Dos años de vacaciones

Capítulo 24

Desde la mañana del 25 de noviembre, Briant y Baxter se pusieron manos a la obra. Antes de dar al aparato dimensiones más considerables, pareció conveniente comprobar qué peso sería capaz de elevar tal como estaba. Eso permitiría llegar, por tanteos y a falta de fórmulas científicas, a darle la superficie suficiente para sostener —sin contar la suya propia— un peso que no debería ser inferior a unos cincuenta y cinco o sesenta kilogramos.

No fue necesario esperar la noche para realizar esta primera experiencia. En ese momento soplaba una brisa del suroeste, y Briant se dijo que no habría ningún inconveniente en aprovecharla, a condición de retener la cometa a escasa altura, de modo que no pudiera ser avistada desde la orilla oriental del lago.

La operación salió a las mil maravillas; se comprobó que el aparato, bajo la acción de un viento ordinario, levantaba un saco que pesaba unos diez kilogramos. Una báscula de resorte procedente del material del Sloughi había permitido obtener ese peso con gran exactitud.

La cometa fue entonces recogida en tierra y tendida en el suelo de Sport-terrace.

En primer lugar, Baxter reforzó la armazón de manera extraordinaria mediante cuerdas que convergían hacia un nudo central, como las varillas de un paraguas hacia el anillo que corre por el mástil. Después, su superficie fue ampliada con un añadido de estructura y la incorporación de nuevas telas. Para esa labor, Kate se mostró muy útil. Agujas e hilo no faltaban en French-den, y la hábil ama de llaves entendía bien de costura.

Si Briant o Baxter hubiesen sido más versados en mecánica, habrían considerado en la construcción del aparato los elementos principales: el peso, la superficie plana, el centro de gravedad, el centro de presión del viento —que coincide con el centro de figura— y, por último, el punto de amarre de la cuerda. Luego, establecidos esos cálculos, habrían deducido cuál habría sido la potencia ascensional de la cometa y la altura a la que podría alcanzar. Del mismo modo, el cálculo les habría enseñado qué resistencia debería tener la cuerda para soportar la tensión —condición de las más importantes para garantizar la seguridad del observador.

Por fortuna, la línea procedente del loch de la goleta, que medía al menos seiscientos metros de longitud, resultaba perfectamente adecuada. Además, incluso con una brisa bastante fresca, una cometa no «tira» más que moderadamente cuando el punto de amarre de la brida está bien elegido. Habría pues que regular con cuidado ese punto de amarre, del que depende la inclinación del aparato sobre el filón del viento y de donde resulta su estabilidad.

Con ese nuevo destino, la cometa ya no debería llevar cola en su extremo inferior —lo cual disgustó bastante a Costar y a Dole—. Era innecesaria; el peso que llevara bastaría para impedirle «caer de morros».

Después de tanteos, Briant y Baxter observaron que convendría atar ese peso al tercio de la armazón, fijándolo a uno de los travesaños que tensaban la tela en el sentido de la anchura. Dos cuerdas, amarradas a dicho travesaño, lo sostendrían de manera que quedara suspendido a unos seis metros por debajo.

En cuanto a la cuerda, se preparó una longitud de unos trescientos noventa metros, que, descontada la curva, permitiría elevarse a entre doscientos treinta y doscientos sesenta metros de altura.

Por último, para reducir en lo posible los peligros de una caída, en caso de que se produjera por rotura de la cuerda o por fractura de la armazón, se acordó que el ascenso se efectuaría sobre el lago. La distancia horizontal a la que se produciría esa caída nunca sería tan considerable que un buen nadador no pudiera alcanzar la orilla oeste.

Cuando el aparato quedó terminado, presentaba una superficie de setenta metros cuadrados en forma de octógono cuyo radio era de casi cinco metros y cada uno de cuyos lados medía cerca de un metro treinta. Con su sólida armazón y su tela impermeable al viento, debería elevar fácilmente un peso de entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco kilogramos.

En cuanto a la barquilla en la que el observador tomaría asiento, no era más que uno de esos cestos de mimbre que sirven para diversos usos a bordo de los yates. Era lo bastante profunda para que un muchacho de estatura ordinaria pudiera meterse en ella hasta las axilas, lo bastante ancha para que tuviera libertad de movimientos y lo bastante abierta para que le fuera posible salir de ella con presteza si fuera necesario.

Como es fácil imaginar, ese trabajo no se había hecho en un día, ni siquiera en dos. Comenzado el día 5 por la mañana, no quedó terminado hasta la tarde del 7. Se dejó pues para la noche la experiencia preparatoria, que ayudaría a reconocer la potencia ascensional del aparato y su grado de estabilidad en el aire.

Durante esos últimos días, nada había venido a modificar la situación. Varias veces, unos u otros habían permanecido durante largas horas de vigilancia en el acantilado. No habían visto nada sospechoso ni al norte, entre el borde de Traps-woods y French-den, ni al sur, más allá del río, ni al oeste, hacia Sloughi-bay, ni sobre el lago Family, que Walston podría haber querido visitar antes de abandonar la isla. Ninguna detonación se había dejado oír en las inmediaciones de Auckland-hill. Ninguna columna de humo se había desplegado sobre el horizonte.

¿Estaban Briant y sus compañeros en condiciones de esperar que esos malhechores hubieran abandonado definitivamente la isla Chairman? ¿Les sería por fin posible reanudar con plena seguridad las costumbres de antaño?

Eso era lo que la experiencia proyectada permitiría comprobar, sin duda.

Ahora bien, una última cuestión: ¿cómo podría el que ocupara la barquilla dar la señal de que lo bajaran a tierra cuando lo estimase necesario?

He aquí lo que expuso Briant cuando Doniphan y Gordon le preguntaron al respecto.

– Una señal luminosa es imposible —respondió Briant—, pues correría el riesgo de ser avistada por Walston. Por eso Baxter y yo hemos recurrido al procedimiento siguiente. Un cordel de longitud igual a la cuerda de la cometa, después de haber sido ensartado previamente en una bala de plomo perforada en su centro, se atará a la barquilla por un extremo, mientras que el otro extremo quedará en tierra en manos de uno de nosotros. Bastará con dejar deslizar la bala a lo largo del cordel para dar la señal de recoger la cometa.

– ¡Bien pensado! —respondió Doniphan.

Una vez convenido todo, no quedaba más que proceder a una prueba preliminar. La luna no debía salir hasta pasadas las dos de la madrugada y soplaba una agradable brisa del suroeste. Las condiciones parecían pues especialmente favorables para operar desde esa misma noche.

A las nueve, la oscuridad era profunda. Algunas nubes bastante densas corrían por el espacio en un cielo sin estrellas. A cualquier altura que se elevara el aparato, no podría ser avistado ni desde los alrededores de French-den.

Grandes y pequeños debían asistir a esa experiencia y, puesto que no se trataba más que de una operación «en blanco», como se dice, sería con más placer que emoción como seguirían sus diversas peripecias.

El cabrestante del Sloughi había sido instalado en el centro de Sport-terrace y sólidamente fijado al suelo para resistir la tracción del aparato. La larga línea, cuidadosamente aduada, fue dispuesta de modo que se desenrollara sin esfuerzo, al mismo tiempo que el cordel destinado a dar la señal. En la barquilla, Briant había colocado un saco de tierra que pesaba exactamente unos sesenta y cuatro kilogramos —peso superior al del más pesado de sus compañeros.

Doniphan, Baxter, Wilcox y Webb fueron a apostarse cerca de la cometa, tendida en tierra a cien pasos del cabrestante. A la voz de mando de Briant, deberían levantarla poco a poco mediante unas cuerdas amarradas a los travesaños de la armazón. En cuanto el aparato hubiera tomado el viento según la inclinación determinada por la brida, Briant, Gordon, Service, Cross y Garnett, encargados de la maniobra del cabrestante, le irían largando cuerda a medida que se elevara en el aire.

– ¡Atención! —gritó Briant.

– ¡Estamos listos! —respondió Doniphan.

– ¡Adelante!

El aparato se fue alzando poco a poco, estremeció bajo la brisa e inclinó sobre el filón del viento:

– ¡Larga!… ¡Larga! —gritó Wilcox.

Y al instante, el cabrestante comenzó a girar bajo la tensión de la línea, mientras la cometa y la barquilla ascendían lentamente por el espacio.

Aunque era imprudente, estallaron unos hurras cuando el «Gigante de los Aires» abandonó el suelo. Pero casi de inmediato desapareció en la sombra —viva decepción para Iverson, Jenkins, Dole y Costar, que habrían querido no perderlo de vista mientras se mecía sobre el lago Family. Lo que llevó a Kate a decirles:

– No os desconsoléis, mis papooses… Otra vez, cuando ya no haya peligro, lo elevaremos en pleno día, vuestro gigante, y se os permitirá enviarle mensajeros por el hilo, ¡si habéis sido buenos!

Aunque ya no se veía, se notaba que la cometa tiraba con regularidad, prueba de que una brisa bien establecida soplaba en las zonas altas y de que la tracción era moderada; prueba también de que la brida estaba dispuesta como convenía.

Briant, queriendo que la demostración fuera tan convincente como lo permitían las circunstancias, dejó que la línea se desarrollara hasta su extremo. Pudo entonces apreciar su grado de tensión, que no tenía nada de anormal. El cabrestante había largado unos trescientos noventa metros y, con toda probabilidad, el aparato debía de haberse elevado a una altura de entre doscientos treinta y doscientos sesenta metros. Esa maniobra no había exigido más de diez minutos.

Realizada la experiencia, fueron relevándose en las manivelas para recoger la línea. Solo que esa segunda parte de la operación fue con mucho la más larga. No se necesitó menos de una hora para recuperar los trescientos noventa metros de línea.

Al igual que con un aeróstato, el aterrizaje de la cometa es siempre la maniobra más delicada si se quiere que aterrice sin sacudidas. Pero la brisa era tan constante en ese momento que todo se efectuó con pleno éxito. Pronto, el octógono de tela reapareció entre las sombras y vino a posarse suavemente en el suelo, más o menos en el mismo punto del que había partido.

Unos hurras acogieron su llegada igual que habían saludado su partida.

No quedaba pues más que mantenerla en tierra para que no diera presa al viento. Por eso Baxter y Wilcox se ofrecieron a vigilarla hasta el amanecer.

Al día siguiente, 8 de noviembre, a la misma hora se llevaría a cabo la operación definitiva.

Y, ahora, solo se esperaban las órdenes de Briant para regresar a French-den.

Briant no decía nada y parecía profundamente abstraído en sus reflexiones.

¿En qué pensaba? ¿En los peligros que presentaba una ascensión intentada en condiciones tan excepcionales? ¿Pensaba en la responsabilidad que asumía al dejar que uno de sus compañeros se aventurara en esa barquilla?

– Entremos —dijo Gordon—. Es tarde…

– Un momento —respondió Briant—. Gordon, Doniphan, ¡esperad!… ¡Tengo una propuesta que haceros!

– Habla —replicó Doniphan.

– Acabamos de probar nuestra cometa —continuó Briant—, y esa prueba ha salido bien porque las circunstancias eran favorables, siendo el viento regular, ni demasiado débil ni demasiado fuerte. Ahora bien, ¿sabemos qué tiempo hará mañana y si el viento permitirá mantener el aparato sobre el lago? Por eso me parecería sensato no aplazar la operación.

Nada más razonable, en efecto, dado que estaban resueltos a intentarla.

Sin embargo, ante esa propuesta nadie había respondido. En el momento de correr tales riesgos, la vacilación era natural, incluso en los más intrépidos.

Y sin embargo, cuando Briant añadió:

– ¿Quién quiere subir?…

– ¡Yo!… —dijo vivamente Jacques.

Y casi de inmediato:

– ¡Yo! —exclamaron a la vez Doniphan, Baxter, Wilcox, Cross y Service.

Luego se hizo un silencio que Briant no se apresuraba a interrumpir.

Fue Jacques quien habló primero:

– Hermano, ¡me toca a mí sacrificarme!… ¡Sí!… ¡a mí! Te lo ruego… ¡Déjame partir!…

– ¿Y por qué tú antes que yo… antes que cualquier otro? —respondió Doniphan.

– ¡Sí!… ¿Por qué?… —preguntó Baxter.

– ¡Porque debo hacerlo! —respondió Jacques.

– ¿Debes hacerlo?… —dijo Gordon.

– ¡Sí!

Gordon había cogido la mano de Briant, como para preguntarle qué quería decir Jacques, y la sintió temblar entre la suya. E incluso, si la noche no hubiera sido tan oscura, habría visto palidecer las mejillas de su compañero, habría visto sus párpados abatirse sobre sus ojos húmedos.

– Pues bien, hermano… —recomenzó Jacques con un tono resuelto que sorprendía en un niño de esa edad.

– ¡Responde, Briant! —dijo Doniphan—. Jacques dice que tiene el derecho de sacrificarse… Pero ese derecho, ¿no lo tenemos nosotros igual que él?… ¿Qué ha hecho para reclamarlo?…

– Lo que he hecho —respondió Jacques—, lo que he hecho… ¡os lo voy a decir!

– ¡Jacques! —exclamó Briant, que quería impedir que su hermano hablara.

– No —retomó Jacques con una voz entrecortada por la emoción—. Déjame confesarlo… ¡Me pesa demasiado!… Gordon, Doniphan, si estáis aquí… todos… lejos de vuestros padres… en esta isla… ¡soy yo… yo solo el culpable!… Si el Sloughi fue arrastrado mar adentro es porque, por imprudencia… no, una broma… una travesura… solté el amarre que lo sujetaba al muelle de Auckland… ¡Sí, una broma!… Y luego, cuando vi que el yate derivaba, perdí la cabeza… ¡No grité cuando aún había tiempo!… Y una hora después… en mitad de la noche… ¡en plena mar!… ¡Ah, perdonadme, compañeros, perdonadme!…

Y el pobre chico sollozaba, pese a Kate, que intentaba en vano consolarlo.

– Muy bien, Jacques —dijo entonces Briant—. Has confesado tu falta y ahora quieres arriesgar tu vida para repararla… o al menos para redimir en parte el daño que has causado…

– ¿Y no lo ha redimido ya? —exclamó Doniphan, que se dejaba llevar de su generosidad natural—. ¿Es que no se ha expuesto veinte veces por prestarnos servicio?… ¡Ah, Briant, comprendo ahora por qué ponías a tu hermano en primera línea cuando había algún peligro que correr, y por qué él estaba siempre dispuesto a sacrificarse!… ¡Por eso se lanzó a buscar a Cross y a mí en medio de la niebla… con riesgo de su vida!… ¡Sí, amigo Jacques, te perdonamos de muy buena gana, y ya no tienes necesidad de redimir tu falta!

Todos rodeaban a Jacques; le cogían las manos, y sin embargo los sollozos no dejaban de henchir su pecho. Se sabía ahora por qué ese muchacho, el más alegre de todo el internado Chairman, uno de los más traviesos también, se había vuelto tan triste, por qué no buscaba más que mantenerse al margen… Luego, por orden de su hermano, pero sobre todo por voluntad propia, se le había visto arrimar el hombro cada vez que se presentaba una ocasión peligrosa… ¡Y no creía haber hecho suficiente! ¡Pedía aún poder sacrificarse por los demás! Y en cuanto pudo hablar, fue para decir:

– Ya lo veis, me toca a mí… a mí solo partir… ¿Verdad, hermano?…

– ¡Muy bien, Jacques, muy bien! —repitió Briant, que atrajo a su hermano a sus brazos.

Ante la confesión que acababa de hacer Jacques, ante ese derecho que reclamaba, fue en vano que Doniphan y los demás intentaran intervenir. No quedaba más que dejarlo entregarse a la brisa, que mostraba cierta tendencia a arreciar.

Jacques estrechó la mano de sus compañeros. Luego, dispuesto a tomar asiento en la barquilla, que acababa de ser desembarazada del saco de tierra, se volvió hacia Briant. Este estaba inmóvil a unos pasos detrás del cabrestante.

– Déjame abrazarte, hermano —dijo Jacques.

– ¡Sí!… ¡Abrázame! —respondió Briant dominando su emoción—. O más bien… soy yo quien te abrazará… porque soy yo quien va a partir…

– ¿Tú?… —exclamó Jacques.

– ¿Tú… tú?… —repitieron Doniphan y Service.

– Sí… yo. Que la falta de Jacques la redima su hermano o él mismo, ¡poco importa! Además, cuando se me ocurrió la idea de esta tentativa, ¿habéis podido creer alguna vez que mi intención era dejarla hacer a otro?…

– Hermano —exclamó Jacques—, ¡te lo ruego!…

– No, Jacques.

– Entonces —dijo Doniphan—, yo reclamo a mi vez.

– No, Doniphan —respondió Briant con un tono que no admitía réplica—. ¡Soy yo quien partirá!… ¡Lo quiero!

– ¡Ya te había adivinado, Briant! —dijo Gordon, estrechando la mano de su compañero.

Con estas palabras, Briant se había introducido en la barquilla y, en cuanto estuvo cómodamente instalado, dio la orden de alzar la cometa.

El aparato, inclinado sobre la brisa, ascendió despacio al principio; luego Baxter, Wilcox, Cross y Service, apostados en el cabrestante, le fueron largando cuerda, al mismo tiempo que Garnett, que sostenía el cordel de señal, lo dejaba deslizarse entre los dedos.

En diez segundos, el «gigante de los aires» había desaparecido en la sombra, ya no entre los hurras que habían acompañado su partida de prueba, sino en medio de un profundo silencio.

El intrépido jefe de ese pequeño mundo, el generoso Briant, había desaparecido con él.

Sin embargo, el aparato se elevaba con una lentitud regular. La constancia de la brisa le aseguraba una estabilidad perfecta. Apenas se balanceaba de un lado a otro. Briant no sentía ninguna de esas oscilaciones que habrían hecho su situación más peligrosa. Así, se mantenía inmóvil, con las dos manos aferradas a las cuerdas de suspensión de la barquilla, que apenas mecía un leve vaivén de columpio.

¡Qué extraña impresión experimentó Briant al principio cuando se sintió suspendido en el espacio, de ese gran plano inclinado que estremecía bajo el empuje de la corriente aérea! Le parecía que le arrebataba algún fantástico pájaro de presa, o más bien que estaba colgado de las alas de un enorme murciélago negro. Pero, gracias a la entereza de su carácter, pudo conservar la sangre fría que exigía su situación.

Diez minutos después de que la cometa hubiera abandonado el suelo de Sport-terrace, una pequeña sacudida indicó que su movimiento ascensional había concluido. Llegada al extremo de su cuerda, se irguió de nuevo, pero esta vez con algunas sacudidas. La altitud alcanzada verticalmente debía de estar comprendida entre ciento noventa y doscientos treinta metros.

Briant, muy dueño de sí mismo, tensó primero el cordel ensartado en la bala; luego se puso a observar el espacio. Retenido con una mano a una de las cuerdas de suspensión, sostenía su catalejo con la otra.

Por debajo de él, oscuridad profunda. El lago, los bosques y el acantilado formaban una masa confusa de la que no podía distinguir ningún detalle.

En cuanto a la periferia de la isla, se recortaba sobre el mar que la circundaba y, desde el punto que él ocupaba, Briant podía abarcar todo su conjunto.

Y en verdad, si hubiera realizado esa ascensión en pleno día y dirigido la mirada sobre un horizonte bañado de luz, tal vez habría podido divisar otras islas o incluso un continente, si existía alguno en un radio de setenta a noventa kilómetros —alcance al que sin duda llegaba su vista.

Si hacia el oeste, el norte y el sur, el cielo estaba demasiado brumoso para distinguir nada, no ocurrió lo mismo en la dirección del este, donde un pequeño rincón del firmamento, momentáneamente despejado de nubes, dejaba brillar algunas estrellas.

Y precisamente en esa dirección, un resplandor bastante intenso que se reflejaba incluso en las volutas bajas de los vapores atrajo la atención de Briant.

– ¡Es el resplandor de un fuego! —se dijo—. ¿Habría establecido Walston su campamento en ese lugar?… ¡No!… Ese fuego está demasiado lejos y se encuentra con toda certeza muy más allá de la isla… ¿Será acaso un volcán en erupción y habrá alguna tierra en los parajes del este?

Volvió al pensamiento de Briant que, durante su primera expedición a Deception-bay, había aparecido una mancha blanquecina en el campo de su catalejo.

– Sí —se dijo—, era precisamente por ese lado… Y esa mancha, ¿sería el reflejo de un glaciar?… ¡Debe de haber, al este, una tierra bastante cercana a la isla Chairman!

Briant había apuntado su catalejo hacia ese resplandor que la oscuridad contribuía a hacer más aparente aún. No cabía duda de que había allí alguna montaña volcánica, vecina del glaciar entrevisto, que pertenecía a un continente o a un archipiélago cuya distancia no mediría más de unas cincuenta y cinco millas.

En ese momento, Briant experimentó una nueva impresión luminosa. Mucho más cerca de él, a unas cinco o seis millas, y por consiguiente en la superficie de la isla, otro resplandor brillaba entre los árboles, al este del lago Family.

– Esta vez es en el bosque —se dijo—, ¡y en su misma linde, del lado del litoral!

Pero aquel resplandor pareció no haber hecho más que aparecer y desaparecer, pues pese a una atenta observación, Briant no logró volver a verlo.

¡Oh! El corazón le latía violentamente, y le temblaba la mano de tal modo que le era imposible apuntar el catalejo con suficiente precisión.

Sin embargo, allí había un fuego de campamento, no lejos de la desembocadura del East-river. Briant lo había visto, y pronto reconoció que su resplandor se reflejaba aún sobre la masa de los árboles.

Así pues, Walston y su banda estaban acampados en ese lugar, a proximidad del pequeño puerto de Bear-rock. ¡Los asesinos del Severn no habían abandonado la isla Chairman! Los jóvenes colonos seguían expuestos a sus agresiones y ya no había ninguna seguridad para French-den.

¡Qué decepción sufrió Briant! Evidentemente, en la imposibilidad de reparar su chalupa, Walston había tenido que renunciar a hacerse de nuevo a la mar para dirigirse a alguna de las tierras vecinas. ¡Y sin embargo las había en esos parajes! ¡Ya no había ninguna duda al respecto!

Briant, habiendo terminado sus observaciones, juzgó inútil prolongar esa exploración aérea. Se dispuso pues a descender. El viento arreciaba sensiblemente. Ya las oscilaciones, que se habían vuelto más fuertes, imprimían a la barquilla un balanceo que iba a dificultar el aterrizaje.

Tras asegurarse de que el cordel de señal estaba convenientemente tensado, Briant dejó deslizar la bala, que llegó en pocos segundos a la mano de Garnett.

Al instante, la cuerda del cabrestante comenzó a devolver el aparato hacia el suelo.

Pero al mismo tiempo que la cometa descendía, Briant miraba aún en la dirección de los resplandores que había avistado. Volvía a ver el de la erupción y luego, más cerca, en el litoral, el fuego del campamento.

Como es fácil imaginar, Gordon y los demás habían esperado la señal de descenso con una impaciencia extrema. ¡Cuán largos les habían parecido los veinte minutos que Briant acababa de pasar en el espacio!

Sin embargo, Doniphan, Baxter, Wilcox, Service y Webb maniobraban vigorosamente las manivelas del cabrestante. También ellos habían observado que el viento ganaba fuerza y soplaba con menos regularidad. Lo notaban por las sacudidas que sufría la cuerda y no pensaban sin viva angustia en Briant, que debía de sentir su contragolpe.

El cabrestante funcionó pues rápidamente para recuperar los trescientos noventa metros de línea que se habían desenrollado. El viento seguía arreciando y, tres cuartos de hora después de la señal dada por Briant, soplaba como un viento fresco.

En ese momento, el aparato debía de encontrarse todavía a más de treinta metros sobre el lago.

De repente se produjo una violenta sacudida. Wilcox, Doniphan, Service, Webb y Baxter, a quienes el punto de apoyo les había faltado, estuvieron a punto de ser precipitados al suelo. La cuerda de la cometa acababa de romperse.

Y, en medio de los gritos de terror, un nombre se repitió veinte veces:

– ¡Briant!… ¡Briant!…

Unos minutos después, Briant saltaba a la orilla y llamaba en voz alta.

– ¡Hermano!… ¡Hermano!… —exclamó Jacques, que fue el primero en estrecharle entre sus brazos.

– ¡Walston sigue aquí!

Eso fue lo primero que dijo Briant en cuanto sus compañeros se reunieron con él.

En el momento en que la cuerda se había roto, Briant se había sentido arrastrado no en una caída vertical, sino oblicua y relativamente lenta, porque la cometa hacía en cierto modo de paracaídas sobre él. Lo que importaba era salir de la barquilla antes de que alcanzara la superficie del lago. En el momento en que iba a sumergirse, Briant se tiró de cabeza y, buen nadador como era, no le costó trabajo alcanzar la orilla, que distaba como mucho entre ciento treinta y ciento sesenta metros.

Durante ese tiempo, la cometa, aligerada de su peso, había desaparecido hacia el noreste, arrastrada por la brisa como un gigantesco despojo del aire.

Telegramma

Ufficio di partenza: World Wide Web · Destinazione: a bordo del Nautilus

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