía menos de infundir a sus amigos la misma resolución heroica.

Otro hecho, sin embargo, demostró que Tudor Brown persistía en su empeño. En la noche del 14 de marzo Erik había visto los trabajos de la máquina casi terminados; sólo faltaba ajustar una de las bombas, y esto debía efectuarse a la mañana siguiente. Ahora bien; sucedió que en la noche del 14 al 15 aquel cuerpo de bomba desapareció de los talleres de Gamard, Norris y Compañía, sin que se pudiera encontrar por ninguna parte. ¿Cómo se había efectuado aquel robo? ¿Quiénes eran los autores? La más minuciosa investigación no bastó para poner nada en claro.

El resultado fue que se necesitaron diez días más para rehacer el trabajo; de modo que el Alaska no podría marchar hasta el 25 de marzo.

Aquel incidente influyó más en el ánimo de Erik que el mismo embarrancamiento, pues vio evidentemente el empeño de impedir el viaje, pero esto redobló su ardiente deseo de llevar a buen fin la expedición.

Erik consagró aquellos diez días de retraso a examinar la cuestión bajo todas sus fases, y cuando más la estudió, mejor pudo convencerse de que empeñarse en llegar al estrecho de Bering en tres me ses, siguiendo un itinerario conocido por Tudor Brown, hallándose todavía el Alaska en Lorient, a los cuarenta días de salir de Estocolmo, era exponerse a un descalabro, ya que no a un desastre irreparable.

Esta conclusión no le asustó, pero hízole pensar que sería indispensable modificar los primitivos planes. Sin embargo, no comunicó a nadie la idea, juzgando muy bien que el secreto era la primera condición de la victoria, y se contentó con vigilar más de cerca que nunca los trabajos de reparación.

Pero los amigos de Erik creyeron observar que el joven no parecía ya tan deseoso de emprender la marcha, y de aquí dedujeron que la empresa le parecía tan irrealizable como a ellos.

En esto se engañaban completamente.

El 25 de marzo, a mediodía, el Afeska, ya reparado, flotaba en la rada, y poco después alejábase a toda máquina de Lorient.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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