CAPÍTULO XI
FRENTE A LA MUCHEDUMBRE
D
ESPUÉS del precedente interrogatorio el mayor esperaba que fuese decretada la detención de Nicolef, y no pocos lo creían también. En efecto, el profesor se negaba obstinadamente a declarar el motivo de su viaje, su precipitación a dejar el nocturno albergue, ni querer decir dónde había pasado los tres días de ausencia antes de regresar a Riga. Evidentemente esta negativa empeoraba la situación de Nicolef, agrandando las presunciones. ¿Por qué, pues, no había sido encarcelado? ¿Por qué estaba libre para dirigirse a su domicilio, en vez de ser conducido a la prisión de la fortaleza? Sin duda que había de quedar a la disposición de la justicia; pero, ¿no aprovecharía aquella libertad para huir, puesto que tan directamente comprometido se veía en el proceso de la Cruz Rota?
En Rusia, como en casi todas partes, la justicia funciona con independencia de acción; sin embargo, cuando en una causa cualquiera aparece mezclado el elemento político, la autoridad superior no tarda en intervenir. Tal era el caso de Dimitri Nicolef, acusado de un crimen horrible en el momento en que el partido eslavo le hacía su campeón. Ésta era la razón por la que el gobernador de las provincias bálticas, el general Gorko, reservaba su juicio acerca de la oportunidad de prender al profesor, decidido a no ordenarla en tanto que su culpabilidad no apareciese completamente indiscutible.
Así es que a mediodía, cuando el coronel Raguenof le llevó el acta del interrogatorio, quiso cambiar impresiones acerca de este deplorable proceso, del que había dado cuenta al gobierno.
– Estoy a las órdenes de vuecencia - contestó el coronel.
El general Gorko leyó atentamente lo actuado.
– Tanto si Dimitri Nicolef es o no culpable - dijo- , las pasiones germanas van a explotar su situación, puesto que el acusado es eslavo. Precisamente era él a quien íbamos a oponer en la próxima lucha electoral a la nobleza alemana, a la alta banca burguesa, tan poderosa en las provincias bálticas, y sobre todo en Riga, y de pronto aparece bajo el peso de una acusación criminal, de la que, hay que reconocerlo, se defiende mal.
– Tiene razón vuecencia - contestó el coronel- ; y esto ocurre en las circunstancias más críticas, cuando los espíritus están sobreexcitados.
– ¿Considera usted culpable a Nicolef, coronel?
– No puedo contestar a vuecencia, y sobre todo, tratándose de Dimitri Nicolef, que siempre ha parecido digno de toda consideración.
– ¿Pero por qué rehusa explicar los motivos de su viaje? ¿Con qué objeto lo ha emprendido…? Debe de tener graves motivos para callarse.
– En todo caso, vuecencia puede observar que sólo el azar le ha puesto en relación con el desgraciado Poch; sólo la casualidad los ha reunido en la diligencia y en el nocturno albergue que buscaron después del accidente del carruaje.
Sin duda, coronel, así lo reconozco, y ése es un argumento de peso. Así es que las presunciones que pesan sobre Nicolef se aminorarían grandemente si consintiera en franquearse a propósito de ese viaje, del que ni siquiera a su familia previno.
– Convengo en ello, y a pesar de su silencio yo no encuentro la prueba de su culpabilidad. Aunque está demostrada su presencia en el kabak de la Cruz Rota la noche del crimen, yo no puedo creer que Nicolef sea el culpable.
El gobernador se alegraba de que el coronel se pronunciase a favor de Nicolef, un eslavo como él. Por su parte, no admitiría la culpabilidad más que en el caso de quedar demostrada de un modo incontestable.
– Y sin embargo - observó el general hojeando las actuaciones- , existen contra él presunciones graves. No niega haber pasado la noche del 13 al 14 en el lugar del crimen…
No niega haber ocupado la habitación, la ventana de la cual conserva huellas de descenso, así como la de Poch ofrece señales de escalo. Además, se ha encontrado el atizador que sirvió al asesino para introducirse en la habitación de la víctima…
– Todo eso es cierto - dijo el coronel Raguenof- , y ese cúmulo de circunstancias demuestran bien a las claras que el asesino es el viajero que pasó la noche en esa habitación, y no cabe duda de que ese viajero es Dimitri Nicolef. Pero toda su vida privada, toda una existencia de probidad y de honor le defienden contra semejante acusación. Además, cuando él se decidió a partir ignoraba que el cobrador de la casa Johausen iba a viajar con él, portador de una suma importante para un corresponsal de Revel. Y si se sostiene que el pensamiento del crimen germinó en su cerebro cuando vio la repleta cartera que el imprudente Poch no se cuidaba de oculta” será necesario demostrar que Nicolef estaba en una situación tan embarazosa, necesitaba de tal suerte proporcionarse dinero, que no se detuvo ante el asesinato para perpetrar el robo. ¿Pero la existencia regular, modesta, honrosísima del profesor Nicolef da lugar a creer que la necesidades de dinero le hayan impulsado hasta el asesinato?
Estas consideraciones tenían gran fuerza para el gobernador, que se debatía contra las presunciones que mayor Verder y otros muchos convertían en certidumbres absolutas. Así es que se limitó a contestar al coronel
– Dejemos que continúe la información judicial. Tal vez otras diligencias y otros testimonios proporcionen a la acusación más sólidas bases. Puede confiarse en el juez Kerstorf. Es un magistrado independiente, que atiende a más instigaciones que las de su conciencia y que no experimentará el influjo de influencias políticas. No ordenará la prisión del profesor sin consultarme, puesto que le ha dejado en libertad, razones tendrá para ello… Si las circunstancias lo exigen, yo seré el primero en ordenar la prisión de Nicolef en la fortaleza.
Empezábase a notar cierta agitación en la ciudad. La gente creía que el profesor
Nicolef habría sido preso, después de su interrogatorio, los unos porque le creían realmente culpable, los otros porque consideraban prudente apoderarse de su persona.
Hubo, pues, una gran sorpresa, con mezcla de protesta, cuando se vio a Dimitri Nicolef regresar libremente a su domicilio.
Pero la terrible nueva había, al fin, penetrado en la casa. Ilka sabía ya que su padre estaba bajo el peso de una acusación criminal. Su hermano Jean acababa llegar y la había estrechado entre sus brazos. La indignación del joven desbordaba, y le refirió la escena con los estudiantes en el patio de la Universidad de Dorpat.
– ¡Nuestro padre es inocente, y yo arreglaré las cuentas a ese miserable Karl! - exclamó Jean Nicolef.
– Sí, es inocente - contestó la joven levantando la frente con orgullo- . ¿Quién será capaz, ni aun entre sus enemigos, de considerarlo culpable?
Inútil es decir que ésta era también la opinión de los amigos del profesor, el cónsul Delaporte y el doctor Hamine, que se apresuraron a presentarse en casa de Nicolef en cuanto tuvieron noticia de su llegada.
Su presencia les dio ánimos; sus afirmaciones fuera un consuelo para los pobres hermanos atribulados. Pero no sin esfuerzo lograron hacerles desistir de su propósito de ir a reunirse con su padre en el despacho del juez
– No - les dijo el doctor Hamine- , más vale espete aquí. Vuestro padre regresará en seguida completamente justificado.
– ¿De qué sirve, pues - dijo Ilka- , ser toda la vida un hombre honrado, si se puede estar expuesto a tan infames acusaciones?
– Su vida le defiende - contestó el doctor- . Aunque se confesara culpable, creería que se había vuelto loco, pero jamás que era criminal.
He aquí en qué disposición de ánimo Dimitri Nicolef encontró a su familia, al doctor, al cónsul de Francia, y a otros cuantos amigos que habían acudido a su casa. Pero las pasiones estaban ya tan sobreexcitadas, que dura el camino había oído más de una frase poco tranquilizadora.
Ilka y Jean le recibieron en sus brazos; el padre cubría de besos. Y pronto supo cómo Jean había s insultado en Dorpat; qué abominable injuria le había arrojado al rostro delante de sus camaradas.
¡Jean tratado de hijo de asesino!
El doctor Hamine, el cónsul, sus amigos, estrecha la mano de Nicolef y protestaron contra la acusación palabras cariñosas, con testimonios de amistad. ¡No habían dudado un instante de su inocencia…! NO dudaron jamás, como lo garantizaban las inequívocas muestras de sincero afecto.
Luego, en aquella habitación donde estaban reunidos, en tanto que grupos de gente afluían frente a la casa, Dimitri Nicolef refirió lo que había pasado en el despacho del juez, las prevenciones que contra él manifestaba el mayor Verder, la correcta actitud del señor Kerstorf. Lo hizo brevemente, con frases concisas, como hombre a quien molestan ciertos detalles.
Comprendíase que el profesor necesitaba reposo, estar solo, tal vez buscar en el trabajo el olvido de las terribles pruebas a que el destino le sometía. Así es que sus amigos se despidieron.
Ilka y Jean también se retiraron, y Nicolef fue a encerrarse en su despacho.
Al salir, el señor Delaporte dijo al doctor:
– Los ánimos están muy excitados, mi querido amigo, y aunque Nicolef sea inocente, es absolutamente preciso encontrar el culpable, o el odio de sus enemigos no cejará en perseguirle.
– Es muy de temer, y deseo vehementemente que se eche mano al asesino. La muerte de Poch va a ser explotada por los Johausen, y buena prueba de ello es la conducta de Karl, que sin esperar a que se probara la acusación ha tratado a Jean de hijo de asesino.
– Mucho me temo que el incidente tenga consecuencias. Ya conoce usted a Jean, y seguramente no se resignará a dejar sin correctivo el insulto de Karl.
– No, no - replicó el doctor- ; es preciso evitar toda imprudencia en el actual estado de cosas. ¡Ah! ¡Maldito viaje…! ¿Por qué se le ocurriría a Dimitri la idea de salir de Riga?
Era también lo que se preguntaban los hijos y los amigos del profesor, puesto que éste no había dado explicación alguna a este propósito.
Y era también lo que se preguntaban los hijos y los amigos del profesor, puesto que éste no había dado explicación alguna a este propósito.
Y era también muy de extrañar que al referir su interrogatorio ante el juez de instrucción, el profesor no hiciese alusión alguna a su viaje, ni que el magistrado había tratado de inquirir los motivos que habían determinado su salida, ni que él hubiese rehusado responder.
– Esta obstinación acerca de un punto tan importante había de parecer muy extraña.
Pero seguramente explicaría más tarde los motivos de su ausencia y los que hasta entonces tuviera para guardar silencio. En todo aquello no podía haber nada que no fuera perfectamente honrado.
Puesto que parecía inadmisible que un hombre de su rango y de su posición hubiese cometido un crimen, con una palabra hubiera podido, indudablemente, confundir la acusación, y sin embargo obstinábase en no pronunciar aquella frase.
La no detención del señor Nicolef después de su comparecencia ante el juez, había producido una gran expectación, entre los alemanes sobre todo.
La familia Johausen, sus allegados, la nobleza y la burguesía deshacíanse en recriminaciones. Acusábase al gobernador y al coronel Raguenof de parcialidad hace el profesor por razón de su origen. Si un alemán hubiera aparecido bajo el peso de semejante acusación, seguramente hubiese sido ya encerrado en la fortaleza.
¿Y por qué no se trataba al profesor como a un bandido vulgar? No eran simples presunciones las que levantaban contra él, eran certidumbres, y la justicia, dejarle libre, se hacía cómplice, en cierto modo, de posible fuga para no comparecer ante el jurado, que seguramente le condenaría. Verdad es que esta condena sería demasiado benévola, puesto que la pena de muerte está abolida en el imperio ruso para los crímenes de derecho común, y sería deportado a las minas de Siberia este asesino que merecía la muerte.
Conversaciones de esta índole manteníanse en los barrios de los ricos, donde domina el elemento germánico. En la familia Johausen era un verdadero desencadenamiento contra Dimitri Nicolef, contra el asesino del pobre Poch, y en el fondo más aún contra el modesto profesor, adversario político del poderoso banquero.
– Evidentemente - repetía Frank Johausen- , Nicolef al partir no sabía que iba a viajar con Poch, y que era portador de una suma considerable; pero no tardó enterarse de ello, y después del accidente de la diligencia, cuando encaminó al desgraciado hacia. el kabak de la Cruz Rota, ya había concebido el proyecto del robo, y no retrocedió ante el asesinato. Si no quiere confesar los motivos que le impulsaron a salir de Riga, ¿por qué no explica, al menos, su salida matinal de la posada donde se cometió el crimen, sin esperar el regreso del conductor…? ¡Que diga, al menos, dónde ha ido, dónde ha pasa do esos tres días de ausencia…! Pero no lo dirá: sería confesar su crimen. Él se marchó precipitadamente, recatando con cuidado el rostro, a ocultar en lugar seguro el dinero robado a su víctima.
En cuanto alas razones que pudieran justificar el robo, he aquí lo que el banquero decía sin vacilar:
La situación del profesor era desesperada desde el punto de vista pecuniario. Tenía compromisos de los cuales no sabía cómo salir. Tengo letras contra él por valor de dieciocho mil rublos; vencen dentro de tres semanas, y estoy seguro de que el profesor no tenía fondos ni medios de procurárselos. Además, no ignoraba que era inútil pedirme una prórroga. ¡Se la hubiera negado en redondo!
Frank Johausen manifestábase tal cual era: despiadado, rencoroso, vengativo. Estas conversaciones tuvieron resonancia, y así fue como Jean Ilka y los amigos del profesor conocieron la situación de Nicolef con respecto al banquero. Él no la negaba, puesto que aquellos apuros pecuniarios obedecían a la honrosa causa del reconocimiento de deudas paternales. Y sin embargo, fue aquél un motivo de mortal inquietud, que venía a aumentar la pesadumbre de los otros.
En este proceso, al cual se mezclaba la política, el general Gorko no quería separarse de una prudencia extrema. Aunque la opinión, pública lo reclamaba, no creía deber autorizar la prisión del profesor, pero no se oponía a que se practicase un registro domiciliario.
El juez Kerstorf, el mayor Verder y el cabo Eck presentáronse el 18 de abril en casa del presunto delincuente.
Dimitri Nicolef dejó desdeñosamente que se practicase el registro, contestando con despreciativa frialdad a las preguntas que le fueron hechas. Se registró su mesa de escritorio, sus armarios, sus papeles, su correspondencia, tomando nota del libro de sus gastos. Puede asegurarse que el señor Johausen no exageraba al decir que el profesor no poseía nada. No vivía más que del producto de sus lecciones, único ingreso que tal vez le faltara dado el cariz que iban tomando las cosas.
El registro no produjo resultado alguno en lo concerniente al robo. Ni podía suceder de otro modo, a creer las aseveraciones del banquero, que afirmaba rotundamente que Nicolef había tenido tiempo sobrado de pon w el dinero en lugar seguro, adonde se había dirigido después del crimen, y que se guardaba muy bien de indicar.
En cuanto a los billetes, los números de los cual tenía el banquero, había de pasar algún tiempo antes de ponerse en circulación sin peligro de delatar su procedencia.
Entretanto, los amigos de Nicolef estaban enterados del estado de la opinión, no sólo en Riga, sino en provincias, donde el crimen había impresionado profundamente. Sabían que la opinión en general declarábase contra el profesor, y que el partido alemán trataba de ejerce presión sobre las autoridades para que decretaran su encarcelamiento. El pueblo bajo, los obreros, los mercenarios, la población indígena, en una palabra, estaba dispuesta a tomar partido a favor de Nicolef, a defenderla contra sus enemigos, más por instinto de raza que por estar absolutamente convencidos de su inocencia.
¿Pero qué podían hacer estas pobres gentes? Con los elementos de que disponían los hermanos Johausen y su partido no era difícil hostigarles, precipitarles á cometes algún exceso, obligando así al gobernador a ceder ante un movimiento que hubiera sido peligroso resistir.
En medio de aquella población profundamente turbada, recorrida por grupos de gente maleante, siempre dispuestos a servir al que paga, Dimitri Nicolef conservaba su sangre fría. A petición de sus hijos, el doctor Hamine intervino para convencerle de que no debía salí de casa. Hubiera corrido el riesgo de ser insultado, mas tratado tal vez. Cediendo a las razones de su amigo con un encogimiento de hombros, más sombrío cada día, menos comunicativo que nunca, pasaba muchas horas día en su despacho. Taciturno, deseoso de que no le hablaran, sin hacer alusión alguna a las imputaciones de que era objeto, habíase producido en su estado moral visible cambio que, no sin razón, tenía alarmados a sus hijos. Así es que el doctor Hamine, dando pruebas de la más abnegada amistad, dedicábales todo el tiempo que le dejaban libre sus profesionales ocupaciones. El cónsul Delaporte y otros amigos reuníanse por la noche en la casa, hasta donde llegaban las voces hostiles de la calle, aunque la policía no dejaba de vigilar, por orden del coronel Raguenof.
¡Tristes veladas, en las que no tomaba parte Dimitri Nicolef! Pero en fin, siquiera Ilka y su hermano no se encontraban solos en esas horas que la noche hace aún más penosas, y que tan pausadamente se deslizan. Luego, los amigos partían, y Jean e Ilka despedíanse con el corazón oprimido de angustia, retirándose a sus respectivas habitaciones y prestando el oído a los rumores de la calle, oyendo a su padre ir y venir como si le fuese imposible el reposo.
No hay para qué decir que Jean no pensaba regresar a Dorpat. ¿Cómo se iba a presentar en la Universidad en aquellas penosas circunstancias? ¿Qué acogida le hubieran hecho los estudiantes, hasta aquellos de sus más afectos camaradas que tantas pruebas de amistad le habían dado hasta entonces…? Tal vez no hubiera encontrado para defenderle más que al bravo Gospodin, si los demás hubiesen sufrido la influencia de la opinión pública. ¿Y cómo contenerse al hallarse en presencia de Karl Ausentaron.?
¡Ah, ese Karl! repetía al doctor Lamine. . ¡Mi padre es inocente…! El descubrimiento del verdadero culpable hará que así lo reconozca todo el mundo… Pero suceda o no suceda así, yo obligaré a Karl Johausen a que me dé cuenta de su insulto. Y, por otra parte,
¿por qué esperar tanto tiempo…?
El doctor, no sin trabajo, lograba calmar al joven.
– No seas impaciente, Jean - decíale- , y nada de imprudencias. Cuando llegue el momento yo seré el primero en decirte: cumple con tu deber.
Jean se rendía muy difícilmente, y sin la intervención de su hermana, a la que quería entrañablemente, tal vez se hubiera lanzado a cualquier extremo, que seguramente hubiera empeorado la situación.
La noche de su regreso a Riga, al entrar en su casa, después del interrogatorio, en el momento en que sus amigos se retiraban; Dimitri Nicolef preguntó si no había llegado una carta para él. No, el cartero no lleva más que el periódico defensor de los intereses eslavos que todas las tardes depositaba debajo de la puerta.
Al día siguiente, a la hora de la distribución, el profesor salió de su despacho y fue a esperar al cartero umbral de la puerta. En aquel momento la calle esta desierta y sólo unos cuantos agentes de policía paseábanse frente a la casa.
Ilka, que oyó salir a su padre, acudió a su encuentro.
– ¿Esperas al cartero? - le preguntó.
– Sí, y me parece que hoy tarda.
– No, padre, todavía no es tarde. El tiempo está un poco frío, y harías muy bien en retirarte de la puerta ¿Esperas alguna carta?
– Sí, hija mía, pero es inútil que permanezcas aquí. Sube a tu cuarto.
Hubiérase dicho por su embarazosa actitud que la presencia de Ilka le contrariaba.
En aquel momento apareció el cartero. No llevaba carta alguna para el profesor, que no pudo disimular una viva contrariedad.
Por la noche y al día siguiente Nicolef mostró la misma impaciencia cuando el cartero pasó por delante dé casa sin detenerse.
¿De quién era aquella carta esperada por Dimitri Nicolef y cuál era su importancia?
¿Tendría relación con aquel viaje de tan deplorables consecuencias? Nadie podía contestar a estas preguntas.
Aquella mañana, a las ocho, el doctor Hamine y señor Delaporte llegaron con toda prisa a casa del profesor para prevenir a sus hijos que el entierro de Poch iba verificarse aquel mismo día. Era cosa de temer alguna manifestación contra Nicolef, y acaso conviniera tomar algunas precauciones.
Efectivamente, todo podía temerse de la animosidad de los hermanos Johausen, que habían resuelto costear con gran pompa los funerales de su dependiente.
Que quisieran testimoniar su simpatía a un fiel servidor que llevaba treinta años en la casa sería bien plausible, si no fuera patente que aprovechaban la luctuosa ocasión para sobreexcitar al a opinión pública.
Indudablemente el gobernador hubiese obrado con cordura prohibiendo la manifestación anunciada por los periódicos antieslavistas, pero en el actual estado de los ánimos tal vez la intervención de la autoridad hubiera provocado algunas fuertes represalias.
Así es que lo mejor era ordenar las medidas necesarias a fin de que el domicilio del profesor no fuera objeto de violencias por parte de las masas.
Y había tanto más motivo para temerlas, cuanto que para dirigirse al cementerio de Riga, el cortejo debía pasar por delante de la casa de Nicolef, circunstancia lamentable que pudiera dar lugar al desbordamiento del público.
El doctor Hamine aconsejó que no se advirtiese nada a Nicolef, puesto que de ordinario se encerraba en su despacho y no salía de él más que a las horas de las comidas.
Ignorando el suceso podía evitársele una gran amargura y hasta un gran peligro.
El almuerzo, al que habían sido invitados el doctor y el cónsul, tocaba ya a su fin. No se hizo la menor alusión al entierro, que había de verificarse por la tarde. Más de una vez, no obstante, gritos furiosos sobresaltaron a los comensales, excepto al profesor, que no parecía haberlos oído. Después del almuerzo estrechó las manos de sus amigos y se retiró a su despacho. Jean e Ilka, el doctor y el cónsul permanecieron en la sala. Penosa espera y penoso silencio que turbaba a veces el tumulto de la gente que iba llenando la calle. Los rumores iban aumentando a medida que el público engrosaba. Preciso es confesar que la gran mayoría estaba visiblemente contra quien la opinión acusaba de ser el asesino del pobre Poch.
En realidad tal vez hubiera sido más prudente sustraerle al peligro de caer en manos de la muchedumbre ordenando su prisión. Si era inocente, lo mismo podía demostrarlo en su casa que encerrado en la fortaleza. ¿Y quién sabe si en aquellos momentos el gobernador y el coronel no pensaban adoptar aquella medida en el propio interés de Nicolef?
A la una y media una ensordecedora gritería anunció la aparición del cortejo fúnebre por el extremo de la calle. En la casa resonaron violentos clamores. Los hijos y los amigos de Nicolef vieron con espanto que el profesor salía del despacho.
– ¿Qué es eso? - preguntó.
– Retírate, Dimitri - le contestó el doctor- ; es el entierro del infortunado Poch.
– ¡Al que yo he asesinado! - dijo fríamente Nicolef.
– Retírate, te lo ruego.
– ¡Padre…! - suplicaron Jean e Ilka.
Dimitri Nicolef, en un estado moral indescriptible, no queriendo escuchar a nadie, se dirigió hacia una de las ventanas y trató de abrirla.
– ¡No harás eso, Dimitri! - exclamó el doctor- . una locura!
Pero antes de que hubiera podido impedirlo, la ventana se abrió y el profesor apareció en ella.
Mil gritos de muerte estallaron entre la muchedumbre.
En aquel momento el fúnebre cortejo llegaba frente a la casa. Zenaida Parensof, considerada como viuda, guía al ataúd, lleno de flores y coronas. Luego iban los hermanos Johausen y el personal de su casa, precediendo a los amigos o partidarios, que no buscaban en la fúnebre ceremonia más que un pretexto de manifestación El cortejo hizo alto frente a la casa del profesor, medio del tumulto, de los gritos que se elevaban de todas partes, de las amenazas de muerte que se proferían.
El coronel Raguenof y el mayor Verder estaban con una numerosa escuadra de policía, que tal vez no bastara para contener el desbordamiento popular.
Efectivamente, desde que Dimitri Nicolef mostróse en la ventana, el público no cesaba de gritar:
¡Muera el asesino…! ¡Muera el asesino!
El, con los brazos cruzados, la cabeza orgullosamente levantada, inmóvil como una estatua, la estatua del desdén, no pronunció una palabra, no hizo un gesto. hijos y los dos amigos, que no habían podido impedir este acto de imprudencia, manteníanse a su lado.
El cortejo se puso en marcha. Redoblaban los clamores. Los más exaltados precipitáronse hacia la puerta la casa, tratando de forzarla.
El coronel, el mayor y los agentes acudieron a rechazarlos. Pero comprendieron que para salvar la vida de Nicolef no había más remedio que prenderle, y aun así tal vez no se librara del furor de las turbas.
A pesar de los esfuerzos de la policía, la casa estaba ya a punto de ser invadida, cuando un hombre se lanzó a través de la multitud, llegó hasta el umbral, y colocándose delante de la puerta:
– ¡Deteneos, desgraciados! - gritó con una voz que dominó el tumulto.
Tan imperiosa era su actitud, que la gente retrocedió, quedando en suspenso.
El señor Frank Johausen le interrogó:
– ¿Quién es usted?
– Sí, ¿quién es usted? - repitió el mayor Verder.
– Soy un proscrito a quien Dimitri Nicolef ha querido salvar a costa de su honor, y que viene a su vez a salvarle a costa de su vida.
– ¿Su nombre? - preguntó el coronel avanzando.
– ¡Vladimir Yanof!