CAPÍTULO III
LA FAMILIA NICOLEF
A
L día siguiente, 12 de abril, tres personas que esperaban a otra conversaban, entre siete y ocho de la noche en el comedor de una casa del barrio de Riga, habitado principalmente por rusos. Era la casa de apariencia modesta, construida con ladrillos, cosa rara en aquel barrio cuyo extremo ocupaba, pues generalmente las casas se construyen allí con madera.
La estufa, colocada en un vano de la pared y que estaba encendida desde la mañana, mantenía una temperatura de quince o dieciséis grados, lo que era bastante, porque el termómetro colocado fuera se mantenía en cinco o seis grados centígrados sobre cero.
La pequeña lámpara de petróleo, cubierta con su pantalla, sólo arrojaba una vaga claridad sobre la mesa central. En una tetera, colocada en una mesilla con cubierta de mármol, hervía el agua. Cuatro tazas colocadas sobre sus platillos indicaban que iban a tomar el té cuatro personas. Pero la cuarta no había llegado aún, aunque hubieran pasado cuarenta minutos más de la hora marcada.
– Dimitri tarda - dijo uno de los invitados- , aproximándose a una ventana de doble vidriera que daba a la calle.
El que había hablado, hombre de unos cincuenta años, era el médico ruso Hamine, uno de los más fieles amigos de la casa. Desde hacía veinticinco años ejercía la medicina en Riga, siendo muy solicitado por su talento práctico, muy apreciado por su carácter ameno, muy envidiado por sus compañeros de profesión, y sabido es a qué grado pueden llegar los celos profesionales, lo mismo en Rusia que en las demás partes del mundo.
– Sí, pronto serán las ocho - respondió otro de los invitados, mirando el reloj, colocado entre las dos ventanas. Pero el señor Nicolef tiene el derecho al cuarto de hora de cortesía, como decimos en Francia; y es sabido que este cuarto de hora tiene, generalmente, más de quince minutos.
El personaje que acababa de hacer la anterior reflexión era el señor Delaporte, cónsul francés en Riga. De cuarenta años de edad, establecido en la ciudad desde hacía diez, sus distinguidos modales y su carácter servicial le habían granjeado la consideración de todos.
– Mi padre ha ido a dar una lección al otro extremo de la ciudad - dijo entonces una tercera persona- . El camino es largo y rudo con esta borrasca mitad lluvia y mitad nieve derretida. ¡Llegará transido mi pobre padre!
– ¡Bah…! - exclamó el doctor Hamine- , la estufa ronca como un magistrado en la audiencia. En este cuarto hace calor. La tetera rivaliza con la estufa… Una o dos tazas de té, y Dimitri habrá recobrado su calor interno y externo. No temas, querida Ilka…
Además, si tu padre tiene necesidad de un médico, éste no se halla lejos y es uno de sus mejores amigos…
– Lo sabemos, querido doctor - respondió la joven.
Ilka Nicolef contaba veinticuatro años. Era el tipo eslavo en toda su pureza. ¡Qué diferencia entre ella y las otras muchachas de Riga, de sangre germánica, coloración fuerte, ojos muy azules, mirada inexpresiva e indolencia alemana! Ilka, morena, tenía la tez pálida, la estatura elevada, los rasgos nobles, el rostro algo severo, severidad dulcificada por la mirada de infinita dulzura, cuando no la atormentaba algún triste pensamiento. Seria y reflexiva, poco afecta a la coquetería, vestida con sencillez y gusto, presentaba el tipo completo de la joven livonia de origen ruso.
Dimitri, viudo desde hacía diez años, tenía otro hijo, Jean, que acababa de cumplir dieciocho años y terminaba sus estudios en la Universidad de Dorpat. Ilka le había servido de madre durante su infancia, y en ninguna otra mujer hubiera podido encontrarse más abnegación, más bondad, más espíritu de sacrificio. Gracias a sus prodigios de economía, el joven estudiante había podido satisfacer las exigencias de una dispendiosa instrucción fuera de la casa paterna.
Dimitri Nicolef no contaba con más ingresos que el producto de las lecciones que daba en su casa y en la ciudad. Profesor libre de ciencias matemáticas y físicas, muy instruido y apreciado, se sabía que carecía de patrimonio. Su oficio no es de los que traen fortuna, y en Rusia menos que en otra parte. Si ésta se pudiera conseguir por el aprecio público, Dimitri Nicolef hubiera sido millonario, uno de los más ricos de Riga, donde su honradez le colocaba en primera fila entre sus conciudadanos, de raza eslava, se entiende. Para que no quede duda alguna respecto a este punto, bastará oír la conversación del doctor Hamine y del cónsul, conversación que mantenían en lengua rusa, que el señor Delaporte hablaba con tanta pureza como los rusos distinguidos hablan el idioma francés:
– Y bien, doctor - dijo- , estamos en vísperas de un movimiento, cuyo resultado será modificar las condiciones políticas de Estonia, dé Livonia y de Curlandia. Así lo hacen presentir los periódicos.
– La evolución se efectuará gradualmente - respondió el doctor- ; ¡y nunca será pronto el día en que la administración y la municipalidad sean arrebatadas a las corporaciones alemanas! ¿No es una inaceptable anomalía que los germanos tengan la dirección política de nuestras provincias?
– Y, por desgracia, cuando no la tengan, continuarán siendo poderosos por la fuerza del dinero, puesto que son dueños de las tierras y plazas.
– Las plazas se les podrán arrebatar - respondió el señor Delaporte- , pero las tierras será difícil, por no decir imposible. Sólo en Livonia esos alemanes poseen la mayor parte del dominio rural, cuatrocientas mil hectáreas por lo menos.
– Esto es exacto. En las provincias bálticas los nobles, los ciudadanos distinguidos, burgueses y comerciantes, son casi exclusivamente de origen teutón. Verdad que, convertido por estos alemanes, primero católicos y después protestantes, el pueblo no ha podido ser germanizado. Los estonios, esos hermanos de los finlandeses y de los letones, agricultores sedentarios casi todos, no ocultan su antipatía de raza por sus maestros, y en
Revel, en Dorpat y en San Petersburgo numerosos periódicos se dedican a la tarea de defender sus derechos.
El cónsul añadió:
– En la lucha entre los rusos de origen eslavo y los rusos de origen alemán, ¡no sé yo quién vencería!
– Dejemos hacer al emperador - respondió el doctor Hamine- . Es un eslavo de pura raza, y sabrá reducir el elemento extranjero en nuestras provincias.
– Acabará por conseguirlo - dijo la joven con voz grave- . ¡Hace setecientos años, desde la conquista, que nuestros campesinos, nuestros obreros, han resistido a la presión de los conquistadores que han permanecido fuera del país!
– Y tu padre, querida Ilka - dijo el doctor- , ha combatido valientemente por nuestra causa. Con justo título está a la cabeza del partido eslavo.
– No sin haberse creado terribles enemigos - observó el señor Delaporte.
– Entre otros - respondió el doctor- , los hermanos Johausen, esos ricos banqueros que rabiarán de despecho el día en que Dimitri Nicolef les arrebate la dirección de la municipalidad de Riga. Después de todo, nuestra ciudad no cuenta con más de cuarenta mil alemanes contra veintiséis mil rusos y veinticuatro mil letones. Los eslavos están en mayoría, y ésta apoyará a Nicolef.
– No tiene mi padre tanta ambición - respondió Ilka- . Con tal que los eslavos sean los dueños de su país…
– Lo serán en las próximas elecciones, señorita Ilka - afirmó el señor Delaporte- , y si Dimitri Nicolef consiente en presentarse…
Será carga muy pesada para mi padre, cuya posición es modesta respondió la joven.
Además, usted lo sabe, mi querido doctor, a despecho de las cifras, Riga es una población mucho más alemana que rusa.
– ¡Dejemos correr el agua del Duina! - exclamó el doctor- . Las viejas costumbres se irán río abajo, y río arriba vendrán las ideas nuevas. Y aquel día el bravo Dimitri será llevado por ellas.
– Le agradezco a usted, doctor, y a usted también, señor Delaporte, los sentimientos que mi padre les inspira; pero es preciso andar con cuidado. ¿No han notado ustedes que cada vez está más triste? Esto me inquieta.
– En efecto; sus amigos habían hecho la misma observación. Desde hacía algún tiempo Dimitri Nicolef parecía tener graves preocupaciones. Pero, de carácter poco comunicativo, a nadie transmitía sus pensamientos, ni aun a sus hijos ni a su antiguo y fiel amigo Hamine. Refugiábase en un trabajo obstinado, con la esperanza de olvidar sin duda. No obstante, la población eslava de Riga le miraba como su futuro representante en las elecciones próximas.
Corría el año 1876. La idea de dar carácter ruso a las provincias bálticas databa ya de un siglo. Catalina II pensaba en esta reforma nacional. El gobierno tomaba medidas para alejar las corporaciones alemanas de la administración municipal de las ciudades y pueblos. La elección de los consejos iba a ser confiada al conjunto de ciudadanos que reunían ciertas condiciones. En las provincias bálticas, cuya población era entonces de trescientos veintiséis mil habitantes en Estonia, un millón en Livonia y seiscientos sesenta mil en Curlandia, el elemento germánico no estaba representado más que por catorce mil nobles, siete mil comerciantes y noventa y cinco mil burgueses, que, con los judíos, daban un total de ciento cuarenta mil. Una mayoría eslava debía, pues, formarse fácilmente bajo la dirección del gobernador y del alto personal administrativo. La lucha se había iniciado ya contra la municipalidad actual, cuyos personajes más influyentes eran los referidos banqueros Johausen, que están llamados a representar un importante papel en el curso de esta dramática historia.
Importa advertir que en el barrio de Riga donde se alzaba la modesta casa de la familia Nicolef, que su padre habitaba antes que él, el profesor gozaba de la consideración general. Este barrio cuenta ocho mil moscovitas.
Ya hemos dicho que la posición de Dimitri Nicolef era mediana, bastante más mediana de lo que se suponía. ¿Era esto causa de que Ilka permaneciese soltera, aunque hubiera ya cumplido los veinticuatro años? ¿Acaso en Livonia sucede lo que en otras partes, donde es menguado dote la belleza y la virtud? No. Y tal vez en aquella sociedad eslava de la provincia el dinero no es el más importante factor del matrimonio.
La mano de Ilka había sido solicitada varias veces, pero Dimitri y su hija habían rechazado partidos muy ventajosos.
Había un motivo para ello. Desde hacía algunos años, Ilka estaba prometida al hijo único de Mikhail Yanof, un eslavo, amigo de Dimitri Nicolef. Ambos habitaban en Riga en el mismo barrio. Vladimir Yanof, que en la actualidad contaba treinta y dos años, era un abogado de talento. A pesar de la diferencia de edad, puede decirse que se criaron juntos.
En 1872, cuatro años antes de comenzar esta historia, el matrimonio de Vladimir Yanof y de Ilka se había decidido. El novio contaba veintiocho años y la joven veinte. La boda debía celebrarse aquel año.
Las dos familias habían guardado el secreto tan severamente, que los amigos nada sabían. Disponíanse a darles parte de la boda, cuando sus proyectos fueron bruscamente deshechos.
Vladimir Yanof era miembro de una de esas asociaciones secretas que luchan en Rusia contra la autocracia de los zares, sin que esto significara que estuviera afiliado al partido nihilista, que desde aquella época ha sustituido la propaganda moral por la propaganda por el hecho. Pero la recelosa administración moscovita no ve entre unos y otros diferencia alguna, y obra por medida administrativa, sin sujetarse a los procedimientos legales.
Efectuáronse algunas prisiones en varias ciudades del imperio, entre ellas Riga, y Vladimir Yanof, brutalmente arrancado de su hogar, fue deportado a las minas de Munisinsk, en la Siberia oriental. ¿Volvería? ¿Quién se atrevería a esperarlo?
Golpe terrible para las dos familias, que alcanzó también a los eslavos de Riga. Ilka hubiera muerto, de no sostenerla la energía que encontró en su amor mismo, y que hizo nacer en ella la resolución de unirse a su novio, cuando esto fuera posible, y participar de su terrible existencia de deportado en regiones lejanas. Pero no pudo saber ni lo que había sido de él, ni el lugar a que había sido deportado, habiendo transcurrido ya cuatro años sin recibir noticias suyas.
Seis meses después del arresto de su hijo, Mikhail Yanof sintió acercársele la muerte.
Vendió cuantos bienes poseía, por valor de unos veinte mil rublos en billetes, que entregó a Dimitri Nicolef, encargándole de guardar esta suma para su hijo.
El depósito fue aceptado y guardado tan secretamente por el depositario, que Ilka no tuvo nunca conocimiento de él.
Se sabe que si la fidelidad hubiera de ser arrojada de este mundo, buscaría en Livonia su último refugio. Allí se encuentran aún esos asombrosos novios que contraen matrimonio después de veinte o veinticinco años de relaciones. Por regla general, tan larga espera tiene como causa el que su posición no está formada.
En lo que se refiere a Vladimir y a Ilka, no era éste el motivo. La joven carecía de dote y sabía que el joven abogado nada pediría, y hasta ignoraba lo que su padre le había dejado. Pero como no le faltaba ni talento ni energía, no le espantaba el porvenir, ni por él, ni por su mujer, ni por la familia que formara.
Ilka sabía que el desterrado no la olvidaría ni ella a él tampoco.
¿No es su país el de «las almas hermanas»? Con frecuencia estas almas no consiguen unirse en la tierra y se confunden en la eternidad.
Ilka esperaba con el pensamiento fijo en el desterrado. Esperaba que una gracia, por otra parte muy improbable, le trajese a su lado. Esperaba que se le concediese permiso para ir junto a él… No se consideraba únicamente como prometida, sino como mujer del ausente. Pero si partía, ¿qué sería de su padre en aquella casa abandonada, que ella regía, y en la que, gracias a su orden y economía, se disfrutaba aún de relativo bienestar?
Ignoraba Ilka lo más grave de la situación, pues Dimitri Nicolef nunca le habló de ello, aunque nada hubiera en el caso de deshonroso para él. ¿A qué añadir a las inquietudes del presente las zozobras del porvenir? Demasiado pronto se sabría la verdad, pues la catástrofe se aproximaba.
El padre de Dimitri Nicolef, comerciante en Riga, había dejado al morir muy embrollados sus asuntos. La desastrosa liquidación arrojaba un pasivo de veinticinco mil rublos. No queriendo Dimitri que el nombre de su padre se viera envuelto en una quiebra, resolvió pagar las deudas. Realizó cuanto poseía y logró reembolsar algunos miles de rublos. Se le concedió una prórroga para pagar el resto, y todos los años pudo economizar algo de su trabajo para entregarlo a su acreedor, que era la casa Johausen hermanos. En la época actual Dimitri Nicolef debía aún la suma, para él enorme, de dieciocho mil rublos.
Y lo que agravaba la situación, lo que la hacía casi terrible, era que para el vencimiento de esta suma faltaban menos de seis semanas: era el 15 del próximo mayo. Vladimir Yanof, brutalmente arrancado de su hogar
¿Podía Dimitri Nicolef esperar que los hermanos Johausen le concediesen nueva prórroga? No… No se encontraba únicamente ante el banquero; tenía que habérselas con el enemigo político, del que la opinión le presentaba como rival en el movimiento antigermánico que se preparaba. Frank Johausen, el jefe de la casa, le tenía sujeto con esta deuda; la última, pero también la más fuerte.. No tendría piedad.
La conversación del doctor, del cónsul y de Ilka continuó aún durante media hora, y ya se mostraba la joven muy inquieta por el retraso de su padre cuando éste apareció en la puerta del comedor.
Aunque no pasase de los cuarenta y siete años, Dimitri Nicolef aparentaba diez más.
Era de regular estatura, barba gris, el rostro bastante duro, la frente surcada de arrugas a modo de surcos donde no pueden germinar más que ideas tristes , de constitución vigorosa. De su juventud había conservado una mirada poderosa y una voz llena y sonora; esa voz, como dijo Jean Jacques(1), que suena en el corazón.
Dimitri Nicolef se despojó de su abrigo, mojado por la lluvia, dejó su sombrero sobre un sillón, besó a su hija en la frente y estrechó las manos de sus dos amigos.
– Has tardado, padre - le dijo Ilka.
– Una lección que se ha prolongado.
– Tomemos el té - añadió la joven.
– A no ser que estés muy fatigado, Dimitri - observó el doctor Hamine- ; no me satisface tu cara. Debes tener necesidad de descanso.
– Esto no es nada - respondió Nicolef- . La noche me repondrá… Tomemos el té, amigos míos. Ya os he hecho esperar bastante, y con vuestro permiso me acostaré pronto.
– ¿Qué tienes, padre? - preguntó Ilka, mirándole fijamente.
– Nada, hija mía, nada… Si te ve inquieta Hamine, acabará por descubrir en mí alguna enfermedad imaginaria, aunque no sea más que por darse la satisfacción de curarme.
– No son éstas de las enfermedades que se curan - respondió el doctor moviendo la cabeza.
– ¿No sabe usted nada nuevo, señor Nicolef? - preguntó el cónsul.
– Nada, si no es que el gobernador general Gorko, que estaba en San Petersburgo, acaba de regresar a Riga.
– ¡Bien! - exclamó el doctor- . Dudo que este regreso agrade a los Johausen.
La frente de Dimitri Nicolef se frunció al oír aquel nombre, que le recordaba la próxima catástrofe.
El té estaba presto e Ilka llenó las tazas. Un té de buena calidad, aunque no costase a ciento sesenta francos la libra, como el de los ricos. Felizmente lo hay de todos precios, pues es la bebida usual, la bebida moscovita por excelencia, y de ella hacen uso hasta los más pobres.
El té fue acompañado de pan con mantequilla, que la joven preparaba por sí misma, y durante media hora la conversación se prolongó entre los tres amigos.
Versó sobre el estado de los espíritus en Riga, el mismo, por lo demás, que reinaba en las principales ciudades de las provincias bálticas. La lucha entre los dos elementos, germánico y eslavo, apasionaba a los más indiferentes. Con la acentuación de las energías políticas se podía prever que la batalla sería ruda, sobre todo en Riga, donde las razas estaban en contacto más directo.
Dimitri, visiblemente preocupado, apenas tomaba parte en la conversación, aunque se hablase de él con frecuencia. Su pensamiento estaba lejos. ¿Dónde? Él solo hubiera podido decirlo… Pero cuando se le preguntaba no respondía más que con palabras evasivas, que no satisfacían al doctor.
– Vamos, Dimitri - decía éste- , tienes el aspecto de estar en el fondo de Curlandia y estamos en Riga. ¿Es que tienes la intención de apartarte de la lucha? La opinión y la alta administración están a tu lado. ¿Querrás asegurar una vez más el éxito de Johausen?
¡Todavía aquel nombre, que producía siempre el efecto de un violento golpe en el desventurado deudor de la rica casa de banca!
– Son más poderosos de lo que tú crees, Hamine - respondió Dimitri.
– Pero menos de lo que ellos dicen, como ha de verse - replicó el doctor.
El reloj dio las nueve y media. Era hora de retirarse. El doctor y el señor Delaporte se levantaron para despedirse de sus huéspedes. El tiempo era malo. El huracán golpeaba las ventanas. El viento silbaba, e introduciéndose por la chimenea agitaba a veces la llama de la estufa.
– ¡Qué borrasca! - dijo el cónsul.
– ¡Un tiempo para no hacer salir a un médico! - declaró el doctor- . Vamos… Venga usted, Delaporte; le ofrezco a usted un sitio en mi coche. Un coche de dos pies, sin ruedas.
El doctor besó a Ilka, siguiendo su antigua costumbre; Delaporte y él estrecharon cordialmente la mano de Dimitri Nicolef, que les acompañó hasta la puerta, y ambos desaparecieron en la oscuridad de la tormentosa noche.
Ilka dio a su padre el beso de todas las noches y Dimitri Nicolef la estrechó en sus brazos, quizá con más ternura que otras veces.
– No he visto tu periódico - dijo ella- . ¿El cartero lo ha traído?
– Sí, hija mía. Lo he encontrado esta tarde al regresar en la puerta de casa y me lo ha entregado.
– ¿Y no había carta? - preguntó Ilka.
– No, hija mía, no.
Desde hacía cuatro años sucedía lo mismo. No había carta… al menos que viniera de Siberia… ¡aquella carta en la que Ilka hubiera podido humedecer con sus lágrimas la firma de Vladimir Yanof!
– Buenas noches, padre.
– Buenas noches, hija mía.
Note
- Se refiere al filósofo y pedagogo ginebrino Jean Jacques Rousseau (1712 - 1778). ↩